Año VIII
La Habana
2008

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La tragedia del Valbanera
Josefina Ortega • La Habana
Fotos: Cortesía de la autora
 

Fue un suceso maldito rodeado de misterios aún no aclarados.

En el desastre perecieron 488 personas entre tripulantes y pasajeros, en su mayoría canarios que emigraban a La Habana. Sus cadáveres nunca fueron encontrados.

Cómo impedir que el dolor nos asalte cuando se piensa en quienes quedaron sepultados para siempre en las turbulentas aguas del Caribe.

Todo comenzó en las primeras horas del 9 de septiembre de 1919, cuando un ciclón, el llamado ciclón del Valbanera, luego de barrer la costa norte de la Isla ocasionaba un ras de mar a la altura de la capital.

Como escribe en su página web el especialista español de siniestros marítimos Fernando García Echegoyen, “los negros nubarrones que descargaban sin descanso trombas de agua sobre la ciudad hacían que los capitanes de los buques atracados en los muelles sintiesen una punzada de inquietud, dudando si sus vapores se encontraban al abrigo de un puerto o si acabarían varados sobre el paramento de los muelles”.

Es entonces cuando los pasajeros de uno de estos buques, el Montevideo, no pueden dar fe a lo que escuchan sus oídos. Entre los rugidos del viento se percibe el desesperado llamado de socorro de la sirena de un vapor que frente al Castillo del Morro, hace insistentes señales en Morse pidiendo práctico, pese a que desde el atardecer el puerto había sido cerrado.

Ante la respuesta negativa a su demanda, el capitán del desconocido barco responde por señales que capearía el temporal mar afuera, y se aleja rumbo norte entre las enfurecidas olas que se arrojan contra los despeñaderos.

Se deduce que dicho barco no era otro que el Valbanera.

¿Pero será cierto que su capitán —aceptando que fuera el Valbanera— no fue advertido a tiempo sobre el peligroso huracán a causa de lo rudimentario de las predicciones meteorológicas de entonces, como afirman algunos, o hubo un descuido de tal magnitud sobre el cual no se quiso profundizar, como sostienen otros?

Tal circunstancia, como es de esperar, dará lugar a uno de los más comentados enigmas en torno al naufragio, sobre el que, lamentablemente, no se realizó en su día investigación oficial alguna ni se ofreció una información precisa sobre los sobrevivientes, lo cual, acentuó el misterio sobre el infortunado buque.

Misterios y supersticiones  

El Valbanera era un típico barco de pasaje como cualquier otro que acostumbraba a hacer la ruta de la península a América, pero este era, sin duda, uno de los favoritos de la Naviera Pinillos, Izquierdo y Compañía, y que para más detalles, había sido bendecido con el nombre de la Virgen de Valvanera, de la cual los Pinillos eran muy devotos.

Una gracia, sin embargo, que según la imaginería popular, nada pudo hacer contra la fatalidad que ya desde sus comienzos se le había augurado al advertir que el nombre de la virgen aparecía mal escrito en su casco, cuando, por descuido, se cambió la segunda “v” por una “b”.

Superstición aparte no dejaba de ser un buen buque.

Construido en 1906 en los astilleros C Connell & Co, de Inglaterra, para los Pinillos, tenía 121,9 metros de eslora, 14,6 de manga y 6,5 de calado. Registraba 5 099 toneladas y desplazaba 12 500. Su velocidad máxima era de 12 nudos. Tenía capacidad para 1 200 pasajeros.

Cuando en su último viaje zarpa de Barcelona el 10 de agosto de 1919, nada podía presagiar la tragedia que se le venía encima, toda vez que su estructura, en los 13 años de su existencia, no había sufrido avería de importancia alguna que lo pudiera conjeturar.

No obstante, a la salida del puerto de Las Palmas, tendrá lugar un episodio que sería asumido por los marineros como un mal augurio: una maniobra brusca provoca que el barco pierda una de sus anclas.

Justo es señalar que este no sería el único oscuro vaticinio.

Se dice que su capitán, Ramón Martín Cordero, de 34 años y con ocho de servicio en la Compañía, había enviado desde La Palma una carta a su esposa, diciéndole que en el caso “de no perder la vida en este primer viaje, a la vuelta tendría el placer de que su hija le tirase de la americana”.Tal y como la mujer declaró a la prensa, “no parece sino que mi marido tenía el presentimiento de una desgracia.”

Pero hay más. Una niña vecina de Las Palmas, de apenas cinco años, nombrada Ana Pérez Zumalave, antes de abordar, llorosa suplicaba: “Yo no me embarco ahí. Ese vapor se va a pique”. Era tanta su insistencia —dicen— que la madre llegó a regañarla, pero ya en el muelle la pequeña repitió sin consuelo: “Mamá va contenta, pero yo no, el barco se hunde”.

Por los senderos del azúcar

Cierto o no estos hechos, la realidad es que más de 700  pasajeros del Valbanera desembarcaron inexplicablemente el 5 de septiembre en Santiago de Cuba, pese a que tenían su billete pagado hasta la capital, imprevisto cambio de planes, en un momento en el que no se tenían referencias del ciclón ni nada que hiciera predecir su trágico destino.

Dicha determinación que muy bien podría ser una simple coincidencia, abriría, no obstante, otro jeroglífico para el futuro pero en el presente de entonces —como apunta el periodista de Radio Angulo José Abreu Cardet— les salvó la vida a quienes descendieron en el puerto santiaguero y no llegaron a La Habana como acaso en un inicio pensaron hacerlo.

Sin embargo, si aceptamos su criterio, llegaríamos a la conclusión de que dicha providencia no fue obra del azar ni cosa parecida.

Su razón habría que buscarla en los “senderos del azúcar”, como explica él.

“En esos años estaba en pleno auge el salto azucarero en el oriente de la isla. Lo que conllevó también a un auge de numerosos poblados y ciudades vinculados directa o indirectamente a estas zonas azucareras (…).

“Es muy dable que la noticia de la posibilidad de encontrar trabajo en esos lugares se extendiera entre los pasajeros. Con el don mágico que tienen los cubanos de exagerarlo todo, la información debió de llegar sobredimensionada a los oídos de estos pobres emigrantes de manera que muchos decidieran desembarcar” en Santiago de Cuba, y no en La Habana, hacia donde el Valbanera zarparía el propio 5 de septiembre con 488 personas a bordo.

Ninguno de ellos jamás pisaría tierra otra vez.

El 19 de septiembre de 1919 el barco fue descubierto —precisa García Echegoyen— por el guardacostas estadounidense US SC 203 a 12 metros de profundidad en un bajo arenoso en Half Moon Shoal (Bajos de la Media Luna).

Se conjetura que la tormenta le causó la rotura del timón y las máquinas, por lo que quedó sin gobierno, y la falta de una llamada de auxilio se debió a que los vientos le arrancaron la antena telegráfica.

Muchas son las memorias sobre este siniestro. Como la del hombre que casi todos los días, durante 30 años preguntaba en el puerto de La Habana si se tenían noticias del Valbanera. Había desembarcado —se decía— en Santiago de Cuba con uno de sus hijos pequeños dispuesto a hacer el viaje por tierra hasta La Habana para estar alojado aquí cuando el resto de su familia llegara a la capital en el buque. El 9 de septiembre de 1919 el sujeto perdió la razón.

La tragedia del Valbanera fue una de las más grandes de las emigraciones españolas, historia llena de misterios y supersticiones, algunos todavía no desentrañados, pues incluso, se asegura en el diario de navegación del referido guardacostas estadounidense, que “los pescantes indican que no se hizo ningún esfuerzo para arriar los botes salvavidas”.

Los restos del Valbanera aún pueden ser vistos cuando baja la marea en el extremo oriental de los cayos de la Florida.

 

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La Habana, Cuba. 2008.
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