|
Fue un suceso maldito rodeado de
misterios aún no aclarados.
En el desastre perecieron 488 personas
entre tripulantes y pasajeros, en su
mayoría canarios que emigraban a La
Habana. Sus cadáveres nunca fueron
encontrados.
Cómo impedir que el dolor nos asalte
cuando se piensa en quienes quedaron
sepultados para siempre en las
turbulentas aguas del Caribe.
Todo comenzó en las primeras horas del 9
de septiembre de 1919, cuando un ciclón,
el llamado ciclón del Valbanera, luego
de barrer la costa norte de la Isla
ocasionaba un ras de mar a la altura de
la capital.
Como escribe en su página web el
especialista español de siniestros
marítimos Fernando García Echegoyen,
“los negros nubarrones que descargaban
sin descanso trombas de agua sobre la
ciudad hacían que los capitanes de los
buques atracados en los muelles
sintiesen una punzada de inquietud,
dudando si sus vapores se encontraban al
abrigo de un puerto o si acabarían
varados sobre el paramento de los
muelles”.
Es entonces cuando los pasajeros de uno
de estos buques, el Montevideo,
no pueden dar fe a lo que escuchan sus
oídos. Entre los rugidos del viento se
percibe el desesperado llamado de
socorro de la sirena de un vapor que
frente al Castillo del Morro, hace
insistentes señales en Morse pidiendo
práctico, pese a que desde el atardecer
el puerto había sido cerrado.
Ante la respuesta negativa a su demanda,
el capitán del desconocido barco
responde por señales que capearía el
temporal mar afuera, y se aleja rumbo
norte entre las enfurecidas olas que se
arrojan contra los despeñaderos.
Se deduce que dicho barco no era otro
que el Valbanera.
¿Pero será cierto que su capitán
—aceptando que fuera el Valbanera—
no fue advertido a tiempo sobre el
peligroso huracán a causa de lo
rudimentario de las predicciones
meteorológicas de entonces, como afirman
algunos, o hubo un descuido de tal
magnitud sobre el cual no se quiso
profundizar, como sostienen otros?
Tal circunstancia, como es de esperar,
dará lugar a uno de los más comentados
enigmas en torno al naufragio, sobre el
que, lamentablemente, no se realizó en
su día investigación oficial alguna ni
se ofreció una información precisa sobre
los sobrevivientes, lo cual, acentuó el
misterio sobre el infortunado buque.
Misterios y supersticiones
El Valbanera era un típico barco
de pasaje como cualquier otro que
acostumbraba a hacer la ruta de la
península a América, pero este era, sin
duda, uno de los favoritos de la Naviera
Pinillos, Izquierdo y Compañía, y que
para más detalles, había sido bendecido
con el nombre de la Virgen de Valvanera,
de la cual los Pinillos eran muy
devotos.
Una gracia, sin embargo, que según la
imaginería popular, nada pudo hacer
contra la fatalidad que ya desde sus
comienzos se le había augurado al
advertir que el nombre de la virgen
aparecía mal escrito en su casco,
cuando, por descuido, se cambió la
segunda “v” por una “b”.
Superstición aparte no dejaba de ser un
buen buque.
Construido en 1906 en los astilleros C
Connell & Co, de Inglaterra, para los
Pinillos, tenía 121,9 metros de eslora,
14,6 de manga y 6,5 de calado.
Registraba 5 099 toneladas y desplazaba
12 500. Su velocidad máxima era de 12
nudos. Tenía capacidad para 1 200
pasajeros.
Cuando en su último viaje zarpa de
Barcelona el 10 de agosto de 1919, nada
podía presagiar la tragedia que se le
venía encima, toda vez que su
estructura, en los 13 años de su
existencia, no había sufrido avería de
importancia alguna que lo pudiera
conjeturar.
No obstante, a la salida del puerto de
Las Palmas, tendrá lugar un episodio que
sería asumido por los marineros como un
mal augurio: una maniobra brusca provoca
que el barco pierda una de sus anclas.
Justo es señalar que este no sería el
único oscuro vaticinio.
Se dice que su capitán, Ramón Martín
Cordero, de 34 años y con ocho de
servicio en la Compañía, había enviado
desde La Palma una carta a su esposa,
diciéndole que en el caso “de no perder
la vida en este primer viaje, a la
vuelta tendría el placer de que su hija
le tirase de la americana”.Tal y como la
mujer declaró a la prensa, “no parece
sino que mi marido tenía el
presentimiento de una desgracia.”
Pero hay más. Una niña vecina de Las
Palmas, de apenas cinco años, nombrada
Ana Pérez Zumalave, antes de abordar,
llorosa suplicaba: “Yo no me embarco
ahí. Ese vapor se va a pique”. Era tanta
su insistencia —dicen— que la madre
llegó a regañarla, pero ya en el muelle
la pequeña repitió sin consuelo: “Mamá
va contenta, pero yo no, el barco se
hunde”.
Por los senderos del azúcar
Cierto o no estos hechos, la realidad es
que más de 700 pasajeros del
Valbanera desembarcaron
inexplicablemente el 5 de septiembre en
Santiago de Cuba, pese a que tenían su
billete pagado hasta la capital,
imprevisto cambio de planes, en un
momento en el que no se tenían
referencias del ciclón ni nada que
hiciera predecir su trágico destino.
Dicha determinación que muy bien podría
ser una simple coincidencia, abriría, no
obstante, otro jeroglífico para el
futuro pero en el presente de entonces
—como apunta el periodista de Radio
Angulo José Abreu Cardet— les salvó la
vida a quienes descendieron en el puerto
santiaguero y no llegaron a La Habana
como acaso en un inicio pensaron
hacerlo.
Sin embargo, si aceptamos su criterio,
llegaríamos a la conclusión de que dicha
providencia no fue obra del azar ni cosa
parecida.
Su razón habría que buscarla en los
“senderos del azúcar”, como explica él.
“En esos años estaba en pleno auge el
salto azucarero en el oriente de la
isla. Lo que conllevó también a un auge
de numerosos poblados y ciudades
vinculados directa o indirectamente a
estas zonas azucareras (…).
“Es muy dable que la noticia de la
posibilidad de encontrar trabajo en esos
lugares se extendiera entre los
pasajeros. Con el don mágico que tienen
los cubanos de exagerarlo todo, la
información debió de llegar
sobredimensionada a los oídos de estos
pobres emigrantes de manera que muchos
decidieran desembarcar” en Santiago de
Cuba, y no en La Habana, hacia donde el
Valbanera zarparía el propio 5 de
septiembre con 488 personas a bordo.
Ninguno de ellos jamás pisaría tierra
otra vez.
El 19 de septiembre de 1919 el barco fue
descubierto —precisa García Echegoyen—
por el guardacostas estadounidense US SC
203 a 12 metros de profundidad en un
bajo arenoso en Half Moon Shoal (Bajos
de la Media Luna).
Se conjetura que la tormenta le causó la
rotura del timón y las máquinas, por lo
que quedó sin gobierno, y la falta de
una llamada de auxilio se debió a que
los vientos le arrancaron la antena
telegráfica.
Muchas son las memorias sobre este
siniestro. Como la del hombre que casi
todos los días, durante 30 años
preguntaba en el puerto de La Habana si
se tenían noticias del Valbanera.
Había desembarcado —se decía— en
Santiago de Cuba con uno de sus hijos
pequeños dispuesto a hacer el viaje por
tierra hasta La Habana para estar
alojado aquí cuando el resto de su
familia llegara a la capital en el
buque. El 9 de septiembre de 1919 el
sujeto perdió la razón.
La tragedia del Valbanera fue una
de las más grandes de las emigraciones
españolas, historia llena de misterios y
supersticiones, algunos todavía no
desentrañados, pues incluso, se asegura
en el diario de navegación del referido
guardacostas estadounidense, que “los
pescantes indican que no se hizo ningún
esfuerzo para arriar los botes
salvavidas”.
Los restos del Valbanera aún
pueden ser vistos cuando baja la marea
en el extremo oriental de los cayos de
la Florida. |