EMBOSCADA DE CUATRO COMPAÑEROS (I):
De nuevo en camino. En una
intersección de rutas, giran a la
derecha, después a la izquierda
rumbo a Cuatro Compañeros, distante
a seis kilómetros, desde la última
parada. La camioneta de tuneros, se
quedó sin gasolina y sus pasajeros
se distribuyeron en los camiones.
Con la idea de pasar por el batey de
Cuatro Compañeros antes de que
amaneciera, se ordenó aumentar la
marcha de los vehículos. No
obstante, había que detenerse un
kilómetro antes de llegar al poblado
para ir a explorar la entrada.
KIKO: “Yo iba manejando el yipi con
la punta de la vanguardia dentro, a
mi lado iba el Isleño Manuel y el
práctico... Yo sabía que había que
parar antes de llegar al caserío,
pero me lo tenía que decir el
práctico. De momento cuando doblamos
una curvita vemos el puente de un
arroyo que está a la entrada de
Cuatro Compañeros y paro, pues el
práctico nos había dicho que existía
ese puentecito a unos cien metros de
ese lugar.
No me diga na´, al hombrín se le
olvidó decir dónde teníamos que
parar y nos metimos en la boca del
lobo. Yo paro y miro que al final de
la luz del yipi, unas sombras de
gente se movían alrededor de un
tractor parqueado a la orilla del
camino. Entonces le dije al Isleño,
que creía que allí había guardias.
Él bajó y mandó a alguien que
avisara al primer camión de posible
emboscada y que pasaran la voz a los
demás que apagaran las luces.
Los demás se desmontaron del yipi y
avanzamos despacito, recordábamos lo
pasado en La Federal. A menos de
cincuenta metros, uno de los que
estaban al lado del tractor gritó:
—¡Alto
quién va…!
—¡Gente
buena! —respondió el Isleño. Otra
vez se repitieron las mismas cosas;
pero los guardias comenzaron a
tirar. Nosotros nos lanzamos al
suelo y respondimos a tiro limpio.”
Nuevamente el ruido de las
detonaciones despertó al resto de
los invasores que, entre dormidos y
sin estar claro de lo que lo que
estaba sucediendo, se tiraron de los
camiones solamente con sus armas, la
mayoría dejó la mochila, obuses y
todo lo cargaba. Era evidente que la
confusión reinó, pues pocos se
acordaron de la orden, de que si
sucedía cualquier tope con el
enemigo durante la retirada tomaran
hacia el sur.
En medio del tropelaje Che no perdió
la ecuanimidad e instruyó de
mantener fijo al enemigo. También
ordenó que se le unieran otros
componentes de la vanguardia y que
los demás pelotones no disparar y
dirigirse hacia el sur. A pesar de
ello, en medio de los tiros, muchos
se encaminaron al norte. Aumentó la
confusión que a lo lejos de esa
dirección se distinguía entre luces
la silueta de un bosque. El
comandante trataba de organizar la
columna en el monte que señalaba a
unos dos kilómetros, para poder
actuar contra el enemigo.
De momento observó que en la cama
del camión a su lado, entre lo
abandonado, se encontraban los
proyectiles de la bazooka. De
inmediato subió a la cama del carro
y paraba a los que pasaban y les
entregaba uno o dos para que lo
llevaran, todo se podía perder menos
el parque. El alba se hacía presente
y la claridad del día no beneficiaba
a los rebeldes en esa encrucijada.
Sin embargo, en los primeros
momentos resultó beneficiosa la luz,
pues una gran parte de los que
habían confundido la dirección
rectificaron el rumbo, sin mayor
peligro pues aún el combate se
mantenía en el mismo lugar y no
había llegado más tropa. Primero
pasaron el terraplén, luego una
cerca alambrada e hicieron alto en
la cuneta. Restaba por vencer un
largo tramo, de baja hierba y
escasas palmas canas bastantes
dispersas y algunos cayitos de
monte, prácticamente sin vegetación
protectora, pero aún no volaban los
aviones sobre ellos.
Según informe del jefe de
operaciones Suárez Suquet:
“...El día 14 (de septiembre) a las
4:45 hrs. otro grupo de rebeldes
trató de rebasar la emboscada a la
que se le rompió fuego por no más de
nueve fusiles y una ametralladora
que se encontraba distante
(emboscada constituida por el of que
suscribe, el personal de escolta y
el Capt. Agustín Torres Hernández
MM), que para ver destruido
totalmente ese grupo, que resultó
ser el del Che Guevara, faltó el
carro Scout - Carr, continuando el
combate por la mañana y persecución
de este grupo cuyo resultado conoce
ya esa superioridad (...)”
Las mentiras son evidentes: el que
“suscribe”, se encontraba bastante
alejado del lugar de los tiros. Por
otra parte eran más de nueve fusiles
los existentes en Cuatro Compañeros,
pues le habían enviado personal la
tarde anterior, pero que al momento
del encuentro estaban junto a él.
El plan de los militares consistía:
montar dos emboscadas, una donde ya
conocemos y la otra en el cruce de
la línea del ferrocarril, con una
trípode calibre 30.06. Dejar pasar
la columna
—pues
sabía que eso sucedería, así lo hizo
conocer Suárez Suquet a la tropa—
por la que estaba en la entrada del
pueblo y una vez dentro, abrir fuego
desde adelante y atrás. El puesto de
mando lo ubicó el que “suscribe” en
la parte trasera del batey, o sea
que nunca pensó estar en la primera
línea de fuego.
Pero a pesar de que no se cumplió lo
ordenado por Che, de hacer la
exploración desde la distancia
señalada, pudo evitarse caer en la
trampa, producto de la actuación de
la punta de vanguardia y al seguro
nerviosismo de los embocados que no
debieron descubrir su posición.
Al producirse el combate el sargento
Juan Pérez, que estaba al frente de
seis soldados, mandó un mensaje al
puesto de mando. Al esclarecer y
darse cuenta hacia dónde se dirigían
los rebeldes, mandó a emplazar la
trípode en el puente y disparar
contra los insurgentes. Suárez
Suquet dispuso que el teniente
Castellón con 25 números se
dirigiera hasta el batey por el
camino adjunto a la línea con el fin
de cerrarles la retirada a los
columnistas.
Cuando Che terminó de repartir los
proyectiles que estaban en el
camión, ordenó a los jefes de
pelotones y escuadras recoger todo
lo que quedaba encima de los
vehículos. Ahora tenía una
preocupación mayor; ya era pleno día
y el tiempo iba pasando; no
tardarían en aparecer los aviones y
más tropas, por lo tanto, tenía que
llegar al monte escogido donde había
mejores condiciones para enfrentar
al enemigo y no en aquel potrero sin
protección. Ordenó dividir la tropa
en dos, a fin de posibilitar una
mejor retirada y evitar un cerco
total.
Excepto los miembros de la
vanguardia, que seguían combatiendo,
los demás columnistas atravesaban la
sabana lo más rápido que podía. En
el trayecto debieron de cruzar un
arroyo que por suerte no estaba
crecido. Quizá le vino a la mente a
Che lo que había escrito a Fidel el
pasado día 8: “te confieso que le
tengo miedo a una retirada con 150
inexpertos reclutas en esta zona
desconocida”. La imagen no podía ser
más similar. De los que corrieron
hacia atrás, o sea, abandonaron la
columna, se encontraban los choferes
y los otros acompañantes y uno de
los tres incorporados en el camino.
El práctico Bazán no abandonó su
puesto.
A pesar de la insistencia de Che y
demás jefes de recoger lo que habían
abandonado, aún en los camiones
quedaban muchas mochilas, cajas y
paquetes con parque y otros
artículos vitales para la tropa,
además de documentos de valor. La
orden de recoger fue cumplida a
medias, ya que muchos invasores no
aparecieron en esos momentos. Y en
el primer camión dejaron materiales
de importancia.
Luego Che se paró e indicó a los
invasores por dónde seguir. Cuando
el rebelde Pérez Vila, del personal
de la comandancia, pasó por su lado,
le preguntó por la microonda que él
llevaba.
—Se
me quedó en el camión— fue la
respuesta.
—¡Regresa
a buscarla, y si no la encuentras,
te quedas por allá!
—le
dijo Che. Pérez Vila, bajo los
tiros, logró llegar al camión,
encontró el equipo de radio y volvió
junto al comandante.