Año VIII
La Habana
2008

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 CRÓNICAS DE LA REVOLUCIÓN  (5 Parte)
CAMILO Y CHE (XXVIII)
William Gálvez • La Habana
 

EMBOSCADA DE CUATRO COMPAÑEROS (I): De nuevo en camino. En una intersección de rutas, giran a la derecha, después a la izquierda rumbo a Cuatro Compañeros, distante a seis kilómetros, desde la última parada. La camioneta de tuneros, se quedó sin gasolina y sus pasajeros se distribuyeron en los camiones.

Con la idea de pasar por el batey de Cuatro Compañeros antes de que amaneciera, se ordenó aumentar la marcha de los vehículos. No obstante, había que detenerse un kilómetro antes de llegar al poblado para ir a explorar la entrada.

KIKO: “Yo iba manejando el yipi con la punta de la vanguardia dentro, a mi lado iba el Isleño Manuel y el práctico... Yo sabía que había que parar antes de llegar al caserío, pero me lo tenía que decir el práctico. De momento cuando doblamos una curvita vemos el puente de un arroyo que está a la entrada de Cuatro Compañeros y paro, pues el práctico nos había dicho que existía ese puentecito a unos cien metros de ese lugar.

No me diga na´, al hombrín se le olvidó decir dónde teníamos que parar y nos metimos en la boca del lobo. Yo paro y miro que al final de la luz del yipi, unas sombras de gente se movían alrededor de un tractor parqueado a la orilla del camino. Entonces le dije al Isleño, que creía que allí había guardias. Él bajó y mandó a alguien que avisara al primer camión de posible emboscada y que pasaran la voz a los demás que apagaran las luces.

Los demás se desmontaron del yipi y avanzamos despacito, recordábamos lo pasado en La Federal. A menos de cincuenta metros, uno de los que estaban al lado del tractor gritó:
¡Alto quién va…!

¡Gente buena! —respondió el Isleño. Otra vez se repitieron las mismas cosas; pero los guardias comenzaron a tirar. Nosotros nos lanzamos al suelo y respondimos a tiro limpio.”

Nuevamente el ruido de las detonaciones despertó al resto de los invasores que, entre dormidos y sin estar claro de lo que lo que estaba sucediendo, se tiraron de los camiones solamente con sus armas, la mayoría dejó la mochila, obuses y todo lo cargaba. Era evidente que la confusión reinó, pues pocos se acordaron de la orden, de que si sucedía cualquier tope con el enemigo durante la retirada tomaran hacia el sur.
 

En medio del tropelaje Che no perdió la ecuanimidad e instruyó de mantener fijo al enemigo. También ordenó que se le unieran otros componentes de la vanguardia y que los demás pelotones no disparar y dirigirse hacia el sur. A pesar de ello, en medio de los tiros, muchos se encaminaron al norte. Aumentó la confusión que a lo lejos de esa dirección se distinguía entre luces la silueta de un bosque. El comandante trataba de organizar la columna en el monte que señalaba a unos dos kilómetros, para poder actuar contra el enemigo.
 

De momento observó que en la cama del camión a su lado, entre lo abandonado, se encontraban los proyectiles de la bazooka. De inmediato subió a la cama del carro y paraba a los que pasaban y les entregaba uno o dos para que lo llevaran, todo se podía perder menos el parque. El alba se hacía presente y la claridad del día no beneficiaba a los rebeldes en esa encrucijada.

Sin embargo, en los primeros momentos resultó beneficiosa la luz, pues una gran parte de los que habían confundido la dirección rectificaron el rumbo, sin mayor peligro pues aún el combate se mantenía en el mismo lugar y no había llegado más tropa. Primero pasaron el terraplén, luego una cerca alambrada e hicieron alto en la cuneta. Restaba por vencer un largo tramo, de baja hierba y escasas palmas canas bastantes dispersas y algunos cayitos de monte, prácticamente sin vegetación protectora, pero aún no volaban los aviones sobre ellos.
 

Según informe del jefe de operaciones Suárez Suquet:

“...El día 14 (de septiembre) a las 4:45 hrs. otro grupo de rebeldes trató de rebasar la emboscada a la que se le rompió fuego por no más de nueve fusiles y una ametralladora que se encontraba distante (emboscada constituida por el of que suscribe, el personal de escolta y el Capt. Agustín Torres Hernández MM), que para ver destruido totalmente ese grupo, que resultó ser el del Che Guevara, faltó el carro Scout - Carr, continuando el combate por la mañana y persecución de este grupo cuyo resultado conoce ya esa superioridad (...)”
 

Las mentiras son evidentes: el que “suscribe”, se encontraba bastante alejado del lugar de los tiros. Por otra parte eran más de nueve fusiles los existentes en Cuatro Compañeros, pues le habían enviado personal la tarde anterior, pero que al momento del encuentro estaban junto a él.
 

El plan de los militares consistía: montar dos emboscadas, una donde ya conocemos y la otra en el cruce de la línea del ferrocarril, con una trípode calibre 30.06. Dejar pasar la columna pues sabía que eso sucedería, así lo hizo conocer Suárez Suquet a la tropa por la que estaba en la entrada del pueblo y una vez dentro, abrir fuego desde adelante y atrás. El puesto de mando lo ubicó el que “suscribe” en la parte trasera del batey, o sea que nunca pensó estar en la primera línea de fuego.
 

Pero a pesar de que no se cumplió lo ordenado por Che, de hacer la exploración desde la distancia señalada, pudo evitarse caer en la trampa, producto de la actuación de la punta de vanguardia y al seguro nerviosismo de los embocados que no debieron descubrir su posición.
 

Al producirse el combate el sargento Juan Pérez, que estaba al frente de seis soldados, mandó un mensaje al puesto de mando. Al esclarecer y darse cuenta hacia dónde se dirigían los rebeldes, mandó a emplazar la trípode en el puente y disparar contra los insurgentes. Suárez Suquet dispuso que el teniente Castellón con 25 números se dirigiera hasta el batey por el camino adjunto a la línea con el fin de cerrarles la retirada a los columnistas.
 

Cuando Che terminó de repartir los proyectiles que estaban en el camión, ordenó a los jefes de pelotones y escuadras recoger todo lo que quedaba encima de los vehículos. Ahora tenía una preocupación mayor; ya era pleno día y el tiempo iba pasando; no tardarían en aparecer los aviones y más tropas, por lo tanto, tenía que llegar al monte escogido donde había mejores condiciones para enfrentar al enemigo y no en aquel potrero sin protección. Ordenó dividir la tropa en dos, a fin de posibilitar una mejor retirada y evitar un cerco total.
 

Excepto los miembros de la vanguardia, que seguían combatiendo, los demás columnistas atravesaban la sabana lo más rápido que podía. En el trayecto debieron de cruzar un arroyo que por suerte no estaba crecido. Quizá le vino a la mente a Che lo que había escrito a Fidel el pasado día 8: “te confieso que le tengo miedo a una retirada con 150 inexpertos reclutas en esta zona desconocida”. La imagen no podía ser más similar. De los que corrieron hacia atrás, o sea, abandonaron la columna, se encontraban los choferes y los otros acompañantes y uno de los tres incorporados en el camino. El práctico Bazán no abandonó su puesto.
 

A pesar de la insistencia de Che y demás jefes de recoger lo que habían abandonado, aún en los camiones quedaban muchas mochilas, cajas y paquetes con parque y otros artículos vitales para la tropa, además de documentos de valor. La orden de recoger fue cumplida a medias, ya que muchos invasores no aparecieron en esos momentos. Y en el primer camión dejaron materiales de importancia.
 

Luego Che se paró e indicó a los invasores por dónde seguir. Cuando el rebelde Pérez Vila, del personal de la comandancia, pasó por su lado, le preguntó por la microonda que él llevaba. Se me quedó en el camión— fue la respuesta.
 

¡Regresa a buscarla, y si no la encuentras, te quedas por allá! le dijo Che. Pérez Vila, bajo los tiros, logró llegar al camión, encontró el equipo de radio y volvió junto al comandante.


CONTINUARÁ
 

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La Habana, Cuba. 2008.
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