¿Cuál es su
nombre?
―Usted ya conoce
mi nombre.
―¿Cuál es su
nombre?
―Usted ya conoce
mi nombre.
Y así
continuaron, uno
con su línea, la
otra con la
suya. ―¿Cómo...?
―…ya conoce...
―…
―... nombre.
Coincidieron, no
exactamente en
armonía: Una de
las voces era
aflautada,
aunque segura;
la otra,
monótona.
La habitación
donde estaban
era oscura y
húmeda.
Posiblemente
algo se
deslizaba por
algún lado, algo
pequeño e
inocuo. El ruido
indirecto de la
carpintería
murmuraba desde
la ventana
solitaria.
― ¿Cuál es su
nombre? Esta
vez, silencio.
― ¿Cuál es su
nombre?
Cuando él se fue
a parar, la
silla se trabó
en la arena. Y
al estirarse, su
cuerpo desvió la
brisa más ligera
de la cara de
ella. El latido
en la madera
afuera continuó,
débil todavía.
Se abrió una
puerta, se
cerró.
Entretanto, un
susurro.
De hecho, solo
se puede
especular sobre
la formación de
la Isla, cómo
fue esculpida
por la lava y
las mareas, cómo
los punticos de
las piedras que
se asomaban en
la espuma se
transformaron en
las cimas de
montañas, e
islote tras
islote se fueron
fundiendo, miles
de ellos, hasta
que se
convirtieron en
un archipiélago
como la curva de
una cicatriz.
Los nativos no
sabían cultivar
la tierra ni
cómo usar
herramientas.
Recogían frutas,
cazaban
cangrejos
dándoles
vueltas hasta
que lograban
sacarlos de sus
cuevas de arena.
Casualmente
descubrieron
cómo cultivar
unos tubérculos
comestibles, por
lo general en
montículos de
tierra diseñados
para retardar la
erosión y
alargar el
almacenamiento;
con el tiempo,
aprendieron a
hacer pan de una
raíz que de otra
forma hubiera
resultado
venenosa.
Pescaban,
cazaban jutías e
iguanas, comían
tortugas y
perros.
Los hombres casi
siempre andaban
desnudos, las
mujeres usaban
faldas cortas y
llevaban los
senos al aire.
Se aplanaban las
frentes
amarrándose un
plato duro antes
de que
estuvieran
formadas. Así,
con sus frentes
inclinadas en un
ángulo,
reflejaban la
luz hacia el
cielo.
Eran marineros
torpes y sin
ambición, sin
sentido alguno
de la
navegación. Por
un tiempo,
muchos de ellos
creían que la
Isla no era una
isla, sino "una
especie de balsa
gigantesca, de
tierra y arcilla
compactada,
imposible de
dirigir.
Tenían dos
dioses supremos,
cada uno
asociado de
manera
particular con
el agua: Un rey
del mar y una
diosa del agua
dulce y la
abundancia. Como
tributo, les
ofrecían rezos y
platos de
comida: Pez
aguja a
montones,
papayas tan
maduras que
amenazaban con
explotar sus
semillas negras
y pegajosas,
cubos de leche
de coco.
Antes de hacer
las ofrendas,
los devotos se
purificaban y se
despojaban con
ayunos y vómitos
ritualizados.
Hambrientos, se
colocaban unas
palitas de
madera en la
garganta,
instrumentos
litúrgicos que
después se
sacaban y
dejaban resbalar
vagamente por
los labios.
Al final, usando
unos tubitos
largos como un
pitillo,
inhalaban la
corteza
pulverizada de
un árbol local
que les causaba
alucinaciones
extremas.
― ¿Cuál es su
nombre?
―preguntó él.
“El pino es
mejor, más fácil
para tallar”,
calculó para sí
misma. La Isla
estaba
densamente
poblada de
caobas, cedros y
palmeras con sus
topes como
ramilletes de
plumas.
―Usted ya conoce
mi nombre ―dijo
ella, sus labios
un poco tiernos.
Ella tosió sin
querer. En ese
momento,
reconocía la
importancia de
escoger maderas
sin nudos,
marcas o
rajaduras. No
podía pensar más
que en la
carnosa pulpa de
los árboles, la
muselina de Madras y el
cáñamo.
― ¿Cuál es su
nombre?
Su bote
necesitaba una
abrazadera.
Aproximadamente
cinco
centímetros de
altura, un metro
de ancho y dos
metros de
largo. En su
cabeza, midió
más o menos
treinta
centímetros del
borde hacia el
centro. Marcó
los puntos,
entonces dibujó
líneas
diagonales que
iban de un lado
al otro.
― ¿Cuál es su
nombre?
Ella continuó
midiendo
distancias
íntimas, sus
dedos dibujando
en el lienzo
suave de sus
muslos.
Un buen día, una
mulata grandota
de ojos
achinados trajo
un botecito y lo
dejó en la
orilla de la
playa. Estaba
hecho de las
lánguidas hojas
de una flor
local, dobladas
por aquí y por
allá hasta
completar un
triángulo. Solo
un puñado de
nativos lo
notaron o le
dieron
importancia, y
cuando el
botecito no se
encontró entre
los escombros al
amanecer, todos
asumieron que la
culpa era de los
ansiosos
zarcillos de la
marea.
Esa tarde, la
mulata grandota
de ojos
achinados
regresó, esta
vez con un bote
hecho de madera
de balsa. Su
superficie era
como la piel de
un bebé,
rosadita y
dulce. Y una vez
más, se perdió
por la noche.
Esa semana
aparecieron
otros botes
―canoas y kayaks,
naves hechas de
madera que el
mar había
arrastrado
hasta la playa,
troncos de
árboles
ahuecados,
refrigeradores
boyantes gracias
a tubos
inflados,
carrocerías de
automóviles con
flotadores―. Se
amontonaron unos
encima de los
otros,
disminuyendo de
tamaño en la
medida que la
estructura
ascendía, y
apilados así,
empezaron a
crear diferentes
niveles. Cada
piso tenía su
propio y
peculiar color,
generalmente una
variación de
azul desteñido
o una mancha
aguamarina.
Llegó un momento
en que los botes
empezaron a
girar,
ligeramente,
hasta que las
proas apuntaron
hacia los
cuatro puntos
cardinales. Nada
había entre las
naves, cada una
encima de la
otra en
equilibrio
perfecto. Aunque
se mecían con
los vientos
alisios y así
saludaban las
olas del mar, no
se derrumbaban.
Con el tiempo,
dejó de
preguntar su
nombre. Entraba
y se sentaba
frente a ella en
la oscuridad.
Ella se había
acostumbrado a
sus visitas. Sus
muslos estaban
cubiertos de
fantasmales
diseños de
botes. Después
de un rato, él
arrastraba la
silla hacia
atrás, se
levantaba y
desaparecía.
Entonces los
labios de ella
formaban
silenciosamente
las palabras que
lo perseguían:
“Usted ya conoce
mi nombre”.
En la costa de
la Isla, algunos
cuantos perros
sarnosos,
murciélagos y
una o dos
colmenas de
abejas
silvestres
llegaron a
descansar sobre
la columna de
botes. Se hinchó
con ranas que se
colaron en las
grietas y
caracoles que se
arrastraban por
las paredes.
Pájaros con
plumas locas
como cabellos
despeinados se
posaban y
cantaban. Hubo
días claros y
días de neblina,
noches en que
los astros
brillaban en el
cielo y otras en
que se negaban a
dar luz.
Estas eran las
noches en que
los botes gemían
por el peso de
los nativos
escalando la
torre.
“La Torre de las
Antillas”,
escrito
originalmente en
español y
traducido al
inglés por la
autora para
publicar en
Other Voices,
Vol. 21,No.
47, EE.UU.,
2007.
Tomado del libro
Aguas y otros
cuentos.
Achy Obejas
nació en La
Habana, en 1956,
y siendo aún
niña fue llevada
por sus padres a
Estados Unidos.
Ambos hechos, su
lugar de
nacimiento y su
temprano
extrañamiento de
la tierra natal,
han marcado su
obra
definitivamente.
Ha publicado,
entre otros,
Ruins
(novela,2009),
This is What
Happened in Our
Other Life
(poesía, 2007),
Memory Mambo
(novela, 1996),
Came All the
Way from Cuba So
You Could Dress
like This?
(cuento, 1994).
Cuentos, poemas
y prosas suyas
han sido
incluidos en
numerosas
recopilaciones.
Ha editado
antologías, como
Habana Noir
(cuentos de
autores cubanos
sobre crímenes),
y acaba de
publicarse su
traducción de la
novela del
dominicano-americano
Junot Díaz,
La breve y
maravillosa vida
de Óscar Wao,
premio Pulitzer.
La obra de Achy
Obejas ha sido
merecedora de
numerosas
distinciones.