Año VIII
La Habana
2009

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La torre de las Antillas

Achy Obejas (La Habana, 1956)



¿Cuál es su nombre?

―Usted ya conoce mi nombre.

―¿Cuál es su nombre?

―Usted ya conoce mi nombre.

Y así continuaron, uno con su línea, la otra con la suya. ―¿Cómo...?

―…ya conoce...

―…

―... nombre.

Coincidieron, no exactamente en armonía: Una de las voces era aflautada, aunque segura; la otra, monótona.

La habitación donde estaban era oscura y húmeda. Posiblemente algo se deslizaba por algún lado, algo pequeño e inocuo. El ruido indirecto de la carpintería murmuraba desde la ventana solitaria.

― ¿Cuál es su nombre? Esta vez, silencio.

― ¿Cuál es su nombre?

Cuando él se fue a parar, la silla se trabó en la arena. Y al estirarse, su cuerpo desvió la brisa más ligera de la cara de ella. El latido en la madera afuera continuó, débil todavía.

Se abrió una puerta, se cerró. Entretanto, un susurro.

De hecho, solo se puede especular sobre la formación de la Isla, cómo fue esculpida por la lava y las mareas, cómo los punticos de las piedras que se asomaban en la espuma se transformaron en las cimas de montañas, e islote tras islote se fueron fundiendo, miles de ellos, hasta que se convirtieron en un archipiélago como la curva de una cicatriz.

Los nativos no sabían cultivar la tierra ni cómo usar herramientas. Recogían frutas, cazaban cangrejos dándoles vueltas hasta que lograban sacarlos de sus cuevas de arena. Casualmente descubrieron cómo cultivar unos tubérculos comestibles, por lo general en montículos de tierra diseñados para retardar la erosión y alargar el almacenamiento; con el tiempo, aprendieron a hacer pan de una raíz que de otra forma hubiera resultado venenosa. Pescaban, cazaban jutías e iguanas, comían tortugas y perros.

Los hombres casi siempre andaban desnudos, las mujeres usaban faldas cortas y llevaban los senos al aire. Se aplanaban las frentes amarrándose un plato duro antes de que estuvieran formadas. Así, con sus frentes inclinadas en un ángulo, reflejaban la luz hacia el cielo.

Eran marineros torpes y sin ambición, sin sentido alguno de la navegación. Por un tiempo, muchos de ellos creían que la Isla no era una isla, sino "una especie de balsa gigantesca, de tierra y arcilla compactada, imposible de dirigir.

Tenían dos dioses supremos, cada uno asociado de manera particular con el agua: Un rey del mar y una diosa del agua dulce y la abundancia. Como tributo, les ofrecían rezos y platos de comida: Pez aguja a montones, papayas tan maduras que amenazaban con explotar sus semillas negras y pegajosas, cubos de leche de coco.

Antes de hacer las ofrendas, los devotos se purificaban y se despojaban con ayunos y vómitos ritualizados. Hambrientos, se colocaban unas palitas de madera en la garganta, instrumentos litúrgicos que después se sacaban y dejaban resbalar vagamente por los labios.

Al final, usando unos tubitos largos como un pitillo, inhalaban la corteza pulverizada de un árbol local que les causaba alucinaciones extremas.

― ¿Cuál es su nombre? ―preguntó él.

“El pino es mejor, más fácil para tallar”, calculó para sí misma. La Isla estaba densamente poblada de caobas, cedros y palmeras con sus topes como ramilletes de plumas.

―Usted ya conoce mi nombre ―dijo ella, sus labios un poco tiernos.

Ella tosió sin querer. En ese momento, reconocía la importancia de escoger maderas sin nudos, marcas o rajaduras. No podía pensar más que en la carnosa pulpa de los árboles, la muselina de Madras y el cáñamo.

― ¿Cuál es su nombre?

Su bote necesitaba una abrazadera. Aproximadamente cinco centímetros de altura, un metro de ancho y dos metros de largo. En su cabeza, midió más o menos treinta centímetros del borde hacia el centro. Marcó los puntos, entonces dibujó líneas diagonales que iban de un lado al otro.

― ¿Cuál es su nombre?

Ella continuó midiendo distancias íntimas, sus dedos dibujando en el lienzo suave de sus muslos.

Un buen día, una mulata grandota de ojos achinados trajo un botecito y lo dejó en la orilla de la playa. Estaba hecho de las lánguidas hojas de una flor local, dobladas por aquí y por allá hasta completar un triángulo. Solo un puñado de nativos lo notaron o le dieron importancia, y cuando el botecito no se encontró entre los escombros al amanecer, todos asumieron que la culpa era de los ansiosos zarcillos de la marea.

Esa tarde, la mulata grandota de ojos achinados regresó, esta vez con un bote hecho de madera de balsa. Su superficie era como la piel de un bebé, rosadita y dulce. Y una vez más, se perdió por la noche.

Esa semana aparecieron otros botes ―canoas y kayaks, naves hechas de madera que el mar había arrastrado hasta la playa, troncos de árboles ahuecados, refrigeradores boyantes gracias a tubos inflados, carrocerías de automóviles con flotadores―. Se amontonaron unos encima de los otros, disminuyendo de tamaño en la medida que la estructura ascendía, y apilados así, empezaron a crear diferentes niveles. Cada piso tenía su propio y peculiar color, generalmente una variación de azul desteñido o una mancha aguamarina.

Llegó un momento en que los botes empezaron a girar, ligeramente, hasta que las proas apuntaron hacia los cuatro puntos cardinales. Nada había entre las naves, cada una encima de la otra en equilibrio perfecto. Aunque se mecían con los vientos alisios y así saludaban las olas del mar, no se derrumbaban.

Con el tiempo, dejó de preguntar su nombre. Entraba y se sentaba frente a ella en la oscuridad. Ella se había acostumbrado a sus visitas. Sus muslos estaban cubiertos de fantasmales diseños de botes. Después de un rato, él arrastraba la silla hacia atrás, se levantaba y desaparecía.

Entonces los labios de ella formaban silenciosamen­te las palabras que lo perseguían: “Usted ya conoce mi nombre”.

En la costa de la Isla, algunos cuantos perros sarnosos, murciélagos y una o dos colmenas de abejas silvestres llegaron a descansar sobre la columna de botes. Se hinchó con ranas que se colaron en las grietas y caracoles que se arrastraban por las paredes. Pájaros con plumas locas como cabellos despeinados se posaban y cantaban. Hubo días claros y días de neblina, noches en que los astros brillaban en el cielo y otras en que se negaban a dar luz.

Estas eran las noches en que los botes gemían por el peso de los nativos escalando la torre.



“La Torre de las Antillas”, escrito originalmente en español y traducido al inglés por la autora para publicar en Other Voices, Vol. 21,No. 47, EE.UU., 2007.


Tomado del libro Aguas y otros cuentos
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Achy Obejas nació en La Habana, en 1956, y siendo aún niña fue llevada por sus padres a Estados Unidos. Ambos hechos, su lugar de nacimiento y su temprano extrañamiento de la tierra natal, han marcado su obra definitivamente. Ha publicado, entre otros, Ruins (novela,2009), This is What Happened in Our Other Life (poesía, 2007), Memory Mambo (novela, 1996), Came All the Way from Cuba So You Could Dress like This? (cuento, 1994). Cuentos, poemas y prosas suyas han sido incluidos en numerosas recopilaciones. Ha editado antologías, como Habana Noir (cuentos de autores cubanos sobre crímenes), y acaba de publicarse su traducción de la novela del dominicano-americano Junot Díaz, La breve y maravillosa vida de Óscar Wao, premio Pulitzer. La obra de Achy Obejas ha sido merecedora de numerosas distinciones.

 
 

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La Habana, Cuba. 2009.
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