Año VIII
La Habana
11  al 17
de JULIO
de 2009

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Entrevista con Achy Obejas

Yo me siento cubana

Yinett Polanco • La Habana

 Foto: Kaloian

 

Aguas y otros cuentos es su primer libro editado en Cuba, pero los lectores cubanos conocíamos desde hacía tiempo la obra de Achy Obejas a través de textos suyos publicados en revistas como La Gaceta de Cuba. Aunque nació en la Isla vive en EE. UU. desde los seis años, donde es una escritora reconocida y premiada. Antologías de cuento Come all the Way from Cuba So You Could Dress like This?; libros de poesía como Thats is what happened in our other life; traducciones como la de La breve y maravillosa vida de Óscar Wao, del dominicano norteamericano Junot Díaz; y novelas como Memory mambo (1996) Ruins (2009) y Days of awe (uno de los mejores libros en el 2001 según los Angeles Time) hablan de una prolífica producción literaria. Si a eso le sumamos que ha escrito para radio y televisión y por su trabajo en la serie Gateway to Gridlock compartió un Premio Pulitzer con el staff del Chicago Tribune en el 2001, esbozamos el retrato de alguien que cuenta entre sus obsesiones más fuertes la de comunicar. Aguas y otros cuentos fue publicado por la Editorial Letras Cubanas y presentado el martes 7 de julio en la sala Villena de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Los textos recogidos en el volumen fueron publicados entre 1994 y 2007, salvo uno, aparecido por primera vez en este libro. Conversar con Achy es percibir bajo una pronunciación por momentos angloparlante giros eminentemente habaneros y, de algún modo, esta falsa dicotomía se aprecia también en su escritura. Luchar por su identidad y al mismo tiempo, remarcar la diferencia, podrían ser algunas de sus características distintivas.
 

Ha afirmado sentirse emocionada por este primer libro en Cuba, para quien tiene publicado varios en EE.UU, exitosos además, ¿qué espera de la recepción en la Isla de Aguas y otros cuentos?  

No sé calcular muy bien cómo se mide el éxito en Cuba, dado que el mercado y la manera en que la industria del libro funcionan aquí son muy diferentes. Estoy muy contenta de estar contada entre los escritores cubanos, de tener un libro que la gente de mi país pueda leer por fin y de estar aquí con la presencia de tantos amigos, de tanta gente que me ha apoyado por muchos años. Mi esperanza es que disfruten los cuentos, los lean, se comenten. Es extraño ser una escritora reconocida como tal sin tener una obra que la gente pueda leer, es muy extraño tener esa relación con un lugar, así que para mí es como una realización de 15 años. Ahora pueden valorar mi obra y aspiro a que en un futuro podamos hacer otro libro. 

Destaca el hecho de que aunque —como usted misma decía— no se educó en español, una parte de su obra se ha traducido y sí esté escrita originalmente en nuestro idioma... ¿cómo es la relación con su lenguaje primigenio?

Es mi pesadilla. Nosotros nos fuimos de Cuba cuando yo tenía seis años, y mi papá siempre pensó que íbamos a regresar, por lo tanto para él era un deber y una obsesión que nosotros habláramos y pudiéramos leer y escribir en español. Soy la mayor de dos hijos, así que todos sus experimentos los hizo conmigo, cuando llegamos a mi hermano, ya estaba cansado; eso explica por qué mi hermano casi no habla español pero a mí me interesa mucho tener vivo mi idioma. Cuando empecé a venir a Cuba en el 95 yo era mucho más tímida, hablaba mucho menos, jamás hubiera podido hacer eso de leer diez páginas en público, entre otras cosas porque los nervios me hubieran matado. Para ser sincera, en la escritura no lo pienso tanto, la obra mía tiende en la primera versión a ser siempre una mezcla de inglés y español y luego, en algún momento, decido a cuál idioma lo voy a llevar para finalizarlo. Generalmente el cuento lo va determinando, tiene mucho que ver con el lugar donde lo estoy escribiendo: cuando estoy en Cuba y escribo, generalmente he estado hablando español todo el día y tengo el cerebro en el canal hispano y entonces me sale en español; cuando estoy en los EE.UU, especialmente cuando no visito Cuba en mucho tiempo, generalmente me sale en inglés. Algunas veces hay trabas, cuando los personajes son muy particulares de un lugar es muy difícil pensarlos en el idioma opuesto. Entonces sí requiere un poquitico más de trabajo consciente con el idioma.

En esta novela que acaba de salir en EE.UU., Ruins, el personaje principal es un viejito de 54 años de Tejadillo. La novela entera tiene lugar en Cuba, no hay un solo momento en EE.UU. Es precisamente el cuento de la gente que no se va, he escrito tantas veces cuentos de la gente que se va, pero he pasado tanto tiempo en Cuba y conozco tanta gente que no se fue, que quería hacer ese cuento, por lo menos de este personaje que no se va y por qué lo hace. Es un cubano de a pie, un tipo común y corriente de La Habana Vieja, que no es ministro, no está conectado, no trabaja para una empresa, no es el maletero del Habana Libre, no tiene un tío ni un primo en Nueva York, es un tipo común que siempre ha creído en el proyecto social de este país y que, a pesar de todos sus traumas, más o menos mantiene su línea en un momento muy crítico —porque la novela tiene lugar en el 94. No es un libro ideológico, es un libro crítico en muchos sentidos pero ese personaje fue interesante hacerlo en inglés, porque para mí era importante publicar ese libro en EE.UU., un libro diferente de una cubanoamericana.

Ese cuento —quizá ya ustedes lo saben, pero esa era mi versión—  fue simpático porque casi todo el diálogo estaba en español y el resto del libro en inglés; debí tomarme un momento para cambiar las cosas. La gente en La Habana habla de un modo muy particular y en La Habana Vieja aún más particular, hacer ese ajuste fue un poco salvaje pero creo que lo logré, el libro ha gustado, ha salido muy bien, ha tenido muy buena crítica, estoy muy contenta con él hasta ahora. 

Sobre Ruins apareció una reseña en el New York Times y publicaron un capítulo del libro…

El New York Times acabó conmigo, me hizo picadillo en la reseña, fue la única reseña negativa, estuve de luto todo ese domingo, no contesté el teléfono, mi email murió, lloré mis lagrimitas, pero después resultó que no importó para nada porque en el New York Times, no sé por qué, no conozco a nadie en la sección de libros en el periódico, aunque me habían adelantado socios que trabajan en otras secciones que la reseña no era buena, pero por alguna razón ellos decidieron publicar el primer capítulo enterito al lado de la reseña en la versión digital y parece que eso ayudó de una manera inesperada. El libro iba súper bien, tenía cierto ritmo, y de buenas a primeras cuando salió la reseña pensamos que se había terminado el asunto, que había sido una alegre primavera pero el verano iba a ser terrible y entonces, para nuestra gran sorpresa, el libro cogió vuelo de nuevo, aún más fuerte. También la muchacha autora de la reseña —yo no la conozco, no sé quién es, puede ser la persona más excelente del mundo— era la primera vez que escribía para el New York Times, o sea, tuve la mala suerte de que me tocó alguien que debía probar cierto rigor.

Cuando escribo por primera vez para una revista o un periódico, estoy muy consciente de lo que estoy haciendo y es muy importante hacerse la dura, me imagino que eso fue parte de lo sucedido allí. Al final estoy agradecida con ella porque llamó la atención sobre el libro y todo ha salido muy bien.

¿Cómo combinar sus referentes literarios, en español y en inglés, a la hora de la escritura?

No pienso en eso. Me leo a Reinaldo Arenas no porque sea cubano ni gay, sino porque él era brillante y su obra me fascina, igual leo a Dennis Cooper en EE. UU. porque es genial. A mí lo que me llama la atención es el cuento, la palabra, lo que hay en la página, si me deslumbra o me inquieta, si me hace pensar, si me estimula.

En Cuba se le reconoce sobre todo como escritora, pero usted ha tenido una vinculación importante con el mundo del periodismo…

Fue una etapa muy linda de mi vida, tuve una tremendísima suerte como periodista. Trabajé durante muchos años en los medios alternativos, los cuales me dieron mucha libertad, y me ayudaron a desarrollar un estilo muy particular.

Para cuando comencé a trabajar en el Tribune ya tenía cierta reputación y pude hacer cosas absurdas porque mi día normal de trabajo era muy anormal, generalmente no entraba en la oficina hasta las 2:00 p.m. porque dije que quería seguir escribiendo mis novelas y ellos ajustaron mi horario laboral para que pudiera hacerlo. Vine a Cuba casi por cinco meses, y me dieron una licencia.

Ellos sabían muy bien que mi interés no era el periodismo sino la literatura, y entonces para ciertos proyectos me decían “usa tu ojo literario”, lo cual me hacía mucha gracia. Pero aprendí cosas muy interesantes desde el punto de vista estilístico de cómo manejar la palabra y también desde el punto de vista de información y del reportaje. Me encanta el reportaje, todos mis libros tienen mucha investigación, generalmente cuando tengo interés en algo hago muchas cosas para ganar en exactitud.

En Ruins, hay un objeto de obsesión en el libro que es una lámpara que puede ser o no Tiffany, o sea, es una lámpara de vitrales, de colores, esas lámparas tienen un proceso de creación muy particular para hacerse, de hecho no se hacen en fábricas, es una cosa de artesanía. No tenía la más mínima idea de cómo se hacía semejante lámpara y empecé a averiguar el proceso, lo llevé a tal extremo que terminé en una residencia en Pilchuck en el estado de Washington, que es una escuela dedicada al arte con vidrio. Cuando aprendí ese proceso, aprendí también ciertas cosas que me ayudaron con la novela en otro sentido, por ejemplo: resulta que para manipular el cristal se requiere una cantidad de agua espectacular, jamás en la vida a mí se me hubiera ocurrido. Para mi novela, lógicamente el agua en Cuba, es un elemento importantísimo, las malditas circunstancias nos siguen hasta el final y metafóricamente eso integró el proceso mucho más profundamente en el tejido de la palabra en la novela, de ello jamás me hubiera dado cuenta si no lo hubiera investigado. Cuando hablo de investigación no me refiero solamente a ir a una biblioteca y estar leyendo cuatro horas, sino a algo mucho más amplio. Esas cosas me fascinan y en ese sentido el periodismo afecta mucho mi obra literaria, pues tengo cierto conocimiento de cómo hacer algunas investigaciones.

Yo sigo haciendo reseñas de vez en cuando para algunas revistas, escribo sobre música para Washington Post, pero en realidad en estos días me concentro más en la literatura y es lo que quiero hacer. 

¿Escribe bastante cuando está en Cuba?

Depende del tiempo que esté aquí. Cuando vengo por poco tiempo no, porque tengo que hacer muchas visitas y cumplir con ciertos ritos, cosas que hago cuando vengo acá, y el tiempo se va desapareciendo. Generalmente cuando estoy aquí más de dos semanas sí escribo y bastante; esta vez no porque vine con mi compañera y era la primera vez que ella venía a Cuba y me interesaba muchísimo que conociera algo de mi país, por lo tanto, no nos quedamos en La Habana, fuimos a provincias, estuvimos de viaje casi ocho días, después regresamos y yo quería obviamente presentarla a mis amigos, a la gente que aquí son como mi familia. 

Cuando se refiere a “mi país” con tanto énfasis, pensaba en el pequeño prólogo que le hizo Daniel García a Aguas y otros cuentos donde señala el sentido de cubanidad que se aprecia en sus textos…

Nací aquí, yo me siento cubana y que me digan lo contrario, no sé que otra cosa decirte. Yo soy quien soy.
 

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La Habana, Cuba. 2009.
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