Año VIII
La Habana
4  al 10
de JULIO
de 2009

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Cuarenta y ocho años después de cerradas las casas de juego en Cuba,
el Casino está más de moda que nunca

El casino de Cuba

César Gómez Chacón • La Habana

Fotos: Cortesía del autor

 

— ¡¿Casino en Cuba?!

La mirada incrédula de Dimitri, recién llegado de Moscú, era la misma de Adam, el londinense, hace dos años, y la de Enzo, cuando llegó de Roma por primera vez hace más de una década.  

Eran los años ’50…

y, en La Habana, se bailaba en los más aristocráticos “yacht clubs” y en los clubes de negros pobres; en las casas de familias de clase media, en las fiestas de las “quinceañeras” del barrio y en las sociedades fraternales. Todos los sábados. Todos los domingos. Y ¿por qué no? cualquier otro día de la semana. El Casino Deportivo de La Habana no era una excepción.

Eran los tiempos del mambo y del chachachá. Pérez Prado había inundado las victrolas de todos los bares de la ciudad, como antes había hecho en México, y la orquesta América había puesto a mover los pies a medio mundo.

Eran los tiempos de la Aragón, el conjunto Casino, Chappottín, la Riverside… los Jardines de la Tropical.

Eran los tiempos de Benny Moré, el más universal.

Eran también los tiempos de los boleros de Lucho Gatica y los susurros de Nat “King” Cole, para bailar un poco más pegados.

Y eran los tiempos del rock & roll que, en Cuba, era más de Bill Halley y sus Cometas que del “rey” Elvis Presley. 

Los primeros “casineros”

No es raro que los jóvenes que bailaban en el Casino fueran buenos bailadores de rock & roll, con todos aquellos movimientos de brazos, aquellas vueltas y aquel constante unirse y separarse de la pareja. También, por supuesto, eran buenos bailadores de aquella música cubana tan popular.

Nunca se ha sabido quién empezó, quién lo hizo por primera vez. No es posible saberlo. Como en Fuenteovejuna, fue la gente, el grupo. Pero lo cierto es que, de pronto, un buen día, mientras se bailaba un son montuno o un chachachá  o un mambo (¡¿quién sabe?!), aparecieron aquellos giros rocanroleros, aquellos brazos haciendo figuras en el aire. El exuberante movimiento de las caderas de las muchachas seguía como en cualquier otro momento anterior, como en cualquier otro salón de la ciudad. También el estilizado dibujo que describían los pies de los muchachos (que tanto se parece al baile flamenco y a la rumba callejera) seguía como si nada diferente estuviera ocurriendo. Pero la fusión resultaba verdaderamente explosiva.

Era un descubrimiento colectivo, y eso creó una atmósfera casi mágica en que la pareja (unidad básica de los bailes de salón populares cubanos) se disolvía constantemente en el grupo que descubría, inventaba, abría una puerta a un universo desconocido de creación y diversión.

Entonces comenzó a bailarse en ruedas. Un número indeterminado de parejas (¿cuatro, cinco, ocho?) formaban un círculo, y se lanzaban a improvisar la coreografía. Como en los salones elegantes de la Europa del siglo XIX, alguien nombraba los pasos, y todos armaban aquel hecho artístico irrepetible. Era también, de algún modo, una especie de competencia en que la imaginación y la destreza se ponían a prueba en cada nueva pieza.

Así se había comenzado a “bailar casino”. Y aquella rueda era ya, por supuesto, la “rueda de casino”.

El casino se “pega”

Apenas comenzados los años ’60, los clubes exclusivos fueron convertidos por el poder revolucionario en Círculos Sociales Obreros, y gente de todos los sectores comenzaron a ser sus usuarios.

Como una epidemia de alegría contagiosa, aquel baile se extendió en muy poco tiempo por toda la ciudad. El Círculo Social Patricio Lumumba y la sociedad Curros Enríquez del popular barrio de Santos Suárez, fueron sus plazas conquistadas de inmediato. Y luego Guanabo, Cojímar, Regla, Guanabacoa, Santiago de las Vegas.

Con los becarios que llegaron de otras ciudades del país viajó, en el regreso, a los más apartados rincones de la geografía nacional, y se hizo imposible de detener. Ya alrededor de 1964, el que no supiera “bailar casino” e integrarse en una “rueda” cualquiera, con gente conocida o desconocida, tendría que renunciar a bailar, que en Cuba es poco menos que renunciar a vivir.

Evergreen

Cuba es una isla que baila. Basta ver caminar a sus mujeres. No es necesario que haya música claramente audible. Un radio lejano podría servir para que los pies del más sordo de los cubanos se muevan involuntariamente. Puede incluso estar totalmente ausente la música. Existe la posibilidad de tararear, palmear o simplemente pensar en algún ritmo.

Pero, ya lo sabemos, en Cuba hay mucha música. Buena música. Mucha buena música para bailar. De modo que nadie puede sorprenderse de que una parte importante de la música popular que se ha bailado en el mundo desde los años ‘40, tenga su origen en la Isla. El son (base de todo el montaje que ahora se conoce como salsa), la guaracha, la rumba, la conga, el bolero, el danzón, el mambo y el chachachá son solo algunos de los muchos ritmos que Cuba ha aportado a sus bailadores y al mundo.

¿Cómo explicar entonces que, por más de 50 años, un baile permanezca tan nuevo como el primer día, como si el tiempo no pasara? ¿Cada región del país le ha aportado algo? Seguramente. ¿Cada nueva generación ha agregado, quitado, modificado, desechado y descubierto elementos? ¡Claro! Pero no es suficiente para explicar el modo en que los bailes internacionales de moda entran inmediatamente al país (ya hablamos del rock and roll, pero podíamos decir twist, calypso, merengue, surf, reggae, disco, hip hop, salsa, pasando por lambadas y macarenas, y el poderoso cerco del reggaetón), y todos, sin la menor excepción, en un tiempo prudencial se pierden en la memoria… y el baile de casino no solo no desaparece, sino que se enraíza, se afinca en su propia razón de existir, y se hace cada día más presente, más de moda. Evergreen.

Desde Italia a Venezuela

Las últimas dos décadas han visto crecer el baile de casino y la rueda hasta límites insospechados. Aquellos primeros “casineros” no podían siquiera imaginar que hoy (en julio de 2009) una rápida ojeada al famoso buscador Google de la red de redes, podría descubrir casi 700 000 referencias al baile de casino. Mucho menos que esas referencias estarían diseminadas por todos los continentes.

Parece que nadie quiere quedarse atrás. Mientras en Italia (donde primero llegó el casino en Europa) florecen algunos cientos de escuelas, competencias nacionales, festivales internacionales, encuentros teóricos y otros eventos, y en Venezuela bailar casino es tan común como escuchar un joropo llanero o una gaita zuliana… en Indonesia, se dice en perfecto español “dame dos”, “hombres al centro”, “afuera con palmadas” y en China las noches comienzan a llenarse de “ruedas”.

El “1830”, la nueva meca del casino

A Dimitri lo encontramos en el 1830, un hermoso salón a cielo abierto, justo en la desembocadura del río Almendares, apenas a 500 metros de lo que fue el Casino Deportivo de La Habana. El mar, como siempre, batiéndole las rocas que conforman su estructura norte. Cientos de habaneros jóvenes bailaban en parejas y en ruedas, junto con otros habaneros que permanecen siendo jóvenes a sus 60 y más. Sí, los mismos que descubrieron, inventaron, soñaron aquella vez. Unas cuantas decenas de gente que habían llegado de otros países, bailaban casino de modo sorprendente. Los que vinieron con Adam desde Londres, los que Enzo envió desde Roma y Turín. Todos mezclados. Todos bailando con todos. Otra vez parejas que se disolvían en el grupo… grupos que se desarmaban en múltiples parejas.

Así sucede todos los domingos, como entonces. Es el nuevo punto de encuentro, la nueva Meca. Juanito el Abuelo, líder indiscutible de los “viejos” (como dicen los jóvenes a los fundadores) habla, anima, presenta una pareja de la India, y una rueda con algunos cubanos y varios suizos. Moncada toca “La rueda de casino”, una pieza premonitoria compuesta en 1993, y es la locura.

Allí encontramos a Dimitri. Fue una noche muy especial para él. Se autodenominó embajador del casino en Rusia, como Adam y Enzo en Inglaterra e Italia, respectivamente. Él también entendió.

—¡¿Casino en Cuba?!

¡Sí! ¡Efectivamente! Pero hay una noticia mejor: en el Casino de Cuba nadie pierde.

La rueda de casino

(Grupo Moncada)
 

Si bailas en La Habana,

suavecito con la música cubana,

y las piernas se te enredan,

es que estás bailando en una rueda.
 

La rueda de casino

es un baile cadencioso y súper-fino.

No es exótico ni extraño.

Si lo aprendes, bailarías todo el año.
 

          Baila mi rueda.

          Baila.
 

Hagamos una rueda

que se forme desde Italia a Venezuela,

desde Nueva York a Chile,

enlazando corazones juveniles.
 

Desde Egipto hasta Japón,

vacilando con el mambo y con el son,

deja que este baile suba,

que te trae el sabor que tiene Cuba.
 

          Baila mi rueda.

          Baila.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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