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En modo alguno considero exagerada
la reflexión de Loló de la Torriente,
una de nuestras más grandes periodistas,
cuando afirma que “para comprender la
pintura de Amelia Peláez hay que colocar
a la artista en su casa de la Avenida
Estrada Palma, cerca de la loma de
Chaple. Ella y su casa forman parte del
paisaje: de nuestra atmósfera, de
nuestra isla de sol, encaje, palmeras y
mar.”
Ese será el mundo de las vivencias de la
genial artista que, sin duda, encuentra
en ese espacio formas definitivamente
cubanas, hechuras que encierran muchos
de los elementos más específicos de
nuestra tradición y que configuran hoy
un punto de referencia obligatorio en la
historia de nuestras artes plásticas.
Nacida el 5 de enero de 1896, en
Yaguajay, en la actual provincia de
Sancti Spíritus, hija de un médico y
sobrina del ilustre poeta Julián del
Casal, su familia toda se muda en 1915
para La Habana.
Fijan su residencia en una amplia casona
de la barriada de La Víbora, en la que
dormitan silenciosos, teñidos por la luz
y el color del trópico, vitrales, medios
puntos, enrejados, columnas barrocas,
mamparas, frutas y flores.
Esa es la casa donde Amelia viviría
hasta su muerte, y que hoy es patrimonio
cultural de nuestro pueblo. Edificada en
1912, con el paso del tiempo, se
convertiría en sitio de concurrencia de
artistas y escritores.
Sus paredes, pues, serán testigos del
nacimiento de casi toda su creación, en
la que expresará lo cubano de un modo
muy personal, con su exuberancia
desmedida y su barroquismo criollo.
Su refugio
Decía Loló de la Torriente:
“En el patio de la casa, entre plantas y
arriates, entre pájaros que cantan
alegremente, entre la humedad y el sol,
entre la luz el día y el fulgor del
véspero, la pintora tiene su refugio.”
“Es el taller en que trabaja diaria y
constantemente. Allí ha producido buena
e importante parte de su obra, que no
desmiente el riguroso conocimiento que
posee tanto de los materiales, como del
ambiente de que está infusa: cielo azul,
y húmeda y fragante tierra; sensual
vibración de la luz y el color;
voluptuosa placidez del descubrimiento y
júbilo encendido por la vida que estrena
y la órbita que cumple.”
En la Academia de San Alejandro, se
vincula con Romañach, a quien admirará
por siempre: “Nunca encontré mejor
maestro que él.”
En 1924 inaugura su primera exposición
junto con su compañera de clases María
Pepa Lamarque, y tres años después, en
mayo de 1927, es invitada a la
Exposición de Arte Nuevo patrocinada por
la Revista de Avance, en lo que
significa el primer reto público de la
renovadora plástica cubana de
vanguardia.
Viaja a los EE.UU. Recorre distintos
países de Europa. Se establece en
Francia y toma cursos especiales con la
profesora rusa Alexandra Exter. Muestra
su obra en la prestigiosa galería Zak y
recibe una crítica muy favorable.
La realidad de su mundo
A su regreso a Cuba, en 1934, trae ya
hecha como néctar propio, la gran
lección de la pintura europea de todos
los tiempos, pero recurriendo a los
elementos naturales que la Isla le
ofrece.
“Con Amelia ―como afirma el crítico
Juan Sánchez― el cubismo, ese modo de
hacer pintura colocando el acento sobre
las formas, sobre los ritmos, sobre los
espacios concretos, se instaló
frescamente entre nosotros para
desenredar cuanto de tupido y caótico y
de salvajemente bello tiene el trópico”.
En toda su obra vibrará siempre lo
cubano pero sin manifestarse como
transferencia mecánica de la realidad,
pues ella, quien vive al ritmo de su
plenitud, como refieren algunos
críticos, entendía que arte y vida
tienen leyes diferentes.
“Si lo que voy a pintar es una
naturaleza muerta, ―dice Amelia― no
tengo que ir a la venduta a comprar un
cesto de frutas. Sé perfectamente qué
forma tiene una naranja y cuál el color,
y solamente me interesa que el
espectador de mi cuadro reconozca la
naranja que pinto, que no es una naranja
determinada, sino la naranja (…) Nunca
he tenido la intención de que al público
se le haga la boca agua al mirar mis
naturalezas muertas (…) si por razones
pictóricas, es decir, inherentes a la
naturaleza del cuadro que pinto, a la
naranja no le viene bien su propio
color, nada puede impedirme que le ponga
el color del caimito.”
En ella la cerámica “se transforma
―según declara Loló de la Torriente― en
un arte exigente, autónomo, apasionante,
al que se entrega sin restricciones”.
Sus murales dejan huella en la
visualidad cubana contemporánea, como
sucede con la fachada del impresionante
hotel Habana Libre, en la capital, donde
su arte es admirado no solo por los
iniciados, sino también por quienes
descubren la propia y original expresión
de esta mujer en cuyas composiciones,
cuidadosamente diseñadas, el trazo negro
sostiene la estructura y delimita los
colores.
Enferma sigue pintando. Ahí están sus
diseños para las aceras de La Rampa y su
participación en el mural colectivo que
dio comienzo al Salón de Mayo en 1967.
Fallece en La Habana el 8 de abril de
1968, en su casona viboreña, donde nació
―como sugiere Loló de la Torriente― el
sentido vital de su pintura, el
manantial nutridor de su arte volcado en
líneas y volúmenes.
De Amelia Pélaez son estas palabras:
“Quien lo desee me juzgará, pues todo
artista está y debe estar siempre
expuesto al juicio de la crítica, bien o
mal intencionada; podrán hacerse no sé
cuántos reparos a mi obra, pero tendrán
también que reconocer que he trabajado
con firme dedicación y que no he tenido
pretensiones desmedidas (…)
Naturalmente, no descarto la posibilidad
de que yo pueda haber logrado algo de
valor mediante ese esfuerzo, lo cual
también me complacerá, pues siempre he
trabajado con la esperanza de lograrlo. |