EMBOSCADA DE LA MALOGRADA: Con el
propósito de circunvalar el poblado
de Cuatro Compañeros, transitaron
por dentro del monte, bastante
tupido y oscuro. Hubo necesidad de
utilizar linternas y velas para
iluminar el camino que, por otra
parte, resultaba terrible: las
piernas se enterraban en los
fangales casi hasta las rodillas.
Después de emplear cerca de dos
horas para salir del bosque,
alcanzaron un buen terraplén.
El Comandante ordenó aumentar la
distancia entre hombres y estar bien
atentos durante la marcha. No habían
avanzado ni una hora por el
terraplén cuando escucharon ráfagas
de armas automáticas y una explosión
que pareció de una granada de fusil.
Todo indicaba que habían caído en
una emboscada, situada a la
izquierda del camino, a unos metros
aproximadamente del puente conocido
con el nombre de La Malograda, sobre
el río Negro.
La vanguardia abrió fuego sobre la
casa de donde provenían los
disparos. El resto de la tropa
inmediatamente se lanzó al suelo
para ocupar posiciones, exceptuando
la punta de la vanguardia; los otros
dos pelotones no podían disparar
hasta tanto no recibieran la orden.
Camilo indicó a una parte del
segundo pelotón disparar sobre la
casa y avanzar en forma de
herradura. No se conocía en aquel
momento por qué los emboscados
dejaron pasar la punta de vanguardia
y abrieron fuego sobre la segunda
escuadra, dando oportunidad a que la
primera, que ya había cruzado,
pudiera regresar a rodear la casa.
El resto de la tropa inició entonces
un buen volumen de fuego. Al
escuchar los primeros disparos,
William fue en busca del Abuelo y le
pidió el M-1 que portaba cuando fue
desarmado y ocupó una posición en el
segundo pelotón disparando contra
los atacantes. Cuando el Comandante
pasó junto a él, se lo hizo saber y
este le dijo que siguiera en esa
posición.
El enemigo cesó de disparar y
entonces Camilo dispuso quemar la
casa. Los emboscados aprovecharon
ese instante para escaparse por la
parte de atrás, pues aún no habían
podido llegar hasta allí los
rebeldes. Al penetrar en la vivienda
descubrieron huellas de sangre y el
rastro de la precipitada huida de
sus ocupantes. Ninguno de los
invasores resultó herido. Durante el
combate, toda la tropa dio muestras
de una gran organización.
Luego de impartir las órdenes
correspondientes, Camilo habló con
el práctico Porfirio Castellanos
―se
había portado valientemente―,
pues algunos se lanzaban a correr
cuando sucedía algo parecido. Se
desechó el terraplén y de nuevo
marcharon por el monte, un camino
más difícil pero más seguro, pues
era posible que estuviesen situadas
otras emboscadas. Chapoleteando agua
y fango finalizaba el 13 de
septiembre.
SEPTIEMBRE 14: Incluimos la parte
final de lo que aparece el día 13 en
el Diario de Che, que como veremos
sucedió en la madrugada y resto del
14:
CHE: “La vanguardia ha descubierto
al enemigo y nos pasa el aviso y
enseguida se oyen los primeros
disparos. Decido retirarme a una
ceja de monte en la finca Forestal y
nos atrincheramos hasta ver lo que
teníamos delante; peleamos todo el
día contra el ejército mientras dos
B-26, dos P-47 y un DC-3 nos
sometían a un (...) bombardeo.
Mientras esto ocurría, una bomba
estalla junto a (...) Juan Hernández
y apenas si tenemos tiempo para
darle sepultura. Una bala (...)
hiere a (...) Silva. Fraccionó la
columna y en una maniobra de engaño
burlamos a (...) el ejército.
Acampamos en un marabuzal y al hacer
el recuento de nuestros hombres nos
faltan once y un pelotón extraviado
que no hemos podido localizar.”
Como a Che no le era posible anotar
todo lo ocurrido en un escueto
diario de campaña, abundaremos sobre
el combate, basados en
investigaciones posteriores.
En la fecha señalada, los rebeldes
con las precauciones requeridas y
rompiendo fango pasaron por Canosa y
el Paraíso donde se les une otro
guía, Gerardo Bazán, Liche. Al lado
de una pesa, no muy lejos de Cubitas
1, pararon para esperar a los
integrantes de la vanguardia, que
habían ido a incautar otro yipi. Che
se pasó para este con algunos más.
Reiniciaron el andar y poco a poco
fueron dejando atrás Arroyo Blanco
del Norte, Lindero de Guaicanamar,
San Juan, hasta que en el cruce de
la vía férrea, en Carbonell, el
tercer camión se quedó sin luces.
Durante la obligatoria parada
encontraron un colaborador en un
bohío donde efectuaba un ritual
espiritista. Gracias a él lograron
hacer el cambio del vehículo roto en
el cual se colaron tres jóvenes, sin
conocerlo los jefes. De nuevo en
camino, al llegar a la carretera de
Santa Cruz a Camagüey, Mimía no
encontraba el rumbo, acudieron
entonces a Castillo Ramírez,
residente en aquel lugar, quien
montado con la punta de vanguardia
los condujo hasta un poco más allá
del entronque del callejón de
Curajalla, donde esperaron al resto
de la columna. El imprevisto
práctico quedó en libertad. Debió
conocerse que el campesino era de
confiar para quebrar una de las
elementales medidas de seguridad.
La exploración de un colaborador
permitió conocer que el río Najasa
no presentaba peligro y que era
factible cruzarlo, pues había bajado
la crecida. A pesar de ello, Che
mandó a comprobar la información,
pues él supo que los camiones de
Camilo no pasaron por la crecida del
río. El resultado fue el mismo. Una
vez sobre el puente del Najasa, el
yipi vanguardista presentó falla.
Los 10 minutos concedidos para
arreglarlo sirvió a los invasores
para estirar las piernas y el
cuerpo. Finalmente hubo que
abandonar el vehículo y darles otro.
Como Mimía dijo no conocer en lo
adelante, Gerardo Bazán asumió la
responsabilidad de conducirlos; pero
el camino obligó a los pasajeros a
empujar varias veces los camiones
para sacarlos del atasco. Sobre las
2 de la madrugada pararon en la
bodega de Rafael Serrano a fin de
obtener combustible lo cual
consiguieron gratuitamente.
Resuelto el problema, continuaron
camino aunque el fango siguió
demorando la marcha. El constante
empujar aumentaba el agotamiento de
los hombres, al extremo de que
algunos se negaron a dar la ayuda,
lo cual les acarreó una fuerte
reprimenda de parte de Guevara.
Algunos invasores recuerdan que
pocas veces vieron a Che tan
enojado.
Por suerte, la comprensión acudió
con rapidez a los agotados
columnistas y a base de un enorme
esfuerzo sacaron del fango los
vehículos. El próximo tramo fue algo
mejor. La siguiente parada la
hicieron cerca de donde se
perforaban pozos petroleros. La
madrugada anterior la columna No.2
había dejado a un lado ese lugar.
Allí Che habló con varios
trabajadores y un estadounidense, al
parecer responsable de las
excavaciones. A las distintas
preguntas, este informó de la
existencia de muchos soldados en
Cuatro Compañeros y de su encuentro
con ellos en las cercanías del
poblado.
Después de esa conversación Che
extremó las medidas de seguridad.
Ordenó a la punta de vanguardia
continuar con cuidado y al práctico
avisar un kilómetro antes del
caserío. Asimismo, que se dirigieran
hasta allí a pie, para explorarlo.
Dijo que, de chocar con los
guardias, había que torcer a la
izquierda. Fue camión por camión
planteando la ruta a seguir en caso
de abandonarlos precipitadamente.
Recalcó: ―Dirigirse
siempre, primero hacia la costa y
luego al oeste―.
Fue hasta el tercer camión para
decirle que no podía perder de vista
al último vehículo, porque
presentaba problemas y tal vez
necesitaba ayuda. Todo eso demoró
más de media hora.