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Los medios audiovisuales
devienen receptores de un
acontecer público mediado por el
contexto del que extraen el
fragmento de realidad a exponer,
pero a su vez, son productores
de una nueva realidad que llega
al receptor con el hálito de lo
veraz, de lo cierto. Por ello,
en tanto los medios son
responsables de la construcción
de aquello que asumimos como
verdad, como relato de lo
ocurrido, urge analizar las
historias y los personajes que
consumimos en cada audiovisual.
Estudiar a Hemingway en el
audiovisual cubano, no solo
representa un análisis crítico
de lo que existe sino un punto
de partida y una mirada
previsora de lo que Ernest
Hemingway todavía puede ofrecer
a los realizadores cubanos. El
problema a dilucidar consiste en
determinar cuáles facetas,
cualidades o aristas de la vida
y la personalidad del escritor
norteamericano han sido tratadas
en el audiovisual cubano y
cuáles no, y cómo ha sido este
tratamiento a partir de la
relación entre el mito y la
realidad. El debate entre mito y
realidad en este caso trata de
desenmascarar cuanto de cada
mensaje audiovisual se asienta
más en el discurso mítico
desfigurando lo real a través de
los estereotipos.
Como sucede con otras
personalidades cubanas o
relacionadas con Cuba, existe
una imagen canonizada de Ernest
Hemingway en el audiovisual que
explota más la connotación
mítica de esta figura que al
hombre en sí, y además se
reiteran algunas facetas,
momentos y espacios de Hemingway
en nuestro país mientras se
desconocen o descuidan otros que
pueden resultar de interés para
el espectador cubano.
Varios rituales, un solo mito
En general, el abordaje a Ernest
Hemingway en el audiovisual
cubano tiene un carácter
apologético. Subyace en cada
producción cinematográfica o
televisiva un canon de
representación que se sobrepone
a la marca autoral, pero también
existe una función significativa
más general: resaltar la
“positiva” presencia de
Hemingway en Cuba. Como
aseveraba Roland Barthes, un
significado puede tener
disímiles significantes, lo
revelador se encuentra en que:
“Esta repetición del concepto a
través de formas diferentes, (…)
permite descifrar el mito: la
insistencia de una conducta es
la que muestra su intención”.
A través de las representaciones
del relato o datos de referencia
cada audiovisual realiza su
labor de mitificación. Ernest
Hemingway funge como signo
mítico en tanto representa la
figura del “gran hombre” que
trasciende el tiempo y la
historia y que tiene asociado a
sí una serie de lecturas que
marcan su significado, sobre
todo en el contexto cubano. Las
múltiples imágenes de Hemingway
en todas sus facetas se
despliegan en productos para
cine o televisión, en la mayoría
de los casos, con mínimas
posibilidades de sorpresividad.
Lejos de concederle pluralidad y
profundidad a los relatos, estos
se convierten en discursos
manidos, apologéticos y planos
para plasmar al mito,
deshumanizándolo cada vez más.
Cede la artisticidad y la
profundidad del retrato ante el
habitual discurso
ideológicamente comprometido. Se
desechan los matices a cambio de
la construcción del modelo de
representación canónico y
aceptado. El mito se reafirma a
partir de la connotación
transhistórica y atemporal de la
figura ejemplar. No obstante,
cada género audiovisual impone
su propio ritual para celebrar
el mito Hemingway, lo que de
alguna manera influye en los
acercamientos, tanto o más que
la propia poética de su
realizador.
El documental ha sido el más
comprometido con el estereotipo.
Vehículos en demasía de un habla
mítica, sus realizadores tratan
de convencer, e incluso, imponer
una lectura. Pese a la presencia
de una documentalística que
defiende la preponderancia de un
sello autoral en cada
audiovisual del patio, el
análisis de estos documentales
denuncia pobreza tanto en lo
formal como en el contenido y un
excesivo compromiso con un
modelo colectivo.
Lo mismo sucede con otros
géneros televisivos como el
reportaje, los programas
didácticos o el spot político;
los cuales utilizan el mito para
generar mensajes que dialogan de
forma excesivamente cómplice con
un significado a priori. En
ellos predomina lo que Barthes
llamó “desmedido abuso
ideológico”. A través de todos
estos productos, incluyendo el
documental, la televisión genera
“representaciones colectivas”
que usurpan el lugar del
referente para generar una nueva
Historia oficial, versión
incólume de lo ocurrido, pero
disfrazada con el hábito de lo
Real.
El cine de ficción, pese a su
libertad para crear una nueva
realidad y no rendirse ante la
única función de documentar la
verdad histórica, sucumbe a los
mismos derroteros laudatorios y
apologéticos del resto de los
materiales audiovisuales
cubanos, sojuzgado por la
ejemplaridad del mito Hemingway
como parte del panteón de las
grandes figuras honradas por los
cubanos. Salvo dos largometrajes
de ficción —Memorias del
subdesarrollo y Fresa y
chocolate—, otros seis
fragmentos fílmicos utilizan de
forma indicial a Ernest
Hemingway para representar el
modelo de escritor, de hombre o
de revolucionario.
Dos miradas a Hemingway desde el
documental: Hemingway de
Fausto Canel y Los sitios
cubanos de Ernest Hemingway
de Jorge Alonso Padilla
Fausto Canel realizó en 1962 el
primer documental cubano sobre
Ernest Hemingway. Antecedido
solo por reportajes televisivos,
Hemingway constituye el
primer cortometraje que inicia
el acercamiento entre el cine
cubano y el escritor
norteamericano. Galardonado en
1963 con el Primer Premio
en la Cuarta Reseña del Cinema
Latinoamericano de Sestri
Levante en Italia, este
audiovisual devino exponente de
la documentalística de los 60,
época de oro del género en Cuba.
Los 60 significan una vuelta de
página para el arte cubano,
tanto por los cambios
institucionales que imponía el
nuevo momento histórico como por
la oxigenación de los lenguajes
estético-artísticos ante nuevas
influencias provenientes del
neorrealismo italiano, la nueva
ola francesa y el cine
soviético. Constituyó una década
marcada por la construcción de
un nuevo imaginario colectivo
que representara la naciente
mitología de la Revolución
Cubana, así como la constante
experimentación formal para
lograr un cine contemporáneo,
que representara los nacientes
temas de una manera novedosa.
Según las propias palabras de
Alfredo Guevara, el ICAIC trazó
lineamientos que definirían al
cine cubano revolucionario como:
artístico, nacional,
inconformista, barato, comercial
(sin detrimento de lo
artístico), dirigido al público
cultivado y para las masas
populares, y técnicamente
terminado.
Trascendental en la creación de
un modo diferente de ver y
representar la realidad, el
documental se colmó de nombres
como Fausto Canel, Jorge Fraga,
Manuel Octavio Gómez, Alberto
Roldán, José Massip, Tomás
Gutiérrez Alea, Julio García
Espinosa, Humberto Solás,
Octavio Cortázar, Rogelio París,
Pastor Vega, Sara Gómez, entre
otros. Mención aparte merece
Santiago Álvarez, fundador del
Noticiero ICAIC Latinoamericano.
La influencia de Dziga Vertov,
Joris Ivens, Roman Karmen y
Chris Marker potenció el talento
de cada autor cubano. Cada
propuesta audiovisual se
convirtió en un producto
complejo donde interactúan la
poética de su autor con la marca
de la época, y la búsqueda de lo
nacional con la asimilación
audaz de lo foráneo.
La obra Hemingway de
Fausto Canel hace gala de la
libertad creativa y los
presupuestos estéticos que
enriquecieron el documental
cubano de esos años:
·
la sabia concatenación de
fotogramas de diversa naturaleza
(fotografías, películas,
reportajes televisivos, imágenes
de archivo) que se resignifican
dentro del texto
·
la profundidad cognoscitiva del
mensaje
·
el meticuloso tratamiento
estético de la imagen
·
la convincente focalización que
imbrica lo subjetivo (para
acentuar el punto de vista del
autor) y lo omnisciente (para
imponer ese punto de vista como
verdad absoluta)
·
el empleo efectivo de la banda
sonora para crear atmósferas
·
la relación entre el audiovisual
y la literatura (la
participación de Lisandro Otero
como guionista de este
documental hace de la propuesta
un ensayo audiovisual cuyo eje
es la voz del narrador)
·
la experimentación osada y
desenfadada de los planos
·
la utilización de un montaje
dinámico y contemporáneo que
unas veces inserta planos
autónomos
que destacan lo metafórico, lo
simbólico y lo poético
concatenados por cortes y
fundidos; otras veces se afianza
en lo descriptivo a través de
secuencias más largas de
panorámicas, travellings y zooms
por Finca Vigía, mezcladas por
disolvencias;
y, en otras ocasiones, apela a
lo intelectual, yuxtaponiendo
por cortes algunos planos que
generan un mensaje heredero del
montaje de Eisenstein.
El texto fílmico basa su
isotopía en un tema central: la
muerte. Es la muerte de Ernest
Hemingway como noticia y
motivación inicial para el
documental, es la muerte como
hilo conductor de una biografía,
es la muerte como tema
literario, es la muerte rigiendo
sus aficiones, es la muerte como
ausencia física y contrapartida
de su carácter inmortal, es la
muerte como comienzo y fin la
que construye el círculo del
discurso mítico. Sobre este tema
se asienta la tesis, con ese
hálito sociológico y marxista
que dominaba cualquier tipo de
discurso como moda estilística
de la época: Hemingway es un
hombre de su tiempo; es un
hombre violento porque está
inmerso en un contexto violento.
Por último, debajo del tema,
debajo de la tesis, existe un
tercer nivel, un significado
profundo: la prístina
construcción del héroe y el
enfrentamiento constante con la
muerte como uno de los elementos
que rigen el mito Hemingway.
Este héroe es el luchador con
ideales, el cazador que posee el
valor y la elegancia del torero,
la víctima de un mundo marcado
por la violencia y la
injusticia. Es el antifascista.
Es aquel que dijo que si hubiese
sido más joven habría subido a
la Sierra Maestra con Fidel.
Aquí nace un nuevo ícono para el
cine revolucionario cubano.
Treinta y siete años después, el
documental Los sitios cubanos
de Ernest Hemingway de Jorge
Alonso Padilla parte de un
significante mítico. Su
protagonista es el héroe
Hemingway, construido a partir
de dos de sus facetas más
sobresalientes: el famoso
escritor y, sobre todo, el
legendario pescador.
Este audiovisual fue realizado
en 1999, año del centenario del
natalicio de Ernest Hemingway,
condición contextual que
constituye una de las primeras
premisas para comprender su
carácter apologético. Junto a
Los sitios cubanos…,
ese año la TVC celebró la
conmemoración con la difusión de
otros materiales como los
documentales Un
día con Hemingway, cubano
sato de Jorge Luis
Calderon y Cayo Paraíso
de Ivón Deulofeu. El espacio
Historia del Cine dedicó
un ciclo a Hemingway y sus
adaptaciones cinematográficas,
con presentaciones especiales en
los lugares habaneros más
conocidos y relacionados con el
escritor norteamericano. Por
tanto, subyace en estos trabajos
un objetivo y un mensaje común:
resaltar la presencia de
Hemingway en Cuba en el año de
su centenario.
A través de las representaciones
del relato o datos de
referencia, el documental
realiza su labor de
mitificación. Desde un inicio
aparecen los tres ejes
isotópicos fundamentales. El
primero es el narrador. Este
agente extradiegético funciona
como voz o alter-ego del emisor
y determina e impone una única
lectura. El narrador nos
presenta los otros dos elementos
retóricos fundamentales: el mar
y Ernest Hemingway. “El mar,
principio y fin de tantas cosas”
se convierte en principio y fin
también del documental y
espacio-personaje por excelencia
seleccionado por el autor que
nos revela explícitamente su
tesis o mensaje “el mar hizo que
Hemingway se vinculara a Cuba
donde dejó las huellas
imborrables de su presencia”. Y
por último, Ernest Hemingway,
personaje protagónico que funge
como icono mítico en tanto
representa la figura del “gran
hombre” que trasciende el tiempo
y la historia. Las múltiples
imágenes de Hemingway en todas
sus facetas se despliegan a
través de una exhaustiva
recopilación documental de
fotografías y materiales
audiovisuales de archivo que,
sin embargo, son hilvanadas
reduciendo al máximo las
posibilidades de sorpresividad y
comprometiéndose demasiado con
la manida lectura de un
Hemingway perfecto, un héroe sin
pecados ni fracasos. El narrador
caracteriza a su protagonista
como “el gran escritor, el
formidable pescador y el seguro
amante de este pueblo”. Se
desechan los matices a cambio de
la construcción del modelo de
representación canónico y
aceptado y no se detiene la
exaltación vana ante el derroche
de vacuas y altisonantes
adjetivaciones: “La huella
imperecedera de este hombre
universal distinguió a este
pequeño lugar del mundo, a esta
tierra que se enorgullece de
haberlo contado como uno de sus
hijos”. El mito se reafirma a
partir de la connotación
transhistórica y atemporal de la
figura ejemplar: “Aquí Ernest
Hemingway dejó sus sitios y esos
sitios le pertenecen para
siempre”. O en la cita
conclusiva que aparece como
punto final sobre la imagen
kistch de un atardecer marino:
“Aquí está la respuesta, vivo,
existo, cansado, con dolor, de
cualquier modo, más sigo vivo y
he de seguir dueño del mar, del
destino, de todo.” Nada más
lejos del estilo hemingweyano
que esta ampulosa adjetivación.
Evidentemente el producto está
diseñado para un espectador
cubano, con la función de
suscitar el orgullo de que esta
figura mítica y estos sitios
nacionales que el divinizó nos
pertenezcan, estrategia
discursiva habitual en el medio
televisivo.
Apela al recurso de combinar
entrevistas, imágenes de archivo
de los años 50 y filmaciones en
los lugares que Hemingway
frecuentó. Se combinan imágenes
sincrónicas que reflejan el
acontecer con imágenes
diacrónicas para remitirnos al
pasado, acentuando la
trascendencia temporal del
mensaje mítico. A la par se
mezclan las imágenes dinámicas
propias del audiovisual con un
considerable número de imágenes
estáticas, o sea, fotografías.
Todo producto comunicativo
construye sus mensajes no solo a
partir de los referentes que
selecciona e incorpora sino
también por aquellos que
excluye. Temporalmente el
documental recorre desde 1928,
cuando Hemingway tiene su primer
contacto con Cuba, hasta la
actualidad y su “legendaria
presencia”. Se puntualizan
algunas fechas que muestran la
historia oficial, aquellas que
dan fe de su vida pública y su
relación con Cuba y se sigue un
orden cronológico convencional.
Entre estos hitos temporales
resaltan tres muy significativos
que están trabajados a partir de
imágenes audiovisuales de
archivo.
El 28 de octubre de 1954,
Hemingway es entrevistado para
un telediario cubano en Finca
Vigía por el periodista Carlos
Amador Rodríguez al conocerse
que le habían otorgado el Premio
Nobel de Literatura. Aunque
pobre y fría formalmente, a la
manera de la televisión de los
50, encierra sugerentes
parlamentos del escritor. En uno
de ellos, se autodefine como
“cubano sato”, única frase
peculiar con la que pronunció su
pedacito de cubanidad dentro de
su pertenencia real o
sentimental a varias
nacionalidades como la
norteamericana o la española.
De la entrevista fueron
utilizados dos fragmentos. En el
primero Hemingway se refiere a
“la mar”, como él la llama, y la
influencia que tiene en su vida.
La selección es coherente con la
tesis general del documental. En
el segundo fragmento, se nombra
a sí mismo como cubano sato,
pero lo más significativo es que
luego de esta frase de alta
connotación se termina la
entrevista y desenfadadamente
Hemingway sonríe, se
desencartona y aflora la imagen
refrescante y menos formal del
hombre cotidiano con una
sencillez real que conmueve más
que el resto de los 4 minutos y
40 segundos de gestos y palabras
actuadas que caracterizan la
entrevista. El deterioro de la
imagen de archivo en este rush
final acentúa lo informal y se
convierte en uno de los momentos
privilegiados del documental.
El 13 de agosto de 1956,
Hemingway recibe un homenaje en
el Salón Chago de la actual
cervecería Modelo, en el
Cotorro, entonces ofrecido por
la cerveza Hatuey y el ron
Bacardí. Allí se tomaron
imágenes que posteriormente
serían comentadas por un locutor
en voz over en un telediario,
como se estilaba en aquella
época. Este espacio al igual que
la presencia de Hemingway en el
Club de Cazadores del Cerro, que
se inserta a partir de otra
pequeña secuencia audiovisual,
constituyen sitios poco
socorridos y explorados dentro
del documental cubano que Alonso
Padilla acierta incluir.
No podría faltar, aunque resulta
predecible, la referencia al
único encuentro entre Hemingway
y Fidel Castro ocurrido en el
Torneo de la Aguja de 1960. Solo
que este momento muchas veces
documentado por la fotografía se
recrea en esta ocasión por
fragmentos fílmicos que el autor
reúne en un audaz y laborioso
trabajo compilador de todo tipo
de fuentes.
En el caso de Los sitios
cubanos…, como su propio
título nos indica, no es tan
importante el “marco temporal”
como el “marco espacial”. El mar
más que sitio deviene camino y
nos conduce a los disímiles
emplazamientos que van
construyendo la imagen de
Hemingway. Y dentro del mar, el
Pilar como instrumento de
travesía pero también espacio
personal y objeto de poder del
hombre dueño de su barco, desde
donde desafía a la naturaleza.
El yate funge entonces como uno
de los atributos del héroe.
Aunque dentro del relato se
describen otros rincones del
país, la imagen capitalina
inaugura y cierra la narración.
Resalta la utilización, como
fondo para el título, del plano
general de La Habana,
específicamente el conocido
malecón, tomado desde una vista
aérea que de pronto se adentra
en el mar. De ahora en adelante
muchas veces una cámara
omnisciente nos conducirá a cada
sitio y luego abundan los paneos
para describirnos todo el
espacio circundante. Ante una
nueva locación, hay generalmente
un corte o fundido a negro, y
además, un cambio en la música
no diegética o de fondo
utilizada para diferenciar cada
lugar, unas veces más lograda
que otras. En cada secuencia
espacial, se disuelven unos
planos dentro de otros, en una
sucesión que intenta ser poética
pero se convierte en un cliché o
recurso manido, poco
convincente, al igual que esos
planos fotográficos que pasan a
modo de páginas de un libro.
Entre los sitios más conocidos
de Hemingway en Cuba aparecen:
Cojímar y su famosa —a Hemingway
gracias— Terraza; el
microespacio de La Habana
intramuros con el Hotel Ambos
Mundos, la Bodeguita del Medio y
el Floridita; el antiguo Club
Náutico Internacional, hoy
convertido en restaurante sobre
las aguas de la Bahía de La
Habana y la casa-museo Finca
Vigía.
Finca Vigía es plasmada como un
lugar bucólico o, como enuncia
el narrador, “el remanso creado
por Hemingway a donde regresaba
de sus aventuras de caza y pesca
o al regreso de las guerras”. La
casa-museo, aparente biblioteca
por la gran cantidad de libros
que alberga, alrededor de 9 000,
constituye un sitio singular.
Según Foucault, los museos y las
bibliotecas fungen como espacios
heterocronos, en los que el
tiempo se construye de una
manera peculiar. El museo
permite archivar todas las
épocas y las historias en un
solo lugar. También son
mencionados otros lugares de San
Francisco de Paula como la
Iglesia, el bar El Brillante, la
casa de René Villarreal
(empleado principal de la Vigía)
y la finca vecina de Frank
Steinhart.
Además de los sitios cubanos que
componen la ruta oficial
aparecen otros menos abordados
por el audiovisual sobre
Hemingway, como el Club de
Cazadores del Cerro, la
Cervecería del Cotorro, Cayo
Coco, Cayo Guillermo, Cayo
Romano y Mégano de Casiguas o
Cayo Paraíso. Y otros que se
enuncian muy brevemente en dos o
tres planos, como el Two
Brothers Bar, el Santuario del
Cobre
y la ciudad de los puentes que
le rindió honores al entregarle
la llave de Matanzas en manos de
la poetisa cubana Carilda Oliver
Labra. Fueron omitidos, como en
otras muchas ocasiones, otros
espacios, algunos referentes de
historias comprometedoras o con
menos dignidad simbólica: la
residencia de los Mason en
Jaimanitas, la finca de Mario
García Menocal (hijo) en
Camagüey y la antigua embajada
de los EEUU (hoy Museo de
Historia Natural), o algunos
bares y cabarets de la capital
tales como el bar Sloppy Joe´s,
el cabaret Sans Souci, el bar
Pan American, el antiguo
restaurante El Centro Vasco en
Prado y Malecón, el bar Cunard,
la tienda de víveres El Morro
Castle y el bar La Perla de San
Francisco.
El documental se vale de una
serie de agentes en su intención
comunicativa que podríamos
enunciar como las voces del
producto audiovisual.
La más fuerte e imperativa de
las voces es la del narrador,
quien funge no solo como un
comunicante sino también como
controlador del discurso. Es la
máscara de “la verdad objetiva”
que disfraza la subjetividad e
intencionalidad del emisor. Se
constituye, por último en el
constructor del mito para el
televidente y al que le
corresponde convencer.
Buscando impactar al espectador
es imitada la voz de Ernest
Hemingway por John Dumoulin.
Aparece en los primeros minutos
un cortísimo fragmento de una
voz emotiva y convincente, que
enuncia una de las frases más
sugerentes del relato, al
describir a Cuba como esa “isla
hermosa, larga y desdichada”.
Esta misma voz nos lee luego
fragmentos del único texto que
Hemingway dedicó a explicar por
qué vivía en Cuba, y
específicamente en Finca Vigía.
Otros comunicantes del relato
son los entrevistados: Gregorio
Fuentes, el patrón del yate;
Osvaldo Carnero (Ovas), pescador
de Cojímar; Antonio Meilán,
barman del Floridita y Carilda
Oliver Labra, poetisa. Todos
construyen el retrato del hombre
triunfador: el buen amigo, el
protector de los pescadores, el
buen cliente y el gran
conquistador- conquistado.
Los sitios cubanos…
le ha dado cuerpo al mito
Hemingway y muestra el carácter
excepcional de su existencia, y
más aún, de su presencia en Cuba
a través de sus sitios. Cuatro
personas trabajaron en función
de las diversas vertientes de la
producción en este trabajo
audiovisual que no se propone
ser muy eficiente. Lo manido de
algunos recursos formales y
conceptuales y el predecible
lenguaje del documental
afectaron también su eficacia.
Pero la recopilación de
suficientes e interesantes
imágenes de archivo es elogiosa
y muestra un laborioso trabajo
investigativo.
A la construcción mítica del
héroe Hemingway como modelo de
representación confluyen todos
los significantes del texto
audiovisual tanto a partir de
los recursos formales como los
de contenido. Aunque siempre
pueden existir, según Roland
Barthes, tres niveles de
lectura.
La primera de ellas es
construida por el productor de
mitos (el emisor). Hemingway
constituye el símbolo del gran
hombre, dignificado para
colocarlo en el panteón de
nuestras grandes figuras. No
solo es célebre porque fue un
gran escritor, sino porque fue
“bueno” en todas sus facetas,
como pescador, cazador, vecino
de San Francisco y viajero a
través de la isla y del mundo.
La segunda corresponde al lector
promedio del mito, quién
convierte el símbolo en realidad
a partir de un acto de fe y
consume al Hemingway legendario
y su sublimación. Incluso puede
llegar a convertirlo en uno de
sus paradigmas, no solo
literarios. Asume como propia y
verídica la visión del emisor,
cree en él.
Y por último, la mirada del
mitólogo, al que le corresponde
desenmascarar al mito, el cual
constata en esta construcción
“la coartada” para construir una
vez más la figura pulcra e
incólume de nuestros héroes y
escritores, sin matices
negativos. Visión poco creíble
para una figura tan inmensa y
controvertida.
El cine de Titón, una visión
diferente: Memorias del
Subdesarrollo y Fresa y
chocolate.
Memorias del Subdesarrollo
y Fresa y chocolate son
excepciones dentro del
acercamiento a Ernest Hemingway
en el cine de ficción. Otros
seis filmes utilizan a Hemingway
de forma simbólica para
representar al gran escritor y
su positiva presencia en Cuba.
Estos son: Una novia para
David, Hello Hemingway,
Adorables mentiras,
Reyna y Rey, Kleines
Tropicana y Más vampiros
en La Habana.
El primer largometraje cubano
que tomó a Ernest Hemingway como
un referente fue Memorias del
Subdesarrollo (1968).
Inspirada en la novela homónima,
la película es el resultado de
la armonización y la fusión del
discurso literario de Edmundo
Desnoes y la poética de Tomás
Gutiérrez Alea. Cuando la novela
es publicada en 1965 no contenía
las escenas que se desarrollan
en Finca Vigía, pero un año
después Desnoes publica Punto
de vista, donde aparece un
ensayo sobre Ernest Hemingway
titulado El último verano.
Es evidente la relación
intertextual que se establece
entre el texto ensayístico y la
obra fílmica. El filme se
estrena en 1968; la re-edición
de la novela de Desnoes en el
2003 inserta la escena de Sergio
en la casa de Hemingway.
Memorias...
constituye un hito de nuestra
cinematografía, considerada como
la mejor película
latinoamericana de todos los
tiempos. Es un filme que logra
la imbricacirón entre cine y
literatura, sin caer en la
transcripción literal o los
divorcios conceptuales. Crea,
dentro del intenso conflicto
existencial de Sergio, su
protagonista, las herramientas
para diseccionar su contexto,
aportando profundas tesis
sociológicas sobre la Cuba pre y
postrevolucionaria. Aprovecha la
enunciación subjetiva y el
distanciamiento brechtiano para
abordar la realidad de forma
reflexiva, de manera tal que el
punto de vista creado se nos
puede antojar hoy más bien
objetivo, en tanto prima lo
intelectual por encima de la
identificación emotiva con el
nuevo momento histórico.
Dinamita los conceptos del
relato clásico, elaborando un
todo formado por partes
aparentemente autónomas,
inmersas en una estructura
abierta, pero perfectamente
concatenadas y aportativas. Se
debate entre la ficción y el
documental no solo como mero
recurso formal sino para
insertar el mérito de la duda en
el concepto positivista de
verdad.
El narrador pone sus ojos y su
voz en Sergio, el ser humano
descentrado y equidistante que
observa y trata de entender la
realidad que lo circunda. Su
inexorable condición de
intelectual y de burgués genera
su propio conflicto existencial.
Sergio no logra identificarse ni
con los que se integran al
proceso revolucionario, ni con
los que se oponen a él y se
marchan de Cuba. En este
sentido, Memorias... no
encuentrará un narratario en
ninguna persona que se cierre a
una lectura prejuiciada y
dogmática del contexto cubano,
sino en aquel que acceda a
problematizar, a reflexionar, a
bucar las claves intelectivas de
la película.
“Una aventura en el trópico” es
una secuencia inspirada en una
visita de Sergio y Elena al
Museo Ernest Hemingway. Aquí
podrían leerse dos objetivos de
esta visita. Uno, más ligado al
relato, que se subordina a la
relación entre dos sujetos:
hombre y mujer. En este caso
Sergio lleva a Elena al museo
tratando de insertarla en su
mundo. Antes visitaron una
librería y una galería de arte.
Sin embargo, va a constituir el
punto culminante de su
distanciamiento con la muchacha.
Otro objetivo está ligado al
conflicto existencial del
personaje principal. Sergio
quiere entender su contexto,
quiere entender la Revolución
Cubana y, específicamente,
quiere entender como este
escritor norteamericano —no
olvidemos que ser escritor forma
parte de sus ambiciones
personales— ha devenido en
modelo, paradigma, ensalzado por
el propio jefe de la Revolución,
que se integra en los valores
del nuevo ser revolucionario
cubano. En este sentido también
crece su distanciamiento.
El plano lingüístico posee la
hegemonía del discurso, la voz
dominante, pero las imágenes no
dejan de ser aportativas, y en
muchos casos acentúan cierto
cinismo de la mirada de Sergio.
La llegada al museo queda
implícita en el comienzo de la
visita dirigida en la sala de la
casa. Sergio se mantiene
distante del guía y de los demás
visitantes (turistas de Europa
del Este). Arriba a conclusiones
propias, su juicio es totalmente
desacralizador. Sobre el
Hemingway cazador nos dice:
“Decía que mataba para no
matarse, pero al final no pudo
resistir la tentación” y la
cámara focaliza la mesa bar,
otra tentación a la que no se
resistía aunque lo llevase a la
muerte.
Comienzan el recorrido por la
casa. Elena enuncia una frase
que lleva inmersa un poco de la
visión de Desnoes sobre Finca
Vigía. “Y aquí vivía el
Mr. Way ese. Yo no le veo nada
del otro mundo, libros y
animales muertos. Igualito que
la casa de los americanos en el
Central Preston, los mismos
muebles y el mismo olor
americano.” En El último
verano, Desnoes da su punto
de vista: “Entramos ahora
en la Finca Vigía. Si entramos
con prejuicios románticos —la
casa excepcional de un gran
escritor— sufriremos una
terrible desilusión. De primer
golpe nos parece la residencia
de cualquier administrador
norteamericano de ingenio
azucarero…” y luego añade: “Lo
que sí es evidente a primera
vista y después de recorrer la
casa hasta el baño, es que Cuba
no ha dejado allí ninguna
huella. Dentro de la casa no hay
ninguna señal cubana, ni un
cuadro de un pintor cubano, ni
siquiera un pequeño objeto
típico de santería o artesanía.
Nada, como si la casa estuviera
en la Florida, Birmania o las
Filipinas.” Esta misma visión
aparece luego en la película en
la voz de Sergio, de forma más
irreverente: “Aquí tuvo
su refugio, su torre, su isla en
el trópico, botas para cazar en
África, muebles norteamericanos,
fotos españolas, libros en
inglés, cartel de toros. Cuba no
le interesó nunca realmente.
Aquí se refugiaba, recibía a sus
amigos, escribía en inglés y
pescaba en la corriente del
Golfo.”
Más irreverente aún es la
opinión de Sergio al describir
la relación entre Hemingway y
René Villarreal, para entonces
guía del museo. “Se llama
René Villarreal y Hemingway lo
encontró de niño jugando por las
calles de San Francisco de
Paula, eso también lo leí por
alguna parte. Lo amoldó a sus
necesidades, el esclavo fiel y
el gran señor, el colonizador y
el Gunga Din. Hemingway debió
ser un tipo insoportable.”
Sergio llega a ser hiriente.
Esta totalmente decepcionado.
Hemingway y Finca Vigía debían
ser sus ayudantes para alcanzar
su objeto. El objeto que Sergio
persigue es cognoscitivo,
abstracto, quiere entender el
mundo que le rodea, el contexto
sociopolítico de la Cuba de los
60, específicamente en esta
secuencia, quiere entender a
Hemingway y su relación con
Cuba, con la Revolución. Debía
ayudarlo Hemingway, su
biografía, su literatura, sus
pertenencias, su casa, su
empleado principal en la finca
René Villarreal (guía). Pero, el
norteamericano devenido
inexplicablemente para Sergio
icono de la Revolución, es visto
por él de una forma diferente.
Cuestiona su amor por Cuba, su
aptitud para fungir como
paradigma, como modelo (no solo
literario). Para Sergio
Hemingway solo tuvo en Cuba su
aventura en el trópico.
También se decepciona de Elena
—y del trópico y del
subdesarrollo— y mientras ella
posa para un turista, Sergio da
las claves que justifican luego
su escondite en la torre cuando
llega la hora de marcharse: “El
trópico, para eso están los
países atrasados, para matar
animales salvajes, pescar,
tirarse a coger sol, y ahí
tienen, a la beautiful Cuban
señorita.”
Indagaciones como estas, y otras
que pululan en la película,
condujeron al crítico de cine
Rufo Caballero a la tesis de que
este filme “articula una
elaboradísima teoría de la
cubanidad.” Y lo nombra “un
texto de iniciación en cuanto a
la manera de pensarnos, de
observarnos…”
“Desde la intuición, y con
diferentes grados de
generalidad, Desnoes deposita en
la voz de su protagonista
máximas de comportamiento que
alcanzan a recordar los más
inspirados estudios
socioculturales sobre la entidad
y la identidad de lo cubano.”
“Pienso que Alea y Desnoes
consiguieron una pieza
trascendental en la historia
cultural del cubano en la medida
en que supieron prescindir de
las tentaciones del
sentimentalismo y el cubaneo
circunstancial, para ofrecer una
vivisección racional de uno de
los estados más nobles y
notables del alma de la nación:
la inconformidad.”
En 1993, Titón recurre a la obra
literaria de Senel Paz (el
cuento El Lobo, el bosque y
el hombre nuevo), en busca
de un nuevo argumento. Fresa
y chocolate irrumpe como
otro clásico del cine cubano y,
parafraseando a Rufo Caballero,
también como otro texto de
iniciación en cuanto a la manera
de pensarnos y observarnos.
Apuesta por la aceptación de las
diferencias, enarbolando como
eje —aunque no es la única de
las diferencias tratadas en el
filme— el debate sobre la
homosexualidad.
En este largometraje aparece
también una referencia a
Hemingway. En este caso, es muy
breve pero supera la mera
categoría indicial, para
convertirse aunque sea de forma
fugaz, en un ayudante del sujeto
del relato. Si en Memorias…
Hemingway debía a ayudar a
Sergio a entender el contexto
cubano, en Fresa y chocolate,
la duda o el comentario de un
Hemingway no heterosexual
enunciada por Diego —“ese que
andaba con la escopeta y cazaba
leones”, nos dice— debía ser uno
de los ayudantes para demostrar
a David lo común de la postura
gay, y además conquistarlo. No
se trata de cualquier figura y
no por gusto es acentuado en la
lista de escritores y guerreros,
se trata de alguien que se ha
erigido para los cubanos no solo
en símbolo de la masculinidad,
sino también en modelo del héroe
revolucionario, al que por
tanto, el joven revolucionario
David —debe suponer Diego—
podría tener como paradigma. Y
se trata una vez más de un acto
desacralizador que caracteriza
además la poética de Titón.
Algunas conclusiones
Todo producto comunicativo
construye sus mensajes no solo a
partir de los referentes que
selecciona e incorpora sino
también por aquellos que
excluye. Sobre Ernest Hemingway
se ha construido una historia
oficial, con hitos espaciales y
temporales que tejen una leyenda
mutilada de pecados, vicios,
lugares poco honorables,
momentos fallidos y debilidades
humanas. El audiovisual cubano,
con algunas excepciones dentro
del cine de ficción como
Memorias del subdesarrollo
y Fresa y chocolate,
le ha dado cuerpo al mito
Hemingway y nos muestra el
carácter positivo y
trascendental de su existencia,
y más aún, de su presencia en
Cuba. No podemos conocer sus
penas pero sí sus glorias. Y no
es otra la intención.
A la construcción mítica del
héroe Hemingway como modelo de
representación confluyen todos
los significantes de cada texto
audiovisual tanto a partir de
los recursos formales como los
de contenido. Aunque siempre
pueden existir, como dice
Barthes, tres niveles de
lectura. Desde ahora, propongo
ubicarnos en el tercer nivel,
desenmascarar cada coartada y
desde el rol bien de
espectadores, o bien de emisor,
lanzarnos a la búsqueda de un
Hemingway de carne y hueso.
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