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Estimados amigos:
Como el tiempo apremia
iré directamente al
grano.
El jueves 4 de junio
hablando en la
Universidad islámica Al-Azhar
en El Cairo el
Presidente Barack Obama
afirmó: “ningún sistema
de gobierno puede o debe
ser impuesto por una
nación a ninguna otra.
Estados Unidos no
pretende saber lo que es
mejor para todos”.
Lo antes citado, es,
sencillamente, una
obligación elemental de
todos los estados y, sin
embargo, forma parte de
los esfuerzos de la
actual administración
estadounidense para
proyectar una imagen
renovada y conciliadora.
Pero esa idea que se
presenta como
rectificadora no incluye
a Cuba. Nuestro país no
tiene lugar dentro de
esa visión que busca
convencer al mundo de
que la actitud
norteamericana hacia los
demás ha cambiado. Es
como si para Washington
Cuba no fuese otra
nación, careciera de
independencia y
perteneciera a la
jurisdicción
norteamericana. Tal es
el significado de la
declaración emitida por
la Casa Blanca el 13 de
abril de 2009: “La
promoción de la
democracia y los
derechos humanos en Cuba
es en el interés
nacional de los Estados
Unidos y es un
componente clave de la
política exterior de
esta nación”.
Lo mismo han dicho más
de una vez el Presidente
Obama, la Secretaria de
estado Clinton y otros
funcionarios de su
gobierno.
Si vamos a creerles,
ellos sí saben qué es lo
mejor para los cubanos y
pretenden imponerles
otro sistema de gobierno
porque, después de todo,
Cuba no es una nación
sino un territorio
carente de soberanía
propia.
Esa ha sido, en esencia,
la política hacia Cuba
de todos los que han
habitado la Casa Blanca.
La idea de que Cuba les
pertenece o debiera
pertenecerles surgió
desde que las Trece
Colonias de Norteamérica
se separaron de Gran
Bretaña, antecede al
inicio de nuestra lucha
por la independencia
nacional y ha persistido
a lo largo de una
historia que ya cumple
dos siglos. Abandonar
esa idea sería un cambio
verdadero, un cambio con
mayúscula, aunque, en
rigor, significaría
acatar la exigencia
básica de la convivencia
civilizada.
Los mencionados
funcionarios han
reiterado que mantendrán
lo que insisten en
llamar, con evidente
hipocresía, “embargo”
económico contra Cuba.
Pese a que el mundo
entero no cesa de
condenar esa política
por su nombre verdadero,
“bloqueo”, precisamente,
porque la diferencia
principal entre ambos
términos es que el
segundo implica acciones
extraterritoriales en
perjuicio no solo de
Cuba sino también de
toda la comunidad
internacional.
En realidad lo que Cuba
enfrenta, y resiste hace
medio siglo, es mucho
más que un bloqueo. Es
una verdadera guerra en
la que se emplean todos
los medios para tratar
de asfixiarla
económicamente. Al
hacerlo han causado
graves daños a la
sociedad, lastrando su
desarrollo material y
provocando indecibles
penurias y sufrimientos
a todos los cubanos y
las cubanas.
Tampoco es una guerra
económica cualquiera.
Es, sin exageración
alguna, una política
genocida cuyo deliberado
propósito es hacer
sufrir, provocar el
hambre y la
desesperación a todo un
pueblo. Corresponde
exactamente con lo que
las Convenciones de
Ginebra definen como el
crimen de genocidio, el
genocidio más prolongado
de la historia.
No habrá que esperar por
un Nuremberg futuro para
conocer los nombres de
quienes concibieron el
crimen y cuándo y dónde
planearon su ejecución.
En los años 90 del
pasado siglo fueron
desclasificados algunos
documentos oficiales
norteamericanos que,
pese a numerosas
omisiones y tachaduras,
permiten descubrir el
empeño genocida que
dirigía las acciones
anticubanas de
Washington reflejado en
informes y actas de
reuniones secretas al
más alto nivel.
Ya en la primavera de
1959 cuando discutían
algunas de sus primeras
acciones, encaminadas a
eliminar nuestras
exportaciones azucareras
al mercado
norteamericano, el
entonces Secretario de
estado reconocía que con
ellas “causarían
desempleo generalizado,
la mayoría del pueblo
quedaría sin trabajo y
comenzaría a pasar
hambre”.
Poco después en un
revelador documento que
exponía la esencia de su
política afirmaron: “La
mayoría de los cubanos
apoyan a Castro… el
único modo previsible de
restarle apoyo interno
es a través del
desencanto y la
insatisfacción que
surjan del malestar
económico y las
dificultades materiales…
hay que emplear
rápidamente todos los
medios posibles para
debilitar la vida
económica de Cuba… una
línea de acción que, aun
siendo lo más mañosa y
discreta posible, logre
los mayores avances en
privar a Cuba de dinero
y suministros, para
reducirles sus recursos
financieros y los
salarios reales,
provocar el hambre, la
desesperación y el
derrocamiento del
Gobierno”.
Cuando se escribieron
esas palabras el 70% de
nuestra población actual
aun no había nacido.
Ella ha vivido toda su
vida resistiendo las
privaciones y
dificultades materiales,
amenazada con el hambre
y el exterminio, víctima
del bárbaro castigo que
el imperio impuso a sus
abuelos y a sus padres
por su apoyo a Fidel
Castro y al régimen
revolucionario. Tampoco
había nacido entonces
Barack Obama. Él nada
tuvo que ver con la
aprobación de esa
política ni con su
aplicación durante
muchos años. Pero ahora
él es el Jefe del estado
que practica el
genocidio contra Cuba, y
cuando se ha referido al
tema ha reiterado que
mantendrá el bloqueo
como tenaza para forzar
a Cuba a adoptar el
sistema de gobierno que
Washington quiere
imponernos.
El empeño por provocar
sufrimientos, despojar a
los cubanos de su
soberanía y obligarlos a
acatar el sistema
decidido por Washington
se ha expresado también
con el empleo de otros
medios incluyendo las
más abominables acciones
terroristas.
Cuando se produjeron los
hechos atroces del 11 de
Septiembre de 2001 y el
pueblo norteamericano
descubrió el terrorismo
internacional, encontró
en Cuba la más completa,
sincera e inmediata
solidaridad. Los cubanos
hemos sufrido acciones
terroristas procedentes
del Norte durante medio
siglo. La mayoría de
nuestros ciudadanos ha
vivido siempre bajo la
amenaza de grupos
criminales que han
operado con total
impunidad desde el
territorio
norteamericano.
No es una cuestión del
pasado. Se trata de la
realidad actual, el dato
más inmediato, tangible,
de la coyuntura cubana
en este verano de 2009.
La infame decisión de la
Corte Suprema de Estados
Unidos, el 15 de junio,
de no aceptar la
petición que se le hizo
para que revisase el
caso de nuestros Cinco
compatriotas presos allá
por luchar contra ese
flagelo, es la más
reciente prueba de que
el terrorismo anticubano
sigue contando en aquel
país con el apoyo y la
complicidad
gubernamental.
Los jueces actuaron
conforme se los solicitó
la Administración Obama.
Sin una palabra, sin
ofrecer la menor
explicación, ignoraron
groseramente las
peticiones que les
formularon
respetuosamente diez
laureados con el Premio
Nobel, centenares de
parlamentarios, decenas
de organizaciones de
juristas y de defensores
de los derechos humanos
que representan a muchos
millones en todo el
mundo.
El terrorismo
internacional recibió el
respaldo oficial de
Washington el pasado 15
de junio. Los propios
criminales lo reconocen
abiertamente. Desde ese
día se les puede ver
otra vez, ante cámaras y
micrófonos en Miami, con
total desvergüenza,
alardeando de sus
fechorías, anunciando
nuevos ataques contra
Cuba y amenazando a
otros pueblos de América
Latina. ¿Qué dicen al
respecto en Washington?
No me refiero a la Corte
Suprema que, ya se sabe,
tiene la mudez por
virtud. Pero el
Presidente Obama habla
en público todos los
días. ¿Continuará la
impunidad bajo su
mandato?
En sus manos está poner
fin a la iniquidad
cometida contra Gerardo,
Ramón, Antonio, Fernando
y René. Él sabe que la
Constitución le da al
Presidente, solo a él,
la facultad de retirar
la infame acusación que
fue la base de un
proceso plagado de
arbitrariedades y
violaciones desde el
primer día, que ha sido
el único condenado por
un grupo imparcial de
expertos de Naciones
Unidas y ha concitado el
más amplio repudio en
todo el mundo, un
proceso espurio que
jamás tuvo
justificación.
Él sabe también cuán
fácil es retirar una
acusación. Lo hizo el
1ro. de mayo de 2009 en
relación con tres
personas que fueron
encontradas culpables de
haber entregado a Israel
informaciones militares
secretas capaces de
colmar los anaqueles de
una biblioteca pública.
En el caso de nuestros
Cinco compatriotas es
muchísimo más fácil.
Cuenta con dos poderosos
argumentos. Ambos son
prueba irrefutable de la
prevaricación de la que
han sido víctimas y que
el juicio de Miami no
fue más que una farsa
grosera y sórdida.
Gerardo, Ramón y Antonio
fueron acusados
falsamente de
“conspiración para
cometer espionaje” y
condenados a
perpetuidad. La Corte de
Apelaciones de Atlanta,
en septiembre de 2008,
unánimemente, decidió
anular las brutales
sentencias contra Ramón
y Antonio porque ninguno
de los dos había poseído
o transmitido
información de carácter
secreto o militar ni
había hecho nada en
perjuicio de la
seguridad de Estados
Unidos.
Durante más de diez años
la poderosa maquinaria
de mentiras del imperio
—ese engendro que se
hace llamar medios
masivos de información—
los calumnió como si
fuesen peligrosos espías
y algunos persisten
dolosamente en hacerlo.
Hubo que luchar tanto
tiempo para que el
Tribunal de Apelaciones
reconociera lo que se
sabía desde el primer
día. Ahora habrá que
luchar ante los
tribunales para lograr
la inmediata libertad de
Ramón y Antonio que no
cometieron espionaje
alguno y la de Fernando
cuya sentencia injusta y
exagerada a 19 años de
prisión también fue
anulada por la Corte de
Apelaciones por otros
errores.
Esa misma Corte, sin
embargo, pese a
reconocer que Gerardo
Hernández tampoco había
realizado espionaje
decidió ratificarle el
castigo a prisión
perpetua. Esta insólita
arbitrariedad era una de
las razones que
sustentaban la petición
de revisión que el
Tribunal Supremo rehusó
considerar.
La otra acusación
formulada contra
Gerardo, la infamia de
atribuirle participación
en un supuesto asesinato
que no ocurrió, la puede
y debe retirar el
Presidente Obama sin
mucho esfuerzo. Le
bastaría con recordar
que eso intentó hacer su
predecesor, George W.
Bush.
En mayo de 2001, cuando
se acercaba al final la
farsa judicial de Miami,
la Fiscalía General dio
un paso que ella misma
calificó como algo sin
precedente en la
historia norteamericana.
Pidió a la Corte de
Apelaciones de Atlanta
retirar la acusación ya
que, ante las pruebas
presentadas, no podía
probarla y conduciría al
fracaso que haría
derrumbarse el caso
contra los Cinco.
Denegada la solicitud,
el Jurado debió
pronunciarse sobre la
acusación inicial, la
que el propio Gobierno
reconoció imposible de
probar y quiso retirar.
Los miembros del jurado
no expresaron dudas ni
pidieron aclaraciones y
sin vacilar, en pocos
minutos, declararon
culpable a Gerardo por
un crimen que no cometió
y por el que ya no era
acusado. Tal cosa solo
podía suceder en Miami
con un jurado
amedrentado por las
amenazas y presiones de
los terroristas. Solo
jueces prevaricadores
pudieron imponerle el
castigo más cruel e
irracional. Con la
decisión del 15 de junio
a Gerardo se le ha
cerrado completamente la
posibilidad de encontrar
justicia en el sistema
judicial.
Continuaremos la lucha
reclamando la inmediata
liberación de nuestros
Cinco compatriotas. De
todos y cada uno de
ellos.
El Presidente Obama
puede devolverles la
libertad y tiene la
obligación moral de
hacerlo y hacerlo ya.
Para persuadirlo se
requiere la más urgente
y amplia movilización en
todas partes.
Por ello comprenderán
ustedes que he estimado
necesario dedicar el
mayor espacio a esta
cuestión. Después de
todo ustedes representan
a millones de personas
cuyas conductas se rigen
por una ética del amor y
la solidaridad,
inspiradas por la voz
milenaria que convoca “a
predicar buenas nuevas a
los abatidos, a sanar a
los quebrantados de
corazón, a pregonar
libertad a los cautivos
y a poner en libertad a
los oprimidos”. (Isaías
61.1, S. Lucas 4.18).
Agradezco la invitación
a participar en este
encuentro para
conmemorar el
aniversario 80 del
Primer Congreso
evangélico
hispanoamericano.
Próximamente
conmemoraremos también
el décimo aniversario de
la Celebración
evangélica cubana.
Se trata de actividades
de la mayor importancia.
Grande es la
contribución que pueden
hacer los cristianos,
todos, sin excluir a
ninguno, especialmente,
como justamente señala
Sergio Arce Martínez,
cuando estamos “frente a
las tentaciones que
proceden de la apertura
de Cuba al mundo ancho y
ajeno del Capital, tan
diferente y
contradictorio al
nuestro”. Sergio tiene
toda la guevariana razón
al proclamar que “el
socialismo es un
proyecto
fundamentalmente ético o
no es propiamente
socialismo”.
Realizar ese proyecto,
defenderlo y
perfeccionarlo, es tarea
a la que la Patria nos
convoca a todos.
Seminario Evangélico de
Teología de Matanzas
23 de junio, 2009
Palabras en la
Conmemoración del
Aniversario 80 del
Congreso Evangélico
Hispanoamericano de La
Habana 1929.
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