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Cuando aún en varias
pantallas dentro y fuera
de la capital cubana se
exhibe con entusiasmo
cine francés, ya la sala
Chaplin de la Cinemateca
de Cuba inauguró la
Semana de cine alemán
(con producción de los
últimos tres o cuatro
años) y lo hizo bien en
alto con la premiére del
internacionalmente
aclamado filme La ola
(2008), de Dennis Ganset,
el mismo que ganara un
Oscar por su anterior
título, La vida de
los otros.
Basado en un hecho real
acaecido en 1967 dentro
de un instituto
californiano, el
director lo ubica en la
Alemania contemporánea:
impartiendo un curso de
“autocracia”, un
profesor intenta entre
su grupo de estudiantes
revivir el nazismo; con
una creciente y
entusiasta matrícula, el
experimento echa a rodar
con la consigna de
eliminar las
individualidades,
reforzar el espíritu “de
grupo” y moverse en esa
dirección.
A pesar de la pregunta
inicial formulada
(“¿podría retornar en
nuestro país una
dictadura?, ¿sería
posible que resurgiera
el régimen que tanto
dolor causara a mediados
del siglo pasado?”),
contestada negativamente
por la mayoría, el
curso, que por supuesto
desborda las aulas y se
instala mucho más allá
de sus paredes,
demuestra que la
resurrección del nazismo
es algo que puede
ocurrir en cualquier
momento, si tan solo las
circunstancias objetivas
y subjetivas lo
propician.
Apreciada en Alemania
por dos millones y medio
de espectadores,
polémica y diversa en su
recepción, ganadora del
Premio en Bronce al
mejor largo de ficción,
nominada al lauro de
Público en los
galardones del cine
europeo y con
reconocimientos a los
actores Frederick Lau y
Jürgen Voguel, La ola
ha resultado un
verdadero suceso
dondequiera que se
exhibe, y La Habana no
fue la excepción.
A pesar de la decepción
general cuando el
numeroso público que
colmó la sala de 23 y 10
se percató del odioso
doblaje al español, la
cinta lo mantuvo en vilo
hasta el final, que
premió con un cerrado
aplauso.
Ganset maneja la
historia con
inteligencia y
elegancia: aplica al
desarrollo dramático un
sentido de thriller
que va ganando a cada
plano; pese a la casi
unanimidad en la
reacción de los
estudiantes, estos
distan de ser una masa
informe: exhiben a cada
paso su diversidad y
personalidades, y como
tal responden al
peligroso experimento
(están los disidentes,
los dubitativos, los
convencidos, etc.); la
propia sicología del
profesor, donde puede
haber no poco de
egolatría y narcisimo,
es puesta en solfa a
cada momento.
Lo bien estructurado y
cohesionado del guión se
complementa con una
sólida y rica puesta en
pantalla donde todos los
elementos responden con
precisión de relojería,
y donde los actores (no
solo los premiados) se
lucen en sus
interesantes personajes.
Todo coadyuva a un
mensaje para nada
proselitista ni
panfletario, antes bien
muy oportuno y
necesario: aquel
“fascismo corriente” de
que habló alguna vez el
maestro ruso Mihail Room,
está a la vuelta de la
esquina, por lo cual no
solo no hay que
provocarlo, sino incluso
evitarlo a toda costa.
La semana alemana es de
por sí, variopinta y
diversa. Entre los
títulos esperados está
Del otro lado,
del alemán de origen
turco Faith Akin (Contra
la pared), cruce
étnico que el cineasta
refleja en su cine; las
comedias Un conejo
sin orejas (taquillazo
en Alemania que dirigió
el también actor,
guionista y productor
Til Schweiger), Un
amigo mío, de
Sebastián Schipper (Gigantes)
y The calling game,
de Félix Randau.
Pero figura también
Tarde, de la
aclamada actriz Angela
Schanelec, quien ha
llegado a convertirse en
una respetada figura de
la llamada “Escuela de
Berlín”: tras su
elogiado filme
Marseille, ahora nos
hace la boca agua con
esta versión libre y
personal de La
gaviota, de Chéjov,
y como cierre, la
tragicomedia Enma, la
afortunada, de Sven
Taddicken, que gira en
torno a la muerte pero
con una acendrada
vocación por la vida.
Seguiremos, claro,
comentando. |