Año VIII
La Habana

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Eliseo Diego: el juego de dies
o el ajedrez de la trascendencia

Gina Picart • La Habana

 

Más vale tarde que nunca, dice el refrán, y cuando al hallazgo de un libro se refiere no podría ser más exacta la expresión, especialmente en lo que concierne a mi tardío descubrimiento del libro Eliseo Diego: el juego de dies, del poeta, narrador, ensayista  e investigador literario camagüeyano Rafael Almanza, que me parece el más exhaustivo, profundo, acertado y enciclopédico estudio hecho en Cuba, y probablemente en el mundo, sobre la obra poética y narrativa del cubano Eliseo Diego, uno de los intelectuales más extraordinarios que han visto la luz en nuestro país y en el ámbito hispanoamericano del siglo XX.

Con un arsenal teórico pleno de erudición, un enfoque humanista que mucho falta hoy en nuestras letras, una profundidad de observación deslumbrante y ecuménica, y una sensibilidad que se identifica plenamente con la de Diego, Almanza acomete la titánica tarea de develar ante el lector las claves conceptuales y culturales necesarias para iniciarse en la comprensión de su obra.

Vi por primera vez un libro de Eliseo Diego, Noticias de la quimera, cuando era una adolescente obsesionada por devorar lecturas. Lo compré porque su título me hizo pensar que trataba sobre mitología, tema que mucho me atraía entonces. Y quedé asombrada y definitivamente seducida cuando descubrí en aquellas páginas algunos elementos de mi propio imaginario, que ya se perfilaba en aquellos años como lo que es ahora. Había allí personajes, paisajes, situaciones, ecos de voces, inquietudes, terrores y visiones que me resultaron muy familiares. Seguí buscando sus escrituras, sus poemas, y en la medida en que iba leyendo me reafirmaba en la convicción de estar en presencia de un pensamiento universal, de una clase de artista que era absolutamente raro, inclasificable, algo así como el polo opuesto, por ejemplo, de un Manuel Cofiño. Tendrían que pasar casi diez años y convertirme yo misma en una estudiante de literatura para que comenzara a vislumbrar en las tradiciones literarias de otros complejos culturales la cuasi imposible sustancia poética de la que Diego estaba hecho. 

Pasó el tiempo y comenzaron a aparecer algunos libros y reseñas que pretendían acercarse a su obra pero, lo mismo que aproximaciones anteriores a ella, siempre el abordaje resultaba para mi gusto demasiado académico o demasiado pueril. Pocos daban muestras de comprender el alma de Eliseo ni su hondísima preocupación por temas como el Paraíso, la Tierra, su propia existencia, su lugar en el mundo, el pasado, la muerte..., hasta que abrí el libro de Almanza y leí la primera página. Allí estaba, por fin: ecce homo.

Cada época lanza sobre el arte su propia mirada y, para algunos, hasta hoy Diego solo fue una especie de heredero de la poesía clásica española, de la tradición más purista del verso en nuestra lengua.  Salvo Cintio Vitier, nunca conocí a nadie que se interesara realmente por bucear en las fuentes de los múltiples imaginarios que Diego dejaba entrever en su obra, y se hablaba siempre de él como de un poeta de la nostalgia que sangraba por la herida incurable de la infancia perdida. Para otros era un poeta permeado (y preñado) de catolicismo. Y cuando alguna voz señalaba tímidamente que podía tratarse de un creador obsesionado por los grandes temas ontológicos de la Culpa, la Pérdida, la sujeción del destino humano a la Divinidad, la expulsión del espíritu del estado de Gracia, etc... yo veía arquearse muchas cejas que solo percibían su escritura como un intento de juego no demasiado digno de ser tomado en serio, casi como algo infantil que debía, qué remedio, ser graciosamente tolerado, aunque se comentara en los corrillos que se trataba, en verdad, de un hombre muy atormentado. Y ni siquiera cuando México le concedió a Diego el Premio Juan Rulfo por la obra de la vida, ¡ni aún entonces! accedieron a matizar sus opiniones.

Y es que cualquier escrutinio en torno a la obra de un artista de las características de Eliseo Diego no podría alcanzar su hierofanía más que a través de un abordaje tan multifacético y abarcador como tales creadores son en vida y obra. Solo pueden lograrlo indagaciones como la de Almanza, sustentadas en una vastísima cultura y una muy amplia, inagotable información puestas al servicio de una mente que tiene el don de aprehender la revelación y las iluminaciones de la poesía con la misma sensibilidad con que sorprende los más íntimos malabares del pensamiento y sus recovecos más celosamente protegidos por el artista de la mirada del mundo.

Las herramientas de análisis empleadas por Almanza proceden de la hermenéutica, la teología, el simbolismo, la antropología, la psicología arquetipal, la crítica estructuralista y un asombroso conocimiento de la tradición esotérica heredada por Occidente del mundo grecolatino, tan cuidadosamente custodiada por sus guardianes a través de los tiempos que muy poco de ella ha salido a la luz. Almanza no se conforma con utilizar como mera plataforma el modelo propuesto por teóricos como Northrop Frye (tan socorrido entre nosotros), ni los sistemas de Derrida, Deleuze, Bachelard, Durand y otros tantos filósofos, lingüistas y antropólogos; en su búsqueda insaciable de la verdad última Almanza apela a otras disciplinas, y siguiendo a Jung, supongo, incorpora elementos de metacomplejos culturales ajenos a Occidente, todo lo cual le permite vincular la poesía de Diego, por ejemplo, con estructuras y significados mandálicos, con la asunción de arquetipos universales, y todo ello puesto al servicio de la investigación literaria. Ello facilita su asedio prolijo, su inagotable rastreo de los mitos de creación personal elaborados por Diego. Su apoyatura en la música, la pintura, el cine, para ampliar hasta lo imposible los territorios de su exploración, se muestra ante nosotros como un esfuerzo en verdad monumental y —no me asusta decirlo— como una tremenda y arrogante empresa de perfil humanístico renacentista, legado cultural del que Almanza me parece muy digno receptor.

Por si todo lo anteriormente expuesto no justificara todavía celebrar el extenso texto de Almanza como uno de los más sólidos y espléndidos del género ensayístico escritos en Cuba —en realidad ahora mismo no se me ocurre con cuál otro pudiera comparársele, como no piense en los ensayos de Lezama o en los de Cintio Vitier y Beatriz Maggi, pero estos últimos en diferentes órdenes —, diré aún que, a pesar de que el propio Almanza advierte desde el comienzo que su obra reviste carácter académico —me parece hasta percibir tras esta afirmación el eco débil de un cierto pudor, de una cierta salvedad inicial hecha para ser perdonado de antemano por cualquier "exceso" gnoseológico—, Eliseo Diego: el juego de dies se separa definitivamente por un abismo bien hondo de la engorrosa densidad teórica y la oscuridad retórica usuales en los textos escritos por académicos y profesores. No hay abuso en Almanza del metalenguaje filológico que abruma, fosiliza y  divorcia sin remedio esta clase de producto de la comprensión del lector —hago notar que nunca pienso en los lectores como una masa homogénea que se eleva a las alturas de la excelsitud o queda enredada en las lianas rastreras de las calabazas a fuer de ignorante y basta en su entendimiento—, y hasta de otros investigadores. Elíseo Diego: el juego de dies es, por el contrario, un libro de amenísima, equilibrada y emocionante escritura, y aunque no hace concesión alguna a patrones de pretendida masividad, ni resulta una lectura posible sin cierto grado de complicidad intelectiva por parte del receptor, se deja leer con sumo deleite. Ni un punto cede en la elegancia de la prosa ni en su vuelo de castellano culto. Creo que su éxito en este sentido se debe, al margen de otras posibles razones, a que Almanza no pretende mostrarse como un invicto gladiador rodeado de cadáveres derribados por el rotundo knock-out de su frondosidad conceptual. Yo diría que es un logro de su absoluta honestidad y su absoluta humildad, porque no busca deslumbrar, sino compartir sus hallazgos hasta donde sea posible empujar la frontera de la comunicación. Este es un libro sincero que nada esconde, y en tal sentido se me antoja un ejemplo luminoso de lo que puede (y debería) ser la crítica literaria, y del verdadero papel que le corresponde desempeñar en un contexto cultural, que no es el de la máquina de asedio repleta de soldaditos enanos prestos a lanzar sus dardos mefíticos sobre el blanco “enemigo”, sino la del estudioso que desea contribuir a despejar el camino para quienes quieran acceder, cada vez más provechosamente, al universo del conocimiento y al placer y desarrollo espiritual que entraña la comprensión del Arte.

En este sentido me parece, también, que Almanza y su método constituyen una lección implacable para quienes asumen el papel de pontífices del canon literario cubano, mientras en la práctica se ven reducidos, por su propia incapacidad profesional y una mentalidad de estrechos horizontes, al ejercicio de la crítica como exposición de un discurso mimético atiborrado de información mal digerida y peor meditada, demasiado a menudo lastrada por una muy grande incomprensión del texto que se proponen “analizar” —el cual generalmente los supera—, y por el deseo incontenible de epatar a un supuesto lunetario con la exhibición casi circense de una “sabiduría” sin apenas más soporte real que la vanidad y la soberbia. Eliseo Diego: el juego de dies es muestra atendible de que la crítica no puede limitarse al escrutinio reseco y superficial de la obra de un creador, como si se tratara de desmembrar una marioneta; ni mucho menos exigirle al artista no ir nunca más allá del mecánico reflejo historicista de un momento de la sociedad en que se vive o del panfleto ideológico, sino que ella es, por encima de todas las cosas y como primer movimiento, el intento de acercarse al misterioso centro del alma del artista, con la reverencia de un sentido humano que ante nada debe doblegarse.

Y solo después, la teoría.

Hasta hace unos días yo no conocía a Rafael Almanza, y de no ser por su nombre escrito en el copyright lo creyera meramente el misterioso señor Ráfaga, seudónimo con el cual firma esta obra. La ausencia de la habitual nota biobibliográfica de contracubierta asombra (y desconcierta) en un libro de tal naturaleza y valor, respaldado por una tan cuidada y bella presentación. Pero ello no me impide saludar con todo el entusiasmo de que soy capaz la existencia del autor y de este título, y agradecer inmensamente a la editorial Letras Cubanas por su publicación.

 

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