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Más vale tarde que
nunca, dice el refrán, y
cuando al hallazgo de un
libro se refiere no
podría ser más exacta la
expresión, especialmente
en lo que concierne a mi
tardío descubrimiento
del libro Eliseo
Diego: el juego de dies,
del poeta, narrador,
ensayista e
investigador literario
camagüeyano Rafael
Almanza, que me parece
el más exhaustivo,
profundo, acertado y
enciclopédico estudio
hecho en Cuba, y
probablemente en el
mundo, sobre la obra
poética y narrativa del
cubano Eliseo Diego, uno
de los intelectuales más
extraordinarios que han
visto la luz en nuestro
país y en el ámbito
hispanoamericano del
siglo XX.
Con un arsenal teórico
pleno de erudición, un
enfoque humanista que
mucho falta hoy en
nuestras letras, una
profundidad de
observación deslumbrante
y ecuménica, y una
sensibilidad que se
identifica plenamente
con la de Diego, Almanza
acomete la titánica
tarea de develar ante el
lector las claves
conceptuales y
culturales necesarias
para iniciarse en la
comprensión de su obra.
Vi por primera vez un
libro de Eliseo Diego,
Noticias de la
quimera, cuando era
una adolescente
obsesionada por devorar
lecturas. Lo compré
porque su título me hizo
pensar que trataba sobre
mitología, tema que
mucho me atraía
entonces. Y quedé
asombrada y
definitivamente seducida
cuando descubrí en
aquellas páginas algunos
elementos de mi propio
imaginario, que ya se
perfilaba en aquellos
años como lo que es
ahora. Había allí
personajes, paisajes,
situaciones, ecos de
voces, inquietudes,
terrores y visiones que
me resultaron muy
familiares. Seguí
buscando sus escrituras,
sus poemas, y en la
medida en que iba
leyendo me reafirmaba en
la convicción de estar
en presencia de un
pensamiento universal,
de una clase de artista
que era absolutamente
raro, inclasificable,
algo así como el polo
opuesto, por ejemplo, de
un Manuel Cofiño.
Tendrían que pasar casi
diez años y convertirme
yo misma en una
estudiante de literatura
para que comenzara a
vislumbrar en las
tradiciones literarias
de otros complejos
culturales la cuasi
imposible sustancia
poética de la que Diego
estaba hecho.
Pasó el tiempo y
comenzaron a aparecer
algunos libros y reseñas
que pretendían acercarse
a su obra pero, lo mismo
que aproximaciones
anteriores a ella,
siempre el abordaje
resultaba para mi gusto
demasiado académico o
demasiado pueril. Pocos
daban muestras de
comprender el alma de
Eliseo ni su hondísima
preocupación por temas
como el Paraíso, la
Tierra, su propia
existencia, su lugar en
el mundo, el pasado, la
muerte..., hasta que
abrí el libro de Almanza
y leí la primera página.
Allí estaba, por fin:
ecce homo.
Cada época lanza sobre
el arte su propia mirada
y, para algunos, hasta
hoy Diego solo fue una
especie de heredero de
la poesía clásica
española, de la
tradición más purista
del verso en nuestra
lengua. Salvo Cintio
Vitier, nunca conocí a
nadie que se interesara
realmente por bucear en
las fuentes de los
múltiples imaginarios
que Diego dejaba
entrever en su obra, y
se hablaba siempre de él
como de un poeta de la
nostalgia que sangraba
por la herida incurable
de la infancia perdida.
Para otros era un poeta
permeado (y preñado) de
catolicismo. Y cuando
alguna voz señalaba
tímidamente que podía
tratarse de un creador
obsesionado por los
grandes temas
ontológicos de la Culpa,
la Pérdida, la sujeción
del destino humano a la
Divinidad, la expulsión
del espíritu del estado
de Gracia, etc... yo
veía arquearse muchas
cejas que solo percibían
su escritura como un
intento de juego no
demasiado digno de ser
tomado en serio, casi
como algo infantil que
debía, qué remedio, ser
graciosamente tolerado,
aunque se comentara en
los corrillos que se
trataba, en verdad, de
un hombre muy
atormentado. Y ni
siquiera cuando México
le concedió a Diego el
Premio Juan Rulfo por la
obra de la vida, ¡ni aún
entonces! accedieron a
matizar sus opiniones.
Y es que cualquier
escrutinio en torno a la
obra de un artista de
las características de
Eliseo Diego no podría
alcanzar su hierofanía
más que a través de un
abordaje tan
multifacético y
abarcador como tales
creadores son en vida y
obra. Solo pueden
lograrlo indagaciones
como la de Almanza,
sustentadas en una
vastísima cultura y una
muy amplia, inagotable
información puestas al
servicio de una mente
que tiene el don de
aprehender la revelación
y las iluminaciones de
la poesía con la misma
sensibilidad con que
sorprende los más
íntimos malabares del
pensamiento y sus
recovecos más
celosamente protegidos
por el artista de la
mirada del mundo.
Las herramientas de
análisis empleadas por
Almanza proceden de la
hermenéutica, la
teología, el simbolismo,
la antropología, la
psicología arquetipal,
la crítica
estructuralista y un
asombroso conocimiento
de la tradición
esotérica heredada por
Occidente del mundo
grecolatino, tan
cuidadosamente
custodiada por sus
guardianes a través de
los tiempos que muy poco
de ella ha salido a la
luz. Almanza no se
conforma con utilizar
como mera plataforma el
modelo propuesto por
teóricos como Northrop
Frye (tan socorrido
entre nosotros), ni los
sistemas de Derrida,
Deleuze, Bachelard,
Durand y otros tantos
filósofos, lingüistas y
antropólogos; en su
búsqueda insaciable de
la verdad última Almanza
apela a otras
disciplinas, y siguiendo
a Jung, supongo,
incorpora elementos de
metacomplejos culturales
ajenos a Occidente, todo
lo cual le permite
vincular la poesía de
Diego, por ejemplo, con
estructuras y
significados mandálicos,
con la asunción de
arquetipos universales,
y todo ello puesto al
servicio de la
investigación literaria.
Ello facilita su asedio
prolijo, su inagotable
rastreo de los mitos de
creación personal
elaborados por Diego. Su
apoyatura en la música,
la pintura, el cine,
para ampliar hasta lo
imposible los
territorios de su
exploración, se muestra
ante nosotros como un
esfuerzo en verdad
monumental y —no me
asusta decirlo— como una
tremenda y arrogante
empresa de perfil
humanístico
renacentista, legado
cultural del que Almanza
me parece muy digno
receptor.
Por si todo lo
anteriormente expuesto
no justificara todavía
celebrar el extenso
texto de Almanza como
uno de los más sólidos y
espléndidos del género
ensayístico escritos en
Cuba —en realidad ahora
mismo no se me ocurre
con cuál otro pudiera
comparársele, como no
piense en los ensayos de
Lezama o en los de
Cintio Vitier y Beatriz
Maggi, pero estos
últimos en diferentes
órdenes —, diré aún que,
a pesar de que el propio
Almanza advierte desde
el comienzo que su obra
reviste carácter
académico —me parece
hasta percibir tras esta
afirmación el eco débil
de un cierto pudor, de
una cierta salvedad
inicial hecha para ser
perdonado de antemano
por cualquier "exceso"
gnoseológico—,
Eliseo Diego: el juego
de dies se separa
definitivamente por un
abismo bien hondo de la
engorrosa densidad
teórica y la oscuridad
retórica usuales en los
textos escritos por
académicos y profesores.
No hay abuso en Almanza
del metalenguaje
filológico que abruma,
fosiliza y divorcia sin
remedio esta clase de
producto de la
comprensión del lector
—hago notar que nunca
pienso en los lectores
como una masa homogénea
que se eleva a las
alturas de la excelsitud
o queda enredada en las
lianas rastreras de las
calabazas a fuer de
ignorante y basta en su
entendimiento—, y hasta
de otros investigadores.
Elíseo Diego: el
juego de dies es,
por el contrario, un
libro de amenísima,
equilibrada y
emocionante escritura, y
aunque no hace concesión
alguna a patrones de
pretendida masividad, ni
resulta una lectura
posible sin cierto grado
de complicidad
intelectiva por parte
del receptor, se deja
leer con sumo deleite.
Ni un punto cede en la
elegancia de la prosa ni
en su vuelo de
castellano culto. Creo
que su éxito en este
sentido se debe, al
margen de otras posibles
razones, a que Almanza
no pretende mostrarse
como un invicto
gladiador rodeado de
cadáveres derribados por
el rotundo knock-out
de su frondosidad
conceptual. Yo diría que
es un logro de su
absoluta honestidad y su
absoluta humildad,
porque no busca
deslumbrar, sino
compartir sus hallazgos
hasta donde sea posible
empujar la frontera de
la comunicación. Este es
un libro sincero que
nada esconde, y en tal
sentido se me antoja un
ejemplo luminoso de lo
que puede (y debería)
ser la crítica
literaria, y del
verdadero papel que le
corresponde desempeñar
en un contexto cultural,
que no es el de la
máquina de asedio
repleta de soldaditos
enanos prestos a lanzar
sus dardos mefíticos
sobre el blanco
“enemigo”, sino la del
estudioso que desea
contribuir a despejar el
camino para quienes
quieran acceder, cada
vez más provechosamente,
al universo del
conocimiento y al placer
y desarrollo espiritual
que entraña la
comprensión del Arte.
En este sentido me
parece, también, que
Almanza y su método
constituyen una lección
implacable para quienes
asumen el papel de
pontífices del canon
literario cubano,
mientras en la práctica
se ven reducidos, por su
propia incapacidad
profesional y una
mentalidad de estrechos
horizontes, al ejercicio
de la crítica como
exposición de un
discurso mimético
atiborrado de
información mal digerida
y peor meditada,
demasiado a menudo
lastrada por una muy
grande incomprensión del
texto que se proponen
“analizar” —el cual
generalmente los
supera—, y por el deseo
incontenible de epatar a
un supuesto lunetario
con la exhibición casi
circense de una
“sabiduría” sin apenas
más soporte real que la
vanidad y la soberbia.
Eliseo Diego: el
juego de dies es
muestra atendible de que
la crítica no puede
limitarse al escrutinio
reseco y superficial de
la obra de un creador,
como si se tratara de
desmembrar una
marioneta; ni mucho
menos exigirle al
artista no ir nunca más
allá del mecánico
reflejo historicista de
un momento de la
sociedad en que se vive
o del panfleto
ideológico, sino que
ella es, por encima de
todas las cosas y como
primer movimiento, el
intento de acercarse al
misterioso centro del
alma del artista, con la
reverencia de un sentido
humano que ante nada
debe doblegarse.
Y solo después, la
teoría.
Hasta hace unos días yo
no conocía a Rafael
Almanza, y de no ser por
su nombre escrito en el
copyright lo
creyera meramente el
misterioso señor Ráfaga,
seudónimo con el cual
firma esta obra. La
ausencia de la habitual
nota biobibliográfica de
contracubierta asombra
(y desconcierta) en un
libro de tal naturaleza
y valor, respaldado por
una tan cuidada y bella
presentación. Pero ello
no me impide saludar con
todo el entusiasmo de
que soy capaz la
existencia del autor y
de este título, y
agradecer inmensamente a
la editorial Letras
Cubanas por su
publicación. |