Año VIII
La Habana
27 de JUNIO
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de 2009

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La amistad con Enrique Serpa: una primera impresión

Armando Cristóbal • La Habana

 

                                                                     A la memoria de Lisandro Otero,
                                                                            también estudioso de Hemingway,
que nos acompañó el pasado año
en Finca Vigía, por última vez
 

En Finca Vigía existe una pieza que todos llaman “la biblioteca”, desde que en 1949 Mary Welsh transformó a tales fines una habitación para invitados que entonces existía, y que contiene ahora más de 2 800 volúmenes, especialmente de colecciones importantes. Pero —tal y como se puede constatar aún—, libros hay  por toda la casa, incluyendo el cuarto de baño. Ernest Hemingway debe haber tenido esa misma costumbre en todos los lugares donde vivió, porque como cualquier otro escritor, él quería tener siempre consigo sus libros más queridos y se hacía acompañar por algunos de ellos a dondequiera que fuese. A pesar de todo, yo me referiré —en esta primera aproximación al tema—, solo a los libros que se encuentran en aquella, la casa de sus últimos 20 años. Y toda consideración al respecto, se encontrará delimitada por ese universo.

Precisaré —para facilitar la comprensión de quienes no hayan visitado el lugar con anterioridad— que desde el punto de vista museológico y museográfico, Finca Vigía se encuentra organizada como un conjunto de salas de exhibición. El que fuera salón principal de la casa, es ahora —en tanto museo— la Sala 1. El cuarto matrimonial, la Sala 2. El comedor, la 3. Una habitación de huéspedes, la 4. La “biblioteca”, la 5. Y así, sucesivamente: la 6, el cuarto de trabajo del escritor; la 7, su despacho —siempre concebido como un museo personal—; la 8, el baño; la 9, el ático; la 10, el tercer piso de la torre o biblioteca militar. Por último, la piscina, el yate y el bungalow, son las salas 11, 12, y 13-14, respectivamente.

Y, gracias al estímulo y la decisiva e invalorable colaboración de la Licenciada Ada Rosa Alfonso, directora del museo, el acercamiento al tema lo inicié allí, mediante una investigación in situ, en las salas de Finca Vigía donde se encuentran libros que pertenecieran a Ernest Hemingway. Porque siempre he pensado, que durante ese largo período de su estancia en Cuba, debieron producirse relaciones profesionales y personales entre el escritor estadounidense y sus colegas residentes en Cuba, y que alguna huella debía haber quedado en esta casa, como he adelantado en alguna otra ocasión en las sesiones de nuestra cátedra Ernest Hemingway —del Instituto Internacional de Periodismo— que dirige la licenciada Gladys Rodríguez.

Pero reconozco que esa es una cuestión muy controvertida. Gabriel García Márquez en su prólogo al libro Hemingway en Cuba, de Norberto Fuentes, 1 dice: “No hay indicios de que hubiera intentado alguna vez hacer contacto con el ambiente intelectual y artístico de La Habana, que en medio del envilecimiento oficial y la concupiscencia pública seguía siendo uno de los más intensos del continente”.

No obstante, los contactos —aun entre escritores— siempre dejan algún rastro, y pueden revestir un carácter muy diverso. Por eso, también una valoración de los fondos bibliográficos de la casa, puede contribuir al esclarecimiento de la cuestión. Sin ordenamiento presumible alguno, y entre folletos, catálogos de artes plásticas, materiales geográficos, reportajes de boxeo, instrucciones para el cuidado del jardín, y miscelánea varia, en casi todas las salas hay una profusa presencia de obras literarias de autores extranjeros, del propio Hemingway, y de algunos cubanos también. En realidad son pocos estos últimos libros, y no todos relevantes. De los que he considerado que sí lo son —en uno u otro sentido—, pueden mencionarse: el poemario Cantos de sol y salitre de 1954, de Ángel N. Pou; El ciruelo de Yuan Pei Fu de 1955, de Regino Pedroso; una traducción al inglés —de 1957— de la novela El reino de este mundo (1949) de Alejo Carpentier; hay también, sendos ejemplares de los libros de cuentos, Aquelarre (1954) de Ezequiel Vieta,  Hombres y cuentos (1955) de Víctor Agostini; y Tobías (1955) de Félix Pita Rodríguez; así como de la novela Los valedones (1953) de Alcides Iznaga.

Es cierto que existen, además, un ejemplar de la Órbita de poesía afrocubana (1928-1937), de Ramón Guirao en edición de 1938; la autobiografía Mis doce primeros años e Historia de Sor Inés, de Mercedes Santa Cruz y Montalvo, Condesa de Merlín, en su edición de 1922 (originalmente publicado en 1789); las Estampas de San Cristóbal de 1926, de Jorge Mañach; el Hostos y Cuba (1939), de Emilio Roig de Leuchsenring. Y sendos ejemplares, de La adolescencia de Martí (1944) y El temperamento de Martí (1948), ambos ensayos de interpretación psicológica  de Antonio Martínez Bello.

Pero lo verdaderamente interesante es  la presencia de un conjunto de libros de Enrique Serpa: Contrabando (novela, 1938), Días de Trinidad (crónicas, 1938-39), Norteamérica en guerra (reportajes, 1944), Presencia de España (crónicas, 1947), Noche de fiesta (cuentos, 1951) y La trampa (novela, 1956). Hay además, un ejemplar de Cinco días en México, de Enrique Pizzi de Porras, cuyo prólogo fue escrito por Serpa. Todos se encuentran en la Sala 4, con la excepción de Norteamérica en guerra que se halla en la 6. 

Los libros que he mencionado, pueden ser clasificados en tres grupos: El de investigaciones y ensayos sobre temas sociales e históricos cubanos, cuyas fechas de publicación  son distintas, todas anteriores a 1950; el de literatura artística, es decir, cuentos, novelas y poemarios, todos en ediciones de la década de los cincuenta. Y el de esos textos de Serpa, publicados originalmente entre 1938 y 1956.

Para contextualizar cronológicamente la relación de Hemingway con esos libros y, eventualmente con sus autores, merece la pena recordar —como lo hace el cubano Enrique Cirules2 que la visita inicial a La Habana del escritor estadounidense se produjo el primero de abril de 1928; pero, aunque duró solo unas horas no dejó de incluir un recorrido por esta zona vieja aledaña al puerto, donde existían varias librerías. En abril de 1929, ya se encuentra de nuevo en La Habana y se aloja por primera vez en este propio Hotel Ambos Mundos donde nos encontramos. Por esta calle del Obispo y a pocas cuadras de aquí, se encontraban algunas de las más emblemáticas librerías de la ciudad. ¿Y hay que decir que ningún escritor deja de curiosear en cada una de las que encuentre a su paso? ¿Hay que recordar que la primera relación de un escritor con colegas desconocidos, se produce a través de las sugerencias de los vendedores de libros?

Estas visitas a Cuba se repiten durante los años siguientes, ya no solo a La Habana; hasta que en 1939, la esposa de Hemingway alquila Finca Vigía, aunque él no abandone del todo sus estancias en Ambos Mundos. Y en 1940, con la compra de la casa, el escritor hace definitiva su estancia en la isla. Ahora, la adquisición de libros de autores del país puede realizarse de manera estable y sistemática y de muy diversas maneras.    

Retornando, pues a los libros de autores cubanos en Finca Vigía, el que hemos denominado primer grupo —con fechas de publicación diferentes— tiende a sugerir un uso de los textos en probable consulta sobre cuestiones específicas o pueden haber sido adquiridos en distintos momentos por Hemingway porque despertaran su interés, o porque les eran necesarios como referencia en algún sentido. De igual modo, algunos le habrían sido regalados, como ocurre tan a menudo. Respecto al segundo grupo, es posible que hayan llegado a su poder del mismo modo; aunque el hecho de que se trata de obras significativas de conocidos autores literarios cubanos de un mismo período histórico —por cierto, en ediciones contemporáneas  a la permanencia de Hemingway en Finca Vigía— merece una reflexión más detenida, que exige a su vez una corta digresión previa.

Entre 2002 y 2008, con el esfuerzo conjunto del Instituto de Literatura y Lingüística y la Editorial Letras Cubanas, ha sido publicada una Historia de la Literatura Cubana, con lo cual, los tradicionales estudios sobre el tema cuentan ahora con un texto colectivo mayor, de carácter universal, científico y actualizado. Estructurada en tres tomos —desde los orígenes hasta la década de los 90 del pasado siglo—, participaron en esta edición la mayoría de los especialistas cubanos en la materia (investigadores y escritores, licenciados, maestros y doctores), bajo la dirección general del Dr. José Antonio Portuondo, entonces director del Instituto que ahora lleva su nombre. Si el primer tomo se refiere a la producción literaria durante la etapa colonial, el segundo abarca la del período de entre 1899 y 1958, es decir, el conocido como de la República neocolonial. A su vez, ese lapso se estructura en dos etapas: de 1899  a 1923 y de este último año a 1958. El tercer tomo —lógicamente— se refiere a la etapa revolucionaria. No son estos el lugar y el momento  para explicar (como si lo hace la obra citada, en el propio texto), las razones que fundamentan esta periodización.

Baste decir ahora, que ella responde —en el plano teórico general— a consideraciones científicas debidamente fundamentadas internacionalmente, y que el año 1923 que sirve de hito divisorio del tomo II, posee la cualidad de haber sido un momento significativo en la ocurrencia de hechos históricos relacionados con la literatura nacional y que, de manera sintética, permiten demostrar que es a partir de entonces que da inicio la denominada “literatura cubana contemporánea”. Si la etapa anterior a esa fecha se caracteriza por el predominio del "modernismo" en poesía, del "naturalismo" en narrativa y del "positivismo" en la ensayística; en la segunda (1923-1958), predominan en cambio la llamada literatura vanguardista y las ideologías de izquierda[3]. Y a esta etapa, es a la que pertenecen los libros de cuento, novela y poesía de autores cubanos que yo he relacionado como grupo 2, y que se encuentran en Finca Vigía. Y para completar estos antecedentes, resulta indispensable una breve caracterización de dichos autores y sus obras.4

De los poetas, Regino Pedroso —solo tres años mayor en edad que Hemingway— se dio a conocer ampliamente en 1933 con el poemario Nosotros, de carácter social. Era mestizo con ascendencia asiática y pertenecía a círculos obreros radicales, por lo que sufrió prisión por sus luchas. Alcanzó el Premio Nacional de Literatura. El ciruelo de Yuan Pei Fu de 1955 era su quinto libro, y fue subtitulado, precisamente, como “poemas chinos”. Este libro, el único encontrado de Pedroso en Finca Vigía, posee un leve tono sarcástico —como lo caracteriza la especialista Norma Quintana— y oscila entre la sátira, la ironía y la paradoja, mediante una poesía de tono coloquial, a manera de diálogo, con lenguaje pulcro y cuidadoso. Su autor ha colocado el foco de atención en “los defectos y no en las virtudes del hombre”. Este fue el último libro publicado por Pedroso antes del triunfo de la Revolución. En esa época trabajaba en la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación. El otro poeta es Ángel N. Pou, nacido en 1928, miembro de la Sociedad de Poetas y Artistas de Francia; y el libro en la casa de Hemingway, publicado en 1954, era su primera obra. Desde 1952, Pou había desempeñado diversas labores y participó en la lucha insurreccional contra la tiranía, con el Movimiento 26 de Julio. En los años siguientes publicaría nuevos libros y obtendría varios reconocimientos literarios nacionales e internacionales.

En cuanto a los libros de narrativa pertenecen a cuatro autores importantes —incluso más allá del género literario y la época de su creación— aunque en diversa medida. Por supuesto, Carpentier es, con mucho, el autor cubano más significativo, y era cinco años más joven que Hemingway. Que sea El reino de este mundo (traducción al inglés de Harriet de Onis, edición Alfred A. Knopf, N.Y., 1957, cuarto libro de su autoría, primera novela de su saga latinoamericana, en cuyo prólogo establece su concepción literaria de lo “real maravilloso”) el que se encuentra en Finca Vigía, subraya la importancia de su presencia allí. Como es sabido, esta novela —publicada originalmente en México en 1949—,  toma como asunto y argumento los de la histórica Revolución haitiana, la repercusión de los anales franceses como metrópoli en ese proceso americano, y las derivaciones que origina aquella revolución burguesa en medio de su colonia esclavista, multirracial y multicultural. En cualquier caso, numerosas razones pueden justificar su presencia en la casa. Carpentier vivió en Caracas entre 1945 y 1959. Curiosamente, existe en los estantes otro título sobre el tema, El embrujo de Haití, cuyo autor se nombra Gerardo Gallegos.

Aunque de menor resonancia internacional en la actualidad, pero poseedor de un significativo mundo interior y de tanta trascendencia intelectual como Carpentier —históricamente coincidente con él en muchas cosas, por ejemplo participante en el II Congreso de Escritores contra el fascismo en España, como Hemingway— de Félix Pita Rodríguez (poeta y narrador nacido en La Habana, en 1909) el libro de cuentos que aparece en la residencia es una de sus grandes obras narrativas y, por extensión, de la literatura cubana. Contextos históricos, experiencias vanguardistas y del surrealismo, preocupación social, conciencia ética, son algunos de los elementos característicos de su obra. Como reconoce la Dra. Aimée González Bolaños, la negación de las fuerzas deshumanizadoras de la realidad, “confirma las tendencias de humanización de la vida representada (…) en la pieza antológica que es Tobías5, cuya impresión original es, por cierto, de 1952. Es decir, anterior en tres años a la del ejemplar en el Museo Finca Vigía.   

En cuanto a Vieta, Iznaga y Agostini, son tres importantes narradores cubanos de la época, que mantuvieron un sostenido desarrollo con posterioridad, con obras literarias diferentes pero representativas. En el caso de Vieta, Aquelarre fue su segunda publicación a los 32 años y fue editada en Santiago de Cuba. Iznaga —de 39 años al publicar Los valedores, su primera novela—, aún vivía en su natal provincia de Villa Clara. De Agostini, nacido en  Nueva York en 1908, Hombres y cuentos era su primera obra.

En resumen, se trata de un conjunto de obras de una misma literatura nacional, publicadas en una misma década, pertenecientes a autores de la misma generación o muy cercanos6, aunque con  reconocimiento público y desarrollo intelectual y literario diferentes. Es decir, una muestra relativamente representativa de la narrativa cubana de su momento (por más que falten otros, igualmente o más significativos). Aunque resulta imposible comprobar por ahora cuándo llegaron a sus manos tales obras, para un prestigioso escritor extranjero contemporáneo como el Hemingway de entonces, muy reconocido internacionalmente como figura pública, resulta comprensible que ellos formaran parte de sus lecturas de conocimiento y apreciación de la narrativa local. Y hasta es probable que,  ocasionalmente, haya sostenido algún tipo de relación personal —incluso desde antes de la publicación del libro— con alguno de esos colegas cubanos. Pero, tal extremo requiere otro tipo de investigación, que ya he iniciado.

Lo cierto es que, tras la mundialmente tormentosa década de los 40, con intermitencias en su estancia cubana, llena de aventuras, percances y peligros para él —en la que poco pudo haber sondeado el ambiente literario cubano— después del fracaso estruendoso de Al otro lado del río y entre los árboles; y a partir de que su nueva esposa intentara poner orden en su mundo literario y sentimental, ya asentado en Finca Vigía, la recuperación de la historia del pescador Santiago y el éxito de crítica y ventas de El viejo y el mar —esa obra de tema, personajes y escenarios cubanos que tan afortunadamente pudo ser narrada con el estilo del iceberg— transformaron la situación del autor. Sobre todo, cuando iniciada la década de los 50, recibiera con tal motivo, nada menos que  el Premio Pulitzer y  casi de inmediato el Nobel. Será a partir de esos momentos, cuando aparecen en la casa libros de escritores cubanos, publicados en esa década.

Sin embargo, aún no he hablado del caso más promisorio de los autores cubanos cuyos libros se encuentran en Finca Vigía, el de Enrique Serpa. Ante todo, resulta indispensable ofrecer una brevísima bio-bibliográfía del narrador cubano, para lo cual me auxiliaré de la ya mencionada Historia de la Literatura Cubana, del Diccionario publicado también por el Instituto hace ya algunos años y de otras fuentes.

Aprendiz de zapatero y de tipógrafo, mensajero, pesador de caña, empleado en las oficinas de un ingenio azucarero, Serpa —nacido en 1900— se vinculó desde temprano con los sectores populares de ciudades y pueblos donde vivió en Cuba, en zonas rurales y sitios de pescadores. Pero, al propio tiempo desarrollaba una intensa labor intelectual que lo llevó a trabajar con Don Fernando Ortiz —el excepcional antropólogo y polígrafo cubano—, y junto con Rubén Martínez Villena —secretario de Ortiz entonces, que llegaría a ser un paradigma del intelectual revolucionario y militante comunista—; e incluso, se integró en el legendario Grupo Minorista. En el mundo de la prensa —que también conoció y donde se destacó de diversas maneras—, fungió de Jefe de corresponsales del periódico El Mundo, redactor en el Diario Excelsior, y director literario de la revista Chic. Entre 1936 y 1939 publicó en la revista Mediodía. Y obtuvo el Premio Nacional de Reportaje sucesivamente en 1936, 1938 y 1939.

Precisamente, fue en el año 1938 —un año antes que Hemingway alquilara Finca Vigía—, cuando Serpa obtuvo el Premio Nacional de Novela por Contrabando7. No resultó una sorpresa. Su actividad literaria era de gran prestigio y muy anterior y había comenzado como en otros muchos narradores por la poesía, con el libro La miel de las horas, en 1925. Durante esa década y la siguiente había continuado dedicándose a la poesía, pero alternando su cultivo con el del cuento. Resultó especialmente destacada su participación en 1926 en el famoso experimento literario de la novela policial colectiva Fantoches, siendo él uno de los 12 autores participantes, todos reconocidos intelectuales cubanos. Hasta que en 1937 publicó su primer libro personal de cuentos, Felisa y yo, que lo situó de inmediato entre los narradores más significativos del momento y del que, sorprendentemente ya se verá el porqué del asombro, no aparece ejemplar alguno en los fondos bibliográficos de Finca Vigía.  

En sus cuentos al abordar la problemática republicana, presentaba el cuadro de miserias, efervescencia social, frustración y angustias que la caracterizaba. Pero lo particular de su tratamiento del tema era en medio incluso de la mayor jerarquización del condicionamiento social la búsqueda y la expresión de los conflictos sicológicos que tales circunstancias originaban en sus personajes. Como subraya la Dra. Denia García Ronda, “es la lucha del hombre con el entorno, su capacidad de enfrentamiento o su derrota física o moral, lo que conforma la trama”8, como ocurre en sus cuentos "La aguja", "Aletas de tiburón" y "Burócratas".  

La propia especialista ejemplifica esta  particularidad de la cuentística de Serpa, cuando subraya que “las motivaciones del protagonista de "La aguja" (¡precisamente en "Felisa y yo!", AC) para sostener un duelo a muerte con un enorme castero, desde su pequeña y destartalada embarcación, parten de la necesidad de resolver siquiera temporalmente la miseria familiar; pero hay un énfasis especial en la personalidad voluntariosa y firme del pescador”9. Sin necesidad de establecer un parangón, se hace evidente la similitud entre dicha caracterización y la que el propio Hemingway adelantará del asunto tratado en su crónica En las aguas azules  de abril de 1936 en “Esquire” y que ahora resulta oportuno rememorar:

“En cierta ocasión un anciano pescador, estando dedicado a la pesca en un pequeño bote a la altura de Cabañas, capturó un enorme pez emperador, que cogido al volantín, arrastró el bote mar adentro (…) Salido (el pez) a la superficie, el anciano paró la embarcación , lo arponeó y lo sujetó al costado de ella. Cuando los pescadores lo hallaron estaba tendido y gemía (…) por la pérdida de tan preciada captura…”, a cargo de los tiburones, por supuesto. Lo significativo es la expresión con que Hemingway valora en la crónica, la actitud del anciano pescador ante el enorme pez: “…lo emotivo es haberlo vencido y no capturado”10.

Para entonces, ya Hemingway ha visitado varias veces a la isla; incluso en 1933, como “observador en los sucesos revolucionarios que culminan en el derrocamiento del dictador Gerardo Machado…”11 Es entonces que regresa al periodismo después de diez años, en la revista Esquire y con una primera crónica sobre Cuba: “La pesca de la aguja a la altura del Morro”.

Mientras, Serpa escribe entre 1932 y 1933 su primera novela (Contrabando) —aunque su acción se desarrolle aproximadamente en 1927— que será publicada en 1938. Trata sobre un contrabando de ron de Cuba a EE.UU. en el marco de la inminencia de la gran depresión económica, y muestra las contradicciones de la sociedad cubana neocolonial, la insatisfacción popular y el auge del movimiento huelguístico en medio de una lucha generalizada. También Hemingway escribirá sobre ese contrabando que se realiza entre La Habana y el sur de los EE.UU. en esa época. Una primera parte se publica en 1934 en la revista Cosmopolitan, y la segunda, en 1936, en la revista Squire. Como es sabido, al unir un nuevo y tercer segmento inédito a los anteriores, siempre con el mismo protagonista (Harry Morgan), Hemingway publicó en 1937 su novela Tener y no tener. Pero en este libro, el escritor —testigo presencial de una parte de los hechos— incursiona en la problemática política cubana e introduce los conflictos entre los revolucionarios que se oponen a Machado y de algunos de ellos que hacen uso del terrorismo como método de lucha.

En los años siguientes Serpa viajó por EE.UU., Guatemala, Venezuela, Haití, España y otros países. Entre 1952 y 1959 residió en París, como Agregado de Prensa en la Embajada cubana en Francia. Precisamente, en ese período —exactamente en 1956 y en Argentina— publicó otra novela, La trampa, obra de un realismo penetrante y rico, que ha sido caracterizada como expresión de sentimientos de su incertidumbre, amargura, desilusión, y fatalismo al reconocer errores en la lucha política de los cubanos en la décadas anteriores y la recurrencia al crimen, al terror y al gansterismo, como métodos de lucha de muchos de ellos. Al parecer, es en este período cuando Serpa publicó conjuntamente con el gran amigo cubano de Hemingway, el escritor Fernando G. Campoamor, su Recordación de Hernández Catá, dedicado al extraordinario narrador cuyo nombre ostentó por muchos años el Premio Nacional de Cuento en Cuba.

Hemingway, mientras tanto, viajó entre 1956 y 1959 algunas veces a España y a París. Es en esa etapa, cuando publica en Look, la última de sus crónicas sobre Cuba —cuyo pueblo se encuentra inmerso en plena lucha contra la tiranía batistiana—: “Un informe de la situación”. Al producirse el triunfo de la Revolución liderada por Fidel Castro en 1959, Enrique Serpa y Ernest Hemingway regresan inmediatamente a la Isla.

Esta fragmentada, incompleta, superficial  y modesta referencia en paralelo a la vida y la creación de los dos escritores —que pone en evidencia algunas coincidencias en su obra que deberán ser explicadas— adquiere  nueva y mayor relevancia cuando sirve de contexto a la revisión de los libros de Serpa que se encuentran en Finca Vigía, y que he denominado al principio grupo 3. Ante todo es necesario decir que, salvo el prólogo a la obra de Pizzi de Porras y las crónicas de Norteamérica en guerra, el resto de los volúmenes de Serpa se encuentra dedicado expresamente por el escritor cubano al estadounidense. La edición de Noche de fiesta (Ed. Selecta, La Habana, 1951), publicada un año antes de viajar a París como diplomático, lleva impresa al inicio una dedicatoria que dice: “A E. H., gran escritor, hombre pleno, amigo cabal, con admiración y amistad, Enrique Serpa”.

El ejemplar de Contrabando (Ed. Álvarez Pita, La Habana, 1938), tiene en su portadilla una dedicatoria manuscrita que dice: “A E. H., con admiración y amistad, Enrique Serpa”. El de Días de Trinidad (Ed. Álvarez Pita, La Habana, 1939), expresa, de puño y letra del autor: “Al maestro Ernest Hemingway, homenaje de Enrique Serpa”.  Presencia de España (Ed. Alfa, La Habana, 1947) es precedida por la siguiente frase autógrafa: “Al maestro Ernest Hemingway con admiración y afecto”. Durante todo este período, Serpa se había desempeñado como redactor del periódico Excelsior de La Habana. En cuanto a La trampa  (Unión de Editores Latinos, Buenos Aires, 1956), publicada cuando ya el autor se encuentra en París, también está dedicada, a mano, de la manera siguiente: “A Ernest. Con un abrazo. Enrique Serpa”.

Del libro de Pizzi de Porras (Ed. Álvarez Pita, La Habana, 1939), solo están abiertas las páginas entre la 5 y la 9. El resto se mantiene sellado según el proceso de garantía industrial de la época, lo que implica que Hemingway no se leyó sino, apenas, el inicio del prólogo de Serpa. En cuanto a Norteamérica en guerra (Ed. Tipográfica Arrow Press Inc, 1944) tiene una dedicatoria impresa: “Los trabajos que aparecen en el presente volumen fueron escritos para el periódico El País, que los publicó durante los meses de set a oct de 1943. Al recogerlos, ahora, en la relativa unidad de un libro, me complace consagrarlos, como un homenaje devoto a Martha Gelborn”, es decir, a la periodista con quien Hemingway se casó en 1940, la misma que propició la compra de Finca Vigía en esa fecha, y de quien se divorciaría en 1945.

Este libro tiene además, en la solapa trasera sendas notas laudatorias de Philip W. Bonzal, amigo de Hemingway y del Jefe de la Sección de Relaciones Culturales del Departamento de estado de los EE.UU. Para mayor sorpresa, la portada es de Fernando G. Campoamor. Y la Sala 6 donde se encuentra este libro, es aquella donde está la mayor parte de los libros escritos por el propio Hemingway. Es decir, su cuarto de trabajo, donde escribía de pie, frente a su vieja Royal.

En resumen, como las dedicatorias impresas pueden ser datadas por la fecha de la edición (Norteamérica en guerra en 1944 y Noche de fiesta en 1951), es obvio que ya desde antes de 1944 y, al menos a través de Martha Gelborn, existe un vínculo entre Serpa y Hemingway. Y que este nexo se mantiene todavía en 1951 —de manera pública, más directa y afectuosa, como muestra la dedicatoria del libro— entre ambos escritores. Lamentablemente, las dedicatorias manuscritas en ningún caso están fechadas por Serpa.

Es obvio que Contrabando, Días de Trinidad y Presencia de España pueden haber sido entregadas por el cubano al Premio Nobel después de su edición y  en cualquier momento anterior a 1951. Pero La trampa, con su dedicatoria —mucho más íntima y coloquial que las anteriores— solo puede haber sido entregada tan pronto se produjo su publicación o después, es decir, a partir de 1956. Y en esa fecha, Serpa ya trabaja en la Embajada cubana en París; Hemingway retornaba en ese año a la capital francesa tras su ausencia desde el término de la guerra.  Es decir, que la relación entre ambos, se mantenía en 1956, y probablemente continuaría después. Porque ambos retornaron a Cuba en 1959. Y el libro pudo ser obsequiado por Serpa a Hemingway en La Habana o en París.

¿A qué conclusiones puede llegarse en este momento sobre el tema de las relaciones de Hemingway con sus colegas cubanos durante su estancia en La Habana? Ante todo, que el conjunto de libros de autores cubanos encontrados en la casa-museo Finca Vigía muestra un indudable interés del escritor estadounidense no solo por las manifestaciones físicas de la realidad de la Isla en su expresión placentera (playa, fiestas, cabarés, amores), que tanto disfrutó, sino también por las expresiones literarias del ámbito social, histórico y artístico cubano. En cuanto a este último, el propiamente literario, es evidente la restricción generacional y estética de obras y autores, circunscrita a contemporáneos suyos. Ello puede indicar una selectividad intencionada si fueron adquiridos o  relaciones con sus autores si les fueron regalados. En cualquiera de ambos casos, los libros constituyen indicios de posibles relaciones con algunos de los autores como parte de la intelectualidad del país en esos años.

En lo que se refiere al caso específico de Enrique Serpa, hay que reconocer que existió una relación de más de 15 años entre ambos escritores; que esta se hizo extensiva por parte de Serpa —en un momento dado—, a la esposa de Hemingway; que ambos escritores coincidieron en la utilización en sus respectivas obras de motivos, hechos y locaciones cubanas, en contextos similares y con parecidos acercamientos ideoestéticos  a sus objetos. Y, al menos en el caso de Serpa con respecto a Hemingway, no solo la expresión pública y privada —a través de las dedicatorias de sus libros—, de sentimientos de admiración, respeto, y reconocimiento, sino de amistad.
 

Guanabacoa, mayo y junio de 2009

Notas:

1 Cirules, Enrique. Hemingway en Cuba, Ediciones Libertarias, Madrid, 1999.

2 ILL. Historia de la Literatura Cubana, Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2002. Tomo I, Introducción. p. 3.

3 Ver ILL. Diccionario de la Literatura Cubana en dos tomos, Ed. Letras Cubanas, La Habana. T1 (1980)/ T2 (1984)

4 ILL. DLC. Ob. Cit, TII, p. 492

5 Ver José A. Portuondo, La historia y las generaciones, Ed. Letras Cubanas, LH, 1981.

6 Ver Denia García Arrondo. Prólogo en Enrique Serpa, Contrabando, Ed. Arte y Literatura, La Habana, 1975.

7 ILL.HLC., Ob.Cit. p. 466

 8 Ibidem.

9 Ernest Hemingway, enviado especial. (William White, compilador)   Ed. Planeta,Barcelona, 1977. p. 177.
 
10 Fuentes, Norberto. Hemingway en Cuba, Op. Cit. p. 707.

Trabajo leído en el 12° Coloquio Internacional Ernest Hemingway, celebrado en Ciudad de La Habana bajo los auspicios del Museo Ernest Hemingway de Finca Vigía en coordinación con la Cátedra Hemingway del Instituto Internacional de Periodismo José Martí, del 18 al 21 de junio de 2009.

 

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