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A la memoria de Lisandro
Otero,
también estudioso de Hemingway,
que nos acompañó el pasado año
en Finca Vigía, por última vez
En Finca Vigía existe una pieza
que todos llaman “la
biblioteca”, desde que en 1949
Mary Welsh transformó a tales
fines una habitación para
invitados que entonces existía,
y que contiene ahora más de 2 800
volúmenes, especialmente de
colecciones importantes. Pero
—tal y como se puede constatar
aún—, libros hay por toda la
casa, incluyendo el cuarto de
baño. Ernest Hemingway debe
haber tenido esa misma costumbre
en todos los lugares donde
vivió, porque como cualquier
otro escritor, él quería tener
siempre consigo sus libros más
queridos y se hacía acompañar
por algunos de ellos a dondequiera que fuese. A pesar de
todo, yo me referiré —en esta
primera aproximación al tema—,
solo a los libros que se
encuentran en aquella, la casa
de sus últimos 20 años. Y
toda consideración al respecto,
se encontrará delimitada por ese
universo.
Precisaré —para facilitar la
comprensión de quienes no hayan
visitado el lugar con
anterioridad— que desde el
punto de vista museológico y
museográfico, Finca Vigía se
encuentra organizada como un
conjunto de salas de exhibición.
El que fuera salón principal de
la casa, es ahora —en tanto
museo— la Sala 1. El cuarto
matrimonial, la Sala 2. El
comedor, la 3. Una habitación de
huéspedes, la 4. La
“biblioteca”, la 5. Y así,
sucesivamente: la 6, el cuarto
de trabajo del escritor; la 7,
su despacho —siempre concebido
como un museo personal—; la 8,
el baño; la 9, el ático; la 10,
el tercer piso de la torre o
biblioteca militar. Por último,
la piscina, el yate y el
bungalow, son las salas 11, 12,
y 13-14, respectivamente.
Y, gracias al estímulo y la
decisiva e invalorable
colaboración de la Licenciada
Ada Rosa Alfonso, directora del
museo, el acercamiento al tema
lo inicié allí, mediante una
investigación in situ, en las
salas de Finca Vigía donde se
encuentran libros que
pertenecieran a Ernest
Hemingway. Porque siempre he
pensado, que durante ese largo
período de su estancia en Cuba,
debieron producirse relaciones
profesionales y personales entre
el escritor estadounidense y sus
colegas residentes en Cuba, y
que alguna huella debía haber
quedado en esta casa, como he
adelantado en alguna otra
ocasión en las sesiones de
nuestra cátedra Ernest Hemingway
—del Instituto Internacional de
Periodismo— que dirige la
licenciada Gladys Rodríguez.
Pero reconozco que esa es una
cuestión muy controvertida.
Gabriel García Márquez en su
prólogo al libro Hemingway en
Cuba, de Norberto Fuentes,
dice: “No hay indicios de que
hubiera intentado alguna vez
hacer contacto con el ambiente
intelectual y artístico de La
Habana, que en medio del
envilecimiento oficial y la
concupiscencia pública seguía
siendo uno de los más intensos
del continente”.
No obstante, los contactos —aun
entre escritores— siempre dejan
algún rastro, y pueden revestir
un carácter muy diverso. Por
eso, también una valoración de
los fondos bibliográficos de la
casa, puede contribuir al
esclarecimiento de la cuestión.
Sin ordenamiento presumible
alguno, y entre folletos,
catálogos de artes plásticas,
materiales geográficos,
reportajes de boxeo,
instrucciones para el cuidado
del jardín, y miscelánea varia,
en casi todas las salas hay una
profusa presencia de obras
literarias de autores
extranjeros, del propio Hemingway, y de algunos cubanos
también. En realidad son pocos
estos últimos libros, y no todos
relevantes. De los que he
considerado que sí lo son —en
uno u otro sentido—, pueden
mencionarse: el poemario
Cantos de sol y salitre de
1954, de Ángel N. Pou;
El ciruelo de Yuan Pei Fu
de 1955, de Regino
Pedroso; una traducción al
inglés —de 1957— de la novela
El reino de este mundo
(1949) de Alejo Carpentier; hay
también, sendos ejemplares de
los libros de cuentos,
Aquelarre (1954) de Ezequiel
Vieta, Hombres y cuentos
(1955) de Víctor Agostini; y
Tobías (1955) de Félix Pita
Rodríguez; así como de la novela
Los valedones (1953) de
Alcides Iznaga.
Es cierto que existen, además,
un ejemplar de la Órbita de
poesía afrocubana (1928-1937),
de Ramón Guirao en
edición de 1938; la
autobiografía Mis doce
primeros años e Historia de Sor
Inés, de Mercedes Santa Cruz
y Montalvo, Condesa de Merlín,
en su edición de 1922
(originalmente publicado en
1789); las Estampas de San
Cristóbal de 1926, de Jorge
Mañach; el Hostos y Cuba
(1939), de Emilio Roig de
Leuchsenring. Y sendos
ejemplares, de La
adolescencia de Martí (1944)
y El temperamento de
Martí (1948), ambos ensayos
de interpretación psicológica
de Antonio Martínez Bello.
Pero lo verdaderamente
interesante es la presencia de
un conjunto de libros de Enrique
Serpa: Contrabando
(novela, 1938), Días de
Trinidad (crónicas,
1938-39), Norteamérica en
guerra (reportajes, 1944),
Presencia de España
(crónicas, 1947), Noche de
fiesta (cuentos, 1951) y
La trampa (novela, 1956).
Hay además, un ejemplar de
Cinco días en México, de
Enrique Pizzi de Porras, cuyo
prólogo fue escrito por Serpa.
Todos se encuentran en la Sala
4, con la excepción de
Norteamérica en guerra que
se halla en la 6.
Los libros que he mencionado,
pueden ser clasificados en tres
grupos: El de investigaciones y
ensayos sobre temas sociales e
históricos cubanos, cuyas fechas
de publicación son distintas,
todas anteriores a 1950; el de
literatura artística, es decir,
cuentos, novelas y poemarios,
todos en ediciones de la década
de los cincuenta. Y el de esos
textos de Serpa, publicados
originalmente entre 1938 y 1956.
Para contextualizar
cronológicamente la relación de
Hemingway con esos libros y,
eventualmente con sus autores,
merece la pena recordar —como lo
hace el cubano Enrique Cirules
—
que la visita inicial a La
Habana del escritor
estadounidense se produjo el
primero de abril de 1928; pero,
aunque duró solo unas horas no
dejó de incluir un recorrido por
esta zona vieja aledaña al
puerto, donde existían varias
librerías. En abril de 1929, ya
se encuentra de nuevo en La
Habana y se aloja por primera
vez en este propio Hotel Ambos
Mundos donde nos encontramos.
Por esta calle del Obispo y a
pocas cuadras de aquí, se
encontraban algunas de las más
emblemáticas librerías de la
ciudad. ¿Y hay que decir que
ningún escritor deja de
curiosear en cada una de las que
encuentre a su paso? ¿Hay que
recordar que la primera relación
de un escritor con colegas
desconocidos, se produce a
través de las sugerencias de los
vendedores de libros?
Estas visitas a Cuba se repiten
durante los años siguientes, ya
no solo a La Habana; hasta que
en 1939, la esposa de Hemingway
alquila Finca Vigía, aunque él
no abandone del todo sus
estancias en Ambos Mundos. Y en
1940, con la compra de la casa,
el escritor hace definitiva su
estancia en la isla. Ahora, la
adquisición de libros de autores
del país puede realizarse de
manera estable y sistemática y
de muy diversas maneras.
Retornando, pues a los libros
de autores cubanos en Finca
Vigía, el que hemos
denominado primer grupo —con
fechas de publicación
diferentes— tiende a sugerir
un uso de los textos en
probable consulta sobre
cuestiones específicas o
pueden haber sido adquiridos
en distintos momentos por Hemingway porque despertaran
su interés, o porque les
eran necesarios como
referencia en algún sentido.
De igual modo, algunos le
habrían sido regalados, como
ocurre tan a menudo.
Respecto al segundo grupo,
es posible que hayan llegado
a su poder del mismo modo;
aunque el hecho de que se
trata de obras
significativas de conocidos
autores literarios cubanos
de un mismo período
histórico —por cierto, en
ediciones contemporáneas a
la permanencia de Hemingway
en Finca Vigía— merece una
reflexión más detenida, que
exige a su vez una corta
digresión previa.
Entre 2002 y 2008, con el
esfuerzo conjunto del
Instituto de Literatura y
Lingüística y la Editorial
Letras Cubanas, ha sido
publicada una Historia de
la Literatura Cubana,
con lo cual, los
tradicionales estudios sobre
el tema cuentan ahora con un
texto colectivo mayor, de
carácter universal,
científico y actualizado.
Estructurada en tres tomos
—desde los orígenes hasta la
década de los 90 del pasado
siglo—, participaron en esta
edición la mayoría de los
especialistas cubanos en la
materia (investigadores y
escritores, licenciados,
maestros y doctores), bajo
la dirección general del Dr.
José Antonio Portuondo,
entonces director del
Instituto que ahora lleva su
nombre. Si el primer tomo se
refiere a la producción
literaria durante la etapa
colonial, el segundo abarca
la del período de entre 1899
y 1958, es decir, el
conocido como de la
República neocolonial. A su
vez, ese lapso se estructura
en dos etapas: de 1899 a
1923 y de este último año a
1958. El tercer tomo
—lógicamente— se refiere a
la etapa revolucionaria. No
son estos el lugar y el
momento para explicar (como
si lo hace la obra citada,
en el propio texto), las
razones que fundamentan esta
periodización.
Baste decir ahora, que ella
responde —en el plano
teórico general— a
consideraciones científicas
debidamente fundamentadas
internacionalmente, y que el
año 1923 que sirve de hito
divisorio del tomo II, posee
la cualidad de haber sido un
momento significativo en la
ocurrencia de hechos
históricos relacionados con
la literatura nacional y
que, de manera sintética,
permiten demostrar que es a
partir de entonces que da
inicio la denominada
“literatura cubana
contemporánea”. Si la etapa
anterior a esa fecha se
caracteriza por el
predominio del "modernismo"
en poesía, del
"naturalismo" en narrativa
y del "positivismo" en
la ensayística; en la
segunda (1923-1958),
predominan en cambio la
llamada literatura
vanguardista y las
ideologías de izquierda.
Y a esta etapa, es a la que
pertenecen los libros de
cuento, novela y poesía de
autores cubanos que yo he
relacionado como grupo 2, y
que se encuentran en Finca
Vigía. Y para completar
estos antecedentes, resulta
indispensable una breve
caracterización de dichos
autores y sus obras.
De los poetas, Regino
Pedroso —solo tres años
mayor en edad que Hemingway—
se dio a conocer ampliamente
en 1933 con el poemario
Nosotros, de carácter
social. Era mestizo con
ascendencia asiática y
pertenecía a círculos
obreros radicales, por lo
que sufrió prisión por sus
luchas. Alcanzó el Premio
Nacional de Literatura.
El ciruelo de Yuan Pei Fu de
1955 era su quinto
libro, y fue subtitulado,
precisamente, como “poemas
chinos”. Este libro, el
único encontrado de Pedroso
en Finca Vigía, posee un
leve tono sarcástico —como
lo caracteriza la
especialista Norma Quintana—
y oscila entre la sátira, la
ironía y la paradoja,
mediante una poesía de tono
coloquial, a manera de
diálogo, con lenguaje pulcro
y cuidadoso. Su autor ha
colocado el foco de atención
en “los defectos y no en las
virtudes del hombre”. Este
fue el último libro
publicado por Pedroso antes
del triunfo de la
Revolución. En esa época
trabajaba en la Dirección de
Cultura del Ministerio de
Educación. El otro poeta es
Ángel N. Pou, nacido en
1928, miembro de la Sociedad
de Poetas y Artistas de
Francia; y el libro en la
casa de Hemingway, publicado
en 1954, era su primera
obra. Desde 1952, Pou había
desempeñado diversas labores
y participó en la lucha
insurreccional contra la
tiranía, con el Movimiento
26 de Julio. En los años
siguientes publicaría nuevos
libros y obtendría varios
reconocimientos literarios
nacionales e
internacionales.
En cuanto a los libros de
narrativa pertenecen a
cuatro autores importantes
—incluso más allá del género
literario y la época de su
creación— aunque en diversa
medida. Por supuesto,
Carpentier es, con mucho, el
autor cubano más
significativo, y era cinco
años más joven que
Hemingway. Que sea El
reino de este mundo
(traducción al inglés de
Harriet de Onis, edición
Alfred A. Knopf, N.Y., 1957,
cuarto libro de su autoría,
primera novela de su saga
latinoamericana, en cuyo
prólogo establece su
concepción literaria de lo
“real maravilloso”) el que
se encuentra en Finca
Vigía, subraya la
importancia de su presencia
allí. Como es sabido, esta
novela —publicada
originalmente en México en
1949—, toma como asunto y
argumento los de la
histórica Revolución
haitiana, la repercusión de
los anales franceses como
metrópoli en ese proceso
americano, y las
derivaciones que origina
aquella revolución burguesa
en medio de su colonia
esclavista, multirracial y
multicultural. En cualquier
caso, numerosas razones
pueden justificar su
presencia en la casa. Carpentier vivió en Caracas
entre 1945 y 1959.
Curiosamente, existe en los
estantes otro título sobre
el tema, El embrujo de
Haití, cuyo autor se
nombra Gerardo Gallegos.
Aunque de menor resonancia
internacional en la
actualidad, pero poseedor de
un significativo mundo
interior y de tanta
trascendencia intelectual
como Carpentier
—históricamente coincidente
con él en muchas cosas, por
ejemplo participante en el
II Congreso de Escritores
contra el fascismo en
España, como Hemingway— de
Félix Pita Rodríguez (poeta
y narrador nacido en La
Habana, en 1909) el libro de
cuentos que aparece en la
residencia es una de sus
grandes obras narrativas y,
por extensión, de la
literatura cubana. Contextos
históricos, experiencias
vanguardistas y del
surrealismo, preocupación
social, conciencia ética,
son algunos de los elementos
característicos de su obra.
Como reconoce la Dra. Aimée
González Bolaños, la
negación de las fuerzas
deshumanizadoras de la
realidad, “confirma las
tendencias de humanización
de la vida representada (…)
en la pieza antológica que
es Tobías”,
cuya impresión original es,
por cierto, de 1952. Es
decir, anterior en tres años
a la del ejemplar en el
Museo Finca Vigía.
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En cuanto a Vieta, Iznaga y
Agostini, son tres
importantes narradores
cubanos de la época, que
mantuvieron un sostenido
desarrollo con
posterioridad, con obras
literarias diferentes pero
representativas. En el caso
de Vieta, Aquelarre
fue su segunda publicación a
los 32 años y fue editada en
Santiago de Cuba. Iznaga —de
39 años al publicar Los
valedores, su primera
novela—, aún vivía en
su natal provincia de
Villa Clara. De Agostini,
nacido en Nueva York en
1908, Hombres y cuentos
era su primera obra.
En resumen, se trata de un
conjunto de obras de una
misma literatura nacional,
publicadas en una misma
década, pertenecientes a
autores de la misma
generación o muy cercanos,
aunque con reconocimiento
público y desarrollo
intelectual y literario
diferentes. Es decir, una
muestra relativamente
representativa de la
narrativa cubana de su
momento (por más que falten
otros, igualmente o más
significativos). Aunque
resulta imposible comprobar
por ahora cuándo llegaron a
sus manos tales obras, para
un prestigioso escritor
extranjero contemporáneo
como el Hemingway de
entonces, muy reconocido
internacionalmente como
figura pública, resulta
comprensible que ellos
formaran parte de sus
lecturas de conocimiento y
apreciación de la narrativa
local. Y hasta es probable
que, ocasionalmente, haya
sostenido algún tipo de
relación personal —incluso
desde antes de la
publicación del libro— con
alguno de esos colegas
cubanos. Pero, tal extremo
requiere otro tipo de
investigación, que ya he
iniciado.
Lo cierto es que, tras la
mundialmente tormentosa
década de los 40, con
intermitencias en su
estancia cubana, llena de
aventuras, percances y
peligros para él —en la que
poco pudo haber sondeado el
ambiente literario cubano—
después del fracaso
estruendoso de Al otro
lado del río y entre los
árboles; y a partir de
que su nueva esposa
intentara poner orden en su
mundo literario y
sentimental, ya asentado en
Finca Vigía, la recuperación
de la historia del pescador
Santiago y el éxito de
crítica y ventas de El
viejo y el mar —esa obra
de tema, personajes y
escenarios cubanos que tan
afortunadamente pudo ser
narrada con el estilo del
iceberg—
transformaron la situación
del autor. Sobre todo,
cuando iniciada la década de
los 50, recibiera con
tal motivo, nada menos que
el Premio Pulitzer y casi
de inmediato el Nobel. Será
a partir de esos momentos,
cuando aparecen en la casa
libros de escritores
cubanos, publicados en esa
década.
Sin embargo, aún no he
hablado del caso más
promisorio de los autores
cubanos cuyos libros se
encuentran en Finca Vigía,
el de Enrique Serpa. Ante
todo, resulta indispensable
ofrecer una brevísima bio-bibliográfía
del narrador cubano, para lo
cual me auxiliaré de la ya
mencionada Historia de la
Literatura Cubana, del
Diccionario publicado
también por el Instituto
hace ya algunos años y de
otras fuentes.
Aprendiz de zapatero y de
tipógrafo, mensajero,
pesador de caña, empleado en
las oficinas de un ingenio
azucarero, Serpa —nacido en
1900— se vinculó desde
temprano con los sectores
populares de ciudades y
pueblos donde vivió en Cuba,
en zonas rurales y sitios de
pescadores. Pero, al propio
tiempo desarrollaba una
intensa labor intelectual
que lo llevó a trabajar con
Don Fernando Ortiz —el
excepcional antropólogo y
polígrafo cubano—, y junto
con
Rubén Martínez Villena
—secretario de Ortiz
entonces, que llegaría a ser
un paradigma del intelectual
revolucionario y militante
comunista—; e incluso, se
integró en el legendario
Grupo Minorista. En el mundo
de la prensa —que también
conoció y donde se destacó
de diversas maneras—, fungió
de Jefe de corresponsales
del periódico El Mundo,
redactor en el Diario
Excelsior, y director
literario de la revista
Chic. Entre 1936 y 1939
publicó en la revista
Mediodía. Y obtuvo el
Premio Nacional de Reportaje
sucesivamente en 1936, 1938
y 1939.
Precisamente, fue en el año
1938 —un año antes que
Hemingway alquilara Finca
Vigía—, cuando Serpa obtuvo
el Premio Nacional de Novela
por Contrabando.
No resultó una sorpresa. Su
actividad literaria era de
gran prestigio y muy
anterior y había comenzado
—como en otros muchos
narradores—
por la poesía,
con el libro La miel de
las horas, en 1925.
Durante esa década y la
siguiente había continuado
dedicándose a la poesía,
pero alternando su cultivo
con el del cuento. Resultó
especialmente destacada su
participación en 1926 en el
famoso experimento literario
de la novela policial
colectiva Fantoches,
siendo él uno de los 12
autores participantes, todos
reconocidos intelectuales
cubanos. Hasta que en 1937
publicó su primer libro
personal de cuentos,
Felisa y yo, que lo
situó de inmediato entre los
narradores más
significativos del momento y
del que, sorprendentemente
—ya se verá el porqué del
asombro—, no aparece
ejemplar alguno en los
fondos bibliográficos de
Finca Vigía.
En sus cuentos al abordar la
problemática republicana,
presentaba el cuadro de
miserias, efervescencia
social, frustración y
angustias que la
caracterizaba. Pero lo
particular de su tratamiento
del tema era
—en medio
incluso de la mayor jerarquización del
condicionamiento social—
la
búsqueda y la expresión de
los conflictos sicológicos
que tales circunstancias
originaban en sus
personajes. Como subraya la
Dra. Denia García Ronda, “es
la lucha del hombre con el
entorno, su capacidad de
enfrentamiento o su derrota
física o moral, lo que
conforma la trama”,
como ocurre en sus cuentos
"La aguja", "Aletas de tiburón" y
"Burócratas".
La propia especialista
ejemplifica esta
particularidad de la
cuentística de Serpa, cuando
subraya que “las
motivaciones del
protagonista de "La aguja"
(¡precisamente en "Felisa y yo!", AC)
para sostener un duelo a
muerte con un enorme
castero, desde su
pequeña y destartalada
embarcación, parten de la
necesidad de resolver
siquiera temporalmente la
miseria familiar; pero hay
un énfasis especial en la
personalidad voluntariosa y
firme del pescador”.
Sin necesidad de establecer
un parangón, se hace
evidente la similitud entre
dicha caracterización y la
que el propio Hemingway
adelantará del asunto
tratado en su crónica En
las aguas azules de
abril de 1936 en “Esquire” y
que ahora resulta oportuno
rememorar:
“En cierta ocasión un
anciano pescador, estando
dedicado a la pesca en un
pequeño bote a la altura de
Cabañas, capturó un enorme
pez emperador, que cogido al
volantín, arrastró el bote
mar adentro (…) Salido (el
pez) a la superficie, el
anciano paró la embarcación
, lo arponeó y lo sujetó al
costado de ella. Cuando los
pescadores lo hallaron
estaba tendido y gemía (…)
por la pérdida de tan
preciada captura…”, a
cargo de los tiburones, por
supuesto. Lo
significativo es la
expresión con que Hemingway
valora en la crónica, la
actitud del anciano pescador
ante el enorme pez: “…lo
emotivo es haberlo vencido y
no capturado”.
Para entonces, ya Hemingway
ha visitado varias veces a
la isla; incluso en 1933,
como “observador en los
sucesos revolucionarios que
culminan en el derrocamiento
del dictador Gerardo
Machado…”
Es entonces que regresa al
periodismo después de diez
años, en la revista
Esquire y con una
primera crónica sobre Cuba:
“La pesca de la aguja a la
altura del Morro”.
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Mientras, Serpa escribe
entre 1932 y 1933 su primera
novela (Contrabando)
—aunque su acción se
desarrolle aproximadamente
en 1927— que será publicada
en 1938. Trata sobre un
contrabando de ron de Cuba a
EE.UU. en el marco
de la inminencia de la gran
depresión económica, y
muestra las contradicciones
de la sociedad cubana neocolonial, la
insatisfacción popular y el
auge del movimiento
huelguístico en medio de una
lucha generalizada. También
Hemingway escribirá sobre
ese contrabando que se
realiza entre La Habana y el
sur de los EE.UU. en
esa época. Una primera parte
se publica en 1934 en la
revista Cosmopolitan,
y la segunda, en 1936, en la
revista Squire. Como
es sabido, al unir un nuevo
y tercer segmento inédito a
los anteriores, siempre con
el mismo protagonista (Harry
Morgan), Hemingway publicó
en 1937 su novela Tener y
no tener. Pero en este
libro, el escritor —testigo
presencial de una parte de
los hechos— incursiona en la
problemática política cubana
e introduce los conflictos
entre los revolucionarios
que se oponen a Machado y de
algunos de ellos que hacen
uso del terrorismo como
método de lucha.
En los años siguientes Serpa
viajó por EE.UU., Guatemala,
Venezuela, Haití, España y
otros países. Entre 1952 y
1959 residió en París, como
Agregado de Prensa en la
Embajada cubana en Francia.
Precisamente, en ese período
—exactamente en 1956 y en
Argentina— publicó otra
novela, La trampa,
obra de un realismo
penetrante y rico, que ha
sido caracterizada como
expresión de sentimientos de
su incertidumbre, amargura,
desilusión, y fatalismo al
reconocer errores en la
lucha política de los
cubanos en la décadas
anteriores y la recurrencia
al crimen, al terror y al
gansterismo, como métodos de
lucha de muchos de ellos. Al
parecer, es en este período
cuando Serpa publicó
conjuntamente con el gran
amigo cubano de Hemingway,
el escritor Fernando G.
Campoamor, su Recordación
de Hernández Catá,
dedicado al extraordinario
narrador cuyo nombre ostentó
por muchos años el Premio
Nacional de Cuento en Cuba.
Hemingway, mientras tanto,
viajó entre 1956 y 1959
algunas veces a España y a
París. Es en esa etapa,
cuando publica en Look,
la última de sus crónicas
sobre Cuba —cuyo pueblo se
encuentra inmerso en plena
lucha contra la tiranía
batistiana—: “Un informe de
la situación”. Al
producirse el triunfo de la
Revolución liderada por
Fidel Castro en 1959,
Enrique Serpa y Ernest
Hemingway regresan
inmediatamente a la Isla.
Esta fragmentada,
incompleta, superficial y
modesta referencia en
paralelo a la vida y la
creación de los dos
escritores —que pone en
evidencia algunas
coincidencias en su obra que
deberán ser explicadas—
adquiere nueva y mayor
relevancia cuando sirve de
contexto a la revisión de
los libros de Serpa que se
encuentran en Finca Vigía, y
que he denominado al
principio grupo 3. Ante todo
es necesario decir que,
salvo el prólogo a la obra
de Pizzi de Porras y las
crónicas de Norteamérica
en guerra, el resto de
los volúmenes de Serpa se
encuentra dedicado
expresamente por el escritor
cubano al estadounidense. La
edición de Noche de
fiesta (Ed. Selecta, La
Habana, 1951), publicada
un año antes de viajar a
París como diplomático,
lleva impresa al inicio una
dedicatoria que dice: “A E.
H., gran escritor, hombre
pleno, amigo cabal, con
admiración y amistad,
Enrique Serpa”.
El ejemplar de
Contrabando (Ed. Álvarez
Pita, La Habana, 1938),
tiene en su portadilla una
dedicatoria manuscrita que
dice: “A E. H., con
admiración y amistad,
Enrique Serpa”. El de
Días de Trinidad (Ed.
Álvarez Pita, La Habana,
1939), expresa, de puño y
letra del autor: “Al maestro
Ernest Hemingway, homenaje
de Enrique Serpa”.
Presencia de España (Ed.
Alfa, La Habana, 1947) es
precedida por la siguiente
frase autógrafa: “Al maestro
Ernest Hemingway con
admiración y afecto”.
Durante todo este período,
Serpa se había desempeñado
como redactor del periódico
Excelsior de La
Habana. En cuanto a La
trampa (Unión de
Editores Latinos, Buenos
Aires, 1956), publicada
cuando ya el autor se
encuentra en París, también
está dedicada, a mano, de la
manera siguiente: “A Ernest.
Con un abrazo. Enrique
Serpa”.
Del libro de Pizzi de Porras
(Ed. Álvarez Pita, La
Habana, 1939), solo están
abiertas las páginas entre
la 5 y la 9. El resto se
mantiene sellado según el
proceso de garantía
industrial de la época, lo
que implica que Hemingway no
se leyó sino, apenas, el
inicio del prólogo de Serpa.
En cuanto a Norteamérica
en guerra (Ed.
Tipográfica Arrow Press Inc,
1944) tiene una dedicatoria
impresa: “Los trabajos que
aparecen en el presente
volumen fueron escritos para
el periódico El País,
que los publicó durante los
meses de set a oct de 1943.
Al recogerlos, ahora, en la
relativa unidad de un libro,
me complace consagrarlos,
como un homenaje devoto a
Martha Gelborn”, es
decir, a la periodista con
quien Hemingway se casó en
1940, la misma que propició
la compra de Finca Vigía en
esa fecha, y de quien se
divorciaría en 1945.
Este libro tiene además, en
la solapa trasera sendas
notas laudatorias de Philip
W. Bonzal, amigo de
Hemingway y del Jefe de la
Sección de Relaciones
Culturales del Departamento
de estado de los EE.UU. Para mayor sorpresa,
la portada es de Fernando G. Campoamor. Y la Sala 6 donde
se encuentra este libro, es
aquella donde está la mayor
parte de los libros escritos
por el propio Hemingway. Es
decir, su cuarto de trabajo,
donde escribía de pie,
frente a su vieja Royal.
En resumen, como las
dedicatorias impresas pueden
ser datadas por la fecha de
la edición (Norteamérica
en guerra en 1944 y
Noche de fiesta en
1951), es obvio que ya desde
antes de 1944 y, al menos a
través de Martha Gelborn,
existe un vínculo entre
Serpa y Hemingway. Y que
este nexo se mantiene
todavía en 1951 —de manera
pública, más directa y
afectuosa, como muestra la
dedicatoria del libro— entre
ambos escritores.
Lamentablemente, las
dedicatorias manuscritas en
ningún caso están fechadas
por Serpa.
Es obvio que Contrabando,
Días de Trinidad y
Presencia de España
pueden haber sido entregadas
por el cubano al Premio
Nobel después de su edición
y en cualquier momento
anterior a 1951. Pero La
trampa, con su
dedicatoria —mucho más
íntima y coloquial que las
anteriores— solo puede haber
sido entregada tan pronto se
produjo su publicación o
después, es decir, a partir
de 1956. Y en esa fecha,
Serpa ya trabaja en la
Embajada cubana en París; Hemingway retornaba en ese
año a la capital francesa
tras su ausencia desde el
término de la guerra. Es
decir, que la relación entre
ambos, se mantenía en 1956,
y probablemente continuaría
después. Porque ambos
retornaron a Cuba en 1959. Y
el libro pudo ser obsequiado
por Serpa a Hemingway en La
Habana o en París.
¿A qué conclusiones puede
llegarse en este momento
sobre el tema de las
relaciones de Hemingway con
sus colegas cubanos durante
su estancia en La Habana?
Ante todo, que el conjunto
de libros de autores cubanos
encontrados en la casa-museo
Finca Vigía muestra un
indudable interés del
escritor estadounidense no
solo por las manifestaciones
físicas de la realidad de la
Isla en su expresión
placentera (playa, fiestas,
cabarés, amores), que tanto
disfrutó, sino también por
las expresiones literarias
del ámbito social, histórico
y artístico cubano. En
cuanto a este último, el
propiamente literario, es
evidente la restricción
generacional y estética de
obras y autores,
circunscrita a
contemporáneos suyos. Ello
puede indicar una
selectividad intencionada si
fueron adquiridos o
relaciones con sus autores
si les fueron regalados. En
cualquiera de ambos casos,
los libros constituyen indicios de
posibles relaciones con
algunos de los autores como
parte de la intelectualidad
del país en esos años.
En lo que se refiere al caso
específico de Enrique Serpa,
hay que reconocer que
existió una relación de más
de 15 años entre ambos
escritores; que esta se hizo
extensiva por parte de Serpa
—en un momento dado—, a la
esposa de Hemingway; que
ambos escritores
coincidieron en la
utilización en sus
respectivas obras de
motivos, hechos y locaciones
cubanas, en contextos
similares y con parecidos
acercamientos ideoestéticos
a sus objetos. Y, al menos
en el caso de Serpa con
respecto a Hemingway, no
solo la expresión pública y
privada —a través de las
dedicatorias de sus libros—,
de sentimientos de
admiración, respeto, y
reconocimiento, sino de
amistad.
Guanabacoa, mayo y junio de
2009
Notas:
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