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Por la secreta
escala, disfrazad
San Juan de la Cruz
La escala, secreta por
invisible, por
escondida, espiral
vuelta sobre sí misma,
pero que sin embargo se
yergue, asciende,
manifiesta su cualidad
aérea sin perder
contacto con la tierra
firme, podría elegirse
como vía unitiva
para entender los poemas
—¿por qué no la poesía?
— de Esenios
(Ediciones Abril, 2004),
libro de Leonardo Sarría
Muzio, que en 2003
obtuviera el Premio
Calendario.
Sorpresa de encontrar,
en los tiempos que
corren, un libro de
poemas a medio camino
entre la poesía mística
y la poesía religiosa,
de una rara catolicidad,
eso si, heterodoxa y
liberadora, cubanísima;
en la que Gabriel de la
Concepción Valdés
(Plácido), Julián del
Casal, José Lezama Lima,
Eliseo Diego y Raúl
Hernández Novás
terminan insertándose.
La huella carmelitana,
tan cerca de Agustín y
de la tradición
cenobítica, logra
ponerse en contacto con
Tomás de Aquino, cima de
la dogmática, y en esta
suerte de cenáculo, de
aposento alto, es de
donde brota el discurso,
pero este, para un oído
no atento, puede ser
lugar de confusión.
Por el hecho de estar
arriba podría pensarse
que desde el inicio se
ha alcanzado el fin de
la subida, pero no es
así; lo que el poeta
parece insinuar desde el
pórtico es que ella,
como en los poemas
juaninos, se consuma por
el camino de la ascesis,
que es renuncia,
invitación al silencio,
creación de un espacio
vacío de deseos y
propósitos de modo que
lo divino encuentre
donde instalarse, donde
morar:
El silencio naciendo
en medio de la torre
desolada,
mientras los ojos viendo
la llama ensimismada
se hundieron en la
página sagrada.
Verso añejo, castellano
más que español,
denotando la antigua y
tersa cualidad del
silencio, la severa
tradición del poeta
destinado a la mudez, al
ser en el Ser disuelto,
que abre una minúscula
puerta, la puerta de la
torre, pero que ella
está desolada de
antemano, es decir, el
poeta comienza
advirtiendo que todo
entusiasmo en este libro
es vano, que todo
emocionalidad es
ilusoria, que si algo
logra ensimismarse, no
será en los ojos sino en
la llama, en el torrente
divino; que la plenitud
no estará en la
anécdota, en la fábula o
en los recuerdos, sino
que a partir de allí
todo será resuelto por
la ruta de Jacob: los
que bajarán y subirán
por la escondida escala
del sueño serán los
ángeles; al hombre, al
poeta, le quedará solo
el silencio, el duro y
terso silencio de la
piedra, el combate sin
palabras con Dios que de
antemano sabe perdido, y
no solo por la condición
omnipotente del
adversario, sino por el
deseo expreso del humano
de ser vencido.
Todo poema es el
testimonio de que el
poeta quiere ser
vencido, de que él es el
hombre de las derrotas.
Si su objetivo fuera la
niké usaría el
mármol, el bronce, o los
aceites, sin embargo, el
poeta elige una
sustancia indócil y
engañosa, destinada a
fracasar: el lenguaje.
Copista en el fuego
No debió hacer de la
capitular un perfil de
muchacha. Tan
diestro para los cornos
del Juicio, para las
bestias
y los ángeles, ¿por qué
mezclaría el óleo pardo
al rosa,
la grave fuente al
resplandor de la joven
desnuda? Ellos
lo han sorprendido en la
ventana, cuando bajan
bromeando
por la colina las
labriegas. Dicen que
arderá fuerte, solemne
y alegórico. Mas,
mientras llegan los
interrogadores, voy
aprendiendo el arte de
mezclar el óleo pardo al
rosa.
El juicio humano, la
desnudez, que a fin de
cuentas podría ser “un
perfil de muchacha” en
el que se mezclan el
"óleo pardo" con el
"rosa", la propia
humanidad, se ofrecen.
Lo platónico, en tanto
separación del cuerpo y
el alma, no tienen lugar
aquí; más bien se
regresa a las fuentes
primigenias, para las
que
cuerpo-alma-espíritu,
forman una trinidad
indisoluble y eterna,
que poco favor se harán
los “interrogadores” en
tratar de separar por el
camino del fuego, porque
este adquiere la
cualidad alquímica de la
transmutación o mejor
aún, el fuego es también
el fermento sacro de los
ortodoxos griegos, esa
porción de cuerpo de
Cristo que se suma al
pan nuevo de modo que
impulse, empuje,
propicie la conversión
(transustanciación), es
la víctima la que abre
las puertas al cuerpo
glorioso, resurrecto.
Hace falta pues el
fuego, que la sustancia
arda.
Los tres primeros
peldaños de la escala
parecen indicarnos que
de allí en lo adelante
los temas —el silencio
(vacío primordial), la
imposibilidad de viaje (thánatos)
y la resurrección (eros)
— se replicarán, de una
forma u otra, a través
de los restantes 14
textos; de lo que se
desprende, que más que
una escala simple, monda
y lironda, atravesaremos
una espiral, torcida,
doble hélice, vuelta
sobre sí misma.
Ya leyeron el primero de
los tres poemas pórtico,
les propongo los otros
dos:
Simeón desde el faro
¿Cuándo, Señor,
cesarán de agobiarme
las naves que se alejan?
He envejecido así
inmóvil aunque suenen
en el océano las tibias
flautas.
Tonto siervo de Dios
que aguarda todavía
y alumbra desde el faro
los tablones deshechos.
Flotas minúsculas
para ahuyentar la aciaga
vacuidad de las calles,
remos buscándote entre
efigies
y bustos derribados.
Una mesa tranquila, te
suplico,
un pan sin levadura, y
los muchachos
aún ingenuos y próximos.
Una mesa tranquila...
Solo entonces
permíteme morir.
Sábado de gloria
La catedral está llena
porque algo debe suceder
después
de tanto.
Mi madre se retoca las
pestañas, se ajusta la
medalla y sale
despaciosa, porque
después de tanto solo
hay una compasiva
imagen de madera donde
depositar el peso de lo
mucho.
Es por los malos tiempos
afirma el gran
intérprete, luego
renegarán de esas
simplezas agotadas… Pero
en la catedral
el órgano enamora y los
fieles se juntan para
permanecer
en paz hasta la niebla.
No me aventuraré a
tratar de desentrañar la
estructura total de la
escala. Es un complejo
texto, que yo vería como
un solo poema, en el que
una vez presentados los
tres temas, se
desarrollan variaciones,
agrupadas en cuatro
unidades, cada una de
ellas reproduciendo la
forma sonata de la
música clásica
(adagio-variación-coda),
en las que los dos
textos referidos a San
Juan Bautista, el
precursor, son como el
trompetazo en medio de
la noche, que irrumpe,
haciendo que el discurso
alcance iluminaciones
recias, pacientes, donde
se va desde la fijeza de
los ojos muertos del
profeta, pero que sin
embargo no dejan de ver
“cómo cambian las
cosas/en Jerusalén.”,
hasta los del poeta,
presumiblemente el mismo
autor de los versos, que
encarna y asume la
misión de anunciar la
corrosión y la ausencia,
la fragilidad y la
desmemoria, que acaso
son la raíz última del
bautismo por agua, baño
de conversión, y que
encuentran plenitud en
el baño del espíritu,
que es como acceder a
las honduras del mar y
la consolación.
Leamos esos dos textos,
que tanto podrán
indicarnos la ruta:
Esenio
Fantasías de los
maestros de la ley:
la cabeza tronchada
sobre el plato
no podrá despertar.
Es ese el fin:
unas pupilas rígidas
mirando
cómo cambian las cosas
en Jerusalén.
Ah!, cuán preciosos
temblores
los del vientre en la
danza.
A fin de cuentas no era
más que un agitador
en las orillas del
Jordán,
y el agua es siempre una
sospecha,
una advertencia
contra los velos de
palacio.
Bajo los lentos abanicos
Herodes sueña con el
húmedo vientre
mientras se van
hundiendo las columnas
y los ancianos que
creyeron
oír palabras eternas.
Calla, hijo mío.
Es ese el fin:
unas pupilas rígidas
mirando
cómo cambian las cosas
en Jerusalén.
In fluctibus maris
ambulavit
Las aguas han chocado
también contra mi alma.
Lo más terrible del
salitre es el gusto
a corrosión y ausencia.
No pongas los cubiertos,
no tendrás
sino una frágil cena
que la marea cubrirá
para arrancarte
de tu inútil memoria.
Esenio entre las barcas
o los profetas que
disputan
si Jericó será rendida,
esenio ante la virgen
del santuario
donde los pescadores
solían pedir
la mar en calma
y la consolación. |