|
Dos son los eventos
cinematográficos que
movilizan multitudes en
Cuba: uno el Festival
del Nuevo Cine
Latinoamericano, en
diciembre; el otro, el
de cine francés que por
estos días, y durante el
resto del mes, corre no
solo por salas
capitalinas, sino por
todo el país, en una
selección que permite
degustar a los cinéfilos
no habaneros de algunos
momentos notables de la
programación.
En lo que ya corre de
ella, es posible
aventurar criterios.
Paris
(2008), fue el título
elegido para descorrer
las cortinas. Rubricada
por Cédric Klapisch, es
otro de los frecuentes
textos corales con los
que nos sorprende esa
cinematografía, y
(digámoslo desde ahora)
bien. La capital
luminosa sirve de fondo
a varios seres que
entrecruzan vidas y
destinos: un joven que
espera un trasplante de
corazón, su hermana y
los hijos que se
instalan con él para
cuidarle, un historiador
depresivo que se levanta
anímicamente cuando se
enrola con una joven
“alegre” y varias
parejas que no lo son
tanto, arman este
puzzle donde el
cineasta demuestra tino
para contar, madurez
para ambientar, mano
firme para dirigir
actores, los cuales,
según su calibre, no lo
necesitaban demasiado (Juliette
Binoche, Fabrice Luchini,
Romain Duris…). Según
algunos, a Paris
le sobra metraje; a mí
me pareció redonda,
editada con inteligencia
y sentido, y como si
fuera poco, inspiradora…
En una cuerda ligera,
también rotan y alternan
personajes diversos en
Amores modernos
(2008): coproducción con
Canadá donde Stéphane
Kazanjian se las ingenia
entremetiéndose en los
desafueros eróticos de
varios seres que buscan
lo que (casi) todos: un
amor sincero, duradero;
fluidez en la narración,
simpatía en el guión y
notables desempeños
caracterizan esta
comedia (a veces
incluso) musical, donde
bajo la frivolidad tonal
hay cierto espesor
filosófico.
Uno de los altos
momentos del festival ha
estado en Crimen de
autor (2007),
del veterano Claude
Lelouch (Vivir por
vivir); que este
representante del
academicismo y la “vieja
escuela” se nos aparezca
con este ejercicio
deconstructivo de
mecanismos escriturales,
es otra prueba al campo
de que el genio estético
tiene que estar siempre
reinventándose. Aquí
volvemos a la relación
entre personajes y
narradores, a los cada
vez más débiles tabiques
entre ficción literaria
(por extensión:
artística toda) y
realidad, a la impostura
creacional y otros
tantos ítems relativos a
un tema tan de moda
últimamente, pero que no
todos consiguen entregar
en un maduro relato
dentro de otro(s) que,
mientras reflexiona
sobre esos y otros
aspectos, nos entrega a
la vez un thriller y una
historia de amor que se
autocontemplan
paródicamente, y nos
obligan a hacerlo…
claro, mientras
admiramos tanto de nuevo
a Dominique Pinon, la
siempre bella y
superlativa Fanny Ardant
y Audrey Dana, y nos
deleitamos en ese
excepcional montaje que
permite una diégesis
llena de costuras que,
sin embargo, no se ven,
porque Lelouch lo impide
con un talento que (ya
vemos) se renueva a una
edad nada breve.
|
 |
Otro maestro, André
Techiné (autor de
aquellos inolvidables
Juncos salvajes)
entrega otro momento
significativo con Los
testigos (2007) que
comparte con la obra
anterior los intereses
por la literatura que
bebe directamente de la
vida, aunque en este
caso mucho más apegado,
como indica su título, a
lo testimonial, cuando
una escritora se acerca
a personajes que le
tocan muy de cerca: su
esposo policía, quien
vivió un affaire con un
joven gay, su amigo
médico Adrien quien se
lo presentó… los inicios
del VIH Sida en Francia,
las complejidades de la
homo(bi)sexualidad
masculina y en general,
las relaciones de pareja
son escudriñados por el
realizador, esta vez,
realmente, con menos
acabado y rotundez que
en anteriores obras.
Hallamos complejidad en
el diseño
caracterológico,
excelentes desempeños
(la sensual Enmanuélle
Béart, los excepcionales
Michel Blanc y Sami
Bouajila…) pero a la
vez, una evidente
debilitación en el
transcurso del relato,
en cuya división
capitular la cinta
extravía un tanto la
fuerza, algo atribuible,
sobre todo, a la mezcla
de varios temas
conflictivos y difíciles
per se.
Entre las óperas primas,
se vio con desigual
recepción por parte del
cada vez mayor y
entusiasta público que
colma las salas, 7
años (2006), de
Jean-Pascal Hattu, que
desarrolla un singular
triángulo amoroso: un
preso, su esposa y un
celador de la cárcel con
quien el primero realiza
un pacto de seducción y
prueba respecto a la
segunda.
La sutileza con que el
joven director matiza el
comportamiento de sus
personajes, y la propia
densidad de los mismos
dentro del desarrollo de
la historia, estructura
una pieza menor en su
alcance pero de evidente
garra e interés por
parte de quienes gustan
de paladear los siempre
intrincados laberintos
del erotismo.
El festival continúa;
las propuestas
estilísticas y temáticas
también: París sigue
siendo una fiesta desde
su cine. |