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La religiosidad, especialmente
la católica, ha sido el tema de
varios ensayos sobre Hemingway y
su obra1.
También, su visión mística, casi
mágica, y su estilo sencillo, en
apariencia, pero capaz de
esconder a los lectores lo
esencial, han irrigado un campo
fértil para la investigación
literaria. Todo esto se mezcla
en la obra de Hemingway, y una
forma de encontrarlo es mediante
el análisis de cuánto de lo
clásico, sobre todo de la
literatura griega, aparece
reflejado en sus escritos,
aunque en esta ponencia solo
pretendo delinear lo que ha sido
una constante como hipótesis de
mi investigación2
sobre la novela cumbre de Emest
Hemingway: El viejo y el mar.
El tema investigativo no es del
todo mío. Una década atrás, me
fascinó el reflejo de la cultura
griega en su obra y
posteriormente obtuve permiso de
Mary Cruz para analizar una
cuestión relacionada con la
tragedia griega, que ella
esbozaba levemente en su libro
Cuba, Hemingway y el Gran Río
Azul y que no deseaba
continuar. "Me alegra que un
camagüeyano pueda estudiar ese
asunto" ―dijo con cariño la
ilustre escritora, y así empezó a
gestarse este trabajo de
análisis sobre la tragedia
griega en el estilo de Hemingway.
Un escritor del siglo XX podía
ser trágico o no, pero el
contexto era otro diferente al
griego y, por tanto, tenía que ser
representado diferente también.
Buscar una expresión artística
definida era la tarea de los
artistas de un siglo de dos
guerras mundiales, deterioros
económicos y sociales en el
sistema imperante hasta entonces
y calamidades naturales y
humanas agobiantes. De hecho, la
tragedia, como género, ya había
sufrido variadas y sucesivas
transformaciones en los últimos
siglos en cuanto a su concepción
y estructura y a las
posibilidades y condiciones
teatrales.
Originalmente, los festivales
que posibilitaron el esplendor
de la tragedia griega eran
espectáculos de diversión
popular, a su vez, un tributo a
Dionisio, el dios reproductor de
la vida que indujo a los hombres
a dominar la naturaleza y vivir
de sus riquezas, ritual que
durante cinco días respondía a
las creencias sobre el
nacimiento, vida, muerte y
resurrección del ser, que debían
ser transmitidas a los nuevos
miembros de la sociedad griega.
De esas fiestas, han llegado a
nuestros días leyendas y obras
literarias en que se recrea el
destino humano y las fuerzas
naturales o sobrenaturales que
intervienen en su desarrollo,
nombres como Eurípides, Esquilo
o Sócrates, transitaron de allí
a la posteridad.
Y
de ese festejo parece que
participa la obra emblemática de
la narrativa hemingwayana: El
viejo y el mar.
Algunos estudiosos han apuntado
que Hemingway usó el tema
trágico en sus cuentos a partir
del desconcierto que generó la
Primera Guerra Mundial, por lo
que sus personajes son héroes
trágicos que provocan pena al
lector: “Carlos Baker y Michael
Reynolds han escrito
extensamente sobre el uso de la
tragedia en Hemingway, pero ni
uno ni otro explica por qué este
tema trágico es específicamente
evidente en los trabajos de los
años 1920 y 30 de Hemingway.
(...) También, ¿puede ser Hemingway un trágico moderno si
él no usa la estructura trágica
tradicional?”3
El tema trágico es recurrente en
su literatura, porque es la
realidad que transpira al
apropiarse de la realidad
objetiva hasta que lo
perfecciona en su obra cumbre
con una estructura muy propia.
Ya entonces no calca un mundo
que existe, sino más bien lo
genera.
Ganar el Nobel es la máxima
aspiración de un escritor.
Hemingway, quien lo logró en
1954, había sido obviado con
anterioridad y el escepticismo,
de alguna vez tener tal honor,
lo delataba cuando mencionaban
esa posibilidad luego de
publicada El viejo y
el mar. Cuando un día de
octubre, se confirmó su
selección por la academia sueca,
su decisión de escribir algo
para ser leído desde la
distancia estaba tomada (una
forma suya de hacer presenciaausencia en el acto).
Sus ideas principales, entonces,
se enmarcaron en señalar la
injusticia de no otorgar esa
distinción a otros escritores de
talento (en su momento olvidados
también), la tensa soledad del
escritor cuando
contradictoriamente escribe para
la sociedad con toda la pasión
posible y la necesidad de
respetar su oficio. No hay
referencia a El viejo y
el mar, pero cada palabra
pensada era como los eslabones
de una cadena que lo conducía a
su última pieza " … para un
escritor verdadero cada libro
debe ser un nuevo comienzo..."
redactó Hemingway puntualizando
precisamente la sucesión de su
obra y su admiración por otros
grandes escritores de antaño,
cuando añadió "... debido a que
hemos tenido tantos magníficos
escritores en el pasado es que
un escritor puede ser guiado más
allá del pasado y llegar a donde
nadie puede ya ayudarlo...”4.
El lugar de Hemingway es el de
la soledad intelectual donde la
mente viaja a su antojo y
compite por crear fronteras
dentro de su acervo cultural o
por desterrar nostalgias. Su
gran meta era descubrir una luz
propia para, como los griegos,
ubicar su nueva constelación en
el firmamento.
No era Hemingway el único que en
su tiempo reconocía la necesidad
de buscar respuestas a quiénes
somos y cómo llegamos hasta este
momento, en la casi desaparecida
literatura de la civilización
antigua, de la cual la tragedia
griega alcanzó mayor fastuosidad
y mérito. Así, se observa en las
tragedias de O'Neil en los años
20, Eliot en los años 30 o
Tennessee Williams y Arthur
Miller en los finales de los 40
e igual se aprecia en El
viejo
y
el mar
durante los 50. Pero, la
tragedia del sacrificio ritual
en honor al dios Dionisio se
había modificado por siglos de
conocimiento científico a la
realidad de la vida, al desastre
representado intensamente en
hombres ordinarios y sencillos
quienes de forma inevitable
enfrentan una situación caótica
y miserable a la que el autor
denuncia como mal social,
espiritual o de la naturaleza y,
por tanto, como ser consciente
protesta en alguna medida. Como
protestó Hemingway por su
Santiago, que al decir de Earl
Rovit no es cualquier héroe,
sino El Pescador, el más cercano
al creador.5
El tiempo de repetir las
estructuras de la tragedia
clásica, a como la desarrollaron
los griegos, había pasado a
desuso. Toda tragedia de la
literatura del siglo XX había
adoptado su propia forma
dialéctica de transformación
ante una realidad distinta.
Algunos plantean que Hemingway
le atribuye al pescador Santiago
su paupérrima condición
económica a la mala suerte, lo
cual es una falsa apreciación,
pues botes con buena suerte y
mala suerte salen a sus labores
diariamente, el viejo solo está
a merced de la suerte en tanto
su producto es literalmente el
resultado de su pericia para
escoger un buen lugar con peces,
aunque tenga que ir demasiado
lejos, y finalmente atraparlos.
El mundo está lleno de vida y de
posibilidades para su propia
evolución y desarrollo; pero el
mundo de este pescador es la
pesca remunerada deficientemente
y su inmenso mar. Los pobres por
igual están desvalidos en
aquella sociedad y no tienen
amparo, no pueden salir de su
pueblecito de mala muerte. Sus
riquezas o son llevadas a La
Habana en el camión del hielo o
procesadas en la fábrica cercana
que solo, de vez en vez, les
deja el mal olor, pero la parte
alimenticia de la pesca la
disfrutan los que tienen dinero.
Esa desigualdad social es uno de
los siete octavos del iceberg en
la obra, no está recogida en la
suerte que plantea Hemingway,
tal como les sucedía a los
trabajadores humildes de la
azúcar o de cualquier otra
plantación cubana durante el
tiempo muerto, que en aquellos
momentos cubría casi todo el
año.
Santiago, el hombre simple
convertido en el nuevo héroe
trágico, parece no salir del
sufrimiento; sin embargo, está
en un ciclo cerrado de
antagonismo y solución, como
bien se definiría con la ley
dialéctica de Unidad y Lucha de
Contrarios: del dolor interno
del hombre a la felicidad y
nuevamente a su primera
condición para romper los moldes
que propuso Aristóteles de que
“... el cambio en la fortuna del
héroe no debe ser de la miseria
a la felicidad, sino por el
contrario, de la felicidad a la
miseria; y la causa no debe
recaer en la depravación, sino
en algún grave error de su parte
...”6
Pero, Hemingway había
descubierto que pares opuestos
aparecen juntos en los
sentimientos y experiencias del
hombre como un todo7.
Si algo ofrece los momentos más
sublimes también le es inherente
su tristeza, y a Santiago la
pesca le es amarga durante los
días tortuosos y estériles, pero
reconfortante en su batalla con
el pez y nuevamente infeliz
cuando le atacan los tiburones y
desgarran todo, menos la
posibilidad de su experiencia,
la cual le devuelve la alegría
de formar nuevos pescadores en
ese simbólico movimiento en que
la espada del pez es regalada a
Manolín. Santiago está en un
ciclo que le aporta su vida
misma.
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Hemingway, desde el
existencialismo, había
encontrado el elemento trágico
que se repite ante el esfuerzo
del hombre, que le es intrínseco
y lo mueve hacia objetivos más
optimistas y en busca del placer
de vivir, pues desde que se nace
se sabe que la muerte está
segura como don de la
naturaleza. Nacer es un polo que
se contrapone a su otro polo:
dejar de existir. Vivir es un
don social, pero es individual
la decisión de enfrentar tanto
la vida como la muerte. De
cualquier modo, Hemingway, como
artista, se nutre de un mundo
concreto, que recrea y construye
en su obra de ficción, un mundo
paralelo que será veraz en tanto
su autor sea capaz de
fotocopiarlo vivo y cambiante a
través de la técnica narrativa
que emplea. Hemingway lo sabía y
por eso planteó: "Olvídate de tu
propia tragedia, todos estamos
predestinados desde el comienzo,
y
tendrás que ser herido con
agudeza, antes de poder escribir
seriamente"8.
En opinión de algunos estudiosos
de su obra (Raúl Mesa y Max
Nanni, por ejemplo) los usos de
la polisemia
y
las construcciones cruzadas le
permitieron a Hemingway moldear
el significado entre el hombre y
la naturaleza.
Sin embargo, en esta obra de
hondo contenido filosófico,
Hemingway no es solo un escritor
que refleja ser lingüista o
arquitecto meticuloso quien ha
colocado cada pieza en el lugar
exacto (desde la dedicatoria a
Charles Scribner y Max Perkins a
quienes recuerda, hasta los
leones del África con quienes
sueña), más que eso nos muestra
la filosofía del yo artista, que
como tal hace alarde de recursos
estilísticos para expresarse,
aunque percibo que no es la
intención de El viejo
y
el mar
dar un efecto polisemántico o un
orden repetido de su sintaxis,
que por su uso en la literatura
con anterioridad no sería
novedoso en sí, su logro y
estructura están concebidas en
una alusión por contrarios, en
el desarrollo de la tragedia por
oposición; en lo que representa
y lo que no representa, en lo
que posee el pescador y lo que
no posee, a partir de lo que es,
o no, en la forma en que
Hemingway le materializó su
vida.
Ese tener y no tener (título,
por cierto, de una obra suya
anterior) fue explicado por Mary
Cruz con los métodos de análisis
marxista “…se
diría que es la expresión
artística de la ley dialéctica
de la unidad y lucha de
contrarios. Esta ley no se
presenta, naturalmente, de modo
abstracto, sino en
manifestaciones diversas
(...):
muerte-vida,
racional-irracional, odio-amor,
bien-mal, orgullo-humildad,
juventud-vejez,
soledad-compañía,
derrota-victoria, polaridades
que se transforman
constantemente cada una en su
contraria, en planos cada vez
más altos de desarrollo, en un
mundo de ficción que contiene
las características del mundo
real como concatenación de
procesos"9.
No obstante, Hemingway no fue
marxista. Él, tal vez, guiado
por métodos existencialistas
para reflejar su mundo real, con
su propio desarrollo intelectual
y
los largos años de
experimentación narrativa, lo
que logró fue una expresión
artística, extraordinaria e
inusual, para cualquier de los
tres planos de análisis
literario con El viejo
y
el mar.
Aparece en primer plano una
historia acontecida a un hombre
singular, donde Santiago, su pez
y sus tiburones deben vivir el
hecho en sí como si fuese real
para los lectores que preguntan
sobre un espacio y tiempo
concreto: ¿quién es este
pescador?, ¿qué hace este
pescador?, ¿con qué recursos lo
hace? y ¿cuál es su resultado?
En el segundo plano el autor
hace penetrar al lector en la
construcción interna de la obra
donde sus significados no son
directos y evidentes, por el
contrario estos se ofrecen bien
ocultos y simbólicos, para
interpretar su lectura hay que
decodificar los símbolos
propuestos por Hemingway y los
que no escribió deliberadamente,
pero que se evidencian por la
comunicación autor-lector, en
que este último hace valer sus
valores objetivos-subjetivos del
conocimiento previo que posee.
Aquí, se puede participar lo
mismo de los cinco días de las
fiestas dionisiacas que de una
celebración santa y cristiana10.
Hay símbolos individuales en los
detalles, pero el todo de la
obra, a mi modo de ver, tiene la
significación más contundente
para unificar el plano. Así,
esos cinco días bien podrían ser
los cinco dedos que componen la
diestra tendida al lector, o
sea, solo la mano que se aprieta
al saludar, como las de Santiago
―cansadas pero necesarias― para
que el lector se sienta a gusto
aceptando esa invitación para
festejar a la que asiste, porque
lo que sí es reiterado desde
cualquier ángulo de análisis, es
la celebración. El símbolo de
fiesta y jolgorio (muy dable a
Hemingway en su existencia y
después), ese ambiente festivo
por la vida mientras no concluya
en la muerte, característico del
optimismo de Hemingway y de
Santiago.
De allí que, contrario a los que
niegan el conocimiento profundo
de Hemingway sobre esa vida de
pescadores pobres, Mary Cruz ha
planteado, con razón, que: "El
artista tiene conciencia de lo
que está captando, fijando,
revelando, sugiriendo, y utiliza
los recursos de la técnica para
subrayarlo. Por eso, el relato
de Santiago ―que es viejo, pero
no senil, "sala'o" pero no
vencido, tierno pero no débil,
orgulloso pero no soberbio,
resignado pero no pasivo y,
quizá lo más importante,
deseoso de su propia victoria
pero no celoso de los demás― ha
podido ser mirado como la
parábola de la vejez, como la
tragedia del esfuerzo humano
frente a la vida, como la
ilustración del anhelo
recurrente por lo heroico, la
aplicación (para unos seria,
caricaturizada según otros) de
la pasión de Cristo al vivir de
cada día, y además, como un
irritante cebo para profesores,
entre otras cosas."11
El tercer plano, el filosófico,
expone siempre alguna
regularidad universal del
conocimiento humano que se
transmite como conciencia
social, que en Hemingway es la
enseñanza que perdura, de que el
hombre puede ser destruido pero
no derrotado, que constituye la
esencia del todo artístico y de
su contenido filosófico. Visto
como la Ley dialéctica de la
Unidad y Lucha de Contrarios12
o como práctica existencialista13,
la filosofía que hace suya
Hemingway refleja las tremendas
contradicciones con que vive su
yo interno: el hombre, su
tragedia y el optimismo en la
victoria. Por eso, el hombre
vence, vence para todos como
hombre con su connotación social
y no en la absurda
individualidad de una historia
irrelevante e irracional de
frustraciones. Tal como
Hemingway había citado en otra
novela, el hombre del El
viejo y el mar no es tampoco
una isla en sí mismo.
Es, precisamente, mediante sus
valores personales que Hemingway
ofrece una obra artística a la
humanidad y con su alquimia
permite a otros hacerla suya.
Para eso, Hemingway estructura
su obra en círculos que se
desarrollan cada vez que las
fuerzas contrarias interactúan.
Y claramente cualquier lector se
dejará arrastrar hasta el
vórtice de este huracán
literario a gusto para ver el
desarrollo de esa interacción.
Un círculo antepone pares
semánticos y concretos: el viejo
y el muchacho van hilvanando un
nudo entre lo que se enseña y
aprende en la vida, el maestro y
su aprendiz. En la tragedia
griega el héroe trágico
confronta fuerzas externas,
muchas veces por obra y gracia
del destino. Pero aquí, el viejo
se antepone a su propia
experiencia, a lo que la
naturaleza le depara en ese
instante solo con el mar, y a lo
que en un proceso de
enseñanza-aprendizaje lo hace
interactuar con el muchacho,
también en otro círculo
completo: de compañía, ausencia
y nuevamente compañía.
Otro par que antepone
conscientemente el escritor en
su novela es el de victoria y
derrota, par abstracto que se
expresa incluso en un juego de
palabras donde el que pierde
gana y el que gana pierde
enfrentando las fuerzas del
destino para dar su veredicto,
pero permeado por la voluntad
del hombre para perder o ganar,
y casi todos los personajes de
este autor son de un linaje
soberbio y limpio, solo en casos
limitados representó al
protagonista superfluo y cobarde14.
Santiago es un hombre victorioso
y eso lo expresa Hemingway con
genialidad de forma cíclica: de
alguna fortuna a ninguna, y de
allí a la posibilidad de la
experiencia única por la
magnitud del esfuerzo para
alcanzar su fin, a la pérdida
inevitable que otra vez ofrece
indomable su carácter, a la
memoria que lo convertirá en
leyenda imperecedera.
Ha de considerarse también el
dúo conformado por el compromiso
y el ocio, que en el propio
Santiago se ve como su esfuerzo
constante a diario y esos sueños
que lo envuelve en especie de
delirio aceptado con
anticipación, pero que en la
obra está reflejado por la
persona que vive de la pesca o
su grupo social enclaustrado en
la miseria, decididos todos en
ese vital momento para obtener
su sustento y los turistas que
ven la vida distraída como
curiosos quienes preguntan desde
su alejada posición en la
terraza. Y esa contraposición
entre la cercanía del suceso con
su conocimiento contra la
posición distante y desacertada
subraya, sin lugar a duda, la
tragedia del humilde Santiago y
la importancia del héroe
propuesto por Hemingway.
Finalmente, un cuarto par
contrastante completa el efecto
trágico de la obra de Hemingway
visto en la acción y el
pensamiento del personaje
principal, pues su acción
heroica y estoica por días en la
inmensidad del mar aparenta
siempre un universo infinito de
posibilidades en lo que hace o
le va a acontecer y cuyo motivo
es fundamentalmente externo,
pero la mente del viejo pescador
le supera y vienen los recuerdos
y sus preguntas internas y sus
incontables soluciones, porque
su mundo externo e interno se
van turnando en el propio
personaje constantemente en una
espiral de efectos
contextualizados, diría, como
mezcla del coro y los actores
que definían la tragedia.
De manera que este breve
acercamiento, a la obra de
Hemingway nos demuestra que
mientras la estructura que
utilizó el artista del siglo XX
no es similar a la de Eurípides,
Sócrates o Esquilo, muchos de
los elementos que ellos
emplearon se han hecho presente
en la determinación del
personaje de El
viejo y el
mar
de enfrentar su oposición
interna y externa como unidad de
su vida ante cualquier situación
adversa. Santiago es el mismo
hombre que pulsea su vida con el
negro de Cienfuegos, vive la
aventura de la pesca de una
aguja como un gran gladiador y
sueña con el esplendor de la
arena con los leones cerca.
Notas:
1
Véase los
trabajos de Larry Grimes,
Earl Rovit, o Carlos
Peón sobre el
particular.
2
Véase mis trabajos “El
alma triangular de
Hemingway”, o “La
herencia cultural de
El viejo y el mar”.
3
Maria Rowland, The
Tragic Visión of Ernest
Hemingway.
4
Carta leída por el
embajador norteamericano
en Suecia, en
Hemingway, a Life Story
by Carlos Baker. p. 529.
5
Barl Rovit citado por
Mary Cruz en Cuba,
Hemingway y el Gran Río
Azul. Editorial Arte
y Literatura, La Habana.
1981. p. 192.
6
Aristóteles citado por
el Diccionario de
Literary Terms.
Penguin p. 704.
7
Véase mi trabajo
anterior sobre este
particular y la relación
con los pares
Pitagóricos en "El alma
triangular de
Hemingway".
8
http//www.brainyquote.com/quotes/authors
9
Mary Cruz. Ob Cit. P
212.
10
Stanley Coopmnan y John
Halverson. Citados por
Mary Cruz. Ob cit. p. 193
y p. 191 respectivamente.
11
Mary Cruz. Ob cit. P
209.
13
Dwight Eddins. En The
Hemingway Review.
University of Idaho
Press. Otoño 2001. p. 68.
14
Jorge Santos. Ponencia
en "Hemingway ¿parodia o
pastiche?" 1998. p.6.
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