Año VIII
La Habana
27 de JUNIO
al 3 de JULIO
de 2009

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

LA OTRA CUERDA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

ENREDOS

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 

El adiós a las armas que todos queremos

Jorge Santos Caballero • La Habana

 

Sentir la guerra, ver sus efectos devastadores —en algunos casos, llamados engañosamente por los teóricos modernos “efectos colaterales”—, no es un privilegio para nadie, pero sí una oportunidad insólita y hasta repetible, desgraciadamente. Quizá hoy necesitemos un “adiós a las armas” rotundo, y no un pueril plan de paz universal donde los resquemores políticos, económicos, sociales, religiosos e ideológicos, sean cada vez más centellantes y más propensos a que continúen los conflictos a diferentes escalas. Ernest Hemingway, el hombre al que homenajeamos en el  aniversario 110 de su nacimiento, escribió una obra que merece analizarse ahora que, por casualidad, coincide con la celebración que hacemos al cumplir 80 años de su primera publicación. Nos referimos a la novela Adiós a las armas.

Al comienzo de la Primera Guerra Mundial, el suroeste de Europa era una región en la que pugnaban intereses de diversos tipos. Allí, paradójicamente, el 28 de junio de 1914, con motivo de unas maniobras militares a efectuarse en Bosnia, el sobrino del Emperador Francisco José, el ya célebre Archiduque Francisco Fernando, heredero del trono de Austria-Hungría, hubo de ser asesinado por el estudiante de origen serbio nombrado Gavrilo Príncip, como resultado de una conjura que precipitó el trance bélico y con ello la muerte de miles de inocentes. Pero el problema político-económico, a tenor de una aventura de rapiña entre las grandes potencias de entonces, devino realidad el desencadenante de esa Primera Guerra; y para el caso el escritor al que estamos homenajeando, Ernest Hemingway, en cuanto a su obra Adiós a las armas, no quiso analizar los pormenores del dilema armado, sino, como siempre hacía en su obras, rozó solamente una arista propicia para contar una historia, tal y como se refleja en las páginas de la novela aludida.

En esa dimensión artística, Hemingway elucubró el quid de su novela con la lógica articulación de personajes y situaciones, pero Adiós a las armas (Farewell to Arms) aparecida en 1929, es una obra sobre la guerra, a pesar de los años que ya habían transcurrido. Refleja la degeneración de la condición humana bajo las circunstancias de un problema como el que había acaecido en Europa. Es, en suma, y según la visión de Hemingway, una serie de derrotas humanas dentro de una continua y terrible consecuencia: la lluvia, el cólera, los soldados que se mutilan a sí mismos para no ir a pelear y la declinación progresiva de Rinaldi, uno de los principales personajes que aparece al principio, activo y lleno de vida. En contraste, Hemingway nos presenta, como una antítesis esperanzadora, el amor del teniente Henry y de Catalina. Amor y desesperación se asocian constante e intensamente hasta el final: Catalina muere al dar a luz al hijo de ambos, pero nacido fuera del matrimonio.

Y aun cada cambio en la forma, cada avance en la destrucción, reviste a la novela de una mayor vitalidad. Después de la derrota de Caporetto, Henry, completamente desengañado, decide seguir sus propios objetivos. Abandona a sus amigos, su responsabilidad como oficial y la total complejidad de la vida social organizada, representada entonces por el ejército y la guerra. Ese adiós a las armas se lleva a cabo sin previa solicitud ni permiso. El teniente Henry deserta, y este acto es algo profético en relación con los futuros momentos del autor de la novela. Como derivación, en la época del texto señalado se verificará la retirada de Hemingway, que durará hasta 1935. Y, en ese tiempo, su obra reflejará las influencias de tal aislamiento.

No podemos reducir la cultura a condicionamientos socioeconómicos y políticos solamente. Tampoco es hacerla ver como el epifenómeno. Si bien todo es cultura, no es una paradoja perversa que hay que ver como un recurso simbólico y nada más. En tal sentido, pese a la amplia perspectiva literaria, la novela tiene un enfoque catártico, en cuanto a su personaje Henry, —y también a Catalina— de subestimación del significado de la fuerza. Ahí, por tanto, hay una idea tendenciosa, porque no resulta claro si el abandono de todo es una transición hacia lo soñado, o es un escape de lo que se vive. En ese proceso, hay un intento precario de ampliar las perspectivas de vida criticando lo vivido. El discurso reflexivo de Henry cambia a partir de la aparición de nuevos retos, de la carencia de la certeza por la magnitud de lo experimentado. Era, en resumidas cuentas, una mirada indiscreta a su presente lo que hacía Henry —un alter ego de Hemingway—, y que si nos apegamos a los conceptos de Gramsci, nos percatamos de la especificidad de la relación sistema-mundo, y adquiere relevancia especial por las consecuencias negativas que acarrea. No en balde, como señala Ulrich Brand: "Gramsci siempre subrayó que incluso las fuerzas dominadas cuentan con sus propios intelectuales"1. Y si bien Hemingway fue un intelectual particular, y no proclive a seguir una línea revolucionaria como la entendemos hoy, más tarde comprendió, cuando la guerra en España, que lo importante es ver cómo los intelectuales se vinculan a las fuerzas progresistas.

La novela que analizamos transita por un dilema inherente a toda obra relativa a la posguerra, cuando los problemas son relativamente de subsistencia. Sin excederse en el objetivo, Hemingway quiso llegar a un punto en que los valores del cambio de mentalidad eran vistos con registros sonoros de fanfarrias, desprovistos de un proceso de liberación más real que simbólico. Por ello, la novela no puede verse como un todo orgánico, sino en dos aspectos que persiguen un resultado de contacto con la época. Por un lado, la existencia de un hombre agotado, con un deterioro gradual en poco tiempo, y, por otro, la posibilidad de acceder a otros planos menos agrestes posibilitados por otra cultura en un estadio liberal; pero, en la práctica, era el mismo hombre que se caracterizaba en la generación de una vida alienada, y que pretendía transformar su rol simbólico por uno de más prestigio social, aunque con un matiz de anonimato.

Sería interesante detenerse en este estudio e ir hurgando en los conflictos antropológicos generados a tenor de las variaciones histórico-económicas de la época, y el grado de autonomía adquirido por el autor de la novela sopesado por el paradigma del modo de vida norteamericano. Pero la guerra fue en Europa, región comparativamente diferente, y eso hay que tenerlo siempre presente, a la hora de hacer cualquier examen, por efímero que sea. Nadie puede abstraerse a este singular conflicto existencial, pues la Primera Guerra Mundial no solo fue la rivalidad económica entre naciones y su armamentismo; también lo fue por las alianzas y el despertar nacionalista de algunos núcleos de población europea. Ella provocó, además del surgimiento de la Liga de las Naciones, propuesta por el Presidente de los EE.UU., Wilson, el hecho de que el fascismo abriera sus puertas, como también el nacional-socialismo, y todo ello repercutió en un modo de ver la vida que hacía más vulnerables a los hombres.

Hoy los tiempos son otros, y aunque también hay otros matices trascendentes, los conflictos armados han adquirido una sustanciación mayor que en el período mencionado, gravitado, entre otros aspectos, por la caída del Socialismo Real Europeo, que conllevó a un estancamiento de las izquierdas como fuerzas progresistas; la implantación de un pensamiento hegemónico que parte de una Globalización Neoliberal cada vez más quemante de las aspiraciones de los pueblos y de sus clases más empobrecidas, y, en los últimos tiempos, con el agravante de una profunda crisis del capitalismo, que ha puesto al mundo a pensar en su vida y futuro como nunca antes, a replantearse sus valores humanos y sociales, y a dimensionar los efectos negativos de un proceso desestabilizador inimaginable por ricos y pobres. Es en estas circunstancias que la responsabilidad de los intelectuales no puede abstraerse a un plano creativo-existencial de manera individual, sino que está comprometido con un tratamiento más allá de una banalización del problema, vale decir, una repetición exagerada del hecho cierto de que estamos en crisis en el mundo. Corear una y otra vez lo de la crisis es una divagación larga y sinuosa, y carente de significación real de lo que ocurre; en todo caso, es una suerte de mala recepción por todas las partes del problema en sí; por ende, hay que ir más allá, como ha ocurrido desde el surgimiento del Foro Social Mundial de Porto Alegre, para evitar a toda costa una reiteración de aquello que el Presidente Truman instrumentó y que fuera conocida como su Doctrina de los años de la década del 40 del siglo XX, la llamada Estrategia de la Contención al Comunismo, la cual tuvo su génesis en el medio intelectual-académico comprometido con la oligarquía estadounidense, propiciando la dispersión de la plática política y la consiguiente aparición de la Guerra Fría. O más tarde, en los propios EE.UU., los sucesos ocurridos a partir de 1950 y continuados posteriormente, tras el llamado "Plan para frenar las supuestas Actividades Antiamericanas", del senador McCarthy, tan lastimosamente incongruente y vil, que reiteradamente se ha pretendido minimizar para ocultar el daño que hizo, como ocurre con la Inquisición y la Iglesia Católica —salvo la dignísima actuación del Papa Juan Pablo II pidiendo perdón por esa afrenta cometida en nombre del cristianismo a la humanidad.

Estamos abocados a la búsqueda de una solución y a decir adiós a las armas más allá de las buenas intenciones. Hemingway no discernió en torno al imperio del terror que ya eran en sí mismas las diferentes administraciones de EE.UU., ni comprendió que estos pueblos de América Latina, como bien señaló Bolívar, y más recientemente lo confirma Víctor Barrera Enderle, en un texto capital titulado Literatura y Globalización, 2 en el que señaló: "nos gestamos en el vientre de la otredad". Pero eso es válido para otros pueblos no americanos también, por tanto, en el año en que se cumple el  aniversario 110 del nacimiento del genial escritor estadounidense y los 80 de la aparición de su emblemática novela Adiós a las armas, no podemos obviar qué deben hacer los intelectuales dotados de una responsabilidad cultural para ayudar a frenar las guerras y otros oprobios que ennegrecen los tiempos actuales. Si tratamos de explicarnos y dar respuestas artísticas, culturológicas, sociológicas, antropológicas, políticas e ideológicas a los avatares del capitalismo espasmódico que pervive; entonces, en buena medida, estamos dando pasos seguros, mucho más contundentes que los dados por Hemingway, pero sin restarle importancia a lo hecho por él.

Notas:

1 Cf. Ulrich Brand: "Hegemonía y espacios para la resistencia", en Colectivo de autores (con prólogo de Fernando Martínez Heredia). Pensar a Contracorriente I. La Habana. Editorial de Ciencias Sociales. 2005. p. 87.
2
Véase Víctor Barrera Enderle. Literatura y Globalización. La Habana. Cuadernos CASA 43. Fondo Editorial Casa de las Américas. 2008.


Trabajo leído en el 12° Coloquio Internacional Ernest Hemingway, celebrado en Ciudad de La Habana bajo los auspicios del Museo Ernest Hemingway de Finca Vigía en coordinación con la Cátedra Hemingway del Instituto Internacional de Periodismo José Martí del 18 al 21 de junio de 2009.

 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
IE-Firefox, 800x600