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Sentir la guerra, ver sus
efectos devastadores —en algunos
casos, llamados engañosamente
por los teóricos modernos
“efectos colaterales”—, no es un
privilegio para nadie, pero sí
una oportunidad insólita y hasta
repetible, desgraciadamente.
Quizá hoy necesitemos un “adiós
a las armas” rotundo, y no un
pueril plan de paz universal
donde los resquemores políticos,
económicos, sociales, religiosos
e ideológicos, sean cada vez más
centellantes y más propensos a
que continúen los conflictos a
diferentes escalas. Ernest
Hemingway, el hombre al que
homenajeamos en el
aniversario 110 de su nacimiento,
escribió una obra que merece
analizarse ahora que, por
casualidad, coincide con la
celebración que hacemos al
cumplir 80 años de su primera
publicación. Nos referimos a la
novela Adiós a las
armas.
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Al comienzo de la Primera Guerra
Mundial, el suroeste de Europa
era una región en la que
pugnaban intereses de diversos
tipos. Allí, paradójicamente, el
28 de junio de 1914, con motivo
de unas maniobras militares a
efectuarse en Bosnia, el sobrino
del Emperador Francisco José, el
ya célebre Archiduque Francisco
Fernando, heredero del trono de
Austria-Hungría, hubo de ser
asesinado por el estudiante de
origen serbio nombrado Gavrilo
Príncip, como resultado de una
conjura que precipitó el trance
bélico y con ello la muerte de
miles de inocentes. Pero el
problema político-económico,
a tenor de una aventura de
rapiña entre las grandes
potencias de entonces, devino
realidad el desencadenante de
esa Primera Guerra; y para el
caso el escritor al que estamos
homenajeando, Ernest Hemingway,
en cuanto a su obra Adiós
a las armas, no quiso
analizar los pormenores del
dilema armado, sino, como
siempre hacía en su obras, rozó
solamente una arista propicia
para contar una historia, tal y
como se refleja en las páginas
de la novela aludida.
En esa dimensión artística,
Hemingway elucubró el quid de su
novela con la lógica
articulación de personajes y
situaciones, pero Adiós a
las armas (Farewell to
Arms) aparecida en 1929, es
una obra sobre la guerra, a
pesar de los años que ya habían
transcurrido. Refleja la
degeneración de la condición
humana bajo las circunstancias
de un problema como el que había
acaecido en Europa. Es, en suma,
y según la visión de Hemingway,
una serie de derrotas humanas
dentro de una continua y
terrible consecuencia: la
lluvia, el cólera, los soldados
que se mutilan a sí mismos para
no ir a pelear y la declinación
progresiva de Rinaldi, uno de
los principales personajes que
aparece al principio, activo y
lleno de vida. En contraste,
Hemingway nos presenta, como una
antítesis esperanzadora, el amor
del teniente Henry y de
Catalina. Amor y desesperación
se asocian constante e
intensamente hasta el final:
Catalina muere al dar a luz al
hijo de ambos, pero nacido fuera
del matrimonio.
Y aun cada cambio en la forma,
cada avance en la destrucción,
reviste a la novela de una mayor
vitalidad. Después de la derrota
de Caporetto, Henry,
completamente desengañado,
decide seguir sus propios
objetivos. Abandona a sus
amigos, su responsabilidad como
oficial y la total complejidad
de la vida social organizada,
representada entonces por el
ejército y la guerra. Ese
adiós a las armas se
lleva a cabo sin previa
solicitud ni permiso. El
teniente Henry deserta, y este
acto es algo profético en
relación con los futuros
momentos del autor de la novela.
Como derivación, en la época del
texto señalado se verificará la
retirada de Hemingway, que
durará hasta 1935. Y, en ese
tiempo, su obra reflejará las
influencias de tal aislamiento.
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No podemos reducir la cultura a
condicionamientos
socioeconómicos y políticos
solamente. Tampoco es hacerla
ver como el epifenómeno. Si bien
todo es cultura, no es una
paradoja perversa que hay que
ver como un recurso simbólico y
nada más. En tal sentido, pese a
la amplia perspectiva literaria,
la novela tiene un enfoque
catártico, en cuanto a su
personaje Henry, —y también a
Catalina— de subestimación del
significado de la fuerza. Ahí,
por tanto, hay una idea
tendenciosa, porque no resulta
claro si el abandono de todo es
una transición hacia lo soñado,
o es un escape de lo que se
vive. En ese proceso, hay un
intento precario de ampliar las
perspectivas de vida criticando
lo vivido. El discurso reflexivo
de Henry cambia a partir de la
aparición de nuevos retos, de la
carencia de la certeza por la
magnitud de lo experimentado.
Era, en resumidas cuentas, una
mirada indiscreta a su presente
lo que hacía Henry —un alter
ego de Hemingway—, y que si
nos apegamos a los conceptos de
Gramsci, nos percatamos de la
especificidad de la relación
sistema-mundo, y adquiere
relevancia especial por las
consecuencias negativas que
acarrea. No en balde, como
señala Ulrich Brand: "Gramsci
siempre subrayó que incluso las
fuerzas dominadas cuentan con
sus propios intelectuales"1.
Y si bien Hemingway fue un
intelectual particular, y no
proclive a seguir una línea
revolucionaria como la
entendemos hoy, más tarde
comprendió, cuando la guerra en
España, que lo importante es ver
cómo los intelectuales se
vinculan a las fuerzas
progresistas.
La novela que analizamos
transita por un dilema inherente
a toda obra relativa a la
posguerra, cuando los problemas
son relativamente de
subsistencia. Sin excederse en
el objetivo, Hemingway quiso
llegar a un punto en que los
valores del cambio de mentalidad
eran vistos con registros
sonoros de fanfarrias,
desprovistos de un proceso de
liberación más real que
simbólico. Por ello, la novela
no puede verse como un todo
orgánico, sino en dos aspectos
que persiguen un resultado de
contacto con la época. Por un
lado, la existencia de un hombre
agotado, con un deterioro
gradual en poco tiempo, y, por
otro, la posibilidad de acceder
a otros planos menos agrestes
posibilitados por otra cultura
en un estadio liberal; pero, en
la práctica, era el mismo hombre
que se caracterizaba en la
generación de una vida alienada,
y que pretendía transformar su
rol simbólico por uno de más
prestigio social, aunque con un
matiz de anonimato.
Sería interesante detenerse en
este estudio e ir hurgando en
los conflictos antropológicos
generados a tenor de las
variaciones histórico-económicas
de la época, y el grado de
autonomía adquirido por el autor
de la novela sopesado por el
paradigma del modo de vida
norteamericano. Pero la guerra
fue en Europa, región
comparativamente diferente, y
eso hay que tenerlo siempre
presente, a la hora de hacer
cualquier examen, por efímero
que sea. Nadie puede abstraerse
a este singular conflicto
existencial, pues la Primera
Guerra Mundial no solo fue la
rivalidad económica entre
naciones y su armamentismo;
también lo fue por las alianzas
y el despertar nacionalista de
algunos núcleos de población
europea. Ella provocó, además
del surgimiento de la Liga de
las Naciones, propuesta por el
Presidente de los EE.UU.,
Wilson, el hecho de que el
fascismo abriera sus puertas,
como también el
nacional-socialismo, y todo ello
repercutió en un modo de ver la
vida que hacía más vulnerables a
los hombres.
Hoy los tiempos son otros, y
aunque también hay otros matices
trascendentes, los conflictos
armados han adquirido una
sustanciación mayor que en el
período mencionado, gravitado,
entre otros aspectos, por la
caída del Socialismo Real
Europeo, que conllevó a un
estancamiento de las izquierdas
como fuerzas progresistas; la
implantación de un pensamiento
hegemónico que parte de una
Globalización Neoliberal cada
vez más quemante de las
aspiraciones de los pueblos y de
sus clases más empobrecidas, y,
en los últimos tiempos, con el
agravante de una profunda crisis
del capitalismo, que ha puesto
al mundo a pensar en su vida y
futuro como nunca antes, a
replantearse sus valores humanos
y sociales, y a dimensionar los
efectos negativos de un proceso
desestabilizador inimaginable
por ricos y pobres. Es en estas
circunstancias que la
responsabilidad de los
intelectuales no puede
abstraerse a un plano
creativo-existencial de manera
individual, sino que está
comprometido con un tratamiento
más allá de una banalización del
problema, vale decir, una
repetición exagerada del hecho
cierto de que estamos en crisis
en el mundo. Corear una y otra
vez lo de la crisis es una
divagación larga y sinuosa, y
carente de significación real de
lo que ocurre; en todo caso, es
una suerte de mala recepción por
todas las partes del problema en
sí; por ende, hay que ir más
allá, como ha ocurrido desde el
surgimiento del Foro Social
Mundial de Porto Alegre, para
evitar a toda costa una
reiteración de aquello que el
Presidente Truman instrumentó y
que fuera conocida como su
Doctrina de los años de la
década del 40 del siglo XX, la
llamada Estrategia de la
Contención al Comunismo,
la cual tuvo su génesis en el
medio intelectual-académico
comprometido con la oligarquía
estadounidense, propiciando la
dispersión de la plática
política y la consiguiente
aparición de la Guerra Fría.
O más tarde, en los propios
EE.UU., los sucesos ocurridos a
partir de 1950 y continuados
posteriormente, tras el llamado
"Plan para frenar las supuestas
Actividades Antiamericanas",
del senador McCarthy, tan
lastimosamente incongruente y
vil, que reiteradamente se ha
pretendido minimizar para
ocultar el daño que hizo, como
ocurre con la Inquisición y la
Iglesia Católica —salvo la
dignísima actuación del Papa
Juan Pablo II pidiendo perdón
por esa afrenta cometida en
nombre del cristianismo a la
humanidad.
Estamos abocados a la búsqueda
de una solución y a decir adiós
a las armas más allá de las
buenas intenciones. Hemingway no
discernió en torno al imperio
del terror que ya eran en sí
mismas las diferentes
administraciones de EE.UU., ni
comprendió que estos pueblos de
América Latina, como bien señaló
Bolívar, y más recientemente lo
confirma Víctor Barrera Enderle,
en un texto capital titulado
Literatura y Globalización,
2
en el que señaló: "nos gestamos
en el vientre de la otredad".
Pero eso es válido para otros
pueblos no americanos también,
por tanto, en el año en que se
cumple el aniversario 110 del
nacimiento del genial escritor
estadounidense y los 80 de la
aparición de su emblemática
novela Adiós a las
armas, no podemos obviar qué
deben hacer los intelectuales
dotados de una responsabilidad
cultural para ayudar a frenar
las guerras y otros oprobios que
ennegrecen los tiempos actuales.
Si tratamos de explicarnos y dar
respuestas artísticas, culturológicas, sociológicas,
antropológicas, políticas e
ideológicas a los avatares del
capitalismo espasmódico que
pervive; entonces, en buena
medida, estamos dando pasos
seguros, mucho más contundentes
que los dados por Hemingway,
pero sin restarle importancia a
lo hecho por él.
Notas:
1
Cf. Ulrich Brand: "Hegemonía y
espacios para la resistencia",
en Colectivo de autores (con
prólogo de Fernando Martínez
Heredia). Pensar a
Contracorriente I. La
Habana. Editorial de Ciencias
Sociales. 2005. p. 87.
2
Véase Víctor Barrera Enderle.
Literatura y
Globalización. La Habana.
Cuadernos CASA 43. Fondo
Editorial Casa de las Américas.
2008.
Trabajo leído en el 12° Coloquio
Internacional Ernest Hemingway,
celebrado en Ciudad de La Habana
bajo los auspicios del Museo
Ernest Hemingway de Finca Vigía
en coordinación con la Cátedra
Hemingway del Instituto
Internacional de Periodismo
José Martí del 18 al 21 de
junio de 2009. |