Año VIII
La Habana
2009

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 

Don Cayetano el informal

Alfonso Hernández Catá (España, 1885 - Brasil, 1940)

 

Cuando don Cayetano salía cada mañana a las ocho y media de su casa de Jesús del Monte y, a paso corto, dejando atrás la nubecilla azul de su veguero, iba hasta la línea del carrito, cuantos se cruzaban con él tenían la ilusión de ver reanimarse una estampa antigua.
 

Alto, armónico de miembros, de avellanado rostro donde el pelo, las patillas y el caudaloso bigote blanqueaban realzando el negro vivaz de los ojos; con su flus de casi charolada albura, su panamá que parecía marfil flexible, y su sonrisa niña a la que daba edad un diente de oro, dijérasele en demanda de la volanta o del quitrín y no del vehículo eléctrico.

Resumía los rasgos cardinales del criollo. Y evocadas por su apostura sin empaque y su llaneza señoril, la hidalguía española y la bondad cubana venían tan simultáneamente al pensamiento que formaban una imagen sola. Lo mismo podía concebírsele desplegada la diestra sobre el pecho entre la golilla de encaje y el áureo pomo de la espada, que con guayabera constelada de estrellas de cinco puntas, machete y sombrero levantado por delante para mostrar mejor la alegría de la faz bajo la escarapela.

— El niño sabe a guanábana y a “son” cantado en un bohío, pero sabe también a peninsular de los buenos —decía con arrobo la negra casi centenaria, esclava antaño de la casa, para la cual guardaba siempre don Cayetano algo infantil.

De este feliz, entronque de razas lo mismo que de su apellido vasco, Arrechavaleta, estaba él tan contento que solo de una cosa por igual se ufanaba: de su formalidad. Su padre, arruinado en la guerra del 68, se la dejó en herencia al retirarse a España. “Traga saliva tres veces antes de dar tu palabra; mas echa luego la vida por la boca antes de faltar a ella, pues” —solía decirle. Y esta dedicación a poner su alma íntegra detrás de cada promesa, él dio cautela y crédito, con los otros que otra vez rehízo la fortuna.

Su formalidad llegó a ser proverbial: “Lo ofrecido por don Cayetano, igual que tenerlo en la mano”, decían unos; y otros: “Palabra de Arrechavaleta escritura completa”. Incapaz de pasar a una segunda cláusula sin tener la anterior dilucidada irrevocablemente, al terminar un trato y decir su sí o su no, extendía la diestra y trazaba en el aire invisible rúbrica ya siempre presente a sus ojos. Y este además era su signo notarial, su “doy fe en absoluto”.

Llegó a ser tan extremada esta virtud, que andaba ya en las fronteras del vicio. “Papalotes, juicios y escribas son para tramposos”, aseguraba. Y como su vida era especular y a la fecundidad ubérrima de la tierra daba un trabajo nutrido de todas las sabidurías del guajiro y de todas las habilidades del colono, sus potreros medraron y sus trapiches se convirtieron en ingenios sin que nadie manchara con descontento ni envidia su auge.

Las sacudidas precursoras de la erupción patriótica del 95, lo pusieron a prueba. Hijo de español, quiso siempre conservarse equidistante de las dos pasiones diametrales, con una dignidad tan palmaria que quitase a su prudencia toda sospecha de cuquería. Había casado con cubana, y cubano era él y eran cubanos sus dos hijos; más allá, lejos, junto a las brumas norteñas del Cantábrico, un viejecito que esperaba a la muerte habría sentido caer una hora amarga en su hora última si el menor de sus hijos —los otros estaban uno en la Argentina y el otro en Chile: siembra pródiga de aventurero hispánico— hubiese levantado armas contra España.

Fue una disyuntiva dolorosa, tan claramente dolorosa, que nadie pensó que las comodidades del hogar o el temor a los riesgos de la manigua lo retenían. Pero no bastó su abstención: época asaeteada por relámpagos pasionales, no ya los hechos, no ya las palabras: hasta los silencios eran interpretados; y fue inevitable partir.   ¿A dónde? A España no: habría sido ir a repetir en la ribera opuesta, y mucho más agudamente, el mismo problema.

Se trasladaron a Tampa y desde allí asistieron a los primeros arrebatos de la revolución. Ya los muchachos crecían, y el alma se les iba por los labios. Don Cayetano no osaba contener las patrióticas voces, que eran como la voz de su alma muda. Y un día creyendo ir a buscarlos, entró en una reunión pública en la que un hombre de frente vasta, de ojos alucinados y palabra tan pronto metálica como sedosa, plasmaba ante la muchedumbre la imagen aún inexistente de la Patria.

Al salir, después de los gritos de entusiasmo, rezagóse un grupo en torno al tribuno. Don Cayetano no consiguió apartarse y siguió con ellos, bebiendo sediento las palabras que adquirían en la intimidad una elocuencia más persuasiva aún.

— Quien no tenga libertad para dar su vida a la causa, dé algo de su hacienda, o su pensamiento o su simpatía... Si el dinero no fuera estrictamente necesario, pediríamos almas nada más. La guerra, cuando es buena, cuando es santa, necesita por igual de sonrisas que de sangre. Hay que hacer virtuoso al inteligente y útil al tibio.

Don Cayetano sentía que esas frases eran dedicadas a él. La unción del acento en aquel predicador de exterminio daba a cuanto decía un sentido humano, razonable, necesario, tierno. Para formar milicias parecía que el tono imperativo de Iñigo de Loyola, su santo ancestral, fuese más eficaz que aquel suave dejo que infundía a las palabras gracia de florecillas — unas fioreti rojas, manchadas de una sangre que pudiera lavarse después. Y él, que acaso no hubiese seguido al santo áspero, seguía dócil el eco de la voz seráfica.

Tarde, muy tarde, logró quedarse a solas con el cautivador de almas, y le dijo:

— Yo no tengo libertad para ir a la guerra; pero quiero contribuir a ella... Si alguna vez, que no lo quiera Dios, quedo libre, iré... ¡Iré, palabra! Mañana le enviaré a usted tres mil pesos.

— Gracias en nombre de Cuba. Yo le remitiré enseguida un recibo provisional.

— No, no... Nada de papeles. Ni yo se lo prometo con escrituras. Ni quiero escrituras después. Tres mil pesos. ¡Dicho!

Y extendió la diestra para poner su rúbrica en el aire.

El noble rostro de la frente y los ojos de la luz se aclaró Con una sonrisa, y la voz se tornó jovial para decir, mientras palmoteaban las manos:
 

—¡Ya sé quién es usted! Don Cayetano Arrechavaleta... Déjeme estrechar contra el corazón ese pecho noble. He oído hablar tantísima de usted, que me parece conocerlo. No se me corte, no... ¡Feliz quien logra hacer una leyenda de su hombría de bien!

El día en que don Cayetano recibió de Zarauz una carta de luto y pudo disponerse a cumplir su palabra de ir a la guerra, ya había muchos huesos heroicos en los campos y un verdor auroral efundíase del horizonte casi lleno aún de noche.

Fueron solo seis meses de fatigas y esperanzas. Pero supo de los cansancios, de la hamaca mecida entre dos quiebrahachas, de los sobresaltos del tiroteo, de los galopes rudos, de las alarmas, del fuego, de la sed, de la herida sin vendas, de la traición de las tembladeras y de algunos hombres, de los cortos reposos en las prefecturas, del maíz salcochado y de los mangos verdes. Y cuando llegó la hora dichosa de entrar en La Habana tras el Generalísimo, ni aun los que estaban en la manigua desde el primer momento pudieron dejar de tratarse de igual a igual.

Al calmarse el hervor de los primeros goces de la libertad, don Cayetano no quiso seguir en la estela tumultuosa y ya estéril de la guerra: colgó su media cinta y su canana, dejó las disputas de la ciudad y se marchó a enderezar su hacienda arruinada otra vez. Solo su probidad y su formalidad consiguieron triunfar de los pescadores de do revuelto. Gastó en deslindes, atrajo braceros, roturó, labró, sembró. Y fue la suya la primera cosecha cogida en tierra libre... Un año después el mar vegetal de los cañaverales ondulaba al paso de la brisa... Un año después y no antes: que aún en la tierra más próvida del mundo el buen acero del arado trabaja menos de prisa que el de las armas.

Don Cayetano estaba contento... El azúcar subía, subía. Cada vez era un cuarto de centavo más, y las codicias de la vampiresa Wall Street buscaba día tras día ingenios que adquirir. ¡Ah, si el agente no se hacía ilusiones —y siendo su agente era el más formal entre todos— iba a hacer un negocio mirífico! Puesto que las dos últimas zafras habían sido de cien mil sacos, bien podían los representantes del trust yanqui ofrecer aquella cantidad enorme... ¡Iba a ser rico, rico en dinero, sin preocupaciones, sin deber a los bancos! ¡Rico para poder ya descansar e irse de viaje mucho tiempo; rico como don Nicolás Castaños; rico para no importarle que sus hijos Bebito y Tano jugaran fuerte en el Unión Club y tuvieran tres “máquinas” mientras él iba en el carrito..., porque ya no había guagua! ¡Iba a ser rico!... Aquella noche se reuniría con el gerente y los dos americanos en el “Restaurant París”, y a la mañana siguiente, aún cuando para él no habría sido preciso, claro está, irían a casa del notario a dar la minuta de la escritura... ¡Iba a ser rico!

La reunión fue breve y, sin embargo, pesada. Contra toda previsión, no eran don Cayetano y el agente quienes insistían con sus voces lentas y gangosas los americanos martilleaban: “Queda entendido que mañana a las nueve..., a las nueve, para poder tomar nosotros el barco... City Bank garantiza la operación... Si el señor quiere una cantidad a cuenta o firmamos siquiera una opción... “

Don Cayetano se enojó: “¿No valía su palabra más que todos los anticipas y opciones del mundo? Por el ojo de una ‘o’ se escapa un pillo... Ya estaba su palabra dada, y nada más.” El agente debió explicarles en inglés la historia y el renombre de don Cayetano, porque los sajones se pusieron en pie y se deshicieron en excusas, mirándole con una curiosidad semiasustada, sin atreverse a decir que en el mar de los business naufragan las formalidades. Y todavía al despedirse volvieron a repetir:

— Nos alegramos de que usted sea así, tan caballeroso... Mañana a las nueve, en la notaría.

Don Cayetano regresó a su casa algo nervioso ¿El exceso de comida? ¿El trabajo de seguir una conversación tan enojosa? Sentíase pesado. No pudo leer el alcance del Diario según su costumbre. Abrió la ventana, y el olor de los jazmines del Cabo y de los heliotropos concluyó de turbarle... Temiendo el insomnio, tomó la precaución, rarísimas veces precisa, de prevenir el despertador para las siete. Contra sus temores, quedóse dormido poco después pero no dormido como siempre: dijérase que estuviera en dificilísimo equilibrio sobre esa línea sutil que separa la vigilia del sueño.

Su olfato diferenciaba todos los perfumes frutales y florales del patio; sus ojos veían la ventana, la llama fresca del flamboyán la luna quieta que agrisaba el blanco calizo de las paredes. Y tras una inquietud más intensa, vio abrirse la puerta poco a poco, y avanzar hacia él a un hombre envuelto en misteriosa penumbra de la cual solo se destacaban los ojos y la frente.

Quiso incorporarse para coger un arma, y no pudo. Un ademán aquietador, dulce, calmó su sobresalto. Y una voz, balsámica también empezó a hablarle con suave reproche. ¿Dónde había él escuchado ya aquella voz?

Y la voz dijo:

—¿Qué vas a hacer, don Cayetano? Cayetano Arrechavaleta, cubano hijo de vasco y de cubana, ¿qué vas a hacer? Tu palabra es tu orgullo, y la has dado; pero la has dado para algo que no es tuyo del todo. Vas a vender tu finca. Vas a cambiar por un monte de oro sin raíces, de oro que puede ponerse y quitarse en cualquier sitio, la sabana fértil y la cañada, y el valle hermanito menor del Yumurí, y aquel sitio donde un palmar dibuja en el suelo la estrella caída del ramaje: sombra dulce donde siempre se refugian los niños... Has dado tu palabra... Pero tú no sabes que ya se ha dicho: “La lengua ha jurado, el alma no ha jurado”. Y tu palabra la pronuncia la boca, pero después de haberla fraguado la conciencia. Mejor es, tú lo sabes, decir noblemente: “Me equivoqué”, que mantener una palabra loca; sobre todo una palabra injusta, impura, delictuosa en ese otro Código más ancho que el que mueve juzgados y notarías... No exagero. Antes me quedo corto, por estimación a ti. Vamos a ver: ¿Podrías dar tu palabra para vender tu apellido? Tu Arrechavaleta es de tus padres y de tus hijos:

lo tienes en préstamo. Pues la tierra también. La tierra es para los abuelos y para los hijos. Está abonada con huesos de compatriotas nuestros, regada con sangre y con lágrimas. Mientras tú peleabas por Las Villas, otros cubanos peleaban por toda la tierra de Cuba, sobre la de tu hacienda también. Como no somos grandes y hemos luchado tanto, apenas hay de San Antonio a Maisí tierra sin muertos. Las brumas que cubren tu hacienda en los crepúsculos son las ilusiones que cien generaciones pusieron en ella. Si ahondas en tu monte de oro, nada encontrarás. Si ahondas en tu sabana, en tu valle, en tu cañada llena por las tardes de sombras color violeta, hallarás las aguas lustrales de nuestro mar Caribe... No os ha bastado hacer de nuestro país un país diabético a merced del mercado vecino, y queréis hacer mercado de la tierra misma, de la tierra sagrada cuya venta pueden echaros en cara desde Hatuey al último vástago de la última entraña cubana fecunda. ¡No, que no se contagie el corazón del oro de ese diente que

amarillea entre tus labios! No, Cayetano Arrechavaleta, tú no, ¡tú no! ... Luchaste por la libertad; mas por la libertad hay que luchar en cada minuto, de mil modos, y ahora eres soldado de vanguardia en el decisivo combate. La guerra no empieza nunca en la primera batalla ni acaba con la última... Ahora nos falta fundar, consolidar, combatir con lo peor de nosotros mismos —vanidad y cólera— que queda siempre exacerbado después de la pelea. Sé que has empeñado tu palabra, tu orgullo; y, sin embargo, hoy la rúbrica de tu mano ha de borrarse en el viento. Dejarás de ser formal una vez: ¡gran sacrificio! Pero pesa en la balanza que todos llevamos en la conciencia, y pon de un lado el dinero y del otro los perfumes que te llegan, el aire que te envuelve, la cama de tierra libre que reemplazará un día, para siempre, a esa cama donde ahora reposas... ¡No, tú no venderás el pedacito de tierra que es tuyo, casi tuyo!... ¡Cayetano Arrechavaleta, venderás!... ¿Verdad que tú no venderás?

Un temblor angustioso recorrió el cuerpo yacente. Otra vez quiso incorporarse hacia la aparición, y su boca dijo sin necesidad de palabras:

 —¿Quién eres tú que me hablas de ese modo? ¿Dónde te he oído antes? ¿Por qué tu voz me remueve hasta lo más profundo y pone en mí ser vibraciones nuevas? Dime tu nombre... ¿Quién eres? ¿Quién eres?

La sombra sonrió dulcemente y respondió estas tres palabras luminosas, en un susurro:

— Soy José Martí.

Al trepidar el despertador una frazada cayó en repetidos dobleces sobre él hasta ahogar su repique. Con los párpados muy apretados, invocando un sueño lleno de grietas abiertas a la realidad, don Cayetano durmió hasta muy tarde. Fueron vanas las llamadas telefónicas de la notaría y las tres visitas del agente. Fiel a su orden, el criado de mano dijo a cuantos vinieron a buscado que se había ido al campo.

La noticia de la primera informalidad fue comentada con ese tono empavorecido con que se habla de los fenómenos que vulneran las grandes leyes del mundo. Y con la injusticia con que se exige todo de quien ya lo ha dado casi todo, bastaron aquellas horas para teñir con su sombra aparente tantos años de vida inmaculada. “¿Qué te parece lo que ha hecho Arrechavaleta?” “Vaya usted a fiarse.” “Puede que quisiera aún más plata.” “No, eso no, imposible...” Los financieros más expertos aseguraban que había hecho un mal negocio. Pero cada vez que algún indiscreto aludía a su incomprensible conducta, don Cayetano decía:

—Llámeme usted don Cayetano el informal. ¡A mí, sí: lo merezco! Prometí, y falté; di mi palabra, y no fui.

Y sonreía con sonrisa feliz, cual si por debajo de sus propias vituperaciones acariciara lo más hondo del alma un secreto inefable.


Alfonso Hernández Catá (1885-1940) Nació en Aldeadávila de la Ribera, Salamanca, España, el 24 de junio de 1885, de padre español y madre cubana; y murió en un desastre de aviación en Río de Janeiro, Brasil, el 8 de noviembre de 1940. Colaboró con frecuencia en periódicos y revistas españoles y cubanos. Ingresó en la carrera consular y diplomática y fue así representante de Cuba en diversos países hasta llegar a ser embajador. Se discute su nacionalidad literaria, aunque él siempre proclamó su cubanía. Pero sus novelas y cuentos no poseen nunca carácter localista. El ambiente y la problemática de nuestro país solo aparecen esporádicamente en sus obras. Parte de su obra narrativa son: Cuentos pasionales (1907), Pelayo González (1909), La juventud de Aurelio Zaldívar (1911), Los siete pecados (1918), Los frutos ácidos (1919), El placer de sufrir (1920), La voluntad de Dios (1921), Una mala mujer (1922), La muerte nueva (1922), La casa de las fieras (1922), Libro de amor (1922), El corazón (1923), El bebedor de lágrimas (1926), Piedras preciosas (1926), El ángel de Sodoma (1926), Mitología de Martí (1929), El gigante y la niña débil (1931), Un cementerio en las Antillas (1933) y Cuatro libras de felicidad (1933).

 
 

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