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El extraordinario crecimiento económico
de Asia, el balance entre tradición y
modernidad de su evolución política y
socio-cultural es quizá, a nivel
internacional, uno de los
acontecimientos más interesantes de
finales del siglo XX y del XXI que
vivimos.
Muchos analistas coinciden en que en la
rápida inserción de Asia en la dinámica
globalizadora, sobresalen al menos
cuatro importantes rasgos. Sin pretender
establecer prioridades, podrían citarse
la ampliación de las estrechas fronteras
de los Estado-nación, lo que les ha
permitido la inclusión en las grandes
redes del comercio, la economía, las
finanzas y la política internacionales.
De economías básicamente exportadoras,
han logrado convertirse en grandes
consumidores con el incremento de una
cada vez mayor clase media. La
aplicación de un alto desarrollo de la
tecnología —sobre todo la informática y
las telecomunicaciones— en todas las
esferas del desarrollo humano, y el
protagonismo, sin precedentes, de la
mujer, logrando salir de los marcos de
la tradición y la dominación patriarcal
en Asia, son algunos de los rasgos más
sobresalientes.
Pero Asia continúa siendo región de
grandes contrastes. Los ensalzados
niveles de crecimiento económicos, aún
siendo una realidad, todavía no resultan
equitativos ni a nivel doméstico, ni
desde el punto de vista regional. Junto
a las megas metrópolis asiáticas
conviven millones de seres humanos que,
por karma o no, siguen naciendo,
creciendo y multiplicándose bajo los
aterrorizantes límites de la pobreza.
Los ejemplos abundan. Afganistán, un
país destrozado y dividido por siglos de
guerras, es actualmente uno de los más
pobres del mundo; Indonesia e India, dos
de los más poblados del planeta,
enfrentan los problemas derivados de su
superpoblación, grandes masas humanas en
la pobreza, migraciones de áreas rurales
a las ciudades y limitaciones en los
recursos naturales, etc.
Y es que Asia es también resultado de un
traumático pasado colonial. La región
sobreviviente al atraco, las políticas
marginadoras, el estancamiento
económico, las guerras, el hambre y toda
la impronta negativa que pudo dejar el
colonialismo, ha alcanzado los sólidos
niveles de crecimiento a costa de ese
pasado. El colonialismo europeo se
sirvió en mesa de lujo y al fin de la
cena se marchó sin mirar los restos.
Es India uno de esos países asiáticos
que no solo sobrevivió, sino que se
impuso de manera sorprendente a su
realidad de colonia explotada, servil y
finalmente abandonada con una
escuálida economía propia de las
deformidades de siglos de colonialismo.
Comprender los fundamentos en que se
erige el sorprendente despegue económico
que, a partir de 1947, experimenta este
país, exige de un análisis profundo. Se
presenta entonces, como una buena
oportunidad, India: su evolución
hacia el siglo XXI, un libro de
fluida narración que abarca una
descripción general de la India post
colonial y que describe las principales
políticas económicas que se instrumentan
en renglones determinantes como la
agricultura y el comercio exterior, sin
obviar las directrices de su proyección
actual de manera regional e
internacional. El libro presenta una
panorámica del progreso sostenido de la
economía a través de los planes
quinquenales que se hicieron
imprescindibles como forma de controlar
y salir del estancamiento económico.
Las páginas de India: Su evolución
hacia el siglo XXI, sobrias en su
contar, traslucen, por una parte, los
años de estudio de una de nuestras
mejores conocedoras de temas
relacionados con la filosofía, la
historia y la política en Asia,
particularmente Asia Sur. María del
Carmen Solana Valdés, por muchos años
investigadora del Centro de Estudios
sobre Asia y Oceanía y profesora de la
Universidad de La Habana, perfila en
este libro el avance económico y las
estrategias de inserción del país en los
mayores foros regionales e
internacionales. Como coautora, una
especialista en información
internacional del citado centro y el
prólogo a cargo de Juan Carretero, uno
de los embajadores cubanos en India.
Los anexos, como apoyo, y para la mejor
comprensión de este libro, grafican los
logros y proyecciones del gobierno,
teniendo en cuenta distribución
demográfica, principales regiones y los
niveles de desarrollo alcanzados en
renglones cardinales de la actividad
económica. Las fuentes, actualizadas,
incluyen una cuidadosa selección de la
visión del proceso económico a través de
posiciones oficiales del gobierno indio
y analistas del país, a lo que se unen
informes de organismos internacionales
como el Banco de Desarrollo Asiático.
Autosostenimiento y autosuficiencia son
dos palabras claves para entender los
impresionantes avances económicos de
India. India: su evolución hacia el
siglo XXI pone especial
énfasis en como la planificación con una
base quinquenal se concentró, desde su
etapa inicial, fundamentalmente en el
crecimiento de la producción, como base
para la reducción de los grandes niveles
de pobreza.
La diversificación de la base industrial
y la eliminación del hambre han sido
desde su independencia los objetivos
centrales del gobierno indio. Para ello,
en 1948 India establece la Resolución de
Política Industrial en la que se abría
el camino a un tipo de economía mixta,
donde ramas como la energía atómica y
los ferrocarriles pasarían al control
estatal, mientras el sector privado, que
desempeñaría una función imprescindible,
se haría cargo de la industria minera,
del acero, etc. El capital extranjero,
por su parte, sería admitido con
determinados niveles de regulación.
Pero la independencia de un poder
extranjero no es una cuestión ni
exclusivamente económica, ni meramente
cronológica. En un primer momento, la
independencia del aparato dominador de
la metrópoli, de sus mecanismos de
control político y económico resulta el
disparo de salida. Pero la meta puede
estar muy distante y el camino a
transitar complejo y sinuoso.
India, de estructura federal y
multinacional en su esencia, con
fronteras porosas en su totalidad por
las que diaria e históricamente se
trasladan en todas direcciones no solo
millones de seres humanos huyendo de la
miseria, buscando oportunidades de vida,
sino que incluso se desplazan armas,
drogas ilegales y grupos insurgentes, lo
cual pone constantemente en peligro la
estabilidad política y la unidad
nacional, tiene entre sus mayores
combates el desarrollo rural, la
protección ambiental y el aún limitado
acceso a recursos naturales como el
gas y el petróleo —uno de los mayores
consumidores a nivel mundial— el reto de
eliminar la pobreza y el logro de
generalizar la educación.
Bajo la corona británica, India se
convirtió en mercado suministrador de
Gran Bretaña y sus posesiones de
ultramar. Aún cuando en India se
favorecieron algunos sectores, como la
creación de una infraestructura de
transporte y comunicaciones, etc., según
las prioridades de la metrópolis, la
economía altamente dependiente,
escasamente tecnificada y menos
diversificada contaba con un sector
agrícola que aportaba el 50% del
Producto Interno Bruto. Su comercio
exterior, —y siempre nos vienen a la
mente los fabulosos cuentos de la India
de los siglos XVIII y XIX, una
“verdadera mina de oro”, al decir de
las propias autoras, en cuanto a
especias, manufacturas, tejidos,
joyería, etc.— lógicamente también
favorecía en casi su totalidad a
Inglaterra, y al producirse la
independencia, es este precisamente uno
de los sectores que más sufre al caer
por su baja competitividad y su falta de
capital.
La colonización inglesa representó un
rompimiento a la estructura de
producción económica de India al
suprimir más que desalentar la industria
textil nacional, evitando así la
competencia que podría significar esta
producción para la metrópoli. Esto por
supuesto, trajo aparejado el rompimiento
también del flujo tradicional de
relaciones comerciales de la India con
la región.
Desde el punto de vista social, la
colonia se ocupó de preservar el
status quo y evitar cambios en las
estructuras sociales, mantener el
régimen de castas convenientemente
usado, mal usado y manipulado. Como en
la gran mayoría de las colonias, siglos
de dependencia de la metrópoli es causa
de postración social en primera
instancia. Se trata, como uno de los
principales objetivos, de lograr la
sumisión de millones de seres humanos
inmersos en el convencimiento del
destino invariable, en la apatía
política, el analfabetismo, el
sometimiento de la mujer y por tanto la
transmisión de una generación a otra de
un modelo de pensamiento, único,
inamovible, estático, propenso a la
manipulación de credos, fe, costumbres e
incluso el más absoluto de los
oscurantismos.
Pero, en los inicios del siglo XX ya
India no era la sociedad fácilmente
dominada. Los problemas económicos
derivados de la I Guerra Mundial, los
estallidos de violencia armada, junto a
la campaña de resistencia pacifica
liderada por Gandhi que se expande por
todo el país y la represión británica
convierten a India en un polvorín. El
fin: el logro de la independencia, los
medios: disímiles y contradictorios como
todo proceso independentista.
En agosto de 1947 India logra la tan
ansiada y costosa independencia. La
incertidumbre sobre el futuro económico
del país a partir de esta independencia,
hicieron que en 1948 se aprobara la
Resolución de la Política Industrial que
abogaba, en primera instancia, por la
necesidad de instaurar una economía
mixta. Esta sería el inicio sobre el
cual se erigiría un amplio espectro de
posibilidades de desarrollo económico y
donde el sector privado ocuparía una
importante posición. Se impulsaba además
el capital privado como objetivo del
proceso de industrialización. El estado
fungiría como elemento protector del
sector privado ante la competencia
extranjera. Y todo sobre la base de una
planificación centralizada, como bien
apuntan las autoras del libro.
India apostaba por el logro de un rápido
crecimiento económico, la
autosuficiencia y la justicia social. En
1951 se ponía en marcha el primer plan
quinquenal. Los logros se manifestaron.
La producción alcanzó un 25% de
crecimiento, y los índices de producción
de alimentos también se vieron
favorecidos, pero el crecimiento
demográfico significaba un freno a
cualquier avance. La planificación
familiar se convertía en una necesidad y
en el año 1959 el gobierno comienza a
dar los primeros pasos a favor del
control de la natalidad.
En los años 50 y 60, como enfatizan las
autoras, aún cuando India continuaba
dependiendo de la ayuda externa sobre
todo en el sector de alimentos, el
objetivo de la autosuficiencia iba
paulatinamente concretándose. Pero con
la década de los 70 salieron a la luz
las dificultades cuando el país se
enfrentaba a un crecimiento económico
lento, el pleno empleo se convertía en
utopía y la eliminación o al menos la
reducción de los niveles de pobreza en
un objetivo lejano.
No es hasta los años 90 del siglo XX que
se produce un cambio radical en la
manera de enfocar las reformas
económicas, cuando la crisis en la
balanza de pagos amenazaba con hacer
colapsar la economía india. La
liberalización económica se abrió paso,
centrándose en la privatización y en la
diversificación. La agricultura
continuaría siendo el tronco de la
economía. La alimentación de 2 mil
millones de personas era prioritaria. En
cuanto al comercio exterior, gracias a
la Diplomacia Económica fomentada por el
gobierno de Narasimh Rao y la Look
East Policy, India se abría espacios
sin precedentes a nivel regional e
incluso internacional.
Desde el año 2002, India clasifica entre
las 15 primeras economías del mundo
según su Producto Interno Bruto. Es en
la actualidad una potencia en emergencia
y una de las seis economías más
importantes de Asia. La energía atómica,
las telecomunicaciones, la tecnología
misilística, los programas espaciales,
la biotecnología y la informática, son,
por solo citar algunos ejemplos,
sectores de un avance tecnológico
sorprendente. Es además actualmente uno
de los destinos mundiales más llamativos
para las inversiones extranjeras y una
economía en expansión.
Contrastante y heterogénea, plagada de
históricos problemas étnico- tribales,
religiosos, fronterizos, de luchas entre
elites y partidos políticos, poblada por
una gigantesca masa humana demandante de
alimento, salud, educación y trabajo,
India se enfrenta al cotidiano desafío
que resulta dejar atrás siglos de
colonialismo. El edulcorado término de
Tercer Mundo o países en vías de
desarrollo lleva implícito la lucha
contra el subdesarrollo y el atraso
económico que nos obliga aún a padecer
nuestro pasado colonial.
Mayo, 2009 |