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En mi infancia no tuve
educación religiosa. Ni
siquiera la católica que
debemos suponer
obligada, por ser la que
detentaba el sitio
preferencial u oficial
entre los credos en
nuestro país. Y no
ocurrió porque mi
familia fuera agnóstica
o libre pensadora, sino
por no interesarse en
esas cuestiones, aparte
de que alguno de sus
miembros se convirtiera
a un determinado credo.
Incluso no dudo que de
niño me hayan bautizado
en la religión católica
―aunque nunca se habló
de ello―, convención que
al individuo le dejaba
la posterior decisión de
confirmarse, algo que no
hice. En las nada
profundas nociones de fe
que tuve encontré una
afirmación reiterada: no
estar bautizado en la
religión católica
equivalía a “quedarse
judío”. Cuando tuve edad
para interesarme en esos
asuntos la frase
“quedarse judío” me
planteó una
interrogación. ¿Acaso
suponía que ser judío
era lo espontáneo y
hacerse católico era lo
impuesto? Ergo,
nacíamos judíos y nos
convertíamos en otra
cosa. ¿Qué era lo
“natural”? Una respuesta
que, por supuesto, no es
unívoca ni obligadamente
acertada, la hallé en
las brumas históricas de
nuestra cultura
occidental, los
drásticos
acontecimientos que
colmaron el año 1492
―año bisagra si los
hay―, con la persecución
y expulsión de los
hebreos de España,
condicionados a negar su
“ley vieja” y acogerse
al credo católico, o
perder cuanto constituía
su cultura y su hábitat
para someterse a la
diáspora ―una más para
esa raza―, diáspora que
originó a los sefardíes.
La opción era la
apostasía o el
destierro, permanecer en
su vieja ley o asumir la
ley nueva, sustentada
por la Inquisición, la
Corona y las armas. El
tránsito también
implicaba el despojo y
para quienes se
quedaban, la duda, la
desconfianza, la
requisa, una
inestabilidad que sus
nuevos compañeros de fe
no le escatimaron porque
la culpa “natural” que
les atribuían los dejaba
en estado de permanente
déficit. Como vemos, el
significado de la frase
“quedarse judío” no era
tan simple, sino
complejo, como suelen
ser algunas expresiones
que por reiteradas se
vuelven proverbiales y
por impensadas,
asumidas.
Para mí el asunto no
tenía importancia
sumaria, pero me salió
al paso en la escritura
de mi novela Al cielo
sometidos, como
insoslayable afectación
a mis personajes en el
tránsito de la herejía a
la conversión, de la
práctica a la
convicción, el debate
entre fe vieja y fe
nueva, el cumplimiento o
incumplimiento de sus
rigores en un contexto
de incultura
generalizada, además de
un saco de culpas,
algunas más graves que
otras, sin descontar las
intangibles. Se me había
ocurrido situar la
anécdota de esa novela
en el sitio y el tiempo
ya indicados, un maratón
de pecados e
irreverencias. Un burdel
clandestino en la
periferia de Moguer,
mientras Cristóbal Colón
preparaba la armada con
que soñaba dirigirse a
Las Indias. El ama del
lugar se debatía en las
contradicciones de su
afirmación católica y el
cumplimiento de un
oficio indigno, sus
pecados frente a una
alardeada práctica
caritativa y el
cumplimiento de los
ritos parroquiales le
hacían merecedora de un
sitio entre los
elegidos. Como la acción
y la pretensión del
dogma alcanzaba la moral
y costumbres
consideradas non
sanctas, el ama se
sabía tan cristiana
vieja como vieja puta y
sentía el pendular de la
espada de Damocles sobre
su pescuezo. Ni ella ni
los otros personajes
afrontaban directamente
la posibilidad del éxodo
―es decir, no se harían
sefardíes―, pero todos
padecían los incordios
de la duda sobre el
ejercicio de su fe y el
martirio de no estar a
bien con Dios ni consigo
mismos bajo la
arremetida del Santo
Oficio. Todos, según el
título, quedaban Al
cielo sometidos y
yo, tan moderno y libre
pensador ―“ateo por la
gracia de Dios”, como
dijo Luis Buñuel―, desde
una cultura joven y
distante debía
comprender a mis
personajes en aquellas
circunstancias, para
mejor expresarlos. No es
difícil comprender que
mi visión rechazaba y
ponía en relieve la
locura que todo aquello
implicaba como
deshumanización y
aprovechamiento de los
bienes de los excluidos.
En el trámite los
expulsaban mientras la
Corona y la Iglesia se
apropiaban de sus
riquezas soslayando los
pruritos ideológicos de
que alardeaban. A los
personajes de mi novela
les quedaba como único
refugio la tan
perseguida y condenada
alegría del cuerpo, y la
enseñanza de que el
desprecio y las
intolerancias suelen
esconder la usurpación y
el apoderamiento. Sobre
el tono gris de la
tragedia, en un campo
arrasado por el luto y
la muerte, la mirada
puesta en la ímproba
salvación posterior,
surgía un conocimiento
vitalista.
La historia de quienes
optaron por escapar y
rehacer sus vidas en
otra parte está
documentada y este
evento subraya la
significación de la
cultura sefardí, su
expresión verbal y sus
costumbres. Otras
razones y sinrazones
tuvo la trayectoria del
territorio que dejó de
ser «la España de las
tres culturas» después
de la expulsión de los
hebreos bajo órdenes de
Isabel y Fernando en
1492 y de los moriscos
que Felipe
iii echó fuera en
1609. La religión
católica imperó por
siglos en la antigua
Sefarad, con particular
sobredimensión en el
siglo
xx por dos
dictaduras que de ella
hicieron una razón de
estado, más la
aberración del
nacionalcatolicismo
franquista. Sin embargo,
un estudio reciente de
la
American Journal of
Human Genetics
(diciembre de 2008) nos
dice que pese a la
negación y el intento de
borrar el aporte judío y
musulmán, los cromosomas
evidencian que el 20% de
la población ibérica
actual desciende de
sefardíes y un 11% de
norteafricanos.
Llamémosle pertinacia o,
si se quiere, que pese a
todo, los bautizados
“quedaron” un poco
judíos y moros. Si
parafraseamos una
sentencia célebre
podemos decir que “lo
que Natura si da,
Salamanca non quita”. En
el caso de la
ascendencia sefardí cuya
población calculan en
dos millones, las
pruebas biológicas
anuncian que solamente
en España siguen tocando
la sangre de unos ocho
millones de personas, es
decir, algo va más allá
de los números. De lo
que no quedan dudas es
del favor que las razas
y las convicciones
religiosas maltratadas
dieron a la hermosa
complejidad de las
culturas y en particular
a nuestro Nuevo Mundo.
La pérdida de aquella
Sefarad para siempre
tocada por la nostalgia
los sefardíes la
revirtieron en defensa
de su cultura, su habla
y el empeño en hacer la
vida amble.
Descendientes de judíos
de España y Portugal,
asentados con tanta
anterioridad que desde
tiempos inmemoriales ya
estaban allí, lo
llevaron su país
consigo. Cuando a la
vieja Sefarad le
nacieron retoños en
otras regiones,
estuvieron entre sus
pobladores y fundadores,
ya fuera travestidos de
conversos, o como
guardianes de la vieja
fe donde la suerte se
los permitió.
Una manera de conocer la
ascendencia judía en
zonas distantes de sus
sitios originarios es la
religión, por supuesto,
y las características de
su cultura y costumbres.
Muchos han fijado puntos
de referencia en
apellidos a los que
atribuyen orígenes
judaico y sefardí, una
suerte de cábala
caprichosa. Nunca olvido
la insistencia de una
señora docta en cuanto
yo desconozco al
atribuir origen judío a
mi González, por la
interpretación “hijo de
Gonzalo” (como Sánchez
de Sancho, Ramírez de
Ramiro), y a mi apellido
materno Zamora, que
según ella provenía de
la asunción como
apellido del toponímico
de la ciudad natal (como
Ávila o Córdoba),
costumbre que atribuyó a
los hebreos de España
que salieron a la
diáspora y se refugiaron
en Marruecos y otros
sitios. Se dice también
de los apellidos que
refieren oficios
(Herrero, Zapatero,
Carnicero), accidentes
geográficos (Valle,
Ríos, Vega), los que
exageran la nueva fe con
nombres y atributos del
cristianismo para
afirmar la sinceridad de
la conversión
(Santamaría, Cristo,
Cruz), los que refieren
cualidades físicas
(Moreno, Rubio). Como
ocurrió en los países
americanos donde existió
la esclavitud y las
dotaciones
pertenecientes a
esclavistas europeos
ostentaron el apellido
del amo
―y
hoy familias de negros
tienen apellidos de
blancos―,
en los tiempos en que
los reyes católicos
ordenaron bautizar a
moros y cristianos
recibieron nombres y
consideraciones de
principales que luego
hicieron controversiales
sus respectivas
limpiezas de sangre.
Todo eso puede ser
cierto, o aproximativo,
pero la huella judía se
palpa también en muchas
otras señales. En países
de profundo mestizaje
como el nuestro, se
diluyen las andanzas
porque no siempre se
tienen rigurosas
diferencias en el
comportamiento social.
Si conviviendo en una
sociedad donde las
prácticas religiosas
católicas constituían
lazos de identificación
y costumbres acendradas,
mi familia, sin
proponérselo, no hizo de
la fe una cuestión
significativa, podemos
imaginar lo que sucede
cuando la persistencia
oficial se empeña en
borrar un pasado
fundador, y es el caso
de España
intencionalmente
convertida en emporio
del catolicismo. Sin
embargo, a un observador
no demasiado acucioso se
le evidencian los rasgos
hebreos que perfilan a
partes de su población.
El catolicismo, una fe
mestiza desde su origen,
sobrepuso sus rituales a
los del pasado dándoles
otras connotaciones,
erigió templos donde
estaban los viejos
sitios ceremoniales, se
ensañó con quienes
ejercían creencias
diferentes y antiguas,
pero al mismo tiempo en
América procreó
variantes innúmeras y
sorprendentes. La
inadvertencia o la
lenidad permitieron la
fe mezclada de nuestros
pueblos, ritos de origen
africano en Cuba se
entrelazan con los
católicos, es exigencia
que oficiantes y
participantes en esos
ritos estén bautizados
en la fe de Roma.
Resulta notable la
catolización de los
orishas del panteón
afrocubano, al menos
cuando asoman a la vida
social. La multiplicidad
de la iconografía
católica
―aun
cuando se diga que las
numerosas advocaciones
femeninas responden a
una única virgen y que
el crecido listado del
santoral sigue rigores
eclesiales―,
han contribuido a la
confusión de que hablo.
Así las definiciones del
judaísmo no son
conocidas por la mayoría
de nuestra población,
tampoco sabia en sus
diferencias raciales.
Muchos judíos “pasan por
blancos” ante nuestros
ojos ineptos. No hemos
sido un pueblo marcado
por radicalismos de ese
tipo, aunque nuestra
historia no carezca de
desgarramientos y
crueldades que implican
la religiosidad y las
razas. Sencillamente son
otras.
La persecución y
extorsión de los judíos
españoles tuvo en
aquellos tiempos un
matiz que acentuó su
interesada crueldad. A
quienes hostilizaban
hasta que abandonaban
España, los despojaban
de sus riquezas, los
obligaban a vender
cuanto poseían, al
barato y en tiempo
récord, se ensañaban con
los que pretendieron
salvar una parte de su
patrimonio. Una crueldad
más refinada aplicaron a
los conversos en
previsión de que
judaizaran. Entraron en
un purgatorio de
desconfianza y
espionaje,
permanentemente
vigilados y denunciados
si las viejas costumbres
asomaban en sus vidas
familiares, en sus
costumbres mínimas, en
la educación de sus
hijos. La historia ha
recogido innumerables
anécdotas de cómo les
provocaban la ruina, les
documentaban causas
ciertas o inventadas,
los encerraban en
mazmorras y destruían
sus vidas, incluyendo
las de sus
descendientes. De la
Inquisición nadie estaba
salvo, siempre que
poseyera bienes que
interesaran al clero o
al reino, o a la
autoridad inmediata que
convertía en coto
privado lo que era
realengo. Resultó peor
afianzarse en la fe que
convertirse, pues
pisaban una tembladera.
Eso por un tiempo, hasta
que el frenesí
ideológico se
radicalizó. Vidas
tiranizadas bajo un
temor que los agarraba
como en una tenaza,
entre el cielo y sus
representantes en la
tierra. Lo que estamos
celebrando en estas
sesiones es,
precisamente, la
capacidad de
supervivencia de una
cultura proteica y
fuerte. Y así ha sido
con representantes de
otras, ya se tratara de
culturas tan sólidas y
antiguas como de
minorías y diferencias.
La imperfección y la
roña del hombre se han
cebado en el diverso.
Sabemos que detrás de la
intolerancia están el
expolio y la usurpación
y que todo eso tiene
poco que ver con razones
pías. Las purezas han
engendrado una escuela
de crueldad en nombre de
virtudes, sucesivas
tiranías empedraron un
camino que no conducía
precisamente al cielo
prometido. La pregunta
que se me ocurre frente
a un mundo que
históricamente incordia
al diverso, donde el
humanismo debe esquivar
vicisitudes, se la pedí
prestada a un poeta y
troqué para usarla como
título: ¿quién que es no
es judío?
Leído en las
Primeras Jornadas sobre
judeoespañoles en Cuba y
el Caribe, “Impronta de
la Cultura Sefardí en
Cuba”, Biblioteca
Nacional José Martí, La
Habana, 27 de mayo de
2009. |