Año VIII
La Habana

30 de MAYO al 
5 de JUNIO de 2009

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Quién que es no es judío

Reynaldo González • La Habana

 

En mi infancia no tuve educación religiosa. Ni siquiera la católica que debemos suponer obligada, por ser la que detentaba el sitio preferencial u oficial entre los credos en nuestro país. Y no ocurrió porque mi familia fuera agnóstica o libre pensadora, sino por no interesarse en esas cuestiones, aparte de que alguno de sus miembros se convirtiera a un determinado credo. Incluso no dudo que de niño me hayan bautizado en la religión católica ―aunque nunca se habló de ello―, convención que al individuo le dejaba la posterior decisión de confirmarse, algo que no hice. En las nada profundas nociones de fe que tuve encontré una afirmación reiterada: no estar bautizado en la religión católica equivalía a “quedarse judío”. Cuando tuve edad para interesarme en esos asuntos la frase “quedarse judío” me planteó una interrogación. ¿Acaso suponía que ser judío era lo espontáneo y hacerse católico era lo impuesto? Ergo, nacíamos judíos y nos convertíamos en otra cosa. ¿Qué era lo “natural”? Una respuesta que, por supuesto, no es unívoca ni obligadamente acertada, la hallé en las brumas históricas de nuestra cultura occidental, los drásticos acontecimientos que colmaron el año 1492 ―año bisagra si los hay―, con la persecución y expulsión de los hebreos de España, condicionados a negar su “ley vieja” y acogerse al credo católico, o perder cuanto constituía su cultura y su hábitat para someterse a la diáspora ―una más para esa raza―, diáspora que originó a los sefardíes. La opción era la apostasía o el destierro, permanecer en su vieja ley o asumir la ley nueva, sustentada por la Inquisición, la Corona y las armas. El tránsito también implicaba el despojo y para quienes se quedaban, la duda, la desconfianza, la requisa, una inestabilidad que sus nuevos compañeros de fe no le escatimaron porque la culpa “natural” que les atribuían los dejaba en estado de permanente déficit. Como vemos, el significado de la frase “quedarse judío” no era tan simple, sino complejo, como suelen ser algunas expresiones que por reiteradas se vuelven proverbiales y por impensadas, asumidas.

Para mí el asunto no tenía importancia sumaria, pero me salió al paso en la escritura de mi novela Al cielo sometidos, como insoslayable afectación a mis personajes en el tránsito de la herejía a la conversión, de la práctica a la convicción, el debate entre fe vieja y fe nueva, el cumplimiento o incumplimiento de sus rigores en un contexto de incultura generalizada, además de un saco de culpas, algunas más graves que otras, sin descontar las intangibles. Se me había ocurrido situar la anécdota de esa novela en el sitio y el tiempo ya indicados, un maratón de pecados e irreverencias. Un burdel clandestino en la periferia de Moguer, mientras Cristóbal Colón preparaba la armada con que soñaba dirigirse a Las Indias. El ama del lugar se debatía en las contradicciones de su afirmación católica y el cumplimiento de un oficio indigno, sus pecados frente a una alardeada práctica caritativa y el cumplimiento de los ritos parroquiales le hacían merecedora de un sitio entre los elegidos. Como la acción y la pretensión del dogma alcanzaba la moral y costumbres consideradas non sanctas, el ama se sabía tan cristiana vieja como vieja puta y sentía el pendular de la espada de Damocles sobre su pescuezo. Ni ella ni los otros personajes afrontaban directamente la posibilidad del éxodo ―es decir, no se harían sefardíes―, pero todos padecían los incordios de la duda sobre el ejercicio de su fe y el martirio de no estar a bien con Dios ni consigo mismos bajo la arremetida del Santo Oficio. Todos, según el título, quedaban Al cielo sometidos y yo, tan moderno y libre pensador ―“ateo por la gracia de Dios”, como dijo Luis Buñuel―, desde una cultura joven y distante debía comprender a mis personajes en aquellas circunstancias, para mejor expresarlos. No es difícil comprender que mi visión rechazaba y ponía en relieve la locura que todo aquello implicaba como deshumanización y aprovechamiento de los bienes de los excluidos. En el trámite los expulsaban mientras la Corona y la Iglesia se apropiaban de sus riquezas soslayando los pruritos ideológicos de que alardeaban. A los personajes de mi novela les quedaba como único refugio la tan perseguida y condenada alegría del cuerpo, y la enseñanza de que el desprecio y las intolerancias suelen esconder la usurpación y el apoderamiento. Sobre el tono gris de la tragedia, en un campo arrasado por el luto y la muerte, la mirada puesta en la ímproba salvación posterior, surgía un conocimiento vitalista.

La historia de quienes optaron por escapar y rehacer sus vidas en otra parte está documentada y este evento subraya la significación de la cultura sefardí, su expresión verbal y sus costumbres. Otras razones y sinrazones tuvo la trayectoria del territorio que dejó de ser «la España de las tres culturas» después de la expulsión de los hebreos bajo órdenes de Isabel y Fernando en 1492 y de los moriscos que Felipe iii echó fuera en 1609. La religión católica imperó por siglos en la antigua Sefarad, con particular sobredimensión en el siglo xx por dos dictaduras que de ella hicieron una razón de estado, más la aberración del nacionalcatolicismo franquista. Sin embargo, un estudio reciente de la American Journal of Human Genetics (diciembre de 2008) nos dice que pese a la negación y el intento de borrar el aporte judío y musulmán, los cromosomas evidencian que el 20% de la población ibérica actual desciende de sefardíes y un 11% de norteafricanos. Llamémosle pertinacia o, si se quiere, que pese a todo, los bautizados “quedaron” un poco judíos y moros. Si parafraseamos una sentencia célebre podemos decir que “lo que Natura si da, Salamanca non quita”. En el caso de la ascendencia sefardí cuya población calculan en dos millones, las pruebas biológicas anuncian que solamente en España siguen tocando la sangre de unos ocho millones de personas, es decir, algo va más allá de los números. De lo que no quedan dudas es del favor que las razas y las convicciones religiosas maltratadas dieron a la hermosa complejidad de las culturas y en particular a nuestro Nuevo Mundo. La pérdida de aquella Sefarad para siempre tocada por la nostalgia los sefardíes la revirtieron en defensa de su cultura, su habla y el empeño en hacer la vida amble. Descendientes de judíos de España y Portugal, asentados con tanta anterioridad que desde tiempos inmemoriales ya estaban allí, lo llevaron su país consigo. Cuando a la vieja Sefarad le nacieron retoños en otras regiones, estuvieron entre sus pobladores y fundadores, ya fuera travestidos de conversos, o como guardianes de la vieja fe donde la suerte se los permitió.

Una manera de conocer la ascendencia judía en zonas distantes de sus sitios originarios es la religión, por supuesto, y las características de su cultura y costumbres. Muchos han fijado puntos de referencia en apellidos a los que atribuyen orígenes judaico y sefardí, una suerte de cábala caprichosa. Nunca olvido la insistencia de una señora docta en cuanto yo desconozco al atribuir origen judío a mi González, por la interpretación “hijo de Gonzalo” (como Sánchez de Sancho, Ramírez de Ramiro), y a mi apellido materno Zamora, que según ella provenía de la asunción como apellido del toponímico de la ciudad natal (como Ávila o Córdoba), costumbre que atribuyó a los hebreos de España que salieron a la diáspora y se refugiaron en Marruecos y otros sitios. Se dice también de los apellidos que refieren oficios (Herrero, Zapatero, Carnicero), accidentes geográficos (Valle, Ríos, Vega), los que exageran la nueva fe con nombres y atributos del cristianismo para afirmar la sinceridad de la conversión (Santamaría, Cristo, Cruz), los que refieren cualidades físicas (Moreno, Rubio). Como ocurrió en los países americanos donde existió la esclavitud y las dotaciones pertenecientes a esclavistas europeos ostentaron el apellido del amo y hoy familias de negros tienen apellidos de blancos, en los tiempos en que los reyes católicos ordenaron bautizar a moros y cristianos recibieron nombres y consideraciones de principales que luego hicieron controversiales sus respectivas limpiezas de sangre. Todo eso puede ser cierto, o aproximativo, pero la huella judía se palpa también en muchas otras señales. En países de profundo mestizaje como el nuestro, se diluyen las andanzas porque no siempre se tienen rigurosas diferencias en el comportamiento social.

Si conviviendo en una sociedad donde las prácticas religiosas católicas constituían lazos de identificación y costumbres acendradas, mi familia, sin proponérselo, no hizo de la fe una cuestión significativa, podemos imaginar lo que sucede cuando la persistencia oficial se empeña en borrar un pasado fundador, y es el caso de España intencionalmente convertida en emporio del catolicismo. Sin embargo, a un observador no demasiado acucioso se le evidencian los rasgos hebreos que perfilan a partes de su población. El catolicismo, una fe mestiza desde su origen, sobrepuso sus rituales a los del pasado dándoles otras connotaciones, erigió templos donde estaban los viejos sitios ceremoniales, se ensañó con quienes ejercían creencias diferentes y antiguas, pero al mismo tiempo en América procreó variantes innúmeras y sorprendentes. La inadvertencia o la lenidad permitieron la fe mezclada de nuestros pueblos, ritos de origen africano en Cuba se entrelazan con los católicos, es exigencia que oficiantes y participantes en esos ritos estén bautizados en la fe de Roma. Resulta notable la catolización de los orishas del panteón afrocubano, al menos cuando asoman a la vida social. La multiplicidad de la iconografía católica aun cuando se diga que las numerosas advocaciones femeninas responden a una única virgen y que el crecido listado del santoral sigue rigores eclesiales, han contribuido a la confusión de que hablo. Así las definiciones del judaísmo no son conocidas por la mayoría de nuestra población, tampoco sabia en sus diferencias raciales. Muchos judíos “pasan por blancos” ante nuestros ojos ineptos. No hemos sido un pueblo marcado por radicalismos de ese tipo, aunque nuestra historia no carezca de desgarramientos y crueldades que implican la religiosidad y las razas. Sencillamente son otras.

La persecución y extorsión de los judíos españoles tuvo en aquellos tiempos un matiz que acentuó su interesada crueldad. A quienes hostilizaban hasta que abandonaban España, los despojaban de sus riquezas, los obligaban a vender cuanto poseían, al barato y en tiempo récord, se ensañaban con los que pretendieron salvar una parte de su patrimonio. Una crueldad más refinada aplicaron a los conversos en previsión de que judaizaran. Entraron en un purgatorio de desconfianza y espionaje, permanentemente vigilados y denunciados si las viejas costumbres asomaban en sus vidas familiares, en sus costumbres mínimas, en la educación de sus hijos. La historia ha recogido innumerables anécdotas de cómo les provocaban la ruina, les documentaban causas ciertas o inventadas, los encerraban en mazmorras y destruían sus vidas, incluyendo las de sus descendientes. De la Inquisición nadie estaba salvo, siempre que poseyera bienes que interesaran al clero o al reino, o a la autoridad inmediata que convertía en coto privado lo que era realengo. Resultó peor afianzarse en la fe que convertirse, pues pisaban una tembladera. Eso por un tiempo, hasta que el frenesí ideológico se radicalizó. Vidas tiranizadas bajo un temor que los agarraba como en una tenaza, entre el cielo y sus representantes en la tierra. Lo que estamos celebrando en estas sesiones es, precisamente, la capacidad de supervivencia de una cultura proteica y fuerte. Y así ha sido con representantes de otras, ya se tratara de culturas tan sólidas y antiguas como de minorías y diferencias. La imperfección y la roña del hombre se han cebado en el diverso. Sabemos que detrás de la intolerancia están el expolio y la usurpación y que todo eso tiene poco que ver con razones pías. Las purezas han engendrado una escuela de crueldad en nombre de virtudes, sucesivas tiranías empedraron un camino que no conducía precisamente al cielo prometido. La pregunta que se me ocurre frente a un mundo que históricamente incordia al diverso, donde el humanismo debe esquivar vicisitudes, se la pedí prestada a un poeta y troqué para usarla como título: ¿quién que es no es judío?

Leído en las Primeras Jornadas sobre judeoespañoles en Cuba y el Caribe, “Impronta de la Cultura Sefardí en Cuba”, Biblioteca Nacional José Martí, La Habana, 27 de mayo de 2009.

 

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