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Servando Cabrera Moreno concibió
su pintura a su imagen y
semejanza, y fue colocando en
ella todas las cosas que fueron
sus pasiones y sus devociones.
Quizá si la más importante fue
la familia, retratada en
numerosos cuadros, una familia
en la cual la madre ocupaba un
papel primordial. Aquella
anciana con un fuerte
temperamento me acompañó junto a
Servando porque queríamos marcar
para la posteridad el lugar
donde él había nacido. Resultó
ser que la casa no era otra que
la que colindaba con la
sastrería de Nicanor Mella,
aquel hombre tan importante para
Cuba, nieto que fue del padre de
la Patria Dominicana Ramón
Matías Mella y padre de Julio
Antonio, aquel que según Neruda
fue “la figura más apolínea y el
discóbolo de la juventud
cubana”. De esa manera cuando
Servando recibía muchas personas
y amigos lo hacía, por lo
general, en la planta baja y uno
desfilaba desde aquella sala
donde muebles muy cubanos de los
años 20 y 30 nos introducían a
aquel pasillo donde estaban
muebles, retratos y una
misteriosa e inaccesible
escalera. Los no conocidos
estaban fuera, iban al jardín y
allí estaban los pinceles y los
atributos del maestro. Cuando yo
logré subir por la escalera
misteriosa, ascender por ella,
fue de la mano de aquel hombre
que era tan sutil.
Era Servando un hombre tímido en
grado sumo y que tenía un don
que envidiamos, el de una eterna
juventud sin rencor. Su cara era
serena, sus ojos claros y
transparentes como los de los
cuadros que pintó, su cabellera
entrecana y sin embargo nadie
podía imaginar que tuviese la
edad que me reveló. Cuando
llegamos a la planta alta, el
espacio era un espacio
maravilloso, preparado todo para
ese museo que él imaginó y que
hoy es este, el don del destino
lo llevó de un lugar a otro por
una serie de azares. A Servando
me llevó su amigo Alfredo
Guevara, el cual metió la mano
para sacarlo de todas las
incomprensiones y para ser
sincero, de todas las
persecuciones de los que negaban
ser lo que él con orgullo, decía
ser. Allí está en sus modelos,
sin provocación alguna, era su
verdad. Están sus colosales
desnudos y están, quizá, los
momentos más esenciales del arte
erótico cubano.
Pero era también Servando un
hombre de una intensa y
desconocida espiritualidad.
Cuando rompió las ataduras que
se le impusieron y pudo volar a
Venecia, dejó en las casas donde
vivió, en la de Franco Avicolli
y las de otros amigos,
incontables cuadernos y hasta se
permitió pintar los muros con
las más atrevidas e ilusionadas
representaciones. Servando era
tan cubano, un artista tan
intenso, que todo en su obra
revela esa cubanía. Dulce María
me dijo una vez que las cubanas
de ley, las más antiguas, eran
verdes, porque se transformaban,
se traslucían de su piel los
colores de la sangre, el azul de
sus venas y la sombra del bozo y
de los párpados, y eso está en
sus retratos y está en esos
velos misteriosos, y está en ese
universo suyo.
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Había otro lugar en el garaje
que él lo había transformado,
había puesto las vitrinas,
hechas en cedro, cubiertas de
cristal que es lo sabio, y tenía
adentro el tesoro más precioso
del arte popular latinoamericano
o hispanoamericano, porque
también reunió allí maravillas
de la mayólica europea,
fundamentalmente de las cosas
españolas e italianas. Amaba
sobre todo la cerámica de Deruta,
le encantaban esas figuraciones
hermosas que se hacen en
Sevilla, y también los discos
que hoy volví a ver, esos platos
espléndidos que evocan el
esplendor de la civilización
árabe en el suelo de España.
Servando era un hombre de la
cultura, eso era lo fundamental.
Hablar con él, conversar con él,
era introducirse de lleno en ese
universo. Luego todo eso se
dispersó y corrió peligro,
recuerdo el poema cantado de un
amigo: "Cuando un ángel cae todo
se pone oscuro", y Servando se
derrumbó demasiado pronto. Una
mañana le encontraron sin vida,
sin embargo, tuvo un don de
inmortalidad a través de sus
obras. Hoy nos han convocado
para dos preciosas fantasías,
una de Servando y otra de Miguel
Barnet. Empezaré por aquella
porque en el pasillo de ingreso
había una de las más bellas
esculturas, verdaderamente
antigua y hermosa, que Servando
tenía y después estaban allí
coleccionados los exvotos que ya
eran raros en México o en
Antigua Guatemala, un retablo
que era, sin duda, la obra de
Joaquín López Antay, aquel
maravilloso maestro ayacucho al
que le preguntaron: "Maestro, ¿y
a usted le gusta el arte
moderno?", y respondió para
sorpresa del petulante: "Sí". Y
entonces le dijeron: "Don José,
¿y usted lo entiende?". Y
respondió: "No, pero me gusta".
Entonces Servando colocó esos
maravillosos retablos,
coleccionó los belenes más
hermosos de España y de América,
de Grecia y de otras latitudes,
y todo eso forma una colección
de imaginería de raíz
profundamente cristiana que nace
del culto antiguo y raigal a los
santos que él había transformado
también, con la noble realidad
de esta Isla donde los santos
habitan entre nosotros de las
maneras más misteriosas. Así,
apenas hace 48 horas, una
inmensa multitud tomó el camino
del leprosorio de San Lázaro
cuando ya han pasado siglos de la
tragedia que lo motivó, de su
salida de la calle que todavía
lleva ese nombre en Centro
Habana y de las ruinas de un
cementerio y de un hospital que
ya hoy no existen. Esa multitud
representada en estas imágenes
arrastra piedras, muletas, rocas
inmensas, piezas de automóviles,
todo lo que la promesa y el
intercambio siempre desigual
entre el Santo poderoso y el que
está requerido de su
misericordia, es capaz de
imaginar.
Y lo segundo es Miguel, cuya
imaginación no conoce límites.
Por eso, de los escritores
cubanos, pocos han tenido la
posibilidad de verse, como dijo
una vez Alejo, “impreso y en
estampa” en tantas lenguas y que
sus obras hayan tocado aspectos
diametralmente opuestos, pero
esencialmente unidos, de la
cultura cubana que no puede
explicarse sin nuestra sangre
africana y sin nuestra sangre
española. Entonces, por los
mercadillos de México y por
cualquier rincón de la Tierra,
vi ocultar en la maleta, con el
amor del coleccionista, las
raras imágenes de San Expedito,
de la Candelaria, de San Ramón
Nonato y todo lo que se le pudo
ocurrir a Miguel, sin contar
nuestras vírgenes negras,
nuestra Caridad sobre las aguas
y el misterio de los tres Juanes.
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Todo ello está reunido hoy en
una exposición en que la
curadora tuvo el acierto de
reunir lo uno y lo otro. En todo
ello encuentra hoy el Museo-
Biblioteca valor y grandeza,
inspira el espíritu del
coleccionismo y honra al mentor
de esta casa, a Servando Cabrera
Moreno. Como Miguel Barnet es,
como todos nosotros, alguien que
se siente dichoso cuando lo
quieren o lo elogian, estará de
acuerdo en que hoy su obra y sus
santos, las motivaciones de
tantas y tantas sonrisas y
alegrías —que están cerca de él,
en su alcoba, en una especie de
pequeño ejército solamente
comparable al de Siam, que cubre
y defiende a un emperador de las
letras—, están al servicio de
una memoria, la de Servando
Cabrera Moreno.
Palabras de presentación de la
exposición Una devoción
compartida, el 18 de
diciembre de 2008 en el
Museo-Biblioteca Servando
Cabrera Moreno.
Este dossier se
realizó con la colaboración del
Museo-Biblioteca Servando
Cabrera Moreno |