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En el grabado
encontramos siempre algo
diferente que la pintura
no dice, y que toca con
la escritura y bordea la
poesía y la literatura.
Sin embargo, “solemos
quedar obcecados por la
majestuosidad de la
pintura y por el
prestigio de la obra
única. Hasta podemos
llegar a dejar de lado
las más altas
confidencias y raras
visiones confiadas a
sutiles hojas de papel,
para dar una importancia
exclusiva a los cuadros
rimbombantes...”,
expresaba Henri Focillon
en sus “Maestros de la
estampa” (1930).
Por suerte nunca se ha
dejado de grabar, que es
como atravesar el umbral
de los misterios del
arte y de los sueños...
En esta dimensión, sobre
el tablero de los
sueños, el destacado
artista puertorriqueño
Antonio Martorell ha
regresado —aunque dejó
sus huellas hace poco en
la X Bienal— a las
andanzas del Premio La
Joven Estampa, de Casa
de las Américas, con un
original Taller
Internacional de
Intervenciones de
Espacios Exteriores:
Camino a Casa.
El encuentro sesiona
desde el 18 de mayo en
el Taller Experimental
de la Gráfica de la
Plaza de la Catedral que
se ha transformado en
estos días de mayo en
una inmensa colmena
donde han “libado” de
los néctares de esa
manifestación que es el
grabado un conjunto de
artistas nuestros, entre
los que se pueden contar
nombres como los de
Ibrahim Miranda, Yamilis
Brito, Julio César Peña,
Eduardo Abela, Orlando
Montalbán, Carlos del
Toro, Frank Ernesto
Martínez, Octavio Irving
hasta un total de 34,
quienes desandan por los
terrenos de las técnicas
gráficas de la
litografía y la
colografía,
principalmente para
hacer realidad el
objetivo del encuentro;
un paseo por algunas
áreas del Malecón hasta
la Casa de las Américas
mostrando las creaciones
realizadas.
El desfile sui
generis mostró el
grabado en la piel de
objetos móviles,
máscaras, patinetas,
múltiples disfraces
(ropas impresas con
grabados), carriolas…
toda una fiesta que
llevó música, plástica y
mucha alegría, enfocado
al aniversario 50 de la
Casa de las Américas en
esta décima edición del
Premio La Joven Estampa.
Los momentos previos a
la “fiesta” fueron de un
febril trabajo en los
espacios del inmenso
Taller Experimental de
la Gráfica, donde
encontramos a Antonio
Martorell con la sonrisa
a flor de piel, como es
habitual en el grabador,
pintor, diseñador,
escenógrafo, maestro…
(San Juan, 1939) y cuyo
quehacer plástico es,
sin lugar a duda, uno de
los más reconocidos en
el ámbito caribeño y
latinoamericano desde
hace casi 40 años.
Como invitado especial a
la X Bienal de La Habana
que cruzó en marzo y
abril por La Habana,
Martorell realizó en el
propio Taller
Experimental de la
Gráfica el encuentro
Grabaciones e
impresiones: música,
palabra e imagen,
momento en el que
recibió muchas alegrías:
fue inscrito como
miembro de honor de la
UNEAC, amén que le fue
entregado el Doctorado
Honoris Causa del ISA y
la medalla Haydée
Santamaría, de Casa de
las Américas, por su
apoyo siempre presente a
esta institución y la
plástica en general. Por
tanto, feliz de regresar
a Casa —doblemente—
institución y país,
Antonio Martorell
recordó muchas anécdotas
en Premios anteriores
donde ha sido jurado y
en el que ha dejado
también muchas marcas
artísticas en talleres,
intervenciones,
exposiciones… Pero su
palabra enfocó este
encuentro de hoy.
Martorell de los caminos
Antonio Martorell bien
podría apellidarse de
los Caminos, abiertos a
la diversidad “sirena
del mundo”, como diría
Goethe. Caminos, rutas
abiertas al infinito,
que es, por ventura, un
riesgo, algo que le
atrae sobremanera. O,
dicho al revés, le cansa
lo sabido, la respuesta
siempre igual a la
siempre igual pregunta.
Por eso lo variopinto de
temas y superficies
donde plasmar sus
inquietudes.
Estamos en presencia,
pues, de un grabador
inteligente, culto,
dominador de su oficio.
Cada género es tratado
aquí ortodoxamente
(paisaje, retrato,
composición de
figuras...), pero
situándolo en su
momento. Sabe muy bien
el creador por dónde
anda el arte de nuestro
tiempo, y sigue su paso,
sin olvidar, pero desde
el oficio de grabar.
Pero el oficio, en él,
no es un fin en sí mismo
(cuando lo es no pasa de
treta académica); el
oficio es el medio
expresivo que el
grabador, pintor y
dibujante utiliza para
proyectar su estilo, su
manera personal, su
polinizada sensibilidad.
Martorell, quien tiene
entre otros premios, el
de la Bienal de San Juan
del Grabado de América
Latina y el Caribe,
1974, la Bienal
Internacional de Frechen
(Alemania) en 1974 y
1981, la Bienal
Internacional de Firenze
(Italia), 1974, la 1era.
Bienal Latinoamericana
del Grabado en Nueva
York, 1986, entre muchos
otros, tiene a su haber
una vasta obra que está
marcada por la
diversidad de técnicas
con una permanente
voluntad de renovación y
comprensión del arte que
es para él un inmenso
compromiso con su
contexto sociocultural,
como lo ha demostrado
siempre.
Todo cuanto se mueve en
los grabados del
creador, aún pueden
verse algunas obras
colgadas en las paredes
del Taller Experimental
de la Gráfica, no es más
que lo que la mirada
pone en relación:
signos, atisbos, señales
que llegan desde el
tiempo. Fauna del
subconsciente, teatro
mental, y también del
teatro completo de la
vida contado con el
estilo de la epopeya, a
la manera de un misterio
medieval o de un cuento
de Voltaire.
A fuerza de sabios
empeños, sus obras han
logrado un estado de
gracia confortable a
simple vista, aunque su
mejor momento es el de
las segundas miradas,
aquellas que se
entretienen con
morosidad en el aprecio
de las calidades, las
que le sacan el
verdadero gusto al
grabado. No es solo de
ir empapándose de un
efecto de conjunto, sino
de ir rastreando
detalles, matices,
intensidades, siempre
con provecho. A su aire,
sin alteraciones,
insistiendo todo lo que
le haga falta, Antonio
Martorell llega a una
intimidad con el grabado
que es intemporal. A tal
punto que se olvida
cualquier identificación
anecdótica, cualquier
distracción. Es grabado
puro realizado por
alguien que no ama otra
cosa que grabar bien.
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Todos sus grabados son
una representación, pero
lo que nos brindan son
fragmentos de sueño:
algo más nítido que la
realidad, prolija y
confusa. Algo que está
regido por una lógica
distinta y, sin embargo,
transmite siempre, como
un eco, todo aquello de
lo que proviene.
Inmediata, perceptible,
dotada de una nueva
frescura, la realidad
está ahí, vista por
primera vez. El
desconocido es real.
Martorell no existe...
Últimas jornadas del
Taller
Camino a Casa es un
taller singular porque a
pesar de ser básicamente
de grabado, se combina
con el performance, es
una fusión de las artes
y técnicas para resaltar
el hecho plástico y
cultural, artístico en
uno solo, celebrando
además las cinco décadas
de vida de esta
institución cubana,
latinoamericana e
internacional que es
Casa de las Américas.
Entre tintas, piedras
legendarias, risas,
calores… las obras van
saliendo de las entrañas
de cada creador dentro
del Taller, vigilado por
la mirada diestra del
maestro que va armando
así el espectáculo que
tuvo lugar el 28 de
mayo. Martorell señaló
que de alguna manera
este Taller era una
continuación del que
realizó en la Bienal
hace muy poco. “La Joven
Estampa ha llegado a su
mayoría de edad, podemos
decir, y es y será
siempre una Estampa
Joven, donde participan
artistas de todas las
generaciones y no solo
de lo más novel. Han
sido días maravillosos,
toda una fiesta dentro
del Taller”. |