Año VII
La Habana

25 de ABRIL al
1 de Mayo
de 2009
 

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Una Casa “en movimiento” es el sitio perfecto…

Nahela Hechavarría  • La Habana

Fotos: Abel (Cortesía Casa de Las Américas)

 

Cuando en enero pasado la Casa de las Américas presentaba su Año Cinético al público cubano, no imaginábamos que el proyecto fuera a ganar tantos adeptos dentro y fuera de la Isla. En medio de una revalorización internacional de esta corriente y lo que significó para la historia del arte latinoamericano del último medio siglo,[1] el Año Cinético de la Casa propone un ciclo de homenajes y reconocimientos a grandes figuras del arte latinoamericano presentes en su colección Arte de nuestra América, así como la recuperación de otros exponentes no tan conocidos internacionalmente, pero con similares inquietudes artísticas.


"Julio Le Parc". Cloison Grille, 1970

Un rápido recorrido por la historia del cinetismo señala que, desde finales de los años 50, fue París la ciudad que acogió a un conjunto de jóvenes artistas latinoamericanos de filiación abstracta. El afán por transgredir en sus obras la limitante propia de la pintura y la escultura de atrapar el tiempo, y con él, el movimiento (real o ilusorio), hizo que exploraran el espacio, los adelantos de la tecnología y la industria, pero sobre todo la forma en que el hombre consume el arte.

El Op Art y el Arte Cinético emergieron entonces como una  propuesta fresca y arriesgada, que no tuvo una recepción entusiasta en los países de origen de muchos de estos artistas, y sí en la capital francesa, concretamente en la Galería Denise René, donde en 1960 se funda el GRAV (Groupe de Recherche d`Art Visuel). A este taller colectivo pertenecieron, entre otros, Julio Le Parc y Horacio García Rossi de Argentina, y luego la chilena Matilde Pérez. La impronta de teorías que ponderaban la integración del arte a la vida, y acercar cada vez más el receptor a la obra, haciéndolo partícipe del hecho artístico, fue el punto de partida para discursar sobre los mecanismos de creación y la noción de “experiencia”, necesaria tanto para el artista como para el receptor/consumidor. De ahí que abogaran por la obra múltiple y colectiva, fruto del intercambio directo con el (los) espectador(es) en el espacio público. Aunque el GRAV se disolvió en 1968, sus integrantes y otros artistas independientes que investigaron en simultáneo y realizaron obras óptico-cinéticas como Rogelio Pollesello, Carlos Cruz Diez o Jesús Soto, en la década siguiente continuaron sus búsquedas formales en la misma dirección.


Carlos Cruz Diez. Physichromie 105, 1965

En Cuba, la Casa de las Américas fue pionera al presentar los trabajos de esta pléyade de jóvenes artistas, pues desde 1970, con la muestra personal de Julio Le Parc, se iniciaría un conjunto de exposiciones que hasta 1999,[2] en que se erige la Inducción Cromática para La Habana, de Carlos Cruz Diez, mantuvo una actualización del público cubano con proyectos de vanguardia. De esta forma, hace diez años, cuando la Casa cumplía cuatro décadas de fundada, el conjunto escultórico del maestro venezolano encontró su espacio perfecto cerca de la Facultad de Artes y Letras, en una intersección privilegiada del circuito vial capitalino, justo donde empieza la avenida que la Casa cierra a escasos metros del malecón habanero.

En este, su aniversario 50, la Casa vuelve renovada en su quehacer y con otros espacios para imaginar. Así, el 16 de enero cuando se inauguró la primera de las muestras de su Año Cinético, De la abstracción…al arte cinético, muchos que visitaron aquella exposición de 1970, recordaron su fascinación por aquellas obras y descubrieron otras donadas posteriormente por los herederos de este movimiento en el continente.


Victor Vasarely. Tridim-L, 1968

De la abstracción…al arte cinético hizo converger a artistas de diversos países de procedencia, destacando Argentina y Venezuela con los mayores conjuntos, pero mostrando igualmente artistas mexicanos, brasileños, colombianos, o algunos exponentes de Ecuador, Cuba, Hungría y España. La curaduría proponía partir de la abstracción como fundamento del que emerge el arte óptico-cinético, aun cuando convivieran una y otro por largo tiempo. De esta forma en el lobby de la institución se concentraron obras abstractas de Tomie Ohtake (Japón-Brasil); Sérgio Camargo y Sérvulo Esmeraldo, de Brasil; Manuel Felguérez, de México; Mercedes Pardo, de Venezuela y Eduardo Jonquieres, de Argentina; así como se rescató una figura olvidada por la historiografía de la región, Araceli Gilbert (Ecuador) con un interesante trabajo. Ya en el segundo piso y el acceso al tercero se concentraron algunas obras escultóricas de Luís Arnal y Alejandro Salas (Venezuela), Enrique Salamanca (España) y Sandú Darié (Rumanía-Cuba). Las tres primeras, de directa implicación con el público ya sea por estar en movimiento, o por incitar al espectador a recomponerla como en el caso Zuura (Luís Arnal, 1973). También podrían apreciarse los trabajos de los argentinos, Juan Michelangeli, León Ferrari,  Hugo Demarco y Luís Tomasello, al lado de Julio Le Parc y su Cloison Grillé (1970), Jesús Soto o Carlos Cruz Diez con obras de gran impacto.


Julio Le Parc. Tema 59 a variation, 1979

De la abstracción…al arte cinético funge como excelente marco de referencia para las muestras personales que a lo largo del año servirán de homenaje a varios de los más destacados cultivadores del cinetismo. De hecho ya la inauguración de dos exposiciones a cargo de la chilena Matilde Pérez (Cinética, Premio Literario Casa de las Américas, febrero-marzo) y el argentino León Ferrari (Agitador de formas, X Bienal de La Habana, abril-mayo) confirmó la pujanza de ambos creadores, quienes a sus respectivos 92 y 88 años, consintieron en mostrar obras de diferentes etapas de su carrera hasta la actualidad. En el caso de Matilde, y gracias al trabajo de seis estudiantes de la Academia San Alejandro, la Casa incorporó a su colección una obra realizada a partir de un diseño en serigrafía de la artista, en 1973. Cinética presentó al público cubano a la más fiel exponente del Arte Cinético en Chile, recientemente fruto de una revalorización en su país tras una muestra antológica realizada en el Museo Nacional de Bellas Artes de Santiago de Chile (El ojo móvil, 1999). Sus cajas de luces, serigrafías y collages dejaron entrever un espíritu dinámico y metódico al mismo tiempo, con gran imaginación y originalidad dado que el visitante lograba una rápida identificación con la obra dado su carácter lúdico.

Por otro lado, en la muestra de Ferrari, quien no pudo estar presente en la inauguración, como sí estuvo la artista chilena, confluyen obras de la colección Arte de nuestra América de la Casa, donadas por el artista en anteriores visitas a la Isla, y de su colección personal. Se combinan así su serie de heliografías que tratan la problemática de las grandes ciudades y el mundo contemporáneo en su impersonalidad y enajenación, dos esculturas en acero inoxidable maquetas para proyectos a gran escala que el artista realizó en 1981, al igual que sus Laberintos (1980) serie concebida cual apretada caligrafía laberíntica que crea efectos ópticos singulares, conjuntamente a obras que comulgan en su sentido ético con un tipo de arte más contestatario y provocador como es el caso de Mimetismo (1994) o Evangelización (2003), y definitivamente su serie L´Observatore Romano (2001-2008). En esta ocasión, la Bienal de La Habana y la Casa de las Américas se unen en el homenaje a este gran artista,[3] mostrando su quehacer a lo largo de más de cuadro décadas, como es usual en los aniversarios cerrados, y en este 2009 la bienal celebra sus 25 años, así como la Casa, sus 50.


Alejandro Otero. Serigrafía, 1985

Indiscutiblemente, una Casa de las Américasen movimiento” es el sitio perfecto para la complicidad, para el encuentro entre lo nuevo y la historia, la necesaria invitación a crecer y a multiplicarnos en la marcha, a mantener la dinámica que siempre ha sido el fundamento de su éxito como proyecto social y cultural. 
 

[1] Palpable en las múltiples exposiciones colectivas como Lo(s) cinético(s) (Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, marzo-agosto, 2007) y de los principales exponentes del movimiento entre las que destacan la muestra antológica de Luis Tomasello en el Museo de Arte Contemporáneo Latinoamericano (La Plata, abril-julio, 2004), Julio Le Parc: luz en movimiento (Biblioteca Luis Ángel Arango, Bogotá, julio-octubre, 2007)[1] y El color sucede, de Carlos Cruz Diez (Museo de Arte Contemporáneo, Palma de Mallorca, febrero-junio, 2009), por solo citar algunas.
[2] Entre ellas: Panorama de la pintura venezolana (1975), Didáctica y dialéctica del color (colectiva, 1980), Modulaciones (Julio Le Parc, 1981), las muestras personales de León Ferrari y Luis Tomasello (1983 y 1989 respectivamente) o El  rojo, el verde  y el azul (Carlos Cruz Diez, 1999).
[3] Casa de las Américas le impuso la Medalla Haydée Santamaría en virtud de la calidad de su trayectoria artística y su relación con la institución.

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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