Año VII
La Habana

4 al 10 de ABRIL
de 2009

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Campos cruzados, de Nelly Richard

Un acontecimiento de la cultura latinoamericana

Ticio Escobar • La Habana

 

Comienzo agradeciendo a Nelly Richard el privilegio de participar de un acontecimiento de la cultura latinoamericana. Y empleo el término “latinoamericano” para, siguiendo el espíritu de la Revista de Crítica Cultural, designar un espacio variable, discursivamente construido, que no una sustancia contorneada por mapas o fundamentada en ideas trascendentales.

La Revista de Crítica Cultural, fundada para asumir la rica problemática surgida en torno a la Escena de Avanzada chilena, ha logrado constituirse a lo largo de 18 años de edición en un referente indispensable para el pensamiento crítico contemporáneo. Su extrema complejidad, que trasciende los formatos editoriales convencionales, dificulta cualquier exposición ordenada acerca de sus contenidos y sus alcances, por lo que solo me referiré a algunas de las grandes cuestiones que levanta esta obra, hoy vuelta un corpus potente y necesario.

La Revista… surge como un espacio para pensar el momento confuso, fructífero, de esa transición posdictatorial que levantó un escenario nuevo y desconcertante: un paisaje nublado por incertidumbres y decepciones y, simultáneamente, signado por promesas furtivas y obstinadas ganas. Un tiempo contradictorio, conmovido por la irrupción de la memoria reciente y crecido a contrapelo de toda certeza y, sin embargo, forzado al desafío de reimaginar, confusamente, nuevas jugadas de sentido.

Pero la diferencia del panorama de la transición no se define solo por el cambio del paradigma dictatorial y la apertura de un tiempo de duelo y reparación de la memoria. Este escenario es diferente por la emergencia del propio régimen que, en parte, derribara aquel paradigma: la consumación contemporánea de un momento exacerbado del capitalismo, cuya definitiva hegemonía tiende a estandarizar el orden simbólico entero en clave de espectáculo, publicidad e información: de mercado. Conciliado por los argumentos de la rentabilidad, la esfera pública queda convertida en una llanura infinita y monótona.

Pensar críticamente un espacio pleno, carente de un fuera de sí mismo (y, por lo tanto, desprovisto del margen de distancia requerido por la operación crítica), constituye la gran paradoja de la cultura de la transición. La historia de la Revista de Crítica Cultural puede ser comprendida como la saga de las estrategias empleadas por diversos sectores de la cultura para sortear ese dilema y aventar, en parte, la melancolía de la imposibilidad de burlar un límite que, en rigor, no existe.

¿Cómo encarar el juego de la representación, la escena misma de la cultura, cuando las mediaciones simbólicas han sido interceptadas por el simulacro? ¿Cómo pensar lances transgresores cuando el pecado y la infracción se han vuelto recursos mediáticos, señuelos mercantiles, cifras del "sex-appeal de lo inorgánico"?      .

Por de pronto, la filosofía editorial de la Revista tiene claro que sus operativos críticos deben acometer desde frentes diversos y mediante abordajes plurales. Lo transdisciplinal desarregla los índices temáticos y el orden de las secciones, pero introduce la posibilidad de reticular trazos diversos para atrapar algún momento de una realidad que está siempre en otro lado. Por eso la revista cruza los discursos de la teoría cultural, la estética, las ciencias sociales, el sicoanálisis, la filosofía, la política y la literatura. Y encara cada uno de esos cruces tanto desde el pensamiento académico, como de otros saberes; pero también a través de sensibilidades populares y eruditas, mediante enfoques de género y desde posiciones políticas y éticas, que nunca son definitivas aunque siempre sean radicales.

Esta saludable promiscuidad vuelve visibles rincones que solo se muestran ante miradas cruzadas y rumbos transversales. Y permite considerar el tema de la ciudadanía fuera de esquemas liberales y formalistas, y la cuestión de la identidad más allá de sustancialismos y trincheras sectorialistas. Posibilita trabajar la memoria también como memoria de futuro y lo popular más allá de lo folclórico, y la negatividad crítica fuera de la queja contestataria. Permite, además, entender el conflicto Centro-Periferia no como una oposición maniquea y fatal, sino como una tensión contingente cuyos términos fluctúan siempre, empujados por disputas y acuerdos diversos, movidos por impulsos que no responden a un cuadro formal de oposiciones establecidas, sino a los azares de la contingencia histórica. Esta soltura posibilita ejercer la diferencia identitaria no como mera reacción o resistencia defensiva, sino como gesto afirmativo, orientado a sus propias finalidades.

Por último, el cruce transdiciplinal permite (lo que entiendo que constituye una preocupación del pensamiento de Nelly Richard y un reto para los redactores de la Revista), permite, digo, la reformulación de la figura de las vanguardias, que dejan de significar cruzadas de iluminados para constituir, en el sentido de Ranciére, frentes de anticipación, agentes movilizadores de deseo; quizá transeúntes de fronteras inventadas.

Por eso la Revista nunca renunció a su vocación rupturista, por llamar de alguna manera la propensión disidente o la impertinencia poética. Esta vocación ha exigido, a su vez, estrategias diversas basadas no tanto en impugnaciones y desmentidos, cuanto en complejos procesos de construcción de subjetividades paralelas, lances de lenguaje y apuestas de sentido apoyadas en la memoria (particular, global) y abiertas a la experiencia (universal, local). Operaciones consistentes en negociaciones, litigios y desplazamientos librados sobre el fondo ineludible de lo hegemónico y vinculados a proyectos propios. Maniobras que dependen de esfuerzos por interceptar, desde emplazamientos diversos, la mediatización de la política, los tics de la cultura del consumo y el espectáculo.

A través de 18 años, y desde reposicionamientos continuos, la Revista ha buscado preservar espacios de disenso y crítica reinterpretando tanto los aportes más incitantes del pensamiento universal, como las formas alternativas de la cultura contemporánea: aquellas que, sin pretender señalar el camino correcto, resultan capaces de despistar el curso señalado por la razón mercantil fundando zonas de suspenso, renovando el potencial sedicioso de la pregunta abierta.

Quizá uno de los expedientes más efectivos de esta gesta se encuentre constituido por la contaminación de los discursos por las imágenes (o por las figuras, en el sentido de Lyotard). Esta interferencia promueve que los conceptos se deslicen de sus propios contornos y puedan internarse en zonas adonde no llegan los símbolos. Y permite, por lo tanto, trazar el último límite y cruzado, y transitar las zonas silenciosas donde resuena la voz de la falta: la que desarregla la concertación de las palabras. Los disturbios que produce la irrupción de lo imaginario en el lenguaje permite, así, una política de la mirada que busca cautelar la mínima distancia sin caer en las blandas seducciones del mercado ni retroceder a una visión sacralizada del aura. En esta dirección la Revista desemboca siempre en una poética.

Pero también lo hace en una ética, en una política: la figura del crítico cultural, que ronda siempre la revista, se aventura más allá de lo que lo hace el intelectual público y mucho allá de donde llega el crítico de arte.

Entiendo el hecho mismo de interrumpir la publicación sistemática de la Revista de Crítica Cultural como un gesto político y ético: un acto extremo que convoca el espacio abierto de la detención y la espera. La obra que levanta la Revista no puede sino conducir a ese límite de la palabra que puede solo ser traspuesto imaginando otro tiempo.

Palabras de presentación del libro Campos cruzados, de Nelly Richard
Domingo 29 de marzo de 2009.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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