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Comienzo agradeciendo a Nelly
Richard el privilegio de
participar de un acontecimiento
de la cultura latinoamericana. Y
empleo el término
“latinoamericano”
para, siguiendo el espíritu de
la Revista de Crítica Cultural,
designar un espacio variable,
discursivamente construido, que
no una sustancia contorneada por
mapas o fundamentada en ideas
trascendentales.
La Revista
de Crítica Cultural,
fundada para asumir la rica
problemática surgida en torno a
la Escena de Avanzada
chilena, ha logrado constituirse
a lo largo de 18 años de edición
en un referente indispensable
para el pensamiento crítico
contemporáneo. Su extrema
complejidad, que trasciende los
formatos editoriales
convencionales, dificulta
cualquier exposición ordenada
acerca de sus contenidos y sus
alcances, por lo que solo me
referiré a algunas de las
grandes cuestiones que levanta
esta obra, hoy vuelta un corpus
potente y necesario.
La Revista… surge como un
espacio para pensar el momento
confuso, fructífero, de esa
transición posdictatorial que
levantó un escenario nuevo y
desconcertante: un paisaje
nublado por incertidumbres y
decepciones y, simultáneamente,
signado por promesas furtivas y
obstinadas ganas. Un tiempo
contradictorio, conmovido por la
irrupción de la memoria reciente
y crecido a contrapelo de toda
certeza y, sin embargo, forzado
al desafío de reimaginar,
confusamente, nuevas jugadas de
sentido.
Pero la diferencia del panorama
de la transición no se define
solo por el cambio del paradigma
dictatorial y la apertura de un
tiempo de duelo y reparación de
la memoria. Este escenario es
diferente por la emergencia del
propio régimen que, en parte,
derribara aquel paradigma: la
consumación contemporánea de un
momento exacerbado del
capitalismo, cuya definitiva
hegemonía tiende a estandarizar
el orden simbólico entero en
clave de espectáculo, publicidad
e información: de mercado.
Conciliado por los argumentos de
la rentabilidad, la esfera
pública queda convertida en una
llanura infinita y monótona.
Pensar críticamente un espacio
pleno, carente de un fuera de sí
mismo (y, por lo tanto,
desprovisto del margen de
distancia requerido por la
operación crítica), constituye
la gran paradoja de la cultura
de la transición. La historia de
la Revista de Crítica
Cultural puede ser
comprendida como la saga de las
estrategias empleadas por
diversos sectores de la cultura
para sortear ese dilema y
aventar, en parte, la melancolía
de la imposibilidad de burlar un
límite que, en rigor, no existe.
¿Cómo encarar el juego de la
representación, la escena misma
de la cultura, cuando las
mediaciones simbólicas han sido
interceptadas por el simulacro?
¿Cómo pensar lances
transgresores cuando el pecado y
la infracción se han vuelto
recursos mediáticos, señuelos
mercantiles, cifras del
"sex-appeal de lo inorgánico"?
.
Por de pronto, la filosofía
editorial de la Revista
tiene claro que sus operativos
críticos deben acometer desde
frentes diversos y mediante
abordajes plurales. Lo
transdisciplinal desarregla los
índices temáticos y el orden de
las secciones, pero introduce la
posibilidad de reticular trazos
diversos para atrapar algún
momento de una realidad que está
siempre en otro lado. Por eso la
revista cruza los discursos de
la teoría cultural, la estética,
las ciencias sociales, el
sicoanálisis, la filosofía, la
política y la literatura. Y
encara cada uno de esos cruces
tanto desde el pensamiento
académico, como de otros
saberes; pero también a través
de sensibilidades populares y
eruditas, mediante enfoques de
género y desde posiciones
políticas y éticas, que nunca
son definitivas aunque siempre
sean radicales.
Esta saludable promiscuidad
vuelve visibles rincones que
solo se muestran ante miradas
cruzadas y rumbos transversales.
Y permite considerar el tema de
la ciudadanía fuera de esquemas
liberales y formalistas, y la
cuestión de la identidad más
allá de sustancialismos y
trincheras sectorialistas.
Posibilita trabajar la memoria
también como memoria de futuro y
lo popular más allá de lo
folclórico, y la negatividad
crítica fuera de la queja
contestataria. Permite, además,
entender el conflicto
Centro-Periferia no como una
oposición maniquea y fatal, sino
como una tensión contingente
cuyos términos fluctúan siempre,
empujados por disputas y
acuerdos diversos, movidos por
impulsos que no responden a un
cuadro formal de oposiciones
establecidas, sino a los azares
de la contingencia histórica.
Esta soltura posibilita ejercer
la diferencia identitaria no
como mera reacción o resistencia
defensiva, sino como gesto
afirmativo, orientado a sus
propias finalidades.
Por último, el cruce
transdiciplinal permite (lo que
entiendo que constituye una
preocupación del pensamiento de
Nelly Richard y un reto para los
redactores de la Revista),
permite, digo, la reformulación
de la figura de las vanguardias,
que dejan de significar cruzadas
de iluminados para constituir,
en el sentido de Ranciére,
frentes de anticipación, agentes
movilizadores de deseo; quizá
transeúntes de fronteras
inventadas.
Por eso la Revista nunca
renunció a su vocación
rupturista, por llamar de alguna
manera la propensión disidente o
la impertinencia poética. Esta
vocación ha exigido, a su vez,
estrategias diversas basadas no
tanto en impugnaciones y
desmentidos, cuanto en complejos
procesos de construcción de
subjetividades paralelas, lances
de lenguaje y apuestas de
sentido apoyadas en la memoria
(particular, global) y abiertas
a la experiencia (universal,
local). Operaciones consistentes
en negociaciones, litigios y
desplazamientos librados sobre
el fondo ineludible de lo
hegemónico y vinculados a
proyectos propios. Maniobras que
dependen de esfuerzos por
interceptar, desde
emplazamientos diversos, la
mediatización de la política,
los tics de la cultura del
consumo y el espectáculo.
A través de 18 años, y desde
reposicionamientos continuos, la
Revista ha buscado
preservar espacios de disenso y
crítica reinterpretando tanto
los aportes más incitantes del
pensamiento universal, como las
formas alternativas de la
cultura contemporánea: aquellas
que, sin pretender señalar el
camino correcto, resultan
capaces de despistar el curso
señalado por la razón mercantil
fundando zonas de suspenso,
renovando el potencial sedicioso
de la pregunta abierta.
Quizá uno de los expedientes más
efectivos de esta gesta se
encuentre constituido por la
contaminación de los discursos
por las imágenes (o por las
figuras, en el sentido de
Lyotard). Esta interferencia
promueve que los conceptos se
deslicen de sus propios
contornos y puedan internarse en
zonas adonde no llegan los
símbolos. Y permite, por lo
tanto, trazar el último límite y
cruzado, y transitar las zonas
silenciosas donde resuena la voz
de la falta: la que desarregla
la concertación de las palabras.
Los disturbios que produce la
irrupción de lo imaginario en el
lenguaje permite, así, una
política de la mirada que busca
cautelar la mínima distancia sin caer en las blandas
seducciones del mercado ni
retroceder a una visión
sacralizada del aura. En esta
dirección la Revista
desemboca siempre en una
poética.
Pero también lo hace en una
ética, en una política: la
figura del crítico cultural, que
ronda siempre la revista, se
aventura más allá de lo que lo
hace el intelectual público y
mucho allá de donde llega el
crítico de arte.
Entiendo el hecho mismo de
interrumpir la publicación
sistemática de la Revista de
Crítica Cultural como un
gesto político y ético: un acto
extremo que convoca el espacio
abierto de la detención y la
espera. La obra que levanta la
Revista no puede sino
conducir a ese límite de la
palabra que puede solo ser
traspuesto imaginando otro
tiempo.
Palabras de
presentación del libro Campos
cruzados, de Nelly Richard
Domingo 29 de
marzo de 2009.
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