Año VII
La Habana

4 al 10 de ABRIL
de 2009

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La alternativa maravillosa de una herida luminosa

Antonio Martorell • La Habana

Foto: Abel (Cortesía de Casa de las Américas)


Tengo para ustedes unas palabras escritas en el aire, como corresponde, entre San Juan, Santo Domingo y La Habana. Un texto auténticamente caribeño, si me permiten la redundancia, a la cual somos tan adictos los puertorriqueños. Comenzaremos por hacer historia, porque siempre comenzamos por hacer historia.

En mi país todo decir tiene que ser primero historia, porque hemos estado sistemáticamente escamoteados de ella, porque la historia es la mejor aliada de la verdad y el imperio ha tratado de borrarla de nuestra memoria, y hay casos en que ni siquiera ha tenido que borrarla porque ha impedido que se ha establezca para comenzar.

Cuando por primera vez contemplé imágenes de Cubanacán, esto que tenemos ante nosotros y en nosotros, las bóvedas rojas en el follaje verde de La Habana, el nombre tan sonoro Cubanacán y los colores contrapuestos, el rojo y el verde tan sonoros también me deslumbraron tanto por su belleza, como por su atrevido y orgánico concepto de integrar las artes, de devolvernos en el tropical paisaje su linaje universal y multiforme.

Desde entonces, “Cubanacán” fue palabra encantada, mágica imagen surgida de las páginas de la revista Bohemia que nos llegaba a Puerto Rico a principios de los años 60, anunciando un arte del porvenir.

Jamás pensé entonces, recién egresado de la Escuela de Servicio Extranjero en la Universidad de Georgetown, en Washington DC, que renunciaría a la carrera diplomática al servicio de EE.UU. porque los jesuitas me habían enseñado demasiado sobre las teorías del balance de poder, sobre la utilización de las artes de la diplomacia para doblegar la voluntad de países y pueblos. Para conseguir por las buenas o por las malas la hegemonía del creciente imperialismo americano que todavía no había consolidado en imperio.

Mi vocación tardía de artista aficionado se manifestó entonces más, mucho más que fuerte inclinación, opción por defecto. Única salida a una vida que de otro modo consideraba tan inútil como carente de placer. La conciencia inaplazable de ser un súbdito colonial, sin yo saberlo, me hacía aspirar a la soberanía del arte, al ensayo democratizante que supone toda estética de la comunicación, al aprendizaje y búsqueda del conocimiento que comprende el ejercicio de un oficio del arte.

Yo, un puertorriqueño que soñaba en su infancia y temprana adolescencia con ser un americanito, se encaminó entonces de manera accidentada y torpe en la búsqueda de una libertad misteriosa, desconocida y peligrosa. No les abrumaré en esta ocasión con las predecibles peripecias de un aprendiz de brujo que sabía poco o nada de artes sobrenaturales y mucho menos naturales. Pero sí me parece importante decirles que llegué tarde, muy tarde a los exámenes de ingreso a la Academia San Fernando, en Madrid, y para cumplir con la beca empresarial que allí me llevó fui tomado como aprendiz en el estudio de un pintor vasco, Luis Martín Caro, en un séptimo piso, sin ascensor, ni calefacción, en el castizo barrio de Argüelles, abierto al norte de un cielo velazquiano, verdeazul e inolvidable.

Allí aprendí los rudimentos del oficio desde armar bastidores, aplicar imprimaturas a lienzo, moler polvo de pigmentos con aceite sobre placas de vidrio hasta bregar con problemas de composición, tonos, valor, color y sobre todo, sentido, significado e ilusiones.

Todo esto en un ambiente de taller a la antigua, sin sueños de grandeza salvo aquel de desempeñar lo mejor posible un oficio que requería hacer de las tinieblas luz, y de la luz tinieblas.

En una España oscurantista, la de Franco, casi nada para un joven veinteañero que no sabía quién era ni para dónde iba. De allí del placer del aprendizaje casi solitario del principiante con su maestro, regresé a Puerto Rico a la iniciación del grabado y del cartel con dos extraordinarios maestros, Lorenzo Homar y Rafael Tufiño, en cuyo taller colectivo —acompañado de otros aprendices que dialogábamos tanto con los maestros, como con las herramientas, superficies y conceptos— abordábamos, felizmente por vez primera, el gozo del conocimiento compartido, la seguridad que se obtiene al no saberse solo ni desamparado en un viaje que duraría toda la vida.

Imposible. Imposible saber entonces que muchos años después veterano de talleres donde me adiestré en las artes de la plástica, la literatura, el periodismo, el teatro, en especial con Rosa Luisa Márquez, la radio, el cine y la televisión, en afán incansable de comunicar, llegaría en los difíciles años 90 a este mítico Cubanacán, a esta voz traducida en lugar de múltiples y complementarios aprendizajes, a participar de un taller titulado Donde estoy parado, así con punto final y posible signo de interrogación antes y después. Declaración o pregunta de difícil contestación, pues el deseo no siempre corresponde a la capacidad, el lugar a la habilidad de sostenerse en pie.

Fue una experiencia imposible de olvidar por la calidad de los talleristas, en su gran mayoría estudiantes del ISA. Recuerdo mi delirio, delirio que vuelvo a experimentar ahora, al ver obras de estudiantes cuya maestría se me manifestó como incuestionable, a tal punto, que les expresé mi deseo de regresar a Cubanacán como discípulo y no como profesor, pues la educación de la que daban muestras la hubiera querido para mí mismo. Agradecieron lo que consideraron una gentileza y me replicaron, no obstante, que la dieta de chícharos mañana, tarde y noche, no sería muy de mi capitalizado paladar. Nos reímos juntos porque la situación que se atravesaba en esa época era mejor tomarla a chiste.
 



Fue un taller extraordinario, donde un gigantesco tablero de ajedrez compuesto por matrices de xilografía servía de escenario a danzas y luchas marciales, y cuyas impresiones sobre papel cartulina posibilitaban una dúctil y versátil gama de máscaras, escenografías y vestuarios, ejecutados con sorprendente audacia por grabadores de naturaleza tímida, para nada habituados a las artes escénicas. Yo, el maestro, fui el más aprendiz de todos. Descubriendo horizontes de significados, ensayando soluciones estéticas a problemas éticos, gozando el hermanado conocimiento de viejas y nuevas verdades al fragor de un entusiasmo contagioso. 

Qué iba yo a imaginar que en el marco de la Décima Bienal de La Habana, el Instituto Superior de Arte, ese nuevo y esplendoroso sueño de mi juventud lejana, iba a otorgarme un grado doctoral Honoris Causa que coincidiera con mi cumpleaños número 70. Por más que lo repito no me creo ni lo uno ni lo otro.

Soy demasiado, ya que no joven, inmaduro para ambos. Y esto me recuerda un doctorado que me otorgara la Universidad del Turabo. En esa ocasión ocupaba yo la posición de artista residente de la Universidad de Puerto Rico, en Cayey, posición que ocupo todavía, pero mi salario, siguiendo la escala académica, correspondía a mi único grado universitario de bachiller en diplomacia, ya que no tenía ni tengo grado alguno de academia o universidad relacionado a las artes.

Consciente de mejorar mi situación salarial, solicité una cita con el presidente de la Universidad, que era Doctor en Medicina. Y sin encomendarme a nadie le pedí un aumento de sueldo partiendo de mi nueva condición doctoral. El Presidente, que era un hombre muy simpático y de mucho juego de pie, sonrió, me miró de hito en hito, y me dijo “Sí, maestro Martorell, lo que usted diga, concedido el aumento, pero aunque ahora usted sea doctor, por favor, no recete”.

Observé su consejo. No he recetado fármaco ni tratamientos médicos, no he diagnosticado males ni pronosticado curas, ni defunciones. Pero no he podido menos que reflexionar sobre este peliagudo asunto de ser doctor, lo cual en el imaginario popular y el mío, nunca ha dejado de serlo, significa alguien con poderes superiores de vida y muerte, con capacidad de alivio al dolor humano, en diálogo consecuente con lo desconocido para mediar en lo cotidiano.

En un atribulado mundo globalizado, más como un globo de feria a punto de estallar y estallando con frecuencia aterradora, recibiendo pinchazos y parches aquí y allá, vendajes insuficientes, gasas con ese y con zeta, en franjas o en pedazos, con la sangre de muchos y el sudor de todos, los artistas, nosotros los artistas con conciencia o sin ella, proveemos más que un vendaje o droga curativa, la alternativa maravillosa de una herida luminosa, la apertura que más que permitir, invita a que nuestro más íntimo ser se enriquezca con la experiencia de ustedes, los otros, nos hagamos partícipes de esta humanidad tan riente como doliente.

Somos los artistas también más afines a aquella antigua práctica de la medicina, que sangraba al paciente para que los malos humores salieran del cuerpo restituyéndole así la salud. Airear la herida, permitir que los anticuerpos cumplan su honrosa tarea de expulsar los pérfidos efluvios y reciban la fortaleza de la solidaridad.

Somos doctores itinerantes, médicos de cabecera, aprendices de brujo, pues nuestra ciencia es inexacta e impredecible, con códigos secretos pero compartidos cual tatuaje bajo la piel, lenguaje a veces mudo pero no por eso menos elocuente y significativo, el balbuceo de lo indecible al decir del poeta un no sé qué que queda susurrando. Y en ocasiones, como todo buen doctor sabe, hay que provocar la crisis cuya resolución es la salvación o la condena del paciente. Arriesgar el todo por el todo, pero siempre, apostando a la vida, la de todos. Para esto el artista, doctor o no, tiene que vencer el principal enemigo del arte y de la vida: el miedo. Sobre todo el miedo al fracaso, ese temor a dañar la obra, a debilitar al paciente, inclusive, a propiciar inadvertidamente su muerte.

Hace ya muchos años, el querido amigo e insustituible colaborador, el artista, Humberto Figueroa, al veme vacilar frente a un cuadro si le aplicaba un color u otro, me dijo “¿A qué le temes?, confía en tu educada intuición, el lienzo no te va a morder, y si no funciona, lo borras y lo haces de nuevo, no tienes nada que perder y todo que ganar”.

Sabio consejo.

Y volviendo a esto de ser doctor, ni hablar de cortejar la fama a expensas del trabajo, de malgastar la medicina, de confundir apariencia con esencia, aunque la apariencia, la superficie de las cosas sea nuestro oficio inmediato. La esencia es algo más, mucho más que el perfume, tan inasible como él, pero tan fundamental como una roca. No debemos olvidar que todo arte es búsqueda, proceso y producto del conocimiento, no vano ornamento o moneda de cambio.

Doctor ahora, sí, cuando siempre he sido un paciente impaciente, un enfermo de las ansias del hacer, un adicto al dulce vicio del trabajo creador. Doctor ahora gracias a ustedes. Al heroico pueblo cubano que ha hecho honor al musical nombre de este lugar, de este hogar de la transformación, Cubanacán, donde se alienta la producción cultural más importante y significativa del Caribe y de América. Doctor sin receta, porque el arte rehúsa ser prescrito, se reciente de ser forzado en una sola y excluyente dirección. Es díscolo e imprevisible, veleidoso y errático, porque el error, el accidente y el tropiezo conducen a nuevos caminos y destinos que de otro modo jamás conoceríamos.

Gracias por confirmar mi vocación aventurera, por aprovechar y ahondar la herida, aplicar el bálsamo de la curiosidad, permitir que los malos humores nos abandonen y reine el buen humor, la sonrisa del reconocimiento de viejas y nuevas verdades, prestas siempre a renovarse, a crecer.


Palabras de agradecimiento en la imposición del Doctorado Honoris Causa del Instituto Superior de Arte

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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