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Tengo para ustedes unas palabras
escritas en el aire, como
corresponde, entre San Juan,
Santo Domingo y La Habana. Un
texto auténticamente caribeño,
si me permiten la redundancia, a
la cual somos tan adictos los
puertorriqueños. Comenzaremos
por hacer historia, porque
siempre comenzamos por hacer
historia.
En mi país todo decir tiene que
ser primero historia, porque
hemos estado sistemáticamente
escamoteados de ella, porque la
historia es la mejor aliada de
la verdad y el imperio ha
tratado de borrarla de nuestra
memoria, y hay casos en que ni
siquiera ha tenido que borrarla
porque ha impedido que se ha
establezca para comenzar.
Cuando por primera vez contemplé
imágenes de Cubanacán, esto que
tenemos ante nosotros y en
nosotros, las bóvedas rojas en
el follaje verde de La Habana,
el nombre tan sonoro Cubanacán y
los colores contrapuestos, el
rojo y el verde tan sonoros
también me deslumbraron tanto
por su belleza, como por su
atrevido y orgánico concepto de
integrar las artes, de
devolvernos en el tropical
paisaje su linaje universal y
multiforme.
Desde entonces, “Cubanacán” fue
palabra encantada, mágica imagen
surgida de las páginas de la
revista Bohemia que nos
llegaba a Puerto Rico a
principios de los años 60,
anunciando un arte del porvenir.
Jamás pensé entonces, recién
egresado de la Escuela de
Servicio Extranjero en la
Universidad de Georgetown, en
Washington DC, que renunciaría a
la carrera diplomática al
servicio de EE.UU. porque los
jesuitas me habían enseñado
demasiado sobre las teorías del
balance de poder, sobre la
utilización de las artes de la
diplomacia para doblegar la
voluntad de países y pueblos.
Para conseguir por las buenas o
por las malas la hegemonía del
creciente imperialismo americano
que todavía no había consolidado
en imperio.
Mi vocación tardía de artista
aficionado se manifestó entonces
más, mucho más que fuerte
inclinación, opción por defecto.
Única salida a una vida que de
otro modo consideraba tan inútil
como carente de placer. La
conciencia inaplazable de ser un
súbdito colonial, sin yo
saberlo, me hacía aspirar a la
soberanía del arte, al ensayo
democratizante que supone toda
estética de la comunicación, al
aprendizaje y búsqueda del
conocimiento que comprende el
ejercicio de un oficio del arte.
Yo, un puertorriqueño que soñaba
en su infancia y temprana
adolescencia con ser un
americanito, se encaminó
entonces de manera accidentada y
torpe en la búsqueda de una
libertad misteriosa, desconocida
y peligrosa. No les abrumaré en
esta ocasión con las predecibles
peripecias de un aprendiz de
brujo que sabía poco o nada de
artes sobrenaturales y mucho
menos naturales. Pero sí me
parece importante decirles que
llegué tarde, muy tarde a los
exámenes de ingreso a la
Academia San Fernando, en
Madrid, y para cumplir con la
beca empresarial que allí me
llevó fui tomado como aprendiz
en el estudio de un pintor
vasco, Luis Martín Caro, en un
séptimo piso, sin ascensor, ni
calefacción, en el castizo
barrio de Argüelles, abierto al
norte de un cielo velazquiano,
verdeazul e inolvidable.
Allí aprendí los rudimentos del
oficio desde armar bastidores,
aplicar imprimaturas a lienzo,
moler polvo de pigmentos con
aceite sobre placas de vidrio
hasta bregar con problemas de
composición, tonos, valor, color
y sobre todo, sentido,
significado e ilusiones.
Todo esto en un ambiente de
taller a la antigua, sin sueños
de grandeza salvo aquel de
desempeñar lo mejor posible un
oficio que requería hacer de las
tinieblas luz, y de la luz
tinieblas.
En una España oscurantista, la
de Franco, casi nada para un
joven veinteañero que no sabía
quién era ni para dónde iba. De
allí del placer del aprendizaje
casi solitario del principiante
con su maestro, regresé a Puerto
Rico a la iniciación del grabado
y del cartel con dos
extraordinarios maestros,
Lorenzo Homar y Rafael Tufiño,
en cuyo taller colectivo
—acompañado de otros aprendices
que dialogábamos tanto con los
maestros, como con las
herramientas, superficies y
conceptos— abordábamos,
felizmente por vez primera, el
gozo del conocimiento
compartido, la seguridad que se
obtiene al no saberse solo ni
desamparado en un viaje que
duraría toda la vida.
Imposible. Imposible saber
entonces que muchos años después
veterano de talleres donde me
adiestré en las artes de la
plástica, la literatura, el
periodismo, el teatro, en
especial con Rosa Luisa Márquez,
la radio, el cine y la
televisión, en afán incansable
de comunicar, llegaría en los
difíciles años 90 a este mítico
Cubanacán, a esta voz traducida
en lugar de múltiples y
complementarios aprendizajes, a
participar de un taller titulado
Donde estoy parado, así
con punto final y posible signo
de interrogación antes y
después. Declaración o pregunta
de difícil contestación, pues el
deseo no siempre corresponde a
la capacidad, el lugar a la
habilidad de sostenerse en pie.
Fue una experiencia imposible de
olvidar por la calidad de los
talleristas, en su gran mayoría
estudiantes del ISA. Recuerdo mi
delirio, delirio que vuelvo a
experimentar ahora, al ver obras
de estudiantes cuya maestría se
me manifestó como
incuestionable, a tal punto, que
les expresé mi deseo de regresar
a Cubanacán como discípulo y no
como profesor, pues la educación
de la que daban muestras la
hubiera querido para mí mismo.
Agradecieron lo que consideraron
una gentileza y me replicaron,
no obstante, que la dieta de
chícharos mañana, tarde y noche,
no sería muy de mi capitalizado
paladar. Nos reímos juntos
porque la situación que se
atravesaba en esa época era
mejor tomarla a chiste.
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Fue un taller extraordinario,
donde un gigantesco tablero de
ajedrez compuesto por matrices
de xilografía servía de
escenario a danzas y luchas
marciales, y cuyas impresiones
sobre papel cartulina
posibilitaban una dúctil y
versátil gama de máscaras,
escenografías y vestuarios,
ejecutados con sorprendente
audacia por grabadores de
naturaleza tímida, para nada
habituados a las artes
escénicas. Yo, el maestro, fui
el más aprendiz de todos.
Descubriendo horizontes de
significados, ensayando
soluciones estéticas a problemas
éticos, gozando el hermanado
conocimiento de viejas y nuevas
verdades al fragor de un
entusiasmo contagioso.
Qué iba yo a imaginar que en el
marco de la Décima Bienal de La
Habana, el Instituto Superior de
Arte, ese nuevo y esplendoroso
sueño de mi juventud lejana, iba
a otorgarme un grado doctoral
Honoris Causa que coincidiera
con mi cumpleaños número 70. Por
más que lo repito no me creo ni
lo uno ni lo otro.
Soy demasiado, ya que no joven,
inmaduro para ambos. Y esto me
recuerda un doctorado que me
otorgara la Universidad del
Turabo. En esa ocasión ocupaba
yo la posición de artista
residente de la Universidad de
Puerto Rico, en Cayey, posición
que ocupo todavía, pero mi
salario, siguiendo la escala
académica, correspondía a mi
único grado universitario de
bachiller en diplomacia, ya que
no tenía ni tengo grado alguno
de academia o universidad
relacionado a las artes.
Consciente de mejorar mi
situación salarial, solicité una
cita con el presidente de la
Universidad, que era Doctor en
Medicina. Y sin encomendarme a
nadie le pedí un aumento de
sueldo partiendo de mi nueva
condición doctoral. El
Presidente, que era un hombre
muy simpático y de mucho juego
de pie, sonrió, me miró de hito
en hito, y me dijo “Sí, maestro
Martorell, lo que usted diga,
concedido el aumento, pero
aunque ahora usted sea doctor,
por favor, no recete”.
Observé su consejo. No he
recetado fármaco ni tratamientos
médicos, no he diagnosticado
males ni pronosticado curas, ni
defunciones. Pero no he podido
menos que reflexionar sobre este
peliagudo asunto de ser doctor,
lo cual en el imaginario popular
y el mío, nunca ha dejado de
serlo, significa alguien con
poderes superiores de vida y
muerte, con capacidad de alivio
al dolor humano, en diálogo
consecuente con lo desconocido
para mediar en lo cotidiano.
En un atribulado mundo
globalizado, más como un globo
de feria a punto de estallar y
estallando con frecuencia
aterradora, recibiendo pinchazos
y parches aquí y allá, vendajes
insuficientes, gasas con ese y
con zeta, en franjas o en
pedazos, con la sangre de muchos
y el sudor de todos, los
artistas, nosotros los artistas
con conciencia o sin ella,
proveemos más que un vendaje o
droga curativa, la alternativa
maravillosa de una herida
luminosa, la apertura que más
que permitir, invita a que
nuestro más íntimo ser se
enriquezca con la experiencia de
ustedes, los otros, nos hagamos
partícipes de esta humanidad tan
riente como doliente.
Somos los artistas también más
afines a aquella antigua
práctica de la medicina, que
sangraba al paciente para que
los malos humores salieran del
cuerpo restituyéndole así la
salud. Airear la herida,
permitir que los anticuerpos
cumplan su honrosa tarea de
expulsar los pérfidos efluvios y
reciban la fortaleza de la
solidaridad.
Somos doctores itinerantes,
médicos de cabecera, aprendices
de brujo, pues nuestra ciencia
es inexacta e impredecible, con
códigos secretos pero
compartidos cual tatuaje bajo la
piel, lenguaje a veces mudo pero
no por eso menos elocuente y
significativo, el balbuceo de lo
indecible al decir del poeta un
no sé qué que queda susurrando.
Y en ocasiones, como todo buen
doctor sabe, hay que provocar la
crisis cuya resolución es la
salvación o la condena del
paciente. Arriesgar el todo por
el todo, pero siempre, apostando
a la vida, la de todos. Para
esto el artista, doctor o no,
tiene que vencer el principal
enemigo del arte y de la vida:
el miedo. Sobre todo el miedo al
fracaso, ese temor a dañar la
obra, a debilitar al paciente,
inclusive, a propiciar
inadvertidamente su muerte.
Hace ya muchos años, el querido
amigo e insustituible
colaborador, el artista,
Humberto Figueroa, al veme
vacilar frente a un cuadro si le
aplicaba un color u otro, me
dijo “¿A qué le temes?, confía
en tu educada intuición, el
lienzo no te va a morder, y si
no funciona, lo borras y lo
haces de nuevo, no tienes nada
que perder y todo que ganar”.
Sabio consejo.
Y volviendo a esto de ser
doctor, ni hablar de cortejar la
fama a expensas del trabajo, de
malgastar la medicina, de
confundir apariencia con
esencia, aunque la apariencia,
la superficie de las cosas sea
nuestro oficio inmediato. La
esencia es algo más, mucho más
que el perfume, tan inasible
como él, pero tan fundamental
como una roca. No debemos
olvidar que todo arte es
búsqueda, proceso y producto del
conocimiento, no vano ornamento
o moneda de cambio.
Doctor ahora, sí, cuando siempre
he sido un paciente impaciente,
un enfermo de las ansias del
hacer, un adicto al dulce vicio
del trabajo creador. Doctor
ahora gracias a ustedes. Al
heroico pueblo cubano que ha
hecho honor al musical nombre de
este lugar, de este hogar de la
transformación, Cubanacán, donde
se alienta la producción
cultural más importante y
significativa del Caribe y de
América. Doctor sin receta,
porque el arte rehúsa ser
prescrito, se reciente de ser
forzado en una sola y excluyente
dirección. Es díscolo e
imprevisible, veleidoso y
errático, porque el error, el
accidente y el tropiezo conducen
a nuevos caminos y destinos que
de otro modo jamás conoceríamos.
Gracias por confirmar mi
vocación aventurera, por
aprovechar y ahondar la herida,
aplicar el bálsamo de la
curiosidad, permitir que los
malos humores nos abandonen y
reine el buen humor, la sonrisa
del reconocimiento de viejas y
nuevas verdades, prestas siempre
a renovarse, a crecer.
Palabras de
agradecimiento en la imposición
del Doctorado Honoris Causa del Instituto Superior de Arte |