Año VII
La Habana

4 al 10 de ABRIL
de 2009

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He llegado a ser “aprendiz de mucho y maestro de nada”

Antonio Martorell • La Habana

Foto: Abel (Cortesía de Casa de las Américas)


Amigas y amigos de la Casa y en la Casa:

Nací en un país que todavía no lo es. Ya entrado el siglo XXI, Puerto Rico sigue siendo una colonia clásica de los EE.UU., la última en esta América Nuestra que todavía tampoco es del todo nuestra 

Como artista y alguien con vocación de comunicador, el ser puertorriqueño no fue consecuencia automática de nacer en la Isla. Ni la geografía, ni la cultura, ni el idioma, ni la raza ni la etnia fueron suficientes factores determinantes para asumir una identidad nacional.

Al igual que le sucede a otros artistas, una voluntad política tuvo que unirse a una sensibilidad poética para edificar un trabajo, una labor de amor y desafío de ser comunicando, de unir la estética y la ética.

Por una afortunada pronunciación boricua que algunos puristas consideran disparada oralidad, mis compatriotas pronuncian las palabras “verdad” y “beldad” como si fueran la misma cosa, ¿verdad? Al privilegiar la “l” sobre la “r”, nosotros decimos “beldad” por “verdad”, la “r” queda engullida, ahogada, danzando y nadando por siempre en el insondable mar de nuestro deseo.

Este reflejo coloquial de un profundo sentir y una lengua resbaladiza y traviesa pone de manifiesto la irrenunciable vocación a embellecer la verdad y a hacer de la belleza una verdad. Una de muchas, por cierto, pues la verdad no acepta ser excluyente, eso por naturaleza y sobre todo en una isla tan conflictuada como la nuestra, amenazada por hundirse en un mar de “verdades” y “beldades” múltiples, complejas y contradictorias.

De ahí que el comunicador que pretende ser artista o el artista que aspira a comunicar, asuma diversos lenguajes, variedad de herramientas con las cuales construir puentes entre las distintas islas del sentido que componen un archipiélago revuelto y tormentosos, modos y voluntades que chocan entre sí, se dicen y desdicen, se “imaginan” en el sentido literal de transformarse en “imagen” de sí misma.

Tarea difícil, pero reto feliz para quien goza con la aventura de la creación, con el peligro siempre estimulante de equivocarse de ruta, de experimentar un accidente que pudiera ser tan fatal como afortunado al conducir a insospechados destinos, a trechos y desvíos. Esto me lleva a recordar que fue en La Habana donde mi querida cómplice de aventuras gráfico-teatrales, Rosa Luisa Márquez, un grupo de talleristas y yo establecimos la primera sede fuera de nuestro país de la IPAF, Instituto Puertorriqueño del Accidente Feliz, capítulo de La Habana.
 

Martorell junto a la nieta de León Ferrari, quien recibió la Medalla a nombre de su abuelo

Es en una ya larga búsqueda de instrumentos útiles para detectar coordenadas y transitar los accidentados caminos del arte de la comunicación y la comunicación del arte, que he iniciado en diversos aprendizajes, llegando a ser como es lógico, aprendiz de mucho y maestro de nada. No lo digo en falsa ni real modestia, sino en gozoso reconocimiento de una realidad que mantiene vivo y más que vivo, juvenil, mi deseo.

Si en algo lamento el paso de los años, es que el horizonte del conocimiento, del misterio que se revela, se acerca cada vez más y también al abismo igual de misterioso, como la conciencia pre moderna que consideraba el horizonte marítimo como final. Siendo isleño no puedo deshacerme de estas imágenes, al nacer y vivir con los ojos puestos en la línea cambiante y en ocasiones imperceptible que es el maridaje tormentoso entre mar y cielo en el Caribe.

El dibujo, con su deliberada seducción y abstracción que conduce a la línea en blanco y negro, ambas, la línea y el blanco y negro, ausentes en la realidad, me condujo a la pintura y su vana ilusión de re-presentar de re-producir lo irrepetible. El cuadro-ventana probó ser insuficiente en mi afán de establecer un contacto que trascendiera lo uniejemplar y de ahí mi mudanza tan física a la imagen multiplicada, la “estampa”, el grabado, el cartel, la hoja suelta, esfuerzos democratizantes que intentan escapar del coto excluyente de la obra única, irrepetible y su limitado destino.

Mi ansia de comunicación, sin embargo, quedó aún sin saciarse. Pretendí entonces rodear al espectador, abrazar, acosarlo o seducirlo, según fuera el caso y crear una instalación, un ambiente que envolviera en colores, olores, sabores, texturas, que creara un espacio también “interactivo” además de “interdisciplinario” que rompiera con el muro del museo y la cuarta pared del teatro. Incursioné en el teatro desde temprano, primero tras bastidores, en el diseño y ejecución de escenografías y vestuarios y luego en escena cruzando la frontera de las candilejas para entrar en contacto con el público hasta que eso tampoco fue suficiente.

Intuí que si quería decir algo, comenzar una conversación en el arte, ¿Por qué no decir sin la palabra, volver al balbuceo, tartamudeo, susurro, grito o la aspirada elocuencia de todo decir oral o escrito.

De ahí que he sido reportero de prensa, dibujando o escribiendo en tribunales de justicia, periodista cultural, crítico y cronista en la prensa escrita, radio y televisión, medios juntos y revueltos que continuo explorando con renovado placer y que me permiten una abarcadora conversación con un pueblo que necesita interlocutores cuestionantes, voces que los acompañen en la aventura del conocimiento propio y ajeno.

Si hago este abreviado recuento ante ustedes es buscando quizá en la variedad y cantidad, ya que no en la cantidad, de una producción en la cual todo crédito ha de ser compartido con una inmensa, entusiasta y fabulosa agrupación de colaboradores sin los cuales no hubiera tenido sentido y hubiera sido imposible realizar algo que justifique la medalla Haydée Santamaría que ustedes me otorgan.

En muchos casos los medios de producción han servido tanto de origen, como de destino, determinante proceso por el cual el aprendizaje está ligado de forma indisoluble al objetivo del producto en una dinámica que requiere que forma y contenido, producto y destinatario se modifiquen e inclusive se trastornen orgánicamente.

Agradezco a este generoso país tan consecuente con el que aspiro a tener, con el mío que aún no lo es, en sus luchas y logros, el haberme brindado la oportunidad de trabajar en él, en Cuba, a través de los 25 años que cumple la Bienal de La Habana en talleres diversos y con artistas extraordinarios de aquí y de otros países, el más reciente siendo el Taller Experimental de Gráfica de La Habana, donde también participé en el primer taller en esta ciudad y me alegra que sea allí donde la plena boricua se cubaniza y los grabadores cubanos se boricuizan.

Que sea en y de la Casa de las Américas este reconocimiento es de particular importancia. Esta ha sido siempre mi Casa en La Habana como lo es para tantos trabajadores culturales de Latinoamérica y el Caribe y la espléndida diáspora que compartimos con el resto del mundo.

Es una casa con muchas habitaciones y un ascensor que conduce al paraíso. Es una Casa que en sus 50 años ha resistido huracanes de toda categoría. En ocasiones el mar ha pretendido convertirla en barco y aún así ha permanecido anclada en el lugar que le corresponde sirviendo de puerto a tantos de nosotros que venimos a compartir con ustedes, penas y alegrías, logros y fracasos. Para alguien como yo que ha perdido varias casas a lo largo de ya casi 70 años (la primera cuando mi madre se quedó sin marido y sus hijos sin padre, desahuciados y en la calle; la segunda cuando el FBI descendió sobre mi casa de campo, que es la única que tenía pero suena elegante; la tercera, mi casa taller, en la universidad de Puerto Rico cuando jóvenes desorientados la incendiaron en busca de luz), pero esta Casa de las Américas, más que mía, soy yo de ella.

Acepto honrado esta medalla no solo en mi nombre, sino en el de mis compañeros artistas puertorriqueños y de los que todavía no se reconocen a sí mismos como artistas. Porque ser puertorriqueño es de por sí un arte, más que un producto, un proceso, más que un proceso, un deseo, más que un deseo, una necesidad.

En nombre de ese pueblo necesario y necesitado, acepto esta medalla.

30 de marzo, 2009

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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