|
Amigas y amigos de la Casa y en
la Casa:
Nací en un país que todavía no
lo es. Ya entrado el siglo XXI,
Puerto Rico sigue siendo una
colonia clásica de los EE.UU.,
la última en esta América
Nuestra que todavía tampoco es
del todo nuestra
Como artista y alguien con
vocación de comunicador, el ser
puertorriqueño no fue
consecuencia automática de nacer
en la Isla. Ni la geografía, ni
la cultura, ni el idioma, ni la
raza ni la etnia fueron
suficientes factores
determinantes para asumir una
identidad nacional.
Al igual que le sucede a otros
artistas, una voluntad política
tuvo que unirse a una
sensibilidad poética para
edificar un trabajo, una labor
de amor y desafío de ser
comunicando, de unir la estética
y la ética.
Por una afortunada pronunciación
boricua que algunos puristas
consideran disparada oralidad,
mis compatriotas pronuncian las
palabras “verdad” y “beldad”
como si fueran la misma cosa,
¿verdad? Al privilegiar la “l”
sobre la “r”, nosotros decimos
“beldad” por “verdad”, la “r”
queda engullida, ahogada,
danzando y nadando por siempre
en el insondable mar de nuestro
deseo.
Este reflejo coloquial de un
profundo sentir y una lengua
resbaladiza y traviesa pone de
manifiesto la irrenunciable
vocación a embellecer la verdad
y a hacer de la belleza una
verdad. Una de muchas, por
cierto, pues la verdad no acepta
ser excluyente, eso por
naturaleza y sobre todo en una
isla tan conflictuada como la
nuestra, amenazada por hundirse
en un mar de “verdades” y
“beldades” múltiples, complejas
y contradictorias.
De ahí que el comunicador que
pretende ser artista o el
artista que aspira a comunicar,
asuma diversos lenguajes,
variedad de herramientas con las
cuales construir puentes entre
las distintas islas del sentido
que componen un archipiélago
revuelto y tormentosos, modos y
voluntades que chocan entre sí,
se dicen y desdicen, se
“imaginan” en el sentido literal
de transformarse en “imagen” de
sí misma.
Tarea difícil, pero reto feliz
para quien goza con la aventura
de la creación, con el peligro
siempre estimulante de
equivocarse de ruta, de
experimentar un accidente que
pudiera ser tan fatal como
afortunado al conducir a
insospechados destinos, a
trechos y desvíos. Esto me lleva
a recordar que fue en La Habana
donde mi querida cómplice de
aventuras gráfico-teatrales,
Rosa Luisa Márquez, un grupo de
talleristas y yo establecimos la
primera sede fuera de nuestro
país de la IPAF, Instituto
Puertorriqueño del Accidente
Feliz, capítulo de La Habana.
|
 |
|
Martorell
junto a la nieta de León
Ferrari, quien recibió
la Medalla a nombre de
su abuelo |
Es en una ya larga búsqueda de
instrumentos útiles para
detectar coordenadas y transitar
los accidentados caminos del
arte de la comunicación y la
comunicación del arte, que he
iniciado en diversos
aprendizajes, llegando a ser
como es lógico, aprendiz de
mucho y maestro de nada. No lo
digo en falsa ni real modestia,
sino en gozoso reconocimiento de
una realidad que mantiene vivo y
más que vivo, juvenil, mi deseo.
Si en algo lamento el paso de
los años, es que el horizonte
del conocimiento, del misterio
que se revela, se acerca cada
vez más y también al abismo
igual de misterioso, como la
conciencia pre moderna que
consideraba el horizonte
marítimo como final. Siendo
isleño no puedo deshacerme de
estas imágenes, al nacer y vivir
con los ojos puestos en la línea
cambiante y en ocasiones
imperceptible que es el maridaje
tormentoso entre mar y cielo en
el Caribe.
El dibujo, con su deliberada
seducción y abstracción que
conduce a la línea en blanco y
negro, ambas, la línea y el
blanco y negro, ausentes en la
realidad, me condujo a la
pintura y su vana ilusión de
re-presentar de re-producir lo
irrepetible. El cuadro-ventana
probó ser insuficiente en mi
afán de establecer un contacto
que trascendiera lo uniejemplar
y de ahí mi mudanza tan física a
la imagen multiplicada, la
“estampa”, el grabado, el
cartel, la hoja suelta,
esfuerzos democratizantes que
intentan escapar del coto
excluyente de la obra única,
irrepetible y su limitado
destino.
Mi ansia de comunicación, sin
embargo, quedó aún sin saciarse.
Pretendí entonces rodear al
espectador, abrazar, acosarlo o
seducirlo, según fuera el caso y
crear una instalación, un
ambiente que envolviera en
colores, olores, sabores,
texturas, que creara un espacio
también “interactivo” además de
“interdisciplinario” que
rompiera con el muro del museo y
la cuarta pared del teatro.
Incursioné en el teatro desde
temprano, primero tras
bastidores, en el diseño y
ejecución de escenografías y
vestuarios y luego en escena
cruzando la frontera de las
candilejas para entrar en
contacto con el público hasta
que eso tampoco fue suficiente.
Intuí que si quería decir algo,
comenzar una conversación en el
arte, ¿Por qué no decir sin la
palabra, volver al balbuceo,
tartamudeo, susurro, grito o la
aspirada elocuencia de todo
decir oral o escrito.
De ahí que he sido reportero de
prensa, dibujando o escribiendo
en tribunales de justicia,
periodista cultural, crítico y
cronista en la prensa escrita,
radio y televisión, medios
juntos y revueltos que continuo
explorando con renovado placer y
que me permiten una abarcadora
conversación con un pueblo que
necesita interlocutores
cuestionantes, voces que los
acompañen en la aventura del
conocimiento propio y ajeno.
Si hago este abreviado recuento
ante ustedes es buscando quizá
en la variedad y cantidad, ya
que no en la cantidad, de una
producción en la cual todo
crédito ha de ser compartido con
una inmensa, entusiasta y
fabulosa agrupación de
colaboradores sin los cuales no
hubiera tenido sentido y hubiera
sido imposible realizar algo que
justifique la medalla Haydée
Santamaría que ustedes me
otorgan.
En muchos casos los medios de
producción han servido tanto de
origen, como de destino,
determinante proceso por el cual
el aprendizaje está ligado de
forma indisoluble al objetivo
del producto en una dinámica que
requiere que forma y contenido,
producto y destinatario se
modifiquen e inclusive se
trastornen orgánicamente.
Agradezco a este generoso país
tan consecuente con el que
aspiro a tener, con el mío que
aún no lo es, en sus luchas y
logros, el haberme brindado la
oportunidad de trabajar en él,
en Cuba, a través de los 25 años
que cumple la Bienal de La
Habana en talleres diversos y
con artistas extraordinarios de
aquí y de otros países, el más
reciente siendo el Taller
Experimental de Gráfica de La
Habana, donde también participé
en el primer taller en esta
ciudad y me alegra que sea allí
donde la plena boricua se
cubaniza y los grabadores
cubanos se boricuizan.
Que sea en y de la Casa de las
Américas este reconocimiento es
de particular importancia. Esta
ha sido siempre mi Casa en La
Habana como lo es para tantos
trabajadores culturales de
Latinoamérica y el Caribe y la
espléndida diáspora que
compartimos con el resto del
mundo.
Es una casa con muchas
habitaciones y un ascensor que
conduce al paraíso. Es una Casa
que en sus 50 años ha resistido
huracanes de toda categoría. En
ocasiones el mar ha pretendido
convertirla en barco y aún así
ha permanecido anclada en el
lugar que le corresponde
sirviendo de puerto a tantos de
nosotros que venimos a compartir
con ustedes, penas y alegrías,
logros y fracasos. Para alguien
como yo que ha perdido varias
casas a lo largo de ya casi 70
años (la primera cuando mi madre
se quedó sin marido y sus hijos
sin padre, desahuciados y en la
calle; la segunda cuando el FBI
descendió sobre mi casa de
campo, que es la única que tenía
pero suena elegante; la tercera,
mi casa taller, en la
universidad de Puerto Rico
cuando jóvenes desorientados la
incendiaron en busca de luz),
pero esta Casa de las Américas,
más que mía, soy yo de ella.
Acepto honrado esta medalla no
solo en mi nombre, sino en el de
mis compañeros artistas
puertorriqueños y de los que
todavía no se reconocen a sí
mismos como artistas. Porque ser
puertorriqueño es de por sí un
arte, más que un producto, un
proceso, más que un proceso, un
deseo, más que un deseo, una
necesidad.
En nombre de ese pueblo
necesario y necesitado, acepto
esta medalla.
30 de marzo, 2009 |