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Decía Ortega y Gasset que la
Historia, cuando es lo que debe
ser, es una elaboración de
filmes. La realidad, que un
momento pareció consistir en una
infinidad de hechos
cristalizados, quietos en su
congelación, se liquida, mana y
toma un andar fluvial. La
Historia moviliza y de lo
estático nace lo raudo. También
el arte.
Particularmente en América
Latina, el contexto cultural,
político y social ha penetrado
de manera sorprendente en la
producción artística de sus
países. Lejos de dirigir su
mirada a los cánones que
legitiman ciertos sistemas
institucionales, los artistas
del continente ensanchan sus
medios de expresión y convierten
lo cotidiano en obras
atractivas, capaces de comunicar
a las masas y subversoras de los
discursos poscoloniales, aun
cuando la elaboración
estilística permanece íntegra.
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El brasileño Paulo Bruscky es
uno de estos artistas. Su obra
abarca el performance, la
fotografía y la llamada poesía
visual, por citar solo algunas
manifestaciones de las cuales se
apropia para transmitir su
preocupación por la situación de
nuestros países, el debate
crítico con la historia y la
dualidad arte-vida, la
integración, la resistencia y el
resguardo de la memoria
individual y colectiva. Cuba lo
conoce desde la tercera Bienal:
junto a Clemente Padín, Horacio
Zabala y Julio Plaza entre otros
artistas, fundadores junto a él
del movimiento “arte correo”,
trajo a La Habana el proyecto
Te queremos, Paraguay.
Esta vez, la galería de la
biblioteca Rubén Martínez
Villena acoge su muestra Arte
en todos los sentidos, un
recorrido por la trayectoria de
Bruscky desde sus primeros
intentos en la década del 70.
Humor, ironía, ligereza en el
diálogo, experimentación y
multiplicidad de recursos
―videos, audio, fotografías…―
caracterizan la veintena de
obras que conforman la
exposición.
Definirla no es nada fácil. Tras
ella se revela un artista
irreverente, aficionado a
explotar cada técnica hasta sus
últimos dones. Las fotografías
pueden aparecer combinadas con
trazos de pincel, pegadas a
sobres de cartas y los filmes
mezclados con imágenes
xerográficas. La ciudad
aparece como sujeto poético y
anclaje de indagaciones sociales
y políticas; los hombres que en
ella viven, como entes activos
aun desde la simple inquietud;
el arte, como recurso
autorreflexivo, catalejo desde
el cual se mira a sí mismo y su
relación con esos hombres y
ciudades que conforman la
cotidianidad del artista.
La propuesta de Bruscky se
articula con el tema de debate
en esta décima Bienal,
Integración y resistencia en la
era global. El público que la
visite tendrá la posibilidad de
acercarse a una rara avis:
un artista desvinculado del
mercado, a pesar de sus cuatro
décadas de producción artística.
Su primera participación en
ferias comerciales se registró
en el 2008. En el año en que
inició su ejercicio, Brasil
apenas respiraba bajo el
gobierno de regímenes militares
dictatoriales que anulaban ―como
fue común en todo Latinoamérica―
cualquier foco de resistencia y
pensamiento crítico: vincularse
entonces al mercado, según ha
dicho, habría sido legitimar
aquel orden. Desde entonces, ha
dedicado sus esfuerzos a
esquivar las fórmulas que sitúan
a la obra de arte y al artista
en pedestales, así como a los
mecanismos de distribución que
de esa forma los certifican.
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La multiplicación y
desacralización de ambos, ha
dicho, “es fundamental para que
pase a existir una sola cosa:
vida”. En “todos los sentidos”,
el arte de Paulo Bruscky
vitaliza las artes visuales del
continente y su cita en La
Habana. Su propuesta moviliza y
de lo estático que aún subsiste
en nuestras sociedades, nacerá
lo raudo para armar la otra
Historia.
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