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El nombre de Liborio
está ligado a la cultura
visual cubana desde los
inicios de la República.
Este personaje
caricaturesco devino
símbolo del cubano
durante más de 30 años.
Pero lo que no pudo
imaginar su creador, el
caricaturista Torriente,
es que, tiempo después,
otro Liborio, con una
nueva “arma” de trabajo:
la cámara fotográfica, y
una realidad muy
distinta: la Revolución
Cubana, se inscribiría
entre los nombres
reconocidos de la nueva
cultura visual del país.
A este protagonismo de
Liborio Noval, rinde
homenaje La Jiribilla,
este viernes 3 de abril,
con la exposición
Instantáneas de Liborio,
como parte de las
actividades que dicha
publicación viene
realizando con motivo
del Aniversario 50 de
la Revolución Cubana.
Liborio se inserta en el
grupo de fotógrafos que
dieron testimonio por la
lente del día a día del
proceso revolucionario
en marcha a partir de
1959. Al igual que
sucedió con la obra de
otros colegas, la suya
se encausó desde el
primer momento por una
temática de aliento
épico a tenor con la
propia dinámica y
dramática de los
acontecimientos. En esta
línea, tendría un
destaque mayor sus
fotografías de los
líderes de la
Revolución, en
particular, las hechas a
Fidel Castro y Ernesto
Che Guevara.
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Los cultores de esta
fotografía como los de
todas las
manifestaciones que
iniciaron el mejor arte
de la Revolución, no
habrían sido lo que
fueron si no se repara
en los esfuerzos,
conocimientos y
experiencias precedentes
que le posibilitaron su
entronización en el
nuevo contexto artístico
y hasta mediático de los
60. Nada nace de la
Nada. Y así como la
Revolución Cubana tuvo
en la llamada Generación
del Centenario su
vanguardia política, así
también sus demás
manifestaciones
artísticas y literarias
tuvieron sus respectivas
“generaciones del
centenario”,
entendiéndose estas como
las de aquellos
intelectuales y artistas
que, iniciados en sus
respectivas
manifestaciones o ya
formados en ellas desde
las décadas de los 40 y
50, se integraron a
partir del primero de
enero de 1959 al proceso
revolucionario, con lo
cual se garantizó la
necesaria continuidad
profesional
indispensable a todo
cambio social, político
y estético.
Desde entonces y hasta
la fecha, la obra de
Liborio Noval ha ido
creciendo en paralelo
con los períodos más
notables de este medio
siglo de Revolución. A
sus aportes a la
iconografía de sus
hombres emblemáticos, se
ha sumado otra línea
temática más relacionada
con las situaciones
coyunturales propias de
un saber ver desde la
cotidianidad los
momentos que le ha
tocado testimoniar. Más
hecha a la narrativa, al
encuentro fortuito, al
objet trouvé de
la fotografía
experimental surrealista
―común a una buena parte
de la fotografía cubana
de estos años―, las
fotos que la
particularizan, y que
constituyen el conjunto
mayor de la presente
exposición, son el
testimonio otro de un
mismo tiempo de
Revolución, en el cual
se cualifica la
observación más
involucrada con la
poesía de la realidad,
sin que quede del todo
fuera la reflexión
inteligente, apta
siempre para darnos una
visión ampliada y
renovada de la misma.
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Tampoco le ha faltado a
esta visión muy personal
de Liborio, el paisaje.
Tema que viene a
eclosionar en la madurez
de su desempeño
periodístico como
fotógrafo. El paisaje,
por lo general, siempre
se manifiesta en los
inicios de toda
evolución personal. En
esta exposición, al
menos, se manifiesta
como colofón de una
trayectoria generalmente
comprometida con la
visualidad de un
quehacer político y
social. Este paisaje,
sin embargo, tiene una
particularidad, son
también instantáneas, lo
que le da una mayor
unidad a la muestra. Es
decir, no es el paisaje
en su soberanía
contemplativa, para el
cual posa el ojo del
fotógrafo, sino aquel
que es aprehendido al
paso, entre un reportaje
y otro, cuando el arco
iris lo recorre o la
nevada cae.
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Accidentes, sin duda,
que de alguna manera nos
remiten a un cierto
paisajismo cosmopolita
—llamémoslo así, por
ahora—, no por más
urbano menos natural
―tal y como observamos
en otras fotos de
interés social, tomadas
en el metro o frente a
la vidriera de alguna
ciudad extranjera―, en
perpetuo vínculo con lo
captado durante sus
largas jornadas como
fotorreportero en
eventos y misiones del
estado cubano.
Con la presente
exposición, tiene La
Jiribilla una
propuesta a la cual
nunca estará de más
acercarse. Las dos caras
de una misma moneda, son
también aquí los dos
temas de un único y
solidario fotógrafo, sin
el cual la historia de
la fotografía cubana ya
no puede pasarse. |