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"Primero hay que tener en cuenta tu
música, tu palma y tu bandera, después
que venga lo demás."
Le llamaban el rey de los tambores.
Y no había exageración alguna en el
epíteto.
Yo lo recuerdo en mis días de alegría
juvenil, con su inconfundible gorra
blanca y camisas coloreadas, sacándoles
música a los cueros y provocando con sus
Tatagüinitos un arrebato colectivo con
eso de “El perico está llorando”, en los
lejanos 60 del pasado siglo.
Nacido el 30 de junio de 1930, en un
hogar humilde del bullicioso poblado
habanero de Güines, Federico Arístides
Soto, adoptó su apodo de pequeño, El
Tata, y como apellido, el del pueblo que
le vio espigarse.
Tuvo como primer oficio el de zapatero,
pero la música le corría por las venas.
Su padre dirigía el Sexteto Partagás y
tocaba el tres; sus tíos, el bajo y la
guitarra, mientras él con apenas seis
años, convertía dos laticas en
resonantes bongoes.
Sin percusión no hay ritmo
Tumbador por magnificencia, intérprete
perfecto de la rumba y la conga, Tata
Güines era único en su género, hacedor
de un estilo que despertó admiración y
respeto lo mismo en La Tropical que en
el Palladium de Nueva York.
Sus profesores de música fueron los
mayores que se ponían a tocar rumba los
domingos en las esquinas y su padre y
sus tíos, quienes a su vez también
habían aprendido música de oídas.
En los inicios de su carrera artística
vivió en el barrio Las Yaguas, “pura
marginalidad”, y, según contó en una
entrevista, “tuvo que tocar el tambor
quinto de candela en cuanta comparsa
apareciera. En los carnavales, con el
tambor al hombro, terminaba orinando
sangre. Para buscarme el orégano
(dinero) tocaba clave, bongó, güiro,
timbal, tumbadora, contrabajo y hasta
cantaba.”
Aquella era La Habana de los años 40
cuando se menospreciaban a los
tamboreros, ―casi todos negros como él―,
y Tata Güines, ante el asombro de
muchos, se propuso concederle categoría
y prestigio al instrumento.
“Sin percusión no hay ritmo. Y sin
ritmo, ¿dónde está la música cubana?”
Algunos lo criticaban y hasta lo
tildaban de quijotesco. Pero él, para
encontrar su sonido, perseguía un
formato rítmico sacando timbres sobre el
cuero.
Pronto se verían justificadas sus
obsesiones.
“Utilizaba las uñas, pero seguían
diciendo que era un loco, que aquello
era puro aspaviento. Después, el resto
de los percusionistas se dejaron crecer
las uñas y aprovecharon mi iniciativa.”
Disfrutando del sabor cubano
Tocó con los grandes de nuestros ritmos:
Arsenio Rodríguez, (pocos meses, “Yo era
muy loco y joven, y Arsenio, muy recto);
Chano Pozo, (mi maestro, mi
inspiración); Bebo Valdés, Fajardo,
Cachao, Frank Emilio, Changuito y una
lista interminable de clásicos que
reconocieron siempre sus méritos dentro
y fuera de Cuba.
Buena parte de su trayectoria artística
la desplegó en EE.UU., donde se definió
como solista y tuvo importantes éxitos,
mas ―como confesó en una ocasión―
extrañaba mucho a su tierra.
Por eso en el año 60 lo dejó todo y
regresó a La Habana.
“Mi orgullo era, y sigue siendo, estar
aquí en Cuba, entre los míos, hablando
el mismo idioma y disfrutando de ese
sabor cubano que no se encuentra en
ningún lugar del mundo.”
Hasta en la Orquesta Sinfónica, Manos de
Oro, como también le llamaron, hizo
vibrar sus tumbadoras.
Fue el último sobreviviente del Quinteto
Instrumental de Música Moderna y, como
dice el especialista y amigo Rafael Lam,
“una de las pocas superestrellas de los
tambores cubanos”.
Sus técnicas, únicas en el mundo
Recibió el Premio de la Música en 2006:
“Algo muy emotivo, porque nunca en Cuba
se le había otorgado un premio a la
percusión. Por eso me sorprendió. Este
es un reconocimiento al tambor y ello me
hace muy feliz”.
Participó también en tres Premios Grammy
y mereció la Medalla Alejo Carpentier y
la Orden Félix Varela.
Fue aplaudido por medio mundo sin
descuidar nunca la atención a sus
alumnos, no solo a los que vivían en
Cuba, sino también a los residentes en
el extranjero, pues prestó asesoría a
diferentes escuelas de percusionistas
fuera del país.
Creó varias técnicas, según la crítica,
únicas en el mundo.
Su forma muy personal de tocar la
tumbadora se hizo legendaria: las manos
bien pegadas al cuero y con las uñas.
Poco antes de morir el 4 de febrero de
2008, en La Habana, a los 77 años,
declaró: “Todavía hoy cuando toco no
falta quien me dice: Tata, con las
uñas”. |