Año VII
La Habana
2008

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 
Tata, con las uñas 
Josefina Ortega • La Habana
Fotos: Cortesía de la autora


"Primero hay que tener en cuenta tu música, tu palma y tu bandera, después que venga lo demás."

Le llamaban el rey de los tambores.

Y no había exageración alguna en el epíteto.

Yo lo recuerdo en mis días de alegría juvenil, con su inconfundible gorra blanca y camisas coloreadas, sacándoles música a los cueros y provocando con sus Tatagüinitos un arrebato colectivo con eso de “El perico está llorando”, en los lejanos 60 del pasado siglo.

Nacido el 30 de junio de 1930, en un hogar humilde del bullicioso poblado habanero de Güines, Federico Arístides Soto, adoptó su apodo de pequeño, El Tata, y como apellido, el del pueblo que le vio espigarse.

Tuvo como primer oficio el de zapatero, pero la música le corría por las venas. Su padre dirigía el Sexteto Partagás y tocaba el tres; sus tíos, el bajo y la guitarra, mientras él con apenas seis años, convertía dos laticas en resonantes bongoes.

Sin percusión no hay ritmo

Tumbador por magnificencia, intérprete perfecto de la rumba y la conga, Tata Güines era único en su género, hacedor de un estilo que despertó admiración y respeto lo mismo en La Tropical que en el Palladium de Nueva York.

Sus profesores de música fueron los mayores que se ponían a tocar rumba los domingos en las esquinas y su padre y sus tíos, quienes a su vez también habían aprendido música de oídas.

En los inicios de su carrera artística vivió en el barrio Las Yaguas, “pura marginalidad”, y, según contó en una entrevista, “tuvo que tocar el tambor quinto de candela en cuanta comparsa apareciera. En los carnavales, con el tambor al hombro, terminaba orinando sangre. Para buscarme el orégano (dinero) tocaba clave, bongó, güiro, timbal, tumbadora, contrabajo y hasta cantaba.”

Aquella era La Habana de los años 40 cuando se menospreciaban a los tamboreros, ―casi todos negros como él―, y Tata Güines, ante el asombro de muchos, se propuso concederle categoría y prestigio al instrumento.

“Sin percusión no hay ritmo. Y sin ritmo, ¿dónde está la música cubana?”

Algunos lo criticaban y hasta lo tildaban de quijotesco. Pero él, para encontrar su sonido, perseguía un formato rítmico sacando timbres sobre el cuero.

Pronto se verían justificadas sus obsesiones.

“Utilizaba las uñas, pero seguían diciendo que era un loco, que aquello era puro aspaviento. Después, el resto de los percusionistas se dejaron crecer las uñas y aprovecharon mi iniciativa.”

Disfrutando del sabor cubano

Tocó con los grandes de nuestros ritmos: Arsenio Rodríguez, (pocos meses, “Yo era muy loco y joven, y Arsenio, muy recto); Chano Pozo, (mi maestro, mi inspiración); Bebo Valdés, Fajardo, Cachao, Frank Emilio, Changuito y una lista interminable de clásicos que reconocieron siempre sus méritos dentro y fuera de Cuba.

Buena parte de su trayectoria artística la desplegó en EE.UU., donde se definió como solista y tuvo importantes éxitos, mas ―como confesó en una ocasión― extrañaba mucho a su tierra.

Por eso en el año 60 lo dejó todo y regresó a La Habana.

“Mi orgullo era, y sigue siendo, estar aquí en Cuba, entre los míos, hablando el mismo idioma y disfrutando de ese sabor cubano que no se encuentra en ningún lugar del mundo.”

Hasta en la Orquesta Sinfónica, Manos de Oro, como también le llamaron, hizo vibrar sus tumbadoras.

Fue el último sobreviviente del Quinteto Instrumental de Música Moderna y, como dice el especialista y amigo Rafael Lam, “una de las pocas superestrellas de los tambores cubanos”.

Sus técnicas, únicas en el mundo

Recibió el  Premio de la Música en 2006: “Algo muy emotivo, porque nunca en Cuba se le había otorgado un premio a la percusión. Por eso me sorprendió. Este es un reconocimiento al tambor y ello me hace muy feliz”.

Participó también en tres Premios Grammy y mereció la Medalla Alejo Carpentier y la Orden Félix Varela.

Fue aplaudido por medio mundo sin descuidar nunca la atención a sus alumnos, no solo a los que vivían en Cuba, sino también a los residentes en el extranjero, pues prestó asesoría a diferentes escuelas de percusionistas fuera del país.

Creó  varias técnicas, según la crítica, únicas en el mundo.

Su forma muy personal de tocar la tumbadora se hizo legendaria: las manos bien pegadas al cuero y con las uñas.

Poco antes de morir el 4 de febrero de 2008, en La Habana, a los 77 años, declaró: “Todavía hoy cuando toco no falta quien me dice: Tata, con las uñas”.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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