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Escribo mientras el mundo celebra el
Día Internacional del Teatro. Yace algún
correo de felicitación en la bandeja de
entrada de mi máquina y hasta he mandado
alguno a los colegas. En general no me
gustan mucho las fechas cerradas. La que
menos el Día de los Enamorados. Tania y
yo decidimos desde que nos “empatamos”,
convocamos, nos juntamos
afortunadamente… pasarnos por alto esa
fecha que se nos antoja más de tiendas
que de romance; prima cercana de colas y
tensiones.
El día de la prensa se celebraba antes
en septiembre. Recuerdo que en los
alegres ochenta salíamos de la jornada
con media úlcera y una resaca
considerable. Los organismos se
esmeraban en agasajar a los periodistas
y solía suceder que uno asistía a los de
Cultura, invitación en mano y las de
otros sectores –de la Pesca a la
Aviación- por acompañar a algún colega
que, a su vez, había sido “colado” en el
ágape (o agapito en caso de que no
cumpliera las expectativas) de las más
diversas instituciones culturales.
Otras veces he dicho que mi preferido es
el Día de la Mujer. Ese ocho de marzo
suelen salir a la calle achispadas,
regias, desafiantes y con un nivel de
tolerancia al piropo francamente
multiplicado.
La gente de teatro suele trabajar más
que nunca en su día. Se organizan
funciones, espectáculos callejeros,
coloquios. En los hermosos jardines de
nuestra Unión de Escritores y Artistas
es tradición que se celebre con ganas
este 27 de marzo. Alguna vez propuse que
no todo fueran monólogos y obras breves
en sucesión. Hacía falta una musiquita,
un espacio para la conversación, sin
teatro.
De todas formas vale recordar a los que
trabajan para que los demás rían, se
emocionen hasta se lleven a casa alguna
reflexión. No solo dramaturgos,
directores o escenógrafos. Siempre digo
que del buen carácter, la dulce voz y el
nivel de información de la compañera que
atiende el teléfono por la tarde,
depende, en buena medida, la calidad del
público que asiste a la función
nocturna. Y así seguimos con la gente de
tramoya, vestuario, maquillaje. Yuya
hizo época por su eficiencia como
acomodadora en nuestra legendaria sala
Hubert de Blanck. Conocí a otra, en
cambio, que roncaba durante las
funciones. Una vez –en pleno sufrimiento
pues se trataba de una obra escrita por
mí- traté de despertarle y alguien me
dijo que no le gustaba ni que la
interrumpieran ni la molestaran. A esa
buena señora no la voy a felicitar; no
sea que se despierte de una pesadilla.
La fecha nos sorprende este año con
cifras de espectadores multiplicadas en
la mayoría de los espacios teatrales.
Todo parece indicar que en un momento de
apogeo de lo virtual, una lágrima, una
sonrisa o una palabra dichas por otro
ser humano en directo, se convierten en
oro para el espíritu. |