Año VII
La Habana
2009

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Felicitaciones
Amado del Pino • La Habana

Escribo mientras el mundo celebra el Día Internacional del Teatro. Yace algún correo de felicitación en la bandeja de entrada de mi máquina y hasta he mandado alguno a los colegas. En general no me gustan mucho las fechas cerradas. La que menos el Día de los Enamorados. Tania y yo decidimos desde que nos “empatamos”, convocamos,  nos juntamos afortunadamente… pasarnos por alto esa fecha que se nos antoja más de tiendas que de romance; prima cercana de colas y tensiones.

El día de la prensa se celebraba antes en septiembre. Recuerdo que en los alegres ochenta salíamos de la jornada con media úlcera y  una resaca considerable. Los organismos se esmeraban en agasajar a los periodistas y solía suceder que uno asistía a los de Cultura, invitación en mano y las de otros sectores –de la Pesca  a la Aviación- por acompañar a algún colega que, a su vez, había sido “colado” en el ágape (o agapito en caso de que no cumpliera las expectativas) de las más diversas instituciones culturales.

Otras veces he dicho que mi preferido es el Día de la Mujer. Ese ocho de marzo suelen salir a la calle achispadas, regias, desafiantes y con un nivel de tolerancia al piropo francamente multiplicado.

La gente de teatro suele trabajar más que nunca en su día. Se organizan funciones, espectáculos callejeros, coloquios. En los hermosos jardines de nuestra Unión de Escritores y Artistas es tradición que se celebre con ganas este 27 de marzo. Alguna vez propuse que no todo fueran  monólogos y obras breves en sucesión. Hacía falta una musiquita, un espacio para la conversación, sin teatro.

De todas formas vale recordar a los que trabajan para que los demás rían, se emocionen hasta se lleven a casa alguna reflexión. No solo dramaturgos, directores o escenógrafos. Siempre digo que del buen carácter, la dulce voz y el nivel de información de la compañera que atiende el teléfono por la tarde, depende, en buena medida, la calidad del público que asiste a la función nocturna. Y así seguimos con la gente de tramoya, vestuario, maquillaje. Yuya hizo época por su eficiencia como acomodadora en nuestra legendaria sala Hubert de Blanck. Conocí a otra, en cambio, que roncaba durante las funciones. Una vez –en pleno sufrimiento pues se trataba de una obra escrita por mí- traté de despertarle y alguien me dijo que no le gustaba ni que la interrumpieran ni la molestaran. A esa buena señora no la voy a felicitar; no sea que se despierte de una pesadilla.

La fecha nos sorprende este año con cifras de espectadores multiplicadas en la mayoría de los espacios teatrales. Todo parece indicar que en un momento de apogeo de lo virtual, una lágrima, una sonrisa o una palabra dichas por otro ser humano en directo, se convierten en oro para el espíritu.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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