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Acabo de leer El ángel terrible,
del escritor italiano Carlo Frabetti
(Bolonia, 1945), una breve novela de 74
páginas publicada por la casa editora
Gente Nueva en la vertiente Juvenil de
su Colección Veintiuno, una nueva oferta
de narrativa cubana y foránea que
declara privilegiar lo valiente,
novedoso y actual y se define por “una
literatura para niños, adolescentes y
jóvenes sin prejuicios ni temas tabú”.
Para su éxito, afamados narradores
prácticamente desconocidos en Cuba hasta
el presente han cedido sus derechos en
gesto solidario con los lectores
cubanos. De este modo ya han sido
publicadas obras de Bianca Pitzorno
(Italia), Alki Zei (Grecia), Jostein
Gaarder (Noruega), Armando José Zequera
(Venezuela), Marina Colasanti (Etiopía-
Brasil), el propio Carlo Frabetti,
mientras más de 20 títulos figuran en
las próximas entregas de este catálogo
editorial, en el cual también aparecen
los nombres de Luis Cabrera Delgado,
Ariel Ribeaux, Gumersindo Pacheco entre
los autores de la Isla.
El ángel terrible,
de Frabetti, se inicia con los
estremecedores versos de Rainer Maria
Rilke en las Elegías de Duino:
¿Quién, si yo gritara, me oiría/ desde
los órdenes angélicos?/ Y si súbitamente
un ángel/ me estrechara contra/ su
corazón, me aniquilaría/con su
existencia más fuerte./ Pues lo bello/
no es sino el comienzo de lo terrible,/
que aún podemos soportar,/ y lo
admiramos porque, sereno, desdeña /
destruirnos. Todo ángel es terrible./
De forma que resulta sencillo para el
lector establecer la analogía entre
versos y fábula. Aparentemente uno más
entre tantos relatos de amor contados a
los adolescentes, este, sin embargo, se
muestra tocado por la gracia de la
sencillez y la ausencia de pretensiones,
lo cual para nada implica que estemos en
presencia de una historia chata; todo lo
contrario.
Priorizando la peripecia, que combina
los ingredientes de la aventura y el
suspense, el autor construye con
economía de medios una trama de amistad
y amor. Amistad de adolescentes: entre
Julio y el protagonista, ambos
enamorados perdidos, como suele suceder
en esa etapa de la vida, de una hermosa
joven, Laura, a la cual ayudan en un
trance difícil.
Amistad también, cariño, es el
sentimiento que une al detective Gómez y
su secretaria Paquita. Hilo semejante
que luego la vida teje en torno a estos
y el chico que narra la historia.
Sinceridad, justicia, lealtad son
también otros valores presentes, sin
altisonancias ni pedantería, en las
páginas de esta novela que en su mismo
centro guarda el misterio del amor, su
esencia inefable ―y recuerdo ahora ese
hermoso poema de Nogueras— cuando trata
el posible lesbianismo de Laura, su
confusión de sentimientos ante la
ternura del adolescente en un cuerpo que
parece adulto.
Y es que aunque nuestra literatura para
los más jóvenes (que incluye por
supuesto a los infantes) se diferencia
sustancialmente de aquella que se les
destinaba en los 70, y tanto en forma y
estilo como en el aspecto ideotemático
esta producción es variada y audaz,
inteligente y responsable, no quiere
ello decir que resulte sencillo colocar
ciertos temas o utilizar ciertos
recursos literarios. Tal vez a un
manuscrito del patio se le hubiese
criticado la apelación a la presencia
epistolar para develar la posible
orientación lésbica de Laura o se
hubiese calificado de explícito en
exceso el lenguaje de la epístola o el
propio asunto se hubiese entendido como
poco elaborado en su introducción,
brusco en su presentación… En fin, son
solo especulaciones a partir de lo
vivido en los predios de la creación
literaria. El caso es que me felicito de
la presencia de estos colegas de otras
geografías en nuestros parajes porque,
entre otras ventajas ya sabidas, tiene
aquella de flexibilizar un tanto el
ambiente y allanar algunos senderos
(bien dice el refrán que “nadie es
profeta en su tierra”). Por más que el
tiempo transcurra no me abandona la
sensación de que, en ocasiones, entre
nosotros podemos ser más exigentes de lo
preciso.
Más allá de las discusiones en torno a
lo legítimo o no de la solución
“salomónica” de la epístola y del tono
de la misma, el oficio de Frabetti, su
sensibilidad y su gracia quedan a salvo
cuando nuevamente recurre a las azoteas
para producir el último encuentro que
transcurrirá ante el lector entre Laura
y el ya no tan joven protagonista. La
novela, que tiene un excelente ritmo, se
lee con gusto y consigue algo
envidiable: dialogar con lectores de
edades y experiencias diversas. Entre
ellos nos hallamos quienes nos dedicamos
a producir esta literatura: escritores,
editores, diseñadores, directivos de las
casas editoriales. Ojalá que el diálogo
sea fecundo para nosotros. |