La anciana se había echado
sobre los hombros un chal
negro. Tenía el mismo
vestido lila, manchado de
grasa. Apenas se había
pasado un peine por las
canas. La sala estaba
revuelta, tal como la
dejaron los soldados de
Batista, los cristales del
búcaro en el suelo.
—¿Adónde vas? —le preguntó
Raquel.
—A buscar a tu padre.
—Pero, ¿estás loca? ¿Acaso
sabes dónde está?
La mujer se acercó a la
puerta, moviendo la cabeza.
—A Juan le ha pasado algo
—murmuró—. Ya son más de las
tres y él siempre está aquí
antes de las doce. Iré a la
fábrica, a Emergencia, a la
policía, al cuartel... donde
sea.
La muchacha insistió:
—Espera, chica, ya vendrá...
La vieja sacudió el puño
sobre la cabeza.
—¡Qué voy a esperar!
—exclamó.
Y se tiró a la calle.
Andaba de prisa, con una
agilidad que hacía tiempo
daba por perdida. Una fuerza
extraña impelía a su cuerpo
un vigor nuevo. Se había
alejado cuatro cuadras de la
casa, cuando se miró el
vestido y se llevó una mano
a las canas mal peinadas.
—Dirán que estoy loca
—murmuró.
Caminaba por el medio de la
calle, bajo el sol. Apretó
contra su cuello el chal
como buscando su protección.
El paso se le volvió infeliz
y pesado. Perdió, de golpe,
la energía de los primeros
instantes. Su mano derecha
se aferraba al chal y la
izquierda colgaba de su
hombro como desprendida.
La mujer no miraba a ningún
lado: solo al suelo cubierto
de polvo, que parecía
encendido. El vestido se le
pegaba al cuerpo endeble y
los zapatos sin tacones, de
trajín, le quedaban flojos
en los pies. Andaba como a
empujones. Jadeaba, con la
boca abierta. Parecía
creerse que ella era la
única criatura que andaba
por las calles,
reconcentrada en sí misma,
sin atender el tránsito de
los vehículos, al cruzar las
esquinas. Durante cuadras y
cuadras caminó con el mismo
paso agobiado, con la misma
actitud de infelicidad
completa.
El primer lugar que visitó
Sofía fue el viejo edificio
de la fábrica de ron, donde
trabajaba el marido. Ya
había comenzado la jornada
de la tarde y el caserón con
el zumbido de los motores y
el traca-traca de las
máquinas. La mujer se acercó
a una caseta de tela
metálica gruesa, pintada de
rojo, y se detuvo junto a la
puerta. Un viejo gordo y
calvo se levantó de su silla
frente al escritorio y
avanzó hacia ella,
apoyándose al pasar en la
mesita de la máquina de
escribir.
—¿Y Juan? —preguntó ella,
ansiosamente, sin saludar.
El viejo movió la cabeza y
abrió los brazos, con las
manos a la altura de los
hombros.
—No sé, Sofía —respondió, y
había en su voz algo
compasivo—. Salió como de
costumbre a las once y
media. No ha vuelto. ¿No
almorzó en casa?
A ella se le endureció la
garganta.
—No.
El hombre le puso la mano en
el brazo sobre el chal
negro.
—Estoy muy ocupado, Sofía.
Esos dos que están allí, son
inspectores de Hacienda
—indicó el escritorio con un
movimiento de cabeza—. Lo
siento...
Ella vio los dos hombres por
primera vez. Volvió hacia el
calvo los ojos y lo
interrogó con la expresión.
—Si usted me espera una
hora, yo la acompañaré —dijo
el individuo—. Si espera
veinte minutos, a que venga
el chofer, la mando en la
máquina.
Ella estaba más doblada, más
vieja, más desamparada.
—¿Adónde iríamos? —preguntó,
temblorosa de ansiedad.
Cuando respondió, al hombre
se le notó la pena en los
ojos.
—Antes que nada, al cuartel
Moncada.
Ella se ladeó, librándose de
la mano sobre el brazo.
Tenía los párpados caídos y
la boca contraída.
—Muchas gracias, don Manuel
—dijo. —Iré ahora mismo,
ahora mismo. Yo sola.
—Sofía —dijo el hombre.
—¿Qué?
Pero él no dijo nada, y se
limitó a tocarle otra vez el
brazo, antes de darle la
espalda para alejarse. Ella
salió a la calle, prendida
de su chal.
—Iba a decirme algo
—murmuró, sin dejar de andar
—. Pero no dijo nada. Debí
preguntarle.
Mucho tiempo le llevó la
caminata al cuartel. No
cogió guagua, aunque la
distancia era respetable
para su paso de vieja
atormentada, casi de diez
cuadras. Llegó frente a la
portada amarilla con la
respiración entrecortada y
el corazón desfallecido. El
soldado, sudorosa la cara
bajo el casco, le portó el
arma y ella retrocedió
asustada. La voz le salió
suplicante y trabajosa:
—Haría el favor... Mi marido
no ha ido a casa... Quisiera
saber: Juan Almenares...
¿Está preso?
El soldado le enseñó los
dientes blancos, tras los
gruesos labios cortados por
el cañón del fusil.
—¿Es maumau?
—¿Qué? ¿Revolucionario...?
No, señor. Es un hombre
tranquilo, de su casa...
Quisiera saber... Un error,
¿sabes? ¿Está preso?
Ella miraba el fusil con
horror. Apenas se movía al
hablar.
El soldado pareció
interesarse.
—¿Cómo dice que se llama?
—Juan... Juan Almenares
Palacios
—Espere allí.
Ella se echó a un lado y se
mantuvo muy quieta y muy
derecha en el lugar que le
indicó el soldado, bajo el
sol, con las dos manos sobre
el pecho, apretándose el
chal sobre las canas, pues
se lo había echado sobre la
cabeza antes de empezar a
hablar con el soldado. Entre
los pliegues de las arrugas
de la cara, el sudor le
formaba cordoncitos
brillantes. Media hora... Un
siglo de espera.
—Aquí no hay detenido ningún
Juan Almenares.
La sombra le brotó clara en
el rostro viejo, como un
manantial entre piedras,
pero pronto desapareció.
—¿Dónde estará entonces?
—¡Ah, yo que sé...!
—Usted podría averiguar y...
Caminó hacia el fusil, sin
verlo. El soldado se lo
movió junto a la cara.
—Circule, vieja, circule.
—Sí, sí.
Otra vez a caminar. Otra vez
el paso de angustia, el
cansancio, la agonía de la
incertidumbre. Otra vez el
fusil ante la cara.
—Juan Almenares... No ha ido
a casa. Mi marido... ¿Sabe
si está preso?
Tampoco en la estación de
policía estaba detenido Juan
Almenares.
Se paró bajo los altos
corredores de las casas del
tiempo de España, frente al
Palacio del Gobierno
Provincial. Se apretaba
tanto el chal negro sobre la
cabeza que se le hacía un
cordón de piel en la frente.
—¿Adónde ir?
Miró el cielo azul, sin
nubes, abierto, inmenso,
desolado. El sol le picó en
los ojos y se le saltaron
las lágrimas. Repitió entre
sollozos:
—¿Adónde ir?
De repente se le aclaró el
semblante.
—El cuartel de Masferrer
—musitó.
[...]
Los de Masferrer no eran
policías ni soldados. Tenían
un uniforme amarillo y
portaban fusiles, pistolas,
ametralladoras. Las armas
las usaban con un aterrador
libre albedrío. Constituían
una banda armada al servicio
particular de un senador.
Ellos también detenían,
torturaban, vejaban y
asesinaban, como si fueran
policías y soldados de
Batista, y, al igual que
estos, tenían potestad para
esquilmar a los comerciantes
de Santiago.
Frente a la casa donde
radicaba el cuartel de los
masferreristas (en lo alto,
un cartel enorme LIBERTAD,
en grandes letras) la
anciana se detuvo con
expresión de miedo. Se
acercó al fusil, vacilante e
indecisa. Tartamudeó lo que
quería.
—¿Juan Almenares? No. A ese
animal no lo hemos traído
por aquí. ¡Y que Dios lo
libre de caer entre los
Tigres!
Ella quiso replicar algo,
pero la voz se le hizo un
sollozo. Se mordió los
labios con sus encías sin
dientes y se alejó, andando,
lentamente, oprimida por su
horrorosa incertidumbre.
—A Emergencia no voy —se
dijo en voz baja—. No puedo
más. ¡Que sea los que Dios
quiera!
En la primera esquina, una
vieja pequeña y menuda, le
salió al paso. Tenía una
revuelta melena plateada,
que se le agitaba al hablar,
como si la voz le saliera
por el pelo.
—¿Usted también está
buscando a alguien?
Sofía alzó la cabeza.
—¿Eh?
Miró incrédulamente a la
otra, maravillada de que
adivinara así sus
intenciones. Hizo un gesto
afirmativo. Se detuvo en
medio de la calle, junto a
la vieja.
—¿Su hijo?
—No. Mi marido.
—¡Ah!
La otra dio la impresión de
que le lucía indecente que
ella tuviera marido. Dio un
paso atrás y miró a Sofía
desde lo alto de su cuerpo
pequeñito.
—¿Y desde cuándo lo busca?
Sofía se soltó el chal y
comenzó a caminar de nuevo.
—Desde hoy —dijo, ya en
marcha.
La desconocida la siguió,
con mucho interés, como si
tuviera empeño de conseguir
algo de ella. A unos pasos
la alcanzó y se le adelantó
un pie, caminando con la
cabeza ladeada, sin quitarle
los ojos de encima. Sofía se
apretó de nuevo el chal,
como si se quisiera ocultar
bajo la tela negra.
—Así que su marido...
—Sí
—Eso no tiene ninguna
importancia.
—¿Cómo? —exclamó Sofía.
Y volvió a la otra sus
arrugas, más pronunciadas
ahora por el encono.
La vieja se echó a reír con
un ruidito de hojas secas
pisoteadas.
—Usted también va a decir
que yo estoy loca —dijo
entre su risa extraña—. Todo
el mundo lo dice. Desde la
gente de Masferrer hasta los
curas de la iglesia de
Dolores, lo mismo que los
espiritistas y las negras
viejas.
A Sofía el corazón se le
viró de un lado.
—Lo suyo no es nada.
—¿No?
—Nada. Un marido y ha
empezado a buscar desde hoy.
Yo llevo ciento veintiún
días buscando a Bebo. Bebo
tiene cuarenta y dos años,
vende pan y es mi hijo,
¿sabe? Un hijo de cuarenta y
dos años y ciento veintiún
días —parecía gozarse en
hacer sentir a la otra su
superioridad en días y en la
ventaja de que fuera un
hijo, y no un marido, lo que
buscaba—. Todos los días,
durante ciento veintiún días
he estado yendo al Moncada,
a la estación de policía de
Trocha, a la del Gobierno
Provincial, al cuartel de
esos condenados de
Masferrer... ¿Usted no ha
ido a buscar a su marido al
cuartel de bomberos?
Sofía se detuvo y la miró
esperanzada. La otra se
detuvo también.
—¿Al cuartel de bomberos?
—dijo Sofía.
—Sí. Yo voy todos los días
al cuartel de bomberos.
—Pero...
—Todo puede pasar. Bebo ha
de aparecer algún día en
cualquier parte.
Sofía echó a caminar de
nuevo. La desconocida la
imitó, sin dejar de hablar.
—Hay gente que ha
desaparecido hasta por once
meses. Once meses son
trescientos y pico de días.
Y un día, ¡pum, pum! Ahí
está el desaparecido en la
sala, sentado en un balance
y leyendo el Diario de Cuba.
Estaba en la Sierra o en una
estación de policía. O en el
Moncada. ¿Usted sabe que
ellos nunca dicen que tienen
detenido al que uno busca?
Dicen No, aunque lo tengan
en la bodega. Son unos
perros.
Sofía se estremeció.
—¡Por Dios! No hable tan
alto —susurró, con la mirada
en el suelo.
—¡Bah! No importa. Que me
hagan lo que quieran. A
veces también los
desaparecidos aparecen en
San Pedrito, o en la Loma
Colorá. Aparecen comidos por
las auras, pero aparecen.
—¡Dios mío!
—Esa es una manera de
aparecer como otra
cualquiera, ¿verdad? Lo malo
es cuando no aparecen, como
Bebo, ciento veintiún
días... No lo olvide. ¿Lo va
a olvidar?
—No.
Ella casi corría, tratando
de liberarse del terror
doloroso que le producían
aquellas palabras de mal
agüero.
—Mañana serán ciento
veintidós días —prosiguió la
otra—. A esta misma hora,
mañana, que hará el día
ciento veintidós, si usted
es de mi temple, nos
volveremos a ver.
Y abruptamente, dejó de
perseguirla, alejándose con
suma rapidez, en sentido
contrario.
Sofía siguió su camino, sin
volver la cabeza, los
hombros caídos y el paso
arrastrado.
—Ciento veintiún días
—murmuró —¡Dios mío!
Fragmento del
libro
Bertillón 166. Tomado de
Juventud Rebelde.