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“¡Que gane el mejor!”,
seguimos diciendo, pero
la frase se ha vuelto,
después del recién
concluido II Clásico, un
reclamo cuestionable.
¿El mejor en cuál
béisbol? ¿Estamos
hablando del mismo
deporte? Sí, si queremos
una respuesta inmediata,
y si nos referimos a las
reglas escritas, pero en
otro sentido creo que
no, y no solo por estilo
sino por una concepción
diferente del juego. De
este juego nacido hacia
mediados del siglo XIX
en los EE.UU., y
devenido ahora un
deporte donde la
excelencia parece que se
ha convertido, por el
momento, en patrimonio
de los contendientes
asiáticos. ¿Se trata
solamente de que jueguen
mejor y entrenen mejor,
o habría que pensar
mejor la respuesta?
El béisbol tiene más
años que el baloncesto y
otros deportes
colectivos. Los
historiadores del
deporte vinculan sus
raíces al cricquet
y al rounders,
juegos en los cuales
pegar a la bola con un
bate, y levantar un
conteo a partir del
corrido de bases, se
colocó en el centro
mismo de las respectivas
reglas. Algunos
atribuyen la “invención”
del nuevo juego a Abner
Doubleday, en 1839 en
Cooperstown, N.Y.,
considerada por muchos
desde entonces la cuna
del béisbol. Fue
Alexander Cartright, sin
embargo, quien primero
fijó un sistema de
reglas propias,
diferenciadas, que
constituyen el punto de
partida que estructuró
el deporte actual. El
primer juego regido por
estas reglas tuvo lugar
en Hoboken, N.J., en
1846.
Pero no tengo la menor
intención de hacer
historia. Reproduzco
estos datos, seguramente
conocidos de sobra por
muchos de los que lean
esta nota, como mera
referencia. Haría yo el
ridículo ante tanta obra
seria publicada sobre el
béisbol, y sobre el
deporte en el plano más
general, si pretendiera
otra cosa. Tal vez me
arriesgo al ridículo, de
todos modos, en el afán
de no pasar por alto
algunas observaciones
que trascienden el plano
de lo específico
deportivo, para asomarse
a la sociología del
juego. Me imagino que
tampoco me salvo de una
cuota de vanidad al
creerme con un criterio
que merece atención, al
menos para ser
criticada.
El ascenso sostenido del
equipo de Japón, que
gana por segunda vez el
Clásico, seguido del
ascenso del de Corea,
que se hace ya parejo al
primero, introduce
patrones de conducta
inéditos. Como a casi
todos los que siguieron
este campeonato, me
pareció entender que el
ejercicio visual de
acoplamiento de la
acción de bateo con el
lanzamiento se superpone
en ellos, de manera
orgánica, al valor de la
fuerza. No solo como
teoría sino como
proceder interiorizado
en el entrenamiento de
los jugadores: en lo que
se lleva a práctica
sobre el terreno. De la
misma manera, se nota
reiteradamente después
del segundo strike,
que el contacto con la
bola se vuelve
indispensable para
evitar el out.
También es visible en la
defensiva, cuando quien
realiza una captura en
condiciones difíciles no
quita la vista de la
bola hasta que la acción
ha sido consumada (el
sentido del tacto a
través del guante no es
directo y puede
ocasionar de errores).
Habría otros patrones
indicativos de
regularidades similares,
verdades de Perogrullo,
podemos admitir, pero al
parecer nadie las había
convertido en regla
hasta que los japoneses
lo hicieron.
En el éxito del
pitcheo, a la par de
las condiciones
naturales (velocidad,
control, ecuanimidad) y
la preparación
sistemática, también se
me antoja notar signos
de otra concepción.
Marcar con strikes
desde el comienzo al
bateador para que las
dificultades
subsiguientes sean
suyas, y no del
lanzador. Centrar la
atención en obtener los
primeros outs de
la entrada (y evitar que
se cubran las bases
antes del último
bateador), para restar
posibilidades a
complicaciones. Nada
descubro que no haya
sido observado por toda
la afición.
Pienso que al dar
integridad a estas
normas, se asume, no sé
si consciente o
inconscientemente, que
el juego de béisbol
contiene tres niveles de
contienda, con victoria
y derrota diferenciadas
en cada nivel. En primer
plano, se da como un
duelo entre el lanzador
y cada bateador, donde
embasarse o ser sacado
out supone ya un
grado de victoria o de
derrota. Es aquí que
comienza y se prefigura
el resultado final, y
tanto el lanzador como
el bateador, dentro de
esta concepción, parecen
asumirlo así. Quizá con
algún remanente de
influencia del Bushido,
el “camino del guerrero”
que regía éticamente en
otros tiempos la
conducta del samurai. En
un segundo nivel, la
entrada (el inning):
el modo en que se cierra
(con o sin carreras)
implica por sí misma
otro escalón de victoria
o de derrota. Y
finalmente, el partido,
el juego en su conjunto.
El juego hay que ganarlo
en cada jugada y no con
una jugada excepcional,
sería, si tengo razón,
la concepción que se ha
vuelto subyacente a la
aplicación asiática de
las reglas del béisbol
que hemos visto cuajar.
Me he detenido en estos
detalles por un motivo
puntual: son
apreciaciones que me han
hecho volver la vista al
esfuerzo por descifrar
la naturaleza genérica
del juego (no solo del
deporte), de descubrir
aquello que trasciende
al alcance del simple
entretenimiento. El
punto de partida de
estos estudios en la
cultura occidental se
localiza en los años 30
del siglo pasado, en
Homo ludens del
historiador holandés
Johan Huizinga. Y salto
de aquí al original
intento del pensador
francés Roger Caillois
de elaborar, a mediados
de los años 60, una
sociología de los juegos.
Caillois propone una
clasificación de los
juegos a partir de las
motivaciones de
destreza, azar,
simulación o vértigo,
predominante en cada
caso. Los deportes se
caracterizan, dentro de
esta tipología,
esencialmente, por la
destreza, aunque
mezclada con
proporciones de azar (en
el béisbol, por
ejemplo), o de vértigo
(alpinismo, esquí,
paracaidismo, entre
otros). No se trata de
motivaciones
excluyentes, y también
se puede conectar el
deporte con los juegos
de simulación, los
cuales incluyen a
numerosos juegos
infantiles (la mayoría
de estos), e igualmente
a las artes escénicas.
Este elemento se hace
visible en el
performance de
bateo, el de pitcheo,
el robo de bases y, en
general, en una suerte
de coreografía. Existe
una dimensión
estilística en todos los
deportes. Pero esto es
sociológicamente
secundario, en tanto no
contribuye
necesariamente, ni de
manera directa, a ganar
o perder el juego.
Se me ocurre que, de
conjunto, el
descubrimiento japonés
(imagino que japonés
porque son los que mejor
lo han aprovechado)
consiste en que el
béisbol es un juego de
destreza en una medida
más integral de lo que
ha sido para nosotros,
de este lado del
Atlántico. Que es un
deporte cuya práctica ha
descuidado a la suerte
mucho más de lo
necesario en la relación
entre el que lanza la
bola y el que trata de
superponerse a él por el
bateo, a la confianza en
el último lanzamiento
como el definitivo, en
la suposición de que un
corredor en primera base
es solo un problema
menor, de que el primer
out no es
decisivo para ganar la
entrada, y que en la
última entrada se pueden
resolver todas las
ventajas (hablo de
casualidad vs.
concepción). Y se han
propuesto
―los
japoneses―
podarle todo lo que
quede a merced del azar.
No solo se lo han
propuesto, sino que
parece que avanzan con
buenos resultados.
No se lo han propuesto
ayer, ni antes de ayer,
sino que deben tener
mucho tiempo trabajando
en esta dirección, y por
eso han conseguido pasar
de ser un buen equipo
más a convertirse en los
portadores de una nueva
concepción del béisbol.
¿Exclusiva del espíritu
paciente y sistemático
de los asiáticos? No veo
razón para este
determinismo; el béisbol
occidental no tiene
ningún impedimento para
asimilar el aporte
japonés (que por lo que
hemos podido ver del
béisbol coreano, ya no
es solo un estilo
japonés), y devolver a
sus equipos los niveles
acostumbrados de
eficacia en el juego.
Claro que el regreso al
pasado no existe, no se
trata de eso. Los
asiáticos han impuesto
la talla de un cambio de
época en el béisbol, y
para ponerse en
condiciones de
competitividad hay que
asumir el reto de lograr
lo que ellos han logrado
en la minimización de
los efectos aleatorios
adversos en el terreno,
y en la optimación de
cada acción individual y
colectiva del equipo. Es
la presencia del llamado
“factor suerte” lo que
ha quedado desbalanceado
ahora, y se vuelve
contra los equipos que
no han sido capaces de
revertirlo.
La Habana 26 de marzo de
2009
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