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Entrevista con Enrique Pineda Barnet

Concurrencias de arte y azar en una obra anunciada

Mabel Machado • La Habana

Fotos: Cortesía del ICAIC y la Cinemateca de Cuba


 

Faltando menos de 24 horas para el estreno de La anunciación su director está enfrascado en las pruebas técnicas en el cine Chaplin. Pero el encuentro con Enrique Pineda Barnet, el creador del precursor Cosmorama (1963) y de la legendaria Bella del Alhambra (1989), no puede pasarse por alto si hablamos del ICAIC, de su hoy y sus 50.  El cineasta, actor, cantante, bailarín, cuentista y maestro, me deja robarle media hora después del almuerzo en su apartamento de cuadros colgantes, que pugnan con las paredes para que no se les acaben. Entre ellos, o más bien por encima de ellos, en lo más alto de la casa, aparece vigilante la pintura de Antonia Eiriz que da nombre a su película. Los objetos hablan del hombre sensorial que los habita, que a pesar de la presión del tiempo no deja de ser cortés y profundo en las respuestas. Conversamos con interrupción de timbre y de claxon, pero pude percibir su pasión por el arte, por el cine, ese que es para él una máquina para construirse sueños y proyectos como Verde Verde, una cinta sobre la homofobia o Vokafé, sobre los amores ruso-cubanos.

Vengo con el móvil principal de conversar sobre su película, pero no puedo dejar de preguntarle, ¿por qué su gusto por experimentar todas las artes? ¿Cómo define, a partir de esa postura suya ante la vida, al arte en la formación del ser humano, del ser social?

Yo definiría el arte en sí mismo, un poco como defino la música, como si todo el arte estuviera condensado en la música. Puede ser paradójico, porque siendo cineasta, te digo que el arte lo sintetizo todo en la música.  Porque creo que el arte es al hombre como es la música a la vida, es esencia del ser más que conciencia.

Por supuesto, creo que el arte a veces tiene una función social intelectual muy significativa. Pero creo que lo más importante que tiene el arte es su capacidad de enriquecernos el espíritu. Un hombre sin sensibilidad para el arte está incompleto, le falta esa música, le falta ese espíritu.

Y yo que he tenido la trágica experiencia de haber visto morir ―la palabra no me gusta―, he visto partir a seres muy queridos, siempre he sentido que lo que se les va es el perfume, se escapa como un éter y me parece que con eso se va también el arte, se va la música, se vacía el cuerpo, de ese halo, ese espíritu, ese éter.

Usted ha dicho que no es un hombre de cine, sin embargo, un día ―según sus propias palabras― llegó al ICAIC y empezó a hacer películas. ¿Cuánto ha influido en Enrique Pineda el haberse convertido en cineasta?

El haberme experimentado, diría mejor; no me he convertido en nada. Me ha enriquecido. Ha sido eso. El haber experimentado en cine, en danza, en música, en literatura no ha sido otra cosa que un enriquecimiento, una búsqueda de completar, de complementarme. Y tengo todavía enormes ausencias.

Volviendo sobre el ICAIC, ¿cómo valora el devenir de esta institución en estos 50 años, si bien reconocemos que todo el cine cubano no se resume a ella, pero que al mismo tiempo ha sido definitoria?

Como un proceso paralelo a la vida, al desarrollo cultural, a nuestra experiencia íntima y social.

Entre los recuerdos y experiencias que le ha dejado el ICAIC, ha mencionado en otras ocasiones a sus compañeros. ¿Qué nombres le viene a la mente en este instante?

¡Esa pregunta! Del ICAIC recuerdo inevitablemente a Manuel Octavio Gómez, a Saúl Yelín y a Héctor García Mesa, personas muy amadas. Recuerdo mucho a Humberto Solás, a Titón, a trabajadores sencillos, de todos los días, amigos, gente muy estimada, muy valiosa toda. Y fundamentalmente una especie de media memoria, que es como una media naranja, pero es que eso siempre se aplica a la pareja y no es este el caso, pero recuerdo mucho a Tania Carvajal. Ella es la compañera, es la otra mitad, la discutidora, la mitad de la conciencia, la mitad de la memoria. Son pedazos de uno muy fuertes, muy entrañables. Son distintos según cada actividad, cada experiencia.

En este momento en el que estamos grabando esta entrevista, yo descolgaría el teléfono urgentemente para llamar a Tania y le diría “ahora voy a hablar con Manuel Octavio, y te digo”. Pero entonces no me atrevería a colgar sin decirte “déjame preguntarle a Humberto, a ver qué dice”. Y Saúl, ¿cómo prepararía esto Saúl? ¿Y qué dirá Héctor García Mesa? ¿Qué ropa me pongo hoy? ¿Con quién la consulto? Esos para mí son elementos fundamentales de vida porque 50 años no es nada; según Gardel sería un poquito más del último tango, pero es la vida entera.

La anunciación se iba a llamar Te espero en la eternidad, ¿qué le hizo cambiar a este título, que hace referencias directa a la obra de la pintora Antonia Eiriz?

Me hizo variar el título lo mismo que me hizo concebirlo originalmente. Cuando pensaba en Te espero en la eternidad buscaba algo sonoro, algo que tuviera que ver con el espíritu que predomina en la película, que es la mater familia espiritista, pues ya era un poco que la invocación a los espíritus.

Pero es que la película no es eso. Por otro lado existía la canción de Guzmán, que yo recuerdo con mucho cariño, pero que no tiene nada que ver con la película. Entonces necesitaba un título breve, que no fuera descriptivo y de repente me di cuenta de que nosotros nos inspiramos para el tratamiento visual, en el cuadro de Antonia Eiriz, en ese cuadro que es “La anunciación”, en sus términos más dramáticos y en sus términos más expresivos.

Estamos anunciando algo, más que anunciando, proclamando, o solicitando algo que es como un devenir.

Quizá ese solicitar, tenga algo que ver con el enfoque particular que le da usted como director, al tema de la separación. ¿Cuál es el prisma elegido para mirar el fenómeno?

Lo he mirado desde un prisma personal hasta  un prisma familiar y social. Es algo que me llega, que me toca muy de cerca. Cuando esto estoy diciendo “La anunciación”, estoy hablando de “la separación”. También con separación está su contrario, que es el acercamiento. Para mí todo está encerrado en el testamento del abuelo, que finaliza diciendo “ámense por encima de las diferencias, que no hay mayor amparo que nosotros mismos”. Eso pudiera convertirse en el lema esencial de la película.

¿Por qué escogió el Vedado para el rodaje de la película, la calle 23 y específicamente la esquina 12, tan cerca del cementerio?

Hay algo que parece un fenómeno lezamiano, parece que una está hablando del azar concurrente. Yo tuve que tomar todas estas decisiones a partir de provocaciones. Realmente me impusieron tantas dificultades, que me di a la tarea de saltar obstáculos. Este ejercicio es algo muy creativo. Me dijeron que no había transporte, pues yo salté y dije que lo iba a hacer en la acera del frente. Por lo tanto, ya estaba en el Vedado. Y la esquina me dio una provocación tremenda, porque es la esquina de tránsito fuerte más antigua del Vedado.

Desde el punto de vista geográfico me di cuenta de que estaba en la estrella de los vientos: tenía el cementerio asociado con la muerte, enfrente tenía el mar, la vida; a mi derecha la ciudad, que es el desarrollo, el progreso, y al fondo el río, los ancestros. Pensé que aquello estaba hecho a mi medida.

Al viejo edificio, le pusimos como nombre “El abuelo”, aunque  nunca se dice en la película. Es un abuelo, como nuestro personaje, que es el que marca todas las cosas, el profeta; está diciendo y está narrando todo lo ocurrido, haciendo la síntesis de toda una vida en esa esquina.

¿Cómo fue la experiencia de trabajo con el equipo y con actores como Verónica Lynn, Héctor Noa, Broselianda Hernández?

Hay mucha experiencia, los actores tienen historia conmigo. Pero también las situaciones cerradas me provocaron aperturas y nuevos caminos. Raúl Rodríguez se enfermó justamente de la vista, por lo tanto, tenía que prescindir de mi director de fotografía histórico. Pero apareció Pablito Massip, un alumno muy querido. Y así me pasó coincidentemente en otros casos. Pero finalmente estoy muy complacido con el desempeño de los nuevos y con el trabajo del equipo en general.

Después de dos décadas sin filmar un largometraje de ficción, ¿por qué apostó por este proyecto específicamente, entro los otros que espera realizar?

Las mismas barreras me llevaron a ello. Cuando al fin encontré la posibilidad de hacer una película, me decidí por la menos costosa, pero a la vez la que tenía un tema más fuerte, más emotivo, más desgarrador.

De regreso a la cinemateca, Pineda me confiesa que no espera nada con respecto a la película y pone énfasis en una breve frase: “estoy dando”. La anunciación se presentó por primera vez en Camagüey, en el Taller de la Crítica, como una idea del director en su afán por contribuir a descentralizar el cine, “demasiado encerrado en el monopolio de la capital”. “Por eso, a partir de ahora ―dijo por último― dedicaré parte de mis esfuerzos a apoyar el movimiento de cine pobre y la promoción del cine en las provincias”.
 

 

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