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Adagio
Podría tener cualquier
nombre. Haber nacido
hace cientos de años,
quizá hasta miles, en
una isla rodeada de
horizontes, o en un
horizonte, solo uno,
rodeado de ínsulas
diminutas. Podría tener
un nombre, mas los poseo
todos. Y es incómodo,
créanme.
Así, como cuando una
madre llama a sus hijos,
hembras y machos,
bajitos y altos, sambos
y rectos, no importa; yo
siento que me llaman, yo
respondo.
Y eso es incómodo,
créanme que mucho.
Esta mañana el sol se
levantó temprano, el
gallo cantó seis veces,
y el ajetreo en los
patios interiores es
infernal. Hay que poner
el vino en los odres, y
ya sabe que no
cualquiera pude contener
el vino nuevo y pesado
de estos lugares. Mi
padre siempre decía
―porque yo tengo o tuve
uno, no sé, un padre―
“vengo de algún sitio,
que es este y que a un
mismo tiempo no lo es,
puede ser otro…” Él, no
el sitio sino mi padre,
siempre decía que lo más
delicado es poner las
cosas en el lugar
correcto; y el vino no
es cualquier cosa. Es el
alma de la fiesta, el
espíritu.
Desde hace días fregaron
los pisos, colocaron los
asientos, dispusieron
los espacios.
Yo, en secreto claro
está, sigo tejiendo y
destejiendo. Hice traer
hilos de lugares
lejanos. Ellos vinieron
solos. Por eso no debo
seguir diciendo hice
traer… Mis amigas me lo
recuerdan: “Tú tienes
que decir que ellos
llegan, llegan y se van;
llegan al tapiz y
después se van. Los
hilos siempre están de
un lado para otro”.
Y tienen razón. Esas
muchachas saben
demasiado para su edad.
Ellos están afuera. Los
pretendientes. No he
mandado abrir las
puertas y ya están.
Desde antes del alba.
Sería mejor decir que
desde antes de los
amaneceres. Ellos traen
sus armas. Ellos esperan
que yo les muestre la
tela y que escoja a uno.
Pero creo que no podrá
ser. Ya escogí. Desde
mucho antes, yo escogí…
De golpe se abrieron las
puertas de la sala
Ernesto Lecuona. Yo
había subido las enormes
escaleras que dan a los
salones del Gran Teatro
de La Habana demasiado
temprano y tuve tiempo
para imaginar lo que
sucedía antes que ellas
se abrieran para
acogernos, una vez más,
en el Festival Primavera
de Cuentos 2009. No
podía ser de otra.
Cuento llama cuento;
historia a historia;
palabra a Palabra; y
ella llama a la boca, y
la boca al cuerpo, y el
cuerpo al oído, y el
oído a otro cuerpo, y el
cuerpo a la boca, y ella
al oído, y él a la
palabra y ella al
cuento, a la historia.
¡Cuidado que me enredo!
¡A su sitio compañeros!
Sin saber estaba yo
contando, narrando, y
toda mi vida se
convertía en hilos, en
hebras de muchos
colores, algunas pobres
y raídas; otras gentiles
y esplendorosas; otras
graciosas y regordetas.
Hebras de un tapiz.
Cada una es un cuento,
pero cada cuento es un
nombre, un contador de
historias, que vino y se
colocó, y se desnudó, y
se mostró; cada uno de
ellos es una vida,
concreta. Este festival,
esta edición, fue la de
la rapsodia, la del
tejido de las palabras
de vida.
Por razones que solo la
sinrazón de la pobreza
ordena, por la
generosidad y tino que
tenemos los pobres,
irradiantes pero sin
plata, sin cobre, sin
magüa, sin parné, sin
lochas, sin lana, como
queráis llamarles a las
sonoras monedas, Mayra
Navarro, pobre
irradiante, tan
intuitiva y justa, capaz
de olfatear un buen
cuentero en cualquier
lugar donde este se meta
o se esconda, programa
“a ciegas” el evento, y
ya se sabe que la
programación vertebra o
desteje cualquier acto
de cultura. A ella esas
cosas le van muy bien. Y
resulta que sin
habérselo propuesto, por
los azares de su olfato,
salió un festival que en
cada noche tuvo grandes
momentos de la verdad,
historias de vida,
personales
desnudamientos y
desgarramientos.
Variación
Veamos por día. Aunque
debo aclarar, desde ya,
que este diario no
incluye todas las
funciones, sino a
aquellas que se disponen
alrededor de la
relatoría de la vida
privada o pública,
personal o colectiva.
Otros quedarán afuera, y
es justo decir que entre
ellos también se
encuentran momentos de
verdad o de alta
elaboración artística,
pero para esta noticia
he preferido ceñirme a
lo que considero fue el
signo de distinción de
sus jornadas.
Jueves 19
Las mieles secretas.
Aldo Méndez. Cuba o
sería mejor decir
Meneses, Sancti
Spíritus.
Al narrador lo conocemos
hace años, mucho antes
de que se fuera a vivir
y a trabajar a España,
en medio de la meseta de
Castilla ―La Mancha, de
cuyo nombre me acuerdo,
bien que lo hago. Una
comida al borde del
camino, judías con
perdices, o unas tapas
en Chinchilla, la de la
triste cárcel ya
difunta. Lo conozco,
claro está que al
artista, mucho antes de
que adquiriera ese
acento entreverado en el
que el decir cubano se
viste de ces, ses y
zetas y las cosas
adquieren nombres
peninsulares. Ya era
entonces un gran
narrador, hábil en el
arte de mover los
cuerpos y de hacer
danzar a los rígidos
adultos cual niños;
diestro en su palabra
poética, con una gran
dosis de humor y
desparpajo, de ingenio.
Ya lo era, antes de la
castañuela y los toros.
Contó la historia de su
pueblo, de su familia,
la de sus orígenes. Y ya
se sabe que esto es
difícil. Podría haber
apelado al choteo o la
solemnidad, al melodrama
o al culebrón lacrimoso,
o incluso hasta a la
pública o velada sátira
política, tan de moda
cuando se trata de
asuntos insulares y tan
efectiva en ciertos
sectores europeos. Los
cubanos podemos ir del
folletín al panfleto,
como del “azafrán al
lirio”. Con nosotros
pocas veces se sabe.
Pero otra fue la opción.
El narrador se sujetó a
las mañas del realismo
mágico, más
garciamarquiano que
carpenteriano, difícil
de sostener en un
discurso oral, sazonado
con cierta dosis de
humor negro, de ingenio,
de ingrediente cáustico
y absurdo, que le
permitieron borrar a
tiempo las costuras y
las deudas, y
presentarse desde la
verdad, su verdad de
hoy, que está entre el
viento seco de Castilla
y el huracán antillano.
Eso explica por qué no
molestó su acento
castellano en una
historia cubana, por qué
la hibrides y el
pastiche fueron
recibidos como una
generosa muestra de
autencidad y fidelidad a
la vida que es hoy.
Fue un espectáculo
posmoderno, quizá sin
proponérselo. Efectivo
en sus recursos,
mesurado incluso hasta
en el desgarrador final.
Sencillamente alto y
luminoso, verdadero.
Viernes 20
Los muertos, ah los
muertos con sus caras
largas y sus sonrisas
grises. Los muertos
vienen llegando. Llegan.
Toman posesión del
lugar.
― ¡Abran paso que llegó
la Muerte! ―grita uno,
pasadito de tragos.
― Señora, con cuidado,
que su culo grande y
trepado, como el de las
negras, puede llevarnos
sabe Dios a dónde.
Dice otro amargado, pero
sin alcohol.
El fambeco de la Muerte
dice que me equivoqué,
que erramos. Esto es
guachafa. Anuncian
velorio y gritería, pero
en su lugar vienen
cuentos. Es que los
habaneros no saben de
buenos velorios. Ellos
hace mucho tiempo se van
a las funerarias y dan
pésames y lloran.
Rubén Bustamante parece
llegado de un pueblo del
interior, de uno
detenido en el tiempo.
Pero no. El mulato no es
cubano. Viene de por los
lados de Guayaquil.
Claro, por eso el
sombrero de topilla. Y
cuenta los cuentos de
velorio de su pueblo.
Mezcla el teatro, los
personajes, la danza, el
costumbrismo, pero no
deja de narrar, de estar
en los linderos del
cuento oral,
tradicional. Lo salva su
apego a la cuentería
popular, y hasta su
oficio teatral. ¿Por qué
no? Es alumno de
Dirección teatral del
cubano Nelson Dorr.
Simpático y auténtico.
Centrado y efectivo,
guiado por una
dramaturgia que resulta
beber del rito y la
representación social
que es aún en los
pueblos de América el
suceso de los funerales
y los enterramientos.
Sábado 21
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Murdering Cinderella.
Matando a Cenicienta.
Espectáculo en inglés,
en yiddish, en español.
Historia de una familia
judía, húngara, que
emigra primero a causa
de la ocupación y el
nazifascismo y que
después de 1956, se va
de Hungría a Canadá.
Historia de cuatro
mujeres: la abuela, la
madre, la hija (que es
quien narra) y la nieta.
Las tres últimas son
hijas únicas, que
tuvieron hijas únicas,
que después de las
cesáreas tienen barrigas
como melocotones
arrugados. Bueno, a
decir verdad, la
jovencita aún no se ha
sometido a la operación,
pero seguramente lo
será. No es coincidencia
que durante tres
generaciones estas
judías centraran sus
vidas alrededor de una
cicatriz. La abuela
cuenta versiones
sangrientas de los
cuentos populares
europeos, que son las
auténticas, porque
aunque lo hayamos
olvidado, quien manda a
matar a Blancanieves no
es la madrastra sino su
propia madre, celosa por
la belleza de la
muchacha; los regueros
de sangre de la
Caperucita Roja ahogan
al más pinto de la
paloma y los padres de
Hansel y Grettel son los
que botan a los
muchachos en el bosque
por falta de comida,
etc. La madre frustrada
y metiche, la hija
liberada y la muchacha
por liberarse, están
signadas por una mezcla
de historias que están
entre la versión de
Cenicienta de la abuela,
donde las hermanastras
se cortan los dedos de
los pies para que les
sirvan las zapatillas, y
la meliflua de Walt
Disney. El sueño del
emigrante se mezcla con
el rosa del consumismo.
Historias de mujeres que
levantan sus vidas, como
pueden, como las dejan,
alrededor de la cicatriz
de sus memorias y las su
pueblo. Grabriella Klein,
cuenta desde su verdad,
con economía de
recursos, centrada y
centrante, conmovedora y
efectiva. Todos los
sueños se deshacen, se
desarman y se vuelven a
armar delante del
público. Beatriz
Quintana traduce, sobria
en su lugar, pero dando
el acento, abriendo la
posibilidad a la
comunicación inmediata.
Ya se sabe, nada en el
contar puede ser
gratuito, banal o
enrevesado. La
comunicación necesita
inmediatez. Ella, ellas,
comunicaron.
Domingo 22
Dos en el octavo día. A
quien no quiere caldo,
dos tazas. Como
resucitados, como
vueltos a la vida,
salvados a fuerza de
palabras. Ambos por el
camino de los viajes.
Uno hacia fuera y otra
hacia adentro. Para
descubrir y descubrirse,
al vuelo, a la caminata,
al viajar inmóvil.
Oswaldo Cárdenas. De
Bucaramanga, Colombia, a
Iquitos, Perú. Entre
limpiabotas y
pescadores, entre
marineros y el fuco,
conoce a Mardoqueo,
quien vende billetes de
lotería, pero sueña en
grande, y quiere mandar
desde el puente a su
tripulación perdida;
volver a encontrarse con
la ballena que en el
lomo lleva una isla;
sentir el temblor de la
tormenta e increpar a la
muerte y al viento.
Sueña. En el muelle
raído Oswaldo lo
conoció. Hablaban en la
plaza. Pero se le acabó
el dinero y el cuentero
regresó a Colombia,
haciendo el camino
inverso. Un tiempo
después, junta plata y
retorna. Pero Mardoqueo
no está. Un viejo a
quien todos llaman Fidel
y que viste de
verdeolivo y que habla
siempre del otro Fidel y
de su isla, le dice que
su amigo se ganó el
premio gordo y que se
fue a recorrer mundos.
Después el dueño del bar,
poniendo cervezas a
cuenta de la casa, le
dice la verdad. El
capitán de barcos era
marinero en tierra, un
huérfano que nunca había
salido de Iquitos y
todas las historias que
contaba se las había
robado a los fuereños
que llegaban al puerto.
Mardoqueo está muerto.
Lo enterraron en el
cementerio de los
pobres. Historia
conmovedora, narrada con
elementos sencillos,
quizá con el más
sencillo de todos y a la
vez el más difícil: la
verdad. Al final el
contador, revela un
último secreto. Lo
guardó bajo la manga
hasta ese momento. Ya
casi se va por una
esquina de la escena
cuando regresa. No se
puede quedar con lo
tiene rondándole la
garganta. Y habla.
Mardoqueo no existe, él
nunca ha ido a Iquitos,
Perú, nada es cierto,
solo contó sus sueños.
La gente aplaude la
mentirosa verdad de las
palabras.
Después, desde
Argentina, llega Inés
Bombara. Diríase que
tiene sed. Tras el aforo
esconde agua
embotellada. Ella sabe
que va a necesitarla.
Llegado su momento la
muestra, con recato,
hasta que se desata y
cuenta sucesos
esenciales, con recursos
esenciales. Buenas
historias, buenos
personajes, excelentes
palabras.
El colombiano y la
argentina se apoyan en
el arte de narrar sin
artificios, desde la
piel y el alma. No se
atreven siquiera a
esconder el aroma del
miedo, y uno se los
agradece; aunque quizá
se deberían cuidarse de
ciertos movimientos
erráticos y
reiterativos, de cierta
morosidad en el
desarrollo de la fábula,
que, a fuer de
ser sinceros, aportaría
la cuota de acabado, tan
necesaria en la escena,
y a hasta podría decirse
que indispensable para
la obra, para la
comunicación.
Coda
Vuelvo sobre lo mismo.
Perdón. Soy un animal de
costumbres.
Azar y oficio, intuición
de artista, fueron
armando la programación
de Primavera de Cuentos
2009.
Muchos consideran que
diagramar un evento es
poner en fila india las
acciones de forma más o
menos coherente, más o
menos equilibrada,
alternando lo brillante
con los compromisos e
imponderables y
colocando en los finales
los espectáculos de
puntería, basándose en
el principio “infalible”
de que la gente recuerda
el final y no los
intermedios. Quienes
piensan así nunca lo han
hecho, y lo que es peor,
olvidan que se llega a
Roma pasito a paso.
Luego entonces, cada
estación es importante,
cada acción es
definitiva. Una fiesta
no es, no puede ser, una
sumatoria de
excelencias, sino el
arte de combinar y de
alcanzar la justa
perspectiva, el
equilibrio y la armonía
entre todos sus
componentes.
Estos días tuvieron el
peso de lo logrado, y la
levedad del disfrute.
Reitero que el festival
no solo fue de jueves a
domingo, y que todo no
está reseñado aquí. Tuvo
lugar entre el lunes 16
y el domingo 22 de
marzo. Contadas para
niños, un sustancioso
evento teórico, y hasta
la celebración del
décimo aniversario de la
Peña Te cuento, dirigida
por Octavio Pino, que
fue el espacio propicio
para que la Cátedra de
Narración oral María del
C. Garcini, del Consejo
Nacional de Casas de
Cultura, a través de
actual presidenta Nicia
Agüero y de la
presidenta fundadora
Haydée Arteaga,
rindieran homenaje
público a Luis M.
Carbonell, reconociendo
en él a un antecedente
de los cuentos en la
escena cubana, del
cuento como posibilidad
de espectáculo.
Mayra Navarro nunca ha
dejado de nombrar, de
convocar, y hasta de
mencionar por sus
nombres a las personas o
instituciones que le
antecedieron y que están
en la raíz de su
palabra. En estos
tiempos de olvidos la
gente de los cuentos no
puede permitirse el
devaneo y la deshonra,
confundir el juego con
lo esencial; por eso, el
había una vez… todavía
convoca en Cuba y lo
seguirá haciendo. Es que
hemos sido fieles en la
memoria y el olvido.
Esperemos que para el
año próximo las
instituciones, y las
personas, continúen
apoyando, y descubran
que un evento de esta
magnitud va necesitando
de finanzas estables,
mayor divulgación
internacional e
inserción en el sistema
de eventos y hasta, ¿por
qué no?, medios para
sumarse a los esfuerzos
educacionales y
culturales que se
impulsan desde las
estructuras de
integración en el
continente, porque la
crisis actual, ya se
sabe, es también una
crisis de la cultura
burguesa a la que hay
que anteponer los
modelos de la cultura
popular.
La antigua palabra
retorna, otra está
naciendo, una nueva
historia para ser
contada por los dueños
de las palabras.
… Yo, en secreto claro
está, sigo tejiendo y
destejiendo. Hice traer
hilos de lugares
lejanos. Ellos vinieron
solos. Por eso no debo
seguir diciendo hice
traer… Mis amigas me lo
recuerdan: “Tú tienes
que decir que ellos
llegan, llegan y se van;
llegan al tapiz y
después se van. Los
hilos siempre están de
un lado para otro”.
Y tienen razón. Esas
muchachas saben
demasiado para su edad.
Ellos están afuera. Los
pretendientes. No he
mandado abrir las
puertas y ya están.
Desde antes del alba.
Sería mejor decir que
desde antes de los
amaneceres. Ellos traen
sus armas. Ellos esperan
que yo les muestre la
tela y que escoja a uno.
Pero creo que no podrá
ser. Ya escogí. Desde
mucho antes, yo escogí… |