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El cine se ha convertido
en una de las
manifestaciones
artísticas más
concurridas, en
herramienta de
pensamiento y testimonio
creativo. En Cuba, el
celuloide llegó poco
tiempo después de las
primeras proyecciones de
los Hermanos Lumiére,
sin embargo, la
verdadera autenticidad
de nuestros autores del
séptimo arte viene a
perfilarse tras la
creación del Instituto
Cubano del Arte e
Industria
Cinematográficos
(ICAIC), el 24 de marzo
de 1959.
Cincuenta años después
de aquellos primeros
“tiempos de fundación”,
como los definiera
Alfredo Guevara, nuestro
cine se encuentra en un
período de
celebraciones, desde el
que se propone una
mirada a su historia, y
se encara ante nuevos
desafíos. Las jornadas
de homenaje en el
contexto de este medio
siglo del ICAIC contaron
esta semana con el acto
celebrado en el teatro
Karl Marx, al cual
asistió el presidente
cubano, general de
ejército Raúl Castro Ruz,
así como otras
importantes figuras de
la vida política y
cultural de la Isla.
En las palabras
centrales de la
actividad, el ministro
de Cultura, Abel Prieto
Jiménez, recordó la
trascendencia del ICAIC,
institución nacida a
solo unos meses de
triunfar la Revolución,
como señal de la
prioridad conferida a
ese verdadero movimiento
creativo que luego
marcaría la cultura
revolucionaria, y que
“dio imagen y voz a los
cubanos e inspiró un
movimiento más amplio en
América Latina". Los
cineastas de aquellos
momentos asumieron su
obra individual como
parte del destino de la
patria, acentuó Prieto,
y buscaron llegar a un
cine que fuera de alta
calidad y popular a la
vez.
El trabajo de esta
institución durante sus
cinco décadas, ha estado
marcado por el impulso
de una política cultural
inédita, lejana a
dogmas, de verdadera
autenticidad y fervor de
impulsos discordantes,
apuntó Prieto en su
discurso. Asimismo,
señaló que hoy el
principal empeño debe
dirigirse hacia la
inclusión de
realizadores jóvenes en
las producciones del
ICAIC, y hacia la
reanimación de la
industria del cine,
deprimida con la crisis
de los 90 y que poco a
poco ha ido
recuperándose.
Por otra parte, el
Ministro destacó la
labor del departamento
de Cine Móvil del ICAIC
que llevó las películas
a los lugares más
remotos de la Isla y
recordó a algunos de los
fundadores ya
desaparecidos como
Héctor García Mesa,
Pastor Vega, Eduardo
Muñoz Bach, Adolfo
Llauradó y Sergio
Corrieri, quienes
marcaron la génesis del
cine cubano en la
Revolución.
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Como reconocimiento a
toda una vida de aportes
a nuestra cultura, el
intelectual Alfredo
Guevara fue condecorado
con la orden José Martí,
la más alta distinción
otorgada por el Consejo
de Estado. La emoción
perceptible en Guevara
junto a la ovación
proferida por un público
en el que se encontraban
varios de sus colegas,
no hicieron más que
confirmar lo merecido
del lauro. La
contribución de este
artista y pensador al
movimiento
cinematográfico cubano
y, en general, de toda
Latinoamérica; su
participación decisiva
en los primeros años del
ICAIC, no solo en la
producción y promoción
de un nuevo cine, sino
en la creación de
espacios que desde este,
desarrollasen otras
manifestaciones como la
plástica, con el cartel
cinematográfico, o la
música, con la creación
del Grupo de
Experimentación Sonora;
así como su papel en la
evolución de la revista
Cine Cubano,
fueron algunas de las
razones citadas para
destacar la trayectoria
de Guevara en estos
años.
Además, Raúl otorgó al
ICAIC un reconocimiento
especial "por su
contribución a la obra
de la Revolución, la
preservación de la
memoria histórica de la
nación y labor
integradora con los
países de nuestra
América". En otro de los
momentos, se entregaron
diplomas a 20 nombres
indispensables del cine
cubano entre los que
destacan los
realizadores Julio
García Espinosa, José
Massip, Enrique Pineda
Barnet y Manolo Pérez.
Los colores de la
violencia
La mejor manera de
homenajear medio siglo
de cine revolucionario,
constituye la muestra de
su quehacer más
reciente, de modo que la
premier del primer
largometraje de la
experimentada
realizadora Rebeca
Chávez, Ciudad en
rojo, despidió la
velada. “Más que un
título en específico el
significado de esta
película es que seguimos
soñando, creando”,
confirmó en emotivas
palabras la cineasta.
La película está
inspirada en la novela
Bertillón 166,
del escritor santiaguero
José Soler Puig, Premio
Casa de las Américas y
uno de los textos
fundamentales de nuestra
literatura
contemporánea. El filme
cuenta las 24 horas de
un día cualquiera en la
ciudad de Santiago de
Cuba a finales de la
década del 50, en el que
los personajes se
encuentran marcados por
el clima de guerra,
violencia, tensión e
incertidumbre reinante
en el momento.
En palabras de la propia
Chávez: “queríamos
presentar una reflexión
sobre la violencia desde
el punto de vista de
aquellos que no tienen
una vocación por la
violencia, de gente que
era empujada a ella y,
por tanto, ese acto
quedaba para siempre
como una mancha o un
vacío en la memoria de
estas personas”.
Rescatar un tema épico
parte para la
realizadora de su propia
condición de vida, pues
ella, además de
santiaguera, participó
de muy niña en las
acciones del Movimiento
26 de julio en la
clandestinidad. Pero más
allá de sus
connotaciones
históricas, la intención
de la película es
encontrar los matices
humanos de sus
protagonistas, las
dudas, peligros y
desasosiegos a los que
se enfrentan estos
muchachos, casi
adolescentes, con
inmensas necesidades de
cambiar las perspectivas
políticas del país.
Para lograr estos
propósitos, la autora se
planteó tres objetivos
básicos según le
revelara en una
entrevista al diario
cubano Juventud
Rebelde: “no contar
la ideología, sino vivir
la ideología de los
personajes, cualquiera
que esta fuera; que
tuviera un comienzo
impactante y terminara
la película sin terminar
la historia y
finalmente, no confundir
el desarrollo dramático
y la construcción de los
personajes con la
información”.
Chávez es una de las más
importantes
documentalistas formadas
en el ICAIC y cuenta en
su biofilmografía con
títulos como Buscando
a Chano Pozo (1987),
Con todo mi amor Rita
(2000) y Cuando Sindo
Garay visitó a Emiliano
Báez (2002). Esta
impronta se hace
evidente en algunos
momentos de la película,
en especial en el inicio
y cierre de la misma,
cuando aparecen imágenes
de la real Santiago de
Cuba a finales de la
década del 50.
La fotografía, de Ángel
Alderete, es una de las
ganancias de esta cinta,
pues fue concebida
también con matices
documentales. La
utilización de primeros
planos y planos medios,
alcanza una intensidad
dramática al acercarnos
al rostro de la rudeza
en la que se centra la
historia, y ayuda a
sortear los escollos
económicos que de seguro
impidieron una más
exquisita ambientación.
Escenas como la del
parque Céspedes, la del
Mercado o la de la
llegada del comunista a
Santiago de Cuba, se
apoyan además en el
dinamismo del montaje y
regalan al espectador
una aproximación a la
urbe oriental de
aquellos años.
Este “thriller
político”, como lo ha
definido la propia
Chávez, adolece, no
obstante, de una mayor
destreza narrativa,
especialmente al
presentar algunas
imperfecciones de guión
con diálogos rígidos y
conflictos resueltos de
manera poco convincente.
En cuanto a las
actuaciones, vale
destacar el desempeño de
los más consagrados como
Mario Guerra y Laritza
Vega, quienes, aunque
secundarios, ofrecen las
mejores galas en la
interpretación.
Las actividades
destinadas a homenajear
al ICAIC en su
aniversario 50
continuarán durante todo
el año 2009 con un
programa que incluye el
estreno de 20
largometrajes de
ficción, varios
documentales, eventos
teóricos y homenajes a
las principales figuras
vinculadas a la historia
de esta institución. |