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Todo pasó de momento,
Pedro Pablo que me pide
presentar el número de
La Gaceta, yo que
me comprometo y mi
computadora que se
rompe. Esto es algo
sumamente grave para mí,
porque ya solo pienso
sentada frente a ella.
Pero como dice el
refrán, lo prometido es
deuda y aquí estoy para
comentar algunos
artículos de una revista
que se caracteriza por
su carácter
multidisciplinario,
razón por la cual mi
visión será
especializada en algunos
momentos y la de una
lectora inexperta, pero
interesada en otros.
Dos dossiers
constituyen el núcleo de
este número: uno
dedicado a la
historiografía y otro
destinado a homenajear a
la doctora Beatriz Maggi.
El de historiografía es
presentado por Pedro
Pablo Rodríguez, bajo el
título: La Historia,
Combate y Presente y
enmarca el asunto en un
lapsus que,
parafraseando a Braudel,
ubica en un tiempo
corto, aquel que se
relaciona con los
acontecimientos, solo
que en este caso se
inicia con una ruptura
que complica el
análisis. La etapa no
solo es difícil por ser
la más cercana sino
porque se corresponde
con el proceso
revolucionario iniciado
en 1959.
Historia y Revolución,
dos conceptos de
complejidades tremendas,
resultan entretejidos en
esta Introducción, el
primero porque en cuanto
ciencia tiene un uso
académico, manipulado
entre entendidos o
iniciados, por decirlo
de alguna forma, pero
que también es portador
de un uso público
destinado a crear
valores, que se asume
como ideológico. El
segundo, porque todo
proceso revolucionario
es convulso e implica
cambios trascendentes en
la sociedad.
Tengo la impresión de
que Pedro Pablo se
refiere a la segunda
función de la historia
cuando expresa que la
historiografía cubana es
una de las más vigorosas
del continente, cuestión
menos admisible cuando
se aborda en su
actualización académica.
Porque si bien es cierto
que algunos
historiadores hacen un
esfuerzo por enriquecer
la disciplina, tanto
desde el punto de vista
metodológico como
factual, queda mucho por
hacer y por debatir en
esta dirección. Como el
dossier
historiográfico se
extenderá a lo largo de
todo el año este espacio
de La Gaceta y de
sus presentaciones, que
siempre convocan a un
público interesado,
pudiera conformarse como
un sitio adecuado para
iniciar un comprometido
debate sobre nuestra
historiografía.
Fernando Martínez
inicia con su artículo
Combates por la
Historia en la
Revolución
—traducimos su intención
en el sentido más de
desafíos que de
batallas—, el dossier
historiográfico de La
Gaceta. Caracteriza
inicialmente la historia
de los años 59 y 60 “por
la entrada de nuevos
personajes, temas,
paradigmas y creencias
(…) polémicos dentro del
campo revolucionario”, y
añade a esta cuestión
algo que define como “el
problema de la
existencia de elites y
masas en el consumo de
la historia”.
Como propone “contribuir
al diálogo vivo” nos
insertamos en esa arista
del asunto. Porque es
evidente que el
paradigma del marxismo
se fortaleció a partir
de esos años, aunque no
siempre en su variante
más científica, sino en
la vulgar y dogmática,
no tan adolescente, como
apunta Fernando, y esto
implicó visiones
lineales, en cuanto a la
sucesión de modos de
producción, por ejemplo,
y también al desmontaje
y la desvalorización de
algunas figuras patrias
por parte de algunos
sectores, como ocurrió
con la figura de Carlos
Manuel de Céspedes, o al
desplazamiento de otras,
Martí por Baliño, por
ejemplo. Porque si bien
es cierto como dice
Fernando que Narciso
López y Estrada Palma
resultaban justamente
re-analizados, algunos
exámenes, “Las quince
objeciones a Narciso
López”, datan de 1953.
Y eso no fue casual
porque la historiografía
cubana en esos años,
representada por Roig de
Leuchsenring y los
Congresos de Historia,
hicieron un excelente
uso público de la
historia.
Relaciona Fernando obras
históricas que marcaron
pautas en las diversas
formas de abordarla en
los años 60 y de estos
autores cita, entre
otros, a Moreno
Fraginals, con un libro
paradigmático para el
continente, que
inauguraba un estilo de
historia socioeconómica,
El ingenio; a
Jorge Ibarra, con su
Manual de Historia de
Cuba y con la
Ideología mambisa; a
Walterio Carbonell, con
su trabajo precursor,
Cómo surgió la cultura
nacional. También
menciona a Cepero
Bonilla. Pero en esa
relación debieran
añadirse, por lo menos,
a otros tres grandes de
la historiografía
cubana, como fueron
Julio Le Riverend, sobre
todo por el trabajo
realizado en la
Academia en esos años,
que estuvo asesorado por
una personalidad tan
eminente como Jürgen
Kuchinscki y que fue
realizado con un joven
colectivo de
historiadores llamados a
estudiar el capitalismo
en su última etapa.
Resultado de ese trabajo
fue el libro Los
monopolios en Cuba.
También se deben
recordar, a Juan Pérez
de la Riva, que
introdujo variadas
perspectivas, entre ella
la historia de la gente
sin historia, y a José
Luciano Franco,
estudioso de temas como
las rebeliones esclavas
y el cimarronaje.
Ciertamente el papel
desempeñado por la
Comisión Nacional de
Activistas de Historia
contribuyó al incremento
en el número de
trabajos, muchos de
estos en las provincias.
Se historió, de esta
forma, la vida de muchos
héroes y mártires
revolucionarios y
narraron algunos hechos
y procesos, de esta
forma se recuperó una
memoria histórica que
podía perderse.
En la segunda parte de
su artículo Fernando
señala que “el daño
creciente que sufrieron
el pensamiento y las
ciencias sociales
afectaron también a la
historia” en clara
referencia a lo ocurrido
en la década de los años
70 y cuya superación
ubica en la década de
los 90. También
considera que esos
avances no se revierten
aún a escala de la
sociedad, pues muchos
libros de esta
disciplina solo son
leídos por sus
profesionales. Por esa y
otras razones considera
que mucho camino queda
aún por andar.
A los usos y utilidad de
la historia
se refiere Oscar
Zanetti, quien al igual
que Bloch se pegunta,
¿Para qué sirve la
historia? Su respuesta
se ubica en la formación
de una conciencia que se
encuentra en los mismos
fundamentos de la
cultura. A partir de esa
determinación establece
una diferencia entre la
utilidad de la historia
y la legitimidad en el
ejercicio de esa
profesión, que se
manifiesta en la
búsqueda en el pasado a
partir del presente y en
el acercamiento a la
verdad, relación que no
es unidireccional sino
recíproca.
Otra cuestión, no menos
importante, es la
vinculada con la
supuesta predicción de
un futuro que desde la
actualidad se diseña
como desapacible, y que
desde luego ha
repercutido en los
grandes paradigmas
historiográficos,
cuestión que ha
conducido, en su
criterio que es el de
muchos, a la
fragmentación de los
estudios históricos y a
revalidar y tal vez a
reforzar, una tendencia
que realmente no es
nueva, porque está
presente desde los años
50 del siglo pasado y
puede representarse en
las divergencias entre
realizar una historia
total u otra menor, que
desde luego solo será
importante y
trascendente en tanto
refleje ciertas
generalidades.
Se refiere Zanetti a las
influencias del poder
del Estado, sobre la
creación historiográfica
con la finalidad de
modelar la conciencia de
los ciudadanos, pero no
se limita a establecer
esa forma, sino la
influida por otros
intereses, incluidos los
individuales, marco en
el cual están los
historiadores. También
aborda la memoria
selectiva de los
lectores, que pudiera
sintetizarse en una
simple frase, “se
encuentra lo que se
busca y paralelamente se
obvia o desconoce lo que
no interesa” y es que
esto tiene que ver con
la subjetividad y desde
luego también con la
manipulación.
Zanetti se ha propuesto
realizar un análisis del
estudio de la situación
historiográfica ante las
complejidades de la
situación en un examen
que califica de
descarnado y que propone
la creación de cierta
conciencia de los
implicados en el asunto,
relacionada con la
función social de la
historia y también con
el deber de reconstruir
un pasado lo más
auténticamente posible.
Y aquí introduce lo que
pudiéramos considerar
una contradicción con el
artículo de Fernando, al
ejemplificar esta
cuestión a partir de las
valoraciones que se
hacen sobre Estrada
Palma, hombre que ha
sido asumido, a partir
de documentos diferentes
y de posiciones
diversas, en un rango
contradictorio que se
mueve entre la
honestidad acrisolada y
el anexionismo más
flagrante. Ambas
versiones, indica
Zanetti, son verdaderas
y falsas a la vez,
porque cada una de estas
responde a un análisis
parcial de la cuestión.
Dejar atrás las verdades
a medias y profundizar
en la crítica constituye
su válido reclamo para
reafirmar el nexo entre
la historiografía y el
porvenir de la sociedad.
Se trata de un trabajo
que persigue, no solo
plantear problemas
generales sino traerlos
a nuestro contexto
actual y hacer pensar a
los historiadores
cubanos en lo que se ha
hecho durante el medio
siglo que conmemoramos y
reflexionar sobre un
deber hacer que no
siempre se asume con el
mismo rigor.
El dossier sobre
Beatriz Maggi, Los
usos de la palabra,
es un homenaje a tan
destacada profesora,
quien no solo enseñó en
el Cepero Bonilla y en
la Facultad de Artes y
Letras, como se refleja
en la presentación, sino
también en la carrera de
Filosofía y Letras, en
la cual fui su alumna.
Alta, con su pelo largo
y rubio, vestida
sencillamente de negro,
llegaba puntualmente al
aula y encantaba con su
decir fácil pero
profundamente analítico,
pletórico de lecturas
acumuladas en un tiempo
que debió ser intenso,
por lo corto, porque la
Dra. Maggi, como la
llamábamos, era muy
joven aún. Y son esas
asimilaciones profundas
del otro, o la otra, lo
que se refleja en la
carta que le dirigió
Fina García Marruz.
Beatriz capta la voz de
la escritura en sus
profundidades y
resonancias y no basta
con decir que ejerce la
crítica literaria,
porque ella posee el
raro don, parafraseando
a Martí, de ser ética,
sensible y estética.
Como expone Luis Álvarez
mucho mejor de lo que
soy capaz de hacerlo, la
Maggi dialoga con el
escritor y también con
su lector, al igual que
departía en el aula con
sus alumnos y en ese
encadenamiento del
discurso iban aflorando
lecturas diversas y
profundas y sobre todo
nexos, muchas
interrelaciones,
precisiones sutiles y la
percepción de un ojo y
una mente que encuentran
en cada texto lo que a
otros escapa.
Como historiadora
considero que nadie
puede reproducir lo que
no conoce profundamente.
Para referirse a una
sociedad, por ejemplo,
hay que sumergirse en
ella, y tratar de
pensar, ante cada
evento, como vivían,
pensaban y reaccionaban
sus gentes. Beatriz,
como crítica, llega a
vivir la obra de otros
en sus épocas y en sus
espacios, tal vez por
eso logre juzgarla y
traducirla tan
acertadamente. Se trata,
como señala Álvarez en
su cita de Lezama, la
“captura de la imago”.
El esbozo que de la
Maggi hace Lina de Feria
la vincula a la
enseñanza, no a la
escolarizada sino a la
que emana de toda
conversación
inteligente. Inmutable
en el tiempo emerge
Beatriz, quien lleva de
la mano a todo el que
quiera acompañarla, en
un ilustrado e
explicativo paseo por el
saber literario, a lo
largo del tiempo y del
espacio.
Denia García la define
como nuestra, al
vincularla a los que han
sido sus alumnos y
relacionarla con una
reflexividad que le ha
sido consustancial.
Porque para la Maggi, la
lectura literaria tiene
que ir acompañada de un
ejercicio esencial, muy
poco practicado en la
actualidad, saber
pensar, lograr deducir,
descubrir los
significados. Es esta
forma de enseñar la que
ha convertido a Beatriz
en una profesora
paradigmática. También
en este aspecto le rinde
tributo Gina Picart, a
la vez que la reconoce
como “una de las más
grandes plumas del
ensayo literario de la
lengua española”.
Al final del dossier
escribe la Maggi, con su
acostumbrada maestría
sobre Algunos usos de
la palabra. Y aunque
dice que nada es nuevo
ni inventado por ella,
el ejercicio de pensar
convierte sus
reflexiones en algo
especial, diferente y
sobre todo relacional,
pues nada hay, dice,
“excepto la gestualidad
del rostro humano y el
arte de la música que
pueda reproducir el
diapasón extensísimo del
alma y del espíritu, en
todos sus
desplazamientos, que,
añado yo, adquieren
dimensión simbólica en
la Palabra. Beatriz
relaciona a la Palabra
con el pensamiento, con
la civilización, con la
magia, con la
naturaleza, con Dios,
con la psique, con la
belleza, y lo que es tal
vez más importante, con
la verdad y con la
realidad, porque la
palabra puede ser
mentirosa y cierta,
puede adquirir identidad
propia y ser aislada,
sacada del contexto
donde se produjo,
manipulada —manoseada,
dice Beatriz—, quien,
por todas las razones
que expresa considera
que “nuestra misión
cultural —ampliando a
otros la que ella ha
asumido—, es formar
humanistas,
conduciéndolos a que la
verdad de sus actos
coincida con la verdad
de sus bocas y de sus
lenguas”.
Otros trabajos merecen
ser esbozados. Enrique
Saínz se detiene en los
antecedentes del Grupo
Orígenes y en la
intención común de esos
precursores y los
“origenistas” para
lograr el alcance
universal en la cultura
cubana. Eso los condujo
a plasmar ese intento,
según Saínz, en una
formidable obra poética
y ensayística
caracterizada por su
raigal eticidad, que
ejemplifica en uno de
sus más lúcidos
exponentes. En “Apuntes
en torno al pensamiento
de Cintio Vitier en su
primera etapa
(1938-1953)” que en el
texto se prolonga hasta
los años 60, Saínz cita
a Lezama, para quien la
poesía debía ser no un
divertimiento, ni un
discurso ornamental,
sino un modo de
conocimiento capaz de
conducir al sentido
último de la
existencia. A la
influencia que esa
opinión tuvo en Vitier,
desde 1941, cuando se
proponía encontrar el
sentido al conocimiento
que tiende al orden y
religar el sentimiento
con la alegría de su
fuente, se refiere
Saínz. Estas
cuestiones, están
presentes en cinco
ensayos de Vitier
reunidos en 1961 bajo el
título de Poética.
También refiere la
influencia que en este
autor tuvo María
Zambrano, destacando que
Vitier define al poeta
como “el llamado a
testimoniar sobre el
paso incomprensible de
las cosas”, enunciado
que después se reflejará
en su concepto
“desemejanza”, que
resume lo que nos separa
del paraíso y la fuga
hacia la muerte, y está
permeado de una profunda
vocación religiosa.
La búsqueda constante
del ser de las cosas y
el intento de adentrarse
en el suceder, la
extrañeza y la pregunta,
simbólicamente
expresadas en el verso
¿Quién soy yo y qué me
hago? están, según Saínz
en la obra poética de
Vitier recopilada en
Vísperas y
Testimonios, que se
enmarcan entre 1938 y
1968. Considera además
que las problemáticas
primordiales de su obra
son “la angustia de la
extrañeza, el desamparo,
el imposible, la
búsqueda del sentido
último del suceder”,
cuestiones que afloran
una y otra vez. También
indica que los textos de
esa etapa “alcanzan una
tensión creadora en la
que se entremezclan los
conflictos y los
cuestionamientos
ontológicos con una
angustia de raíz
historicista”, por “la
angustia ante la
imposibilidad del
conocimiento (…) por
hallar sentido en medio
del caos de lo real en
sus múltiples
dimensiones”.
Saínz considera que no
hay libro en la
literatura cubana que
supere a La luz del
imposible, poesía
que define, entre otros
aspectos como “del
desamparo y de la
libertad, del miedo y
del cántico” y en esa
dimensión va a lo
universal y a lo
trascendente.
Para una neófita en el
tema, como es la que
comenta, el artículo
resulta más que
interesante, problémico,
supongo que mucho más
que esto encontraran los
especialistas, guiados
de la mano por un
estudioso del tema cuya
aproximación es profunda
y esmerada.
El cuento Escaleras
de servicio, de
Ernesto Pérez Chang,
recibió por unanimidad
el Premio 2008 de la
UNEAC en ese género, y
por lo tanto es un
regalo para los lectores
de La Gaceta.
Creo que tiene mucho de
simbólico, cuando al
concluir se dice ¿para
qué ascender? ¿Para qué
esa maldita voluntad de
querer aquella esa
escalera que aún hoy se
hace interminable? No es
conveniente adelantar
mucho, sobre todo en una
narración cuya
premier se ofrece al
lector en este número.
La entrevista de Arturo
Sotto a Raúl Rodríguez,
bajo el título de lo que
fue su primera
cuartilla, publicada en
Lunes de Revolución:
“Memorias de un
Cinéfilo de Las Villas”,
rebasa la historia del
hombre para ponernos en
contacto con diversos
espacios, el de su
adolescencia familiar,
el de las filmaciones en
Santa Clara en los años
60, el del ICAIC y sus
jóvenes cineastas algo
después; en ese contexto
descubrió que la
fotografía era su
vocación y conoció a
personas que lo
ayudarían en ese empeño,
entre las que destacan
Lopito, Tabío, Tucho
Rodríguez y sobre todo
Néstor Almendros. Ver
mucho cine fue su gran
academia y resulta muy
interesante conocer qué
películas marcaron su
obra, y las entretelas
en que se movió durante
la década de los años 60
y 70. También cuenta sus
experiencias
posteriores, incluidas
las más actuales. Las
acciones que se relatan
y la forma en que están
recogidas, garantizan el
disfrute de una lectura
amena, ilustrativa y
entretenida.
Con Cerca y lejos del
Sol, de mi maestra
Graziella Pogollotti,
disfruté las
remembranzas de una
época que ningún actor
involucrado en ella
puede olvidar, desde un
plano subalterno, el de
una estudiante de nuevo
ingreso al microcosmos
universitario, me
sumergí en las
actividades
revolucionarias. Allí
confluyeron, como dice
ella, historias de vida,
de generaciones, de
tendencias políticas en
torno al proyecto de
independencia nacional.
Recordar es una nueva
manera de vivir, el
artículo de Graziella
será remembranzas para
algunos, reconstrucción
de una vida ajena para
los más jóvenes, pero
tiene un cálido aliento,
modelado como ella dice
“por el inmenso maridaje
de la emoción y el
intelecto”, que llega a
toda persona sensible.
Roberto Valera recuerda
brevemente, en
Misterio y amor, a
Harold Gramatges, músico
relevante, intelectual
integral, diplomático
improvisado pero
exitoso. Versos inéditos
de Teresa Fornaris y de
Eloy Machado ocupan las
páginas dedicadas a
Poesía. Mario Coyula
escribe sobre la obra
monumental de Villa, de
quien dice, que en sus
esculturas
conmemorativas, “ha
conseguido no ensuciar
su penacho con
claudicaciones”, a la
vez que se ha expresado
“con una parquedad que
descarta lo superfluo”.
Entre sus obras destaca
la Plaza Mariana
Grajales, en la que
también participaron
Angulo, Fernández,
García Peña y Trenard,
pues en esta se mezclan
la abstracción y la
figuración, como un
ejemplo de trabajo en
equipo que implica
afinidad y consenso,
renuncia y aceptación,
en aras de un resultado
óptimo. Destaca Coyula
la escultura en metal de
Villa que privilegia con
respecto a la de piedra,
también su ejercicio
profesoral y su
relación participativa
con el espectador.
Como homenaje a Nara
Araujo, recientemente
fallecida, se publican
sus palabras en la
presentación del último
número del 2008, de
La Gaceta de Cuba. A
continuación Marco
Antonio Campos y Jorge
Fuentes escriben sobre
los espacios que habitó
Arthur Rimbaud en el
Charleville, donde a su
pesar nació y en Harar
donde vivió a gusto. Con
menciones a la vida
familiar y a la suya
propia se relacionan la
casa natal, el colegio y
su biblioteca, la plaza
de la Estación, donde se
le erigió un busto en
cuya base están sus
poemas más famosos, la
plaza Ducal donde estuvo
la librería Jolly en la
que conseguía libros y
revistas, la casa de
Quai de la Madeleine que
habitó la familia hasta
1875 y el museo D´
Orsay, en cuya planta
baja están algunos de
sus objetos, los que
obtuvo en África, y
también la maleta
maltrecha por muy usada,
finalmente aparece la
tumba, en que no quiso
descansar porque
prefería el sol de Aden.
Jorge Fuentes se inserta
en la casa de Harar que
recorre y describe,
pensando en un hombre
que a los 37 años había
empezado a morir, para
descubrir que no queda
huella alguna que
vincule la obra con el
lugar. Ambas narraciones
atrapan por su encanto.
Alberto Prieto escribe
Bleaching Batista,
(blanqueando a Batista)
recuerda a Pepe
Tabares que escribía su
biografía y sugiere un
trabajo de grupo para
poder reconstruir, desde
la interdisciplinaridad,
la vida y la época de
ese hombre. Relaciona
textos editados en el
extranjero que
incursionan en algunas
de sus facetas, hasta
llegar a la situación
actual donde se
construye una imagen
reivindicativa de ese
dictador. Del contexto
foráneo actual,
selecciona Prieto tres
referentes, Zoe Valdés,
El Nuevo Herald y
Rafael Rojas. Del
nuestro refiere el valor
del libro Batista.
Últimos días en el
poder, de José Luis
Padrón y Luis A.
Betancourt que
incursiona, entre otros
aspectos, en su vida
personal. Tal vez
debiera haber mencionado
otros aportes
anteriores, Louis Pérez
en los EE.UU. y
especialmente los de de
Rolando Rodríguez y los
de Newton Briones
Montoto en Cuba.
Rufo Caballero comenta
el libro de Abel Sierra
Del otro lado del
espejo. La sexualidad en
la nación cubana,
Premio Casa de las
Américas 2006, en tanto
Arturo Arango se refiere
a Los juegos de la
escritura o la (re)escritura
de la historia, de
Alberto Abreu y critica
su escritura, sus
omisiones, distorsiones,
tergiversaciones,
contradicciones e
inconsecuencias. Aunque
este libro fue Premio de
Ensayo en la
convocatoria del año
2007 de Casa de las
América, las críticas de
Arango son muy objetivas
y en cierta medida
emplazan a un jurado que
debiera responder en qué
elementos basó su
decisión. Otros dos
libros son comentados en
la sección Crítica:
La casa habanera, de
la arquitecta Madeline
Menéndez que analiza
Isabel Rigol y En
otro ámbito, con otra
voz,
de la poetisa Basilia
Papastamatiu que reseña
Alberto Garrandés.
Nahela Hechavarría se
refiere a la muestra
Crea en Cuba, que
nos invita a crear y
también a creer en las
posibilidades del diseño
industrial cubano.
Los trabajos que
simplemente he esbozado
permiten apreciar el
interés de los artículos
que aparecen en este
número. La lectura de
La Gaceta de Cuba,
siempre constituye un
disfrute al que puede
llegarse en soledad o en
compañía, este número es
una muestra muy especial
de tal condición. |