Año VII
La Habana

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de 2009

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TE PONGA EL PLATO?

Presentación de La Gaceta de Cuba

Un disfrute al que puede llegarse
 en soledad o en compañía

María del Carmen Barcia • La Habana

 

Todo pasó de momento, Pedro Pablo que me pide presentar el número de La Gaceta, yo que me comprometo y mi computadora que se rompe. Esto es algo sumamente grave para mí, porque ya solo pienso sentada frente a ella. Pero como dice el refrán, lo prometido es deuda y aquí estoy para comentar algunos artículos de una revista que se caracteriza por su carácter multidisciplinario, razón por la cual mi visión será especializada en algunos momentos y la de una lectora inexperta, pero interesada en otros.
 

Dos dossiers constituyen el núcleo de este número: uno dedicado a la historiografía y otro destinado a homenajear a la doctora Beatriz Maggi.

El de historiografía es presentado por Pedro Pablo Rodríguez, bajo el título: La Historia, Combate y Presente y enmarca el asunto en un lapsus que, parafraseando a Braudel, ubica en un tiempo corto, aquel que se relaciona con los acontecimientos, solo que en este caso se inicia con una ruptura que complica el análisis. La etapa no solo es difícil por ser la más cercana sino porque se corresponde con el proceso revolucionario iniciado en 1959.

Historia y Revolución, dos conceptos de complejidades tremendas, resultan entretejidos en esta Introducción, el primero porque en cuanto ciencia tiene un uso académico, manipulado entre entendidos o iniciados, por decirlo de alguna forma, pero que también es portador de un uso público destinado a crear valores, que se asume como ideológico. El segundo, porque todo proceso revolucionario es convulso e implica cambios trascendentes en la sociedad.

Tengo la impresión de que Pedro Pablo se refiere a la segunda función de la historia cuando expresa que la historiografía cubana es una de las más vigorosas del continente, cuestión menos admisible cuando se aborda en su actualización académica. Porque si bien es cierto que algunos historiadores hacen un esfuerzo por enriquecer la disciplina, tanto desde el punto de vista metodológico como factual, queda mucho por hacer y por debatir en esta dirección. Como el dossier historiográfico se extenderá a lo largo de todo el año este espacio de La Gaceta y de sus presentaciones, que siempre convocan a un público interesado, pudiera conformarse como un sitio adecuado para iniciar un comprometido debate sobre nuestra historiografía.

Fernando Martínez  inicia con su artículo Combates por la Historia en la Revolución —traducimos su intención en el sentido más de desafíos que de batallas—, el dossier historiográfico de La Gaceta. Caracteriza inicialmente la historia de los años 59 y 60 “por la entrada de nuevos personajes, temas, paradigmas y creencias (…) polémicos dentro del campo revolucionario”, y añade a esta cuestión algo que define como “el problema de la existencia de elites y masas en el consumo de la historia”.

Como propone “contribuir al diálogo vivo” nos insertamos en esa arista del asunto. Porque es evidente que el paradigma del marxismo se fortaleció a partir de esos años, aunque no siempre en su variante más científica, sino en la vulgar y dogmática, no tan adolescente, como apunta Fernando, y esto implicó visiones lineales, en cuanto a la sucesión de modos de producción, por ejemplo, y también al desmontaje y la desvalorización de algunas figuras patrias por parte de algunos sectores, como ocurrió con la figura de Carlos Manuel de Céspedes, o al desplazamiento de otras, Martí por Baliño, por ejemplo. Porque si bien es cierto como dice Fernando que Narciso López y Estrada Palma resultaban justamente re-analizados, algunos exámenes, “Las quince objeciones a Narciso López”,  datan de 1953. Y eso no fue casual porque la historiografía cubana en esos años, representada por Roig de Leuchsenring y los Congresos de Historia, hicieron un excelente uso público de la historia.

Relaciona Fernando obras históricas que marcaron pautas en las diversas formas de abordarla en los años 60 y de estos autores cita, entre otros, a Moreno Fraginals, con un libro paradigmático para el continente, que inauguraba un estilo de historia socioeconómica, El ingenio; a Jorge Ibarra, con su Manual de Historia de Cuba y con la Ideología mambisa; a Walterio Carbonell, con su trabajo precursor, Cómo surgió la cultura nacional. También menciona a Cepero Bonilla. Pero en esa relación debieran añadirse, por lo menos, a otros tres grandes de la historiografía cubana, como fueron Julio Le Riverend, sobre todo por el trabajo realizado  en la Academia en esos años, que estuvo asesorado por una personalidad tan eminente como Jürgen Kuchinscki y que fue realizado con un joven colectivo de historiadores llamados a estudiar el capitalismo en su última etapa. Resultado de ese trabajo fue el libro Los monopolios en Cuba. También se deben recordar, a Juan Pérez de la Riva, que introdujo variadas perspectivas, entre ella la historia de la gente sin historia,  y a José Luciano Franco, estudioso de temas como las rebeliones esclavas y el cimarronaje.

Ciertamente el papel desempeñado por la Comisión Nacional de Activistas de Historia contribuyó al incremento en el número de trabajos, muchos de estos en las provincias. Se historió, de esta forma, la vida de muchos héroes y mártires revolucionarios y narraron algunos hechos y procesos, de esta forma se recuperó una memoria histórica que podía perderse.

En la segunda parte de su artículo Fernando señala  que “el daño creciente que sufrieron el pensamiento y las ciencias sociales afectaron también a la historia” en clara referencia a lo ocurrido en la década de los años 70 y cuya superación ubica en la década de los 90. También considera que esos avances no se revierten aún a escala de la sociedad, pues muchos libros de esta disciplina solo son leídos por sus profesionales. Por esa y otras razones considera que mucho camino queda aún por andar.

A los usos y utilidad de la historia se refiere Oscar Zanetti, quien al igual que Bloch se pegunta, ¿Para qué sirve la historia?  Su respuesta se ubica en la formación de una conciencia que se encuentra en los mismos fundamentos de la cultura. A partir de esa determinación establece una diferencia entre la utilidad de la historia y la legitimidad en el ejercicio de esa profesión, que se manifiesta en la búsqueda en el pasado a partir del presente y en el acercamiento a la verdad, relación que no es unidireccional sino recíproca.

Otra cuestión, no menos importante, es la vinculada con la supuesta predicción de un futuro que desde la actualidad se diseña como desapacible, y que desde luego ha repercutido en los grandes paradigmas historiográficos, cuestión que ha conducido, en su criterio que es el de muchos, a la fragmentación de los estudios históricos y a revalidar y tal vez a reforzar, una tendencia que realmente no es nueva, porque está presente desde los años 50 del siglo pasado y puede representarse en las divergencias entre realizar una historia total u otra menor, que desde luego solo será importante y trascendente en tanto refleje ciertas generalidades.

Se refiere Zanetti a las influencias del poder del Estado, sobre la creación historiográfica con la finalidad de modelar la conciencia de los ciudadanos, pero no se limita a establecer esa forma, sino la influida por otros intereses, incluidos los individuales, marco en el cual están los historiadores. También aborda la memoria selectiva de los lectores, que pudiera sintetizarse en una simple frase, “se encuentra lo que se busca y paralelamente se obvia o desconoce lo que no interesa” y es que esto tiene que  ver con la subjetividad y desde luego también con la manipulación.

Zanetti se ha propuesto realizar un análisis del estudio de la situación historiográfica ante las complejidades de la situación en un examen que califica de descarnado y que propone la creación de cierta conciencia de los implicados en el asunto, relacionada con la función social de la historia y también con el deber de reconstruir un pasado  lo más auténticamente posible. Y aquí introduce lo que pudiéramos considerar una contradicción con el artículo de Fernando, al ejemplificar esta cuestión a partir de las valoraciones que se hacen sobre Estrada Palma, hombre que ha sido asumido, a partir de documentos diferentes y de posiciones diversas, en un rango contradictorio que se mueve entre la honestidad acrisolada y el anexionismo más flagrante. Ambas versiones, indica Zanetti, son  verdaderas y falsas a la vez, porque cada una de estas responde a un análisis parcial de la cuestión. Dejar atrás las verdades a medias y profundizar en la crítica constituye su válido reclamo para reafirmar el nexo entre la historiografía y el porvenir de la sociedad. Se trata de un trabajo que persigue, no solo plantear problemas generales sino traerlos a nuestro contexto actual y hacer pensar a los historiadores cubanos en lo que se ha hecho durante el medio siglo que conmemoramos y reflexionar sobre un deber hacer que no siempre se asume con el mismo rigor.

El dossier sobre Beatriz Maggi, Los usos de la palabra, es un homenaje a tan destacada profesora, quien no solo enseñó en el Cepero Bonilla y en la Facultad de Artes y Letras, como se refleja en la presentación, sino también en la carrera de Filosofía y Letras, en la cual fui su alumna. Alta, con su pelo largo y rubio, vestida sencillamente de negro, llegaba puntualmente al aula y encantaba con su decir fácil pero profundamente analítico, pletórico de lecturas acumuladas en un tiempo que debió ser intenso, por lo corto, porque la Dra. Maggi, como la llamábamos, era muy joven aún. Y son esas asimilaciones profundas del otro, o la otra, lo que se refleja en la carta que le dirigió Fina García Marruz.

Beatriz capta la voz de la escritura en sus profundidades y resonancias y no basta con decir que ejerce la crítica literaria, porque  ella posee el raro don, parafraseando a Martí, de ser ética, sensible y estética. Como expone Luis Álvarez mucho mejor de lo que soy capaz de hacerlo, la Maggi dialoga con el escritor y también con su lector, al igual que departía en el aula con sus alumnos y en ese encadenamiento del discurso iban aflorando lecturas diversas y profundas y sobre todo nexos, muchas interrelaciones, precisiones sutiles y la percepción de un ojo y una mente que encuentran en cada texto lo que a otros escapa.

Como historiadora considero que nadie puede reproducir lo que no conoce profundamente. Para referirse a una sociedad, por ejemplo, hay que sumergirse en ella, y tratar de pensar, ante cada evento, como vivían, pensaban y reaccionaban sus gentes. Beatriz, como crítica, llega a vivir la obra de otros en sus épocas y en sus espacios, tal vez por eso logre juzgarla y traducirla tan acertadamente. Se trata, como señala Álvarez en su cita de Lezama, la “captura de la imago”.

El esbozo que de la Maggi hace Lina de Feria la vincula a la enseñanza, no a la escolarizada sino a la que emana de toda conversación inteligente. Inmutable en el tiempo emerge Beatriz, quien lleva de la mano a todo el que quiera acompañarla, en un ilustrado e explicativo paseo por el saber literario, a lo largo del tiempo y del espacio.

Denia García la define como nuestra, al vincularla a los que han sido sus alumnos y relacionarla con una reflexividad que le ha sido consustancial. Porque para la Maggi, la lectura literaria tiene que ir acompañada de un ejercicio esencial, muy poco practicado en la actualidad, saber pensar, lograr deducir, descubrir los significados. Es esta forma de enseñar la que ha convertido a Beatriz en una profesora paradigmática. También en este aspecto le rinde tributo Gina Picart, a la vez que la reconoce como “una de las más grandes plumas del ensayo literario de la lengua española”.

Al final del dossier escribe la Maggi, con su acostumbrada maestría sobre Algunos usos de la palabra. Y aunque dice que nada es nuevo ni inventado por ella, el ejercicio de pensar convierte sus reflexiones en algo especial, diferente y sobre todo relacional, pues nada hay, dice, “excepto la gestualidad del rostro humano y el arte de la música que pueda reproducir el diapasón extensísimo del alma y del espíritu, en todos sus desplazamientos, que, añado yo, adquieren dimensión simbólica en la Palabra. Beatriz relaciona a la Palabra con el pensamiento, con la civilización, con la magia, con la naturaleza, con Dios, con la psique, con la belleza, y lo que es tal vez más importante, con la verdad y con la realidad, porque la palabra puede ser mentirosa y cierta, puede adquirir identidad propia y ser aislada, sacada del contexto donde se produjo, manipulada —manoseada, dice Beatriz—, quien, por todas las razones que expresa considera que “nuestra misión cultural —ampliando a otros la que ella ha asumido—, es formar humanistas, conduciéndolos a que la verdad de sus actos coincida con la verdad de sus bocas y de sus lenguas”.

Otros trabajos merecen ser esbozados. Enrique Saínz se detiene en los antecedentes del Grupo Orígenes y en la intención común de esos precursores y los “origenistas” para lograr el alcance universal en la cultura cubana. Eso los condujo a plasmar ese intento, según Saínz,  en una formidable obra poética y ensayística caracterizada por su raigal eticidad, que ejemplifica en uno de sus más lúcidos exponentes. En  “Apuntes en torno al pensamiento de Cintio Vitier en su primera etapa (1938-1953)” que en el texto se prolonga hasta los años 60, Saínz cita a Lezama, para quien la poesía debía ser no un divertimiento, ni un discurso ornamental, sino un modo de conocimiento capaz de conducir al sentido último de la existencia.  A la influencia que esa opinión tuvo en Vitier, desde 1941, cuando se proponía encontrar el sentido al conocimiento que tiende al orden y religar el sentimiento con la alegría de su fuente, se refiere Saínz.  Estas cuestiones, están presentes en cinco ensayos de Vitier reunidos en 1961 bajo el título de Poética.

También refiere la influencia que en este autor tuvo María Zambrano, destacando que Vitier define al poeta como “el llamado a testimoniar sobre el paso incomprensible de las cosas”, enunciado que después se reflejará en su concepto “desemejanza”, que resume lo que nos separa del paraíso y la fuga hacia la muerte, y está permeado de una profunda vocación religiosa.

La búsqueda constante del ser de las cosas y el intento de adentrarse en el suceder, la extrañeza y la pregunta, simbólicamente expresadas en el verso ¿Quién soy yo y qué me hago? están, según Saínz en la obra poética de Vitier recopilada en Vísperas y Testimonios, que se enmarcan entre 1938 y 1968. Considera además que las problemáticas primordiales de su obra son “la angustia de la extrañeza, el desamparo, el imposible, la búsqueda del sentido último del suceder”, cuestiones que afloran una y otra vez. También indica que los textos de esa etapa “alcanzan una tensión creadora en la que se entremezclan los conflictos y los cuestionamientos ontológicos con una angustia de raíz historicista”, por “la angustia ante la imposibilidad del conocimiento (…) por hallar sentido en medio del caos de lo real en sus múltiples dimensiones”.

Saínz considera que no hay libro en la literatura cubana que supere a La luz del imposible, poesía que define, entre otros aspectos como “del desamparo y de la libertad, del miedo y del cántico” y en esa dimensión va a lo universal y a lo trascendente.

Para una neófita en el tema, como es la que comenta, el artículo resulta más que interesante, problémico, supongo que mucho más que esto encontraran los especialistas, guiados de la mano por un estudioso del tema cuya aproximación es profunda y esmerada.

El cuento Escaleras de servicio, de Ernesto Pérez Chang, recibió por unanimidad el Premio 2008 de la UNEAC en ese género, y por lo tanto es un regalo para los lectores de La Gaceta. Creo que tiene mucho de simbólico, cuando al concluir se dice ¿para qué ascender? ¿Para qué esa maldita voluntad de querer aquella esa escalera que aún hoy se hace interminable? No es conveniente adelantar mucho, sobre todo en una narración cuya premier se ofrece al lector en este número.

La entrevista de Arturo Sotto a Raúl Rodríguez, bajo el título de lo que fue su primera cuartilla, publicada en Lunes de Revolución:  “Memorias de un Cinéfilo de Las Villas”, rebasa la historia del hombre para ponernos en contacto con diversos espacios, el de su adolescencia familiar, el de las filmaciones en Santa Clara en los años 60, el del ICAIC y sus jóvenes cineastas algo después; en ese contexto descubrió que la fotografía era su vocación y conoció a personas que lo ayudarían en ese empeño, entre las que destacan Lopito, Tabío, Tucho Rodríguez y sobre todo Néstor Almendros. Ver mucho cine fue su gran academia y resulta muy interesante conocer qué películas marcaron su obra, y las entretelas en que se movió durante la década de los años 60 y 70. También cuenta sus experiencias posteriores, incluidas las más actuales. Las acciones que se relatan y la forma en que están recogidas, garantizan el disfrute de una lectura amena, ilustrativa y entretenida.

Con Cerca y lejos del Sol, de mi maestra Graziella Pogollotti, disfruté las remembranzas de una época que ningún actor involucrado en ella puede olvidar, desde un plano subalterno, el de una estudiante de nuevo ingreso al microcosmos universitario, me sumergí en las actividades revolucionarias. Allí confluyeron, como dice ella, historias de vida, de generaciones, de tendencias políticas en torno al proyecto de independencia nacional. Recordar es una nueva manera de vivir, el artículo de Graziella será remembranzas para algunos, reconstrucción de una vida ajena para los más jóvenes, pero tiene un cálido aliento, modelado como ella dice “por el inmenso maridaje de la emoción y el intelecto”, que llega a toda persona sensible.

Roberto Valera recuerda brevemente, en Misterio y amor, a Harold Gramatges, músico relevante, intelectual integral, diplomático improvisado pero exitoso. Versos inéditos de Teresa Fornaris y de Eloy Machado ocupan las páginas dedicadas a Poesía. Mario Coyula escribe sobre la obra monumental de Villa, de quien dice,  que en sus esculturas conmemorativas, “ha conseguido no ensuciar su penacho con claudicaciones”, a la vez que se ha expresado “con una parquedad que descarta lo superfluo”. Entre sus obras destaca la Plaza Mariana Grajales, en la que también participaron Angulo, Fernández, García Peña y Trenard, pues en esta se mezclan la abstracción y la figuración, como un ejemplo de trabajo en equipo que implica afinidad y consenso, renuncia y aceptación, en aras de un resultado óptimo. Destaca Coyula la escultura en metal de Villa que privilegia con respecto a la de piedra, también su ejercicio profesoral  y su relación participativa con el espectador.

Como homenaje a Nara Araujo, recientemente fallecida, se publican sus palabras en la presentación del último número del 2008, de La Gaceta de Cuba. A continuación Marco Antonio Campos y Jorge Fuentes escriben sobre los espacios que habitó Arthur Rimbaud en el Charleville, donde a su pesar nació y en Harar donde vivió a gusto. Con menciones a la vida familiar y a la suya propia se relacionan la casa natal, el colegio y su biblioteca, la plaza de la Estación, donde se le erigió un busto en cuya base están sus poemas más famosos, la plaza Ducal donde estuvo la librería Jolly en la que conseguía libros y revistas, la casa de Quai de la Madeleine que habitó la familia hasta 1875 y el museo D´ Orsay, en cuya planta baja están algunos de sus objetos, los que obtuvo en África, y también la maleta maltrecha por muy usada, finalmente aparece la tumba, en que no quiso descansar porque prefería el sol de Aden. Jorge Fuentes se inserta en la casa de Harar que recorre y describe, pensando en un hombre que a los 37 años había empezado a morir, para descubrir que no queda huella alguna que vincule la obra con el lugar. Ambas narraciones atrapan por su encanto.

Alberto Prieto escribe Bleaching Batista, (blanqueando a Batista) recuerda a Pepe Tabares que escribía su biografía y sugiere un trabajo de grupo para poder reconstruir, desde la interdisciplinaridad, la vida y la época de ese hombre. Relaciona textos editados en el extranjero que incursionan en algunas de sus facetas, hasta llegar a la situación actual donde se construye una imagen reivindicativa de ese dictador. Del contexto foráneo actual, selecciona Prieto tres referentes, Zoe Valdés, El Nuevo Herald y Rafael Rojas. Del nuestro refiere el valor del libro Batista. Últimos días en el poder, de José Luis Padrón y Luis A. Betancourt  que incursiona, entre otros aspectos, en su vida personal. Tal vez debiera haber mencionado otros aportes anteriores, Louis Pérez en los EE.UU. y especialmente los de de Rolando Rodríguez y los de Newton Briones Montoto en Cuba.

Rufo Caballero comenta el libro de Abel Sierra Del otro lado del espejo. La sexualidad en la nación cubana, Premio Casa de las Américas 2006, en tanto Arturo Arango se refiere a Los juegos de la escritura o la (re)escritura de la historia, de Alberto Abreu y critica su escritura, sus omisiones, distorsiones, tergiversaciones, contradicciones e inconsecuencias. Aunque este libro fue Premio de Ensayo en la convocatoria del año 2007 de Casa de las América, las críticas de Arango son muy objetivas y en cierta medida emplazan a un jurado que debiera responder en qué elementos basó su decisión. Otros dos libros son comentados en la sección Crítica: La casa habanera, de la arquitecta Madeline Menéndez que analiza Isabel Rigol y En otro ámbito, con otra voz, de la poetisa Basilia Papastamatiu que reseña Alberto Garrandés.  Nahela Hechavarría se refiere a la muestra Crea en Cuba, que nos invita a crear y también a creer en las posibilidades del diseño industrial cubano.

Los trabajos que simplemente he esbozado permiten apreciar el interés de los artículos que aparecen en este número. La lectura de La Gaceta de Cuba, siempre constituye un disfrute al que puede llegarse en soledad o en compañía, este número es una muestra muy especial de tal condición.

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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