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Cine y Revolución

Manuel Pérez Paredes • La Habana
Fotos: Cortesía del ICAIC y la Cinemateca de Cuba

 

Hablemos desde la perspectiva del 2009, con visión retrospectiva. Hay un elemento importante: la Revolución crea el ICAIC en el año 59 como organismo encargado de sentar las bases de la industria del cine cubano y de un movimiento artístico. Luego, empezaron a surgir ramificaciones de esa industria como el propio cine educativo, el cine de la televisión —del ICRT— o la sección fílmica de las FAR, que han estado jugando otro rol. En los últimos 15 años, más o menos, ya surge el cine de los jóvenes apoyado en las nuevas tecnologías, con lo que comienza a surgir un cine que no está vinculado a ninguna de esas instituciones.

De esta manera, me quiero retrotraer al año 1959 y hablaré desde mi experiencia personal. En aquel año, yo tenía 19. Era una persona de formación cineclubista: una parte de esa preparación había sido en una sociedad cultural llamada Cine Club Visión, que era una especie de hija menor de una sociedad mayor llamada Nuestro Tiempo, en la que se integrarían las cabezas pensantes del diseño cultural del ICAIC. En el año 59, me iniciaba política y cinematográficamente, porque en aquellos momentos ambas cosas se complementaban. En ese Cine Club, un grupo de personas discutíamos las películas, leíamos libros de cine… era una manera de apreciar el cine como manifestación artística y con ello la sociedad. Así, ganamos conciencia de los temas sociales tanto cubanos, como de América Latina, a través del estudio del cine.

A pocos días del triunfo, había una alegría que podía unir lo mismo a alguien de un barrio marginal que a un señor burgués. Se había derrocado la dictadura de Fulgencio Batista y eso unificaba a la inmensa mayoría del pueblo cubano. Pero, ¿qué venía después? ¿Qué pasaría? Todo el poder al Ejército Rebelde: según el pensamiento que prevalecía por aquellos días, era quien debía capitanear la ofensiva revolucionaria. En esos primeros momentos, lo que caracterizaba a la sociedad cubana era una confusión: se había llegado al poder derrocando a la tiranía, pero el alcance no estaba totalmente claro para todo el mundo.

Aunque yo tenía alguna formación política, carecía de la luz larga para tener claro lo que iba a pasar. Dos meses después, pasó a formar parte del Ejército Rebelde junto a otros compañeros del Cine Club. Comenzaba a gestarse ya, en aquel momento, lo que iba a ser el ICAIC.

Posteriormente, se hizo evidente la necesidad de preparar a los combatientes del Ejército Rebelde, en su mayoría campesinos analfabetos. El cine sería una forma de preparación cultural para los maestros que comenzarían a alfabetizarlos. Empecé a hacer ese trabajo, como una de las personas que marcaban las películas que se veían en los campamentos, tratando de hallar un cine que combinara el interés con el entretenimiento. Una gran parte de los combatientes, no podían incluso ni leer el subtitulaje.

En esa tarea, en un lugar de La Habana donde se distribuían las películas extranjeras, me propusieron una entrevista con el gerente de Artistas Unidos. Aquel hombre fue quien me dijo: "¿sabe usted que se piensa crear un organismo de cine?" El ICAIC no se llamaba así todavía, pero ya se estaba pensando en crearlo. Me dijo: "se comenta que quien estará al frente de ese organismo es Alfredo Guevara y a mí me preocupa". Creo poder darles así una idea de cómo se estaba moviendo la realidad del país: Alfredo Guevara era una persona de connotada filiación de izquierda, y este señor tenía muy claro que Alfredo podía ser o no miembro del Partido Comunista, pero que era un hombre de ideas radicales.

Aquel gerente estaba bien informado: el 24 de marzo del 59 se crea la primera institución cultural de la Revolución. Era una ley sencilla, con algunos porcuantos y sin desarrollar muchas instrumentaciones; pero que fijaba posiciones: en primer lugar, el nombre de Alfredo llamaba la atención de forma negativa para los sectores conservadores. Estaba naciendo una institución importante que sería dirigida por una persona capaz cultural y políticamente, nacida en la corriente de izquierda en la Cuba de aquellos años.

Con el nacimiento del ICAIC, comienzo a tener una noción más clara de todo el entresijo que se va dando dentro de la Revolución, con la que me identifico a la vez que la voy conociendo sobre la marcha. Se crean el ICAIC y el Departamento de Cultura del Ejército Rebelde, esa sección que se convirtió en el lugar donde estaba el ICAIC. Con las luchas que se estaban dando, el ICAIC no tenía aún acceso al dinero, y el Ejército Rebelde y el INRA comenzaban a facilitar recursos para los primeros trabajos documentales del cine cubano.

Inevitablemente, doy un salto, en aras del tiempo: el ICAIC nace signado, desde el primer momento, como un organismo revolucionario que deja una posición radical ante la cultura y el tema político. “El cine es un arte”, así que el ICAIC se va a plantear llevar adelante un proyecto de defensa de la Revolución y al mismo tiempo de la autonomía del arte como una forma peculiar de incidir en la realidad. De ahí mi constante inquietud, en estos momentos, de trasladar el espíritu de una época, la esencia de un país. Si no se logra entender eso, aquel contexto, cuesta trabajo juzgar y canalizar los acontecimientos.

Los primeros tres años fueron tiempos donde la Revolución, que había contado con la inmensa mayoría de la población, comenzó a perder grados de tensión para ganarlos en profundidad. Es decir, comenzar a ganar a quienes empezaban a discrepar con la Revolución. Entender esa época, es clave para entender el ICAIC como organismo que a la vez va formando cuadros y cineastas, aprendiendo a hacer cine sobre la marcha y dejando una huella cultural no solamente en la atención al cine nacional, sino además en la distribución y la exhibición. La concepción cultural era que una pelea de este tipo solo era eficaz si un organismo que dirige la producción se encarga además de las restantes fases. Esto trajo consigo no solo el conflicto con los enemigos de la Revolución, sino que al interior de ella se diera la contradicción entre quienes ven la cultura y su dinámica con diferentes matices, lo que termina en muchas rupturas.

Hay una conferencia del ciclo que abordará estos asuntos, las polémicas culturales que se han dado en el cine cubano de la Revolución; pero solo quisiera referirme a una de ellas: la primera, que existían en la cultura cubana una serie de organismos que implementaban políticas en diferentes niveles: el ICAIC, el periódico Revolución ―concretamente Lunes de Revolución― y el Consejo Nacional de Cultura, que estaba orientado por determinados dirigentes del PSP. Esas tres corrientes están dentro de la Revolución, cada una tenía una idea de lo que debía ser la cultura y el papel del arte. Por supuesto, ninguna de las posiciones en el ámbito de la cultura es típicamente pura. Por lo general, detrás de esos debates sobre cómo llevar adelante la vida cultural de la Revolución, siempre hay políticas de dirección, de fondos. Esta confrontación se da dentro de la Revolución en aquellos años, producto de las distintas concepciones.

De esta manera, llegamos a Playa Girón. En el mes de mayo, solamente un mes después de aquel suceso, se produce un primer encontronazo entre el ICAIC y el periódico Revolución. Esto, se lleva adelante cuando el ICAIC toma la decisión de prohibir un documental realizado por cineastas vinculados a ese periódico, titulado PM. Ese documental, filmado en zonas de la playa de Marianao, más bien marginales, se transmite por televisión y más tarde se plantean ―los propios realizadores― presentarlo en el ICAIC, quien toma la decisión de vetarlo. Entonces, se da un gran debate en la cultura cubana. De toda aquella historia, salieron las conocidas Palabras a los intelectuales, en 1961.

Otra polémica es la que se da en 1963 con la política de exhibición. A partir de la invasión a Playa Girón, el ICAIC pasa a quedarse con todas las casas distribuidoras  ―excepto tres: la de cine europeo, la de cine mexicano y la de cine francés―. Así, el ICAIC ya era el organismo que controlaba no solo la producción, sino también la distribución en todo el país. Esa situación, empieza de golpe en 1962, época en la que la que la programación cinematográfica en Cuba era muy precaria. En ese año, el país tuvo que suplir la ausencia de cine norteamericano con el de los países de la Europa socialista. Se trajeron películas regulares, buenas y malas. Sin embargo, el ICAIC comienza luego a ser más selectivo y a distribuir no solo cine socialista. 

Cualquiera que vea el listado de las películas estrenadas en Cuba desde los 60 hasta el 90, verá que los estrenos de cada año tienen un balance selectivo, sin una nacionalidad que monopolice. Esto llevaría, luego, a otra polémica, en el año 63, con un sector del antiguo PSP, cuando comienzan a llegar nuevamente a Cuba películas de los países capitalistas: entre ellas, La dulce vida, de Fellini. Esto trajo a debate el problema sobre qué cine se debe ver. Incluso, se produjo un debate público a partir del criterio de que ese cine es nocivo, porque no trae un elemento educativo. Esa crítica se convierte a su vez en una crítica a la política de exhibición que estaba llevando a cabo el ICAIC. Estos criterios estaban vinculados a una concepción que pudo haber sido la más sana del mundo, pero que hacía recordar la posición sobre el arte de la época estalinista.

Estas polémicas tendrán un desarrollo mucho mayor en otras conferencias del ciclo, así como las características del contexto nacional e internacional que las condicionaron. Detrás de todas ellas, casi siempre descubres un fondo político, una coyuntura. Por ejemplo, en el momento en que La dulce vida se estrena ―un filme excelente donde se recoge la vida de un sector bohemio de la Roma de los 50―, llega a Cuba el huracán Flora, que dejó la impresionante cifra de 1 126 muertos y tres días de luto nacional. Se prestaba a un contraste. Esto fue aprovechado para desatar una polémica, donde Alfredo defiende lo mismo que defendió censurando PM: no se trata de discutir qué película debemos ver y qué no, sino qué sociedad queremos. El debate siempre trasciende lo cinematográfico.

Todos estos hechos fueron condicionando que el ICAIC, como centro laboral en medio de muchas polémicas, fuese siempre un organismo vivo, con una concepción y una manera de ver la realidad que nos ha unido. Es lo que yo llamo un sentido de pertenencia. Todos nos hemos sentido muy compenetrados con una manera valiente de defender posiciones en la cultura, a veces difíciles, en el campo de la Revolución. Esa ha sido, durante 50 años, la sal del ICAIC.
 

Fragmentos de la conferencia ofrecida como parte del ciclo Cine y Revolución, organizado por el Centro Juan Marinello y el ICAIC.

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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