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Hablemos desde la perspectiva
del 2009, con visión
retrospectiva. Hay un elemento
importante: la Revolución crea
el ICAIC en el año 59 como
organismo encargado de sentar
las bases de la industria del
cine cubano y de un movimiento
artístico. Luego, empezaron a
surgir ramificaciones de esa
industria como el propio cine
educativo, el cine de la
televisión —del ICRT— o la
sección fílmica de las FAR, que
han estado jugando otro rol. En
los últimos 15 años, más o
menos, ya surge el cine de los
jóvenes apoyado en las nuevas
tecnologías, con lo que comienza
a surgir un cine que no está
vinculado a ninguna de esas
instituciones.
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De esta manera, me quiero
retrotraer al año 1959 y hablaré
desde mi experiencia personal.
En aquel año, yo tenía 19. Era
una persona de formación
cineclubista: una parte de esa
preparación había sido en una
sociedad cultural llamada Cine
Club Visión, que era una especie
de hija menor de una sociedad
mayor llamada Nuestro Tiempo, en
la que se integrarían las
cabezas pensantes del diseño
cultural del ICAIC. En el año
59, me iniciaba política y
cinematográficamente, porque en
aquellos momentos ambas cosas se
complementaban. En ese Cine
Club, un grupo de personas
discutíamos las películas,
leíamos libros de cine… era una
manera de apreciar el cine como
manifestación artística y con
ello la sociedad. Así, ganamos
conciencia de los temas sociales
tanto cubanos, como de América
Latina, a través del estudio del
cine.
A pocos días del triunfo, había
una alegría que podía unir lo
mismo a alguien de un barrio
marginal que a un señor burgués. Se había derrocado la dictadura
de Fulgencio Batista y eso
unificaba a la inmensa mayoría
del pueblo cubano. Pero, ¿qué
venía después? ¿Qué pasaría?
Todo el poder al Ejército
Rebelde: según el pensamiento
que prevalecía por aquellos
días, era quien debía capitanear
la ofensiva revolucionaria. En
esos primeros momentos, lo que
caracterizaba a la sociedad
cubana era una confusión: se
había llegado al poder
derrocando a la tiranía, pero el
alcance no estaba totalmente
claro para todo el mundo.
Aunque yo tenía alguna formación
política, carecía de la luz
larga para tener claro lo que
iba a pasar. Dos meses después,
pasó a formar parte del Ejército
Rebelde junto a otros compañeros
del Cine Club. Comenzaba a
gestarse ya, en aquel momento,
lo que iba a ser el ICAIC.
Posteriormente, se hizo evidente
la necesidad de preparar a los
combatientes del Ejército
Rebelde, en su mayoría
campesinos analfabetos. El cine
sería una forma de preparación
cultural para los maestros que
comenzarían a alfabetizarlos.
Empecé a hacer ese trabajo, como
una de las personas que marcaban
las películas que se veían en
los campamentos, tratando de
hallar un cine que combinara el
interés con el entretenimiento.
Una gran parte de los
combatientes, no podían incluso
ni leer el subtitulaje.
En esa tarea, en un lugar de La
Habana donde se distribuían las
películas extranjeras, me
propusieron una entrevista con
el gerente de Artistas Unidos.
Aquel hombre fue quien me dijo:
"¿sabe usted que se piensa crear
un organismo de cine?" El ICAIC
no se llamaba así todavía, pero
ya se estaba pensando en crearlo. Me dijo:
"se comenta
que quien estará al frente de ese
organismo es Alfredo Guevara y a
mí me preocupa". Creo poder
darles así una idea de cómo se
estaba moviendo la realidad del
país: Alfredo Guevara era una
persona de connotada filiación
de izquierda, y este señor tenía
muy claro que Alfredo podía ser
o no miembro del Partido
Comunista, pero que era un
hombre de ideas radicales.
Aquel gerente estaba bien
informado: el 24 de marzo del 59
se crea la primera institución
cultural de la Revolución. Era
una ley sencilla, con algunos
porcuantos y sin desarrollar
muchas instrumentaciones; pero
que fijaba posiciones: en primer
lugar, el nombre de Alfredo
llamaba la atención de forma
negativa para los sectores
conservadores. Estaba naciendo
una institución importante que
sería dirigida por una persona
capaz cultural y políticamente,
nacida en la corriente de
izquierda en la Cuba de aquellos
años.
Con el nacimiento del ICAIC,
comienzo a tener una noción más
clara de todo el entresijo que
se va dando dentro de la
Revolución, con la que me
identifico a la vez que la voy
conociendo sobre la marcha. Se
crean el ICAIC y el Departamento
de Cultura del Ejército Rebelde,
esa sección que se convirtió en
el lugar donde estaba el ICAIC.
Con las luchas que se estaban
dando, el ICAIC no tenía aún
acceso al dinero, y el Ejército
Rebelde y el INRA comenzaban a
facilitar recursos para los
primeros trabajos documentales
del cine cubano.
Inevitablemente, doy un salto,
en aras del tiempo: el ICAIC
nace signado, desde el primer
momento, como un organismo
revolucionario que deja una
posición radical ante la cultura
y el tema político. “El cine es
un arte”, así que el ICAIC se va
a plantear llevar adelante un
proyecto de defensa de la
Revolución y al mismo tiempo de
la autonomía del arte como una
forma peculiar de incidir en la
realidad. De ahí mi constante
inquietud, en estos momentos, de
trasladar el espíritu de una
época, la esencia de un país. Si
no se logra entender eso, aquel
contexto, cuesta trabajo juzgar
y canalizar los acontecimientos.
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Los primeros tres años fueron
tiempos donde la Revolución, que
había contado con la inmensa
mayoría de la población, comenzó
a perder grados de tensión para
ganarlos en profundidad. Es
decir, comenzar a ganar a
quienes empezaban a discrepar
con la Revolución. Entender esa
época, es clave para entender el
ICAIC como organismo que a la
vez va formando cuadros y
cineastas, aprendiendo a hacer
cine sobre la marcha y dejando
una huella cultural no solamente
en la atención al cine nacional,
sino además en la distribución y
la exhibición. La concepción
cultural era que una pelea de
este tipo solo era eficaz si un
organismo que dirige la
producción se encarga además de
las restantes fases. Esto trajo
consigo no solo el conflicto con
los enemigos de la Revolución,
sino que al interior de ella se
diera la contradicción entre
quienes ven la cultura y su
dinámica con diferentes matices,
lo que termina en muchas
rupturas.
Hay una conferencia del ciclo
que abordará estos asuntos, las
polémicas culturales que se han
dado en el cine cubano de la
Revolución; pero solo quisiera
referirme a una de ellas: la
primera, que existían en la
cultura cubana una serie de
organismos que implementaban
políticas en diferentes niveles:
el ICAIC, el periódico
Revolución ―concretamente
Lunes de Revolución― y el
Consejo Nacional de Cultura, que
estaba orientado por
determinados dirigentes del PSP.
Esas tres corrientes están
dentro de la Revolución, cada
una tenía una idea de lo que
debía ser la cultura y el papel
del arte. Por supuesto, ninguna
de las posiciones en el ámbito
de la cultura es típicamente
pura. Por lo general, detrás de
esos debates sobre cómo llevar
adelante la vida cultural de la
Revolución, siempre hay
políticas de dirección, de
fondos. Esta confrontación se da
dentro de la Revolución en
aquellos años, producto de las
distintas concepciones.
De esta manera, llegamos a Playa
Girón. En el mes de mayo,
solamente un mes después de
aquel suceso, se produce un
primer encontronazo entre el
ICAIC y el periódico
Revolución. Esto, se lleva
adelante cuando el ICAIC toma la
decisión de prohibir un
documental realizado por
cineastas vinculados a ese
periódico, titulado PM.
Ese documental, filmado en zonas
de la playa de Marianao, más
bien marginales, se transmite
por televisión y más tarde se
plantean ―los propios
realizadores― presentarlo en el
ICAIC, quien toma la decisión de
vetarlo. Entonces, se da un gran
debate en la cultura cubana. De
toda aquella historia, salieron
las conocidas Palabras a los
intelectuales, en 1961.
Otra polémica es la que se da en
1963 con la política de
exhibición. A partir de la
invasión a Playa Girón, el ICAIC
pasa a quedarse con todas las
casas distribuidoras ―excepto
tres: la de cine europeo, la de
cine mexicano y la de cine
francés―. Así, el ICAIC ya era
el organismo que controlaba no
solo la producción, sino también
la distribución en todo el país.
Esa situación, empieza de golpe
en 1962, época en la que la que
la programación cinematográfica
en Cuba era muy precaria. En ese
año, el país tuvo que suplir la
ausencia de cine norteamericano
con el de los países de la
Europa socialista. Se trajeron
películas regulares, buenas y
malas. Sin embargo, el ICAIC
comienza luego a ser más
selectivo y a distribuir no solo
cine socialista.
Cualquiera que vea el listado de
las películas estrenadas en Cuba
desde los 60 hasta el 90, verá
que los estrenos de cada año
tienen un balance selectivo, sin
una nacionalidad que monopolice.
Esto llevaría, luego, a otra
polémica, en el año 63, con un
sector del antiguo PSP, cuando
comienzan a llegar nuevamente a
Cuba películas de los países
capitalistas: entre ellas, La
dulce vida, de Fellini. Esto
trajo a debate el problema sobre
qué cine se debe ver. Incluso,
se produjo un debate público a
partir del criterio de que ese
cine es nocivo, porque no trae
un elemento educativo. Esa
crítica se convierte a su vez en
una crítica a la política de
exhibición que estaba llevando a
cabo el ICAIC. Estos criterios
estaban vinculados a una
concepción que pudo haber sido
la más sana del mundo, pero que
hacía recordar la posición sobre
el arte de la época estalinista.
Estas polémicas tendrán un
desarrollo mucho mayor en otras
conferencias del ciclo, así como
las características del contexto
nacional e internacional que las
condicionaron. Detrás de todas
ellas, casi siempre descubres un
fondo político, una coyuntura.
Por ejemplo, en el momento en
que La dulce vida se
estrena ―un filme excelente
donde se recoge la vida de un
sector bohemio de la Roma de los
50―, llega a Cuba el huracán
Flora, que dejó la impresionante
cifra de 1 126 muertos y tres
días de luto nacional. Se
prestaba a un contraste. Esto
fue aprovechado para desatar una
polémica, donde Alfredo defiende
lo mismo que defendió censurando
PM: no se trata de
discutir qué película debemos
ver y qué no, sino qué sociedad
queremos. El debate siempre
trasciende lo cinematográfico.
Todos estos hechos fueron
condicionando que el ICAIC, como
centro laboral en medio de
muchas polémicas, fuese siempre
un organismo vivo, con una
concepción y una manera de ver
la realidad que nos ha unido. Es
lo que yo llamo un sentido de
pertenencia. Todos nos hemos
sentido muy compenetrados con
una manera valiente de defender
posiciones en la cultura, a
veces difíciles, en el campo de
la Revolución. Esa ha sido,
durante 50 años, la sal del
ICAIC.
Fragmentos de la conferencia
ofrecida como parte del ciclo
Cine y Revolución, organizado
por el Centro Juan Marinello y
el ICAIC. |