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En días pasados tuve la
agradable e inusual
experiencia de asistir a
las funciones del
unipersonal La cuarta
Lucía, de la joven
actriz Beatriz Viñas, en
la Sala Llauradó, que se
ha venido convirtiendo
en el hogar natural del
pequeño formato en la
cartelera teatral de los
últimos tiempos.
Experiencia agradable e
inusual porque en mi
condición de creador
siento más afinidad por
comentar aquellos
espectáculos que me
permiten descubrir una
perspectiva teatrológica,
en la que pueden
entreverse leyes o
principios que de alguna
manera se conectan a
todo el teatro de este
momento. La cuarta
Lucía, me permitió
de esta forma confirmar
varias intuiciones. La
primera y tal vez más
sencilla es lo mucho que
agradece el público de
hoy la presencia de
algún acercamiento a la
comedia, ausencia
significativa y notable
de las actuales
programaciones. Y la
segunda, que no todo
tiene que ser grave,
lleno de mucha sustancia
y experimental a
ultranza. Un espectáculo
para ser bueno, para
dejar una huella valiosa
en el espectador puede
tener muchos niveles de
encanto y fascinación
que no pasan
necesariamente por el
discurso filosófico y
existencial. Así como en
la paleta de un pintor
debe haber muchos
colores, así debiera ser
el panorama de nuestro
teatro. Una vez más se
confirma que debe haber
tantas variantes de
género, poética y
estilo, como hacedores
hay. Lo que importa, en
este caso es alcanzar
cierto vuelo y belleza,
la razón última que tal
vez subyace en todo
artista.
De todo esto y más nos
nutre La cuarta Lucía,
un delicioso
divertimento y más, que
por momentos desliza una
mirada penetrante sobre
la realidad del actor de
hoy. La situación,
simple y sencilla toma
proporciones que van de
lo simpático a lo
delirante. Una joven
actriz al parecer sin
muchas posibilidades de
trabajo se presenta a un
casting, para
interpretar una nueva
Lucía. Y al parecer es
dudoso que la esperen.
Esto desencadena sus
obsesiones y libera
todas sus angustias
hasta el infinito.
Libera también sus
anhelos.
Deliciosa la
interpretación de
Beatriz Viñas, sus
guiños gestuales y de
intención a las Lucías
anteriores, demuestra
tener una vis cómica tal
vez no suficientemente
explorada, con muy
hábiles matices.
Transiciones y torpezas
que fraguan una imagen
entrañable del
personaje.
Igualmente de
excelencia, la inclusión
del video en esta puesta
en escena, con la
participación de
directores “en vivo” que
le hablan a la
protagonista como un
ensamble donde el teatro
dentro del teatro roza
la vida.
El texto, inteligente,
irónico y mesurado hace
transitar todos los
estados y evocaciones
que poseen al atribulado
personaje. La puesta en
escena sobria, sencilla
y muy atinada, refuerza
este equilibrio general
que hace al espectáculo
de muy buen gusto.
Eduardo Eimil, joven
director demuestra aquí
nuevamente una habilidad
evidente para seducir al
espectador, que ya otras
veces ha dejado ver. Y
que el público
evidentemente agradece.
Ojalá haya más variantes
de jóvenes actores
incursionando ya sea en
el formato mínimo ―el
unipersonal, que según
apunta Osvaldo Cano,
está saliendo de nuevo
del letargo― o en
puestas de un formato un
poco más numeroso, sin
límite de género o
estilo. Pero con
propuestas orgánicamente
valiosas como esta.
Todas las formas son
igualmente necesarias.
No hay que decir, “ese
teatro ya es muy viejo y
realista” o bien “este
género no me gusta”,
haciendo una mueca de
disgusto inconsistente.
Es mejor decir, sí es o
no buen teatro lo que
vimos. Siempre saldrá
ganando el público, y al
final también el teatro.
Es bueno recordarlo,
aunque suene obvio. A
usted, querido
espectador lo estamos
invitando a que esté
atento a la reposición.
Arriésguese, no piense
que tal vez todas las
entradas están vendidas.
La vida siempre nos
sorprende.
Ficha Técnica: La
Cuarta Lucía.
Espectáculo unipersonal
de Beatriz Viñas. Texto:
Maykel Chavéz. Dirección
artística: Eduardo Eimil.
Grupo Teatro Pálpito:
Dirección General Ariel
Bouza. Sala Adolfo
Llauradó, 11 e/ D y E. |