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Manuel Calviño
Valdés-Fauly.
Psicólogo y especialista en
Comunicación. Profesor de la
Universidad de La Habana. Ha
publicado diversos textos y es
el creador y conductor de uno de
los programas televisivos de más
audiencia en Cuba, "Vale la
pena":
“Atrapado quizá por los
contornos de mi edad, la noción
‘cine cubano’ queda circunscrita
en mí al espacio de producción
cultural que cumple ahora 50 y
que sin pretensiones de
historiador ubico emocionalmente
entre Cuba Baila y Los
Dioses rotos
―la
primera película cubana que vi,
y la que más recientemente
disfruté.
“Un suceso común queda en mi
recuerdo (el más pretérito y el
más propicio al efecto de
inmediatez): no fui el mismo
después de haberme implicado en
las propuestas de Julio y de
Daranas. Algo en mí cambió. Algo
se me propuso como necesidad de
pensar, de decir o de hacer. Y,
durante estos diez lustros, es
ese un efecto reiterado que se
me ha producido con la inmensa
mayoría de los materiales
cinematográficos cubanos,
aquellos que ubico en el anaquel
de calidad, y que viven, más que
en un archivo, en la memoria
colectiva de varias generaciones
de cubanos, incluida la mía.
“Siento y reconozco un cine
'espejo', en el que he podido
mirar al otro y mirarme, y
también (sin paranoias) en el
que soy mirado desde el otro.
Sea en discursos documentales
que resonaron en alto vuelo con
la epopeya de los tiempos. Sea
en largometrajes que nos
pusieron frente a nuestra
historia, nuestra identidad,
nuestras angustias y anhelos;
sea en dibujos animados que nos
devuelven la infancia y la
ingenuidad transparente, el cine
cubano siempre ha estado en el
taller de construcción de mi
subjetividad (ya sé que la
pregunta es personal, pero no me
puedo contener: en la
construcción de la subjetividad
de los cubanos).
“Le he robado nociones a sus
actores: el concepto de ‘cine
imperfecto’ me ayudó a entender
la Psicología que hacía y la que
quería hacer; el ‘cine pobre’
caló en mi mirada al sentido de
la comunicación científica en
los espacios tradicionales de
intercambio (congresos,
conferencias); el ‘humor
conceptualizador’ me llevó de la
mano hasta mi modo personal de
enfocar mis propias reflexiones
profesionales; el ‘cine
documental’ me dio claves del
discurso social. Pero por sobre
todas las cosas me mostró con
nitidez la imprescindible
conflictividad de la producción
cultural (insisto, producción de
subjetividades) y los remansos
de lo establecido cuando se
trata del mejoramiento humano
(social, institucional,
político).
“Durante estos 50 años el cine
cubano me incitó a la
responsabilidad con el futuro,
me convenció de la necesidad de
la doble inscripción afirmativa
y crítica de todo discurso
social, cultural, científico, me
argumentó la opción del
compromiso como táctica y
estrategia de la producción de
ideas, me tradujo la libertad
como condición y misión de toda
actividad creativa. Durante
estos 50 años, el cine cubano me
reafirmó una decisión de
principio: hacer todo a favor
del ser humano, de su bienestar,
de su felicidad. Vale la pena.”
Mons. Carlos
Manuel de Céspedes y García
Menocal.
Sacerdote católico.
Respetadísimo intelectual
cubano, miembro de la Academia
Cubana de la Lengua. Hombre de
vasta cultura y acendrada
cubanía:
“En los días de la fundación del
ICAIC y de la presentación de
las primeras obras de la nueva
etapa del cine cubano, yo no
estaba en Cuba. Por razones de
estudio, viví en Roma desde 1959
hasta 1963. Estaba al tanto de
lo que ocurría en el país por
medio de cartas, de las
informaciones que nos
transmitían las dos embajadas
cubanas en Roma (ahora son
tres), de la prensa, que recibía
con bastante regularidad, y de
algunos visitantes que nos caían
en Roma, como ángeles
bienvenidos, a los que
confesábamos acerca de la vida
en Cuba. El encuentro con la
maravilla de esa nueva realidad,
apenas llegué, fue la filmación
de Giselle, con Alicia
Alonso y el muy renovado Ballet
Nacional, filme histórico
dirigido por Pineda Barnet que
nos ha permitido conservar
aquella versión igualmente
histórica de Alicia, a la que
vengo siguiendo, muy de cerca,
al menos, desde 1948. Además,
Giselle es, con mucho, mi
ballet preferido.
“Luego vino todo lo demás.
Primero, los irrenunciables
noticieros de Santiago Álvarez,
que en aquellos primeros años de
utopía y de contradicciones, nos
hacían la realidad más
transparente, gracias a las
imágenes bien elegidas y
filmadas. Los echamos de menos y
lamento que las jóvenes
generaciones no dispongan de
algo igual para asomarse a las
realidad cotidiana de Cuba y del
mundo y comprenderla un poco
mejor. No puedo distanciar esos
noticieros de mi acercamiento a
la lucha por los derechos
humanos y, sobre todo, por la
igualdad racial, en los EE.UU.;
tampoco me divorcio de ellos
cuando rememoro la Guerra de
Vietnam. Y, junto con los
noticieros, articulo los
documentales y las películas.
Desiguales, como en la
cinematografía de cualquier
nacionalidad en un período de 50
años. Pero, ¡algunos de los
frutos de la nuestra han sido
tan buenos, tan bien sazonados!
No puedo mencionar todo lo que
incorporé para siempre a mi
imaginario interior, pero dejo
constancia del documental Por
primera vez y del filme
El Brigadista, sobre la
alfabetización, ambas joyitas de
Octavio Cortázar, de Memorias
del Subdesarrollo y, más
tarde, Fresa y Chocolate,
lecciones de un genuino ‘cine
revolucionario’,· carente en
absoluto de molestos ‘teques’ y
positivamente provocadoras del
pensamiento y de la acción,
ambas de Titón Gutiérrez Alea y,
en el segundo caso, con Tabío.
Lucía, de Humberto Solás,
con ese espléndido
encadenamiento de las tres
mujeres en tres etapas de la
historia. Vengan otros títulos,
sin orden ni concierto, ni otras
referencias: Muerte de un
burócrata, Los días del agua,
Los sobrevivientes, La
última cena, Una pelea
cubana contra los demonios
(¡filmar al difícil Don Fernando
Ortiz!), Cecilia, La
Bella del Alhambra,
Retrato de Teresa, Un
hombre de éxito, El siglo
de las luces (¡ahora la
osadía es para con Alejo
Carpentier!)... y tantas más. Y
por detrás de toda esta aventura
del ICAIC, varias personas pero,
sobre todo, Alfredo Guevara, con
su cabeza, su mano y su
sensibilidad privilegiadas, que
los personaliza a todos. ¡De
lujo!
“A mis ojos, la historia de
estos 50 años del ICAIC, que
encierran muchas más realidades
que lo filmado. Pienso en la
revista, los festivales, los
incontables contactos humanos,
la acción fecundante sobre la
cultura nacional, los cursos, la
Escuela de Cine, etc. Se trata,
―como he dicho del Ballet
Nacional― de una HERMOSA
DESMESURA, en esta Isla no muy
grande y circundada por empeños
tenaces de acogotamiento. Estos
no logran otra cosa que
estimularnos el crecimiento. No
nos sorprenda demasiado: es que
el pueblo cubano, nuestra mayor
riqueza, continúa construyendo,
sin desmayar, su CASA CUBA.”
Nelson
Domínguez.
Artista plástico cubano. Uno de
los más prominentes pintores de
su generación, sus obras se
exhiben en numerosos museos y
galerías del mundo entero:
“Para todo cubano, sobre todo de
mi época, que recordamos con
nostalgia el Noticiero ICAIC, de
Santiago Álvarez, el que nos
enseñó a mirar Cuba por dentro,
con virtudes, defectos y
añoranzas, nos hace pensar que
Cuba ha tenido grandes figuras y
talentos, que diría que tan solo
por vivir en Cuba, jamás
pudieron pensar en acariciar en
sus manos la estatuilla
codiciada, me refiero al Oscar,
y creo que lo más importante
será el juicio de la historia; y
veremos qué queda y qué se
olvida, cuál fue el cine
taquillero y cuál sembró
semillas y dio frutos en la
mente y corazones del hombre de
esta época.
“Pienso, y desde mi juicio,
puedo decir, que el cine cubano
VA. Al que le deseo más éxitos
en sus 50 años.”
Roberto Fernández
Retamar.
Poeta, ensayista y profesor
universitario. Presidente de la
Casa de las Américas, una de las
más respetadas instituciones
culturales cubanas y del
continente. Presidente de la
Academia Cubana de la Lengua.
Posee una vasta obra poética y
ensayística:
“En términos personales me ha
dado el privilegio de asistir
con admiración al surgimiento de
una fuerte cinematografía, la
cual ha producido obras
extraordinarias.
“Pensando solo en algunos
desaparecidos, se impone evocar
nombres como los de Santiago
Álvarez, Tomás Gutiérrez Alea,
Humberto Solás, Saúl Yelin, a
quienes me unieron lazos
profundos de amistad.
“El ICAIC no fue solo la
institución donde se crearon
cintas memorables. También
contribuyó a renovar la
cartelística del país y a
impulsar a brillantes músicos
entonces jóvenes; y fue centro
irradiador de un pensamiento
profundamente revolucionario y
por tanto audaz.
“Y puesto que la pregunta
subraya lo personal, debo decir
que fue para mí sumamente grato
haber escrito textos para
películas de Santiago Álvarez,
Armand Gatti y Alejandro
Saderman; y conducidos por Julio
García Espinosa, con otros
compañeros del ICAIC, estuvimos
en 1970 en Vietnam para filmar
lo que sería el documental
Tercer Mundo, Tercera Guerra
Mundial.
“No puedo dejar de mencionar
que, nacidos casi a la vez el
ICAIC y la Casa de las Américas,
ambas instituciones han
transitado más de una vez por
sendas comunes. No en balde
fueron fundadas una por Alfredo
Guevara y otra por Haydee
Santamaría, compañeros
entrañables.
Rogelio
Rodríguez Coronel.
Profesor universitario,
escritor, ensayista. Director de
la revista Universidad de La
Habana.
Miembro de las Academias de la
Lengua de Cuba y Panamá:
“Para mí, el cine cubano ha
tenido varias significaciones,
pero voy a referirme a las que
creo más importantes:
"1. Conocimiento. El cine me ha
dado una imagen de la realidad
(e incluyo aquí también los
sueños y delirios de los
autores) con la cual he
confrontado mis propias
percepciones; ha sido un medio
para dialogar con la historia o
el presente, con nuestra
identidad, corroborar o
modificar mis observaciones o
matizarlas. Y, en algunas
ocasiones, ha sido la
posibilidad de la catarsis.
"2. Satisfacción estética.
Cuando veo un buen filme cubano,
como Suite Habana, para
poner un ejemplo, no puedo menos
que sentirme orgulloso de la
cultura cubana por su dimensión
humanista y su calidad
estética.”
Guillermo
Rodríguez Rivera.
Poeta, narrador y ensayista.
Profesor de la Facultad de Artes
y Letras de la Universidad de La
Habana. Uno de los más
importantes escritores de su
generación:
“Allá por ese ya lejano 1960,
cuando yo caminaba hacia los 17
años, mis padres tuvieron la
idea de mudarse a La Habana,
donde vivían mis hermanos desde
años atrás, y donde estaban
naciendo, uno tras otro, sus
nietos.
“Yo era un adolescente
santiaguero que se instaló en
las proximidades del cine
cubano, porque nunca viví a más
de diez cuadras de 12 y 23.
“Al que todavía era el Edificio
Atlantic, donde funcionaba uno
de los mejores cines de La
Habana, me iba a buscar los
primeros ejemplares de una
revista que se llamaba Cine
Cubano, y en cuyas oficinas
trabajaba entonces un joven
oficinista que después
resultaría ser uno de los más
importantes creadores del nuevo
cine del país: Humberto Solás.
Allí, en las proximidades de esa
esquina consagrada por Fayad
Jamís, me hice amigo de Oscar
Valdés, de Juan Carlos Tabío, de
Tomás Gutiérrez Alea, de Mayito
García Joya, de Sara Gómez, de
Octavio Cortázar, de Manolito
Pérez. Y en la Escuela de
Letras, de Luis Rogelio
Nogueras, de Jesús Díaz, de
Enrique Colina y de Fernando
Pérez. Y quise ser también
cineasta.
“Después, tuve forzosamente que
optar entre abandonar la
literatura y la docencia que he
amado, y dedicarme seriamente al
mundo del cine. Hice alguna
crítica cinematográfica, escribí
algún guión, pero finalmente me
quedé con la literatura.
“Pero el cine cubano marcó
aquellos años decisivos de mi
vida y, de alguna manera, vive
también en mí.”
Tomado de Boletín ICAIC Digital
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