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El cine cubano también se escuchaba diferente

Pedro de la Hoz • La Habana

Fotos: La Jiribilla


En su medio siglo de existencia, el cine cubano es una enorme banda sonora marcada por la más legítima invención musical. Si desde la misma propuesta de fundación de un nuevo cine nacional se concebía la articulación entre la auténtica creación artística y el reflejo y estímulo de las transformaciones revolucionarias, la música que llevarían esas películas
no iban a ser menos. De ahí la identificación y confluencia de dos vanguardias en el punto de partida: la de quienes soñaban contar historias convincentes y plasmar imágenes reveladoras con los que pensaban y sentían la música como una aventura del sonido y un reclamo de identidad.

De modo que no fue casual que en las primeras películas del ICAIC las músicas fueran encargadas a Harold Gramatges, Juan Blanco, Leo Brouwer y Carlos Fariñas, representantes de las vanguardias sonoras del siglo XX cubano.

Ellos, y los que le sucedieron, son gente de cine. Con esto quiero decir que no llegaron a la industria, como tampoco lo hizo Manuel Duchesne  Cuzán, director durante largos años de la puesta en sonido instrumental de las partituras para la pantalla, con la idea de imponer sus estéticas, sino de servir. Esos cuatro grandes, al igual que casi inmediatamente después Roberto Valera, tenían bien claro el concepto de que la música para el cine no debía molestar. Pero aún más importante era saber que esa música tenía que ser diferente a la que el Hollywood de la época había acuñado como fórmula inconmovible: melodías empalagosas, suntuosas orquestaciones y un afán descriptivo a toda costa.

No se trataba, sin embargo, de renunciar arbitrariamente a ciertas convenciones. Para Soy Cuba, Carlos Fariñas, por ejemplo, escribió una partitura de guitarra de simple estructura y hondo calado sentimental, interpretada en su momento por el maestro Jesús Ortega, que con el tiempo se ha convertido en una clásico de la Escuela Cubana del instrumento: “Canción triste”. Y Leo se ajustó a los requerimientos epocales al concebir la banda sonora del primer cuento de Lucía, muestra de escritura neorromántica que ha devenido memorable.

Más bien se trataba de adelantar formas de expresión que no traicionaran ni el espíritu del naciente cine ni la estética personal de cada uno de estos compositores.

Tampoco cabría reprochar a las bandas sonoras de aquellas películas fundacionales un sello elitista. En muchas de ellas, los directores, de acuerdo con los compositores, insertaron páginas de la cancionística y la música popular cubanas tanto de estirpe tradicional, como de la que se estaba escuchando en el mismo momento de realización de los filmes. Es más, debido a esa amplitud de miras, no pocas cintas de los 60, incluso algunas fallidas o no plenamente logradas desde el punto de vista cinematográfico, poseen la virtud de mostrar vivos testimonios del patrimonio musical vernáculo.

El único déficit que pudiera señalarse radica en la falta de desarrollo de un cine musical propiamente dicho. Quizá haya pesado en ello el rechazo de los cineastas emergentes a las historias estereotipadas de los filmes argentinos y mexicanos (y, por supuesto, los intentos de cine cubano) tan en boga durante los años precedentes, pero en los que es posible hallar muestras elocuentes del canto y el baile populares de nuestra América. No obstante, el documental respondió con una obra maestra: Nosotros la música, de Rogelio París, que a la luz de lo que aconteció después con Buenavista Social Club, del alemán Win Wenders, nos parece una joya.

Tal vez haya llegado el momento en que para que trascienda todavía más el potencial musical de las películas cubanas de los 60, alguna de nuestras casas discográficas, y el mismísimo ICAIC, reúnan en uno o varios fonogramas, adecuadamente, curadas, ordenadas y jerarquizadas, las más representativas partituras. No hace falta que sea a destiempo del cincuentenario del ICAIC. Para obras culturales tan necesarias siempre es tiempo.
 

vea en la jiribilla: Música y cine, génesis cubana de estrecha relación

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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