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La
historia de la animación
cubana no comienza con el ICAIC:
40 años antes, el dibujo animado
Conga y chambelona nació
de las manos de Rafael Blanco,
caricaturista de El Fígaro,
para marcar el despunte de un
arte que aún hoy convoca
mayorías. Sin embargo, no fue
hasta 1959 en que un afortunado
error en la proyección de un
corto animado ―La prensa
seria, de Hernán Henríquez―
dio paso a la apertura de una
iniciativa conjunta, un espacio
que concentró las producciones
hasta entonces dispersas en
agencias publicitarias o
creaciones individuales: los
Estudios de Animación del ICAIC.
Juan Padrón, a pesar de no
haberse incorporado a los
Estudios desde su fundación,
conoce bien esta historia. Su
mítico Elpidio Valdés
acompaña desde los años 70 al
público cubano de todas las
edades y puede decirse, al cabo
de casi cuatro décadas, que
constituye el personaje
paradigmático del cine de
animación cubano en sus 50 años
de existencia como industria.
De sus primeras décadas y de las
últimas, del equipo fundacional
al que se unieron incluso
artistas de otras
manifestaciones ―Luis Rogelio
Nogueras o Sandú Darié junto a
Tulio Raggi, Gisela González,
Paco Prats, Pepín Rodríguez o
Lucas de la Guardia― y también
de los nuevos realizadores, de
los cortos inaugurales y de los
largometrajes recientes…, Juan
Padrón recuerda hasta los
detalles.
En los primeros años de la
Revolución, ¿se articulaba la
producción de dibujos animados
al objetivo más general que se
proponía el ICAIC?
Creo que hasta los años 70,
cuando Santiago Álvarez comenzó
la asesoría del Departamento de
Animación, no se hizo un plan
coherente sobre los temas, etc.
Se hacían poco más de 12 ó 15
cortos al año.
Muy poca animación se había
hecho antes en Cuba. ¿Cuáles
fueron entonces los referentes o
los paradigmas?
Para mí, fueron los cortos de
las United Productions of
America (UPA) de los años 50.
Ellos hicieron cosas innovadoras
y de vanguardia en sus
proyectos: diseños atrevidos,
animación limitada, una
selección de colores
impresionante, encuadres y
guiones muy modernos.
Luego vimos cosas de los países
socialistas: los cortos de
marionetas checos, los dibujos
animados de Pojar, Zeman, el
maestro Trnka, el ruso Fiódor
Jitrúk; y muchos otros
realizadores estupendos que
nunca se habían visto en Cuba.
Muchos de los primeros trabajos
del ICAIC están inspirados,
formalmente, en esas
realizaciones.
Los años iniciales marcaron la
producción de dibujos animados
por la precariedad material,
aunque los testimonios de los
fundadores indican que había
mucho incentivo, interés en lo
que hacían… ¿cómo definiría
usted aquel equipo fundacional?
Siempre hubo precariedad
material: no podías conseguir
algo tan sencillo como lápices
de colores de la misma marca o
de colores numerados, por
ejemplo. Las cartulinas eran
cada vez más malas, usamos
pinturas vencidas… eso no
cambió. Tampoco cambió que la
gente se volvía loca haciendo
sus películas, por amor al arte.
Porque nos gustaba.
En aquella época, por una
página de historietas de seis
viñetas las revistas pagaban 60
pesos. Por hacer el mismo
trabajo para dibujos animados,
te pagaban 15. Sí, éramos
idiotas pero todos seguimos
haciendo dibujos animados. Hacen
animación los que tienen el
bicho ese en la sangre y no lo
pueden dejar.
El Departamento de animación se
había fundado con el objetivo de
hacer películas de corte
experimental, es decir, no se
pretendía en primera instancia
crear para un público infantil.
¿Cómo llegan a ello?
Sí, se le daba importancia a la
gráfica, y el tema venía a
menos. El cambio a cine para
niños fue en los primeros años
70. La primera película fue
Rodeíto, de Tulio Raggi y
Mario Rivas. Fue cuando el
departamento recibió película a
color, acetato de mejor calidad
y se hicieron contactos con la
entonces Unión de Pioneros de
Cuba para hacer investigaciones
sobre el público infantil y
sobre los temas que les
interesaban tocar. Todos
aprendimos mucho con esas
investigaciones, que se hicieron
no solo en La Habana ciudad sino
también en el campo, la montaña,
etcétera.
Se dice que en la década del 60
se crearon las bases y trazaron
las vías principales por las que
ha transitado el cine de
animación en Cuba. ¿Qué
caracterizaba al cine de
animación, en relación con el
resto de las primeras
producciones del ICAIC?
En 1959 se crea el Departamento
de Animación en el ICAIC, de
35mm, y luego el de Animación
Especial, en 1961, donde nace el
primer taller de películas de
marionetas que luego retoma la
televisión. En el 63, el ICRT
crea la Sección de Producciones
Fílmicas, con su estudio de
Animación, en 16mm. En pocos
años, ya hay docenas de artistas
haciendo animación. Le siguen
los estudios de la Sección
Fílmica del MINFAR, los estudios
CINED del Ministerio de
Educación. También se forma un
estudio de Animación en Santiago
de Cuba, que trabaja en 16mm.
Las primeras producciones del
ICAIC eran de temas políticos,
para apoyar a la Reforma
agraria, a la Revolución,
sátiras contra el imperialismo,
sobre la invasión de Girón.
También hacían experimentaciones
de todo tipo. En el ICRT, los
temas eran infantiles, pero su
función principal era las
cabeceras de los programas
televisivos, notas
publicitarias, etc. Cada estudio
cumplía una línea para la que
era creado: el CINED hacía
didácticos para las clases de
Secundaria, etc., el MINFAR,
didácticos sobre armamento y
para la instrucción de las
tropas; y así.
Posteriormente, la década de los
70 se inicia marcada por la
producción de filmes que frenan
un poco el ritmo de los primeros
años. Es en este período donde
aparece Elpidio Valdés y no son
pocos quienes ven su nacimiento
como una especie de “salvación”
dentro de aquel contexto. ¿Cómo
lo ve su creador, cuatro décadas
después?
El cine de animación siempre se
vio como algo de segundo nivel y
para muchos realizadores no era
gran cine, como la ficción. (Es
que el gran cine es el de
ficción). Y como no se sabía qué
hacer con los “muñequitos” esos
que nadie entiende, carísimos, a
finales de los 60, el ICAIC los
utiliza para hacer didácticos en
blanco y negro: cómo sembrar
café, sobre la defensa civil,
los huracanes, etc. y se termina
la etapa del color y las
experimentaciones. Lema:
Didácticos mejor que nada… algo
así.
Como conté, cuando Santiago
Álvarez supervisa al
Departamento, cambia todo eso y
se realizan películas con temas
para niños. Elpidio Valdés entra
en escena en el 73 ó 74, cuando
el departamento ya está en esa
nueva línea de trabajo y viene
como dedo al merengue, como se
dice. Pero no creo que la
dirección del ICAIC lo viera
como una “salvación”, pues ni
los convencía el personaje: me
permitieron hacer solo dos
cortos, para “ver qué tal les
iba”. Tiempo después; y solo
cuando se convencieron de que al
público le gustaba, que a los
pioneros les gustaba, aprobaron
hacer más cortos.
Por aquellos años ―un poco
antes, quizá― el ilustrador y
guionista australiano Harry
Reade estuvo en Cuba durante un
período prolongado. ¿Qué recibió
aquel equipo de esta y otras
visitas similares, de los
intercambios con realizadores
extranjeros?
Harry Reade no solo fue pionero
en el ICAIC, creando a Pepe, uno
de los primeros personajes del
cine de animación cubano, sino
que colaboró con el Guiñol
diseñando marionetas, la revista
Pionero, el periódico
Hoy, el Departamento de
animación del ICRT, la editora
Gente Nueva y dejó
escritos numerosos guiones.
Animé su película ¡Viva papi!
en 1963 y fue la persona que
más me enseñó sobre argumentos y
guiones. Otro personaje era Juan
J. López, un español animador
que creó toda una escuela de
dibujo en el ICRT y en las
revistas Mella y
Pionero. Ambos volvieron a
sus países de origen en 1969. No
recuerdo otros extranjeros que
hayan influido en el cine de
animación.
Desde los años fundacionales
hacia acá, el equipo inicial se
ha ido reconfigurando e
incorporando jóvenes creadores,
aunque manteniendo la “vieja
guardia”. ¿Cómo han pasado los
años por los Estudios? ¿Cómo se
ven desde dentro las
confluencias generacionales?
Los nuevos están condenados a
soportarnos a los viejos. Es que
muchos jóvenes ya lo saben todo
en la vida y muchos viejos
piensan que como se hacía antes,
ya no se hace más. En fin, en
unos años, nosotros los
tembos seremos fotos en las
paredes y ellos la “vieja
guardia”.
Hay quienes aseguran que las
producciones actuales muestran
una cierta conexión con las
producciones de los 60, en
cuanto a temas; aunque con la
visualidad distinta que aportan
las nuevas tecnologías. ¿Cómo lo
ve usted?
No me he percatado de eso. Pero
creo que la visualidad distinta
es de los jóvenes, no de la
tecnología: cuando uno empieza,
copia (quieras o no) algún
estilo que te gusta… o a otras
películas. Es parte del
desarrollo.
El acceso a las nuevas
tecnologías ha propiciado que,
al igual que el cine documental
o de ficción, la animación
traspase las fronteras del ICAIC
y llegue a manos de realizadores
independientes, ¿cómo se aprecia
este fenómeno desde dentro de la
industria?
Para mí, es algo formidable.
Deberíamos tenderles más puentes
a todos los amantes de la
animación, ayudarlos, reunirnos
con ellos, intercambiar… que
vean al ICAIC como la nave
nodriza donde pueden ir a buscar
información, ayuda.
Si tuviera que resaltar
momentos, obras o realizadores
que han marcado estos 50 años,
¿cuáles serían?
Eso mejor dejarlo para los
críticos de cine de animación
(que hay muy poquitos que sepan
de eso). Yo aprovecharía este
espacio para insistir en que
hace falta conservar, recuperar
e impulsar la investigación de
todo material con valor museable
para la historia del cine de
animación cubano.
Se han perdido muchos dibujos,
fondos, muñecos, guiones,
objetos… testimonios de los
fundadores, fotos, notas… en
fin, parte de la historia del
cine cubano en todos los
estudios de animación.
Que algún día, alguien piense en
un museo del cine donde estén
las antiguas mesas
antidiluvianas de madera, los
viejos lapiceros… hasta las
primeras computadoras. Todo eso
repleto de imágenes de los
personajes creados desde 1959.
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