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Cada 27 de marzo se
celebra a nivel
planetario el Día
Mundial del Teatro,
pretexto que nos sirve
para evocar a un grande
de la escena cubana: el
maestro Roberto Blanco,
quien falleció en La
Habana, a los 66 años de
edad, el 24 de diciembre
de 2002.
Blanco —Premio
Nacional de Teatro,
Doctor Honoris Causa del
Instituto Superior de
Arte, fundador de la
Unión de Escritores y
Artistas de Cuba,
presidente del Comité
Cubano del Instituto
Internacional del Teatro
y merecedor de la
Distinción por la
Cultura Nacional, la
Medalla Alejo Carpentier
y la Orden Félix Varela
de Primer Grado, entre
otros reconocimientos—
fue, al decir de sus
cercanos “un
revolucionario en la
expresión y proyección
de su arte”.
Según Gerardo Fulleda
León, dramaturgo y
director de la compañía
de teatro Rita Montaner,
Roberto fue un creador
“pleno de delicadeza y
vigor, dones que demanda
la escena perdurable y
desde la que él nos
enseñó, como pocos, a
reflexionar con los ojos
y el alma”.
Roberto Blanco no está
entre nosotros, pero su
obra sí y, también,
estas confesiones
arrancadas durante los
días del Festival
Nacional de Teatro de
Camagüey en su edición
de 1996, es decir, en el
ya pasado siglo XX: el
diálogo, hasta ahora
inédito, ofrece algunas
claves de la
personalidad de este
artista mayor, fundador
y director de Irrumpe.
“El teatro Irrumpe
se crea a finales de
diciembre de 1982, es
decir, que en este
momento tiene 14 años.
Hicimos una temporada
inaugural con dos obras,
a mi entender, capitales
por muy distintas
razones:
Fuenteovejuna, de
Lope de Vega; y María
Antonia, de Eugenio
Hernández Espinosa que
es, posiblemente, el
mayor éxito de teatro
popular que hemos tenido
en los últimos treinta y
pico de años. Como de
costumbre, nos iniciamos
con un espectáculo con
la palabra de José Martí
y pinturas del maestro
Manuel Mendive, que es
nuestro colaborador
desde hace muchos años.
De entonces a acá, el
grupo ha montado una
serie de obras, entre
ellas una del fundador
de la comedia moderna
italiana
Carlo Goldoni y,
también,
obras de teatro cubano
como La dolorosa
historia del amor
secreto de José Jacinto
Milanés, de Abelardo
Estorino, y una trilogía
de Abilio Estévez que
es, además, el
dramaturgo de nuestro
grupo y con cuya obra
La noche venimos
aquí, al Festival de
Camagüey”.
¿Cómo efectúa la
selección de obras para
el repertorio de la
compañía?
Tratamos de hacerlo
anualmente con el
consejo artístico del
grupo, pero con una
antelación suficiente
como para poder
planificarlo y, casi
siempre, lo hacemos
alrededor de una idea,
un pensamiento, una
meditación que deseamos
comunicar.
Por ejemplo, nuestra
primera temporada se
basó en el pueblo como
protagonista: es el caso
de Fuenteovejuna,
María Antonia y
el espectáculo de Martí.
Este año estamos
trabajando en torno al
poder, es decir, estamos
tratando el poder como
tal desde distintos
ángulos y vamos a montar
y estrenar próximamente
una versión de Julio
César, a partir del
Julio César, de
William Shakespeare, que
da inicio a una trilogía
shakesperiana. Voy,
también, a montar El
perro del hortelano,
de Lope de Vega, que es
una visión muy diferente
del poder.
¿Y a qué se debe esa
decisión de escoger una
línea determinada para
trabajarla por un
período de tiempo?
Es que anualmente
decimos: esta temporada
va a tratar sobre esto y
las obras deben
ajustarse, deben entrar
dentro de ese discurso
porque hay muchos
materiales, materiales
dramatúrgicos,
materiales teóricos que
tenemos que manejar. Eso
nos permite estructurar
el discurso de cada una
de las temporadas.
En estos momentos se
habla mucho de
diversidad dentro del
teatro cubano. En ese
sentido, ¿qué reflexión
tendría que hacer?
Yo no comparto mucho el
criterio de que exista
una gran diversidad. A
mí me parece que el
teatro que se está
haciendo requiere de una
renovación, pero una
renovación estructural
de base. Nosotros somos
un pueblo muy sui
generis en el mundo
y creo que de eso es
consciente todo cubano.
Tenemos que luchar por
alcanzar un teatro
fuerte. No podemos tener
el teatro que en
definitiva se logra
hacer en países donde
los teatristas,
prácticamente, no tienen
acceso a las
posibilidades artísticas
de su propia profesión.
Entonces, ese tipo de
teatro a nosotros nos es
ajeno, digamos, como el
teatro comercial en el
sentido de
Broadway,
por ejemplo. Ambos son
extremos y creo que Cuba
está preparada para no
seguir ninguno de los
dos extremos.
Usted habla de una
renovación estructural,
pero ¿a qué se refiere?,
¿el término estructural
sugiere armazón?
Exacto. Yo creo que aquí
se cometió un gran error
atomizando las
potencialidades de los
grupos profesionales de
teatro en esto que se
llama “proyectos”, y que
en definitiva no es más
que un empequeñecimiento
de las posibilidades
creadoras fuertes que
tenían los grupos.
La razón es muy simple.
Como decía mi abuela,
cuando uno tiene un pan
tiene que saber entre
cuántas lascas se va a
dividir para que todos
coman. Pero, si son
demasiados, la lasca es
tan finita que entonces
nada te sale fuerte.
Todo el mundo te sale
flaquito, enclenque. Y
yo creo que ese es un
error cuyas
consecuencias se están
viendo ahora.
Quizá el secreto del
éxito de Irrumpe
está en
tratar de mantener
una coherencia…
Nosotros hemos tratado,
precisamente, de
mantener por encima de
todos los avatares una
continuidad y una
coherencia en nuestro
discurso artístico: la
continuidad es el
desarrollo.
Del subdesarrollo
queremos librarnos y
nadie nos va a librar de
eso, solo nosotros
mismos. Una vez que uno
se hunde en el
subdesarrollo, es cada
vez más difícil salir de
él como de cualquier
sustancia viscosa e
improductiva. Te vas
hundiendo en eso.
Cuba ha alcanzado un
nivel muy alto en su
producción dramática y
eso no debió perderlo
nunca. No debió
arriesgarlo al
debilitamiento que, en
definitiva, ha
constituido esta otra
posibilidad. Entiendo,
perfectamente, que los
teatristas aumentaron y
que hay que hacer, pero
eso es cuestión de
sentarse y ver cómo tú
le das cabida y hay
muchos grupos; no son
siempre jóvenes quienes
dirigen esos pequeños
proyectos y el resultado
de su trabajo es un
resultado que yo llamo
de escapatoria. Es
decir, yo escapo de la
aniquilación haciendo
cada vez con menos.
Por paradójico que te
pueda parecer un país
como el nuestro, cuyos
fundamentos ideológicos
siempre estuvieron en la
base del movimiento
artístico, teatral, no
pude renunciar a eso de
ninguna manera. Y
entonces el pueblo así
dicho, merece un teatro
fuerte, rico y muy
satisfactorio; es como
en familia: siempre el
almuerzo del domingo era
mejor... si los plátanos
estaban muy buenos, se
guardaban para el
domingo. Creo que una
buena función de teatro
es como eso, es como un
buen almuerzo, que deje
satisfecho a todo el
mundo.
Se ha dicho en
reiteradas ocasiones que
en Cuba hay falta de
creación. En su
experiencia, en su caso
concreto como artista,
¿ha tenido usted alguna
limitación para crear?
No creo que ningún
creador honesto diga que
no ha tenido
dificultades para crear.
Yo sí he tenido muchas
dificultades para crear.
Dificultades que, al
mismo tiempo,
engendraron mi propia
forma de oponerme a las
dificultades y he
logrado vencerlas en
algunos casos. Creo que
ahí está mi obra, que es
la que habla por mí…
Y por la cual lo
juzgarán…
Y por la cual me
juzgarán, por supuesto.
El teatro es un hecho
que se compone de muchas
cosas y uno de los
eslabones es el público.
Usted se ha enfrentado a
otros públicos, es
decir, ha tenido
experiencias fuera de la
Isla, ¿qué opinión tiene
del público cubano?, ¿es
igual a otros o tiene
algo especial?
Ha ido cambiando. Al
comienzo, en la primera
década de trabajo,
tratamos de romper el
criterio elitista que
tenía la asistencia del
público a las obras de
teatro y, de hecho, se
rompió. A finales de la
década del 60 nosotros
teníamos un público
masivo.
Lo digo porque cuando se
me dio a escoger un
teatro en el cual
pudiera ir trabajando
hasta que tuviera mi
propia sede ―por la cual
sigo esperando porque no
la tengo― escogí el
mayor de los teatros, un
teatro de grandes
capacidades porque me
iba a determinar en
todos los sentidos.
Cuando uno tiene un
lunetario digamos de
mil, dos mil o tres mil
personas, uno tiene que
pensar muy bien qué le
ofrece para poder
mantener vigente la
asistencia del público.
Y se logró.
Cuando repaso esa etapa
y pienso que nosotros
teníamos una asistencia
promedio de entre 800 y
900 personas a un
espectáculo dedicado
―por citar un caso, a
Patricio Lumumba―
teníamos
razón porque esa es la
forma de llegar a un
teatro popular, es
decir, que el teatro se
convierta en la vida
orgánica de nuestro
pueblo. Y llegó a serlo.
Hemos tenido grandes
dificultades que son
conocidas por todos. En
una época se le ocurrió
a alguien que al obrero
había que hacerle un
teatro en la fábrica, lo
cual me parece un gran
disparate porque el
obrero trabaja 10, 12
horas en una fábrica, su
horario normal como
trabajador; después
tiene reuniones del
partido o de tal o más
cual organización y
tiene que permanecer
dentro de la fábrica,
entonces, lo que quiere
es marcharse para su
casa, bañarse,
perfumarse e ir a pasear
un rato.
Entonces, ¿para quién
son los teatros?: pues
para ese mismo pueblo
trabajador. Lo que yo
pienso es que hay que
crear teatros que
ofrezcan espectáculos
interesantes para todo
este pueblo y para que
asista ahí.
No creo que tenga que ir
a la fábrica a hacer
teatro para los obreros.
El obrero lo que quiere
es dejar la fábrica
tranquila ―a la que
tendrá que regresar
mañana― e irse a un
lugar diferente. Eso me
lo dijo a mí un obrero,
porque el experimento se
hizo. Y me decía: ¡mira,
el problema es que todos
los días trabajo con esa
máquina y lo que ustedes
me están pidiendo es
que, después de tantas
horas frente a esa
máquina, me quede para
que ustedes se encaramen
encima de ella a decirme
unas cuantas cosas. Eso
no es posible!
Sin embargo, ahí están
los teatros; ahora, si
arriba de eso, el Estado
―como instrumento para
organizar y planificar―
quiere hacerlo muy
barato ¡ah, no!, el
teatro en todas partes
del mundo es muy, pero
que muy caro, pero tiene
resultados muy
saludables. Por ejemplo,
no creo que un país que
no tenga asegurado su
basamento teatral pueda
aspirar a grandes
elaboraciones en otros
medios artísticos…
¿Cuando usted habla de
basamento teatral se
refiere a la
infraestructura?
Desde luego, el teatro.
La base de las artes
dramáticas es el hecho
teatral. No creo que un
actor pueda formarse,
entrenarse y lograrse
como intérprete sino a
partir de una
experiencia teatral.
Aquellos que por
determinadas razones no
pueden trabajar en
teatro, porque los hay,
que tienen,
necesariamente, que
dedicarse al cine, o la
televisión, eso es un
paso posterior. Pero la
formación que brinda el
teatro es invaluable
para un intérprete. Y
cuando digo eso pienso
en los autores, en los
dramaturgos, en
definitiva en la
imaginación de los
jóvenes. ¿Cómo se
despierta la vocación
hacia las artes
dramáticas si usted no
tiene punto de
comparación? Para
cambiar, el niño que no
ha ido a un museo no
será un adulto que vaya
a un museo. Es
imposible.
Solo gusta lo que uno
conoce…
Desde luego. El niño que
no lea, será el adulto
que tampoco lea.
Efectivamente, he tenido
la oportunidad de
trabajar en otros
países, con otros
públicos, creo que
―hasta ahora― no me ha
ido mal en mi
comunicación con el
público. He encontrado
siempre una receptividad
al trabajo que hago.
El cubano es un público
bueno, muy bueno, y
desde luego no creo que
el público de Oriente
sea igual al de
Camagüey, ni el de
Camagüey al de Matanzas,
ni el de Matanzas al de
La Habana. El público se
forma y no se puede
pretender que alguien
guste de un arte, sea
este cual sea, si no lo
conoce un poco.
Igual sucede con una
persona que no sepa de
pelota; el que no sabe
qué hace ese hombre con
el palito y el otro que
tira la pelotica y a
dónde va a parar la
pelotica y qué
significa, no gusta del
béisbol.
Por ejemplo, me gusta el
voleibol, lo disfruto
porque cuando están
jugando voleibol yo
también estoy jugando
porque conozco,
comprendo, y participo
de eso.
El arte es exactamente
igual, si usted no sabe
leer una escultura,
usted no le hace el más
mínimo caso a una
escultura. Si usted no
sabe un poco de teatro,
desde luego, va a
disfrutar menos. En ese
sentido Cuba es un país
que ha logrado un
público desarrollado,
sin duda.
¿Y a qué cree usted que
obedece eso?
Eso obedece a que
nosotros hemos vivido la
única revolución en el
poder de los últimos 50
años en América Latina.
Revolución en el poder
que ha dado muchos
frutos y uno de los
frutos que tiene es esa
juventud muchísimo más
sapiente, en muchos
aspectos, que otras
juventudes de ciertos
países y nosotros
tenemos un compromiso
con ella y tenemos que
corresponder. No podemos
salir por peteneras, y
donde dije dije, digo
Diego. Estaríamos
ofreciéndole una cosa
engañosa.
Mucho se habla en los
últimos tiempos de la
responsabilidad de los
teatristas ante el siglo
XXI, ¿cuál es su
criterio?
En primer lugar, creo
que ya estamos viviendo
en el XXI. Creo que el
siglo XX ha sido el
siglo más breve de la
historia de la Humanidad
porque no comenzó en
1901, sino que se inició
con la primera
conflagración mundial
alrededor del año 1914 y
terminó con el
desmoronamiento del
campo socialista
europeo. Ahí terminó el
siglo XX en el que hemos
visto los prodigios
técnicos y sociales más
asombrosos del mundo y
los crímenes más
increíbles de la
Humanidad, han sido
cometidos en ese mismo
siglo a un ritmo y a una
rapidez insospechada.
Pero actualmente ya
vivimos en el XXI, lo
que pasa es que todavía
los almanaques no lo
dicen, pero nosotros
estamos viviendo en el
siglo XXI.
…pero entonces, la
responsabilidad de los
creadores en este ―según
usted― siglo XXI.
No puedo determinar cuál
es la responsabilidad o
cuál debería ser la
responsabilidad de los
creadores. Eso está por
ver.
Cuando usted asistió a
la representación de la
obra La noche, en
ese momento, en ese
instante irrepetible de
confrontación
―despedida― terminación
de obra ―reacción del
público―
reconocimiento para
usted, ¿qué pasa en ese
momento por la cabeza de
Roberto Blanco?
Es, probablemente, el
momento más logrado de
mi existencia. Recuerdo
que una vez en una
entrevista le dije a un
periodista: “yo nunca me
sentía realmente vivo, a
plenitud, sino cuando
estaba en un salón de
ensayo o en un
escenario”. Y esa es mi
humilde verdad. Si digo
lo contrario estoy
mintiendo.
Entonces, mis hijos me
dijeron que era injusto
con ellos. Y no, los
quiero muchísimo. Tal
vez sea una de las cosas
más importantes, más
entrañables para mí, el
tener tres hijos,
prácticamente, tres
hombres y que son mi
continuación. Los adoro.
Ahora, eso es una cosa y
la otra, lo que se me
estaban preguntando en
aquel momento y lo que
constituye la esencia de
mi realidad, que es
absolutamente solitaria.
¿Sienten entonces sus
hijos celos del teatro,
disputa con el teatro
por el tiempo que su
padre tiene que
dedicarle al trabajo?
No lo creo, al
contrario. Ellos lo que
siempre quieren estar
junto conmigo en el
teatro y han trabajado
conmigo. De niños,
pequeñitos, trabajaron
en Fuenteovejuna
y el mayor, ahora en
Venezuela, trabajó
conmigo diseñando la
escenografía y el
vestuario de una obra
que estaba montando
allá. El segundo, que es
músico percusionista,
está trabajando conmigo
y va a participar en
El perro del hortelano,
de Lope.
En estos tiempos se
acuñan muchas frases.
Una de ellas es de
“hombre realizado o no”.
En lo personal no me
gusta ese término, pero,
¿se considera un hombre
realizado?, ¿qué es para
usted la realización?
Estoy totalmente de
acuerdo contigo que eso
siempre va a tener una
respuesta parcializada.
Es una valoración que
nunca me hago. Creo que
me he realizado, pero
hay otras cosas en las
que no me he realizado
en absoluto.
Soy un hombre muy
falible, cometo muchos
errores. A lo mejor lo
que estoy haciendo es
planificando mi próximo
error. Pero no pretendo
que todo el mundo haga
lo que yo digo. No
aspiro a dictaminar cómo
debe ser la gente. Cada
persona es un mundo,
acepto eso. Digamos que
me he sentido realizado
en la misma medida en
que añoro aquello que no
he realizado.
Hace unos instantes
usted decía que era un
hombre solitario. Sin
embargo, es un hombre de
familia, con una vida
profesional muy rica.
Cuando usted está solo,
solo con toda su soledad
y comienza a hablar con
esa soledad, ¿qué es lo
que le dice, qué
comenta?
No creo que sea un
privilegio mío: uno está
solo y debe aprender a
vivir con esa soledad,
lo cual no quiere decir
que se sea un ermitaño
ni muchísimo menos. Amo
mucho y me gusta y
también soy un hombre
político y gregario y
creo en la amistad. Mis
amigos actualmente son
mi familia, realmente.
Pero la soledad es
también ―pienso― un
placer y tiene sus
goces.
Me gustaría logar la
continuidad del teatro
que quiero compartir, y
ese teatro ―en buena
medida― es el mismo
teatro que hacía cuando
niño. Lo que sentía
entonces es lo que he
intentado compartir; es
como el puente mío hacia
los demás. Soy muy
dichoso cuando veo
―efectivamente― que mi
teatro es comprendido.
La reacción del público
me resulta muy
conmovedora cuando se
produce la comunicación.
Es muy hermoso y
estimulante.
Hombres ilustres han
hablado del
recogimiento. En las
últimas décadas ese
término y su
significación parece que
―en alguna medida― se
obvió, al menos
públicamente. En los
últimos meses he notado
que diferentes
intelectuales de
distintas
manifestaciones de la
cultura han hablado de
que se necesita un
mínimo de recogimiento,
de autorreflexión. ¿Tal
vez practica alguna
forma de
autorrecogimiento?
Siempre lo he
practicado, no sabría
vivir de otra forma y
cultivo ciertas cosas.
Cuando dejé de
ruborizarme en la vida
diaria, me preocupé. Me
detuve y pensé mucho
porque creía que algo
estaba sucediéndome por
dentro. Cuando volví a
ruborizarme me dije:
¡ah, no hay problemas,
puedo seguir adelante!
¿Una necesidad del
humano, un mecanismo del
hombre?
Sí, es muy importante
que el hombre ejerza ese
momento de soledad, de
valoración, de
meditación que lo hace
escoger una cosa y no
otra, que le permite
refinar el resultado de
su pensamiento, de su
imaginación, de su
sensibilidad.
Eso es muy respetable y
muy hermoso en todos los
seres humanos. No es
privilegio de un cierto
ser humano. Creo que
todo el mundo lo tiene,
lo que pasa es que si
socialmente eso no se
respeta y no se aprende,
el ser humano ―incluso―
llega un momento que le
molesta su sensibilidad,
que le molesta tener eso
porque considera que no
se debe o que sobra. Yo
creo ―categóricamente―
que no, que es todo lo
contrario.
Si no hubiera sido
teatrista, ¿qué hubiera
sido?
(Risa) Mira, soy
teatrista porque de niño
me gustaba jugar con un
teatrito que mi padre me
arregló y me acostumbré
a eso. Tuve la inmensa
suerte de poder hacer
siempre lo que le
planteaba a mis padres.
Tuve padres muy
complacientes, muy
comprensivos y muy
amigos míos. Entonces me
resultó como la
incógnita de Dios que
atormenta a muchas
personas. Yo no tuve ese
problema. Yo creo que
Dios, si existe, está de
acuerdo conmigo y por lo
tanto yo me llevo muy
bien con Él. No tengo
ninguna dificultad y Él
sabe, perfectamente, que
cuando acudo a su ayuda
es porque lo necesito.
Tampoco molesto a Dios
cuando no hace falta.
Creo que esa es mi
responsabilidad como
hombre en este mundo. No
es tanto problema de
Dios.
¿Entonces, ve usted a
Dios como una idea?
Sí, creo que Dios es una
idea y un sentimiento.
Me parece que la
religiosidad del hombre
es inherente al hombre.
Creo que si eso se
pierde, el hombre pierde
un campo extraordinario
de posibilidades
expresivas en sí mismo,
porque aunque siempre se
dice que el hombre se
hizo a la imagen de
Dios, yo creo que fue
Dios el que fue hecho a
la imagen del hombre.
¿Entonces, puede decirse
que Roberto Blanco es un
hombre religioso?
Soy un hombre religioso
sin religión. Mi
religión es, tal vez, el
teatro. |