En la ficha que redactamos con
destino el Diccionario
de realizadores del cine
latinoamericano[1],
fue particularmente difícil
sintetizar, en el espacio
exigido por los editores, la
trayectoria de ese
documentalista mayor que fuera
Santiago Álvarez (1919-1998).
Cronista del Tercer Mundo por
antonomasia, Santiago confesó a
Cahiers du cinema que no
nació artista, sino que aprendió
a serlo. Su vocación de
adolescente fue la Medicina y la
estudió dos años en la
Universidad. A los 15 años fue
aprendiz de cajista y
linotipista; apasionado de la
radio, dirigió una hora
dominical en dos emisoras.
Marchó a EE.UU. en busca de
nuevos horizontes, donde realizó
diversos trabajos. Allá estudió
psicología e historia en la
Universidad de Columbia, en
Nueva York. Al regresar a Cuba
es uno de los fundadores de la
Sociedad Cultural “Nuestro
Tiempo” que agrupaba a jóvenes
intelectuales de izquierda y
realiza estudios de Filosofía y
Letras en la Universidad de La
Habana. Miembro del Partido
Socialista Popular, participó
activamente en la lucha
clandestina contra la tiranía
batistiana. Integró el grupo
fundador del Instituto Cubano
del Arte e Industria
Cinematográficos (ICAIC) en
1959, creó el Noticiero ICAIC
Latinoamericano en 1960 al
que imprimió un estilo
particular innovador del
periodismo cinematográfico y
dirigió el Departamento de
Cortometrajes en el período
1961-1967. Si Georges Sadoul lo
calificó de “hombre fundamental
en el que siempre destaca la
fuerza de sus imágenes”, Derek
Malcolm lo llama “el maestro de
la moviola”. Según el venezolano
Edmundo Aray: “desmesura la
imaginación, y organiza la
metáfora, el símil, las
contraposiciones y las
asociaciones simbólicas para que
la vida no se escape y el
mensaje adquiera eficacia
ideológica”. Rigurosamente
internacionalista, Santiago
Álvarez ha recorrido con su
cámara más de 90 países. Legó a
la historia del cine documental
clásicos como Now (1965)
—conceptuado por algunos de
precursor del actual
videoclip—, Ciclón
(1963), Hanoi, martes 13
(1967), L.B.J.
(1968) y 79 primaveras
(1969).
|
 |
No es reiterativo señalar que el
rasgo estilístico predominante
en la prolífica obra de Álvarez
—que él llamo “documentalurgia”—
es la mezcla extraordinariamente
rítmica de las formas visuales y
auditivas al apelar a todo lo
que esté a su alcance (metraje
documental histórico, fotos
fijas, imágenes de ficción,
animación, carteles) con cierta
dosis de ironía y sátira para
trasmitir su mensaje. Aunque
apeló a elementos de ficción en
su cortometraje El sueño del
pongo (1970), su
única incursión en el
largometraje argumental, Los
refugiados de la Cueva del
Muerto (1983), quedó
muy por debajo de las
expectativas. En un balance de
su filmografía es indudable que
sus primeros cortometrajes
prevalecen por méritos propios
sobre las obras posteriores de
mayor duración. Ante el descenso
de la producción documental en
el cine cubano, el casi
octogenario cineasta, en su
infatigable defensa del Cine
urgente, incursionó en el
vídeo como alternativa. Santiago
Álvarez insistió en que “el cine
documental no es un género
menor, como se cree, sino una
actitud ante la vida, ante la
injusticia, ante la belleza y la
mejor forma de promover los
intereses del Tercer Mundo”.
Esta entrevista fue concedida
por el cineasta en Santiago de
Cuba como parte de una tesis
universitaria sobre su obra.
Cronista del Tercer Mundo
llamó Edmundo Aray a la
compilación bibliográfica que
realizó de su quehacer
cinematográfico, ¿qué opina
sobre esta definición?
Es un poco amplia, seguramente
Edmundo Aray al preparar el
libro sobre mi obra y advertir
que he recorrido durante 30 años
los lugares donde la historia
contemporánea ha sido muy fuerte
y muy dramática, pensó en lo del
Tercer Mundo.
Yo he estado en Vietnam,
Kampuchea, Laos, Mozambique, en
Angola, Etiopía, en varios
países de América Latina como
son México, Uruguay, Argentina,
Chile; todos excepto Haití. Los
he visitado, realizado
documentales en todos ellos y es
posible que esto conforme una
idea del trabajo de uno como
cronista de los países del
Tercer Mundo.
El trabajo de un cronista
cinematográfico; no es el de un
cronista de prensa escrita ni de
otro medio de comunicación, y a
partir de ahí se le habrá
ocurrido titular el libro de esa
forma.
En su amplia filmografía usted
cuenta con una considerable
cantidad de clásicos pero,
¿existe algún título que sea el
que prefiera?
Es difícil responder porque cada
circunstancia ha tenido sus
emociones, sus características;
circunscribirse a uno o dos
momentos se me dificulta aunque,
por ejemplo, Hanoi,
martes 13
a mí me gusta mucho por razones
obvias. Primero porque fui
protagonista del primer
bombardeo a Hanoi por parte de
los agresores yanquis, y
segundo, porque el pueblo
vietnamita, el conocimiento que
he tenido de ese pueblo, las 15
veces que he estado allí —antes,
durante y después de la guerra—,
me ha imbuido de un amor y una
pasión por Vietnam, por lo que
ha significado durante siglos,
que ha tenido que estar luchando
contra todo tipo de
imperialismo: el feudalismo
chino, contra al colonialismo
francés y por último contra el
imperialismo norteamericano.
|
 |
De cierta manera, como he
trabajado bastante —he realizado
más de una docena de
documentales sobre ese país—, es
posible que me atraiga
sentimentalmente ese trabajo
continuo allí; aparte de las
características muy especiales
que tiene su pueblo, que con sus
manos, pies y modo de luchar
contra el enemigo, venció al más
grande de los imperialismos de
todas las épocas, al más
sofisticado de todos los
imperialismos. Un pueblo pobre,
semidesnudo, sin zapatos, sin
las botas militares con las que
evitaban los soldados
norteamericanos que le picaran
las serpientes venenosas, sin el
agua potable que tomaban los
soldados yanquis; llenos de
malaria, de parásitos,
hambrientos, lucharon sin
descanso contra el agresor de
todos los tiempos. Por ellos
siento un especial cariño. El
trabajo que he realizado en esos
lugares penetró muy adentro en
mis sentimientos.
Existen tres elementos básicos
en su cine documental: la
edición, la música y la gráfica.
Sin embargo, Rebeca Chávez, que
fuera asistente suya, lo
califica como “el misterio de la
intuición”. Cuando planifica un
documental, ¿realmente surge
como un fruto de la intuición?
Si la intuición tiene que ver
con la magia y el misterio, es
probable que sea verdad. Sin
embargo, me parece que no es
realmente lo más correcto decir
que el trabajo mío es intuitivo
solamente. Si yo no hubiera
tenido la experiencia que tuve
en mi vida, si no hubiera estado
en los EE.UU., si no hubiera
trabajado de lavaplatos en Nueva
York, si no hubiera sido minero,
si no hubiera realizado todo el
trabajo anterior a cuando empecé
a hacer cine, si no tuviera la
experiencia de un joven rebelde
ante la injusticia de su tiempo,
si no hubiera trabajado en una
hora de radio juvenil cuando
tenía 14 y 15 años, porque tenía
una vocación política, si no
hubiera tenido todo este
background, creo que la
intuición no daría resultado.
Puede que sí, que haya algo
desde un punto de vista
“misterioso” de lo intuitivo,
pero es que si lo intuitivo no
va ligado a una realidad que uno
ha vivido, la experiencia que ha
tenido durante esa realidad, no
se hubiera convertido en algo
intuitivo.
Luego, pongo en duda la
concepción de intuición en
relación con el trabajo, porque
por muy intuitivo que uno sea,
si tú no tienes una base
cultural, una experiencia de la
realidad que viviste, no creo
que lo intuitivo saldría a
flote. Hay quien cree que se
nace sabio, pero nadie nace
sabiéndolo todo; sino que a
través del tiempo se educa,
aprende, obtiene experiencias de
la vida, recibe esa experiencia,
la reelabora mentalmente,
sentimentalmente; entonces sale
lo intuitivo. Una vez explicado
por mí qué estimo como
intuitivo, si es lo que se
comprende por el trabajo que he
realizado en 30 años como
cineasta, bueno, aceptemos
entonces que es intuitivo.
Una de las etapas importantes en
su formación fue aquella en que
trabajó vinculado a la música en
una emisora radial. ¿Le ayudó a
dominar el ritmo en cuanto a la
música?
Sí, es un elemento en mi vida,
una parte fundamental. Por eso
es que digo que lo intuitivo lo
pongo en duda. Si no hubiera
trabajado en el Departamento de
archivos musicales de la emisora
CMQ en la época en que lo hice,
clasificando la música que se
compraba para los programas
radiales y de televisión, si no
me hubiera entrenado en
clasificar el sentimiento
musical para ser usado después,
no me habría dado cuenta de la
capacidad de poder musicalizar
algo con un sentimiento musical.
Debido a que trabajé años allí,
es posible que haya desarrollado
una especie de temperamento
musical, que aprendiera a
utilizar la música para
determinados momentos de una
operación estética.
El hecho de haber estado en CMQ
me facilitó ese entrenamiento,
ese desarrollo del “oído
musical”. Siempre me ha gustado
la música. He guardado los
discos que me regalan; a mi
esposa también le gusta la
música y me ayuda mucho en eso
de la clasificación para futuros
momentos musicales que pueda
utilizar.
Por eso insisto en que lo
intuitivo es muy relativo porque
sin ese entrenamiento, con mucha
intuición, a lo mejor no hubiera
logrado desarrollar ese “oído
musical” para emplear la música
en determinadas secuencias de un
documental o de un noticiero.
En el proceso de la creación
existen dos formas en que usted
ha asumido el documental: unas
veces ha sucedido lo que en el
caso de
Mi hermano Fidel,
que fue un documental
accidental, surgido como fruto
de la entrevista realizada a
Fidel Castro para el
largometraje
La guerra necesaria...
Un subproducto.
Sí, un subproducto magistral,
pero, ¿existen documentales en
los que usted ha elaborado el
guión antes de filmarlos, o
verdaderamente ha filmado y
después reelaborado?
Yo jamás escribo guiones. Esta
confesión a toda voz puede
extrañar a muchos compañeros, no
realizo los guiones
convencionales con los que
muchos colegas trabajan o los
obligan a trabajar.
El guión de mis documentales
está en mi cerebro y en mis
sentimientos. Es como si yo
fuera una computadora humana y
tuviera un background de
experiencias de la vida y
entonces, de vez en cuando,
apriete una tecla y produzca
determinado hecho
cinematográfico, o me remita a
un pasado que me sirva de guión
en el tiempo para poder realizar
un trabajo determinado.
Por ejemplo, Now es un
documental que no nació por
intuición ni por el arte
misterioso de un creador. Nace
porque previamente tenía la
experiencia vivida en los
EE.UU., lo que vi con mis
propios ojos sobre la
discriminación racial. En un
momento determinado en que las
circunstancias se tornaron
propicias para hablar contra la
discriminación, tuve ese hecho
del pasado, almacenado en mi
cerebro, y entonces lo utilicé
para realizar Now.
Escuché la canción Now
porque un líder negro, llamado
Robert Williams, de visita en
Cuba me regaló un disco.
Visitaba su casa, era su amigo,
y un buen día me puso un disco y
dijo: “Mira a ver qué te parece
esto”; y era la música de
Haba Nagila. Le pregunté:
“¿Tú me lo prestas?; ¿me lo
regalas?”. Y me lo regaló.
Entonces, de oírlo varias veces
se me ocurrió realizar un
documental exactamente con el
tiempo que tiene esa canción.
Lógicamente, yo había pasado ya
por una experiencia sobre lo que
era la discriminación racial en
los EE.UU. y cuando escuché la
música de Now, empecé a
retrotraer de mi archivo musical
lo que habría de ser después el
documental. No existió un guión
sino todo un pasado que se
impresionó en mi retina y en mis
células cerebrales y cuando fui
a poner en práctica el rechazo a
esa situación política de
discriminación racial, surgió la
experiencia que tuve en un
momento determinado, y pude
realizar mi película.
El guión está en la propia
canción, es decir, vas siguiendo
la canción y escribes el guión,
eso es en el caso de este
documental.
En el caso de otros sobre
Vietnam, ¿qué guión yo iba a
hacer? No sabía lo que iba a
pasar. Cuando llegamos, la
guerra estaba caminando, y
estaban a punto de empezar los
bombardeos. Las noticias eran
terribles sobre la agresión
tremenda del imperio yanqui.
Decidí ir a ese país para ser
solidario con su pueblo, aunque
no teníamos suficiente
equipamiento; fuimos con una
cámara de 16 milímetros de
cuerda y con un popurrí de
varios tipos de películas:
inglesas, norteamericanas,
italianas, que nos habían
regalado las delegaciones que
constantemente visitaban a Cuba
al principio de la Revolución.
Con esas películas en blanco y
negro, en 16 mm, de diferentes
nacionalidades, con cámaras que
cuando tú le das cuerda nada más
que dura tres minutos la
secuencia que estás filmando,
entonces, tienes que volver a
poner otro rollito, sin
grabadoras, sin luces; yo
llevaba una batería que me
habían prestado los soviéticos
cuando pasamos por Moscú; una
batería que parecía un tanque,
pesaba como diablo. Le llamaba
palangana, y eso es lo que
parecía: una palangana para
iluminar. Ese fue el equipo que
nosotros llevamos a Vietnam.
¿Qué guión iba a hacer yo? Al
día siguiente de haber llegado,
empezaron los bombardeos a
Hanoi. Teníamos noticias de que
en cualquier momento los
norteamericanos iban a
bombardear ciudades abiertas
como la capital. De acuerdo con
las leyes internacionales, no
puede bombardearse una ciudad
abierta; una ciudad no tiene
propósito de invadir a alguien,
ni guarda equipamientos
militares. Sin embargo, así
sucedió.
Ahora, no sabía qué iba a
suceder en el momento que
estábamos allí. No sabía cómo
iba a realizar el trabajo. El
primer día que llegamos, empecé
a buscar los lugares donde
intuía que posiblemente podían
empezar los bombardeos, como,
por ejemplo, el puente sobre el
Río Rojo; yo dije: “este puente
seguro va a ser un blanco para
ser bombardeado”; bueno, esa
intuición de creer que iba a ser
bombardeado; empecé a tomar
notas de los lugares en que
íbamos a filmar en el caso del
inminente bombardeo a Hanoi. No
existía ningún guión.
Sucedió el bombardeo, y de todo
lo que filmamos indistintamente
empezamos a ver, a buscar
detalles adicionales para poder
completar el hecho del
bombardeo. Es en el cuarto de
montaje, una vez que ya uno ve
todos los rushes, los
cuelga en el perchero, los
analiza, que empieza a hacer un
“guión”, un posible guión de
cómo va a montar la película.
Además, en tanto no me surge la
idea de un título de un
documental, no puedo empezar a
montarlo, tengo que tener el
título pensado ya para, a partir
de él, empezar a estructurar un
documental cualquiera; porque el
título para mí viene a ser como
una célula donde se encuentran
todos los hechos hereditarios
que me van a servir de elementos
para conformar la idea después
titulada guión; es decir, uno
debe llevar cualquier hecho que
quiera filmar, como un diario:
señalar lo que tú creas que es
más importante en ese día. Ese
diario lo conviertes después en
una especie de cartilla o de
guión, dentro del cuarto de
montaje. Hasta tanto tú no
tienes todo el material
revelado, tienes los rushes,
el título, inclusive ya estás
pensando en la música. En
resumen: yo edito y no hago como
otros compañeros que hasta que
no terminan de editar no le
ponen la música, sino que voy
simultáneamente preparando la
música. En realidad, no existe
un guión convencional.
Es más, creo que el documental,
igual que un noticiero, es “toma
uno”. El documental se parece
mucho al trabajo del noticiero,
es “toma uno” también. Esto te
evita tener que usar un guión,
porque lo vas preparando en la
medida que vas filmando cosas,
hechos que te van a servir
después para unirlos en el
montaje, poner una imagen tras
otra, empiezas a utilizar el
lenguaje típico del cine que es
el montaje.
Usted nos ha revelado algo muy
interesante respecto a los
títulos. Uno revisa su
filmografía, y los títulos son
muy ilustrativos del contenido
del documental, por ejemplo,
Abril de Vietnam en el Año del
Gato,
La estampida,
y
El cielo fue tomado por asalto,
que son títulos muy precisos,
exactos.
Abril de Vietnam en el Año del
Gato:
ahí está la estructura del
propio documental.
¿Sabe que se le considera
precursor del videoclip por
Now?
Sí, y creo que es correcto,
porque en el año 1965 no existía
el video y realicé un documental
en el tiempo exacto que dura una
canción, ilustrada con imágenes.
Y el ritmo que tiene es el ritmo
de un videoclip contemporáneo.
Con más significado.
El
Noticiero ICAIC Latinoamericano
se mantuvo muchos años en las
pantallas de los cines cubanos.
¿Cuál es el futuro del
Noticiero?
El Noticiero se paralizó en el
mes de julio de 1990 debido a la
escasez de materia prima, de
película virgen. Después del
desmoronamiento de los países
socialistas, nuestros
proveedores, tuvimos que adoptar
medidas con el material que
teníamos almacenado para que nos
alcanzara hasta cierto tiempo,
para no quedarnos sin noticieros
en las pantallas; entonces,
ideamos realizar una revista
mensual en vez de los típicos
noticieros semanales, con un
perfil de variaciones que no
tenían esos noticieros, aunque
algunas veces también estaban
compuestos por varias noticias[2].
Algo que llama la atención en su
obra es el uso excepcional de la
entrevista como recurso, que
contrasta con el cine documental
contemporáneo, no solamente
cubano, donde existe un abuso de
las entrevistas y poca
elaboración cinematográfica.
La mayor parte de mis
documentales no tienen
entrevistas ni tampoco
narración; siempre trato de
evitarlas. Cuando no me queda
más remedio, las utilizo, como
por ejemplo, en La guerra
necesaria. Es otro estilo
donde uso la narración, el
locutor, pero deliberadamente,
la mayor parte del trabajo que
he realizado es sin narración
oral. Y es la música, son las
letras de las canciones las que
utilizo como elemento narrativo
del documental. El cine en
estado puro, realmente.
Estoy muy imbuido de lo que es
el montaje del cine, es decir,
desde el punto de vista
político, desde el punto de
vista musical. La política y la
música tienen una relación muy
estrecha para mí. Las
violaciones de un mundo como el
que vivimos tienen
particularidades muy musicales.
El mundo es muy musical,
inclusive, no sé si los
cosmonautas habrán grabado los
sonidos del cosmos, pero sería
muy interesante conocer cómo son
esos sonidos, cómo son los
ruidos emitidos por los
satélites lo mismo que uno va en
un avión hoy en día y escucha su
ruido, la hélice, cómo arranca,
cómo aterriza, con las
características muy especiales
del sonido, sería muy
interesante tener grabada esa
atmósfera sonora del espacio
cósmico para realizar un nuevo
sonido especial.
¿Existe algún documental que
haya pensado realizar sin
lograrlo?
Sí, tengo sinopsis de proyectos,
bastante largas, casi como si
fueran guiones; por ejemplo, les
voy a dar un título: Un
elefante en la pista, una
historia sobre los aviones
Britannia de Cubana de Aviación.
Y tengo otro proyecto escrito
acerca de Las venas abiertas
de América Latina, de
Eduardo Galeano. La sinopsis que
conservo de ese material tiene
30 páginas con una forma de
guión más o menos.
¿Tiene algún otro proyecto
inmediato, que filmará?
Pienso empezar a trabajar en
video. Para este, mi primer
trabajo tengo la idea de hacerlo
sobre los Juegos Panamericanos,
pero con una idea muy especial;
el título ya lo tengo, se va a
llamar Los perdedores
[3].
Resulta curioso un documental
sobre el deporte con ese título.
Siempre se filma a los que
ganan, pero el público no sabe
lo que pasa cuando alguien
pierde, cuando no gana. Es un
ángulo diferente que, además,
contempla la idea que ha tenido
siempre Cuba, en el deporte, de
que el problema no está en
ganar, sino en competir.
Como muchos grandes cineastas
usted tiene un equipo más bien
fijo de colaboradores.
No precisamente, pero he
trabajado mucho con Iván
Nápoles. Los camarógrafos con
quienes mayor afinidad he tenido
también son: Dervis Pastor
Espinosa, Arturo Agramonte, Raúl
Pérez Ureta y Roberto Fernández,
por solo mencionar algunos.
Hace algún tiempo declaró que
tenía un proyecto de ciencia
ficción.
Sí, su título es El hombre
del año cuarenta mil. Uno
tiene proyectos, pero la vida lo
hace dedicarse a otras cosas. A
lo mejor en cualquier momento lo
empiezo, lo que ocurre es que la
ciencia ficción necesita muchos
recursos. Aunque se pueden
realizar películas de ese género
con elementos sencillos, pero
generalmente se necesitan muchos
efectos especiales. Aunque el
video podría ser una
posibilidad.
Al cabo de más de tres décadas
del surgimiento de la llamada
escuela documental cubana, ¿qué
reflexión usted pudiera hacer?
Me he convertido en un cineasta
docente, estoy impartiendo
cursos en universidades
extranjeras. Me gusta enseñar;
satisface transmitir los
conocimientos que uno tiene.
Trabajo en esa línea ahora,
aparte de los posibles
documentales que pueda realizar.
La producción del ICAIC es la
mayor de todo el continente
latinoamericano y del Tercer
Mundo. En tres décadas
producimos casi mil quinientos
noticieros, pero mejor voy a
hablarles de porcentajes. De
toda la producción del ICAIC, el
50% ha correspondido a los
noticieros; el 36% han sido
documentales; el 7% cine de
ficción y los dibujos animados
representan el 8%.
Ningún país de América Latina ni
del Tercer Mundo ha tenido esa
producción fílmica tan variada y
de tal cantidad porque en otros
momentos Argentina, que
acostumbraba producir unas 40
películas de ficción, solo ha
producido unas pocas este año;
Brasil, que era otro de los
países que también tenía una
producción fílmica elevada, ya
no tiene producción fílmica
ninguna porque cerraron
Embrafilme, la mayor productora
con que contaban; México es el
único que produce más de 90
películas de ficción, pero en su
conjunto no son demasiado
buenas.
Estas cifras, que parecen
sencillas, dicen mucho del
trabajo emprendido por el
Instituto Cubano del Arte e
Industria Cinematográficos desde
su creación en 1959, porque el
cine se inventó a finales del
siglo pasado; sin embargo, en
América Latina y en el Tercer
Mundo no existen instituciones
de cine. Las pantallas presentan
exclusivamente cine
norteamericano, salvo cada vez
más contadas excepciones, y con
las películas norteamericanas va
toda su ideología.
El cine ha tenido y sigue
teniendo una gran importancia
ideológica de la cual la gente
no acaba de darse cuenta.
NOTAS:
[1].
Ediciones El Jilguero, Buenos
Aires, 1997.
[2].
La primera edición del
Noticiero ICAIC Latinoamericano,
realizado por Santiago Álvarez,
se exhibió el 6 de junio de
1960. Con el No. 1490, exhibido
a partir del 19 de julio de
1990, concluyó la producción de
este eficaz medio comunicativo
editado semanal e
ininterrumpidamente durante tres
décadas. Después se produjeron
14 revistas alternativas.
[3].
El título definitivo de este
documental sería ¿Perdedores?
(1991). Con posterioridad,
Santiago Álvarez realizó los
siguientes documentales en
formato de video: Ave,
Bahía (1993), Del Caribe
colombiano, Motivaciones,
Cartagena, segunda
independencia y Cubanos
en Barranquilla, todos en
1994; El muro (1995),
Labiofam, un pasado que pervive
(1996); Concierto mayor,
Concierto por la vida y
La isla de la música,
realizados en 1997. Este último
título cerraría su filmografía.
|