Cuando el 24 de marzo de 1959 se
publicaba en La Gaceta Oficial
de la República la Ley No. 169
se concretaba el sueño de fundar
un cine nacional, libre del
comercialismo y el tropicalismo
de antaño. El Instituto Cubano
del Arte e Industria
Cinematográficos (ICAIC), bajo
la égida de Alfredo Guevara,
convocaba a un cine que como
arte noblemente concebido,
constituyera
un llamado a la conciencia y
contribuyera a liquidar la
ignorancia, a dilucidar
problemas, a formular soluciones
y a plantear, dramática y
contemporáneamente, los grandes
conflictos del hombre y la
humanidad[1].
La “luz verde” que daba Fidel a
Alfredo —después de cumplir con
su trabajo como parte del grupo
que lo asistió en las reuniones
de Tarará en la redacción de las
leyes que regirían el país—
significaba el cumplimiento del
sueño, su pase a la realidad,
luego del intento forjador de la
Sección de Cine de la Sociedad
Cultural Nuestro Tiempo no solo
con la filmación del
cortometraje documental El
Mégano, sino con el conjunto
de
actividades propagadoras del
séptimo arte: conferencias,
cursos, exhibición de
películas.
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El
Mégano |
Los fundadores de la Sección de
Cine, más tarde fundadores del
ICAIC, apostarían por un cine de
preocupación social y filiación
neorrealista, como lo demostró
el ensayo cinematográfico del
nuevo cine cubano que representó
la realización de la única obra
producida por la Sociedad: El
Mégano, dirigida por Julio
García Espinosa en colaboración
con Tomás Gutiérrez Alea (Titón).
Egresados del Centro
Experimental de Cinematografía
de Roma, con La vivienda
y Esta tierra nuestra,
ellos serían los encargados de
iniciar la cinematografía de la
Revolución.
No obstante, hasta junio de
1959, con la producción de
Sexto Aniversario, los
jóvenes cineastas no cumplirían
su destino en el cine cubano
desde el ICAIC. La falta de
fondos de una institución que
solo contaba con unas oficinas
del 5º piso de su sede actual,
antiguo edificio Atlantic,
condujo a que en marzo de 1959
muchos de los futuros cineastas
ingresaran en las FAR para
trabajar en la Dirección de
Cultura del Ejército Rebelde,
creada en el propio mes de
enero. Alfredo Guevara lo
resumiría al decir: “el
surgimiento cinematográfico en
nuestro país está así ligado
estrechamente al proceso
revolucionario, y representa un
salto cultural cualitativo, de
dimensión política y moral, pues
liquida un pasado de oprobio, la
utilización de los recursos de
un arte en la justificación del
crimen y la promoción del
embrutecimiento social, e
individual”[2].
Ciertamente, el ICAIC realizó un
cine que fue expresión directa
de la Revolución, no solo a
través del documental, género
histórico por excelencia en la
cinematografía del nuevo cine
cubano, sino también desde la
ficción. Un cine que se pensó no
como propaganda, aunque pudo
jugar una labor propagandística,
sino como arte, pues como
aclaraba el primer Por cuanto de
una Ley que fue ante todo una
declaración de principios: “El
cine es un arte”. Más adelante
se reafirmaba que “el cine debe
conservar su condición de arte
y, liberado de ataduras
mezquinas e inútiles
servidumbres, contribuir
naturalmente y con todos sus
recursos técnicos y prácticos al
desarrollo y enriquecimiento del
nuevo humanismo que inspira
nuestra Revolución”[3].
Esta confirmación, según el
propio Alfredo, “pretendía
servir de catalizador,
establecer una fundamental
cuestión de principios, operar
como advertencia, y armarnos
para el combate”[4].
Las palabras del
Presidente del ICAIC aludían a
la lucha contra las corrientes
tanto liberales, como dogmáticas
que matizaron la ideología en la
Revolución, de una institución
desde la cual se explicitó la
coherencia que había entre la
vanguardia política y artística
en el país.
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Historias de la
Revolución |
Con Historias de la
Revolución (1960) se
inauguraba el cine épico, signo
que se realzaría durante el
ciclo conmemorativo de los Cien
Años de Lucha y que sería mutado
en los ´80 y en los ´90 por un
cine más popular y asiduo de la
comedia. El neorrealismo
impactaría no solo a los
estudiantes de la escuela
italiana, Julio y Titón,
—quienes a su regreso a la Isla
en 1954 verían en las bases de
este movimiento de vanguardia de
los 50 al modelo para promover
un cine nacional—, sino a los
protagonistas de la Sección de
Cine. La visita de Zavattini a
la Sociedad y los proyectos de
hacer una película titulada
Cuba mía, que se convertiría
en Cuba baila, habían
iniciado una colaboración que se
multiplicaría en otros
cineastas, quienes, mientras
registraban la epopeya cubana,
contribuían a la escuela
práctica de los futuros
directores de cine: jóvenes
aprendices que fueron asistentes
de dirección de documentalistas
como Chris Marker o Joris Ivens,
y de cineastas como Mijail
Kalatozov o Armand Gatti.
El Noticiero ICAIC
Latinoamericano con sus más de
400 ediciones desde el 6 de
junio de 1960 hasta el 19 de
julio de 1990 rompía con el
concepto de los noticieros
prerrevolucionarios. Dirigido
por Santiago Álvarez, el
Noticiero marcaba con su
apellido la vocación
latinoamericanista del Instituto
del Cine. Aunque anteriormente
nunca tuvo nada que ver con el
séptimo arte —su paso por la
Sociedad Nuestro Tiempo fue como
tesorero—, Santiago se
convertiría en el documentalista
más reconocido a nivel
internacional.
El ICAIC pasaría a ser ese gran
centro de cultura que, junto a
la Casa de las Américas, abrió
las puertas a América Latina.
Bajo el título de Nuevo Cine
Latinoamericano se hizo realidad
la profecía de un movimiento
cinematográfico continental,
esfuerzo unificador iniciado con
el Colombianum, Sestri Levante y
Pésaro, perseguido en Viña del
Mar y en Mérida y mantenido en
el Festival del Nuevo Cine
Latinoamericano.
Como tarea principal, el
Instituto asumía la creación de
las condiciones materiales, la
base industrial para el
desarrollo del arte
cinematográfico, y promoción de
una atmósfera espiritual que
permitiera y aún más, que
facilitara, la expresión del
talento creador. Principal
artífice del ICAIC, Alfredo
evocaría: “partíamos de una
concepción del cine como hecho
cultural, […] el cine cubano no
podía surgir sino apoyándose en
la experiencia, en lo ya logrado
por las otras artes. […] Y
precisamente nos planteamos
hacer un inventario factual, un
inventario de la plasmación de
lo cubano en distintas artes…
[…] y por eso el cine cubano
siempre ha estado impregnado de
una idea global de la cultura”[5].
De ahí que el aporte del ICAIC
haya trascendido lo puramente
cinematográfico hasta comprender
el impulso y el desarrollo de
otras artes como fue la música o
las artes plásticas.
Con el Grupo de Experimentación
Sonora, el Instituto reunía a
noveles músicos bajo la tutela
de Leo Brouwer con el doble
propósito de reivindicar la
canción con un significado
social, y de musicalizar al cine
cubano desde una perspectiva más
popular[6].
En solo diez años, el ICAIC
propiciaba un movimiento de la
cartelística que revolucionó la
imagen gráfica del nuevo cine
cubano. Desde el Departamento de
Afiches del ICAIC nacía un
también nuevo cartel
cinematográfico cubano,
despojado del sesgo
comercialista y de su intrínseco
destino publicitario, que era,
como destacaba Alejo Carpentier,
“una siempre renovada muestra de
artes sugerentes”[7].
Artistas plásticos como Eduardo
Muñoz Bachs, Antonio Fernández
Reboiro, Alfredo Rostgaard o
Servando Cabrera Moreno
desencarnarían de la imagen
gráfica del cine cubano, “los
lugares comunes del ‘instante
sexual’ magnificado, del cromo
en gran escala, del retrato de
estrella vestida o desnuda, que
demasiado a menudo caracteriza
el affiche
cinematográfico francés,
italiano o norteamericano, con
sus imágenes de amorosos
yacentes, sus inmovilizaciones
de algún suspense, o sus
pistoleros trabados en combates
feroces”[8];
aunque en muchos casos la
negación del aspecto comercial
llevara a una extremación de lo
artístico.
Con su proyecto editorial,
compuesto por las Ediciones
ICAIC, los Boletines del
Servicio de Información y
Traducciones, las publicaciones
de carácter interno y la revista
Cine Cubano, el Instituto
además de formalizar el sistema
de publicaciones anunciado en el
artículo sexto, inciso b) de su
Ley, inauguraba la publicación
de una literatura especializada
sin mayores antecedentes que los
promovidos por la Acción
Católica o los Cuadernos de
Cultura Cinematográfica de
la Sociedad Cultural Nuestro
Tiempo.
Aunque en las Ediciones ICAIC se
privilegió un discurso europeo
filomarxista, con textos como
Teoría y técnica del guión
cinematográfico y El cine
en la batalla de las ideas,
de John Howard Lawson;
Tratado de la realización
cinematográfica, de León
Kulechov; El filme y el
resarcimiento marxista del arte,
de Umberto Barbaro; y El cine
y la obra literaria y El
público y la crítica
cinematográfica, de Pío
Baldelli,
se desarrollaba, por una
institución cinematográfica, un
proyecto editorial
imprescindible hasta la
aparición del Instituto del
Libro en 1967.
De 1962 a 1965, el Centro de
Información editaba, con el
título de Boletines del Servicio
de Información y Traducciones,
estudios y ensayos aparecidos en
otros países que contribuyeran a
la formación e información
cultural, cinematográfica y
técnica de los jóvenes
cineastas, e incluso del
público. Desde Documental,
boletines del Departamento de
Cortometraje del ICAIC, hasta la
impresión de Historia del
surrealismo, de Maurice
Nadeau, publicaciones de
carácter interno, reafirmaban
que para el ICAIC, tal como
proclamara en el Informe al
Congreso Nacional de Cultura de
1962, no había peor enemigo de
la cultura que el aislamiento[9].
Con su proyecto editorial
buscaba la descolonización
cultural del público y de los
cineastas, uno de los principios
que signó la política cultural
del Instituto del Cine.
Con la organización del
Departamento de Divulgación,
comenzaba a funcionar el primer
camión del Cine-Móvil, que unido
al programa de exhibiciones
especializadas sobre la historia
y el desarrollo del cine
ofrecido por la también recién
fundada Cinemateca de Cuba en
todas las capitales de
provincia, incluyendo Isla de
Pinos, se llevaba a cabo una
alfabetización cinematográfica
que se condensaba en el último
Por cuanto de la Ley de creación
del Instituto: “Es el cine el
más poderoso y sugestivo medio
de expresión artística y de
divulgación y el más directo y
extendido vehículo de educación
y popularización de las ideas”[10].
En
llevar al pueblo a “la
condición del público” se
sintetizaba otro
de los principios de la política
cultural del ICAIC que pretendía
hacerlo más consciente de los
modos del lenguaje del cine y de
su técnica, capaz de romper con
el mito de la magia del
espectáculo, y convertirlo en un
participante del proceso
creador, en tanto que
interlocutor activo. En su
debate “Sobre el cine cubano”,
Alfredo resumía lo que se puede
definir como el gran sueño
“iluminista” del ICAIC: “ese
artista abierto, y ese público
complejo y activo, crítico y, en
su cualidad, también creador, es
una aspiración revolucionaria, y
por lo tanto el sueño y punto de
mira de nuestra revolución en el
cine”[11].
Formar un público y hacer del
cineasta un hombre de cultura
eran los pivotes de ese sueño.
Alfredo, como conceptualizador
de la política cultural de la
institución, profesaba que “para
un cineasta es necesario
principalmente tener como punto
de partida no sólo el
conocimiento de la técnica y de
la tradición cinematográfica,
sino el conocimiento profundo de
todas las formas de la cultura
humana”[12].
La política de exhibición del
ICAIC, basada en el pluralismo y
la descolonización de las
pantallas, lo llevó incluso a
polémicas donde se defendió la
soberanía cinematográfica del
ICAIC y la concepción del cine
promovida por la institución.
Para el Instituto, descolonizar
las salas de cine era sinónimo
de diversidad, era proyectar
películas de todas partes del
mundo en forma proporcional a la
producción de cada país,
evitando la preponderancia de
una cinematografía sobre otra.
Asimismo el ICAIC terminaba con
la práctica discriminatoria de
reservar las salas de tercera
para las películas
latinoamericanas. El criterio de
exhibición no partía de razones
extrartísticas (éxito de
taquilla, sistema de estrellas),
sino de su calidad[13].
Uno de sus signos más genuinos
estuvo en la naturaleza polémica
de la institución verificada en
los debates internos
que presenció como espacio
central la antigua Biblioteca
ICAIC del 9º piso, o que
documentos inéditos resguardan y
que transpira a través de la
revista Cine Cubano,
creada por Alfredo Guevara en
junio de 1960, como anuncia
desde sus páginas,
“para abordar desde el punto de
vista informativo y teórico los
problemas de nuestro cine y del
arte y la cultura
contemporáneos”[14].
La revista Cine Cubano ha
sido la tribuna de pensamiento
del ICAIC. Junto a la revista
Casa de las Américas, se
convertiría en una publicación
de vanguardia en la difusión
cultural por
su carácter abarcador, más allá
de términos cinefílicos.
Aunque intermitente, casi
fantasma en el escenario
mediático nacional, ha sido un
espacio de reflexión y
autorreflexión del cine y de los
propios cineastas. Una revista
que ha tenido como
característica el estar
realizada por los propios
cineastas y contar entre sus
colaboradores a los principales
directores latinoamericanos.
Alfredo Guevara diría:
“…para
nosotros lo principal era el
proyecto de la identidad
latinoamericana, […] y esto se
puede seguir en la evolución y
en la producción de la revista
Cine Cubano [que] empieza
como una revista que busca
teorizar el proyecto del cine
cubano y lentamente y con el
curso del desarrollo del Nuevo
Cine Latinoamericano se va
convirtiendo en una revista que
fácilmente podía cambiar su
nombre por Revista del Nuevo
Cine Latinoamericano”[15].
Como escribiría Ambrosio Fornet
en la celebración del
aniversario 46 de esta
institución:
“lo
que le debemos al ICAIC —además
de sus filmes y sus afiches y
sus publicaciones y su
sistemático empeño de formar un
nuevo tipo de público— es un
modelo de política cultural, un
proyecto de organización y
difusión de la cultura que ya
forma parte del patrimonio
cultural de la nación”[16].
Sin duda, el
ICAIC no fue solo el gestor y
promotor del cine como arte e
industria, sino que su praxis
desbordó lo meramente
cinematográfico, para establecer
una concepción sobre el cine, el
cineasta, el público y la
cultura.
Una institución que vivió los
ubérrimos 60, los grises 70, los
resurgentes 80, los críticos 90
y los expectantes 2000, a sus 50
años, se mantiene para muchos
como ese sueño que lucha por
seguir siendo realidad.
[1]
“Creación del Instituto
Cubano del Arte e
Industria
Cinematográficos
(ICAIC)”. En
Nuiry,
Nuria y Graciela
Fernández Mayo
(compiladoras):
Pensamiento y política
cultura cubanos.
Editorial Pueblo y
Educación, La Habana,
1987, tomo IV, p. 7.
[2]
“No es fácil la
herejía”. En
Revolución es lucidez.
Ediciones ICAIC, La
Habana, 1998, p. 117.
[3]
“Creación del Instituto
Cubano del Arte e
Industria
Cinematográficos
(ICAIC)”. En
Nuiry,
Nuria y Graciela
Fernández Mayo
(compiladoras):
Pensamiento y política
cultural cubanos.
Ob. Cit. p. 7.
[4]
“No es fácil la
herejía”. En
Revolución es lucidez.
Ob. Cit. p. 115.
[5]
“Más y más claridad”,
entrevista televisiva
concedida a Amaury
Pérez. En Revolución
es lucidez. Ob. Cit.
p. 50.
[6]
Leo Brouwer en Sarusky,
Jaime. Una leyenda de
la música cubana. Grupo
de Experimentación
Sonora del ICAIC.
Editorial Letras
Cubanas, La Habana,
2006, p. 29.
[7]
“…una siempre renovada
muestra de artes
sugerentes…”. En Cine
Cubano, No. 140, p.
20.
[8]
Ídem, p. 20.
[9]
“Informe y saludo ante
el Primer Congreso
Nacional de la Cultura”.
En revista Cine
Cubano, No. 140, p.
48.
[10]
“Creación del Instituto
Cubano del Arte e
Industria
Cinematográficos
(ICAIC)”. En
Nuiry,
Nuria y Graciela
Fernández Mayo
(compiladoras):
Pensamiento y política
cultural cubanos.
Ob. Cit. p. 8.
[11]
“Sobre el cine cubano”.
En revista Cine
Cubano, No. 41,
1967, p. 2.[12]
“Para alcanzar la
lucidez suficiente”. En
Revolución es lucidez.
Ob. Cit. p. 194.
[13]
García Espinosa, Julio.
“El cine cubano o los
caminos de la
modernidad”. En revista
Temas, No. 27,
octubre-diciembre, 2001,
p. 34.
[14]
“Sobre un debate entre
cineastas cubanos”. En
revista Cine Cubano,
No. 14-15,
octubre-noviembre, 1963,
p. 14.
[15]
“La miseria es una tara,
y hay que combatirla en
la vida y en el
lenguaje”. En
Revolución es lucidez.
Ob. Cit. p. 531.
[16]
En revista Cine
Cubano, No. 157.
Versión digital.
Disponible en URL:
http://www.cubacine.cu/revista/dossier.htm
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