Año VII
La Habana

22 al 28
de MARZO
de 2009

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TE PONGA EL PLATO?

 
La búsqueda de la verdad en el debate histórico:

Acerca de una polémica sobre las relaciones
Cuba-Estados Unidos al principio de la Revolución

Carlos Alzugaray • La Habana

 
 

ÍNDICE


Durante el pasado mes de diciembre sostuve una polémica con el Dr. Rafael Rojas, Profesor e Investigador del Centro de Investigaciones y Docencia Económica (CIDE) de México, acerca de las relaciones Cuba-Estados Unidos durante 1959 y 1960. El motivo central de la controversia fue un planteo de Rojas en el sentido de que “la historia diplomática de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba en 1959 y 1960 apunta a que Eisenhower y Kennedy estaban dispuestos a mantener el vínculo con un gobierno nacionalista, democrático o autoritario, que no se aliara con la Unión Soviética.”

Tal apreciación apareció en su artículo “Un pasado virtual”, en la edición digital de la revista Foreign Policy en español, del 1º de diciembre del 2008, (http://www.fp-es.org/un-pasado-virtual). Aunque el texto tiene otras apreciaciones muy discutibles sobre aquellos años, me pareció que éste en particular era una tergiversación del pasado a tono con lo que sólo podríamos calificar como la “historia oficial” de la Guerra Fría. Por eso escribí un breve comentario llamando la atención sobre el hecho de que lo que se afirmaba era controversial. Rojas contestó este comentario y poco a poco se convirtió en una larga polémica que reproduzco a continuación.

Está precedida por mi apreciación sobre el debate al responder una pregunta de Lenier González, de la revista Espacio Laical, de la Archidiócesis de la Habana. (www.espaciolaical.net/contens/esp/sd_055.pdf).

 


Respuesta a la pregunta de Lenier González en Espacio Laical
el 21 de enero de 2009.

Profesor, he estado al tanto de la intensa polémica que ha sostenido -en el sitio Web de la revista Foreign Policy en español- con el destacado historiador cubano, residente en México DF, Rafael Rojas y que estuvo relacionada con los orígenes del conflicto entre el Estado federal norteamericano y el Gobierno revolucionario cubano. ¿Qué sabor le ha dejado esta polémica? ¿Qué importancia le concede a este tipo de intercambios entre cubanos que poseen modos diversos acercarse a la realidad nacional?

La verdad es que la polémica me ha dejado un sabor agridulce. Como a todos los historiadores, me gusta el debate y la polémica. Aunque uno trata de ser objetivo e imparcial, en el trabajo individual de investigación uno puede estar más o menos marcado por sus perjuicios, predisposiciones, etc. Así que intercambiar, polemizar, debatir con alguien que parte de otras circunstancias puede abrir los ojos a una perspectiva a la que no estamos acostumbrados. Siempre he estado abierto a esa posibilidad. Además, me doy cuenta de que tiendo a respetar a aquellas personas que rompen con los esquemas. En ese sentido soy algo socrático: me gusta preguntar por qué algo es así y no de otra manera y cuestionar lo que muchos llaman el “saber convencional”, que muchas veces esconde una visión esquemática y anquilosada de la realidad.

He seguido hasta donde es posible la trayectoria intelectual de Rafael Rojas y no hay duda de que en su obra hay innegables méritos. Sobre todo en sus primeros textos están presentes intentos muy importantes de hallar las líneas históricas por las cuales atravesó nuestra historia intelectual. Tumbas sin sosiego es un texto de inevitable consulta, se esté de acuerdo o no con sus tesis.

En este debate, en que se abordó un tema sobre el cual he realizado algunas investigaciones, el de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos en 1959 y 1960, Rojas se ha aferrado a sus posiciones más allá de toda lógica del debate, sin poder, hasta el momento, demostrar las líneas principales de su argumentación con referencia concreta a textos. Se trata de un debate en el que se requiere un estudio muy concienzudo de las fuentes disponibles porque, como expliqué en varios de mis comentarios, la política hacia la Cuba Revolucionaria se diseñó esencialmente durante la Administración Eisenhower, un gobierno que comenzó a usar con mucha astucia la doctrina del “desmentido” o “negación plausible”, por lo que toda manifestación pública debe ser examinada con suma cautela pues en reiteradas ocasiones estaba diseñada para encubrir la verdadera política. A ese gobierno la politología norteamericana le ha llamado como “la presidencia de la mano escondida”.


El punto más discutido es el que se refiere al momento y al motivo por el cual Estados Unidos abandonó todo intento de mantener una relación con el Gobierno Revolucionario y decidió aplicar lo que se puede calificar hoy como “política de cambio de régimen” o, como lo dice un documento del Departamento de Estado aplicar sanciones económicas que produjesen “el hambre, la desesperación y el derrocamiento del gobierno”. Este no es un asunto irrelevante pues va al fondo mismo de la ética y la moral del liderazgo revolucionario y a la estrategia y táctica que siguió el gobierno en los primeros años.

Para Rojas, el momento fue 17 marzo de 1960 en que el Presidente Eisenhower aprobó el llamado Plan para el Derrocamiento del Gobierno de Castro en Cuba elaborado por la CIA (aunque sorprendente en un primer momento del debate aseveró que el Eisenhower autorizó planear pero no ejecutar el plan, un aserto que no repitió posteriormente) y que ese curso de acción estaba totalmente justificado porque el Gobierno cubano se había aliado con la Unión Soviética un mes antes. Esto se parece mucho al relato oficial que hacía el gobierno norteamericano en la OEA para lograr que Cuba fuese condenada y expulsada. Por cierto, si se sigue este aspecto del conflicto uno se da cuenta que le costó mucho a Washington, a pesar de que usó enormes presiones, lograr tal objetivo y que sólo lo hizo en la última de cuatro conferencias de Cancilleres que se realizaron sucesivamente entre 1959 y 1964.

Por mi parte, apelando a documentos que cité textualmente, demostré que la decisión probablemente se tomó entre junio y diciembre de 1959 y que tuvo que ver con que el Gobierno cubano rompió con la tradición de sus predecesores de subordinar su política interna y externa a la de Estados Unidos, sobre todo cuando aplicó la Ley de Reforma Agraria. El debate puede consultarse en el Portal de Foreign Policy en español (http://www.fp-es.org/un-pasado-virtual#comment-38670)  o en el sitio web del CEHSEU (http://www.uh.cu/centros/ceseu/). No voy a reproducir aquí el debate. Sí me preocuparon varias cosas.

Primero, la cita de obras en apoyo de Rojas que estuvieron sesgadas y sacadas de contexto. Tal es el caso de varias citas del último libro de Louis A. Pérez Jr., Cuba in the American Imagination: Metaphor and the Imperial Ethos, en donde se sostiene precisamente una tesis totalmente distinta a la de Rojas. Esto me parece totalmente inprocedente. Por cierto, el Profesor Perez visita en estos días nuestro país y se le rindió un homenaje en la UNEAC el sábado 17 de enero.

Segundo, la tendencia de Rojas a descalificar la historiografía que se hace en Cuba en general calificándola de “oficial” y de adoptar posiciones maniqueas (nacionalista o marxista) ante Estados Unidos.

Tercero, el que no haya sido capaz de sustentar sus posiciones en fuentes originales verificables, como por mi parte creo haber hecho.

En un comentario que hizo en la revista Encuentro, que no era el espacio en que él y yo tuvimos la polémica, utilizó la siguiente frase: “A partir de la misma información que consultó Alzugaray —y de otra que él no consultó— se puede sostener que Estados Unidos reconoció al gobierno revolucionario durante buena parte de 1959, aceptando la reforma agraria e intentando evitar la radicalización comunista del régimen.” Me pregunto, ¿cómo es posible que Rojas sepa cuál información no consulté si mi tesis doctoral no ha sido publicada aún?

En varias ocasiones le pedí a Rojas que me diera las referencias en que basaba sus asertos para verificarlas. Aparentemente esas serían las fuentes que yo no había consultado. Nunca lo hizo. Me quedé con las ganas de examinar esas fuentes. Por supuesto que favorezco los debates con los que tienen otras posiciones y creo firmemente en la idea de que los investigadores no siempre tenemos toda la verdad.

La búsqueda de la verdad es una condición consustancial al científico. Y en ciencias sociales la verdad sólo es comprobable en el debate y la confrontación de distintas fuentes. Como Rául Roa, creo que en la ciencia social “hay que penetrar con ademán sereno y la pupila limpia de prejuicios y su exposición académica debe estar presidida por la más pulcra objetividad. En ningún terreno como en el de nuestra ciencia, son tan múltiples y variados los criterios, las perspectivas y las soluciones propuestas. . . . Ni se propone ni se impone, se expone. El espíritu científico y la intolerancia son incompatibles. El espíritu científico se nutre y enraíza en la libertad de investigación y de crítica. La intolerancia – esa extensión hacia fuera del dominio exclusivo ejercido dentro de nosotros por la fe dogmática – ‘intoxica la inteligencia, deforma la sensibilidad y frustra la actividad científica’ –, que es impulso libérrimo hacia la conquista y posesión de la verdad”. (Historia de las doctrinas sociales, La Habana: Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, 2001, págs. 24-25)

No creo que en este debate a Rojas le haya interesado buscar la verdad. Hizo un aserto muy discutible y lo defendió dogmáticamente en la mejor tradición de ciertas corrientes historiográficas que él afirma repudiar. Es lamentable.
 



I. Artículo de Rafael Rojas aparecido en el portal de la Revista Foreign Policy en español, editada en España, el 1º de diciembre del 2008.

 

UN PASADO VIRTUAL

Rafael Rojas

Un número reciente de la revista Letras Libres convocó a un grupo de escritores e historiadores (David Brading, Friedrich Katz, John Coatsworth, José Emilio Pacheco, Fernando del Paso, Hugo Hiriart…) para que imaginaran pasados alternativos en la historia de México. La derrota de Cortés, la retención de los jesuitas, la autonomía novohispana, el triunfo de los conservadores en la guerra de reforma y la continuidad de la revolución maderista fueron algunos de los ejercicios contrafactuales propuestos. La tesis de la revista, en la línea de algunos teóricos de la historia virtual, como Niall Ferguson y Geoffrey Hawthorn, era que cuanto más plausible es un pasado alternativo más verosímil resulta su invención.

En el caso de la historia de la Revolución Cubana, la más socorrida alternativa ha sido siempre preguntar qué habría pasado si Fulgencio Batista no hubiera dado el golpe de Estado, del 10 de marzo de 1952, contra el saliente Gobierno de Carlos Prío Socarrás. El consenso historiográfico apunta a que si las elecciones de ese año se hubieran producido, habría ganado el candidato del Partido Ortodoxo, Roberto Agramonte, con un programa de gobierno socialdemócrata –semiparlamentarismo, reforma agraria, industrialización, alfabetización, combate de la corrupción, nacionalización de algunas compañías norteamericanas…– similar al de Rómulo Betancourt en Venezuela, José Figueres en Costa Rica o el PRI en México.

Un gobierno así, ubicado en el centro izquierda, que impulsara una democracia nacionalista, suscribiendo con mayor o menor énfasis el anticomunismo que Estados Unidos promovía en la región, difícilmente habría provocado una revolución radical. Como es sabido, la principal demanda de los revolucionarios cubanos, entre 1952 y 1958, provinieran éstos de la ortodoxia, el autenticismo, el Directorio Revolucionario o el Movimiento 26 de Julio, era el restablecimiento de la Constitución de 1940, una Carta Magna que recogía las expectativas fundamentales de aquel consenso socialdemócrata. Una sucesión presidencial pacífica, entre Prío y Agramonte, con alternancia en el poder, de los “auténticos” a los “ortodoxos”, pudo haber sido un pasado virtual de Cuba.

Otro, más difícil de imaginar, sería el de la posibilidad de una transición democrática a partir de las elecciones convocadas por Batista, en 1958, en medio de la confrontación militar entre la dictadura y las guerrillas de la Sierra Maestra y El Escambray. A diferencia de 1952, cuando las razones de Batista para dar el golpe eran poco convincentes y los partidarios del general eran escasos, en 1958 ya había una buena parte de la población –campesinos, estudiantes, obreros, clase media y hasta una porción considerable de las élites económicas– involucrada en el respaldo a la oposición violenta. Frente a los revolucionarios y sus simpatizantes se colocaban los partidarios del régimen y, en el medio, una minoría pacífica como la que apoyó a Carlos Márquez Sterling en las elecciones del 3 de noviembre de aquel año.

Desde 1957 o 1958 es complicado articular una historia contrafactual en Cuba que eluda la vía revolucionaria, debido al deterioro que experimentaron las instituciones republicanas, bajo la dictadura, y a las simpatías populares que despertaba un cambio violento. Habría entonces que desplazar la construcción de un pasado virtual hacia los dos primeros años de la revolución en el poder, es decir, al lapso que va de enero de 1959, cuando se forma el Gabinete de Manuel Urrutia Lleó, y abril de 1961, cuando se declara el “carácter socialista” del Gobierno de Fidel Castro. En esos dos años, la posibilidad de otra Cuba, diferente a la republicana (1902-1958) y diferente a la socialista (1961-2008), fue real.

Esa Cuba que no fue, ideológicamente ubicada en la izquierda no comunista latinoamericana de mediados del siglo xx, pudo haber seguido un itinerario más parecido al de la revolución mexicana. La tesis de que Estados Unidos no habría tolerado, en el Caribe, un gobierno que controlara algunos recursos estratégicos y nacionalizara ciertas empresas norteamericanas, además de alfabetizar a la población, distribuir la propiedad agropecuaria e industrializar el país, se ve cuestionada por las buenas relaciones que Washington mantuvo con el México de Lázaro Cárdenas o con la Venezuela de Acción Democrática. Quienes sostienen esa tesis recurren, casi siempre, al caso de la Guatemala de Jacobo Arbenz, pero la historia diplomática de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba en 1959 y 1960 apunta a que Eisenhower y Kennedy estaban dispuestos a mantener el vínculo con un gobierno nacionalista, democrático o autoritario, que no se aliara con la Unión Soviética.

Los historiadores cubanos han debatido durante medio siglo cuál fue la principal motivación de Fidel Castro al girar hacia el comunismo y aliarse a la Unión Soviética. No hay consenso sobre si aquella maniobra audaz, que creaba un campo de batalla de la guerra fría a unos kilómetros de Florida, fue resultado de una convicción ideológica, de un cálculo geopolítico, de una estrategia defensiva o una mezcla de estas tres opciones. Lo cierto es que aquel camino, en 1961, no era el único y que quienes lo tomaron no respondían a una demanda popular, a una presión desde las élites políticas o a una expansión de la hegemonía soviética –Moscú, como Washington, se hubiera conformado con una revolución a la mexicana–. La ideología habanera en aquellos años gravitaba, mayoritariamente, hacia la izquierda nacionalista democrática, predominante en América Latina, y el marxismo-leninismo era una doctrina que, con mayor o menor flexibilidad, manejaba un pequeño círculo de intelectuales.

La elección del modelo comunista en Cuba fue, por tanto, un acto de voluntad, racional e indeterminado. Imaginar qué habría pasado si Fidel Castro y sus colaboradores más cercanos no hubieran elegido esa vía deja, entonces, de ser un tópico de la historia contrafactual y se convierte en un evento de la historia revolucionaria real. La mayoría de los líderes de la oposición y el exilio cubanos, en las dos primeras décadas del socialismo, es decir, de 1960 a 1980, por lo menos, pensaba que aquella revolución nacionalista y democrática, inscrita en la izquierda no comunista latinoamericana, era el curso natural que debió seguir la historia contemporánea de Cuba y que el giro al marxismo-leninismo era, en propiedad, una ruptura del consenso ideológico que había logrado la caída de Batista.

De no haberse producido ese golpe de timón, la historia, ya no de Cuba, sino de América Latina y sus relaciones con Estados Unidos y Europa, habría sido distinta. La guerra fría no habría tenido un capítulo latinoamericano tan intenso sin la Cuba socialista. A pesar de los graves problemas sociales y económicos de la región, es difícil imaginar que se hubiera producido un choque frontal, tan costoso, como el de las izquierdas revolucionarias y las dictaduras militares. Ambos fenómenos, el de las guerrillas latinoamericanas y el de los regímenes autoritarios, en los años 60 y 70, son inconcebibles sin la radicalización de las izquierdas populistas que impulsa el socialismo habanero y sin la reacción contra la misma que encabezan las élites, los ejércitos y Washington.

OTRA HISTORIA FUE POSIBLE

Sin un aliado de la Unión Soviética en el Caribe habría sido poco probable que la humanidad hubiera estado al borde de una tercera guerra mundial, esta vez atómica, en 1962, o que el Gobierno de Estados Unidos hubiera tenido que dar cobijo a cientos de miles de exiliados cubanos y a respaldarlos en sus intentos por retomar el hilo de aquella revolución originaria. Sin una Cuba soviética, seguramente, no habría habido embargo comercial, ni Ley de Ajuste Cubano, ni éxodo permanente hacia Florida, ni Alianza para el Progreso, ni una cultura y una política cubanoamericanas tan influyentes, ni un Miami hispano que es ya una zona de contacto entre las dos Américas.

El triunfo de la Revolución Cubana coincidió con el proceso de descolonización en África y Asia, con la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos y con la articulación de una nueva izquierda occidental, como la que protagonizó el movimiento estudiantil de 1968. La relación del socialismo cubano con esos fenómenos no siempre fue fluida, ya que la alianza con Moscú limitaba a La Habana en la práctica de una izquierda heterodoxa. Esa relación se produjo, en buena medida, a través de la figura del Che Guevara, quien desde finales de 1963 desempeñaba un papel marginal dentro de la clase política cubana. El guevarismo fue un movimiento de la izquierda latinoamericana que compartía sólo una parte del programa del socialismo cubano, toda vez que la sovietización de este último era rechazada por el Che ¿Habría existido guevarismo en América Latina sin una Cuba socialista? Tal vez.

Otro tópico recurrente en los discursos de la izquierda latinoamericana contemporánea es el que atribuye al socialismo cubano la emergencia, en la última década, de movimientos y liderazgos como el de Lula en Brasil, Chávez en Venezuela o Morales en Bolivia. Algo de cierto hay en tal percepción, sobre todo, si se toma en cuenta que esos tres líderes son amigos de Fidel Castro desde antes de llegar al poder y viajaron con frecuencia a La Habana mientras formaban parte de la oposición en sus respectivos países. Pero, a diferencia del Chile de Allende o de la Nicaragua del Frente Sandinista, las nuevas izquierdas latinoamericanas, incluida la chavista, se reconocen ideológica e institucionalmente más en la tradición del nacionalismo democrático que en la del marxismo-leninismo. De ahí que el vínculo genealógico de esas izquierdas con el socialismo cubano no pase de ser un gesto retórico de “solidaridad con Cuba”.

En las ideas políticas y en la estrategia pública, las nuevas izquierdas latinoamericanas deben más a la revolución mexicana que a la cubana. Ninguna de esas izquierdas ha propuesto la estatalización de la economía, la creación de un partido único, la ilegitimidad de la oposición, la ausencia de libertades públicas o el enfrentamiento con Estados Unidos. Ninguna de esas izquierdas ha adoptado el marxismo-leninismo como ideología de Estado ni ha acomodado sus políticas educativas y culturales a una rígida filiación doctrinal. Sin embargo, los líderes de esas izquierdas, con el fin de satisfacer a los sectores más radicales que los apoyan y de marcar distancia con Washington, se presentan como herederos de la Revolución Cubana.

Desde otro ángulo de la historia política, es posible pensar que, aunque el socialismo insular deja un legado inservible para los gobiernos latinoamericanos, aún funciona como símbolo de un proyecto de equidad social y resistencia a la hegemonía de Estados Unidos. Ese símbolo no está exento de negatividad, puesto que para los gobiernos de la izquierda latinoamericana, Cuba representa lo que no se debe hacer con tal de avanzar en materia de justicia y soberanía: poner toda la economía en manos del Estado y enfrentarse a Washington. Pero aún así, el símbolo funciona, sobre todo, como una manera expedita de controlar a las oposiciones internas de la izquierda radical y de proyectar una diplomacia autónoma.

Cuando los ideólogos de la isla insisten en que, gracias al socialismo cubano, las nuevas izquierdas latinoamericanas han logrado constituir opciones de gobierno responsable, no dejan de tener razón. Sólo que en la afirmación de una paternidad simbólica ante esas izquierdas, los socialistas cubanos ocultan la discontinuidad institucional que esos gobiernos manifiestan con respecto al modelo insular. El socialismo cubano, con su partido único y su economía de Estado, no pertenece a la familia política de las nuevas izquierdas latinoamericanas sino a la vieja estirpe de los comunismos de Europa del Este. Si ese socialismo finalmente se decide a parecerse a sus izquierdas vecinas, entonces aquel pasado virtual se volverá real y Cuba dejará de ser una excepción latinoamericana.



II.
  Primer Comentario de Carlos Alzugaray
el lunes primero de diciembre del 2008

En su artículo "Un pasado

Enviado por Carlos Alzugaray (no verificado) el Lun, 01/12/2008 - 21:50.

En su artículo "Un pasado virtual", Rafael Rojas hace una afirmación sumamente discutible, en el mejor de los casos: " . . . la historia diplomática de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba en 1959 y 1960 apunta a que Eisenhower y Kennedy estaban dispuestos a mantener el vínculo con un gobierno nacionalista, democrático o autoritario, que no se aliara con la Unión Soviética."

Dos acontecimientos claves indican que en fecha tan temprana como abril-mayo de 1959 la administración Eisenhower decidió seguir una política de cambio de régimen. Uno fue la visita de Fidel Castro a Washington en abril, la negativa del Presidente Eisenhower a reunirse con él y la bien conocida entrevista con Richard Nixon. El otro fue el ácido intercambio de notas verbales entre ambos países por la adopción en mayo de 1959 de la Reforma Agraria demandada por la Constitución del 40 y exigida por buena parte de la ciudadanía, asunto además incluido en todo programa político de gobierno, pero cuestionada fuertemente por el Departamento de Estado.

La administración de Eisenhower, definida por algunos politólogos norteamericanos como la 'hidden-hand presidency' por su propensión a la utilización de acciones encubiertas (vuelos U-2, derrocamiento de Mossadeg en Irán y acción en Guatemala) comenzó a trabajar activamente para organizar a los grupos de exilados cubanos en Estados Unidos en algún momento después de esa fecha y la CIA comenzó a organizar infiltraciones y actos de sabotaje. Para octubre de 1959 ya los planes estaban funcionando y Cuba vio una continuada acción de sabotaje económico que hoy sabemos fue organizado por la CIA. En diciembre el propio Presidente le exigió a Allen Dulles, director de la CIA, que adoptara medidas más 'drásticas' contra Cuba que las infiltraciones y sabotajes y en marzo de 1960 aprobó el plan de la CIA para la realización de operaciones encubiertas que llevaran al 'derrocamiento del régimen de Fidel Castro en Cuba'.

Es bueno apuntar que aunque el primer contacto cubano-soviético tuvo lugar en octubre de 1959 cuando Alejandro Alexeiev visitó la Habana en un viaje de exploración, no hay record alguno de que Estados Unidos conoció este contacto o le dio importancia. Este viaje no condujo a nada hasta que el Vice Primer Ministro Mikoyan viajó a la Habana en febrero de 1960, como resultado de lo cual se firmaron acuerdos económicos (ya antes de que Batista rompiera relaciones con la URSS durante su dictadura, Cuba había vendido azúcar a ese país). No fue hasta mayo de 1960 que Cuba restableció relaciones diplomáticas con Moscú, pero ya los planes de cambio de régimen estaban en pleno funcionamiento.

En abril del mismo año un memorándum interno del Departamento de Estado propuso la adopción de sanciones económicas que llevaran al 'hambre, la desesperación y el derrocamiento del gobierno'.

Eisenhower rompió relaciones con Cuba en enero de 1961 antes de entregarle el poder a Kennedy. Kennedy aprobó todo lo hecho por Eisenhower y, después del fracaso de Playa Girón, recrudeció los planes de provocar el cambio de régimen poniendo al frente al General Edward Lansdale, el personaje real que dio pie al ficticio "americano feo" de Graham Greene. El conocimiento de la existencia de estos planes sin dudas motivó la Crisis de los Misiles de octubre de 1962. Antes de la Crisis de Octubre de 1962, Che Guevara se reunió con Richard Goodwin, asesor de Kennedy para América Latina, durante la conferencia de Punta del Este en la cual se adoptó la Alianza para el Progreso. Allí le propuso un acuerdo de modus vivendi. Goodwin, en sus memorias, ha relatado que cuando informó a Kennedy al respecto, este se limitó a decirle que hiciera un informe de la reunión. Pero nada indica que Kennedy intentó un acercamiento a Cuba sino hasta después de la Crisis de Octubre de 1962 y lo hizo poco antes de ser asesinado en Dallas en noviembre de 1963. Unos meses antes de ello, sin embargo, firmó el decreto estableciendo el bloqueo económico, comercial y financiero a las relaciones con Cuba.

Estos hechos pueden comprobarse en los documentos Foreign Relations of the United States (FRUS) publicados por el gobierno norteamericano en 1991, la documentación sobre la CIA y la preparación de la invasión de Playa Girón (o Bahía de Cochinos) publicada por el National Security Archives y las memorias del último Embajador norteamericano en Cuba, Philip Bonsal.

Hay una famosa anécdota de una conversación de Allen Dulles con el Embajador británico en 1960 donde este último argumentó la conveniencia de evitar que Cuba comprara armas a la URSS (por el interés británico de venderle unos aviones, a lo que Eisenhower y su gobierno se opusieron) y Dulles respondió que eso era lo que el gobierno de Washington quería (evidentemente para tener una razón similar a la aducida en Guatemala).

Dr. Carlos Alzugaray Treto,
Profesor Titular,
Centro de Estudios Hemisféricos y sobre Estados Unidos (CEHSEU)
Universidad de la Habana, Cuba



III. Primera Réplica de Rojas a Alzugaray del 2 de diciembre de 2008

La historia, como cualquier
Enviado por Rafael Rojas (no verificado) el Mar, 02/12/2008 - 21:42.

La historia, como cualquier otra disciplina hermenéutica de las ciencias sociales se basa en argumentos "cuestionables", ya parte de la interpretación de hechos y no de la transcripción de los mismos. Los hechos que menciona Carlos Alzugaray son ciertos, pero no son los únicos que nos permiten comprender la complejidad de la política de Estados Unidos en los dos primeros años de la Revolución. Una política en la que intervinieron muchos actores: la CIA, el Pentágono, el Senado, el Dapartamento de Estado, la presidencia saliente de Eisenhower y la entrante de Kennedy. Sugiero a Alzugaray que considere los siguientes elementos:

1. Fidel Castro no tenía por qué ser recibido por el presidente Eisenhower en abril de 1959: él no era jefe de Estado, sólo era primer ministro, y su visita no era oficial, sino que respondía a la invitación de la Sociedad de Editores de Periódicos.

2. De esa visita salió el acuerdo económico entre Estados Unidos y Cuba y que firmaron ambos gobiernos el 2 de mayo de 1959, mientras Fidel estaba en Buenos Aires.

3. Tras la firma de la primera Ley de Reforma Agraria del 17 de mayo de 1959, el Departamento de Estado envió la nota diplomática del 11 de junio en la que se reconocía el derecho del Estado cubano a expropiar tierras por utilidad pública, aunque instando al gobierno revolucionario a que realizara compensaciones oportunas.

4. En octubre de 1959 hubo un intercambio de tensas notas diplomáticas entre ambos gobiernos, pero la interlocución entre el embajador Bonsal con el canciller Roa se mantuvo.

5. Con los cambios ministeriales de noviembre, varios políticos moderados y que, como Felipe Pazos, eran negociadores por la parte cubana de los acuerdos económicos y comerciales iniciados en abril, quedaron fuera del gobierno y la política económica de la isla comenzó a ser manejada por líderes marxistas.

6. El 26 de enero Eisenhower pronuncia un discurso conciliatorio con el gobierno revolucionario, afirmando que hay señales inquietantes de radicalización pero que la Habana se mantiene dentro de las naciones democráticas del hemisferio. El embajador argentino Julio Amoedo hace gestiones mediadoras entre Washington y la Habana.

7. El 15 de marzo de 1960, después de la explosión de la Coubre y de que las relaciones con los soviéticos ya han avanzado bastante y que el liderazgo del gobierno revolucionario comienza a estar en manos de viejos y nuevos comunistas, el ministro de Hacienda Rufo López Fresquet intenta retomar la negociación diplomática con Washington.

8. El embajador Bonsal permanece en la Habana hasta el 29 de octubre de 1960, después que se han producido las principales nacionalizaciones y el conflicto por el refinamiento de crudo soviético y la suspensión de la cuota azucarera.

9. La ruptura de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba se produce el 3 de enero de 1961, después que el líder de la Revolución ha afirmado que es marxista-leninista y ha apostado por la alianza con la Unión Soviética, el rival de Estados Unidos en la guerra fría.

Nada de esto contradice que la CIA recibiera informes de que el Che Guevara y Raúl Castro eran comunistas, desde 1958, ni que desde el verano del 59, a instancias de exiliados cubanos -convencidos desde entonces que el gobierno revolucionario se radicalizaba en clave marxista- comenzara planearse el derrocamiento del régimen. Pero, como sabemos, la CIA sólo era una parte de aquella compleja construcción política y los actos de subversión comenzaron, en realidad en los primeros de los 60, cuando había suficientes evidencias de la radicalización comunista.

Entre otras fuentes bibliiográficas que suscriben esta interpretación, menciono que en la página 250 del más reciente libro de Louis A. Pérez Jr, Cuba in the American Imagination, se sostiene que la oposición del gobierno de Estados Unidos a la Revolución Cubana se inició en febrero de 1960, luego de que, durante el viaje de Mikoyan a la Habana, se diera a conocer el acuerdo comercial entre isla y la Unión Soviética.

Por todo lo anterior, su conclusión de que desde el verano de 1959 la política de Estados Unidos apostaba por un "cambio de régimen", también puede ser cuestionada.

Rafael Rojas


IV.  Segundo comentario (contrarréplica) de Alzugaray
el 9 de diciembre de 2008

Respuesta a Rafael Rojas
Enviado por Carlos Alzugaray (no verificado) el Mar, 09/12/2008 - 01:04.

Antes de responder a Rafael Rojas puntualmente, quisiera hacer varias apreciaciones de índole general:

Coincido con Rojas en dos apreciaciones holistas. En primer lugar, sobre el método histórico, resulta evidente que lo más que podemos hacer los investigadores es consultar los documentos y otras fuentes, algunas orales, e intentar reconstruir los hechos. En la mayor parte de los casos, los hechos están mediados por los recuerdos e intenciones de los actores no siempre reflejados perfectamente en las fuentes documentales y se prestan a disímiles interpretaciones, y entre una y otra alternativa hay distintas tonalidades. Raras veces un hecho histórico se nos presenta en forma clara y terminante, sobre todo cuando hay una consciente voluntad de ocultarlos. Sin embargo, hay ocasiones en que los hechos inclinan en una dirección u otra. La obligación del investigador e historiador es reconocer cuando una apreciación de determinado tipo puede ser discutible y matizarla adecuadamente para que el lector pueda profundizar y llegar a sus propias conclusiones, aunque no sean las del autor.

En segundo lugar, coincido en que no se puede ver a un gobierno como un actor racional único. Esta imagen que prevaleció en el campo de la historia y la teoría de las relaciones internacionales, a partir de la corriente realista/neorrealista ya ha sido muy cuestionada y abandonada, hasta por la corriente que la formuló. Así que no hay duda que en cualquier gobierno pueden existir posiciones y acciones distintas en los diferentes órganos. Acepto pues que haya diferencias entre el Departamento de Estado y la CIA. Pero en el caso que nos ocupa hay que buscar elementos que nos permitan apuntar cual de los dos órganos del Estado norteamericano reflejaba más fielmente las intenciones del Primer Mandatario y de su entorno cercano.

En el caso que nos ocupa cualquier historiador debe tener en cuenta un rasgo específico de la Administración Eisenhower, la que, a todas luces, diseñó una política hacia Cuba que ha sido prácticamente la misma en sus objetivos e instrumentos hasta nuestros días, quizás con la excepción del breve período de la Administración Carter entre 1977 y 1981. La Administración Kennedy lo único que hizo fue seguir la política y llevarla a sus últimas consecuencias con los resultados bien conocidos. Solo después de la Crisis de 1962(de los Misiles, de Octubre o del Caribe, según la perspectiva de los que narran los acontecimientos). Los objetivos han sido, en primer lugar, buscar y lograr lo que hoy se denomina como ‘cambio de régimen’ y, en segundo lugar, ‘contener’ el modelo cubano y no permitir lo que el Presidente Kennedy llamó ‘segundas Cubas’ en el hemisferio occidental. Los instrumentos han sido multifacéticos (económicos, políticos, diplomáticos y hasta militares) y en ese afán se han cometido innumerables violaciones del derecho internacional y de la soberanía de Cuba. Estas acciones en ocasiones han llegado a caer francamente en casos de terrorismo. Como resultado de ello se han causado enormes daños a la nación cubana.

De la lectura de los documentos disponibles se puede concluir que el Presidente Eisenhower hizo un esfuerzo especial por mantener en la mayor discreción posible los pasos dados para derrocar al gobierno cubano, incluyendo los planes de asesinar al Primer Ministro, Fidel Castro porque estaba consciente de la ilegalidad y/o ilegitimidad de los mismos. Incluso en una ocasión advirtió a todos los miembros del Consejo de Seguridad Nacional que lo allí discutido sobre Cuba no podía ser de conocimiento de nadie más.

Ese rasgo específico de la Administración Eisenhower está basado en la práctica del ‘plausible denial’ o ‘denegación plausible’ adoptada por la Agencia Central de Inteligencia en época de Allen Dulles, colaborador estrecho de Eisenhower, con el fin de llevar a cabo operaciones encubiertas que, si fueran descubiertas, podría ser negado su conocimiento por parte de las altas esferas del gobierno. Entre las operaciones que tuvieron estas características en la década de 1950 estuvieron los vuelos de espionaje de los aparatos U-2 sobre la Unión Soviética, el derrocamiento del Gobierno de Arbenz en Guatemala y el de Mohamed Mossadeg en Irán. Estas prácticas fueron muy criticadas después del escándalo Watergate y de la investigación del Comité Senatorial Church en 1977.

La eficiencia y extensión de la práctica de la denegación plausible durante la Administración Eisenhower llevó al politólogo Fred I. Greenstein a escribir su libro The Hidden-Hand Presidency: Eisenhower as Leader, calificado en los siguientes términos por la revista The Economist: “Some books, like some scientific theories, have the capacity to alter people's whole way of looking at the world. Such a book is 'The Hidden-Hand Presidency.' To read it is to discover, among other things, that everything you ever believed about Dwight Eisenhower as president of the United States is wrong”. El nivel de ocultamiento de los verdaderos objetivos  y políticas hace que cualquier investigación histórica del período tenga que ser muy cuidadoso en el manejo de fuentes y contextos.

Aunque Rojas no se refiere a ello, un elemento importante de cualquier hecho histórico es el de incorporar análisis que sitúan los hechos en contextos más amplios que demuestran pautas de comportamiento.

Tal es el caso del historiador norteamericano que Rojas cita y que sin dudas ha sido el que más ha estudiado y escrito sobre la relación cubano-norteamericana y de cuya seriedad caben pocas dudas: Louis A. Pérez Jr., J. Carlyle Sitterson Professor de Historia y Director del Instituto para el Estudio de las Américas de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, recientemente electo a la Academia Nacional de Artes y Ciencias de Estados Unidos. En su última obra sobre el tema, aparecida hace unos meses – Cuba in the American Imagination: Metaphor and the Imperial Ethos –, después de hacer un largo recorrido histórico analítico sobre esta relación entre ambiciones y realidades hegemónicas por parte de Estados Unidos y ansias de libertad e independencia por parte de Cuba, refiriéndose a la Revolución, Pérez afirma que la mera propuesta de una Cuba para los cubanos, esto es, cubanos ya no dispuestos a acomodarse a las necesidades norteamericanas, era muy difícil de contemplar para los norteamericanos. (Página 240) Los Gobiernos en Washington se habíaN acostumbrado a intervenir en los asuntos internos cubanos y determinar los acontecimientos, como lo había demostrado la fallida Revolución de 1933 y la llamada ‘mediación’ de Sumner Welles, que resultó en la caída del gobierno de Grau/Guiteras y en el surgimiento de Batista como figura política clave entre 1933 y 1958.

El debate gira en torno a la posición de Estados Unidos respecto al movimiento revolucionario dirigido por Fidel Castro. Lou Pérez, en su obra The United States and Cuba: Ties of Singular Intimacy, llega a la conclusión que ya en diciembre de 1958, con el envío de un emisario a Batista, William Pawley, un amigo personal del Presidente Eisenhower, quedaba claro que Estados Unidos se oponía a la llegada de Fidel Castro al poder. (Ver 3ª edicion, University of Georgia Press, 2003, página 237)

En mi libro Crónica de un Fracaso Imperial, editado en 1999 y que verá su segunda edición cubana este año, demuestro que durante todo 1958 el Gobierno de Eisenhower trabajó para evitar el triunfo de Fidel Castro con distintas tácticas. El que fueran fallidas no niega que las utilizaron con toda intención. Es evidente que el Embajador Smith (que no era un profesional de carrera) y la Misión Militar (unos 30 oficiales en el Estado Mayor del Ejército de Batista) eran partidarios de apoyar a Batista hasta el final y fortalecerlo en la medida de lo posible. El Departamento de Estado y la CIA, sobre todo después de mediados de 1958, buscaban sustituir a Batista por un gobierno más aceptable ya fuera a través del cambio electoral (ya imposible para esa fecha) o la sustitución del dictador por una Junta Cívico Militar aprobada por él y constituida por sus allegados. El 23 de diciembre de 1958, el Secretario Interino de Estado, Christian Herter, envió al Presidente un memorándum resumiendo las cuestiones principales de la situación en Cuba y de la política que había seguido y estaba siguiendo el Departamento de Estado hacia la Isla. En él se afirmaba:

“En resumen, no creemos que Batista tenga posibilidad alguna de establecer a su sucesor firme y pacíficamente en el Gobierno, el 24 de febrero de 1959. Por tanto, estamos tratando de fomentar, por todos los medios disponibles sin llegar a una intervención abierta, una solución política en Cuba que mantenga al movimiento de Castro fuera del poder, garantice la exclusión efectiva del poder de los odiados elementos del régimen batistiano, permita al presidente Batista y a su familia retirarse de la escena cubana de una forma protegida, y que resulte en un Gobierno basado ampliamente en el consentimiento y el apoyo populares.” (Memorándum del secretario de Estado Interino Christian Herter al presidente Dwigh D. Eisenhower, del 23 de diciembre de 1958 en Department of State, Foreign Relations of the United States, 1958-1960. Volume VI, Cuba, Washington: United States Government Printing Office, 1991, página 307).

El triunfo del movimiento revolucionario encabezado por Fidel Castro fue una sorpresa para el gobierno de Estados Unidos, que no tuvo otro remedio que aceptar la realidad que se le imponía. Se inició un período que he calificado de ‘cauteloso escepticismo crítico’ por parte de Estados Unidos hacia Cuba. Esta etapa fue de poca duración. La aprobación formal del ‘Programa de acción encubierta contra el régimen de Castro’ ocurrió el 17 de marzo de 1960 pero este no fue otra cosa que la materialización en acciones concretas de una decisión tomada en algún momento de 1959. Hago esta afirmación después de una cuidadosa búsqueda y comparación de distintas fuentes. La naturaleza muy opaca mediante la cual el Presidente Eisenhower llevaba a cabo su proceso de toma de decisiones, sobre todo cuando se trataba de operaciones encubiertas con el fin de garantizar la denegación plausible, hace que sea muy difícil encontrar lo que pudiera llamarse la pista clara o el ‘smoking gun’ como dirían nuestros colegas estadounidenses.

En apoyo de lo anterior quisiera citar textualmente de mi tesis doctoral aún no publicada:

“El proceso por el cual se fue elaborando esta política no fue lineal ni exento de contradicciones. A partir de una estrecha coordinación entre el Departamento de Estado y la Agencia Central de Inteligencia, otros organismos del Estado imperial se fueron incorporando a los planes a lo largo del período. A diferencia de lo sucedido durante 1958, se alcanzó un alto grado de coherencia y concertación entre todos los factores. El gobierno norteamericano no podía ocultar su hostilidad ante las nuevas autoridades cubanas, sobre todo frente al sector revolucionario, representado fundamentalmente por los principales jefes guerrilleros: Fidel Castro, Ernesto Che Guevara, Raúl Castro, Camilo Cienfuegos y otros. Durante 1959 fue emergiendo poco a poco ‘dentro de la rama ejecutiva un consenso favorable al enfrentamiento a escala bilateral y, subsecuentemente, regional y global.’ (Morris Morley, Imperial State and Revolution. The United States and Cuba, 1952-1986, Cambridge: Cambridge University Press, 1987, páginas 72-73.)

“La única nota que por momentos sonó disonante era la que emitían, desde la Habana, el Embajador Bonsal y sus principales colaboradores. Aunque no se llegaron a reproducir las fuertes contradicciones entre Smith y el Departamento de Estado, los documentos sí reflejan que Bonsal, Braddock, Topping y otros funcionarios, aún cuando estuvieron esencialmente de acuerdo con la política y la ejecutaron sin ningún tipo de ambigüedades, siempre fueron partidarios de un curso de acción más prudente, cauteloso y, pudiera decirse, constructivo.

“Todos los hilos conductores de esta entreverada madeja no están aún a la vista. Mientras que en lo que respecta al Departamento de Estado, la publicación de una amplia documentación permite marcar las distintas etapas, ello resulta difícil en el caso de la CIA, cuyas actividades en Cuba durante 1959 siguen envueltas en una densa nube de misterio, salvo por aquellas operaciones que fueron conocidas y desarticuladas por la Seguridad del Estado de Cuba. Sin embargo, puede afirmarse, sin ninguna duda, que las acciones de la Agencia Central de Inteligencia contra Cuba comenzaron en el mismo año de 1959. En el propio Informe del Inspector General de la CIA sobre la operación de Playa Girón, publicado en Estados Unidos en febrero de 1998 gracias a los esfuerzos realizados por la organización no gubernamental National Security Archives (Archivos de Seguridad Nacional), se reconoce sin ambages que ‘la historia del proyecto cubano comienza en 1959.’ (Central Intelligence Agency, Inspector General’s Survey of the Cuban Operation -October 1961- (T.S. 173040) and Related Documents, Washington: National Security Archives, 1997, pág. 3 del documento TS –Top Secret– Nº 173040)

“Aunque resulta difícil determinar con exactitud, sobre la base de fuentes oficiales, el momento en que la CIA comenzó a actuar contra la Revolución con todo su arsenal de acciones encubiertas, es presumible, que lo hizo a partir de una fecha muy temprana en 1959. Esto puede deducirse perfectamente de los documentos publicados por el Departamento de Estado, pues en un balance que se hizo el 14 de enero de 1960 en la 432ª Reunión del Consejo Nacional de Seguridad, ante el Presidente Eisenhower y sus principales colaboradores, uno de cuyos objetivos centrales era el de adoptar una política hacia Cuba más coordinada y abarcadora sobre la base de un documento preparado por el Departamento de Estado, dos altos funcionarios del mismo, el Subsecretario para Asuntos Políticos Livingston T. Merchant y el Secretario Adjunto para Asuntos Interamericanos Roy Rubottom reconocieron que desde junio de 1959 se ‘había llegado a la decisión de que no era posible lograr nuestros objetivos con Castro en el poder’, poniéndose en marcha un programa que ‘el Departamento de Estado había estado elaborando con la CIA’ cuyo propósito era el de ‘ajustar todas nuestras acciones de tal manera que se acelerara el desarrollo de una oposición en Cuba que produjera un cambio en el gobierno cubano resultante en un nuevo gobierno favorable a los intereses de E.U.’ (Department of State, Foreign Relations of the United States, 1958-1960. Volume VI, Cuba, Washington: United States Government Printing Office, 1991, 742.)

Otros historiadores llegan a otras conclusiones. Morley, por ejemplo, en su obra citada (página 74) se muestra partidario de la hipótesis de que Eisenhower llegó a la conclusión de que había que hacer todo lo posible para derrocar a Fidel Castro en abril de 1959, para lo cual cita a Neil McElroy, Secretario de Defensa en 1959, en una grabación realizada para el proyecto de historia oral de la Biblioteca Eisenhower en Abilene consultado por Morley.

Vayamos a los puntos específicos de Rojas:

1.                  La visita de Fidel Castro a Washington en abril de 1959. La lectura de los documentos del Departamento de Estado citados y las memorias del Embajador Bonsal (Cuba, Castro, and the United States, Pittsburgh: University of Pittsburgh Press, 1971) sobre este punto demuestra que la parte norteamericana le dio suma importancia y se preparó exhaustivamente. Hubo varias reuniones entre el Presidente Eisenhower, que en algún momento sugirió que no se le diera la visa, y sus colaboradores. Incluso se pensó en pedirle a la Sociedad Nacional de Editores de Periódicos que le retirara la invitación.  Lo importante de esta visita fue la entrevista con el Vicepresidente Nixon y las conclusiones que este último sacara de las mismas, expuestas en un largo Memorándum. Se puede concluir tentativamente que los dirigentes estadounidenses que se reunieron con él confirmaron su criterio de que Fidel Castro no aceptaría el tipo de relaciones a que Estados Unidos estaba acostumbrado a tener con Cuba. En esto Fidel Castro fue explícito diciendo incluso que no iba a Washington a pedir ayuda económica. Sus colaboradores económicos fueron instruidos de no hacer ningún planteamiento de este tipo durante la visita.

2.                  La cuestión económica jugó un importante papel, pero se puede concluir que no fue en el sentido que le da Rojas. Los funcionarios del Departamento de Estado se prepararon efectivamente para llegar a acuerdos con el gobierno de Fidel Castro durante la visita de éste pero su objetivo era el de obtener concesiones de carácter político a cambio de una promesa de ayuda económica. A tal conclusión se puede llegar estudiando los documentos aparecidos en el volumen de Foreign Relations of the United States, publicado por el Gobierno norteamericano en 1991. (Véanse páginas 469-470)  El acuerdo económico al que hace referencia Rojas tuvo realmente poca importancia. Por otra parte, ya para estas fechas se comenzó a discutir en el seno del gobierno norteamericano la posibilidad de utilizar el tema de la cuota azucarera cubana como un instrumento de presión contra el gobierno cubano. (Véanse páginas 483-484)

3.                  Respecto a la Ley de Reforma Agraria. En el contexto histórico de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, el que la Embajada de Estados Unidos en la Habana demandara del gobierno cubano en nota oficial del 11 de junio el pago ‘rápido, adecuado y en efectivo’ en contraposición a la forma adoptada en la Ley – bonos pagaderos a 20 años al 4.5% de interés –, no podía si no ser interpretado por la parte cubana como una presión inaceptable. Por otra parte, el Canciller Roa, trasladado desde la OEA para ser designado en su nuevo cargo el 12 de junio, viajó el 22 a Washington para despedirse y se entrevistó con el Subsecretario de Estado Douglas Dillon, quien de forma velada pero clara le insinuó que de no resolverse el pago de las indemnizaciones exigido por Washington, ello podría afectar la aprobación de la Ley Azucarera y, por tanto, la cuota otorgada a Cuba.

4.                  En agosto de 1959 los servicios de inteligencia cubanos detectaron la participación de oficiales de la CIA acreditados como diplomáticos en la Embajada en la Habana en reuniones vinculadas a una conspiración contra Cuba organizada por el dictador de República Dominicana, Trujillo. Por esas mismas fechas fructificó una maniobra diplomática de Estados Unidos para convocar una reunión de consulta de Cancilleres de la OEA dirigida contra Cuba en Santiago de Chile.

5.                  Según el informe citado del Inspector General de la CIA, en septiembre esa institución comenzó el reclutamiento de emigrados cubanos a fin de entrenarlos para eventuales acciones encubiertas contra Cuba.

6.                  Según se deduce de los documentos citados del Departamento de Estado y de las memorias del Embajador Bonsal, ya para estas fechas, septiembre/octubre de 1959, el diplomático fue marginalizado del proceso de toma de decisiones. Mientras en la Habana el enviado intentaba producir un diálogo con el gobierno cubano, que fue reciprocado – el 3 de septiembre el Canciller Roa lo invitó a una cena con el Primer Ministro – la maquinaria del gobierno norteamericano se movía implacablemente hacia la política de cambio de régimen.

7.                  A mediados de septiembre Bonsal viajó en consultas a Washington y se le instruyó endurecer la posición de Estados Unidos. Paralelamente un documento de instrucciones de la USIA (Agencia de Información de Estados Unidos) indicó a las Embajadas norteamericanas en el hemisferio que hicieran todo lo posible por aislar a Cuba y estimular criterios negativos sobre el gobierno cubano.

8.                  El planteamiento conciliador de Eisenhower al que hace referencia Rojas tiene su historia. Fue el resultado de las gestiones del Embajador Bonsal quien, a partir de sus contactos en Cuba, intentaba buscar un clima más favorable, sobre todo porque en fecha reciente se había reunido con Fidel Castro, con el Presidente Osvaldo Dorticós y con el Canciller Roa y, a su criterio, se había llegado a una situación de diálogo favorable. A partir de esas apreciaciones logró que el Departamento de Estado aceptara proponerle a Eisenhower un pronunciamiento de esta índole, donde se enfatizaba el principio de no intervención para calmar al gobierno cubano. Pero este planteamiento, que tomó la forma de una declaración presidencial (no fue un discurso) no se pronunció hasta el 26 de enero de 1960. En sus memorias, Bonsal no pudo eludir lamentarse de que Estados Unidos rehusara atenerse al principio proclamado por su Presidente en ese documento y afirmó: ‘resulta muy claro que las medidas que el gobierno de Estados Unidos adoptó después con el propósito de derrocar a Castro produjeron resultados directamente contrarios a los anticipados’. (Op. Cit., página 124)

9.                  Un problema que agudizó las relaciones en el mes de octubre de 1959 fue la evidente impunidad con la cual avionetas pilotadas por ciudadanos cubanos emigrados a Estados Unidos volaban a Cuba procedentes de territorio norteamericano y lanzaban bombas incendiarias contra plantaciones de caña en vísperas del comienzo de la zafra azucarera. Hubo un caso de sobrevuelo no autorizado sobre la ciudad de la Habana sobre el cual el gobierno cubano afirmó que se lanzaron granadas, con pérdida de vidas. Por informes ambiguos de Allen Dulles al Presidente Eisenhower se puede concluir que la CIA no era ajena a esta actividad.

10.              El 5 de noviembre Herter envió un informe al Presidente Eisenhower en el que decía:

‘El Departamento fundamenta su recomendación de política en varias conclusiones, a las que se han llegado después de una meticulosa observación del régimen de Castro durante los últimos diez meses. Estas conclusiones son (a) que no hay una base razonable para sustentar nuestra política en la esperanza de que Castro adoptará voluntariamente políticas y actitudes consistentes con el mínimo de requisitos de Estados Unidos en materia de seguridad e intereses políticos; (b) que la prolongada continuación del régimen de Castro en Cuba en su actual forma tendrá serios efectos adversos en la posición de Estados Unidos en América Latina con la correspondiente ventaja para el comunismo internacional; y (c) que solo promoviendo dentro de Cuba una oposición coherente deseosa de alcanzar progreso político y económico dentro del marco de unas buenas relaciones Estados Unidos-Cuba puede moderarse o reemplazarse el régimen de Castro.’ (Departamento de Estado, op.cit., págs. 656-657)

Este documento fue aprobado por el Presidente Eisenhower el 9 de noviembre de 1959.

11.              Paralelamente con estos acontecimientos, el gobierno norteamericano movió todos sus recursos para bloquear que Gran Bretaña aceptara una propuesta de Cuba para sustituir unos anticuados aviones de combate de hélice Sea Fury, vendidos a Batista, por unos más modernos Hawker Hunter, teniendo en cuenta las crecientes tensiones con el régimen dictatorial de Trujillo en República Dominicana, al cual Londres había entregado ya este tipo de aviones.

12.              El 11 de diciembre, el Coronel J.C. King, Jefe de la División del Hemisferio Occidental de la CIA, elevó un memorándum sobre las acciones contra Cuba, que contó con el visto bueno de Richard Bissell, Subdirector para Planes, y que fue definitivamente aprobado por Allen Dulles al día siguiente. En el mismo se estableció como objetivo norteamericano: ‘El derrocamiento de Castro en un año y su reemplazo por una junta amiga de Estados Unidos que convocaría a elecciones para seis meses después de asumir el poder.’ (Central Intelligence Agency, 1997, pág. 5 del documento TS –Top Secret– Nº 173040)

13.              En ese mismo documento se consideró por primera vez la eliminación física de Fidel Castro: ‘Se debe dar una vasta consideración a la eliminación de Fidel Castro. Ninguno de los que están cerca de Fidel, tales como su hermano Raúl o su compañero Che Guevara (sic), gozan del mismo atractivo hipnótico sobre las masas. Mucha gente informada cree que la desaparición de Fidel aceleraría grandemente la caída del presente gobierno.’

14.              En el informe que sobre los planes de atentados contra Fidel Castro preparó en 1967 por instrucciones de sus superiores el Inspector General de la CIA, J.S. Earman, desclasificado en 1994 y publicado en 1996 por Ocean Press, no hay referencia alguna a este memorándum. En la primera página del mismo se afirmó: ‘Esta reconstrucción acerca de la vinculación de la Agencia con los planes para asesinar a Fidel Castro es, en el mejor de los casos, una historia imperfecta. Debido a la extrema sensibilidad de las operaciones discutidas o intentas, como cuestión de principio no se mantuvieron registros oficiales sobre el planeamiento, las aprobaciones o la puesta en práctica.’

15.              En sus memorias, el Embajador Bonsal dice lo siguiente sobre la situación a fines de 1959: ‘En diciembre pasé par de semanas en el Departamento de Estado participando en discusiones sobre la situación creada por Castro. Se examinaron y rechazaron o pusieron en compás de espera muchos cursos de acción posibles. El resultado fue una decisión de continuar con la actual actitud norteamericana de paciencia y circunspección en la esperanza de que los acontecimiento en Cuba más tarde o más temprano recompensaran esa actitud.’ (Bonsal, op. cit., página 117) Evidentemente, no se le dio al Embajador Bonsal la información necesaria sobre la política real.

16.              El 14 de enero de 1960 el Consejo de Seguridad Nacional abordó nuevamente el tema de Cuba en presencia de Eisenhower. En esa reunión el Asesor Nacional de Seguridad informó a los presentes que ya el Presidente le había dado instrucciones a la CIA unos días antes. No hay referencia en los documentos del Departamento de Estado al contenido de estas instrucciones, pero el investigador Piero Gleijeses, en una acuciosa investigación, pudo revelar que ante la propuesta de Allen Dulles de sabotear las instalaciones azucareras cubanas, Eisenhower estuvo de acuerdo con estas actividades, pero manifestó que ‘cualquier programa debía ser más ambicioso, y ya era hora de moverse contra Castro de una forma positiva y agresiva que fuera más allá de un mero hostigamiento.’ Así, ‘le pidió a Dulles que regresara con un programa más amplio.’ (Piero Gleijeses, ‘Ships in the Night: The CIA, the White House and the Bay of Pigs’, en Journal of Latin American Studies, Vol. 27, págs. 1-42, Cambridge, UK: Cambridge University Press, 1995) Esta decisión del Presidente creó las condiciones para que en definitiva fuera la CIA y no el Departamento de Estado la que presentara ante el Consejo de Seguridad Nacional el programa encubierto contra el Gobierno Revolucionario que fuera aprobado el 17 de marzo de 1960.

17.              Nótese que hasta ese momento no se puede hablar de una presencia soviética en Cuba fuera de lo habitual ni de un avance en las relaciones cubano-soviéticas, que comenzaron a desarrollarse a partir de la visita del Vice Primer Ministro Anastás Mikoyan a la Habana en febrero de 1960 al frente de una delegación comercial que también visitó México.

18.              El que dentro del proceso cubano hayan progresado mayormente las tendencias socialistas radicales no debe sorprender a alguien como Rojas, cuyas investigaciones y trabajos sobre Cuba demuestran un profundo estudio de la realidad nacional. Pero, en todo caso, eso obedece a una dinámica propia de la evolución de la sociedad cubana. En Tumbas sin sosiego, Rojas reconoce tres corrientes culturales importantes en Cuba, entre ellas la marxista. Los acontecimientos acaecidos en la Isla después de 1959 fueron conformando una determinada tendencia. Así resulta sorprendente que en su respuesta se mencione el elemento de que “el liderazgo del gobierno revolucionario comienza a estar en manos de viejos y nuevos comunistas” para principios de 1960, apreciación también bastante discutible.

19.              No quiero alargar este aporte mas allá de lo estrictamente necesario y ya es muy largo. Lo que creo que queda claro es que los documentos, memorias y demás fuentes conocidas hasta ahora no avalan la apreciación de Rojas inicialmente cuestionada en el sentido de que ‘la historia diplomática de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba en 1959 y 1960 apunta a que Eisenhower y Kennedy estaban dispuestos a mantener el vínculo con un gobierno nacionalista, democrático o autoritario, que no se aliara con la Unión Soviética.’ La adopción de una política de hostilización y cambio de régimen en Cuba fue un proceso aún oscuro pero del cual se puede afirmar con bastante certeza que entre mediados de 1959 y marzo de 1960 el Gobierno de Eisenhower, con su particular forma de hacer política en el estilo de la ‘mano encubierta’, fue adoptando una serie de medidas e imposibilitando una negociación razonable. Esto no tuvo nada que ver con la supuesta alianza con la Unión Soviética. Lo que molestaba a Estados Unidos como ha señalado Louis A. Perez en su más reciente obra a la que se hace referencia más arriba es enfrentarse por primera vez desde 1933 a un gobierno cubano que no se plegaba ante las presiones norteamericanas ni se dejaba manipular por ofertas económicas. Esto era inédito y difícil de comprender para Estados Unidos.

20.              Por mi parte, he llamado a este fenómeno el ‘síndrome de la fruta madura’ y me gusta simbolizarlo con la siguiente apreciación de las memorias de Bonsal:

“En la Cuba de antes de Castro, la desbordante presencia norteamericana en términos geopolíticos era un permanente recordatorio de la naturaleza imperfecta de la soberanía cubana. Valorada por algunos como una garantía de la estabilidad y el mantenimiento de lo que era en general una forma de vida satisfactoria, era rechazada por otros como una transgresión intolerable de la independencia y la dignidad del pueblo cubano. Yo sospecho que la mayoría de los cubanos pensantes la consideraban como un hecho de la realidad contra el cual era inútil luchar. Después de todo, ello significaba para Cuba un número de ventajas económicas aparentemente irremplazables.” (Bonsal, op. cit., página 9)

21.              Lamentablemente, esta narrativa de la sociedad cubana estaba muy lejos de ser real, las supuestas ventajas económicas alcanzaban solo a una parte minoritaria de la población. No deja de llamar la atención a quiénes se refiere Bonsal como los ‘cubanos pensantes’. Esto fue lo que llevó a Estados Unidos a adoptar una política contraproducente que lo único que hizo fue contribuir a la radicalización del proceso revolucionario.

22.              No puedo terminar este largo comentario sin hacer referencia a otro debate en que participa Rafael Rojas con el Profesor Arturo López Levy, de la Universidad de Denver, en una página web similar a ésta. Lo que me interesa subrayar es que tanto López Levy, como Pérez, como el que suscribe coincidimos en que la esencia del conflicto entre Cuba y Estados Unidos no obedece a la lógica de la Guerra Fría o a la alianza entre Cuba y la Unión Soviética, ese es el mito que se ha tratado de propagar sin ningún asidero en la práctica. Esa alianza, por cierto, estuvo plagada de diferencias y enfrentamientos. No tengo que coincidir con López Levy ni con Pérez en todo pero en al menos esa cuestión esencial estamos de acuerdo: el conflicto entre Cuba y Estados Unidos es un conflicto entre voluntad hegemónica de un lado y ansias de independencia y libertad del otro y lo que motivó a Estados Unidos a adoptar una política de cambio de régimen fue el desafío cubano. Si Rojas dice que concuerda más con las tesis de Pérez en Cuba in the American Imagination: Metaphor and the Imperial Ethos, entonces yo he estado leyendo a otro Rojas.


V.  Segunda contrarréplica de Rojas del 9 de diciembre del 2008

Respuesta a Alzugaray
Enviado por Rafael Rojas (no verificado) el Mar, 09/12/2008 - 18:37.

Intento responder a Carlos Alzugaray, en este espacio un tanto incómodo de los comentarios en Foreign Policy, hasta que una editorial o una revista del país de ambos, Cuba, se abra a polémicas como esta, en la que intervienen académicos e historiadores de la isla y de la diáspora, partidarios o críticos del gobierno cubano.

La historia de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, como demostraron varios historiadores republicanos (Ramiro Guerra, Herminio Portell Vilá, Emeterio Santovenia, Emilio Roig de Leuchsenring…) han estado marcadas por la hegemonía regional que Washington construyó en el siglo XIX y por la hegemonía mundial que alcanzó esa potencia en el siglo XX. A mediados del siglo XIX, Estados Unidos intentó anexar la isla, por medio de su compra o del respaldo a expediciones anexionistas. A fines de esa centuria intervino en la última guerra separatista y, luego de una ocupación militar y política de cuatro años, dejó una república con soberanía limitada.

Pero como también advirtieron esos mismos historiadores republicanos, la política de Estados Unidos hacia Cuba no siempre fue la misma y no siempre fue perjudicial para la isla. En Washington se produjo la Enmienda Platt, pero también la Joint Resolution, que reconocía el derecho a la soberanía plena de los cubanos. Estados Unidos ocupó Cuba entre 1898 y 1902 y entre 1906 y 1909, pero también contribuyó a la modernización insular en la primera década del siglo. La injerencia norteamericana, entre 1902 y 1959, fue permanente, pero en 1934 fue derogada la Enmienda Platt. Estados Unidos respaldó a Batista, pero en 1958 le retiró ese apoyo y en 1959 reconoció al gobierno revolucionario. En su último libro, Cuba in the American Imagination (2008), Louis A. Pérez Jr., sintetiza muy bien la íntima complejidad de esas relaciones:

"Armed intervention and military occupation; nation building and constitution writing; capital penetration and cultural saturation; the installation of puppet regimes, the formation of clientele political classes, and the organization of proxy armies; the imposition of binding treaties; the establishment of permanent military base; economic assistance –or not- and diplomatic recognition –or not- as circumstances warranted"

El historial hegemónico de Estados Unidos, en sus relaciones con Cuba y con toda América Latina, es incuestionable. Sin embargo, sería maniqueo y esencialista concluir, a partir de ese historial, que la nación cubana ha estado y estará siempre reñida con los intereses de su vecino. Esa ontología nacionalista es la que impide a la historia oficial analizar con flexibilidad las relaciones entre Estados Unidos y la Revolución Cubana durante todo 1959 y parte de 1960. Esos son los años en que se construye el diferendo diplomático entre ambos países, que persiste hasta hoy.

El relato nacionalista tiene una ventaja sobre el marxista: coloca la ideología en un segundo plano y abre mayores posibilidades de actuación pragmática para el gobierno cubano. Pero el relato marxista tenía una ventaja sobre el nacionalista y es que reconocía la responsabilidad de Cuba en el conflicto, dado que para los marxistas la confrontación con Estados Unidos no era una calamidad que había que lamentar sino una necesidad del posicionamiento ideológico de la Habana en el contexto de la guerra fría. Es por ello que algunos marxistas cubanos, en los años 70 y 80, pensaban que el conflicto con Estados Unidos debía ser administrado, mientras que los nacionalistas, en las dos últimas décadas, han apostado por un “antimperialismo” visceral.

Diferendo, entiéndase bien, es un concepto diplomático que alude a un desacuerdo en las relaciones entre dos países que conduce a la congelación o la ruptura de las mismas. Afirmar que existe un “diferendo” entre Estados Unidos y Cuba desde el Tratado de París o desde la Enmienda Platt o, más atrás, como acostumbra esa historia oficial, desde que Jefferson escribió que Cuba debía incorporarse a la federación norteamericana, es histórica y teóricamente incorrecto. En 1959, Estados Unidos y Cuba tenían buenas relaciones diplomáticas y comerciales: Philip Bonsal era embajador en la Habana y Ernesto Dihigo embajador en Washington. De ahí que el diferendo entre ambos países deba ser fechado: las relaciones se congelaron en la primavera del 60, hicieron crisis en el verano de ese año y se rompieron en enero de 1961.

Estados Unidos reconoció al gobierno revolucionario cubano el 7 de enero del 59, es decir, al día siguiente de haberse instalado el gabinete en Palacio Presidencial. Entre enero y julio de ese año, el embajador Bonsal tuvo constantes encuentros con el presidente Urrutia, con el canciller Agramonte y con el propio Castro, a quien recibió en el aeropuerto de la Habana, el 4 de mayo, tras el regreso del comandante de su primera visita a Estados Unidos. Durante esos meses, Bonsal envió al Departamento de Estado informes favorables de estos políticos, asegurando que no eran comunistas, insistió en la importancia de avanzar en el “acuerdo económico para el desarrollo”, firmado por los dos países el 2 de mayo, e instó a Washington a que aceptara la reforma agraria, cosa que Washington hizo por medio de la nota del 11 de junio.

Bonsal, con el apoyo de varios funcionarios del Departamento de Estado, intentó contener la presión que comenzaban a ejercer sectores exiliados cercanos a la CIA y que, a partir de las crisis provocadas por la deserción de Díaz Lanz, la renuncia de Urrutia y la dimisión de Huber Matos, entre junio y octubre del 59, reiteraban la acusación de que el gobierno giraba al comunismo y cuestionaban los arrestos y fusilamientos. A pesar de que, en los últimos meses del 59, hubo intercambio de notas duras entre la cancillería cubana y el Departamento de Estado y de que la inquietud crecía en Washington por los cambios ministeriales de noviembre -salida del gobierno de líderes moderados como Manuel Ray, Felipe Pazos, Faustino Pérez y Enrique Oltuski, y ascenso de líderes marxistas, como Ernesto Guevara y Osmany Cienfuegos- la interlocución diplomática entre Bonsal y el canciller Roa se mantuvo.

La mejor señal de que, pese a todo, las relaciones entre ambos países podían salvarse, en enero de 1960, fue el comunicado conciliatorio de Eisenhower, agradeciendo la mediación ante el gobierno cubano realizada por el embajador argentino en Cuba, Julio Amoedo. Eisenhower había pedido a Amoedo que tratara de llegar a un acuerdo con el gobierno cubano sobre el tema de las confiscaciones de bienes norteamericanos en la isla. Washington solicitaba el reconocimiento del derecho a obtener una indemnización por parte de los ciudadanos norteamericanos expropiados, e incluso estaba dispuesto a adelantar el dinero necesario -unos 300 millones de dólares- a fin de dejar a salvo el principio de la indemnización. Una semana después de este comunicado, llegaba a la Habana Anastas Mikoyan, el primer ministro soviético, para inaugurar una exposición de logros científicos y firmar un acuerdo comercial.

Según el tratado entre Cuba y la URSS, Moscú se proponía comprar 100 millones de toneladas de azúcar anuales, entre 1960 y 1965, y concedía a la isla un crédito de cien millones de dólares para la construcción de plantas industriales. Este acuerdo con la URSS, en febrero del 60, y otro con la RDA, a principios de marzo de ese mismo año, fueron recibidos por la administración Eisenhower como ofensas. El gobierno cubano no sólo no aceptaba la mediación de Amoedo sino que avanzaba en la alianza con los principales rivales de Estados Unidos en la guerra fría. Todavía el 15 de marzo de ese año, el ministro de hacienda Rufo López Fresquet, según él mismo relatara, intentó retomar la negociación entre ambos países y, ante la negativa de Castro, renunció a su cargo. El 17 de marzo, Eisenhower autorizó a la CIA para que planeara –no ejecutara- el derrocamiento del gobierno cubano, aunque el Departamento de Estado, hasta octubre de ese año, trató de mantener abiertas las vías diplomáticas.

Entre marzo y junio -cuando se producen las confiscaciones de Texaco, Esso y Shell, tras el lógico rechazo de estas a procesar crudo soviético- las nacionalizaciones de medios de comunicación, bancos e industrias y los acuerdos diplomáticos y comerciales entre Cuba y varios países del campo socialista fueron tan acelerados que sólo pudieron responder a una estrategia concebida antes del 17 de marzo, cuando Eisenhower dio luz verde a la CIA. La confrontación con Estados Unidos no fue, por tanto, una consecuencia inesperada o una reacción desproporcionada de Washington, sino un elemento constitutivo del nuevo proyecto político cubano. La revolución nacionalista democrática de 1959 buscaba un reajuste soberano de las relaciones con Estados Unidos. La revolución socialista estatalizadora, que se consumó en abril del 61, suponía la ruptura con Washington y la alianza con Moscú.

Cuando Eisenhower se decidió a autorizar los primeros planes subversivos, ya el liderazgo de la oposición y el exilio cubanos estaba compuesto, en su mayoría, por partidarios de la revolución nacionalista y democrática de 1959. Tras el discurso del 1° de mayo de 1960, en que Fidel Castro lanzó la consigna de “elecciones para qué”, se creó el Frente Revolucionario Democrático, la principal coalición opositora. Sus integrantes no eran batistianos sino revolucionarios anticomunistas, una orientación ideológica constitutiva de la insurrección contra el antiguo régimen. Es cierto que muchos nacionalistas revolucionarios respaldaron el socialismo por sentimientos patrióticos. Pero no es menos cierto que quienes se opusieron a ese sistema luchaban por las ideas de la primera revolución.

Los diferendos, al igual que los acuerdos, son construcciones bilaterales. La fractura de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba en 1960 fue un proceso en el que intervinieron ambos gobiernos y no una coronación histórica del “anexionismo” norteamericano. La política de Estados Unidos hacia América Latina y el Caribe, durante la guerra fría, tenía reglas claras, que iban desde la ortodoxia macarthysta hasta la colaboración con gobiernos de la izquierda democrática. El segundo gobierno revolucionario cubano, que emerge de las remociones ministeriales de noviembre del 59, eligió, racional e ideológicamente, no contrarrestar o equilibrar esa política, como habían intentado Perón, Vargas o Cárdenas, sino confrontarla, aliándose con el rival de Estados Unidos en la guerra fría.

Si esa elección se oculta en el análisis histórico, entonces se reproduce el mito del pobre país caribeño, víctima perpetua del imperio vecino. Ese mito, además de colonial, es teleológico y ahistórico, ya que atribuye a ambos actores, Estados Unidos y Cuba, una identidad inmutable, siempre dada, que prefigura un mismo patrón de comportamiento. Hay cuestiones básicas, como la soberanía o la democracia, que siempre serán prioritarias para ambos países, pero la manera de entender esos conceptos no siempre ha sido la misma en la historia de Estados Unidos ni en la historia de Cuba. Esas historias, contrario a lo que supone el relato oficial, no han sido siempre continuas.

Los tres componentes básicos del conflicto bilateral no son “eternos” sino que están ligados al contexto de la guerra fría: 1) la obstrucción del comercio entre ambos países por la estatalización de la economía de la isla y el embargo decretado por Washington el 19 de octubre de 1960; 2) la confrontación ideológica y política, provocada por la creación de un régimen de partido único, que ilegaliza y reprime opositores y que genera un numeroso exilio en Estados Unidos; y 3) la tensión militar generada por la alianza defensiva con la URSS, la oposición violenta del exilio, la CIA y la Casa Blanca y el respaldo de Cuba a las izquierdas también violentas de América Latina y el Tercer Mundo.

De esos tres temas, sólo el último ha quedado plenamente descontinuado después de la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la URSS. La guerra fría terminó desde 1992, pero la única manifestación clara de esa nueva era, en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, es la ausencia de oposición violenta, la pacificación de las izquierdas latinoamericanas y el reconocimiento, por parte del Pentágono, de que Cuba no representa una amenaza a la seguridad de Estados Unidos. Los otros dos puntos originarios del conflicto siguen vivos: la economía cubana está en manos del Estado y la política de la isla sigue siendo totalitaria.

Desde el punto de vista de la historia diplomática es muy cuestionable la tesis de Carlos Alzugaray de que Estados Unidos, en 1959, apostaba por un "cambio de régimen" en Cuba. Esa política es posterior, toda vez que fue implementada cuando el régimen, en efecto, cambió: la Revolución Cubana en 1960 dejó de ser democrática para convertirse en totalitaria. Luego de que ese cambio de régimen se produjo la política de Estados Unidos se volvió subversiva.


VI.  Tercer comentario
(contrarréplica de Alzugaray el 23 de diciembre de 2008)

Tercer comentario a Rafael Rojas
Enviado por Carlos Alzugaray (no verificado) el Mar, 23/12/2008 - 19:24. Respuesta a Rojas (tercer comentario)

NOTA ACLARATORIA: Pido disculpas a los lectores de esta controversia por la extensión de este comentario a Rafael Rojas, el tercero. Espero que se comprenda que dada la amplitud de las afirmaciones de éste, resulta imposible hacerlo en un espacio menor. Por otra parte, notarán los lectores que algunas citas son textuales del inglés y otras son interpretaciones del que suscribe y así lo he consignado. La regla que he seguido es utilizar el español cuando dispongo de la versión ya traducida, pero no he realizado traducciones nuevas. CAT

Intervengo una vez más en este espacio de comentario para responder la última contrarréplica de Rafael Rojas a mi extensa (quizás demasiado extensa) réplica. Con esta respuesta (qué también será demasiado extensa) concluiré mi participación en este espacio, aun cuando Rojas vuelva a responder posteriormente. Ya en junio-septiembre de 1998 sostuve un debate similar con colegas estadounidenses en la lista de discusión H-DIPLO y no pretendo repetir la valiosa pero extenuante experiencia. El archivo se tituló originalmente Crimes Against Humanity y se transformó en Cuba and the United States. Consta de más de 300 mensajes. Cualquier interesado puede consultarlos mediante una búsqueda en http://www.h-net.org/~diplo/. Está en inglés pero tiene mucha más información que este debate con Rojas. Coincido en que resulta incómodo pero también es útil. No tengo inconveniente en que este intercambio se publique en Cuba (donde yo vivo), México (donde vive Rojas), Estados Unidos o donde sea. Sugeriría que ambos hagamos esfuerzos por publicarlo en estos tres países y en España, donde tiene su sede Foreign Policy en español. Me pregunto si Rojas lograría que este debate se publicara sin censura en Letras Libres en México o España o en El País en España, publicaciones que suelen darle a él un amplio espacio pero que raras veces le dan espacio a los escritores cubanos. Desde ya, siempre y cuando se publiquen mis comentarios sin censuras, los declaro de Libre Acceso para que se puedan utilizar en cualquier publicación que estime que este debate pueda interesar.

Con su peculiar estilo en el que mezcla afirmaciones discutibles no sustentadas en hechos o documentos verificables, generalizaciones pretendidamente teleológicas y teorizaciones que aspiran ser de alto vuelo, Rafael Rojas intenta que se acepte una narrativa de las relaciones cubano-norteamericanas entre 1959 y 1960 que se asienta en los siguientes elementos centrales: la administración Eisenhower fue víctima de una conspiración para afectar los legítimos intereses norteamericanos en Cuba entre el gobierno de Fidel Castro y la Unión Soviética; aunque estaba justificada en proceder como lo hizo, sólo actuó contra Cuba a regañadientes y movida por la lógica de la Guerra Fría; y aprobó reticentemente planear PERO NO EJECUTAR el plan de la CIA que desembocó en la fallida invasión de Bahía de Cochinos.

Los villanos de esta historia, por supuesto, somos los revolucionarios cubanos que, imbuidos de una vocación totalitaria, de una interpretación ahistórica y de una voluntad teleológica, lanzamos irresponsablemente al país a las garras del comunismo internacional sin darnos cuenta que podíamos convivir con ese gobierno de Eisenhower que, según el relato de Rojas, es inocente de cualquiera de las acusaciones que se han lanzado contra él y disponía de amplia tolerancia hacia gobiernos que no compartieran sus visiones e intereses. Si de historias oficiales se trata, la construida por Rojas no está muy lejos de ser la que cualquier miembro del gobierno de Estados Unidos suscribiría. Particularmente de esa administración que derrocó al gobierno democrático de Arbenz en Guatemala en beneficio de la United Fruit Company, que organizó un golpe de estado contra el Primer Ministro Mossadegh en Irán para servir los intereses de las multinacionales petroleras, y que violó reiteradamente el espacio aéreo de la Unión Soviética con vuelos espías U-2 hasta que fue derribado uno de ellos, pretendiendo todo el tiempo que nada de eso era responsabilidad directa del Presidente. Rojas colabora perfectamente con la doctrina oficial de la “desmentida plausible”, o sea “la mano escondida”. Firme cómplice de la “gatica de María Ramos”, la que “tira la piedra y esconde la mano”, según el refranero popular cubano.

Respondo a esta versión de la historia con los siguientes elementos factuales y criterios basados en documentos, memorias o investigaciones de seriedad reconocida:

1. Sobre la política de Estados Unidos hacia Cuba en el siglo XIX. La intervención norteamericana en la Guerra de Independencia de 1895 fue el último capítulo decimonónico de una larga historia que comienza con la carta de Jefferson a Madison en 1809 advirtiendo que Cuba es la más importante adquisición que pueda hacer Estados Unidos a su territorio y la “doctrina de la fruta madura” en 1823, formulada por John Quincy Adams, intentando justificar el apoderamiento de Cuba como una cuestión ineluctable, igual a una ley física. Tanto Lou Perez, como otros historiadores, entre los que está el que suscribe, son del criterio, a partir de las fuentes documentales, que esta fue una constante de la política norteamericana hacia Cuba en el siglo XIX: evitar la independencia, mantener a Cuba bajo el imperio español e intentar comprarla o adquirirla y si no, esperar a que ‘”a fruta madurase.”

2. Lou Perez, el autor preferido por mi adversario, lo formuló así en su más reciente obra (Cuba in the American Imagination) tan citada por Rojas en esta polémica: “All through the nineteenth century, the Americans brooded over the anomaly that was Cuba: imagined as within sight, but seen as beyond reach; vital to the national interest of the United States, but in possession of Spain. To imagine Cuba as indispensable to the national well-being was to make possession of the island a necessity. The proposition of necessity itself assumed something of a self-fulfilling prophecy, akin to a prophetic logic that could not be explained in any way other than a matter of destiny. The security and perhaps – many insisted – even the very survival of the North American Union seemed to depend on the acquisition of Cuba. The men and women who gave thought to affairs of state, as elected leaders and appointed officials; as newspaper editors and magazine publishers; as entrepreneurs, industrialists, and investors; as poets and playwrights; as lyricists, journalists and novelists; and ever-expanding electorate – almost all who contemplated the future well-being of the nation were persuaded that possession of Cuba was a matter of national necessity.” (Páginas 1-2 de la edicion publicada por la University of North Carolina Press en Chapel Hill, NC, 2008).

3. Como Estados Unidos no es un actor racional único, dentro de esa nación vecina han existido, y existen, corrientes de opinión respetuosas de Cuba y solidarias con las ansias de independencia y soberanía nacional y éstas se han expresado de manera significativa en casos como la Joint Resolution o Enmienda Teller que Rojas menciona y que reconocía el derecho de Cuba a su independencia. No obstante, entre los sectores de poder la visión que ha hegemonizado la relación de Estados Unidos con Cuba con suficiente regularidad ha sido la de dominar, controlar y determinar los destinos de Cuba, como ha apuntado Perez, pero también otros historiadores como Walter LaFeber. Respecto a la Joint Resolution, y ya que Rojas gusta citar la última obra del Profesor Pérez, le recuerdo este pasaje que seguramente debe haber leído en la página 98: “The men in the McKinley administration were lucid in their understanding of the objectives of the war.
The passage of the Teller Amendment had rankled the McKinley administration and its supporters in Congress as an egregious disregard of the national interest. ‘Seventy-five years of our diplomacy on this subject,’ McKinley confidant and former Republican vice-presidential candidate Whitaker Reid protested, ‘had pointed steadily to one thing – the absolute necessity of controlling Cuba for our own defense.’ The ‘self-denying’ Teller Amendment was ‘a great mistake,’ Reid seethed in private correspondence in 1900, something ‘possible only in a moment of national hysteria, and as little likely to be kept to the letter as was Mr. Gladstone’s pledge, twenty years ago to leave Egypt’.” A continuación, Pérez cita a varios personajes más, cercanos a McKinley, que expresaron opiniones similares como el General Wilson y el Senador Beveridge.

4. Rojas intenta propagar el mito de que Estados Unidos sólo tuvo la intención de anexarse a Cuba durante un breve período en el siglo XIX y, en 1898, contribuyó a la independencia de la Isla con su ocupación militar y política del país. La realidad es que el segundo Gobernador Militar de Cuba, el General Leonard Wood, dejó muy claro que su intención final era la de preparar al país para su eventual anexión a Estados Unidos y que con ello cumplía instrucciones del Presidente McKinley. Si ello no se pudo materializar fue porque encontró un apoyo muy claro a la independencia entre la mayoría del pueblo cubano. Remito a Rojas y a todo el que se interese por este tema a dos obras de Lou Perez, Cuba and the United States: Ties of Singular Intimacy, Tercera edición, Atenas y Londres, The University of Georgia Press, 2003, páginas 82 y siguientes y Cuba Between Empires, 1878-1902, Pittsburgh, PA: University of Pittsburgh Press, 1982.

5. Sorprende que un historiador tan serio como Rojas cite de una manera tan interesadamente trunca a Pérez en Cuba in the American Imagination, intentando que parezca que el destacado historiador norteamericano coincide con él, cuando todo el que conoce la obra de Pérez sabe que es exactamente lo contrario. Cito el párrafo exacto y completo con el que Lou abre su introducción a dicho volumen en la página 1: “Cuba occupies a special place in the history of American imperialism.
It has served as something of a laboratory for the development of the methods by which the United States has pursued the creation of a global empire. In the aggregate, the means used by the United States constitute a microcosm of the American imperial experience: armed intervention and military occupation; nation building and constitution writing; capital penetration and cultural saturation; the installation of puppet regimes, the formation of clientele political classes, and the organization of proxy armies; the imposition of binding treaties; the establishment of permanent military base; economic assistance –or not- and diplomatic recognition –or not- as circumstances warranted. And after 1959, trade sanctions, political isolation, covert operations, and economic embargo. All that is American imperialism has been practiced in Cuba.” Como se ve Rojas ha censurado aquellas partes del párrafo de Pérez (la inicial y la final) que son esenciales para comprender el verdadero sentido de las opiniones de este último respecto a esta controversia. Dejo en manos de los lectores enjuiciar quién se acerca más a la tesis de Pérez, Rojas o el que suscribe.

6. En un primer párrafo Rojas se refiere a varios prestigiosos historiadores republicanos: Ramiro Guerra, Herminio Portell Vilá, Emeterio Santovenia, Emilio Roig de Leuchsenring, afirmando posteriormente: “Pero como también advirtieron esos mismos historiadores republicanos, la política de Estados Unidos hacia Cuba no siempre fue la misma y no siempre fue perjudicial para la isla.” Aquí intenta prolongar un mito recurrente en sus obras, el de la ruptura entre la intelectualidad republicana, anterior a 1959, y la revolucionaria, producida en Cuba después del triunfo de la Revolución, a la que generalmente califica de “oficial”, con evidente propósito de descalificar su objetividad. Los historiadores mencionados por Rojas, sin duda importantes, tienen muy diversas orientaciones, desde el anti-imperialismo franco y militante de Roig (Martí anti-imperialista y Cuba no debe sus independencia a los Estados Unidos, dos de sus obras más representativas), hasta el liberalismo de Santovenia y Guerra (La Expansión Territorial de los Estados Unidos, que será editada nuevamente por la Editorial de Ciencias Sociales de la Habana en los próximos meses), pasando por Portell Vilá. Lo que casi nadie cuestiona es la profesionalidad de todos. Por cierto, uno de los actores y héroes principales de la narrativa de Rojas en esta controversia, Philip Bonsal, el último Embajador estadounidense en la Habana, tenía una pésima opinión de la principal obra de Portell Vilá, Historia de Cuba en sus Relaciones con Estados Unidos y con España en cuatro tomos, refiriéndose a ella como “four ponderous tomes of pseudoscholarly, elaborately footnoted, emotional pampheleteering on the subject of relations between Cuba, Spain and the United States were produced with the help of a grant from an American foundation”.
(Página 34 de Cuba, Castro and the United States, Pittsburgh: University of Pittsburgh Press, 1971). ¡Vaya ejemplo de respeto y consideración por Cuba por parte de un representante relativamente liberal de Washington!

7. Rojas afirma: “Estados Unidos respaldó a Batista, pero en 1958 le retiró ese apoyo y en 1959 reconoció al gobierno revolucionario.” Aunque es cierto que el Departamento de Estado presionó para que se limitara el apoyo al dictador, y logró la implantación de un embargo de armas en marzo de 1958, la cercanía personal del Embajador Smith a Batista y de la Misión militar al Ejército del tirano, movían la actuación de Washington en dirección opuesta y produjeron una política que Batista explotó hábilmente para sacarle el mayor provecho. Puede afirmarse por tanto que la política de Estados Unidos durante prácticamente todo 1958 fue de respaldo y/o tolerancia de Batista, a pesar de su corrupción y de sus tristemente célebres crímenes. A finales de año esta actitud cambió. Se envió primero a William Pawley, hombre de negocios amigo de Batista y de Eisenhower en una misión típicamente de “mano escondida”. El 4 de diciembre, éste intentó convencer al dictador de que se fuera a cambio de permitirle asilarse en Estados Unidos y de formar un gobierno integrado por sus seguidores, un batistato sin Batista. Este último evadió hábilmente la propuesta preguntándole a Pawley si la misma tenía la bendición oficial, a lo que Pawley respondió que no – había recibido instrucciones específicas de último minuto de que el Presidente no quería que se conociera la mano de su administración en este intercambio. Como Batista no hacía esfuerzo alguno por salirse del juego y temiendo que ello abriera el camino a Fidel Castro, como efectivamente sucedió, la administración Eisenhower no tuvo otra alternativa que hacer oficial la propuesta de Pawley, pero endureciéndola con la negativa a que el dictador se asilara en Estados Unidos. El 17 de diciembre, el propio Embajador Smith, le dio el ultimátum final, siguiendo instrucciones, aunque lo hizo de manera reticente pues tanto él como la Misión Militar estaban dispuestos a apoyarlo hasta el final.

8. Remito a Rojas y otros interesados a mi obra, Crónica de un Fracaso Imperial, capítulo 9, donde reconstruyo estos hechos, hasta donde es posible, apoyado en documentos del Departamento de Estado, las memorias del Embajador, la obra de Wayne Smith (The Closest of Enemies) entonces joven funcionario de la Embajada en la Habana y una referencia que obtuve de las memorias no publicadas de William Pawley en The Fish is Red: The Story of the Secret War Against Castro de Warren Hinckle y William W. Turner, New York: Harper & Row, 1981. Ya he citado en un comentario anterior el Memorándum del Secretario de Estado Herter al Presidente Eisenhower describiendo la política de Estados Unidos en 1958 como la de evitar la llegada de Fidel Castro al poder.

9. Resulta difícil saber a qué se refiere Rojas cuando afirma que “sería maniqueo y esencialista concluir, a partir de ese historial, que la nación cubana ha estado y estará siempre reñida con los intereses de su vecino” para agregar a continuación que esa “ontología nacionalista es la que impide a la historia oficial analizar con flexibilidad las relaciones entre Estados Unidos y la Revolución Cubana durante todo 1959 y parte de 1960”. En ningún momento de este debate he afirmado algo semejante a lo que Rojas comenta. Lo que he dicho es que el conflicto Cuba-Estados Unidos se reduce esencialmente a la voluntad hegemónica sobre Cuba de los gobiernos norteamericanos (que no es una visión maniquea, sino producto del cuidadoso análisis de documentos y actuaciones) y la voluntad de independencia y soberanía de la nación cubana. Es una generalización y como toda generalización puede ser cuestionada pero la creo fundamentada en mis investigaciones. En cuanto a la segunda parte de su aserto, remito a Rojas y a los interesados a un texto mío publicado en Cuadernos de Nuestra América, Vol. XV, No. 29, Enero-Junio 2002, La Habana, Centro de Estudios sobre América, 2002, págs. 49-76, bajo el título de “Cuba y Estados Unidos en los umbrales del siglo XXI: perspectivas de cooperación.” En ese ensayo se afirmó: “La situación actual en las relaciones cubano-norteamericanas es bien complicada. Históricamente, ambos países no han tenido nunca relaciones normales. Sin embargo, existen condiciones estructurales que permiten pensar en un futuro de normalización y cooperación.” Y, después de referirme a esas condiciones estructurales (cercanía geográfica, identidades culturales no contradictorias, economías complementarias), indiqué: “Pero la tendencia natural es hacia una normalización inevitable. Normalización no significa ausencia de conflicto, sino la convivencia del conflicto con la cooperación en aquellos terrenos en que los intereses comunes prevalecen, como se ha demostrado en la segunda parte de este trabajo. Pero significa también respeto mutuo y aceptación de reglas del juego con las que ambas partes puedan vivir sin temor para su propia existencia.”

10. He sido remiso a utilizar el vocablo “diferendo” para referirme al conflicto entre Cuba y Estados Unidos, aunque usé el término en uno de mis trabajos de la década de 1980: La seguridad nacional de Cuba y el diferendo con Estados Unidos, Estudios e Investigaciones del ISRI No. 18, (La Habana: Instituto Superior de Relaciones Internacionales Raúl Roa García, 1988), cuya versión en inglés se publicó en 1989 (‘Problems of National Security in the Cuba-U.S. Historic Breach’, en Jorge I. Domínguez y Rafael Hernández, comps., U.S.-Cuban Relations in the 1990s, Boulder, Colorado: Westview Press, 1989). Aquí quisiera citar, porque viene al caso, lo que escribí en el 2002 cuando analicé las posibilidades de cooperación (supra): “Sin embargo, las lecciones de la historia hacen que la nación cubana tenga que ser sumamente cautelosa en un acercamiento eventual de los Estados Unidos. En el pasado, la propensión norteamericana a imponerle a Cuba su dominación por los métodos más groseros y abiertos ha sido una regularidad en las relaciones. Ése y no otro es el principal obstáculo a la normalización y tiene su basamento en una visión perniciosa de las relaciones cubano-norteamericanas, que hoy se concentra evidentemente en algunos intersticios del Gobierno de Washington, azuzados por el número de cubano-americanos derechistas conservadores entronizados en la administración de George W. Bush, cuyo principal representante es Otto Reich.” Y terminé afirmando: “El Gobierno de Estados Unidos tiene la mayor responsabilidad en las circunstancias actuales. Puede continuar llevando adelante una política fracasada en la expectativa que continuará fracasando. Puede rectificar y enrumbar las relaciones por el camino de la cooperación mutuamente ventajosa. Si sigue este último itinerario, no sólo será reciprocado por las autoridades de la Habana, sino que dará a la comunidad cubano-americana claras señales de que ha puesto fin al lugar privilegiado que le otorgó en la formulación de la política hacia Cuba.”

11. Rojas se refiere a 1959 en los siguientes términos: “Entre enero y julio de ese año, el embajador Bonsal tuvo constantes encuentros con el presidente Urrutia, con el canciller Agramonte y con el propio Castro, a quien recibió en el aeropuerto de la Habana, el 4 de mayo, tras el regreso del comandante de su primera visita a Estados Unidos. Durante esos meses, Bonsal envió al Departamento de Estado informes favorables de estos políticos, asegurando que no eran comunistas, insistió en la importancia de avanzar en el ‘acuerdo económico para el desarrollo’, firmado por los dos países el 2 de mayo, e instó a Washington a que aceptara la reforma agraria, cosa que Washington hizo por medio de la nota del 11 de junio.” La realidad de los documentos publicados por el Departamento de Estado en 1991 (Foreign Relations of the United States, 1958-1960, Volume VI: Cuba, Washington: United States Government Printing Office, 1991) contradice este planteo. En su informe sobre el recibimiento masivo de Fidel a su retorno de la gira por Washington y América Latina, fechado 11 de mayo (Documento 305, páginas 507-508), Bonsal termina afirmando: “General attitude of enormous crowds best described as nearly hysterical adulation of ‘greatest man in the hemisphere’ and leader of the country and embodiment of the Revolution.
This is one man rule with full approval of the ‘masses’.” Si este es un informe “favorable” habrá que redefinir el significado de este término.

12. Un documento evaluativo del Departamento de Estado del 22 abril de 1959, después de la visita de Fidel a Washington, afirmaba lo siguiente: “En resumen, a pesar de la aparente sencillez, sinceridad y disposición a tranquilizar al público de Estados Unidos por parte de Castro, hay pocas probabilidades de que Castro haya alterado el curso esencialmente radical de su revolución. (...) Sería un serio error subestimar a este hombre. Con toda su apariencia de ingenuidad, falta de sofisticación e ignorancia en muchas cuestiones, claramente posee una fuerte personalidad y es un dirigente nato con gran coraje y convicción personales. Aunque ciertamente lo conocemos mejor ahora que antes, Castro sigue siendo un enigma y debemos esperar sus decisiones en asuntos específicos antes de asumir un punto de vista más optimista que hasta el momento acerca de la posibilidad de desarrollar una relación constructiva con él y con su gobierno.” (Obra citada en el párrafo anterior, página 483, la traducción es del que suscribe.) Difícilmente una descripción en que Rojas pueda sustentar sus argumentos.

13. Respecto al intercambio de notas sobre la Reforma Agraria, resulta muy importante citar textualmente lo que Rojas llama “aceptación” por parte de Estados Unidos: “El gobierno de los Estados Unidos reconoce que de acuerdo a las leyes internacionales un estado tiene el derecho de tomar la propiedad dentro de su jurisdicción con fines públicos en la ausencia de tratados y otros acuerdos en contrario, sin embargo este derecho está aparejado con la correspondiente obligación por parte del estado de que tales medidas sean acompañados por el pago de rápida, adecuada y efectiva compensación.” (Nota verbal norteamericana del 11 de junio de 1959, traducida por el autor). Cualquier especialista en historia diplomática advertiría que tal fórmula está lejos de coincidir con la idílica narrativa de Rojas, no sólo basado en el historia de relaciones de dependencia entre ambos gobiernos, sino porque más adelante se afirma: “El texto de la Ley Agraria Cubana da seria preocupación al gobierno de los Estados Unidos de América respecto a las adecuadas previsiones referentes a las compensaciones a los ciudadanos norteamericanos cuyas propiedades serán expropiadas.”

14. Rojas sigue insistiendo en el supuesto gesto positivo que tuvo el Presidente Eisenhower con su declaración de 26 de enero de 1960 en que se comprometió a no intervenir en los asuntos internos cubanos, a pesar de que en mi contrarréplica le indiqué que ésta fue sugerida por Bonsal en septiembre y de que otros documentos demuestran que para aquélla fecha ya el propio Presidente había dado órdenes a la CIA de iniciar acciones encaminadas a derrocar al gobierno cubano y hasta para asesinar al Primer Ministro Fidel Castro. Le ofrecí también una interpretación de esta conducta ambigua e hipócrita: la doctrina del desmentido o denegación plausible y la calificación de la de Eisenhower como una “hidden-hand presidency” por el politólogo Fred I. Greenstein. En sus memorias, el Embajador Bonsal apenas puede esconder su amargura por el hecho de que mientras Eisenhower anunciaba respetar el principio de no-intervención en esta declaración, ya se daban pasos para violarlo. (Bonsal, Op.cit, 1971, páginas 123-124). El 17 de febrero, apenas 3 semanas después, en reunión con dos de sus más íntimos colaboradores en temas de política exterior, Eisenhower les indicó que había que acelerar los planes para tomar medidas drásticas contra Cuba contenidas en un documento del Grupo 5412 (encargado de las operaciones encubiertas) que resultó en el Programa de la CIA para crear una oposición y organizar la invasión de Cuba. En estos puntos Rojas se queda mudo y ni acepta los datos incontrovertibles ni ofrece una interpretación alternativa basada en datos diferentes.

15. En sus intentos por hacer prevalecer su criterio de que Estados Unidos decidió actuar contra Cuba sólo después de que el gobierno cubano se alió a la Unión Soviética y que mantuvo una actitud cooperativa hasta marzo de 1960, Rojas insiste nuevamente en que Eisenhower promovió o aceptó una mediación de Amoedo, el Embajador argentino, y que el Gobierno cubano la rechazó. Aparentemente se basa en un artículo que Amoedo y Theodore Draper publicaron en New Leader el 27 de abril de 1964. Sin embargo, las pocas referencias al incidente que aparecen en los documentos del Departamento de Estado y en las memorias de Bonsal no coinciden con la versión de Amoedo y Draper. De los documentos desclasificados del Departamento de Estado, lo que emerge claramente es que Amoedo se acercó al Encargado de Negocios Braddock el 30 de enero de 1960 (el Embajador había sido llamado a Washington en consultas poco antes como señal de disgusto con el gobierno cubano) para sugerirle una mediación a fin de lograr el retorno de Bonsal a la Habana y la reanudación del diálogo. Braddock solicitó autorización para explorar el asunto con las autoridades cubanas. Eisenhower reaccionó con una serie de objeciones (Departamento de Estado, Op.cit., página 780) y finalmente el Departamento de Estado accedió con fecha 2 de febrero a explorar el asunto pero alertando que Bonsal se reuniría con el Primer Ministro sólo si este último lo solicitaba.
(Ibídem., página 781). Por su parte, Bonsal tuvo esto que decir: “Some confusion has since arisen with regard to the Amoedo attempt to change Castro´s attitude toward the United States. It has been asserted that it included an offer of aid for specific purposes, including the financing of land reform, made to Castro by Amoedo with the authorization of the government of the United States. There was no such authorization.” Sugiero al historiador cubano residente en México que verifique sus fuentes antes de hacer afirmaciones en temas tan fundamentales.

16. Rojas también tergiversa el registro de los hechos cuando dice que “Washington solicitaba el reconocimiento del derecho a obtener una indemnización por parte de los ciudadanos norteamericanos expropiados” pues en realidad el gobierno cubano nunca negó ese derecho. Lo que el gobierno cubano dijo, y eso está más que demostrado en documentos y hechos de toda índole, es que pagaría conforme a lo establecido por la ley de reforma agraria, en bonos pagaderos a 20 años al 4.5% de interés, mientras que el gobierno de Eisenhower exigió el pago “rápido, adecuado y en efectivo”. Las expropiaciones posteriores fueron actos de legítima defensa ante las agresiones económicas de Estados Unidos, iniciadas con el incidente de las compañías petroleras al que me referiré más abajo. En fecha tan reciente como 1999 el Canciller cubano reiteró que su gobierno estaba dispuesto a discutir el tema de las indemnizaciones. Ciudadanos de otros países han sido indemnizados hace ya bastante tiempo.

17. Dice Rafael Rojas: “Según el tratado entre Cuba y la URSS, Moscú se proponía comprar 100 millones de toneladas de azúcar anuales, entre 1960 y 1965, y concedía a la isla un crédito de cien millones de dólares para la construcción de plantas industriales. Este acuerdo con la URSS, en febrero del 60, y otro con la RDA, a principios de marzo de ese mismo año, fueron recibidos por la administración Eisenhower como ofensas. El gobierno cubano no sólo no aceptaba la mediación de Amoedo sino que avanzaba en la alianza con los principales rivales de Estados Unidos en la guerra fría.” Pregunta: ¿Por cuál misterioso acto de magia un acuerdo comercial y de ayuda financiera para construir plantas industriales se convierte en una ominosa y agresiva alianza contra Estados Unidos, a no ser que se acepte la peor interpretación de Guerra Fría? El Embajador Bonsal, en sus memorias, dedica todo un capítulo a este tema y sentencia rotundamente que el acuerdo cubano-soviético de 1960 “no ponía en peligro por sí mismo la posición norteamericana en Cuba.” (Bonsal, Op.cit., 1971, página 131). Debe señalarse que la Unión Soviética era un cliente tradicional de azúcar cubano y que era un aserto generalmente aceptado entre distintos sectores del país que una diversificación del mercado azucarero de exportación sería provechosa para la Isla. Hasta que Batista rompió relaciones con la URSS en 1952, las relaciones entre ambos estados habían sido normales e incluían la venta de azúcar, de la cual la propia dictadura se benefició aún después de rotas las relaciones diplomáticas, como señala Bonsal.

18. En otra afirmación muy sui géneris, Rojas escribe: “El 17 de marzo, Eisenhower autorizó a la CIA para que planeara –no ejecutara- el derrocamiento del gobierno cubano, aunque el Departamento de Estado, hasta octubre de ese año, trató de mantener abiertas las vías diplomáticas.” Es sorprendente la distinción entre planear y ejecutar, pues se trata de una de las acciones más analizadas y discutidas por historiadores de la política exterior norteamericana: la que condujo al fracaso perfecto de Bahía de Cochinos o a la Victoria de Playa Girón, según el punto de vista que se adopte. Piero Gleijeses, Gregory Treverton, Peter Wyden y Peter Kornbluh, entre otros, la han analizado y diseccionado. El National Security Archives de Estados Unidos ha logrado la desclasificación de buena parte de los documentos. A nadie se le ha ocurrido decir que Eisenhower autorizó que se planeara y no ejecutara. Lo que se aprobó ese día en reunión de Eisenhower con el Vicepresidente Nixon, y varios altos funcionarios de los Departamentos de Estado, Defensa y Tesoro, de la CIA y de la Casa Blanca fue un producto terminado: “A Program of Covert Action Against the Castro Regime”. Éste tenía como propósito “producir el reemplazo del régimen de Castro” para lo cual se crearía “un grupo de oposición moderado en el exilio” que Allen Dulles estimó podía realizarse en un mes, pero después tardó tres. El propio Presidente alertó que “no conoce un plan mejor para enfrentar la situación. El gran problema son las filtraciones y la quiebra de la seguridad. Todo el mundo debe estar preparado a jurar que no ha oído nada al respecto.” (Departamento de Estado, Op.cit., página 486, traducción del autor). Este programa fue ejecutado en todas sus partes y recomendado al Presidente Kennedy cuando tomó posesión 10 meses después por el propio Eisenhower. El resto de la historia es bien conocida: invasión de Cuba por un grupo de ciudadanos cubanos entrenados, financiados y organizados por la CIA el 17 de abril de 1961, previo bombardeo de aeropuertos en la Isla por pilotos norteamericanos y cubanos; y derrota fulminante en menos de 72 horas, sufriendo Estados Unidos una de sus más graves humillaciones. El mejor análisis de este proceso lo produjo Peter Kornbluh como editor y comentarista en su obra Bay of Pigs Declassified: The Secret CIA Report on the Invasion of Cuba, New York, The New Press, 1998. En el mismo se reproducen varios documentos secretos desclasificados gracias a los esfuerzos del National Security Archives, entre ellos el Informe del Inspector General, Lyman Kirkpatrick, en el cual se afirma que la historia de este proyecto comenzó en 1959 y que se aprobó “formalmente” en marzo de 1960.

19. La descripción que Rojas hace de los acontecimientos que llevaron a la nacionalización de las empresas petroleras también resulta inexacta. El 24 de mayo de 1960 el Gobierno cubano planteó a tres empresas petroleras extranjeras en Cuba – las norteamericanas Esso y Texaco y la anglo-holandesa Shell – la refinación de petróleo soviético adquirido en febrero. Se trataba de una propuesta que podía resultar beneficiosa para ambas partes, por ser más barato el crudo soviético que el venezolano, y constituía una fórmula que le permitiría a las empresas recuperar ciertos fondos que el gobierno cubano les debía y que se pagarían con el producto. En sus memorias, Bonsal recordó que ya Argentina, Brasil y Uruguay importaban petróleo desde la Unión Soviética. Por otra parte, a su criterio, esta operación ‘no amenazaba seriamente la substancia de la relación comercial entre Cuba y Estados Unidos.’ (Bonsal, 1971, 130). Consultado por los ejecutivos de las tres multinacionales, el Departamento de Estado adoptó la misma posición por intermedio de los Subsecretarios Mann (Asuntos Económicos) y Rubotton (Asuntos Interamericanos) quienes estuvieron de acuerdo el 31 de mayo en que el Departamento no debía mezclarse en el asunto y que en todo caso lo peor era recomendarles que se negaran a refinar pues corrían el riesgo de ser expropiadas (Departamento de Estado, Op.cit., 1991, 930-31). Después de cierta vacilación, las compañías petroleras adoptaron tentativamente la posición de que aceptarían refinar el petróleo y acudirían a los tribunales cubanos para proteger sus intereses. (Bonsal, Op.cit., 1971, 149). Sin embargo, el 31 de mayo el Secretario del Tesoro Anderson citó a Mann, Rubottom y los ejecutivos a una reunión en Nueva York al día siguiente en la cual indicó que si las compañías se negaban a refinar el crudo, estarían actuando de consuno con la política oficial del gobierno norteamericano y éste las respaldaría. El Embajador Bonsal no se enteró de esta decisión sino hasta el 4 de junio en que uno de los ejecutivos de las compañías, que había estado en Nueva York, regresó a la Habana y se lo dijo. En sus memorias Bonsal expresó su desacuerdo y sorpresa. El Embajador le envió una carta de Rubotton expresando esta opinión y protestando por ser marginado. (Departamento de Estado, Op.Cit., 1991, página 938)

20. Hay otro testimonio que confirma lo que antecede y procede de una fuente difícilmente calificable de “oficial” o “pro-cubana”, Jorge Castañeda. En su biografía del Ché Guevara, el ex Canciller mexicano afirma: “Un testimonio adicional confirma que las empresas fueron utilizadas para propiciar un enfrentamiento con la revolución. Proviene del comentario que el representante de la Royal Dutch Shell ofrece de una reunión en la Foreign Office en Londres: ‘El sr. Stephens explicó que esperaba que el gobierno de Su Majestad (HMG) se uniera a los gobiernos de Estados Unidos, Holanda y Canadá si se tomaba alguna acción diplomática conjunta. Consideró que en vista de que el Departamento de Estado había en definitiva promovido la acción de las empresas americanas como una contribución económica poderosa hacia la caída de Castro, a ellas les correspondía actuar primero, incluso antes de que los cubanos tomaran medidas específicas contra las compañías.’” (Jorge Castañeda, La Vida en Rojo: Una Biografía del Che Guevara, México: Alfaguara 1997, 186, nota 44.
Este autor cita un documento del Foreign Office británico, Foreign Office 371/148295, Record of Meeting, June 20 in Sir Paul Gore-Booth’s Room –Confidential–, punto 8, 21 de junio, 1960. ). Como se ve, uno de los argumentos centrales de Rojas carece, una vez más, del necesario asidero y de la imprescindible acuciosidad de un investigador riguroso.

21. El programa aprobado por Eisenhower el 17 de marzo, como ya se ha dicho, preveía la creación de “un grupo de oposición moderado en el exilio” que Allen Dulles estimó podía realizarse en un mes, como se apuntó más arriba. Según ese mismo programa, se esperaba que la entidad política pudiera ser formada como un consejo o junta cuya consigna será la de “Restaurar la Revolución”, con el fin de que “pueda dirigirse al pueblo cubano como una atractiva alternativa política a Castro”. (Central Intelligence Agency, Informe del Inspector General, págs. 9 y 15 del documento TS –Top Secret– Nº 173040 en Kornbluh, Op.Cit., 1998) Esta es la organización a la que Rojas hace referencia cuando dice que “ya el liderazgo de la oposición y el exilio cubanos estaba compuesto, en su mayoría, por partidarios de la revolución nacionalista y democrática de 1959” que se unieron en el “Frente Revolucionario Democrático, la principal coalición opositora. Sus integrantes no eran batistianos sino revolucionarios anticomunistas, una orientación ideológica constitutiva de la insurrección contra el antiguo régimen.” Realmente, lo que hace Rojas no es más que hacerse eco de la falsa narrativa creada por Gerry Droller, alto oficial de operaciones políticas de la CIA que, bajo el seudónimo de Frank Bender, organizó y controló a los integrantes de la Junta directiva del FDR. La imagen de los miembros del Consejo secuestrados en un hangar de la base aérea de Opa Locka cerca de Miami por la CIA, la que se tomó la libertad de emitir en su nombre los más alucinantes “comunicados de guerra”, donde se relataban las “victorias” de la brigada invasora es bien conocida, además de extremadamente humillante. Por cierto, Bender y su grupo trataron de expurgar del Frente y de su Consejo a todos aquellos que tenían antecedentes revolucionarios anti-batistianos, como reconoce uno de sus miembros destacados, Manuel Ray, en una entrevista publicada por la revista cubana Temas. (Edmundo García, “‘No éramos aliados de Estados Unidos’. Entrevista a Manuel Ray Rivero”, Temas, No. 55, julio-septiembre de 2008. Nueva Época, La Habana, págs. 47 a 56). Sólo agregaría el comentario siguiente: Un grupo de ciudadanos de que se ponen a disposición de los servicios de inteligencia de una gran superpotencia para darle cobertura a la invasión militar de su propio país difícilmente pueden asumir el papel de “partidarios de la revolución nacionalista y democrática” ante sus compatriotas.

22. Como se demuestra por este último incidente y por toda la documentación citada, resulta poco plausible la apreciación inicial de Rojas de que “la historia diplomática de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba en 1959 y 1960 apunta a que Eisenhower y Kennedy estaban dispuestos a mantener el vínculo con un gobierno nacionalista, democrático o autoritario, que no se aliara con la Unión Soviética.”

23. La narrativa expuesta por Rojas en su más reciente contrarréplica no tiene ningún asidero en los hechos. Puede ser verdad o no que el liderazgo revolucionario cubano estuviera francamente empeñado en las construcción de un estado socialista (cuestión ésta que está sujeta a debate y de la cual el que suscribe tiene sus propias hipótesis), pero ni la composición del gobierno, ni las fuerzas políticas que se movían en Cuba a principios y durante 1959 indicaban que eso fuera así. Lo que preocupaba al gobierno de Eisenhower no era la alianza con la Unión Soviética, sino la clara evidencia de que el Gobierno de Cuba estaba decidido a cambiar los términos de las relaciones con Estados Unidos, de una posición de subordinación a una de autodeterminación y defensa de la soberanía. Los políticos y diplomáticos norteamericanos creían que los cubanos aceptábamos la “naturaleza imperfecta” de nuestra soberanía, como afirmara Bonsal, pero se equivocaron. En la arrogancia creada por los éxitos de Guatemala, Irán y los vuelos espías U-2, estos dirigentes, estimulados por los hombres de la CIA, creyeron que un simple plan similar al aplicado en 1954 en el vecino centroamericano podría eliminar lo que estimaron como una molestia menor. A pesar de la nube de secreto y desmentido que Eisenhower y sus colaboradores lograron crear alrededor de sus operaciones encubiertas, emergen evidencias que demuestran que la CIA comenzó a trabajar por el derrocamiento de Fidel Castro al menos en agosto de 1959 y dos altos funcionarios del Departamento de Estado en un informe secreto oficial escribieron que la decisión se tomó en junio de ese año. El primer enviado soviético llegó a Cuba en octubre de 1959 y no hay registro alguno de que los servicios de inteligencia o diplomáticos estadounidenses le hubieran dado importancia. La visita de Mikoyan y la firma del convenio comercial en febrero de 1960 difícilmente pueden ser interpretados como una siniestra alianza contra Washington. Cuando Eisenhower aprobó el programa que venía elaborando el Grupo 5412 en marzo de 1960, ya los principales elementos del mismo estaban siendo ejecutados.

24. Que los gobiernos de Estados Unidos han manejado tradicionalmente sus relaciones con Cuba en términos hegemónicos y de dominación no es un mito nacionalista ni marxista de la llamada “historia oficial”. Muchos especialistas norteamericanos lo reconocen así, desde Leland Jenks hasta Lou Perez. Pretender decir otra cosa sin sustentarlo en documentos conocidos no es muestra de seriedad intelectual. Pero quizás valga la pena recordarle a Rojas que en una relación como la que existe entre Estados Unidos y Cuba, donde la asimetría de poder económico, político y militar es tan evidente, cualquier gobierno cubano encontrará enormes dificultades para defender los intereses nacionales, salvo que los gobiernos futuros de Estados Unidos, como bien pudiera ser el de Barack Obama, modifiquen sustancialmente su actitud. Recuérdese el caso del gobierno Grau Guiteras o de los 100 días en 1933.

25. Los lectores de este intercambio seguramente llegarán a sus propios criterios a partir de la evidencia presentada. Sólo he tratado de poner el máximo de datos y documentos pertinentes a disposición de los interesados, mencionando fuentes específicas. Podrían decirse muchas cosas más, pero creo que todo lo necesario está a la vista.

Dr. Carlos Alzugaray Treto,
Profesor Titular, Centro de Estudios Hemisféricos y sobre Estados Unidos,
Universidad de la Habana.

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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