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Durante el pasado mes de
diciembre sostuve una
polémica con el Dr.
Rafael Rojas, Profesor e
Investigador del Centro
de Investigaciones y
Docencia Económica (CIDE)
de México, acerca de las
relaciones Cuba-Estados
Unidos durante 1959 y
1960. El motivo central
de la controversia fue
un planteo de Rojas en
el sentido de que “la
historia diplomática de
las relaciones entre
Estados Unidos y Cuba en
1959 y 1960 apunta a que
Eisenhower y Kennedy
estaban dispuestos a
mantener el vínculo con
un gobierno
nacionalista,
democrático o
autoritario, que no se
aliara con la Unión
Soviética.”
Tal
apreciación apareció en
su artículo “Un pasado
virtual”, en la edición
digital de la revista Foreign Policy
en
español, del 1º de
diciembre del 2008, (http://www.fp-es.org/un-pasado-virtual).
Aunque el texto tiene
otras apreciaciones muy
discutibles sobre
aquellos años, me
pareció que éste en
particular era una
tergiversación del
pasado a tono con lo que
sólo podríamos calificar
como la “historia
oficial” de la Guerra
Fría. Por eso escribí un
breve comentario
llamando la atención
sobre el hecho de que lo
que se afirmaba era
controversial. Rojas
contestó este comentario
y poco a poco se
convirtió en una larga
polémica que reproduzco
a continuación.
Está
precedida por mi
apreciación sobre el
debate al responder una
pregunta de Lenier
González, de la revista
Espacio Laical,
de la Archidiócesis de
la Habana. (www.espaciolaical.net/contens/esp/sd_055.pdf).
Respuesta a la pregunta
de Lenier González en
Espacio Laical
el 21 de
enero de 2009.
Profesor, he estado al
tanto de la intensa
polémica que ha
sostenido -en el sitio
Web de la revista
Foreign Policy en
español- con el
destacado historiador
cubano, residente en
México DF, Rafael Rojas
y que estuvo relacionada
con los orígenes del
conflicto entre el
Estado federal
norteamericano y el
Gobierno revolucionario
cubano. ¿Qué sabor le ha
dejado esta polémica?
¿Qué importancia le
concede a este tipo de
intercambios entre
cubanos que poseen modos
diversos acercarse a la
realidad nacional?
La verdad es que la
polémica me ha dejado un
sabor agridulce. Como a
todos los historiadores,
me gusta el debate y la
polémica. Aunque uno
trata de ser objetivo e
imparcial, en el trabajo
individual de
investigación uno puede
estar más o menos
marcado por sus
perjuicios,
predisposiciones, etc.
Así que intercambiar,
polemizar, debatir con
alguien que parte de
otras circunstancias
puede abrir los ojos a
una perspectiva a la que
no estamos
acostumbrados. Siempre
he estado abierto a esa
posibilidad. Además, me
doy cuenta de que tiendo
a respetar a aquellas
personas que rompen con
los esquemas. En ese
sentido soy algo
socrático: me gusta
preguntar por qué algo
es así y no de otra
manera y cuestionar lo
que muchos llaman el
“saber convencional”,
que muchas veces esconde
una visión esquemática y
anquilosada de la
realidad.
He seguido hasta donde
es posible la
trayectoria intelectual
de Rafael Rojas y no hay
duda de que en su obra
hay innegables méritos.
Sobre todo en sus
primeros textos están
presentes intentos muy
importantes de hallar
las líneas históricas
por las cuales atravesó
nuestra historia
intelectual. Tumbas
sin sosiego es un
texto de inevitable
consulta, se esté de
acuerdo o no con sus
tesis.
En este debate, en que
se abordó un tema sobre
el cual he realizado
algunas investigaciones,
el de las relaciones
entre Cuba y Estados
Unidos en 1959 y 1960,
Rojas se ha aferrado a
sus posiciones más allá
de toda lógica del
debate, sin poder, hasta
el momento, demostrar
las líneas principales
de su argumentación con
referencia concreta a
textos. Se trata de un
debate en el que se
requiere un estudio muy
concienzudo de las
fuentes disponibles
porque, como expliqué en
varios de mis
comentarios, la política
hacia la Cuba
Revolucionaria se diseñó
esencialmente durante la
Administración
Eisenhower, un gobierno
que comenzó a usar con
mucha astucia la
doctrina del
“desmentido” o “negación
plausible”, por lo que
toda manifestación
pública debe ser
examinada con suma
cautela pues en
reiteradas ocasiones
estaba diseñada para
encubrir la verdadera
política. A ese gobierno
la politología
norteamericana le ha
llamado como “la
presidencia de la mano
escondida”.
El punto más discutido
es el que se refiere al
momento y al motivo por
el cual Estados Unidos
abandonó todo intento de
mantener una relación
con el Gobierno
Revolucionario y decidió
aplicar lo que se puede
calificar hoy como
“política de cambio de
régimen” o, como lo dice
un documento del
Departamento de Estado
aplicar sanciones
económicas que
produjesen “el hambre,
la desesperación y el
derrocamiento del
gobierno”. Este no es un
asunto irrelevante pues
va al fondo mismo de la
ética y la moral del
liderazgo revolucionario
y a la estrategia y
táctica que siguió el
gobierno en los primeros
años.
Para Rojas, el momento
fue 17 marzo de 1960 en
que el Presidente
Eisenhower aprobó el
llamado Plan para el
Derrocamiento del
Gobierno de Castro en
Cuba elaborado por la
CIA (aunque sorprendente
en un primer momento del
debate aseveró que el
Eisenhower autorizó
planear pero no ejecutar
el plan, un aserto que
no repitió
posteriormente) y que
ese curso de acción
estaba totalmente
justificado porque el
Gobierno cubano se había
aliado con la Unión
Soviética un mes antes.
Esto se parece mucho al
relato oficial que hacía
el gobierno
norteamericano en la OEA
para lograr que Cuba
fuese condenada y
expulsada. Por cierto,
si se sigue este aspecto
del conflicto uno se da
cuenta que le costó
mucho a Washington, a
pesar de que usó enormes
presiones, lograr tal
objetivo y que sólo lo
hizo en la última de
cuatro conferencias de
Cancilleres que se
realizaron sucesivamente
entre 1959 y 1964.
Por mi parte, apelando a
documentos que cité
textualmente, demostré
que la decisión
probablemente se tomó
entre junio y diciembre
de 1959 y que tuvo que
ver con que el Gobierno
cubano rompió con la
tradición de sus
predecesores de
subordinar su política
interna y externa a la
de Estados Unidos, sobre
todo cuando aplicó la
Ley de Reforma Agraria.
El debate puede
consultarse en el Portal
de Foreign Policy en
español (http://www.fp-es.org/un-pasado-virtual#comment-38670)
o en el sitio web del
CEHSEU (http://www.uh.cu/centros/ceseu/).
No voy a reproducir aquí
el debate. Sí me
preocuparon varias
cosas.
Primero, la cita de
obras en apoyo de Rojas
que estuvieron sesgadas
y sacadas de contexto.
Tal es el caso de varias
citas del último libro
de Louis A. Pérez Jr.,
Cuba in the American
Imagination: Metaphor
and the Imperial Ethos,
en donde se sostiene
precisamente una tesis
totalmente distinta a la
de Rojas. Esto me parece
totalmente inprocedente.
Por cierto, el Profesor
Perez visita en estos
días nuestro país y se
le rindió un homenaje en
la UNEAC el sábado 17 de
enero.
Segundo, la tendencia de
Rojas a descalificar la
historiografía que se
hace en Cuba en general
calificándola de
“oficial” y de adoptar
posiciones maniqueas
(nacionalista o
marxista) ante Estados
Unidos.
Tercero, el que no haya
sido capaz de sustentar
sus posiciones en
fuentes originales
verificables, como por
mi parte creo haber
hecho.
En un comentario que
hizo en la revista
Encuentro, que no
era el espacio en que él
y yo tuvimos la
polémica, utilizó la
siguiente frase: “A
partir de la misma
información que consultó
Alzugaray —y de otra que
él no consultó— se puede
sostener que Estados
Unidos reconoció al
gobierno revolucionario
durante buena parte de
1959, aceptando la
reforma agraria e
intentando evitar la
radicalización comunista
del régimen.” Me
pregunto, ¿cómo es
posible que Rojas sepa
cuál información no
consulté si mi tesis
doctoral no ha sido
publicada aún?
En varias ocasiones le
pedí a Rojas que me
diera las referencias en
que basaba sus asertos
para verificarlas.
Aparentemente esas
serían las fuentes que
yo no había consultado.
Nunca lo hizo. Me quedé
con las ganas de
examinar esas fuentes.
Por supuesto que
favorezco los debates
con los que tienen otras
posiciones y creo
firmemente en la idea de
que los investigadores
no siempre tenemos toda
la verdad.
La búsqueda de la verdad
es una condición
consustancial al
científico. Y en
ciencias sociales la
verdad sólo es
comprobable en el debate
y la confrontación de
distintas fuentes. Como
Rául Roa, creo que en la
ciencia social “hay que
penetrar con ademán
sereno y la pupila
limpia de prejuicios y
su exposición académica
debe estar presidida por
la más pulcra
objetividad. En ningún
terreno como en el de
nuestra ciencia, son tan
múltiples y variados los
criterios, las
perspectivas y las
soluciones propuestas. .
. . Ni se propone ni se
impone, se expone. El
espíritu científico y la
intolerancia son
incompatibles. El
espíritu científico se
nutre y enraíza en la
libertad de
investigación y de
crítica. La intolerancia
– esa extensión hacia
fuera del dominio
exclusivo ejercido
dentro de nosotros por
la fe dogmática –
‘intoxica la
inteligencia, deforma la
sensibilidad y frustra
la actividad científica’
–, que es impulso
libérrimo hacia la
conquista y posesión de
la verdad”. (Historia de
las doctrinas sociales,
La Habana: Centro
Cultural Pablo de la
Torriente Brau,
2001, págs. 24-25)
No creo que en este
debate a Rojas le haya
interesado buscar la
verdad. Hizo un aserto
muy discutible y lo
defendió dogmáticamente
en la mejor tradición de
ciertas corrientes
historiográficas que él
afirma repudiar. Es
lamentable.
I.
Artículo de
Rafael Rojas aparecido
en el portal de la
Revista Foreign Policy
en español, editada en
España, el 1º de
diciembre del 2008.
UN PASADO VIRTUAL
Rafael Rojas
Un número reciente de la
revista Letras Libres
convocó a un grupo de
escritores e
historiadores (David
Brading, Friedrich Katz,
John Coatsworth, José
Emilio Pacheco, Fernando
del Paso, Hugo Hiriart…)
para que imaginaran
pasados alternativos en
la historia de México.
La derrota de Cortés, la
retención de los
jesuitas, la autonomía
novohispana, el triunfo
de los conservadores en
la guerra de reforma y
la continuidad de la
revolución maderista
fueron algunos de los
ejercicios
contrafactuales
propuestos. La tesis de
la revista, en la línea
de algunos teóricos de
la historia virtual,
como Niall Ferguson y
Geoffrey Hawthorn, era
que cuanto más plausible
es un pasado alternativo
más verosímil resulta su
invención.
En el caso de la
historia de la
Revolución Cubana, la
más socorrida
alternativa ha sido
siempre preguntar qué
habría pasado si
Fulgencio Batista no
hubiera dado el golpe de
Estado, del 10 de marzo
de 1952, contra el
saliente Gobierno de
Carlos Prío Socarrás. El
consenso historiográfico
apunta a que si las
elecciones de ese año se
hubieran producido,
habría ganado el
candidato del Partido
Ortodoxo, Roberto
Agramonte, con un
programa de gobierno
socialdemócrata –semiparlamentarismo,
reforma agraria,
industrialización,
alfabetización, combate
de la corrupción,
nacionalización de
algunas compañías
norteamericanas…–
similar al de Rómulo
Betancourt en Venezuela,
José Figueres en Costa
Rica o el PRI en México.
Un gobierno así, ubicado
en el centro izquierda,
que impulsara una
democracia nacionalista,
suscribiendo con mayor o
menor énfasis el
anticomunismo que
Estados Unidos promovía
en la región,
difícilmente habría
provocado una revolución
radical. Como es sabido,
la principal demanda de
los revolucionarios
cubanos, entre 1952 y
1958, provinieran éstos
de la ortodoxia, el
autenticismo, el
Directorio
Revolucionario o el
Movimiento 26 de Julio,
era el restablecimiento
de la Constitución de
1940, una Carta Magna
que recogía las
expectativas
fundamentales de aquel
consenso
socialdemócrata. Una
sucesión presidencial
pacífica, entre Prío y
Agramonte, con
alternancia en el poder,
de los “auténticos” a
los “ortodoxos”, pudo
haber sido un pasado
virtual de Cuba.
Otro, más difícil de
imaginar, sería el de la
posibilidad de una
transición democrática a
partir de las elecciones
convocadas por Batista,
en 1958, en medio de la
confrontación militar
entre la dictadura y las
guerrillas de la Sierra
Maestra y El Escambray.
A diferencia de 1952,
cuando las razones de
Batista para dar el
golpe eran poco
convincentes y los
partidarios del general
eran escasos, en 1958 ya
había una buena parte de
la población
–campesinos,
estudiantes, obreros,
clase media y hasta una
porción considerable de
las élites económicas–
involucrada en el
respaldo a la oposición
violenta. Frente a los
revolucionarios y sus
simpatizantes se
colocaban los
partidarios del régimen
y, en el medio, una
minoría pacífica como la
que apoyó a Carlos
Márquez Sterling en las
elecciones del 3 de
noviembre de aquel año.
Desde 1957 o 1958 es
complicado articular una
historia contrafactual
en Cuba que eluda la vía
revolucionaria, debido
al deterioro que
experimentaron las
instituciones
republicanas, bajo la
dictadura, y a las
simpatías populares que
despertaba un cambio
violento. Habría
entonces que desplazar
la construcción de un
pasado virtual hacia los
dos primeros años de la
revolución en el poder,
es decir, al lapso que
va de enero de 1959,
cuando se forma el
Gabinete de Manuel
Urrutia Lleó, y abril de
1961, cuando se declara
el “carácter socialista”
del Gobierno de Fidel
Castro. En esos dos
años, la posibilidad de
otra Cuba, diferente a
la republicana
(1902-1958) y diferente
a la socialista
(1961-2008), fue real.
Esa Cuba que no fue,
ideológicamente ubicada
en la izquierda no
comunista
latinoamericana de
mediados del siglo xx,
pudo haber seguido un
itinerario más parecido
al de la revolución
mexicana. La tesis de
que Estados Unidos no
habría tolerado, en el
Caribe, un gobierno que
controlara algunos
recursos estratégicos y
nacionalizara ciertas
empresas
norteamericanas, además
de alfabetizar a la
población, distribuir la
propiedad agropecuaria e
industrializar el país,
se ve cuestionada por
las buenas relaciones
que Washington mantuvo
con el México de Lázaro
Cárdenas o con la
Venezuela de Acción
Democrática. Quienes
sostienen esa tesis
recurren, casi siempre,
al caso de la Guatemala
de Jacobo Arbenz, pero
la historia diplomática
de las relaciones entre
Estados Unidos y Cuba en
1959 y 1960 apunta a que
Eisenhower y Kennedy
estaban dispuestos a
mantener el vínculo con
un gobierno
nacionalista,
democrático o
autoritario, que no se
aliara con la Unión
Soviética.
Los historiadores
cubanos han debatido
durante medio siglo cuál
fue la principal
motivación de Fidel
Castro al girar hacia el
comunismo y aliarse a la
Unión Soviética. No hay
consenso sobre si
aquella maniobra audaz,
que creaba un campo de
batalla de la guerra
fría a unos kilómetros
de Florida, fue
resultado de una
convicción ideológica,
de un cálculo
geopolítico, de una
estrategia defensiva o
una mezcla de estas tres
opciones. Lo cierto es
que aquel camino, en
1961, no era el único y
que quienes lo tomaron
no respondían a una
demanda popular, a una
presión desde las élites
políticas o a una
expansión de la
hegemonía soviética
–Moscú, como Washington,
se hubiera conformado
con una revolución a la
mexicana–. La ideología
habanera en aquellos
años gravitaba,
mayoritariamente, hacia
la izquierda
nacionalista
democrática,
predominante en América
Latina, y el
marxismo-leninismo era
una doctrina que, con
mayor o menor
flexibilidad, manejaba
un pequeño círculo de
intelectuales.
La elección del modelo
comunista en Cuba fue,
por tanto, un acto de
voluntad, racional e
indeterminado. Imaginar
qué habría pasado si
Fidel Castro y sus
colaboradores más
cercanos no hubieran
elegido esa vía deja,
entonces, de ser un
tópico de la historia
contrafactual y se
convierte en un evento
de la historia
revolucionaria real. La
mayoría de los líderes
de la oposición y el
exilio cubanos, en las
dos primeras décadas del
socialismo, es decir, de
1960 a 1980, por lo
menos, pensaba que
aquella revolución
nacionalista y
democrática, inscrita en
la izquierda no
comunista
latinoamericana, era el
curso natural que debió
seguir la historia
contemporánea de Cuba y
que el giro al
marxismo-leninismo era,
en propiedad, una
ruptura del consenso
ideológico que había
logrado la caída de
Batista.
De no haberse producido
ese golpe de timón, la
historia, ya no de Cuba,
sino de América Latina y
sus relaciones con
Estados Unidos y Europa,
habría sido distinta. La
guerra fría no habría
tenido un capítulo
latinoamericano tan
intenso sin la Cuba
socialista. A pesar de
los graves problemas
sociales y económicos de
la región, es difícil
imaginar que se hubiera
producido un choque
frontal, tan costoso,
como el de las
izquierdas
revolucionarias y las
dictaduras militares.
Ambos fenómenos, el de
las guerrillas
latinoamericanas y el de
los regímenes
autoritarios, en los
años 60 y 70, son
inconcebibles sin la
radicalización de las
izquierdas populistas
que impulsa el
socialismo habanero y
sin la reacción contra
la misma que encabezan
las élites, los
ejércitos y Washington.
OTRA HISTORIA FUE
POSIBLE
Sin un aliado de la
Unión Soviética en el
Caribe habría sido poco
probable que la
humanidad hubiera estado
al borde de una tercera
guerra mundial, esta vez
atómica, en 1962, o que
el Gobierno de Estados
Unidos hubiera tenido
que dar cobijo a cientos
de miles de exiliados
cubanos y a respaldarlos
en sus intentos por
retomar el hilo de
aquella revolución
originaria. Sin una Cuba
soviética, seguramente,
no habría habido embargo
comercial, ni Ley de
Ajuste Cubano, ni éxodo
permanente hacia
Florida, ni Alianza para
el Progreso, ni una
cultura y una política
cubanoamericanas tan
influyentes, ni un Miami
hispano que es ya una
zona de contacto entre
las dos Américas.
El triunfo de la
Revolución Cubana
coincidió con el proceso
de descolonización en
África y Asia, con la
lucha por los derechos
civiles en Estados
Unidos y con la
articulación de una
nueva izquierda
occidental, como la que
protagonizó el
movimiento estudiantil
de 1968. La relación del
socialismo cubano con
esos fenómenos no
siempre fue fluida, ya
que la alianza con Moscú
limitaba a La Habana en
la práctica de una
izquierda heterodoxa.
Esa relación se produjo,
en buena medida, a
través de la figura del
Che Guevara, quien desde
finales de 1963
desempeñaba un papel
marginal dentro de la
clase política cubana.
El guevarismo fue un
movimiento de la
izquierda
latinoamericana que
compartía sólo una parte
del programa del
socialismo cubano, toda
vez que la sovietización
de este último era
rechazada por el Che
¿Habría existido
guevarismo en América
Latina sin una Cuba
socialista? Tal vez.
Otro tópico recurrente
en los discursos de la
izquierda
latinoamericana
contemporánea es el que
atribuye al socialismo
cubano la emergencia, en
la última década, de
movimientos y liderazgos
como el de Lula en
Brasil, Chávez en
Venezuela o Morales en
Bolivia. Algo de cierto
hay en tal percepción,
sobre todo, si se toma
en cuenta que esos tres
líderes son amigos de
Fidel Castro desde antes
de llegar al poder y
viajaron con frecuencia
a La Habana mientras
formaban parte de la
oposición en sus
respectivos países.
Pero, a diferencia del
Chile de Allende o de la
Nicaragua del Frente
Sandinista, las nuevas
izquierdas
latinoamericanas,
incluida la chavista, se
reconocen ideológica e
institucionalmente más
en la tradición del
nacionalismo democrático
que en la del
marxismo-leninismo. De
ahí que el vínculo
genealógico de esas
izquierdas con el
socialismo cubano no
pase de ser un gesto
retórico de “solidaridad
con Cuba”.
En las ideas políticas y
en la estrategia
pública, las nuevas
izquierdas
latinoamericanas deben
más a la revolución
mexicana que a la
cubana. Ninguna de esas
izquierdas ha propuesto
la estatalización de la
economía, la creación de
un partido único, la
ilegitimidad de la
oposición, la ausencia
de libertades públicas o
el enfrentamiento con
Estados Unidos. Ninguna
de esas izquierdas ha
adoptado el
marxismo-leninismo como
ideología de Estado ni
ha acomodado sus
políticas educativas y
culturales a una rígida
filiación doctrinal. Sin
embargo, los líderes de
esas izquierdas, con el
fin de satisfacer a los
sectores más radicales
que los apoyan y de
marcar distancia con
Washington, se presentan
como herederos de la
Revolución Cubana.
Desde otro ángulo de la
historia política, es
posible pensar que,
aunque el socialismo
insular deja un legado
inservible para los
gobiernos
latinoamericanos, aún
funciona como símbolo de
un proyecto de equidad
social y resistencia a
la hegemonía de Estados
Unidos. Ese símbolo no
está exento de
negatividad, puesto que
para los gobiernos de la
izquierda
latinoamericana, Cuba
representa lo que no se
debe hacer con tal de
avanzar en materia de
justicia y soberanía:
poner toda la economía
en manos del Estado y
enfrentarse a
Washington. Pero aún
así, el símbolo
funciona, sobre todo,
como una manera expedita
de controlar a las
oposiciones internas de
la izquierda radical y
de proyectar una
diplomacia autónoma.
Cuando los ideólogos de
la isla insisten en que,
gracias al socialismo
cubano, las nuevas
izquierdas
latinoamericanas han
logrado constituir
opciones de gobierno
responsable, no dejan de
tener razón. Sólo que en
la afirmación de una
paternidad simbólica
ante esas izquierdas,
los socialistas cubanos
ocultan la
discontinuidad
institucional que esos
gobiernos manifiestan
con respecto al modelo
insular. El socialismo
cubano, con su partido
único y su economía de
Estado, no pertenece a
la familia política de
las nuevas izquierdas
latinoamericanas sino a
la vieja estirpe de los
comunismos de Europa del
Este. Si ese socialismo
finalmente se decide a
parecerse a sus
izquierdas vecinas,
entonces aquel pasado
virtual se volverá real
y Cuba dejará de ser una
excepción
latinoamericana.
II.
Primer Comentario
de Carlos Alzugaray
el
lunes primero de
diciembre del 2008
En su artículo "Un
pasado
Enviado por Carlos
Alzugaray (no
verificado) el Lun,
01/12/2008 - 21:50.
En su artículo "Un
pasado virtual", Rafael
Rojas hace una
afirmación sumamente
discutible, en el mejor
de los casos: " . . . la
historia diplomática de
las relaciones entre
Estados Unidos y Cuba en
1959 y 1960 apunta a que
Eisenhower y Kennedy
estaban dispuestos a
mantener el vínculo con
un gobierno
nacionalista,
democrático o
autoritario, que no se
aliara con la Unión
Soviética."
Dos acontecimientos
claves indican que en
fecha tan temprana como
abril-mayo de 1959 la
administración
Eisenhower decidió
seguir una política de
cambio de régimen. Uno
fue la visita de Fidel
Castro a Washington en
abril, la negativa del
Presidente Eisenhower a
reunirse con él y la
bien conocida entrevista
con Richard Nixon. El
otro fue el ácido
intercambio de notas
verbales entre ambos
países por la adopción
en mayo de 1959 de la
Reforma Agraria
demandada por la
Constitución del 40 y
exigida por buena parte
de la ciudadanía, asunto
además incluido en todo
programa político de
gobierno, pero
cuestionada fuertemente
por el Departamento de
Estado.
La administración de
Eisenhower, definida por
algunos politólogos
norteamericanos como la
'hidden-hand presidency'
por su propensión a la
utilización de acciones
encubiertas (vuelos U-2,
derrocamiento de
Mossadeg en Irán y
acción en Guatemala)
comenzó a trabajar
activamente para
organizar a los grupos
de exilados cubanos en
Estados Unidos en algún
momento después de esa
fecha y la CIA comenzó a
organizar infiltraciones
y actos de sabotaje.
Para octubre de 1959 ya
los planes estaban
funcionando y Cuba vio
una continuada acción de
sabotaje económico que
hoy sabemos fue
organizado por la CIA.
En diciembre el propio
Presidente le exigió a
Allen Dulles, director
de la CIA, que adoptara
medidas más 'drásticas'
contra Cuba que las
infiltraciones y
sabotajes y en marzo de
1960 aprobó el plan de
la CIA para la
realización de
operaciones encubiertas
que llevaran al
'derrocamiento del
régimen de Fidel Castro
en Cuba'.
Es bueno apuntar que
aunque el primer
contacto
cubano-soviético tuvo
lugar en octubre de 1959
cuando Alejandro
Alexeiev visitó la
Habana en un viaje de
exploración, no hay
record alguno de que
Estados Unidos conoció
este contacto o le dio
importancia. Este viaje
no condujo a nada hasta
que el Vice Primer
Ministro Mikoyan viajó a
la Habana en febrero de
1960, como resultado de
lo cual se firmaron
acuerdos económicos (ya
antes de que Batista
rompiera relaciones con
la URSS durante su
dictadura, Cuba había
vendido azúcar a ese
país). No fue hasta mayo
de 1960 que Cuba
restableció relaciones
diplomáticas con Moscú,
pero ya los planes de
cambio de régimen
estaban en pleno
funcionamiento.
En abril del mismo año
un memorándum interno
del Departamento de
Estado propuso la
adopción de sanciones
económicas que llevaran
al 'hambre, la
desesperación y el
derrocamiento del
gobierno'.
Eisenhower rompió
relaciones con Cuba en
enero de 1961 antes de
entregarle el poder a
Kennedy. Kennedy aprobó
todo lo hecho por
Eisenhower y, después
del fracaso de Playa
Girón, recrudeció los
planes de provocar el
cambio de régimen
poniendo al frente al
General Edward Lansdale,
el personaje real que
dio pie al ficticio
"americano feo" de
Graham Greene. El
conocimiento de la
existencia de estos
planes sin dudas motivó
la Crisis de los Misiles
de octubre de 1962.
Antes de la Crisis de
Octubre de 1962, Che
Guevara se reunió con
Richard Goodwin, asesor
de Kennedy para América
Latina, durante la
conferencia de Punta del
Este en la cual se
adoptó la Alianza para
el Progreso. Allí le
propuso un acuerdo de
modus vivendi. Goodwin,
en sus memorias, ha
relatado que cuando
informó a Kennedy al
respecto, este se limitó
a decirle que hiciera un
informe de la reunión.
Pero nada indica que
Kennedy intentó un
acercamiento a Cuba sino
hasta después de la
Crisis de Octubre de
1962 y lo hizo poco
antes de ser asesinado
en Dallas en noviembre
de 1963. Unos meses
antes de ello, sin
embargo, firmó el
decreto estableciendo el
bloqueo económico,
comercial y financiero a
las relaciones con Cuba.
Estos hechos pueden
comprobarse en los
documentos Foreign
Relations of the United
States (FRUS) publicados
por el gobierno
norteamericano en 1991,
la documentación sobre
la CIA y la preparación
de la invasión de Playa
Girón (o Bahía de
Cochinos) publicada por
el National Security
Archives y las memorias
del último Embajador
norteamericano en Cuba,
Philip Bonsal.
Hay una famosa anécdota
de una conversación de
Allen Dulles con el
Embajador británico en
1960 donde este último
argumentó la
conveniencia de evitar
que Cuba comprara armas
a la URSS (por el
interés británico de
venderle unos aviones, a
lo que Eisenhower y su
gobierno se opusieron) y
Dulles respondió que eso
era lo que el gobierno
de Washington quería
(evidentemente para
tener una razón similar
a la aducida en
Guatemala).
Dr. Carlos Alzugaray
Treto,
Profesor Titular,
Centro de Estudios
Hemisféricos y sobre
Estados Unidos (CEHSEU)
Universidad de la
Habana,
Cuba
III. Primera Réplica
de Rojas a Alzugaray del
2 de diciembre de 2008
La historia, como
cualquier
Enviado por Rafael Rojas
(no verificado) el Mar,
02/12/2008 - 21:42.
La historia, como
cualquier otra
disciplina hermenéutica
de las ciencias sociales
se basa en argumentos
"cuestionables", ya
parte de la
interpretación de hechos
y no de la transcripción
de los mismos. Los
hechos que menciona
Carlos Alzugaray son
ciertos, pero no son los
únicos que nos permiten
comprender la
complejidad de la
política de Estados
Unidos en los dos
primeros años de la
Revolución. Una política
en la que intervinieron
muchos actores: la CIA,
el Pentágono, el Senado,
el Dapartamento de
Estado, la presidencia
saliente de Eisenhower y
la entrante de Kennedy.
Sugiero a Alzugaray que
considere los siguientes
elementos:
1. Fidel Castro no tenía
por qué ser recibido por
el presidente Eisenhower
en abril de 1959: él no
era jefe de Estado, sólo
era primer ministro, y
su visita no era
oficial, sino que
respondía a la
invitación de la
Sociedad de Editores de
Periódicos.
2. De esa visita salió
el acuerdo económico
entre Estados Unidos y
Cuba y que firmaron
ambos gobiernos el 2 de
mayo de 1959, mientras
Fidel estaba en Buenos
Aires.
3. Tras la firma de la
primera Ley de Reforma
Agraria del 17 de mayo
de 1959, el Departamento
de Estado envió la nota
diplomática del 11 de
junio en la que se
reconocía el derecho del
Estado cubano a
expropiar tierras por
utilidad pública, aunque
instando al gobierno
revolucionario a que
realizara compensaciones
oportunas.
4. En octubre de 1959
hubo un intercambio de
tensas notas
diplomáticas entre ambos
gobiernos, pero la
interlocución entre el
embajador Bonsal con el
canciller Roa se
mantuvo.
5. Con los cambios
ministeriales de
noviembre, varios
políticos moderados y
que, como Felipe Pazos,
eran negociadores por la
parte cubana de los
acuerdos económicos y
comerciales iniciados en
abril, quedaron fuera
del gobierno y la
política económica de la
isla comenzó a ser
manejada por líderes
marxistas.
6. El 26 de enero
Eisenhower pronuncia un
discurso conciliatorio
con el gobierno
revolucionario,
afirmando que hay
señales inquietantes de
radicalización pero que
la Habana se mantiene
dentro de las naciones
democráticas del
hemisferio. El embajador
argentino Julio Amoedo
hace gestiones
mediadoras entre
Washington y la Habana.
7. El 15 de marzo de
1960, después de la
explosión de la Coubre y
de que las relaciones
con los soviéticos ya
han avanzado bastante y
que el liderazgo del
gobierno revolucionario
comienza a estar en
manos de viejos y nuevos
comunistas, el ministro
de Hacienda Rufo López
Fresquet intenta retomar
la negociación
diplomática con
Washington.
8. El embajador Bonsal
permanece en la Habana
hasta el 29 de octubre
de 1960, después que se
han producido las
principales
nacionalizaciones y el
conflicto por el
refinamiento de crudo
soviético y la
suspensión de la cuota
azucarera.
9. La ruptura de
relaciones diplomáticas
entre Estados Unidos y
Cuba se produce el 3 de
enero de 1961, después
que el líder de la
Revolución ha afirmado
que es
marxista-leninista y ha
apostado por la alianza
con la Unión Soviética,
el rival de Estados
Unidos en la guerra
fría.
Nada de esto contradice
que la CIA recibiera
informes de que el Che
Guevara y Raúl Castro
eran comunistas, desde
1958, ni que desde el
verano del 59, a
instancias de exiliados
cubanos -convencidos
desde entonces que el
gobierno revolucionario
se radicalizaba en clave
marxista- comenzara
planearse el
derrocamiento del
régimen. Pero, como
sabemos, la CIA sólo era
una parte de aquella
compleja construcción
política y los actos de
subversión comenzaron,
en realidad en los
primeros de los 60,
cuando había suficientes
evidencias de la
radicalización
comunista.
Entre otras fuentes
bibliiográficas que
suscriben esta
interpretación, menciono
que en la página 250 del
más reciente libro de
Louis A. Pérez Jr, Cuba
in the American
Imagination, se sostiene
que la oposición del
gobierno de Estados
Unidos a la Revolución
Cubana se inició en
febrero de 1960, luego
de que, durante el viaje
de Mikoyan a la Habana,
se diera a conocer el
acuerdo comercial entre
isla y la Unión
Soviética.
Por todo lo anterior, su
conclusión de que desde
el verano de 1959 la
política de Estados
Unidos apostaba por un
"cambio de régimen",
también puede ser
cuestionada.
Rafael Rojas
IV.
Segundo
comentario
(contrarréplica) de Alzugaray
el 9 de diciembre de 2008
Respuesta a Rafael Rojas
Enviado por Carlos
Alzugaray (no
verificado) el Mar,
09/12/2008 - 01:04.
Antes de responder a
Rafael Rojas
puntualmente, quisiera
hacer varias
apreciaciones de índole
general:
Coincido con Rojas en
dos apreciaciones
holistas. En primer
lugar, sobre el método
histórico, resulta
evidente que lo más que
podemos hacer los
investigadores es
consultar los documentos
y otras fuentes, algunas
orales, e intentar
reconstruir los hechos.
En la mayor parte de los
casos, los hechos están
mediados por los
recuerdos e intenciones
de los actores no
siempre reflejados
perfectamente en las
fuentes documentales y
se prestan a disímiles
interpretaciones, y
entre una y otra
alternativa hay
distintas tonalidades.
Raras veces un hecho
histórico se nos
presenta en forma clara
y terminante, sobre todo
cuando hay una
consciente voluntad de
ocultarlos. Sin embargo,
hay ocasiones en que los
hechos inclinan en una
dirección u otra. La
obligación del
investigador e
historiador es reconocer
cuando una apreciación
de determinado tipo
puede ser discutible y
matizarla adecuadamente
para que el lector pueda
profundizar y llegar a
sus propias
conclusiones, aunque no
sean las del autor.
En segundo lugar,
coincido en que no se
puede ver a un gobierno
como un actor racional
único. Esta imagen que
prevaleció en el campo
de la historia y la
teoría de las relaciones
internacionales, a
partir de la corriente
realista/neorrealista ya
ha sido muy cuestionada
y abandonada, hasta por
la corriente que la
formuló. Así que no hay
duda que en cualquier
gobierno pueden existir
posiciones y acciones
distintas en los
diferentes órganos.
Acepto pues que haya
diferencias entre el
Departamento de Estado y
la CIA. Pero en el caso
que nos ocupa hay que
buscar elementos que nos
permitan apuntar cual de
los dos órganos del
Estado norteamericano
reflejaba más fielmente
las intenciones del
Primer Mandatario y de
su entorno cercano.
En el caso que nos ocupa
cualquier historiador
debe tener en cuenta un
rasgo específico de la
Administración
Eisenhower, la que, a
todas luces, diseñó una
política hacia Cuba que
ha sido prácticamente la
misma en sus objetivos e
instrumentos hasta
nuestros días, quizás
con la excepción del
breve período de la
Administración Carter
entre 1977 y 1981. La
Administración Kennedy
lo único que hizo fue
seguir la política y
llevarla a sus últimas
consecuencias con los
resultados bien
conocidos. Solo después
de la Crisis de 1962(de
los Misiles, de Octubre
o del Caribe, según la
perspectiva de los que
narran los
acontecimientos). Los
objetivos han sido, en
primer lugar, buscar y
lograr lo que hoy se
denomina como ‘cambio de
régimen’ y, en segundo
lugar, ‘contener’ el
modelo cubano y no
permitir lo que el
Presidente Kennedy llamó
‘segundas Cubas’ en el
hemisferio occidental.
Los instrumentos han
sido multifacéticos
(económicos, políticos,
diplomáticos y hasta
militares) y en ese afán
se han cometido
innumerables violaciones
del derecho
internacional y de la
soberanía de Cuba. Estas
acciones en ocasiones
han llegado a caer
francamente en casos de
terrorismo. Como
resultado de ello se han
causado enormes daños a
la nación cubana.
De la lectura de los
documentos disponibles
se puede concluir que el
Presidente Eisenhower
hizo un esfuerzo
especial por mantener en
la mayor discreción
posible los pasos dados
para derrocar al
gobierno cubano,
incluyendo los planes de
asesinar al Primer
Ministro, Fidel Castro
porque estaba consciente
de la ilegalidad y/o
ilegitimidad de los
mismos. Incluso en una
ocasión advirtió a todos
los miembros del Consejo
de Seguridad Nacional
que lo allí discutido
sobre Cuba no podía ser
de conocimiento de nadie
más.
Ese rasgo específico de
la Administración
Eisenhower está basado
en la práctica del
‘plausible denial’ o
‘denegación plausible’
adoptada por la Agencia
Central de Inteligencia
en época de Allen
Dulles, colaborador
estrecho de Eisenhower,
con el fin de llevar a
cabo operaciones
encubiertas que, si
fueran descubiertas,
podría ser negado su
conocimiento por parte
de las altas esferas del
gobierno. Entre las
operaciones que tuvieron
estas características en
la década de 1950
estuvieron los vuelos de
espionaje de los
aparatos U-2 sobre la
Unión Soviética, el
derrocamiento del
Gobierno de Arbenz en
Guatemala y el de
Mohamed Mossadeg en
Irán. Estas prácticas
fueron muy criticadas
después del escándalo
Watergate y de la
investigación del Comité
Senatorial Church en
1977.
La eficiencia y
extensión de la práctica
de la denegación
plausible durante la
Administración
Eisenhower llevó al
politólogo
Fred I. Greenstein a
escribir su libro The
Hidden-Hand Presidency:
Eisenhower as Leader,
calificado en los
siguientes términos por
la revista The Economist:
“Some books, like some
scientific theories,
have the capacity to
alter people's whole way
of looking at the world.
Such a book is 'The
Hidden-Hand Presidency.'
To read it is to
discover, among other
things, that everything
you ever believed about
Dwight Eisenhower as
president of the United
States is wrong”.
El nivel de ocultamiento
de los verdaderos
objetivos y políticas
hace que cualquier
investigación histórica
del período tenga que
ser muy cuidadoso en el
manejo de fuentes y
contextos.
Aunque Rojas no se
refiere a ello, un
elemento importante de
cualquier hecho
histórico es el de
incorporar análisis que
sitúan los hechos en
contextos más amplios
que demuestran pautas de
comportamiento.
Tal es el caso del
historiador
norteamericano que Rojas
cita y que sin dudas ha
sido el que más ha
estudiado y escrito
sobre la relación
cubano-norteamericana y
de cuya seriedad caben
pocas dudas: Louis A.
Pérez Jr., J. Carlyle
Sitterson Professor de
Historia y Director del
Instituto para el
Estudio de las Américas
de la Universidad de
Carolina del Norte en
Chapel Hill,
recientemente electo a
la Academia Nacional de
Artes y Ciencias de
Estados Unidos. En su
última obra sobre el
tema, aparecida hace
unos meses – Cuba in the
American Imagination:
Metaphor and the
Imperial Ethos –,
después de hacer un
largo recorrido
histórico analítico
sobre esta relación
entre ambiciones y
realidades hegemónicas
por parte de Estados
Unidos y ansias de
libertad e independencia
por parte de Cuba,
refiriéndose a la
Revolución, Pérez afirma
que la mera propuesta de
una Cuba para los
cubanos, esto es,
cubanos ya no dispuestos
a acomodarse a las
necesidades
norteamericanas, era muy
difícil de contemplar
para los
norteamericanos. (Página
240) Los Gobiernos en
Washington se habíaN
acostumbrado a
intervenir en los
asuntos internos cubanos
y determinar los
acontecimientos, como lo
había demostrado la
fallida Revolución de
1933 y la llamada
‘mediación’ de Sumner
Welles, que resultó en
la caída del gobierno de
Grau/Guiteras y en el
surgimiento de Batista
como figura política
clave entre 1933 y 1958.
El debate gira en torno
a la posición de Estados
Unidos respecto al
movimiento
revolucionario dirigido
por Fidel Castro. Lou
Pérez, en su obra The
United States and Cuba:
Ties of Singular
Intimacy, llega a la
conclusión que ya en
diciembre de 1958, con
el envío de un emisario
a Batista, William
Pawley, un amigo
personal del Presidente
Eisenhower, quedaba
claro que Estados Unidos
se oponía a la llegada
de Fidel Castro al
poder. (Ver 3ª edicion,
University of Georgia
Press, 2003, página 237)
En mi libro Crónica de
un Fracaso Imperial,
editado en 1999 y que
verá su segunda edición
cubana este año,
demuestro que durante
todo 1958 el Gobierno de
Eisenhower trabajó para
evitar el triunfo de
Fidel Castro con
distintas tácticas. El
que fueran fallidas no
niega que las utilizaron
con toda intención. Es
evidente que el
Embajador Smith (que no
era un profesional de
carrera) y la Misión
Militar (unos 30
oficiales en el Estado
Mayor del Ejército de
Batista) eran
partidarios de apoyar a
Batista hasta el final y
fortalecerlo en la
medida de lo posible. El
Departamento de Estado y
la CIA, sobre todo
después de mediados de
1958, buscaban sustituir
a Batista por un
gobierno más aceptable
ya fuera a través del
cambio electoral (ya
imposible para esa
fecha) o la sustitución
del dictador por una
Junta Cívico Militar
aprobada por él y
constituida por sus
allegados. El 23 de
diciembre de 1958, el
Secretario Interino de
Estado, Christian Herter,
envió al Presidente un
memorándum resumiendo
las cuestiones
principales de la
situación en Cuba y de
la política que había
seguido y estaba
siguiendo el
Departamento de Estado
hacia la Isla. En él se
afirmaba:
“En resumen, no creemos
que Batista tenga
posibilidad alguna de
establecer a su sucesor
firme y pacíficamente en
el Gobierno, el 24 de
febrero de 1959. Por
tanto, estamos tratando
de fomentar, por todos
los medios disponibles
sin llegar a una
intervención abierta,
una solución política en
Cuba que mantenga al
movimiento de Castro
fuera del poder,
garantice la exclusión
efectiva del poder de
los odiados elementos
del régimen batistiano,
permita al presidente
Batista y a su familia
retirarse de la escena
cubana de una forma
protegida, y que resulte
en un Gobierno basado
ampliamente en el
consentimiento y el
apoyo populares.” (Memorándum
del secretario de Estado
Interino Christian
Herter al presidente
Dwigh D. Eisenhower, del
23 de diciembre de 1958
en Department of State,
Foreign Relations of the
United States,
1958-1960.
Volume VI, Cuba,
Washington: United
States Government
Printing Office, 1991,
página 307).
El triunfo del
movimiento
revolucionario
encabezado por Fidel
Castro fue una sorpresa
para el gobierno de
Estados Unidos, que no
tuvo otro remedio que
aceptar la realidad que
se le imponía. Se inició
un período que he
calificado de ‘cauteloso
escepticismo crítico’
por parte de Estados
Unidos hacia Cuba. Esta
etapa fue de poca
duración. La aprobación
formal del ‘Programa
de acción encubierta
contra el régimen de
Castro’ ocurrió el 17 de
marzo de 1960 pero este
no fue otra cosa que la
materialización en
acciones concretas de
una decisión tomada en
algún momento de 1959.
Hago esta afirmación
después de una cuidadosa
búsqueda y comparación
de distintas fuentes. La
naturaleza muy opaca
mediante la cual el
Presidente Eisenhower
llevaba a cabo su
proceso de toma de
decisiones, sobre todo
cuando se trataba de
operaciones encubiertas
con el fin de garantizar
la denegación plausible,
hace que sea muy difícil
encontrar lo que pudiera
llamarse la pista clara
o el ‘smoking gun’ como
dirían nuestros colegas
estadounidenses.
En apoyo de lo anterior
quisiera citar
textualmente de mi tesis
doctoral aún no
publicada:
“El proceso por el cual
se fue elaborando esta
política no fue lineal
ni exento de
contradicciones. A
partir de una estrecha
coordinación entre el
Departamento de Estado y
la Agencia Central de
Inteligencia, otros
organismos del Estado
imperial se fueron
incorporando a los
planes a lo largo del
período. A diferencia de
lo sucedido durante
1958, se alcanzó un alto
grado de coherencia y
concertación entre todos
los factores. El
gobierno norteamericano
no podía ocultar su
hostilidad ante las
nuevas autoridades
cubanas, sobre todo
frente al sector
revolucionario,
representado
fundamentalmente por los
principales jefes
guerrilleros: Fidel
Castro, Ernesto Che
Guevara, Raúl Castro,
Camilo Cienfuegos y
otros. Durante 1959 fue
emergiendo poco a poco
‘dentro de la rama
ejecutiva un consenso
favorable al
enfrentamiento a escala
bilateral y,
subsecuentemente,
regional y global.’
(Morris Morley, Imperial
State and Revolution.
The United States and
Cuba, 1952-1986,
Cambridge: Cambridge
University Press, 1987,
páginas 72-73.)
“La única nota que por
momentos sonó disonante
era la que emitían,
desde la Habana, el
Embajador Bonsal y sus
principales
colaboradores. Aunque no
se llegaron a reproducir
las fuertes
contradicciones entre
Smith y el Departamento
de Estado, los
documentos sí reflejan
que Bonsal, Braddock,
Topping y otros
funcionarios, aún cuando
estuvieron esencialmente
de acuerdo con la
política y la ejecutaron
sin ningún tipo de
ambigüedades, siempre
fueron partidarios de un
curso de acción más
prudente, cauteloso y,
pudiera decirse,
constructivo.
“Todos los hilos
conductores de esta
entreverada madeja no
están aún a la vista.
Mientras que en lo que
respecta al Departamento
de Estado, la
publicación de una
amplia documentación
permite marcar las
distintas etapas, ello
resulta difícil en el
caso de la CIA, cuyas
actividades en Cuba
durante 1959 siguen
envueltas en una densa
nube de misterio, salvo
por aquellas operaciones
que fueron conocidas y
desarticuladas por la
Seguridad del Estado de
Cuba. Sin embargo, puede
afirmarse, sin ninguna
duda, que las acciones
de la Agencia Central de
Inteligencia contra Cuba
comenzaron en el mismo
año de 1959. En el
propio Informe del
Inspector General de la
CIA sobre la operación
de Playa Girón,
publicado en Estados
Unidos en febrero de
1998 gracias a los
esfuerzos realizados por
la organización no
gubernamental
National Security
Archives (Archivos
de Seguridad Nacional),
se reconoce sin ambages
que ‘la historia del
proyecto cubano comienza
en 1959.’
(Central Intelligence
Agency, Inspector
General’s Survey of the
Cuban Operation -October
1961- (T.S. 173040) and
Related Documents,
Washington: National
Security Archives, 1997,
pág. 3 del documento TS
–Top Secret– Nº 173040)
“Aunque resulta difícil
determinar con
exactitud, sobre la base
de fuentes oficiales, el
momento en que la CIA
comenzó a actuar contra
la Revolución con todo
su arsenal de acciones
encubiertas, es
presumible, que lo hizo
a partir de una fecha
muy temprana en 1959.
Esto puede deducirse
perfectamente de los
documentos publicados
por el Departamento de
Estado, pues en un
balance que se hizo el
14 de enero de 1960 en
la 432ª Reunión del
Consejo Nacional de
Seguridad, ante el
Presidente Eisenhower y
sus principales
colaboradores, uno de
cuyos objetivos
centrales era el de
adoptar una política
hacia Cuba más
coordinada y abarcadora
sobre la base de un
documento preparado por
el Departamento de
Estado, dos altos
funcionarios del mismo,
el Subsecretario para
Asuntos Políticos
Livingston T. Merchant y
el Secretario Adjunto
para Asuntos
Interamericanos Roy
Rubottom reconocieron
que desde junio de 1959
se ‘había llegado a la
decisión de que no era
posible lograr nuestros
objetivos con Castro en
el poder’, poniéndose en
marcha un programa que
‘el Departamento de
Estado había estado
elaborando con la CIA’
cuyo propósito era el de
‘ajustar todas nuestras
acciones de tal manera
que se acelerara el
desarrollo de una
oposición en Cuba que
produjera un cambio en
el gobierno cubano
resultante en un nuevo
gobierno favorable a los
intereses de E.U.’ (Department
of State, Foreign
Relations of the United
States, 1958-1960.
Volume VI, Cuba,
Washington: United
States Government
Printing Office, 1991,
742.)
Otros historiadores
llegan a otras
conclusiones.
Morley, por ejemplo, en
su obra citada (página
74) se muestra
partidario de la
hipótesis de que
Eisenhower llegó a la
conclusión de que había
que hacer todo lo
posible para derrocar a
Fidel Castro en abril de
1959, para lo cual cita
a
Neil McElroy,
Secretario de Defensa en
1959,
en una grabación
realizada para el
proyecto de historia
oral de la Biblioteca
Eisenhower en Abilene
consultado por Morley.
Vayamos a los puntos
específicos de Rojas:
1.
La visita de Fidel
Castro a Washington en
abril de 1959. La
lectura de los
documentos del
Departamento de Estado
citados y las memorias
del Embajador Bonsal (Cuba,
Castro, and the United
States, Pittsburgh:
University of Pittsburgh
Press, 1971) sobre este
punto demuestra
que la parte
norteamericana le dio
suma importancia y se
preparó exhaustivamente.
Hubo varias reuniones
entre el Presidente
Eisenhower, que en algún
momento sugirió que no
se le diera la visa, y
sus colaboradores.
Incluso se pensó en
pedirle a la Sociedad
Nacional de Editores de
Periódicos que le
retirara la invitación.
Lo importante de esta
visita fue la entrevista
con el Vicepresidente
Nixon y las conclusiones
que este último sacara
de las mismas, expuestas
en un largo Memorándum.
Se puede concluir
tentativamente que los
dirigentes
estadounidenses que se
reunieron con él
confirmaron su criterio
de que Fidel Castro no
aceptaría el tipo de
relaciones a que Estados
Unidos estaba
acostumbrado a tener con
Cuba. En esto Fidel
Castro fue explícito
diciendo incluso que no
iba a Washington a pedir
ayuda económica. Sus
colaboradores económicos
fueron instruidos de no
hacer ningún
planteamiento de este
tipo durante la visita.
2.
La cuestión económica
jugó un importante
papel, pero se puede
concluir que no fue en
el sentido que le da
Rojas. Los funcionarios
del Departamento de
Estado se prepararon
efectivamente para
llegar a acuerdos con el
gobierno de Fidel Castro
durante la visita de
éste pero su objetivo
era el de obtener
concesiones de carácter
político a cambio de una
promesa de ayuda
económica. A tal
conclusión se puede
llegar estudiando los
documentos aparecidos en
el volumen de Foreign
Relations of the United
States, publicado por el
Gobierno norteamericano
en 1991. (Véanse páginas
469-470) El acuerdo
económico al que hace
referencia Rojas tuvo
realmente poca
importancia. Por otra
parte, ya para estas
fechas se comenzó a
discutir en el seno del
gobierno norteamericano
la posibilidad de
utilizar el tema de la
cuota azucarera cubana
como un instrumento de
presión contra el
gobierno cubano. (Véanse
páginas 483-484)
3.
Respecto a la Ley de
Reforma Agraria. En el
contexto histórico de
las relaciones entre
Cuba y Estados Unidos,
el que la Embajada de
Estados Unidos en la
Habana demandara del
gobierno cubano en nota
oficial del 11 de junio
el pago ‘rápido,
adecuado y en efectivo’
en contraposición a la
forma adoptada en la Ley
– bonos pagaderos a 20
años al 4.5% de interés
–, no podía si no ser
interpretado por la
parte cubana como una
presión inaceptable. Por
otra parte, el Canciller
Roa, trasladado desde la
OEA para ser designado
en su nuevo cargo el 12
de junio, viajó el 22 a
Washington para
despedirse y se
entrevistó con el
Subsecretario de Estado
Douglas Dillon, quien de
forma velada pero clara
le insinuó que de no
resolverse el pago de
las indemnizaciones
exigido por Washington,
ello podría afectar la
aprobación de la Ley
Azucarera y, por tanto,
la cuota otorgada a
Cuba.
4.
En agosto de 1959 los
servicios de
inteligencia cubanos
detectaron la
participación de
oficiales de la CIA
acreditados como
diplomáticos en la
Embajada en la Habana en
reuniones vinculadas a
una conspiración contra
Cuba organizada por el
dictador de República
Dominicana, Trujillo.
Por esas mismas fechas
fructificó una maniobra
diplomática de Estados
Unidos para convocar una
reunión de consulta de
Cancilleres de la OEA
dirigida contra Cuba en
Santiago de Chile.
5.
Según el informe citado
del Inspector General de
la CIA, en septiembre
esa institución comenzó
el reclutamiento de
emigrados cubanos a fin
de entrenarlos para
eventuales acciones
encubiertas contra Cuba.
6.
Según se deduce de los
documentos citados del
Departamento de Estado y
de las memorias del
Embajador Bonsal, ya
para estas fechas,
septiembre/octubre de
1959, el diplomático fue
marginalizado del
proceso de toma de
decisiones. Mientras en
la Habana el enviado
intentaba producir un
diálogo con el gobierno
cubano, que fue
reciprocado – el 3 de
septiembre el Canciller
Roa lo invitó a una cena
con el Primer Ministro –
la maquinaria del
gobierno norteamericano
se movía implacablemente
hacia la política de
cambio de régimen.
7.
A mediados de septiembre
Bonsal viajó en
consultas a Washington y
se le instruyó endurecer
la posición de Estados
Unidos. Paralelamente un
documento de
instrucciones de la USIA
(Agencia de Información
de Estados Unidos)
indicó a las Embajadas
norteamericanas en el
hemisferio que hicieran
todo lo posible por
aislar a Cuba y
estimular criterios
negativos sobre el
gobierno cubano.
8.
El planteamiento
conciliador de
Eisenhower al que hace
referencia Rojas tiene
su historia. Fue el
resultado de las
gestiones del Embajador
Bonsal quien, a partir
de sus contactos en
Cuba, intentaba buscar
un clima más favorable,
sobre todo porque en
fecha reciente se había
reunido con Fidel
Castro, con el
Presidente Osvaldo
Dorticós y con el
Canciller Roa y, a su
criterio, se había
llegado a una situación
de diálogo favorable. A
partir de esas
apreciaciones logró que
el Departamento de
Estado aceptara
proponerle a Eisenhower
un pronunciamiento de
esta índole, donde se
enfatizaba el principio
de no intervención para
calmar al gobierno
cubano. Pero este
planteamiento, que tomó
la forma de una
declaración presidencial
(no fue un discurso) no
se pronunció hasta el 26
de enero de 1960. En sus
memorias, Bonsal no pudo
eludir lamentarse de que
Estados Unidos rehusara
atenerse al principio
proclamado por su
Presidente en ese
documento y afirmó:
‘resulta muy claro que
las medidas que el
gobierno de Estados
Unidos adoptó después
con el propósito de
derrocar a Castro
produjeron resultados
directamente contrarios
a los anticipados’. (Op.
Cit., página 124)
9.
Un problema que agudizó
las relaciones en el mes
de octubre de 1959 fue
la evidente impunidad
con la cual avionetas
pilotadas por ciudadanos
cubanos emigrados a
Estados Unidos volaban a
Cuba procedentes de
territorio
norteamericano y
lanzaban bombas
incendiarias contra
plantaciones de caña en
vísperas del comienzo de
la zafra azucarera. Hubo
un caso de sobrevuelo no
autorizado sobre la
ciudad de la Habana
sobre el cual el
gobierno cubano afirmó
que se lanzaron
granadas, con pérdida de
vidas. Por informes
ambiguos de Allen Dulles
al Presidente Eisenhower
se puede concluir que la
CIA no era ajena a esta
actividad.
10.
El 5 de noviembre Herter
envió un informe al
Presidente Eisenhower en
el que decía:
‘El Departamento
fundamenta su
recomendación de
política en varias
conclusiones, a las que
se han llegado después
de una meticulosa
observación del régimen
de Castro durante los
últimos diez meses.
Estas conclusiones son
(a) que no hay una base
razonable para sustentar
nuestra política en la
esperanza de que Castro
adoptará voluntariamente
políticas y actitudes
consistentes con el
mínimo de requisitos de
Estados Unidos en
materia de seguridad e
intereses políticos; (b)
que la prolongada
continuación del régimen
de Castro en Cuba en su
actual forma tendrá
serios efectos adversos
en la posición de
Estados Unidos en
América Latina con la
correspondiente ventaja
para el comunismo
internacional; y (c) que
solo promoviendo dentro
de Cuba una oposición
coherente deseosa de
alcanzar progreso
político y económico
dentro del marco de unas
buenas relaciones
Estados Unidos-Cuba
puede moderarse o
reemplazarse el régimen
de Castro.’
(Departamento de Estado,
op.cit., págs. 656-657)
Este documento fue
aprobado por el
Presidente Eisenhower el
9 de noviembre de 1959.
11.
Paralelamente con estos
acontecimientos, el
gobierno norteamericano
movió todos sus recursos
para bloquear que Gran
Bretaña aceptara una
propuesta de Cuba para
sustituir unos
anticuados aviones de
combate de hélice Sea
Fury, vendidos a
Batista, por unos más
modernos Hawker Hunter,
teniendo en cuenta las
crecientes tensiones con
el régimen dictatorial
de Trujillo en República
Dominicana, al cual
Londres había entregado
ya este tipo de aviones.
12.
El 11 de diciembre, el
Coronel J.C. King, Jefe
de la División del
Hemisferio Occidental de
la CIA, elevó un
memorándum sobre las
acciones contra Cuba,
que contó con el visto
bueno de Richard Bissell,
Subdirector para Planes,
y que fue
definitivamente aprobado
por Allen Dulles al día
siguiente. En el mismo
se estableció como
objetivo norteamericano:
‘El derrocamiento de
Castro en un año y su
reemplazo por una junta
amiga de Estados Unidos
que convocaría a
elecciones para seis
meses después de asumir
el poder.’ (Central
Intelligence Agency,
1997, pág. 5 del
documento TS –Top Secret–
Nº 173040)
13.
En ese mismo documento
se consideró por primera
vez la eliminación
física de Fidel Castro:
‘Se debe dar una vasta
consideración a la
eliminación de Fidel
Castro. Ninguno de los
que están cerca de
Fidel, tales como su
hermano Raúl o su
compañero Che Guevara
(sic), gozan del mismo
atractivo hipnótico
sobre las masas. Mucha
gente informada cree que
la desaparición de Fidel
aceleraría grandemente
la caída del presente
gobierno.’
14.
En el informe que sobre
los planes de atentados
contra Fidel Castro
preparó en 1967 por
instrucciones de sus
superiores el Inspector
General de la CIA, J.S.
Earman, desclasificado
en 1994 y publicado en
1996 por Ocean Press, no
hay referencia alguna a
este memorándum. En la
primera página del mismo
se afirmó: ‘Esta
reconstrucción acerca de
la vinculación de la
Agencia con los planes
para asesinar a Fidel
Castro es, en el mejor
de los casos, una
historia imperfecta.
Debido a la extrema
sensibilidad de las
operaciones discutidas o
intentas, como cuestión
de principio no se
mantuvieron registros
oficiales sobre el
planeamiento, las
aprobaciones o la puesta
en práctica.’
15.
En sus memorias, el
Embajador Bonsal dice lo
siguiente sobre la
situación a fines de
1959: ‘En diciembre pasé
par de semanas en el
Departamento de Estado
participando en
discusiones sobre la
situación creada por
Castro. Se examinaron y
rechazaron o pusieron en
compás de espera muchos
cursos de acción
posibles. El resultado
fue una decisión de
continuar con la actual
actitud norteamericana
de paciencia y
circunspección en la
esperanza de que los
acontecimiento en Cuba
más tarde o más temprano
recompensaran esa
actitud.’ (Bonsal, op.
cit., página 117)
Evidentemente, no se le
dio al Embajador Bonsal
la información necesaria
sobre la política real.
16.
El 14 de enero de 1960
el Consejo de Seguridad
Nacional abordó
nuevamente el tema de
Cuba en presencia de
Eisenhower. En esa
reunión el Asesor
Nacional de Seguridad
informó a los presentes
que ya el Presidente le
había dado instrucciones
a la CIA unos días
antes. No hay referencia
en los documentos del
Departamento de Estado
al contenido de estas
instrucciones, pero el
investigador Piero
Gleijeses, en una
acuciosa investigación,
pudo revelar que ante la
propuesta de Allen
Dulles de sabotear las
instalaciones azucareras
cubanas, Eisenhower
estuvo de acuerdo con
estas actividades, pero
manifestó que ‘cualquier
programa debía ser más
ambicioso, y ya era hora
de moverse contra Castro
de una forma positiva y
agresiva que fuera más
allá de un mero
hostigamiento.’ Así, ‘le
pidió a Dulles que
regresara con un
programa más amplio.’
(Piero Gleijeses, ‘Ships
in the Night: The CIA,
the White House and the
Bay of Pigs’, en Journal
of Latin American
Studies, Vol. 27, págs.
1-42, Cambridge, UK:
Cambridge University
Press, 1995) Esta
decisión del Presidente
creó las condiciones
para que en definitiva
fuera la CIA y no el
Departamento de Estado
la que presentara ante
el Consejo de Seguridad
Nacional el programa
encubierto contra el
Gobierno Revolucionario
que fuera aprobado el 17
de marzo de 1960.
17.
Nótese que hasta ese
momento no se puede
hablar de una presencia
soviética en Cuba fuera
de lo habitual ni de un
avance en las relaciones
cubano-soviéticas, que
comenzaron a
desarrollarse a partir
de la visita del Vice
Primer Ministro Anastás
Mikoyan a la Habana en
febrero de 1960 al
frente de una delegación
comercial que también
visitó México.
18.
El que dentro del
proceso cubano hayan
progresado mayormente
las tendencias
socialistas radicales no
debe sorprender a
alguien como Rojas,
cuyas investigaciones y
trabajos sobre Cuba
demuestran un profundo
estudio de la realidad
nacional. Pero, en todo
caso, eso obedece a una
dinámica propia de la
evolución de la sociedad
cubana. En Tumbas sin
sosiego, Rojas reconoce
tres corrientes
culturales importantes
en Cuba, entre ellas la
marxista. Los
acontecimientos
acaecidos en la Isla
después de 1959 fueron
conformando una
determinada tendencia.
Así resulta sorprendente
que en su respuesta se
mencione el elemento de
que “el liderazgo del
gobierno revolucionario
comienza a estar en
manos de viejos y nuevos
comunistas” para
principios de 1960,
apreciación también
bastante discutible.
19.
No quiero alargar este
aporte mas allá de lo
estrictamente necesario
y ya es muy largo. Lo
que creo que queda claro
es que los documentos,
memorias y demás fuentes
conocidas hasta ahora no
avalan la apreciación de
Rojas inicialmente
cuestionada en el
sentido de que ‘la
historia diplomática de
las relaciones entre
Estados Unidos y Cuba en
1959 y 1960 apunta a que
Eisenhower y Kennedy
estaban dispuestos a
mantener el vínculo con
un gobierno
nacionalista,
democrático o
autoritario, que no se
aliara con la Unión
Soviética.’ La adopción
de una política de
hostilización y cambio
de régimen en Cuba fue
un proceso aún oscuro
pero del cual se puede
afirmar con bastante
certeza que entre
mediados de 1959 y marzo
de 1960 el Gobierno de
Eisenhower, con su
particular forma de
hacer política en el
estilo de la ‘mano
encubierta’, fue
adoptando una serie de
medidas e
imposibilitando una
negociación razonable.
Esto no tuvo nada que
ver con la supuesta
alianza con la Unión
Soviética. Lo que
molestaba a Estados
Unidos como ha señalado
Louis A. Perez en su más
reciente obra a la que
se hace referencia más
arriba es enfrentarse
por primera vez desde
1933 a un gobierno
cubano que no se plegaba
ante las presiones
norteamericanas ni se
dejaba manipular por
ofertas económicas. Esto
era inédito y difícil de
comprender para Estados
Unidos.
20.
Por mi parte, he llamado
a este fenómeno el
‘síndrome de la fruta
madura’ y me gusta
simbolizarlo con la
siguiente apreciación de
las memorias de Bonsal:
“En la Cuba de antes de
Castro, la desbordante
presencia norteamericana
en términos geopolíticos
era un permanente
recordatorio de la
naturaleza imperfecta de
la soberanía cubana.
Valorada por algunos
como una garantía de la
estabilidad y el
mantenimiento de lo que
era en general una forma
de vida satisfactoria,
era rechazada por otros
como una transgresión
intolerable de la
independencia y la
dignidad del pueblo
cubano. Yo sospecho que
la mayoría de los
cubanos pensantes la
consideraban como un
hecho de la realidad
contra el cual era
inútil luchar. Después
de todo, ello
significaba para Cuba un
número de ventajas
económicas aparentemente
irremplazables.” (Bonsal,
op. cit., página 9)
21.
Lamentablemente, esta
narrativa de la sociedad
cubana estaba muy lejos
de ser real, las
supuestas ventajas
económicas alcanzaban
solo a una parte
minoritaria de la
población. No deja de
llamar la atención a
quiénes se refiere
Bonsal como los ‘cubanos
pensantes’. Esto fue lo
que llevó a Estados
Unidos a adoptar una
política
contraproducente que lo
único que hizo fue
contribuir a la
radicalización del
proceso revolucionario.
22.
No puedo terminar este
largo comentario sin
hacer referencia a otro
debate en que participa
Rafael Rojas con el
Profesor Arturo López
Levy, de la Universidad
de Denver, en una página
web similar a ésta. Lo
que me interesa subrayar
es que tanto López Levy,
como Pérez, como el que
suscribe coincidimos en
que la esencia del
conflicto entre Cuba y
Estados Unidos no
obedece a la lógica de
la Guerra Fría o a la
alianza entre Cuba y la
Unión Soviética, ese es
el mito que se ha
tratado de propagar sin
ningún asidero en la
práctica. Esa alianza,
por cierto, estuvo
plagada de diferencias y
enfrentamientos. No
tengo que coincidir con
López Levy ni con Pérez
en todo pero en al menos
esa cuestión esencial
estamos de acuerdo: el
conflicto entre Cuba y
Estados Unidos es un
conflicto entre voluntad
hegemónica de un lado y
ansias de independencia
y libertad del otro y lo
que motivó a Estados
Unidos a adoptar una
política de cambio de
régimen fue el desafío
cubano. Si Rojas dice
que concuerda más con
las tesis de Pérez en
Cuba in the American
Imagination: Metaphor
and the Imperial Ethos,
entonces yo he estado
leyendo a otro Rojas.
V.
Segunda
contrarréplica de Rojas
del 9 de diciembre del
2008
Respuesta a Alzugaray
Enviado por Rafael Rojas
(no verificado) el Mar,
09/12/2008 - 18:37.
Intento responder a
Carlos Alzugaray, en
este espacio un tanto
incómodo de los
comentarios en Foreign
Policy, hasta que una
editorial o una revista
del país de ambos, Cuba,
se abra a polémicas como
esta, en la que
intervienen académicos e
historiadores de la isla
y de la diáspora,
partidarios o críticos
del gobierno cubano.
La historia de las
relaciones entre Estados
Unidos y Cuba, como
demostraron varios
historiadores
republicanos (Ramiro
Guerra, Herminio Portell
Vilá, Emeterio
Santovenia, Emilio Roig
de Leuchsenring…) han
estado marcadas por la
hegemonía regional que
Washington construyó en
el siglo XIX y por la
hegemonía mundial que
alcanzó esa potencia en
el siglo XX. A mediados
del siglo XIX, Estados
Unidos intentó anexar la
isla, por medio de su
compra o del respaldo a
expediciones
anexionistas. A fines de
esa centuria intervino
en la última guerra
separatista y, luego de
una ocupación militar y
política de cuatro años,
dejó una república con
soberanía limitada.
Pero como también
advirtieron esos mismos
historiadores
republicanos, la
política de Estados
Unidos hacia Cuba no
siempre fue la misma y
no siempre fue
perjudicial para la
isla. En Washington se
produjo la Enmienda
Platt, pero también la
Joint Resolution, que
reconocía el derecho a
la soberanía plena de
los cubanos. Estados
Unidos ocupó Cuba entre
1898 y 1902 y entre 1906
y 1909, pero también
contribuyó a la
modernización insular en
la primera década del
siglo. La injerencia
norteamericana, entre
1902 y 1959, fue
permanente, pero en 1934
fue derogada la Enmienda
Platt. Estados Unidos
respaldó a Batista, pero
en 1958 le retiró ese
apoyo y en 1959
reconoció al gobierno
revolucionario. En su
último libro, Cuba in
the American Imagination
(2008), Louis A. Pérez
Jr., sintetiza muy bien
la íntima complejidad de
esas relaciones:
"Armed intervention and
military occupation;
nation building and
constitution writing;
capital penetration and
cultural saturation; the
installation of puppet
regimes, the formation
of clientele political
classes, and the
organization of proxy
armies; the imposition
of binding treaties; the
establishment of
permanent military base;
economic assistance –or
not- and diplomatic
recognition –or not- as
circumstances warranted"
El historial hegemónico
de Estados Unidos, en
sus relaciones con Cuba
y con toda América
Latina, es
incuestionable. Sin
embargo, sería maniqueo
y esencialista concluir,
a partir de ese
historial, que la nación
cubana ha estado y
estará siempre reñida
con los intereses de su
vecino. Esa ontología
nacionalista es la que
impide a la historia
oficial analizar con
flexibilidad las
relaciones entre Estados
Unidos y la Revolución
Cubana durante todo 1959
y parte de 1960. Esos
son los años en que se
construye el diferendo
diplomático entre ambos
países, que persiste
hasta hoy.
El relato nacionalista
tiene una ventaja sobre
el marxista: coloca la
ideología en un segundo
plano y abre mayores
posibilidades de
actuación pragmática
para el gobierno cubano.
Pero el relato marxista
tenía una ventaja sobre
el nacionalista y es que
reconocía la
responsabilidad de Cuba
en el conflicto, dado
que para los marxistas
la confrontación con
Estados Unidos no era
una calamidad que había
que lamentar sino una
necesidad del
posicionamiento
ideológico de la Habana
en el contexto de la
guerra fría. Es por ello
que algunos marxistas
cubanos, en los años 70
y 80, pensaban que el
conflicto con Estados
Unidos debía ser
administrado, mientras
que los nacionalistas,
en las dos últimas
décadas, han apostado
por un “antimperialismo”
visceral.
Diferendo, entiéndase
bien, es un concepto
diplomático que alude a
un desacuerdo en las
relaciones entre dos
países que conduce a la
congelación o la ruptura
de las mismas. Afirmar
que existe un
“diferendo” entre
Estados Unidos y Cuba
desde el Tratado de
París o desde la
Enmienda Platt o, más
atrás, como acostumbra
esa historia oficial,
desde que Jefferson
escribió que Cuba debía
incorporarse a la
federación
norteamericana, es
histórica y teóricamente
incorrecto. En 1959,
Estados Unidos y Cuba
tenían buenas relaciones
diplomáticas y
comerciales: Philip
Bonsal era embajador en
la Habana y Ernesto
Dihigo embajador en
Washington. De ahí que
el diferendo entre ambos
países deba ser fechado:
las relaciones se
congelaron en la
primavera del 60,
hicieron crisis en el
verano de ese año y se
rompieron en enero de
1961.
Estados Unidos reconoció
al gobierno
revolucionario cubano el
7 de enero del 59, es
decir, al día siguiente
de haberse instalado el
gabinete en Palacio
Presidencial. Entre
enero y julio de ese
año, el embajador Bonsal
tuvo constantes
encuentros con el
presidente Urrutia, con
el canciller Agramonte y
con el propio Castro, a
quien recibió en el
aeropuerto de la Habana,
el 4 de mayo, tras el
regreso del comandante
de su primera visita a
Estados Unidos. Durante
esos meses, Bonsal envió
al Departamento de
Estado informes
favorables de estos
políticos, asegurando
que no eran comunistas,
insistió en la
importancia de avanzar
en el “acuerdo económico
para el desarrollo”,
firmado por los dos
países el 2 de mayo, e
instó a Washington a que
aceptara la reforma
agraria, cosa que
Washington hizo por
medio de la nota del 11
de junio.
Bonsal, con el apoyo de
varios funcionarios del
Departamento de Estado,
intentó contener la
presión que comenzaban a
ejercer sectores
exiliados cercanos a la
CIA y que, a partir de
las crisis provocadas
por la deserción de Díaz
Lanz, la renuncia de
Urrutia y la dimisión de
Huber Matos, entre junio
y octubre del 59,
reiteraban la acusación
de que el gobierno
giraba al comunismo y
cuestionaban los
arrestos y
fusilamientos. A pesar
de que, en los últimos
meses del 59, hubo
intercambio de notas
duras entre la
cancillería cubana y el
Departamento de Estado y
de que la inquietud
crecía en Washington por
los cambios
ministeriales de
noviembre -salida del
gobierno de líderes
moderados como Manuel
Ray, Felipe Pazos,
Faustino Pérez y Enrique
Oltuski, y ascenso de
líderes marxistas, como
Ernesto Guevara y Osmany
Cienfuegos- la
interlocución
diplomática entre Bonsal
y el canciller Roa se
mantuvo.
La mejor señal de que,
pese a todo, las
relaciones entre ambos
países podían salvarse,
en enero de 1960, fue el
comunicado conciliatorio
de Eisenhower,
agradeciendo la
mediación ante el
gobierno cubano
realizada por el
embajador argentino en
Cuba, Julio Amoedo.
Eisenhower había pedido
a Amoedo que tratara de
llegar a un acuerdo con
el gobierno cubano sobre
el tema de las
confiscaciones de bienes
norteamericanos en la
isla. Washington
solicitaba el
reconocimiento del
derecho a obtener una
indemnización por parte
de los ciudadanos
norteamericanos
expropiados, e incluso
estaba dispuesto a
adelantar el dinero
necesario -unos 300
millones de dólares- a
fin de dejar a salvo el
principio de la
indemnización. Una
semana después de este
comunicado, llegaba a la
Habana Anastas Mikoyan,
el primer ministro
soviético, para
inaugurar una exposición
de logros científicos y
firmar un acuerdo
comercial.
Según el tratado entre
Cuba y la URSS, Moscú se
proponía comprar 100
millones de toneladas de
azúcar anuales, entre
1960 y 1965, y concedía
a la isla un crédito de
cien millones de dólares
para la construcción de
plantas industriales.
Este acuerdo con la URSS,
en febrero del 60, y
otro con la RDA, a
principios de marzo de
ese mismo año, fueron
recibidos por la
administración
Eisenhower como ofensas.
El gobierno cubano no
sólo no aceptaba la
mediación de Amoedo sino
que avanzaba en la
alianza con los
principales rivales de
Estados Unidos en la
guerra fría. Todavía el
15 de marzo de ese año,
el ministro de hacienda
Rufo López Fresquet,
según él mismo relatara,
intentó retomar la
negociación entre ambos
países y, ante la
negativa de Castro,
renunció a su cargo. El
17 de marzo, Eisenhower
autorizó a la CIA para
que planeara –no
ejecutara- el
derrocamiento del
gobierno cubano, aunque
el Departamento de
Estado, hasta octubre de
ese año, trató de
mantener abiertas las
vías diplomáticas.
Entre marzo y junio
-cuando se producen las
confiscaciones de Texaco,
Esso y Shell, tras el
lógico rechazo de estas
a procesar crudo
soviético- las
nacionalizaciones de
medios de comunicación,
bancos e industrias y
los acuerdos
diplomáticos y
comerciales entre Cuba y
varios países del campo
socialista fueron tan
acelerados que sólo
pudieron responder a una
estrategia concebida
antes del 17 de marzo,
cuando Eisenhower dio
luz verde a la CIA. La
confrontación con
Estados Unidos no fue,
por tanto, una
consecuencia inesperada
o una reacción
desproporcionada de
Washington, sino un
elemento constitutivo
del nuevo proyecto
político cubano. La
revolución nacionalista
democrática de 1959
buscaba un reajuste
soberano de las
relaciones con Estados
Unidos. La revolución
socialista
estatalizadora, que se
consumó en abril del 61,
suponía la ruptura con
Washington y la alianza
con Moscú.
Cuando Eisenhower se
decidió a autorizar los
primeros planes
subversivos, ya el
liderazgo de la
oposición y el exilio
cubanos estaba
compuesto, en su
mayoría, por partidarios
de la revolución
nacionalista y
democrática de 1959.
Tras el discurso del 1°
de mayo de 1960, en que
Fidel Castro lanzó la
consigna de “elecciones
para qué”, se creó el
Frente Revolucionario
Democrático, la
principal coalición
opositora. Sus
integrantes no eran
batistianos sino
revolucionarios
anticomunistas, una
orientación ideológica
constitutiva de la
insurrección contra el
antiguo régimen. Es
cierto que muchos
nacionalistas
revolucionarios
respaldaron el
socialismo por
sentimientos
patrióticos. Pero no es
menos cierto que quienes
se opusieron a ese
sistema luchaban por las
ideas de la primera
revolución.
Los diferendos, al igual
que los acuerdos, son
construcciones
bilaterales. La fractura
de las relaciones entre
Estados Unidos y Cuba en
1960 fue un proceso en
el que intervinieron
ambos gobiernos y no una
coronación histórica del
“anexionismo”
norteamericano. La
política de Estados
Unidos hacia América
Latina y el Caribe,
durante la guerra fría,
tenía reglas claras, que
iban desde la ortodoxia
macarthysta hasta la
colaboración con
gobiernos de la
izquierda democrática.
El segundo gobierno
revolucionario cubano,
que emerge de las
remociones ministeriales
de noviembre del 59,
eligió, racional e
ideológicamente, no
contrarrestar o
equilibrar esa política,
como habían intentado
Perón, Vargas o
Cárdenas, sino
confrontarla, aliándose
con el rival de Estados
Unidos en la guerra
fría.
Si esa elección se
oculta en el análisis
histórico, entonces se
reproduce el mito del
pobre país caribeño,
víctima perpetua del
imperio vecino. Ese
mito, además de
colonial, es teleológico
y ahistórico, ya que
atribuye a ambos
actores, Estados Unidos
y Cuba, una identidad
inmutable, siempre dada,
que prefigura un mismo
patrón de
comportamiento. Hay
cuestiones básicas, como
la soberanía o la
democracia, que siempre
serán prioritarias para
ambos países, pero la
manera de entender esos
conceptos no siempre ha
sido la misma en la
historia de Estados
Unidos ni en la historia
de Cuba. Esas historias,
contrario a lo que
supone el relato
oficial, no han sido
siempre continuas.
Los tres componentes
básicos del conflicto
bilateral no son
“eternos” sino que están
ligados al contexto de
la guerra fría: 1) la
obstrucción del comercio
entre ambos países por
la estatalización de la
economía de la isla y el
embargo decretado por
Washington el 19 de
octubre de 1960; 2) la
confrontación ideológica
y política, provocada
por la creación de un
régimen de partido
único, que ilegaliza y
reprime opositores y que
genera un numeroso
exilio en Estados
Unidos; y 3) la tensión
militar generada por la
alianza defensiva con la
URSS, la oposición
violenta del exilio, la
CIA y la Casa Blanca y
el respaldo de Cuba a
las izquierdas también
violentas de América
Latina y el Tercer
Mundo.
De esos tres temas, sólo
el último ha quedado
plenamente descontinuado
después de la caída del
Muro de Berlín y la
desintegración de la
URSS. La guerra fría
terminó desde 1992, pero
la única manifestación
clara de esa nueva era,
en las relaciones entre
Estados Unidos y Cuba,
es la ausencia de
oposición violenta, la
pacificación de las
izquierdas
latinoamericanas y el
reconocimiento, por
parte del Pentágono, de
que Cuba no representa
una amenaza a la
seguridad de Estados
Unidos. Los otros dos
puntos originarios del
conflicto siguen vivos:
la economía cubana está
en manos del Estado y la
política de la isla
sigue siendo
totalitaria.
Desde el punto de vista
de la historia
diplomática es muy
cuestionable la tesis de
Carlos Alzugaray de que
Estados Unidos, en 1959,
apostaba por un "cambio
de régimen" en Cuba. Esa
política es posterior,
toda vez que fue
implementada cuando el
régimen, en efecto,
cambió: la Revolución
Cubana en 1960 dejó de
ser democrática para
convertirse en
totalitaria. Luego de
que ese cambio de
régimen se produjo la
política de Estados
Unidos se volvió
subversiva.
VI.
Tercer comentario
(contrarréplica de Alzugaray el 23 de
diciembre de 2008)
Tercer comentario a
Rafael Rojas
Enviado por Carlos
Alzugaray (no
verificado) el Mar,
23/12/2008 - 19:24.
Respuesta a Rojas
(tercer comentario)
NOTA ACLARATORIA: Pido
disculpas a los lectores
de esta controversia por
la extensión de este
comentario a Rafael
Rojas, el tercero.
Espero que se comprenda
que dada la amplitud de
las afirmaciones de
éste, resulta imposible
hacerlo en un espacio
menor. Por otra parte,
notarán los lectores que
algunas citas son
textuales del inglés y
otras son
interpretaciones del que
suscribe y así lo he
consignado. La regla que
he seguido es utilizar
el español cuando
dispongo de la versión
ya traducida, pero no he
realizado traducciones
nuevas. CAT
Intervengo una vez más
en este espacio de
comentario para
responder la última
contrarréplica de Rafael
Rojas a mi extensa
(quizás demasiado
extensa) réplica. Con
esta respuesta (qué
también será demasiado
extensa) concluiré mi
participación en este
espacio, aun cuando
Rojas vuelva a responder
posteriormente. Ya en
junio-septiembre de 1998
sostuve un debate
similar con colegas
estadounidenses en la
lista de discusión H-DIPLO
y no pretendo repetir la
valiosa pero extenuante
experiencia. El archivo
se tituló originalmente
Crimes Against Humanity
y se transformó en Cuba
and the United States.
Consta de más de 300
mensajes. Cualquier
interesado puede
consultarlos mediante
una búsqueda en
http://www.h-net.org/~diplo/.
Está en inglés pero
tiene mucha más
información que este
debate con Rojas.
Coincido en que resulta
incómodo pero también es
útil. No tengo
inconveniente en que
este intercambio se
publique en Cuba (donde
yo vivo), México (donde
vive Rojas), Estados
Unidos o donde sea.
Sugeriría que ambos
hagamos esfuerzos por
publicarlo en estos tres
países y en España,
donde tiene su sede
Foreign Policy en
español. Me pregunto si
Rojas lograría que este
debate se publicara sin
censura en Letras Libres
en México o España o en
El País en España,
publicaciones que suelen
darle a él un amplio
espacio pero que raras
veces le dan espacio a
los escritores cubanos.
Desde ya, siempre y
cuando se publiquen mis
comentarios sin
censuras, los declaro de
Libre Acceso para que se
puedan utilizar en
cualquier publicación
que estime que este
debate pueda interesar.
Con su peculiar estilo
en el que mezcla
afirmaciones discutibles
no sustentadas en hechos
o documentos
verificables,
generalizaciones
pretendidamente
teleológicas y
teorizaciones que
aspiran ser de alto
vuelo, Rafael Rojas
intenta que se acepte
una narrativa de las
relaciones
cubano-norteamericanas
entre 1959 y 1960 que se
asienta en los
siguientes elementos
centrales: la
administración
Eisenhower fue víctima
de una conspiración para
afectar los legítimos
intereses
norteamericanos en Cuba
entre el gobierno de
Fidel Castro y la Unión
Soviética; aunque estaba
justificada en proceder
como lo hizo, sólo actuó
contra Cuba a
regañadientes y movida
por la lógica de la
Guerra Fría; y aprobó
reticentemente planear
PERO NO EJECUTAR el plan
de la CIA que desembocó
en la fallida invasión
de Bahía de Cochinos.
Los villanos de esta
historia, por supuesto,
somos los
revolucionarios cubanos
que, imbuidos de una
vocación totalitaria, de
una interpretación
ahistórica y de una
voluntad teleológica,
lanzamos
irresponsablemente al
país a las garras del
comunismo internacional
sin darnos cuenta que
podíamos convivir con
ese gobierno de
Eisenhower que, según el
relato de Rojas, es
inocente de cualquiera
de las acusaciones que
se han lanzado contra él
y disponía de amplia
tolerancia hacia
gobiernos que no
compartieran sus
visiones e intereses. Si
de historias oficiales
se trata, la construida
por Rojas no está muy
lejos de ser la que
cualquier miembro del
gobierno de Estados
Unidos suscribiría.
Particularmente de esa
administración que
derrocó al gobierno
democrático de Arbenz en
Guatemala en beneficio
de la United Fruit
Company, que organizó un
golpe de estado contra
el Primer Ministro
Mossadegh en Irán para
servir los intereses de
las multinacionales
petroleras, y que violó
reiteradamente el
espacio aéreo de la
Unión Soviética con
vuelos espías U-2 hasta
que fue derribado uno de
ellos, pretendiendo todo
el tiempo que nada de
eso era responsabilidad
directa del Presidente.
Rojas colabora
perfectamente con la
doctrina oficial de la
“desmentida plausible”,
o sea “la mano
escondida”. Firme
cómplice de la “gatica
de María Ramos”, la que
“tira la piedra y
esconde la mano”, según
el refranero popular
cubano.
Respondo a esta versión
de la historia con los
siguientes elementos
factuales y criterios
basados en documentos,
memorias o
investigaciones de
seriedad reconocida:
1. Sobre la política de
Estados Unidos hacia
Cuba en el siglo XIX. La
intervención
norteamericana en la
Guerra de Independencia
de 1895 fue el último
capítulo decimonónico de
una larga historia que
comienza con la carta de
Jefferson a Madison en
1809 advirtiendo que
Cuba es la más
importante adquisición
que pueda hacer Estados
Unidos a su territorio y
la “doctrina de la fruta
madura” en 1823,
formulada por John
Quincy Adams, intentando
justificar el
apoderamiento de Cuba
como una cuestión
ineluctable, igual a una
ley física. Tanto Lou
Perez, como otros
historiadores, entre los
que está el que
suscribe, son del
criterio, a partir de
las fuentes
documentales, que esta
fue una constante de la
política norteamericana
hacia Cuba en el siglo
XIX: evitar la
independencia, mantener
a Cuba bajo el imperio
español e intentar
comprarla o adquirirla y
si no, esperar a que ‘”a
fruta madurase.”
2. Lou Perez, el autor
preferido por mi
adversario, lo formuló
así en su más reciente
obra (Cuba in the
American Imagination)
tan citada por Rojas en
esta polémica: “All
through the nineteenth
century, the Americans
brooded over the anomaly
that was Cuba: imagined
as within sight, but
seen as beyond reach;
vital to the national
interest of the United
States, but in
possession of Spain. To
imagine Cuba as
indispensable to the
national well-being was
to make possession of
the island a necessity.
The proposition of
necessity itself assumed
something of a
self-fulfilling
prophecy, akin to a
prophetic logic that
could not be explained
in any way other than a
matter of destiny. The
security and perhaps –
many insisted – even the
very survival of the
North American Union
seemed to depend on the
acquisition of Cuba. The
men and women who gave
thought to affairs of
state, as elected
leaders and appointed
officials; as newspaper
editors and magazine
publishers; as
entrepreneurs,
industrialists, and
investors; as poets and
playwrights; as
lyricists, journalists
and novelists; and
ever-expanding
electorate – almost all
who contemplated the
future well-being of the
nation were persuaded
that possession of Cuba
was a matter of national
necessity.”
(Páginas 1-2 de la
edicion publicada por la
University of North
Carolina Press en Chapel
Hill, NC, 2008).
3. Como Estados Unidos
no es un actor racional
único, dentro de esa
nación vecina han
existido, y existen,
corrientes de opinión
respetuosas de Cuba y
solidarias con las
ansias de independencia
y soberanía nacional y
éstas se han expresado
de manera significativa
en casos como la Joint
Resolution o Enmienda
Teller que Rojas
menciona y que reconocía
el derecho de Cuba a su
independencia. No
obstante, entre los
sectores de poder la
visión que ha
hegemonizado la relación
de Estados Unidos con
Cuba con suficiente
regularidad ha sido la
de dominar, controlar y
determinar los destinos
de Cuba, como ha
apuntado Perez, pero
también otros
historiadores como
Walter LaFeber. Respecto
a la Joint Resolution, y
ya que Rojas gusta citar
la última obra del
Profesor Pérez, le
recuerdo este pasaje que
seguramente debe haber
leído en la página 98:
“The men in the McKinley
administration were
lucid in their
understanding of the
objectives of the war.
The passage of the
Teller Amendment had
rankled the McKinley
administration and its
supporters in Congress
as an egregious
disregard of the
national interest.
‘Seventy-five years of
our diplomacy on this
subject,’ McKinley
confidant and former
Republican
vice-presidential
candidate Whitaker Reid
protested, ‘had pointed
steadily to one thing –
the absolute necessity
of controlling Cuba for
our own defense.’ The
‘self-denying’ Teller
Amendment was ‘a great
mistake,’ Reid seethed
in private
correspondence in 1900,
something ‘possible only
in a moment of national
hysteria, and as little
likely to be kept to the
letter as was Mr.
Gladstone’s pledge,
twenty years ago to
leave Egypt’.”
A continuación, Pérez
cita a varios personajes
más, cercanos a McKinley,
que expresaron opiniones
similares como el
General Wilson y el
Senador Beveridge.
4. Rojas intenta
propagar el mito de que
Estados Unidos sólo tuvo
la intención de anexarse
a Cuba durante un breve
período en el siglo XIX
y, en 1898, contribuyó a
la independencia de la
Isla con su ocupación
militar y política del
país. La realidad es que
el segundo Gobernador
Militar de Cuba, el
General Leonard Wood,
dejó muy claro que su
intención final era la
de preparar al país para
su eventual anexión a
Estados Unidos y que con
ello cumplía
instrucciones del
Presidente McKinley. Si
ello no se pudo
materializar fue porque
encontró un apoyo muy
claro a la independencia
entre la mayoría del
pueblo cubano. Remito a
Rojas y a todo el que se
interese por este tema a
dos obras de Lou Perez,
Cuba and the United
States: Ties of Singular
Intimacy, Tercera
edición, Atenas y
Londres, The University
of Georgia Press, 2003,
páginas 82 y siguientes
y Cuba Between Empires,
1878-1902, Pittsburgh,
PA: University of
Pittsburgh Press, 1982.
5. Sorprende que un
historiador tan serio
como Rojas cite de una
manera tan
interesadamente trunca a
Pérez en Cuba in the
American Imagination,
intentando que parezca
que el destacado
historiador
norteamericano coincide
con él, cuando todo el
que conoce la obra de
Pérez sabe que es
exactamente lo
contrario. Cito el
párrafo exacto y
completo con el que Lou
abre su introducción a
dicho volumen en la
página 1: “Cuba occupies
a special place in the
history of American
imperialism.
It has served as
something of a
laboratory for the
development of the
methods by which the
United States has
pursued the creation of
a global empire. In the
aggregate, the means
used by the United
States constitute a
microcosm of the
American imperial
experience: armed
intervention and
military occupation;
nation building and
constitution writing;
capital penetration and
cultural saturation; the
installation of puppet
regimes, the formation
of clientele political
classes, and the
organization of proxy
armies; the imposition
of binding treaties; the
establishment of
permanent military base;
economic assistance –or
not- and diplomatic
recognition –or not- as
circumstances warranted.
And after 1959, trade
sanctions, political
isolation, covert
operations, and economic
embargo. All that is
American imperialism has
been practiced in Cuba.”
Como se ve Rojas ha
censurado aquellas
partes del párrafo de
Pérez (la inicial y la
final) que son
esenciales para
comprender el verdadero
sentido de las opiniones
de este último respecto
a esta controversia.
Dejo en manos de los
lectores enjuiciar quién
se acerca más a la tesis
de Pérez, Rojas o el que
suscribe.
6. En un primer párrafo
Rojas se refiere a
varios prestigiosos
historiadores
republicanos: Ramiro
Guerra, Herminio Portell
Vilá, Emeterio
Santovenia, Emilio Roig
de Leuchsenring,
afirmando
posteriormente: “Pero
como también advirtieron
esos mismos
historiadores
republicanos, la
política de Estados
Unidos hacia Cuba no
siempre fue la misma y
no siempre fue
perjudicial para la
isla.” Aquí intenta
prolongar un mito
recurrente en sus obras,
el de la ruptura entre
la intelectualidad
republicana, anterior a
1959, y la
revolucionaria,
producida en Cuba
después del triunfo de
la Revolución, a la que
generalmente califica de
“oficial”, con evidente
propósito de
descalificar su
objetividad. Los
historiadores
mencionados por Rojas,
sin duda importantes,
tienen muy diversas
orientaciones, desde el
anti-imperialismo franco
y militante de Roig
(Martí anti-imperialista
y Cuba no debe sus
independencia a los
Estados Unidos, dos de
sus obras más
representativas), hasta
el liberalismo de
Santovenia y Guerra (La
Expansión Territorial de
los Estados Unidos, que
será editada nuevamente
por la Editorial de
Ciencias Sociales de la
Habana en los próximos
meses), pasando por
Portell Vilá. Lo que
casi nadie cuestiona es
la profesionalidad de
todos. Por cierto, uno
de los actores y héroes
principales de la
narrativa de Rojas en
esta controversia,
Philip Bonsal, el último
Embajador estadounidense
en la Habana, tenía una
pésima opinión de la
principal obra de
Portell Vilá, Historia
de Cuba en sus
Relaciones con Estados
Unidos y con España en
cuatro tomos,
refiriéndose a ella como
“four ponderous tomes of
pseudoscholarly,
elaborately footnoted,
emotional
pampheleteering on the
subject of relations
between Cuba, Spain and
the United States were
produced with the help
of a grant from an
American foundation”.
(Página 34 de Cuba,
Castro and the United
States, Pittsburgh:
University of Pittsburgh
Press, 1971).
¡Vaya ejemplo de respeto
y consideración por Cuba
por parte de un
representante
relativamente liberal de
Washington!
7. Rojas afirma:
“Estados Unidos respaldó
a Batista, pero en 1958
le retiró ese apoyo y en
1959 reconoció al
gobierno
revolucionario.” Aunque
es cierto que el
Departamento de Estado
presionó para que se
limitara el apoyo al
dictador, y logró la
implantación de un
embargo de armas en
marzo de 1958, la
cercanía personal del
Embajador Smith a
Batista y de la Misión
militar al Ejército del
tirano, movían la
actuación de Washington
en dirección opuesta y
produjeron una política
que Batista explotó
hábilmente para sacarle
el mayor provecho. Puede
afirmarse por tanto que
la política de Estados
Unidos durante
prácticamente todo 1958
fue de respaldo y/o
tolerancia de Batista, a
pesar de su corrupción y
de sus tristemente
célebres crímenes. A
finales de año esta
actitud cambió. Se envió
primero a William Pawley,
hombre de negocios amigo
de Batista y de
Eisenhower en una misión
típicamente de “mano
escondida”. El 4 de
diciembre, éste intentó
convencer al dictador de
que se fuera a cambio de
permitirle asilarse en
Estados Unidos y de
formar un gobierno
integrado por sus
seguidores, un batistato
sin Batista. Este último
evadió hábilmente la
propuesta preguntándole
a Pawley si la misma
tenía la bendición
oficial, a lo que Pawley
respondió que no – había
recibido instrucciones
específicas de último
minuto de que el
Presidente no quería que
se conociera la mano de
su administración en
este intercambio. Como
Batista no hacía
esfuerzo alguno por
salirse del juego y
temiendo que ello
abriera el camino a
Fidel Castro, como
efectivamente sucedió,
la administración
Eisenhower no tuvo otra
alternativa que hacer
oficial la propuesta de
Pawley, pero
endureciéndola con la
negativa a que el
dictador se asilara en
Estados Unidos. El 17 de
diciembre, el propio
Embajador Smith, le dio
el ultimátum final,
siguiendo instrucciones,
aunque lo hizo de manera
reticente pues tanto él
como la Misión Militar
estaban dispuestos a
apoyarlo hasta el final.
8. Remito a Rojas y
otros interesados a mi
obra, Crónica de un
Fracaso Imperial,
capítulo 9, donde
reconstruyo estos
hechos, hasta donde es
posible, apoyado en
documentos del
Departamento de Estado,
las memorias del
Embajador, la obra de
Wayne Smith (The Closest
of Enemies) entonces
joven funcionario de la
Embajada en la Habana y
una referencia que
obtuve de las memorias
no publicadas de William
Pawley en The Fish is
Red: The Story of the
Secret War Against
Castro de Warren Hinckle
y William W. Turner, New
York: Harper & Row,
1981. Ya he citado en un
comentario anterior el
Memorándum del
Secretario de Estado
Herter al Presidente
Eisenhower describiendo
la política de Estados
Unidos en 1958 como la
de evitar la llegada de
Fidel Castro al poder.
9. Resulta difícil saber
a qué se refiere Rojas
cuando afirma que “sería
maniqueo y esencialista
concluir, a partir de
ese historial, que la
nación cubana ha estado
y estará siempre reñida
con los intereses de su
vecino” para agregar a
continuación que esa
“ontología nacionalista
es la que impide a la
historia oficial
analizar con
flexibilidad las
relaciones entre Estados
Unidos y la Revolución
Cubana durante todo 1959
y parte de 1960”. En
ningún momento de este
debate he afirmado algo
semejante a lo que Rojas
comenta. Lo que he dicho
es que el conflicto
Cuba-Estados Unidos se
reduce esencialmente a
la voluntad hegemónica
sobre Cuba de los
gobiernos
norteamericanos (que no
es una visión maniquea,
sino producto del
cuidadoso análisis de
documentos y
actuaciones) y la
voluntad de
independencia y
soberanía de la nación
cubana. Es una
generalización y como
toda generalización
puede ser cuestionada
pero la creo
fundamentada en mis
investigaciones. En
cuanto a la segunda
parte de su aserto,
remito a Rojas y a los
interesados a un texto
mío publicado en
Cuadernos de Nuestra
América, Vol. XV, No.
29, Enero-Junio 2002, La
Habana, Centro de
Estudios sobre América,
2002, págs. 49-76, bajo
el título de “Cuba y
Estados Unidos en los
umbrales del siglo XXI:
perspectivas de
cooperación.” En ese
ensayo se afirmó: “La
situación actual en las
relaciones
cubano-norteamericanas
es bien complicada.
Históricamente, ambos
países no han tenido
nunca relaciones
normales. Sin embargo,
existen condiciones
estructurales que
permiten pensar en un
futuro de normalización
y cooperación.” Y,
después de referirme a
esas condiciones
estructurales (cercanía
geográfica, identidades
culturales no
contradictorias,
economías
complementarias),
indiqué: “Pero la
tendencia natural es
hacia una normalización
inevitable.
Normalización no
significa ausencia de
conflicto, sino la
convivencia del
conflicto con la
cooperación en aquellos
terrenos en que los
intereses comunes
prevalecen, como se ha
demostrado en la segunda
parte de este trabajo.
Pero significa también
respeto mutuo y
aceptación de reglas del
juego con las que ambas
partes puedan vivir sin
temor para su propia
existencia.”
10. He sido remiso a
utilizar el vocablo
“diferendo” para
referirme al conflicto
entre Cuba y Estados
Unidos, aunque usé el
término en uno de mis
trabajos de la década de
1980: La seguridad
nacional de Cuba y el
diferendo con Estados
Unidos, Estudios e
Investigaciones del ISRI
No. 18, (La Habana:
Instituto Superior de
Relaciones
Internacionales Raúl Roa
García, 1988), cuya
versión en inglés se
publicó en 1989 (‘Problems
of National Security in
the Cuba-U.S. Historic
Breach’, en Jorge I.
Domínguez y Rafael
Hernández, comps., U.S.-Cuban
Relations in the 1990s,
Boulder, Colorado:
Westview Press, 1989).
Aquí quisiera citar,
porque viene al caso, lo
que escribí en el 2002
cuando analicé las
posibilidades de
cooperación (supra):
“Sin embargo, las
lecciones de la historia
hacen que la nación
cubana tenga que ser
sumamente cautelosa en
un acercamiento eventual
de los Estados Unidos.
En el pasado, la
propensión
norteamericana a
imponerle a Cuba su
dominación por los
métodos más groseros y
abiertos ha sido una
regularidad en las
relaciones. Ése y no
otro es el principal
obstáculo a la
normalización y tiene su
basamento en una visión
perniciosa de las
relaciones
cubano-norteamericanas,
que hoy se concentra
evidentemente en algunos
intersticios del
Gobierno de Washington,
azuzados por el número
de cubano-americanos
derechistas
conservadores
entronizados en la
administración de George
W. Bush, cuyo principal
representante es Otto
Reich.” Y terminé
afirmando: “El Gobierno
de Estados Unidos tiene
la mayor responsabilidad
en las circunstancias
actuales. Puede
continuar llevando
adelante una política
fracasada en la
expectativa que
continuará fracasando.
Puede rectificar y
enrumbar las relaciones
por el camino de la
cooperación mutuamente
ventajosa. Si sigue este
último itinerario, no
sólo será reciprocado
por las autoridades de
la Habana, sino que dará
a la comunidad
cubano-americana claras
señales de que ha puesto
fin al lugar
privilegiado que le
otorgó en la formulación
de la política hacia
Cuba.”
11. Rojas se refiere a
1959 en los siguientes
términos: “Entre enero y
julio de ese año, el
embajador Bonsal tuvo
constantes encuentros
con el presidente
Urrutia, con el
canciller Agramonte y
con el propio Castro, a
quien recibió en el
aeropuerto de la Habana,
el 4 de mayo, tras el
regreso del comandante
de su primera visita a
Estados Unidos. Durante
esos meses, Bonsal envió
al Departamento de
Estado informes
favorables de estos
políticos, asegurando
que no eran comunistas,
insistió en la
importancia de avanzar
en el ‘acuerdo económico
para el desarrollo’,
firmado por los dos
países el 2 de mayo, e
instó a Washington a que
aceptara la reforma
agraria, cosa que
Washington hizo por
medio de la nota del 11
de junio.” La realidad
de los documentos
publicados por el
Departamento de Estado
en 1991 (Foreign
Relations of the United
States, 1958-1960,
Volume VI: Cuba,
Washington: United
States Government
Printing Office, 1991)
contradice este planteo.
En su informe sobre el
recibimiento masivo de
Fidel a su retorno de la
gira por Washington y
América Latina, fechado
11 de mayo (Documento
305, páginas 507-508),
Bonsal termina
afirmando: “General
attitude of enormous
crowds best described as
nearly hysterical
adulation of ‘greatest
man in the hemisphere’
and leader of the
country and embodiment
of the Revolution.
This is one man rule
with full approval of
the ‘masses’.”
Si este es un informe
“favorable” habrá que
redefinir el significado
de este término.
12. Un documento
evaluativo del
Departamento de Estado
del 22 abril de 1959,
después de la visita de
Fidel a Washington,
afirmaba lo siguiente:
“En resumen, a pesar de
la aparente sencillez,
sinceridad y disposición
a tranquilizar al
público de Estados
Unidos por parte de
Castro, hay pocas
probabilidades de que
Castro haya alterado el
curso esencialmente
radical de su
revolución. (...) Sería
un serio error
subestimar a este
hombre. Con toda su
apariencia de
ingenuidad, falta de
sofisticación e
ignorancia en muchas
cuestiones, claramente
posee una fuerte
personalidad y es un
dirigente nato con gran
coraje y convicción
personales. Aunque
ciertamente lo conocemos
mejor ahora que antes,
Castro sigue siendo un
enigma y debemos esperar
sus decisiones en
asuntos específicos
antes de asumir un punto
de vista más optimista
que hasta el momento
acerca de la posibilidad
de desarrollar una
relación constructiva
con él y con su
gobierno.” (Obra citada
en el párrafo anterior,
página 483, la
traducción es del que
suscribe.) Difícilmente
una descripción en que
Rojas pueda sustentar
sus argumentos.
13. Respecto al
intercambio de notas
sobre la Reforma
Agraria, resulta muy
importante citar
textualmente lo que
Rojas llama “aceptación”
por parte de Estados
Unidos: “El gobierno de
los Estados Unidos
reconoce que de acuerdo
a las leyes
internacionales un
estado tiene el derecho
de tomar la propiedad
dentro de su
jurisdicción con fines
públicos en la ausencia
de tratados y otros
acuerdos en contrario,
sin embargo este derecho
está aparejado con la
correspondiente
obligación por parte del
estado de que tales
medidas sean acompañados
por el pago de rápida,
adecuada y efectiva
compensación.” (Nota
verbal norteamericana
del 11 de junio de 1959,
traducida por el autor).
Cualquier especialista
en historia diplomática
advertiría que tal
fórmula está lejos de
coincidir con la idílica
narrativa de Rojas, no
sólo basado en el
historia de relaciones
de dependencia entre
ambos gobiernos, sino
porque más adelante se
afirma: “El texto de la
Ley Agraria Cubana da
seria preocupación al
gobierno de los Estados
Unidos de América
respecto a las adecuadas
previsiones referentes a
las compensaciones a los
ciudadanos
norteamericanos cuyas
propiedades serán
expropiadas.”
14. Rojas sigue
insistiendo en el
supuesto gesto positivo
que tuvo el Presidente
Eisenhower con su
declaración de 26 de
enero de 1960 en que se
comprometió a no
intervenir en los
asuntos internos
cubanos, a pesar de que
en mi contrarréplica le
indiqué que ésta fue
sugerida por Bonsal en
septiembre y de que
otros documentos
demuestran que para
aquélla fecha ya el
propio Presidente había
dado órdenes a la CIA de
iniciar acciones
encaminadas a derrocar
al gobierno cubano y
hasta para asesinar al
Primer Ministro Fidel
Castro. Le ofrecí
también una
interpretación de esta
conducta ambigua e
hipócrita: la doctrina
del desmentido o
denegación plausible y
la calificación de la de
Eisenhower como una
“hidden-hand presidency”
por el politólogo Fred
I. Greenstein. En sus
memorias, el Embajador
Bonsal apenas puede
esconder su amargura por
el hecho de que mientras
Eisenhower anunciaba
respetar el principio de
no-intervención en esta
declaración, ya se daban
pasos para violarlo. (Bonsal,
Op.cit, 1971, páginas
123-124). El 17 de
febrero, apenas 3
semanas después, en
reunión con dos de sus
más íntimos
colaboradores en temas
de política exterior,
Eisenhower les indicó
que había que acelerar
los planes para tomar
medidas drásticas contra
Cuba contenidas en un
documento del Grupo 5412
(encargado de las
operaciones encubiertas)
que resultó en el
Programa de la CIA para
crear una oposición y
organizar la invasión de
Cuba. En estos puntos
Rojas se queda mudo y ni
acepta los datos
incontrovertibles ni
ofrece una
interpretación
alternativa basada en
datos diferentes.
15. En sus intentos por
hacer prevalecer su
criterio de que Estados
Unidos decidió actuar
contra Cuba sólo después
de que el gobierno
cubano se alió a la
Unión Soviética y que
mantuvo una actitud
cooperativa hasta marzo
de 1960, Rojas insiste
nuevamente en que
Eisenhower promovió o
aceptó una mediación de
Amoedo, el Embajador
argentino, y que el
Gobierno cubano la
rechazó. Aparentemente
se basa en un artículo
que Amoedo y Theodore
Draper publicaron en New
Leader el 27 de abril de
1964. Sin embargo, las
pocas referencias al
incidente que aparecen
en los documentos del
Departamento de Estado y
en las memorias de
Bonsal no coinciden con
la versión de Amoedo y
Draper. De los
documentos
desclasificados del
Departamento de Estado,
lo que emerge claramente
es que Amoedo se acercó
al Encargado de Negocios
Braddock el 30 de enero
de 1960 (el Embajador
había sido llamado a
Washington en consultas
poco antes como señal de
disgusto con el gobierno
cubano) para sugerirle
una mediación a fin de
lograr el retorno de
Bonsal a la Habana y la
reanudación del diálogo.
Braddock solicitó
autorización para
explorar el asunto con
las autoridades cubanas.
Eisenhower reaccionó con
una serie de objeciones
(Departamento de Estado,
Op.cit., página 780) y
finalmente el
Departamento de Estado
accedió con fecha 2 de
febrero a explorar el
asunto pero alertando
que Bonsal se reuniría
con el Primer Ministro
sólo si este último lo
solicitaba.
(Ibídem., página 781).
Por su parte, Bonsal
tuvo esto que decir:
“Some confusion has
since arisen with regard
to the Amoedo attempt to
change Castro´s attitude
toward the United
States. It has been
asserted that it
included an offer of aid
for specific purposes,
including the financing
of land reform, made to
Castro by Amoedo with
the authorization of the
government of the United
States.
There was no such
authorization.” Sugiero
al historiador cubano
residente en México que
verifique sus fuentes
antes de hacer
afirmaciones en temas
tan fundamentales.
16. Rojas también
tergiversa el registro
de los hechos cuando
dice que “Washington
solicitaba el
reconocimiento del
derecho a obtener una
indemnización por parte
de los ciudadanos
norteamericanos
expropiados” pues en
realidad el gobierno
cubano nunca negó ese
derecho. Lo que el
gobierno cubano dijo, y
eso está más que
demostrado en documentos
y hechos de toda índole,
es que pagaría conforme
a lo establecido por la
ley de reforma agraria,
en bonos pagaderos a 20
años al 4.5% de interés,
mientras que el gobierno
de Eisenhower exigió el
pago “rápido, adecuado y
en efectivo”. Las
expropiaciones
posteriores fueron actos
de legítima defensa ante
las agresiones
económicas de Estados
Unidos, iniciadas con el
incidente de las
compañías petroleras al
que me referiré más
abajo. En fecha tan
reciente como 1999 el
Canciller cubano reiteró
que su gobierno estaba
dispuesto a discutir el
tema de las
indemnizaciones.
Ciudadanos de otros
países han sido
indemnizados hace ya
bastante tiempo.
17. Dice Rafael Rojas:
“Según el tratado entre
Cuba y la URSS, Moscú se
proponía comprar 100
millones de toneladas de
azúcar anuales, entre
1960 y 1965, y concedía
a la isla un crédito de
cien millones de dólares
para la construcción de
plantas industriales.
Este acuerdo con la URSS,
en febrero del 60, y
otro con la RDA, a
principios de marzo de
ese mismo año, fueron
recibidos por la
administración
Eisenhower como ofensas.
El gobierno cubano no
sólo no aceptaba la
mediación de Amoedo sino
que avanzaba en la
alianza con los
principales rivales de
Estados Unidos en la
guerra fría.” Pregunta:
¿Por cuál misterioso
acto de magia un acuerdo
comercial y de ayuda
financiera para
construir plantas
industriales se
convierte en una ominosa
y agresiva alianza
contra Estados Unidos, a
no ser que se acepte la
peor interpretación de
Guerra Fría? El
Embajador Bonsal, en sus
memorias, dedica todo un
capítulo a este tema y
sentencia rotundamente
que el acuerdo
cubano-soviético de 1960
“no ponía en peligro por
sí mismo la posición
norteamericana en Cuba.”
(Bonsal, Op.cit., 1971,
página 131). Debe
señalarse que la Unión
Soviética era un cliente
tradicional de azúcar
cubano y que era un
aserto generalmente
aceptado entre distintos
sectores del país que
una diversificación del
mercado azucarero de
exportación sería
provechosa para la Isla.
Hasta que Batista rompió
relaciones con la URSS
en 1952, las relaciones
entre ambos estados
habían sido normales e
incluían la venta de
azúcar, de la cual la
propia dictadura se
benefició aún después de
rotas las relaciones
diplomáticas, como
señala Bonsal.
18. En otra afirmación
muy sui géneris, Rojas
escribe: “El 17 de
marzo, Eisenhower
autorizó a la CIA para
que planeara –no
ejecutara- el
derrocamiento del
gobierno cubano, aunque
el Departamento de
Estado, hasta octubre de
ese año, trató de
mantener abiertas las
vías diplomáticas.” Es
sorprendente la
distinción entre planear
y ejecutar, pues se
trata de una de las
acciones más analizadas
y discutidas por
historiadores de la
política exterior
norteamericana: la que
condujo al fracaso
perfecto de Bahía de
Cochinos o a la Victoria
de Playa Girón, según el
punto de vista que se
adopte. Piero Gleijeses,
Gregory Treverton, Peter
Wyden y Peter Kornbluh,
entre otros, la han
analizado y
diseccionado. El
National Security
Archives de Estados
Unidos ha logrado la
desclasificación de
buena parte de los
documentos. A nadie se
le ha ocurrido decir que
Eisenhower autorizó que
se planeara y no
ejecutara. Lo que se
aprobó ese día en
reunión de Eisenhower
con el Vicepresidente
Nixon, y varios altos
funcionarios de los
Departamentos de Estado,
Defensa y Tesoro, de la
CIA y de la Casa Blanca
fue un producto
terminado: “A Program of
Covert Action Against
the Castro Regime”. Éste
tenía como propósito
“producir el reemplazo
del régimen de Castro”
para lo cual se crearía
“un grupo de oposición
moderado en el exilio”
que Allen Dulles estimó
podía realizarse en un
mes, pero después tardó
tres. El propio
Presidente alertó que
“no conoce un plan mejor
para enfrentar la
situación. El gran
problema son las
filtraciones y la
quiebra de la seguridad.
Todo el mundo debe estar
preparado a jurar que no
ha oído nada al
respecto.” (Departamento
de Estado, Op.cit.,
página 486, traducción
del autor). Este
programa fue ejecutado
en todas sus partes y
recomendado al
Presidente Kennedy
cuando tomó posesión 10
meses después por el
propio Eisenhower. El
resto de la historia es
bien conocida: invasión
de Cuba por un grupo de
ciudadanos cubanos
entrenados, financiados
y organizados por la CIA
el 17 de abril de 1961,
previo bombardeo de
aeropuertos en la Isla
por pilotos
norteamericanos y
cubanos; y derrota
fulminante en menos de
72 horas, sufriendo
Estados Unidos una de
sus más graves
humillaciones. El mejor
análisis de este proceso
lo produjo Peter
Kornbluh como editor y
comentarista en su obra
Bay of Pigs Declassified:
The Secret CIA Report on
the Invasion of Cuba,
New York, The New Press,
1998. En el mismo se
reproducen varios
documentos secretos
desclasificados gracias
a los esfuerzos del
National Security
Archives, entre ellos el
Informe del Inspector
General, Lyman
Kirkpatrick, en el cual
se afirma que la
historia de este
proyecto comenzó en 1959
y que se aprobó
“formalmente” en marzo
de 1960.
19. La descripción que
Rojas hace de los
acontecimientos que
llevaron a la
nacionalización de las
empresas petroleras
también resulta
inexacta. El 24 de mayo
de 1960 el Gobierno
cubano planteó a tres
empresas petroleras
extranjeras en Cuba –
las norteamericanas Esso
y Texaco y la
anglo-holandesa Shell –
la refinación de
petróleo soviético
adquirido en febrero. Se
trataba de una propuesta
que podía resultar
beneficiosa para ambas
partes, por ser más
barato el crudo
soviético que el
venezolano, y constituía
una fórmula que le
permitiría a las
empresas recuperar
ciertos fondos que el
gobierno cubano les
debía y que se pagarían
con el producto. En sus
memorias, Bonsal recordó
que ya Argentina, Brasil
y Uruguay importaban
petróleo desde la Unión
Soviética. Por otra
parte, a su criterio,
esta operación ‘no
amenazaba seriamente la
substancia de la
relación comercial entre
Cuba y Estados Unidos.’
(Bonsal, 1971, 130).
Consultado por los
ejecutivos de las tres
multinacionales, el
Departamento de Estado
adoptó la misma posición
por intermedio de los
Subsecretarios Mann
(Asuntos Económicos) y
Rubotton (Asuntos
Interamericanos) quienes
estuvieron de acuerdo el
31 de mayo en que el
Departamento no debía
mezclarse en el asunto y
que en todo caso lo peor
era recomendarles que se
negaran a refinar pues
corrían el riesgo de ser
expropiadas
(Departamento de Estado,
Op.cit., 1991, 930-31).
Después de cierta
vacilación, las
compañías petroleras
adoptaron tentativamente
la posición de que
aceptarían refinar el
petróleo y acudirían a
los tribunales cubanos
para proteger sus
intereses. (Bonsal,
Op.cit., 1971, 149). Sin
embargo, el 31 de mayo
el Secretario del Tesoro
Anderson citó a Mann,
Rubottom y los
ejecutivos a una reunión
en Nueva York al día
siguiente en la cual
indicó que si las
compañías se negaban a
refinar el crudo,
estarían actuando de
consuno con la política
oficial del gobierno
norteamericano y éste
las respaldaría. El
Embajador Bonsal no se
enteró de esta decisión
sino hasta el 4 de junio
en que uno de los
ejecutivos de las
compañías, que había
estado en Nueva York,
regresó a la Habana y se
lo dijo. En sus memorias
Bonsal expresó su
desacuerdo y sorpresa.
El Embajador le envió
una carta de Rubotton
expresando esta opinión
y protestando por ser
marginado. (Departamento
de Estado, Op.Cit.,
1991, página 938)
20. Hay otro testimonio
que confirma lo que
antecede y procede de
una fuente difícilmente
calificable de “oficial”
o “pro-cubana”, Jorge
Castañeda. En su
biografía del Ché
Guevara, el ex Canciller
mexicano afirma: “Un
testimonio adicional
confirma que las
empresas fueron
utilizadas para
propiciar un
enfrentamiento con la
revolución. Proviene del
comentario que el
representante de la
Royal Dutch Shell ofrece
de una reunión en la
Foreign Office en
Londres: ‘El sr.
Stephens explicó que
esperaba que el gobierno
de Su Majestad (HMG) se
uniera a los gobiernos
de Estados Unidos,
Holanda y Canadá si se
tomaba alguna acción
diplomática conjunta.
Consideró que en vista
de que el Departamento
de Estado había en
definitiva promovido la
acción de las empresas
americanas como una
contribución económica
poderosa hacia la caída
de Castro, a ellas les
correspondía actuar
primero, incluso antes
de que los cubanos
tomaran medidas
específicas contra las
compañías.’” (Jorge
Castañeda, La Vida en
Rojo: Una Biografía del
Che Guevara, México:
Alfaguara 1997, 186,
nota 44.
Este autor cita un
documento del Foreign
Office británico,
Foreign Office
371/148295, Record of
Meeting, June 20 in Sir
Paul Gore-Booth’s Room
–Confidential–, punto 8,
21 de junio, 1960. ).
Como se ve, uno de los
argumentos centrales de
Rojas carece, una vez
más, del necesario
asidero y de la
imprescindible
acuciosidad de un
investigador riguroso.
21. El programa aprobado
por Eisenhower el 17 de
marzo, como ya se ha
dicho, preveía la
creación de “un grupo de
oposición moderado en el
exilio” que Allen Dulles
estimó podía realizarse
en un mes, como se
apuntó más arriba. Según
ese mismo programa, se
esperaba que la entidad
política pudiera ser
formada como un consejo
o junta cuya consigna
será la de “Restaurar la
Revolución”, con el fin
de que “pueda dirigirse
al pueblo cubano como
una atractiva
alternativa política a
Castro”. (Central
Intelligence Agency,
Informe del Inspector
General, págs. 9 y 15
del documento TS –Top
Secret– Nº 173040 en
Kornbluh, Op.Cit., 1998)
Esta es la organización
a la que Rojas hace
referencia cuando dice
que “ya el liderazgo de
la oposición y el exilio
cubanos estaba
compuesto, en su
mayoría, por partidarios
de la revolución
nacionalista y
democrática de 1959” que
se unieron en el “Frente
Revolucionario
Democrático, la
principal coalición
opositora. Sus
integrantes no eran
batistianos sino
revolucionarios
anticomunistas, una
orientación ideológica
constitutiva de la
insurrección contra el
antiguo régimen.”
Realmente, lo que hace
Rojas no es más que
hacerse eco de la falsa
narrativa creada por
Gerry Droller, alto
oficial de operaciones
políticas de la CIA que,
bajo el seudónimo de
Frank Bender, organizó y
controló a los
integrantes de la Junta
directiva del FDR. La
imagen de los miembros
del Consejo secuestrados
en un hangar de la base
aérea de Opa Locka cerca
de Miami por la CIA, la
que se tomó la libertad
de emitir en su nombre
los más alucinantes
“comunicados de guerra”,
donde se relataban las
“victorias” de la
brigada invasora es bien
conocida, además de
extremadamente
humillante. Por cierto,
Bender y su grupo
trataron de expurgar del
Frente y de su Consejo a
todos aquellos que
tenían antecedentes
revolucionarios anti-batistianos,
como reconoce uno de sus
miembros destacados,
Manuel Ray, en una
entrevista publicada por
la revista cubana Temas.
(Edmundo García, “‘No
éramos aliados de
Estados Unidos’.
Entrevista a Manuel Ray
Rivero”, Temas, No. 55,
julio-septiembre de
2008. Nueva Época, La
Habana, págs. 47 a 56).
Sólo agregaría el
comentario siguiente: Un
grupo de ciudadanos de
que se ponen a
disposición de los
servicios de
inteligencia de una gran
superpotencia para darle
cobertura a la invasión
militar de su propio
país difícilmente pueden
asumir el papel de
“partidarios de la
revolución nacionalista
y democrática” ante sus
compatriotas.
22. Como se demuestra
por este último
incidente y por toda la
documentación citada,
resulta poco plausible
la apreciación inicial
de Rojas de que “la
historia diplomática de
las relaciones entre
Estados Unidos y Cuba en
1959 y 1960 apunta a que
Eisenhower y Kennedy
estaban dispuestos a
mantener el vínculo con
un gobierno
nacionalista,
democrático o
autoritario, que no se
aliara con la Unión
Soviética.”
23. La narrativa
expuesta por Rojas en su
más reciente
contrarréplica no tiene
ningún asidero en los
hechos. Puede ser verdad
o no que el liderazgo
revolucionario cubano
estuviera francamente
empeñado en las
construcción de un
estado socialista
(cuestión ésta que está
sujeta a debate y de la
cual el que suscribe
tiene sus propias
hipótesis), pero ni la
composición del
gobierno, ni las fuerzas
políticas que se movían
en Cuba a principios y
durante 1959 indicaban
que eso fuera así. Lo
que preocupaba al
gobierno de Eisenhower
no era la alianza con la
Unión Soviética, sino la
clara evidencia de que
el Gobierno de Cuba
estaba decidido a
cambiar los términos de
las relaciones con
Estados Unidos, de una
posición de
subordinación a una de
autodeterminación y
defensa de la soberanía.
Los políticos y
diplomáticos
norteamericanos creían
que los cubanos
aceptábamos la
“naturaleza imperfecta”
de nuestra soberanía,
como afirmara Bonsal,
pero se equivocaron. En
la arrogancia creada por
los éxitos de Guatemala,
Irán y los vuelos espías
U-2, estos dirigentes,
estimulados por los
hombres de la CIA,
creyeron que un simple
plan similar al aplicado
en 1954 en el vecino
centroamericano podría
eliminar lo que
estimaron como una
molestia menor. A pesar
de la nube de secreto y
desmentido que
Eisenhower y sus
colaboradores lograron
crear alrededor de sus
operaciones encubiertas,
emergen evidencias que
demuestran que la CIA
comenzó a trabajar por
el derrocamiento de
Fidel Castro al menos en
agosto de 1959 y dos
altos funcionarios del
Departamento de Estado
en un informe secreto
oficial escribieron que
la decisión se tomó en
junio de ese año. El
primer enviado soviético
llegó a Cuba en octubre
de 1959 y no hay
registro alguno de que
los servicios de
inteligencia o
diplomáticos
estadounidenses le
hubieran dado
importancia. La visita
de Mikoyan y la firma
del convenio comercial
en febrero de 1960
difícilmente pueden ser
interpretados como una
siniestra alianza contra
Washington. Cuando
Eisenhower aprobó el
programa que venía
elaborando el Grupo 5412
en marzo de 1960, ya los
principales elementos
del mismo estaban siendo
ejecutados.
24. Que los gobiernos de
Estados Unidos han
manejado
tradicionalmente sus
relaciones con Cuba en
términos hegemónicos y
de dominación no es un
mito nacionalista ni
marxista de la llamada
“historia oficial”.
Muchos especialistas
norteamericanos lo
reconocen así, desde
Leland Jenks hasta Lou
Perez. Pretender decir
otra cosa sin
sustentarlo en
documentos conocidos no
es muestra de seriedad
intelectual. Pero quizás
valga la pena recordarle
a Rojas que en una
relación como la que
existe entre Estados
Unidos y Cuba, donde la
asimetría de poder
económico, político y
militar es tan evidente,
cualquier gobierno
cubano encontrará
enormes dificultades
para defender los
intereses nacionales,
salvo que los gobiernos
futuros de Estados
Unidos, como bien
pudiera ser el de Barack
Obama, modifiquen
sustancialmente su
actitud. Recuérdese el
caso del gobierno Grau
Guiteras o de los 100
días en 1933.
25. Los lectores de este
intercambio seguramente
llegarán a sus propios
criterios a partir de la
evidencia presentada.
Sólo he tratado de poner
el máximo de datos y
documentos pertinentes a
disposición de los
interesados, mencionando
fuentes específicas.
Podrían decirse muchas
cosas más, pero creo que
todo lo necesario está a
la vista.
Dr. Carlos Alzugaray
Treto,
Profesor Titular, Centro
de Estudios Hemisféricos
y sobre Estados Unidos,
Universidad de la
Habana. |