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Matzuzaka y el enigma para un domingo

Rafael Grillo • La Habana

 

Dado lo ocurrido en el Cuba-Japón, nada descabellado es que yo recuerde una mala novela policial de los 70 para darle título a mi comentario. Tal como lo vi venir (y ya algunos están proponiéndome que aplaque mi lengua de tiñosa), los herméticos lanzadores del Oriente fueron nuestro primer escollo insalvable. Los numeritos hablan con amarga elocuencia: un rosario de 9 cuentas en blanco, 12 buches amargos (y al menos la mitad sin tirarle siquiera al strike de la sentencia) y ningún criollo plantó su spike orgulloso en tercera base. Matzuzaka, el verdugo del Primer Clásico, otra vez blandió el hacha y lo secundaron de lujo un par de relevistas, ante una tanda cubana esperadora en exceso, mareada con las canicas movidas entre tobillo y rodilla, y tozudamente encajada en el home play como si fueran a regalarles el chance de resolverlo todo con dinamitas para la calle. 

Es verdad que luce feo hacer leña del árbol caído, y que no siempre uno tiene que flagelarse por la derrota en lugar de reconocer la maestría del contrario; pero si se quieren evitar males mayores o posteriores, más sabio es detectar las fallas propias que sembrar de flores el tejado ajeno.

De la actitud al bate ya ofrecí mis críticas: al pitcheo de Japón lo encaramos con una actitud equivocada, pues si bien los nuestros del 1 al 9 pueden comprar de jonrón, lo que para este juego se imponía era pararse a golfear la bola y a hacer jugaditas que rasgasen el equilibrio zen de Daisuke y sus secuaces. Ya lo aclara un viejo axioma: ¡Cuando hay pitcher no valen Perazas!

Pero mi objeción mayúscula es con la selección del abridor. Creo que el equipo técnico valoró con tino algunas razones: un siniestro para anular a los buenos zurdos del rival, un Chapman ignoto para los nipones y que había lucido un mundo en su primera apertura en el Clásico. Pero descuidó otras de peso, como la presión de este choque para la inexperimentada torre de Holguín y su tendencia al descontrol; y sobre todo, un análisis más profundo de los bateadores rivales para adivinar con qué mentalidad irían al cajón.

Les propongo hacer memoria del samurai que primero empuñó en el partido: el listo “Sato Ichi” Zuzuki, usual hitter al primer lanzamiento, no hizo swing hasta llegar al conteo de tres de dos. Así procedió también el resto, gente de tacto la mayoría, dejando claro que no iban a fajarse con los chícharos a cien millas de Aroldis, sino que iban a asentarse y aguardar la buena. Que, además, lo suyo era dar el “jilito” (pegaron 12 y uno solo fue extrabase), volar rápido de home a primera, estafar almohadillas y no dejar pasar ni los “errores de sol”.

¿Por qué no arrancar con Vera, que no calienta el brazo desde el juego contra Sudáfrica y es el más inteligente y controlado del staff? Incluso, ¿por qué no con Lazo, el otro pitcher maduro, abridor en la pelota nacional, y menos necesario como relevo en esta selección donde hay varios habituales de ese rol?  Luego del fracaso de Chapman, la película a continuación fue la misma vista en juegos anteriores: unos sustitutos mal, otros regular y alguno mejorcito. Al final, hasta podemos decir que no fuimos apabullados por la Mala Fortuna, gracias sobre todo a que Yulieski González pudo sofocar el fuego en el inning que pintaba como el más desastroso de todos.

¡Te has excedido, mi socio! Sí, lo confieso, pero hay que sopesar la significación de haber ganado este encuentro, de tener ya medio pie en la semifinal, entrarle más relajado al siguiente choque, ¡y hasta quitarse la sal de encima con que nos tienen embrujados los equipos asiáticos!

Mi corazón está herido. ¿Pero quién dijo que todo está perdido? Y por si es todo culpa de pronunciar augurios fatales, ahora mismo yo cambio mi bola de cristal y grito: ¡Al que venga a partir de ahora lo vamos a coger sabroso!

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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