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Dado lo ocurrido en el
Cuba-Japón, nada
descabellado es que yo
recuerde una mala novela
policial de los 70 para
darle título a mi
comentario. Tal como lo
vi venir (y ya algunos
están proponiéndome que
aplaque mi lengua de
tiñosa), los herméticos
lanzadores del Oriente
fueron nuestro primer
escollo insalvable. Los
numeritos hablan con
amarga elocuencia: un
rosario de 9 cuentas en
blanco, 12 buches
amargos (y al menos la
mitad sin tirarle
siquiera al strike de la
sentencia) y ningún
criollo plantó su spike
orgulloso en tercera
base. Matzuzaka, el
verdugo del Primer
Clásico, otra vez
blandió el hacha y lo
secundaron de lujo un
par de relevistas, ante
una tanda cubana
esperadora en exceso,
mareada con las canicas
movidas entre tobillo y
rodilla, y tozudamente
encajada en el home
play como si fueran
a regalarles el chance
de resolverlo todo con
dinamitas para la
calle.
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Es verdad que luce feo
hacer leña del árbol
caído, y que no siempre
uno tiene que flagelarse
por la derrota en lugar
de reconocer la maestría
del contrario; pero si
se quieren evitar males
mayores o posteriores,
más sabio es detectar
las fallas propias que
sembrar de flores el
tejado ajeno.
De la actitud al bate ya
ofrecí mis críticas: al
pitcheo de Japón lo
encaramos con una
actitud equivocada, pues
si bien los nuestros del
1 al 9 pueden comprar de
jonrón, lo que para este
juego se imponía era
pararse a golfear la
bola y a hacer jugaditas
que rasgasen el
equilibrio zen de
Daisuke y sus secuaces.
Ya lo aclara un viejo
axioma: ¡Cuando hay
pitcher no valen
Perazas!
Pero mi objeción
mayúscula es con la
selección del abridor.
Creo que el equipo
técnico valoró con tino
algunas razones: un
siniestro para anular a
los buenos zurdos del
rival, un Chapman ignoto
para los nipones y que
había lucido un mundo en
su primera apertura en
el Clásico. Pero
descuidó otras de peso,
como la presión de este
choque para la
inexperimentada torre de
Holguín y su tendencia
al descontrol; y sobre
todo, un análisis más
profundo de los
bateadores rivales para
adivinar con qué
mentalidad irían al
cajón.
Les propongo hacer
memoria del samurai que
primero empuñó en el
partido: el listo “Sato
Ichi” Zuzuki, usual
hitter al primer
lanzamiento, no hizo
swing hasta llegar al
conteo de tres de dos.
Así procedió también el
resto, gente de tacto la
mayoría, dejando claro
que no iban a fajarse
con los chícharos a cien
millas de Aroldis, sino
que iban a asentarse y
aguardar la buena. Que,
además, lo suyo era dar
el “jilito” (pegaron 12
y uno solo fue
extrabase), volar rápido
de home a primera,
estafar almohadillas y
no dejar pasar ni los
“errores de sol”.
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¿Por qué no arrancar con
Vera, que no calienta el
brazo desde el juego
contra Sudáfrica y es el
más inteligente y
controlado del staff?
Incluso, ¿por qué no con
Lazo, el otro pitcher
maduro, abridor en la
pelota nacional, y menos
necesario como relevo en
esta selección donde hay
varios habituales de ese
rol? Luego del fracaso
de Chapman, la película
a continuación fue la
misma vista en juegos
anteriores: unos
sustitutos mal, otros
regular y alguno
mejorcito. Al final,
hasta podemos decir que
no fuimos apabullados
por la Mala Fortuna,
gracias sobre todo a que
Yulieski González pudo
sofocar el fuego en el
inning que pintaba como
el más desastroso de
todos.
¡Te has excedido, mi
socio! Sí, lo confieso,
pero hay que sopesar la
significación de haber
ganado este encuentro,
de tener ya medio pie en
la semifinal, entrarle
más relajado al
siguiente choque, ¡y
hasta quitarse la sal de
encima con que nos
tienen embrujados los
equipos asiáticos!
Mi corazón está herido.
¿Pero quién dijo que
todo está perdido? Y por
si es todo culpa de
pronunciar augurios
fatales, ahora mismo yo
cambio mi bola de
cristal y grito: ¡Al que
venga a partir de ahora
lo vamos a coger
sabroso! |