“Un buen libro para los niños y
los jóvenes siempre será un buen
libro también para los adultos”,
dijo Jostein Gaarder hoy cuando
fue entrevistado en el espacio
Encuentro con..., y quienes han
leído su admirado El mundo de
Sofía solo podrán coincidir
con él. El autor noruego y su
famosa obra son la mejor prueba
de esta máxima, pues esta novela
dedicada a los jóvenes, con un
inesperado éxito que cambió la
percepción que muchos tenían de
la filosofía, se ha convertido
en un clásico de la literatura
mundial y ha sido disfrutada por
lectores de toda condición y
edad por todo el orbe.
La presencia de Gaarder en la
XVIII Feria Internacional del
Libro se debe a la feliz
circunstancia de la presentación
aquí de su libro El misterio
del solitario, publicado
para Cuba por la Editorial Gente
Nueva. El misterio... fue
publicado originalmente en
Noruega en 1990, antes del
suceso inmenso que fue El
mundo de Sofía; sin embargo,
el autor declara que es quizá su
libro más importante, su
preferido, e incluso superior en
calidad literaria a su obra más
conocida. “Es un libro para
todas las edades, desde los diez
años hasta los cien”, afirmó en
una intervención efusiva y llena
de pasión que la barrera de la
traducción no pudo disminuir y
que mantuvo al público divertido
y pendiente de sus palabras.
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En el encuentro, que transcurrió
en la sala Nicolás Guillén de la
sede, compartió escenario con
Enrique Pérez Díaz, director de
la Editorial Gente Nueva,
también escritor de literatura
infantil; Kirsti Baggethun, su
traductora al castellano para la
Editorial Siruela e intérprete
en esta ocasión; Magda Resik, la
periodista y entrevistadora, y
entre el público, Trond Giske,
ministro de Cultura y Asuntos
Eclesiásticos de Noruega.
Según Enrique Pérez, cuya
editorial también fue la
encargada de publicar en Cuba
El mundo de Sofía, esta
nueva publicación es otra
aproximación del narrador
noruego al misterio de la
existencia. Relata el viaje de
un niño con su padre a través de
Europa para encontrar a su madre
desaparecida, que se convierte
también en un viaje de
fantásticos encuentros y de
enigmas que no siempre obtienen
respuesta, pues Gaarder cree
firmemente que la propia vida y
el universo que nos rodea son
enigmáticos y no hay respuestas
para ellos. El pequeño
protagonista lee a su vez un
libro que abre ante sí un mundo
increíble en el que las cartas
de la baraja cobran vida. Entre
52 personajes-barajas que viven
pero carecen de razón para
cuestionar su existencia,
aparece el comodín, el bufón,
que pregunta por primera vez:
“¿Quién soy?, ¿de dónde vengo?”.
“El comodín está, por supuesto,
simbolizando al filósofo —nos
revela Jostein Gaarder con una
sonrisa cómplice. Hace preguntas
sobre cosas para las cuales los
demás están completamente
ciegos. (...) Debo confesar que
me siento identificado con el
comodín. Él comprende cuánto no
comprende, al igual que el bufón
de Atenas, Sócrates, sabía que
no sabía nada. (...) Es
necesario hacer preguntas. Las
preguntas son siempre más
necesarias que las respuestas.
Las preguntas apuntan hacia
adelante, mientras que las
respuestas miran hacia atrás.
Por supuesto, a veces las
preguntas pueden ser más
peligrosas.”
Acerca de esta particularidad en
la naturaleza del filósofo, la
compara con una costumbre muy
extendida en Noruega: al lanzar
a un bebé apenas acabado de
nacer a una piscina, el pequeño
nada instintiva y naturalmente
porque ha nacido con la
capacidad de hacerlo. Si se
espera a que crezca sin
practicar esta habilidad, debe
luego aprender a nadar con
asistencia, técnicas y
flotadores.
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“Todos nacemos comodines, todos
nacemos filósofos. A medida que
crecemos, nos convertimos más y
más en diamantes, tréboles,
picas y corazones; pero en el
interior de cada uno de nosotros
vive un vibrante comodín. Solo
debemos mantenernos en contacto
con nuestro comodín, nuestro
niño, nuestro filósofo interior.
Los niños preguntan y preguntan
por qué titilan las estrellas y
por qué tiene trompa el
elefante, y los padres les
responden que no saben... ser
curiosos es importante para los
filósofos, aunque pueda irritar
a los padres. (...) Ser filósofo
es no crecer nunca, que
significa no acostumbrarse al
mundo. ¿Qué es importante para
un filósofo?: permanecer —no
volverse— curioso.” |