Este libro es una crónica del
amor y la memoria y viene a
traernos la imagen, la voz y la
música de Víctor Jara. Lo ha
escrito su compañera Joan, quien
pudo, en 1983, “narrar por fin
esta historia serenamente”, sin
duda, para entregarla a quienes
le dieron, durante años, sobre
todo en los tiempos más
difíciles, “muestras de amor,
amistad y aliento”.
De esas sustancias mágicas —tan
necesarias en el panorama
planetario de hoy— nace también
la idea de que este libro llegue
a los lectores de Cuba.
Recorriendo, desde el testimonio
y la emoción los orígenes del
cantor, los contextos intensos
de su vida, la historia de amor
compartida, la canción como arma
cargada de futuro, la autora
convoca tierna e insistentemente
a la memoria para que realice su
mejor acción posible:
recordarnos que el canto tiene
sentido. Y lo hace desde la
autenticidad personal y la
mirada compleja hacia los
tiempos vividos, tratando de
rescatar en ellos las nuevas
razones para las esperanzas por
venir.
Las páginas de este libro
muestran una formidable
capacidad de reconstrucción de
la experiencia personal al mismo
tiempo que nos sugiere múltiples
caminos para reencontrar a
Víctor Jara. Así lo vemos
naciendo a la palabra y a la
sensibilidad, cantor de la
tierra, en una hermandad
conmovedora con la imagen y la
voz de Miguel Hernández, aquel
pastor de cabras y de metáforas
liberadoras. Lo sentimos
recorriendo los caminos de la
soledad familiar, de la crudeza
a veces despiadada de la vida;
lo sorprendemos en una vuelta de
la historia personal aprendiendo
a rasgar una guitarra que lo
acompañará siempre —y siempre
aquí es una dimensión del tiempo
que no encuentra sus límites en
los horizontes que están a
nuestra vista.
Vemos, en fin, a Víctor Jara
comentándonos, como al descuido,
entre canción y canción, que la
mejor escuela para el canto es
la vida.
Por eso lo encontramos, vivo, en
la obra de sus hermanos de
oficio (como les llama desde el
cariño, el trovador Silvio
Rodríguez): por eso están Leon
Gieco, Patricio Manns, Víctor
Heredia, el Quila y el Inti-Illimani,
Andrés Calamaro, Ismael Serrano,
Enrique Mejía Godoy, el propio
Silvio, entre tantos, recordando
los ecos de Amanda en la versión
y la voz de Joan Báez, y por eso
pasa Violeta Parra y su familia
interminable y querida
recordándonos que de la voz del
pueblo salen las voces múltiples
de los cantores, de los
trovadores de todas las épocas
que en el mundo han sido. Y
probablemente de los que serán.
Un libro como este completa su
dimensión y su mirada cuando nos
entrega las imágenes que
acompañan tanto texto
entrañable; cuando el cantor
reaparece también desde los
rasgos de su presencia sobre el
papel, remitiéndonos a otras
imágenes memorables que están
ahí, que han estado siempre ahí,
moviéndose sobre las pantallas
iluminadas. Por mi parte no
puedo dejar de recordar a
Santiago Álvarez, el gran
cronista del cine cubano (y
latinoamericano) y su
advertencia: El tigre saltó y
mató, pero morirá. La
canción de Víctor acompañó esas
y otras imágenes del cine de
nuestro continente (y de otras
latitudes) y se unió también, en
los planos filmados por Santiago
para su noticiero ICAIC, al
recorrido de Haydée Santamaría
tras la invitación que nos hizo,
a través de otro documental del
cine cubano: Vamos a caminar
por Casa.
Hombre de la canción y del
teatro, de la poesía y de la
vida, Víctor Jara supo jugarse
por todos los valores, los
sueños, las tristezas, los
desencantos y las esperanzas que
esos territorios imprescindibles
suponen, contienen o adelantan.
Las crónicas y los testimonios
sobre su asesinato, anunciador
de la venganza que asolaría su
país durante años, nos traen
recuerdos e imágenes
sencillamente imborrables: sus
manos (labriegas, maravillosas,
fabricadoras de la belleza)
destrozadas por el odio; los 44
disparos contados sobre su
cuerpo de campesino y cantor;
sus palabras finales...
¡Canto qué mal me sales
cuando tengo que cantar espanto!
Espanto como el que vivo
como el que muero, espanto.
El asesinato de Víctor Jara me
ha recordado siempre al de su
hermano campesino/poeta Miguel
Hernández. Aquel fue lento y
terrible y se fue gestando de
cárcel en cárcel tras la derrota
republicana. El de Víctor fue
inmediato y horrible, consumado
en el inicio de aquella fiesta
genocida que inauguraron los
golpistas chilenos tras la
muerte de Allende.
Miguel escribió en aquellas
cárceles aniquiladoras poemas
tiernos a su hijo ,y amorosos
cantos a su amada. Tras su
muerte, las autoridades de la
cárcel incluyeron en un
documento burocrático la
relación de las pertenencias del
poeta. Esa magra lista y el
silencio en que sumieron la obra
de Miguel en España durante más
de 30 años me han parecido
siempre un alegato que no
prescribirá nunca contra el
fascismo. Víctor entregó a manos
compañeras, cuando lo llevaban a
la muerte, el papel donde había
escrito su poema final para
recordarnos lo dicho en una
canción memorable:
…que el canto tiene sentido,
cuando palpita en las venas
del que morirá cantando
las verdades verdaderas,
El 30 de septiembre del año 2003
el estadio Chile tomó el nombre
de Víctor Jara, en un gesto
simbólico en el que podrían
reconocerse, sin duda, las
memorias de muchos que fueron
asesinados o desaparecidos por
la dictadura de Pinochet. Otros
homenajes han querido recordar
y celebrar el canto de Víctor
Jara en muchos lugares del
planeta. La publicación de este
libro acompaña esas acciones de
justicia poética e histórica y
llevará a trovadoras y
trovadores en cualquier (claro)
rincón del mundo el sentido del
canto no derrotado, la imagen de
Amanda
multiplicada y la persistencia
de estas “verdades verdaderas”
anunciadas en el Manifiesto
del cantor:
Ahí donde llega todo
y donde todo comienza,
canto que ha sido valiente
siempre será canción nueva.
Octubre de 2008
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