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Conformar, junto con la crítica
e investigadora chilena María de
la Luz Hurtado la selección de
obras que compone la
Antología de teatro chileno
contemporáneo, propuesta por
mí al Fondo Editorial Casa de
las Américas con motivo de esta
XVIII Feria Internacional del
Libro de La Habana, fue un
apasionante proceso de
intercambio cibernético a varias
voces. El antecedente había sido
la antología preparada el año
pasado en Chile por Ramón
Griffero desde la Universidad
Arcis, que revelaba un conjunto
muy atractivo de obras pero
limitada a un círculo específico
de autores, lo que motivó la
curiosidad hacia otras zonas. En
el diálogo con la colega chilena
y con la obra de los 12 autores
que originalmente me propuso,
descubrí, más allá de
regularidades y rasgos
personales, un poderosísimo
discurso autorreflexivo, signado
por amplia referencialidad
teatral y cultural, conciencia
del proceso creativo como fuente
de sentido también desde los
propios procedimientos de
composición y raigal vocación
política.
Las siete obras seleccionadas
para este libro han sido
escritas después del año 2000,
lo que garantiza su vitalidad
dentro de los procesos actuales
de la escena chilena, y muchas de
ellas han sido probadas en la
representación. Cinco de los
siete autores tienen menos de 35
años y dos de ellos son mujeres,
representativas de una postura
que también ha ocupado un
espacio significativo en su
realidad sociocultural.
Singulares en su impronta
personal, las obras están unidas
también por una sensibilidad que
se emparienta en notables
rasgos. Dialogan con la
tradición teatral chilena y
latinoamericana desde nuevas
coordenadas, que se expresan en
la absoluta libertad en el
manejo del espacio y el tiempo,
ya sea desde una postura
disociativa, fragmentaria,
rearticulada con preeminencia de
una voz monológica y con
variadas perspectivas
metadiscursivas para examinar
las relaciones internas entre
realidad/ficción, textualidad y
lenguaje de la representación,
palabra como acción y acción
corporal.
Un rasgo común es el rechazo a
las nociones ortodoxas del drama
realista, signado por la
coherencia del sentido y la
organicidad de la progresión, a
la acción estructurada según una
lógica causal y verosimilitud,
para dar paso a una reinvención
de realidades, complejas y
múltiples, que se revelan
profundamente políticas y
reprocesan la memoria histórica,
personal y colectiva, sensorial
y factual, articulada con la
contingencia, lo provisorio y lo
efímero, la invención y lo
onírico o fantasmagórico de un
pasado complejo.
Aflora la huella de traumas,
dolores, desgarramientos y
marcas dejadas por la dictadura
en el inconsciente colectivo,
que se revela como una narrativa
inconclusa, en pleno proceso de
definición, como traducción
imaginal del camino de búsquedas
que tiene lugar en el concierto
colectivo de la sociedad
chilena. Y se procesan por medio
de infinitos juegos de
referencialidades asumidas con
total libertad: el teatro
clásico, el cine, la cultura
popular, la televisión, entre
muchas otras. Las narrativas
hipervinculan el discurso
oficial de múltiples signos
ideológicos con lo marginal, la
tragedia inscrita con sangre en
la memoria con la revisión
paródica. La proyección política
no se adscribe a caminos
transitados por fuerzas sociales
sino que se inventa una manera
nueva, descarnada y dolida pero
también desacralizadora. Se
trata de siete caminos de una
dramaturgia cuyo lenguaje se
relaciona con el performance en
su recurrencia en el cuerpo
dolido, muerto y fragmentado, un
cuerpo que es individual y a la
vez re/presentación de la nación
lacerada.
Ironía devastadora y
desfachatada insolencia en
Benjamín Gallemiri. Sublimación
y suficiencia de la palabra,
como curiosa narraturgia del
cuerpo ausente en Juan Claudio
Burgos ―que me recuerda al
argentino Ricardo Sued y su
Caramelo de limón.
Metadiscursividad, teología y
política fabulada en Manuela
Infante. Revisión antropológica
y causal, ampliamente
democrática en Luis Barrales.
Revancha poscolonial y
formalización descolonizadora en
el juego de otredades de
Kalawski. Develación implacable
e impúdica de los descalabros
del ejercicio arbitrario del
poder en Ana López Montaner. Y
deconstrucción de la teatralidad
―como metalenguaje de la
creación escénica― y
recuperación de la utopía
liberadora en Guillermo
Calderón.
El brillante prólogo de María de
la Luz Hurtado estudia a cada
uno inserto en su medio teatral,
cultural y sociopolítico con
erudición y los pone a dialogar
con otros nombres y títulos de
la dramaturgia chilena
precedente.
A propósito de Neva, la
obra de Calderón que tuve la
oportunidad de redescubrir en la
escena ―única que hasta ahora he
podido ver―, me reafirmó las
potencialidades de estos
discursos para seguir generando
sagas, multiplicándose en
expresiones insospechadas. Y
pude constar de manera mucho más
viva la fértil articulación de
varios contextos y universos
cargados de subjetividad: el
modo juguetón y teatralisimo en
que los tres actores discuten su
desempeño profesional y técnico,
interconectado con la realidad
política de San Petersburgo en
1905, y la conciencia latente
del presente sociopolítico de
Chile, visto con agudeza critica
y humor. Tres planos de acción
que revelan un agudo debate
sobre el teatro y la revolución,
la historia viva y la ficción
posible, estados del lenguaje
que en esta, y en todas las
piezas de la Antología…
se erigen como entidades
propias, ingeniosas, de
exploración de la palabra y su
polémico rol. Fabulaciones
sublimes de la subjetividad que
es hoy Chile y que puede ser
buena parte del mundo.
Si nos atenemos a sus méritos, a
la fuerza de sus entes ―no
siempre personajes― y a sus
contundentes urdimbres,
deberíamos verlas, muy pronto,
en nuestros propios escenarios
insulares.
Intervención
de
Vivian Martínez Tabares en la
presentación de Antología de
teatro chileno contemporáneo |