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La escritura es un viaje, un
viaje hacia lo que
desconozco, un viaje al
encuentro de voces que
fascinan y con las que se
puede construir un mundo
posible, un mundo verdadero.
Siempre ha sido en mí este
oficio una breve y pequeña
sorpresa por la obra
concluida, por saber que he
levantado un pequeño juguete
que encandila y que mueve al
goce cuando se escribe y
cuando se contempla en el
papel o sobre la escena.
Comenzar es difícil. Estoy
en medio de la nada, con el
deseo de hablar, con la
urgencia de un espectador
que solo yo tengo en mi
cabeza y que debo instalar
frente mío. Cada trabajo es
una ventana pequeña, a la
que asoman las fauces del
lobo que me quiere engullir.
Deliberadamente abandono la
razón, tomo posesión de las
voces y me abandono a la
mordida del lobo. Cada nuevo
trabajo es un castillo de
naipes. Nunca la baraja es
la misma. Debo buscar la
carta con qué partir el
juego, con la que sostener
el entramado, la torre de
naipes. No lo sé. En el
misterio está el secreto. No
soy autor programático.
Carezco de programa y no
tengo obra concluida. A
veces soy un desastre. No
tengo planes. Sigo siendo
siempre un poco ingenuo.
Trato de serlo solo a la
hora de escribir. No siempre
resulta. Lucho por seguir un
poco niño en este oficio.
Volver al goce primero, a la
fascinación por lo que
aparece y se dibuja en la
cabeza y luego el papel y
luego en la escena. “A estas
alturas ya no me queda otra
alternativa”. He trazado un
camino hacia un punto que
desconozco. Tengo algunas
intuiciones sobre lo que
escribo. Al final de la
aventura creo saberlo todo.
O tal vez no saber nada. No
quiero llamar ideas a
aquello que sé. No tienen
aún la claridad ni presencia
necesarias para ser dichas.
Solo tengo entre manos una
sencilla narración
anecdótica del recorrido.
Algunos apuntes, ni siquiera
un diario de viaje, donde
revivo los puertos a los que
llegué y a los que quiero
llegar algún día. Todo parte
con breves disquisiciones
teóricas como entrada al
viaje.
Sobre los artefactos
incompletos e impuros que
llamamos obra no hay
posibilidad de llegar a
consenso. Son muchos los
modelos de construcción. Su
proliferación, nacimiento,
auge y caída, obedecen a
múltiples causas, unas veces
de carácter colectivo y
otras, las menos, pero las
más relevantes, por
necesidad de expresión
personal.
En la trayectoria de un
autor perviven y se
superponen unas formas
expresivas a otras. Las
estructuras pululan como
mosquitos cuando se está
frente a la nada, a la
urgencia del proyecto, con
los ojos y las manos
inquietas frente a la
virtualidad de esos
aparatos, que ingenuamente
llamamos obra.
Me serviré de algunos
errores y de algún que otro
acierto, para ilustrar en
tres tiempos el recorrido de
mi discurso.
En el principio de los
tiempos todo comienza con un
alarido gutural. Hay
inquietud, todo hace aguas.
Los talleres de dramaturgia
se tiran por la ventana, los
apuntes se queman como naves
y ejecuto todo tipo de
barbaries de las que
prefiero no hablar. Nace sin
aviso previo “la pequeña
rebeldía por escribir
escenas con un tono
diferente”, escucho
por doquier “el grito
radical” que me llama a
dejar de una vez y para
siempre el realismo, que me
obliga a abordar el realismo
desde un punto de vista
inédito, que me pide romper
el estilo con añadidos y
rechina textual, que me
invita a remozar la
definición académica que
todavía leo en el
diccionario de Pavis, que
sin vacilaciones y con letra
clara y fuerte, asegura que
todo texto realista
ilusionista con pretensiones
de verdad debe “ofrecer en
el escenario un doble de la
realidad, proporcionarnos la
más fiel de sus posibles
imitaciones1.
Después de tanto
griterío en mi cabeza opto
por huir del retrato de “los
colores, los olores y los
ruidos que hay en esta casa
de vecindario o a lo largo
de aquel muelle”.
Ensoberbecido por el
momento, me proclamo autor
antifotográfico. Sin
embargo, me doy cuenta de
que los propósitos
revolucionarios del comienzo
hacen aguas. En esos
primeros textos (Casa de
Luna, Mal sueño), un
poco más y un poco menos que
ejercicios de taller, hay un
claro referente narrativo
tanto en la forma, como en
el fondo. Descubro que aún
pesa la fuerza de la
tradición. En gran parte de
ellos, prima una
construcción lineal
aristotélica. Esos dos y
todos los que aparecen como
textos subsidiarios que
escribo sin tregua, son
verdaderos ejercicios donde
pongo en práctica conceptos
de taller de dramaturgia.
Mas, para alivio del grito
ahogado del escritor
revolucionario que llevo
dentro, veo en ese material
ventanitas por donde asoman
eccemas, excreciones,
pequeñas raicillas de otro
orden, chirridos que rompen
el diálogo, vómitos
rizomáticos, parrafadas
infernales de monólogos
interminables y
autocompasivos que desarman
a directores y enfurecen y
hacen zapatear a actrices
pequeñitas, de muchísimo
talento. Nadie me riñe, pero
me miran con distancia. Soy
el pobre autor letrado que
viene a removerles el piso.
Son los tiempos de la
violencia radical de la
juventud. Una violencia y
rebeldía que no daña a
nadie. No pasa nada. Todos
salen indemnes. Todos.
Incluso el autor.
De la violencia radical
ejercida sobre el estilo,
vengo a caer en el exceso
formal. Siempre me ha
interesado la forma. La
forma determina al tema o,
mejor dicho, la forma llama
al tema. Lo confieso, por
ahora soy un autor formal en
el sentido amplio de la
palabra. Busco el modo,
siempre el modo. Los tumores
rizomáticos que azotaron el
cuerpo lógico y aristotélico
de mis primeros textos,
copan el entramado entero de
lo que escribo. Y la escena
tiembla y tiemblo yo también
sin saber hacia dónde me
llevará tanta
experimentación. Me fascina
el estado degradado de los
objetos. Vuelvo a la
fotografía como fundamento
de la escritura. Me
contradigo a mí mismo. Quemo
todo panfleto que condene la
fotografía. La busco ahora
incansablemente. Pero una
fotografía contrahecha, al
más puro estilo Greenaway.
Me preocupo de medir el
tiempo que tardan los
cuerpos en descomponerse.
Fotografío ese tránsito
mientras escribo vidas
atormentadas de ilustres
personajes de la cultura
universal. Me intereso en la
huella humana que se
transparenta en sus
escritos. Escarbo en su vida
con la desvergüenza del que
busca la esencia de lo
teatral en la escoria del
mundo. Llegan a mi mano
epistolarios. Copio
discursos ajenos de figuras
notables y con ellos y con
sus caras contrahechas, al
más puro estilo del último
Goya, compongo obras
extensas, donde las figuras
profieren verdaderos
alaridos bajo la penumbra en
palacetes decimonónicos,
amenazados por el avance de
la selva caliente, en un
rincón del Brasil, al más
puro estilo de un Lezama
Lima o un Guimaraes Rosa. Me
convierto en el autor
tropical más austral del
planeta. Aparece
Petrópolis. Pobre de mí
si Gabriela Mistral leyera
ese texto. Pero voy a más.
Destripo un clásico y
comienzo a mirar hacia el
otro lado del Atlántico.
Caen en mi mano dos obrazas
de Calderón: La vida es
sueño y El príncipe
constante. Las leo y
releo hasta quedarme sin
ojos, hasta la médula.
Compongo un “extenso poema
de más de doscientas
páginas”, según
palabras de una pequeña
actriz muy joven, bellísima
como princesa. Convoco a un
intuitivo e inteligente
director español y a un
grupo de actores chilenos.
Al sonido del verso de
Calderón, modificado y
reescrito, me voy enamorando
de la España a la que han
llegado los más y los menos
escritores y artistas
latinoamericanos. Pobres
ilusos, la pequeña trouppe
española-chilena hace lo que
puede con ese mamotreto
mitad Calderón, mitad
chileno. Eso nadie, nadie
podría hacerlo. Son unos
valientes. Luego de la
partida, no hay lesionados,
por suerte. Pero queda
historia que contar. Otra
actriz igual de pequeña y
talentosa que la anterior,
muy dulce, se enfada y me
regaña sin zapateos ni
berrinches, a propósito de
un escrito donde vuelve a
aparecer la figura
legendaria de la Mistral,
volviendo a su patria por
mar en El Araucano, junto a
su enigmática secretaria
gringa, mujer modelo Audrey
Herpburn, y unos apócrifos
perros-monigotes que me
inventé mientras escribía.
La señora actriz chilena del
barrio Santa Lucía intenta
ponerme en el “buen camino”
de lo que se debe hacer. No
hago caso, o tal vez sí.
Todavía no lo sé. Nada
grave. El tiempo todo lo
cura. La memoria, a veces,
se olvida.
Una breve temporada de
teatro-teatro, ya instalado
en la tierra donde siempre
soñé, me hace entrar en la
piel de los actores y saber
de primera fuente los
infinitos malabares que
despliegan para subir a
escena los escarceos
dramáticos de un autor. Veo
en escena por primera vez
uno de mis juegos iniciales,
de esos que se escriben sin
mayores pretensiones y que
terminan siendo lo mejor de
todo. Un director español de
Burgos, el mismo hombre
valiente que se atrevió con
mi primer buceo en un
clásico como Calderón, me
escucha y luego me regaña;
una actriz rubia y navarra
sobre una silla móvil rueda
en escena; un delgado actor
español, natural de El
Escorial, hace de pintor y
una guapa actriz chilena de
San Bernardo, de menina.
Nadie se cae del trapecio.2
Siento que Velázquez duerme
plácido en su tumba perdida
de Madrid, mientras
ensayamos. La memoria
debería grabarse a bronce
sobre la frente, para ir
como caínes por el mundo.
La memoria personal como
sustrato metafórico me hace
huir de las vidas ilustres,
olvidarme de hurgar en
tumbas de clásicos y de
héroes muertos y refugiarme
en la biografía. Lo sé, me
vuelvo pornográfico y
egocéntrico. Soy nuevamente
excesivo. Pruebo volver a
hilar acontecimientos, pero
sigo empecinado en romper
los modos canónicos de poner
historia sobre papel. No
puedo hacerlo de otra
manera, "las cosas que se me
ocurren no se me presentan
por su raíz, sino por un
punto cualquiera situado
hacia el medio"3.
Investigo en formas más
personales. Dispongo los
materiales sobre la mesa de
trabajo y busco la
narratividad propia del
acontecimiento. Hurgo en las
materias hasta encontrar el
modo en que ellas quieren
ser contadas. Me quedo
quieto hasta que ellas me
digan la palabra con que
quieren hablar. Soy en esto
un poco brujo, un
prerracional, un místico que
escucha el llamado de la
materia. Por ahora, y solo
por ahora, recurro al
discurso único. Construyo la
escena solo a partir de las
palabras que me dictan las
cosas, no me sirven otras
que no emerjan de “la cosa”.
Busco en ellas las
palabras, el discurso
esencial, el cuerpo, el
desgaste, el roce de los
elementos, el impulso y el
repliegue, el movimiento.
Atrapo aquella palabra que
contenga ese gesto. Busco
“la palabra preformativa”.
Si no la encuentro, no
escribo y espero en
silencio, siempre atento.
Abandono el mundo y me
refugio en mi pequeño
cuarto. Mantengo
conversaciones escritas y
personales con directores
que elaboran redondas
teorías sobre lo que
escribo. Son hombres y
mujeres inteligentes. No me
interesan. Quiero volver al
juego, a la inocencia del
indocumentado revolucionario
que ingenuamente quería
burlar un estilo. Si no
aparece la palabra que
busco, me encierro en el
cine de Bergman, de Ophuls,
de Greenaway. Repaso
Persona fotograma por
fotograma y leo nunca lo
suficiente y necesario,
hasta que se abra el cielo,
la tierra o el infierno.
Busco en éxtasis la palabra
creadora. Veo al final de
este viaje “la escritura
definitiva”. Llego al
silencio, escucho el fragor,
es la voz que se acerca y
grito como Celan: “Ninguna /
voz - un / rumor tardío,
ajeno a las horas, ofrecido
a tu / pensamiento…”4
1-Patrice
Pavis Diccionario del
teatro. Pág. 381
2- En octubre de 2003 se
estrena en Madrid La
Détense, bajo la
dirección de Domingo Ortega,
con las actuaciones de
Nieves Olcoz, Jesús
Barranco, Tamara Acosta,
Claudio Rodríguez, Gema
García y Yolanda de la Heras.
3- Kafka, Joumal, Grasset,
pág. 4, citado por Deleuze
en Rizoma, pág. 52.
4- Paul Celan. Obras
completas. pág. 118
Bibliografía:
1-Celan, Paul.
Obras completas. Tercera
Edición. Editorial Trotta.
Madrid, España, 2002.
2-Deleuze, Gilles y Guattari,
Félix. Rizoma. Introducción.
Tercera reimpresión. Editorial
PreTextos. Valencia, España,
2003.
3-Pavis, Patrice. Diccionario
del teatro. Dramaturgia,
estética y semiología. Nueva
edición revisada y ampliada.
Tercera Edición. Ediciones
Piadós Ibérica S.A., Barcelona,
España. 1998. |